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Paseo 9. Barrio de San Miguel

De Biblioteca de Córdoba

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Tabla de contenidos


Mucha analogía guarda el barrio de San Miguel con el de San Nicolás de la Villa en la clase e índole de su vecindario, viéndose interpoladas las clases de la sociedad, desde las más elevadas a las más necesitadas y dignas de consideración por su pobreza, teniendo entre estas últimas algunas de costumbres relajadas, que en muchas épocas han hecho célebre una parte del barrio que se conoce por Trascastillo.

Otra circunstancia llama la atención en el que vamos a describir; ésta es la irregularidad de su forma, pues en parte avanza hasta cerca de la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, perteneciéndole la mayor parte de la calle del Paraíso, y por otros lados, o sea, en la calle del Silencio, se le acerca aquélla, demostrando la necesidad de un arreglo en ambas feligresías que las redondease o hiciese más regularizadas y más cómodo a los respectivos curatos la administración de sacramentos y demás actos inherentes a los mismos.

Como nuestros lectores han de examinar por sí mismos lo manifestado conforme vayamos describiendo el barrio, nos abstenemos de hacer consideraciones sobre ello, dirigiendo nuestro paseo a la parroquia, como el principal edificio y conforme a lo ya establecido en los ocho barrios precedentes.

Origen del templo

La historia de este edificio es para muchos escritores la misma que la de la parroquia de San Andrés, fundándose en que la tradición nos dice estar allí cerca la casa en que vivió San Zoilo. Pero los más están por la primera, y aun Martín de Roa, que tanto estudió las antigüedades cordobesas, duda cuál sería la verdadera basílica dedicada al santo mártir. Como ya es conocida de nuestros lectores y no es posible saber la verdad de un modo claro y concreto, nos creemos relevados de repetir todas aquellas noticias.

Sánchez Feria con otros varios opina que hacia este sitio estuvo la Casa Senatoria, como explicaremos cuando nos ocupemos de Córdoba romana, y a ser esto así, claro es que habría allí una gran plaza donde no existiría ningún templo cristiano. En tiempo de los árabes debió existir allí una de sus muchas mezquitas, las que elevan algunos hasta 3.800, sin que del edificio se saque indicio, por ser todo posterior a la conquista.

El exterior de la Parroquia

Su exterior es igual en orden arquitectónico a la mayor parte de las iglesias de Córdoba, como Santiago, la Magdalena y otras, teniendo como ellas en su imafronte un precioso rosetón casi por completo destrozado, pero que aún deja comprender su belleza, que le elogian Vaca de Alfaro y otros escritores cordobeses.

La puerta que da entrada a la nave de la epístola es mudéjar y una de las más lindas portadas que tenemos de esa clase, a pesar de estar completamente embadurnada por multitud de capas de cal y ocre.

Esta parroquia fue reedificada en 1749, siendo obispo don Miguel Vicente Cebrián, y entonces harían nueva la torre, que desdice mucho de lo demás del edificio y es de un gusto artístico detestable. Tiene cuatro campanas, la tercera en tamaño –o sea, la esquila, como generalmente le llaman-, procede del convento de San Francisco que había en la hoy fonda de la Arrizafa.


Descripción del interior

El interior ha perdido por completo su antigua arquitectura, y nadie dirá que era uno de esos hermosos templos de fines del siglo XIII o principios del XIV. Réstale, sin embargo, una capilla liadísima convertida en atarazana, que tal vez por esta razón se ha salvado de las mal entendidas reformas hechas en todo lo demás de esta iglesia. Es un precioso octágono con su linda cúpula, separado del edificio y alumbrado por una linda ventana de su época. Lástima es que no se cambiase a este lugar la pila del bautismo o la sacristía, con lo que luciera lo mejor que hay en esta parroquia, oculto hoy a los amantes de las artes. Sus patronos los Guzmanes algo podían hacer para librarla de la ruina.

Consta esta iglesia de tres naves de regulares dimensiones y bien elevadas, cubiertas por bóvedas que debieron sustituir su antiguo artesonado. La capilla mayor es extensa, y luce un hermoso retablo de mármol rojo con adornos de blanco y negro, muy arreglado en todas sus partes; el centro lo ocupa el manifestador, y a los lados, esculturas que representan a San Zoilo y Santa Lucía, y por cima está el titular con San Rafael y San Gabriel, estas dos últimas obras del escultor don José Cano, pero todas ellas de escaso mérito, y remata aquél con un relieve blanco que figura la Asunción. A los lados de esta capilla hay dos grandes lienzos muy apreciables, el uno con el enterramiento de Jesucristo y el otro, el acto en que al patriarca Jacob le presentaron la ensangrentada túnica de su hijo José.

Capilla y Hermandad de San Zoilo

En la nave de la epístola está la antigua capilla de San Zoilo, imagen trasladada al altar mayor para poner en su retablo el Santo Cristo de la Providencia, donación de una religiosa de las Dueñas y procedente, según creemos, del convento de San Martín. Estuvo colocado muchos años en una urna a los pies de la nave opuesta. El retablo de expresada capilla es moderno y muy arreglado a arquitectura.

En el centro tenían su enterramiento los individuos de la cofradía de aquel mártir cordobés, la cual cuidaba a la vez de la ermita ya suprimida en la calle del mismo título. La imagen de ésta está colocada delante del expresado Crucifijo.

Por el testamento que en 1320 otorgó el camarero del rey don Enrique, Alfonso Díaz de Vargas, mandándose enterrar en dicha capilla, se ve que en aquella época existía la cofradía de San Miguel y San Zoilo, a la que aseguraba pertenecer. Vaca de Alfaro leyó las reglas en pergamino, aprobadas por el obispo don Bernardo de Fresneda en 25 de Junio de 1577. En ellas se exigía la limpieza de sangre para ser admitido y se establecían tres fiestas al a perpetuamente, con toda solemnidad de vísperas misa mayor y sermón, en los días de San Zoilo. Aparición de San Miguel y de San Mateo, y además tres auténticos en los mismos días con responsos que habían de cantarse sobre la sepultura del fundador, sin decir quién fuera éste, si bien se da a entender estar sepultado en aquel sitio.

Esta cofradía existió hasta el primer tercio de este siglo, perteneciendo a ella todo lo más principal de Córdoba, y contando con multitud de alhajas, de las que no hay una, creyéndose serían recogidas cuando la venida de los franceses.


Otras capillas y altares

En la nave que veníamos describiendo existe otro altar de construcción moderna, en que se venera una pequeña imagen de Jesús Crucificado con el título del Consuelo, a la que en otro tiempo han tenido mucha devoción y en las Semanas Santas se le dedicaba un solemne quinario, de cuyo libro conservamos un ejemplar.

A los pies de aquélla, bajo el órgano, está la capilla del Bautismo, en la que lo han recibido muchos hombres notables, entre ellos los cardenales don Francisco de Mendoza, arzobispo de Burgos, y don Francisco de Toledo. Éste nació en 11 de octubre de 1533 y fue uno de los varones ilustres de su tiempo del cual hay escritas muchas biografías, entre ellas una en el número de La Crónica correspondiente al día 14 de agosto de 1858. Murió en Roma en 14 de septiembre de 1596 y está enterrado en Santa María la Mayor, donde tiene un magnífico sepulcro.

En la nave principal encontramos los altares colaterales, ambos con retablos de talla dorada de pésimo gusto, uno con la Virgen de Belén, el Rosario o la Leche -cuyos títulos ha llevado, conservando el primero-, y en el otro con San José y en la parte superior San Antonio. Cuida de ellos una hermandad, moderna sin duda, puesto que en lo antiguo no la encontramos citada en parte alguna; tal vez sea la de Santa Ana, que se servía en esta iglesia y hoy no se conoce. La primera de aquellas tres imágenes es de talla muy linda, aunque no de gran mérito; tradicionalmente se dice ser de la misma mano que las de la Aurora, el Amparo y la Luz, con las que tiene gran semejanza.

Pasamos a la nave del evangelio. A su frente está la capilla del Sagrario, reformada en 1761, haciéndole perder su altura para colocar una bóveda adornada con el mal gusto de aquella época, como le sucede al altar y demás que allí encontramos, por más que presente un bonito golpe de vista. Está dedicada a San Antonio, y antes, sospechamos, lo estuvo a Santa Ana.

En su único altar se ven cuatro cuadros con la Virgen de las Angustias, la Cena de Jesús con los apóstoles, la Oración del Huerto y el Prendimiento de Jesús, estos dos últimos, obras del pintor cordobés don Diego Monroy. Además hay cinco pequeñas esculturas que representan San Antonio, que ocupa el centro, la Virgen, San José, Santa Ana y San Joaquín. En lo demás de la capilla se ven cuatro ángeles grandes y varios cuadros de más o menos mérito.

En el suelo hay enterramiento para los individuos de la hermandad del Santísimo, cuya existencia data de la misma época que todas las de las demás parroquias. Sus reglas, escritas en pergamino, son algo menos antiguas, pues están aprobadas por el obispo don Bernardo de Fresneda en 22 de marzo de 1572, y después por don Diego de Mardones en 21 de julio de 1617.

Por este tiempo estaba en otra capilla que hay cerrada a los pies de la nave y hoy le sirve para guardar varios enseres y la plata, que es bastante, aunque no tanta como en otras épocas. Su interior está muy adornado, particularmente la bóveda, la que no se ve por haberle puesto un entresuelo que la cubre, sin duda con la idea de aprovechar sitio para guardar los efectos. Es obra del siglo XVII, conforme revela la inscripción que tiene sobre la puerta y juzgamos lo sería sobre la verja, pues debió estar abierta por ambos lados como la del Bautismo. Dice así: Siendo hermano mayor Francisco de Támara, Familiar del Santo Oficio y Rector perpétuo Lic. Diego de Orozco año 1660.

Entre una y otra capilla está el altar de las Ánimas con un cuadro muy mediano que las representa, y por cima otro con San Cristóbal. Tiene hermandad casi del mismo tiempo, aunque Vaca de Alfaro no la menciona.


Sepulturas ilustres

En esta iglesia están sepultadas varias personas cuyos nombres no deben quedar olvidados. Entre ellos citaremos a don Alonso de Piedrahita, beneficiado de esta parroquia, el cual hizo varias fundaciones benéficas, como una obra pía para casamiento de huérfanas pobres y para cera el Jueves y Viernes Santos en San Miguel, donde se hizo sepultar con el epitafio siguiente que aún se conserva delante de las gradas del presbiterio: El Licenciado Alonso de Piedrahita, Beneficiado de esta iglesia y de la de Cañete de las Torres, Comisario del Santo Oficio y originario de esta ciudad. Acordandose que se había de morir, da á Dios su caudal y á su cuerpo esta losa. Respice Finem. Rueguen á Dios por él. Año 1658.

Yace también en esta iglesia el licenciado Juan Bautista Navarrete, gran teólogo, autor de unos comentarios de los Trenos de Jeremías, que se imprimieron, y un tomo en folio que dejó manuscrito sobre el mismo asunto. También fueron sepultados aquí los insignes médicos cordobeses doctor Pedro de Navarrete, que murió a los 68 años en 6 de enero de 1680, y el doctor Melchor Moyano Castroviejo, que falleció de 70 años. Así mismo yace en esta iglesia el maestre de campo don Juan Matías, que sirvió a Felipe IV con gran lealtad, distinguiéndose como buen soldado; murió de 64 años, mandándose enterrar en la iglesia de San Jacinto, pero no estando concluida lo fue en ésta de San Miguel.

En este templo había también varios enterramientos de familias distinguidas, tales como los Carrillos, que lo tenían en el lado de la epístola de la capilla mayor; los Sabariegos, que ocupaban el del evangelio en la misma; y los Bañuelos, a los pies de la nave del Sagrario, donde existe una losa que lo expresa, añadiendo la tradición que allí fue sepultado el cadáver de doña Elvira, a quien dicen ahorcaron sus hermanos por resistirse a contraer matrimonio con el marido que ellos la destinaban.


Servidores y libros

En la actualidad sirven esta parroquia un rector, un coadjutor y los dependientes necesarios. Antiguamente tenía un préstamo, dos prestameras, cuatro beneficios y una rectoría.

Entre las memorias que se cumplían se contaba una instituida por el ya citado Alfonso Díaz de Vargas, para que se dijesen varias misas por las almas de los reyes Enrique II, su hijo don Juan I y su nieto Enrique III, y por las de sus padres y la de su mujer Beatriz Álvarez.

También la Universidad de beneficiados, hoy de los curas párrocos, tenía que cumplir en este templo otras varias memorias, para las que en corporación asistía. Muchas de ellas no se cumplen, así como tampoco se reparte a los vecinos pobres el trigo o harina de la obra pía fundada por don Juan de Góngora y Haro, prior de la colegiata de San Hipólito, ni las procedentes del depósito de cien fanegas de trigo que con igual objeto hizo el veinticuatro de Córdoba don Pedro de Angulo en el año de 1611, a que se agregó en 1616 otro del licenciado Juan Pérez de Armijo; ni se conocen los dotes que para sus parientes y demás huérfanas pobres en esta feligresía dejó Miguel de Haro en la capilla de San Antonio. Los libros parroquiales de San Miguel principian: los de bautismos en 1577, los de matrimonios en 1571 y los de defunciones en 1662. Lo demás del archivo nada de particular ofrece.

El entorno parroquial

Los alrededores de la parroquia llevan el mismo título que ella, a excepción de la plazuela que está frente a la torre, que es designada por el Cementerio. La hemos conocido más elevada, contenido su terreno por un muro, en estos últimos años derribado para nivelarla y ponerle el empedrado que hoy tiene. La casa que forma frente, en la actualidad fábrica de jabón, se conoce por la de los Muchos, a causa del gran número de familias que en ella habitaban.

En uno de sus lados hay una raquítica fuente surtida de agua del Cabildo. Estuvo primero en una plazuela que había en la calle del Paraíso, frente a la de Juan de Mena. Vendido el solar la trasladaron contra la tapia del jardín botánico del Instituto, y hundida ésta para colocar la actual verja en 1845, la trajeron a la plazuela donde la encontramos.

La calle de San Álvaro

Decididos a pasear el barrio, principiaremos por la calle de San Álvaro. Arranca de la plazuela de San Miguel y termina en la de las Tendillas de Calatrava. Afluye a ella la calle de la Morería, del barrio de San Nicolás de la Villa, y a su mediación tiene dos barreras o callejas sin salida; la más corta se ha llamado del Herrador y ahora del Aceite, tomando el nombre del tráfico u oficio del vecino de la única casa que en ella existe; la otra es llamada de los Barqueros, sin que hayamos podido averiguar su origen, pues no es natural viviese en ella alguno de este oficio, por lo distante que está del río. En la esquina de esta barrera hubo hasta 1841 un Ecce Homo en lienzo, que colocaron en el portal de una de aquellas casas.

El nombre de San Álvaro data del año 1862 en que se lo mudaron a varias calles, y a ésta le pusieron ése sin motivo bastante; antes se llamaba de los Abades, que en nuestro concepto es como si le dijesen de los Rectores, porque tal vez se titularían así. El nombre lo tomó de una casa a la que después han dicho de las Calesas, que es la que forma rincón, donde se alquilaba esta clase de carruajes. Anteriormente llamose de Piedrahita, por morar en ella el que hemos dicho estar enterrado en San Miguel, y aquí perdemos ya el hilo a los títulos que puede haber llevado esta calle.

La plazuela de las Tendillas

Salimos a las Tendillas, plazuela que corresponde a tres barrios, que son: San Nicolás de la Villa, San Juan y Todos los Santos, y el que vamos describiendo. En este sitio había en el siglo XVIII un pequeño mercado hasta con su carnicería, lo que sería conveniente si su extensión lo permitiera por afluir a aquel punto seis calles, o sean, las de Gondomar, Siete Rincones, Jesús María, Paraíso, Plata y San Álvaro. Entre la primera y la segunda hubo un pequeño hospital que en un arreglo realizado en el siglo XV suprimieron, agregándolo al de la Caridad, anotado en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía.

Casi frente a la calle de Gondomar hubo hasta 1841 un retablo de mármoles de colores y verja, con un Ecce Homo, a que tenían devoción aquellos vecinos, quienes en los días de Semana Santa lo adornaban con luces y flores.

Los caballeros de Calatrava tuvieron su convento en todo el terreno que ocupa la fonda Suiza, solares contiguos, calle del Paraíso y casas hasta llegar a la de los señores marqueses de Valdeflores, que les tocó en el repartimiento hecho por Fernando III, junto con cuarenta ubadas en las tierras del cortijo de Casalilla, y al extinguirse aquél se convirtió en Encomienda, nombre con que ha sido conocida hasta nuestros días la casa que forma esquina de las Tendillas a la calle del Paraíso.

Ésta pertenece a los barrios de San Miguel y el Salvador, y es mucho más moderna que todas las cercanas, pues, como hemos dicho, la casa de la Encomienda llegaba a la calle de Jesús María y por consiguiente no existía la del Paraíso, resultando una manzana muy grande que obligaba a dar un rodeo para venir a las Tendillas por la de Diego León o la de Juan de Mena. La Ciudad se hizo cargo de este defecto y proyectando abrir comunicación acudió al comendador de Calatrava don Pedro Fernández de Córdoba, habitante en el castillo de Montemayor, ajustando con él darle 305 ducados por el terreno que ocupara la nueva calle, que tendría lo menos cinco varas de ancha, para lo que se hizo escritura ante Rodrigo de Molina a 16 de junio de 1564, que original se conserva en el archivo del Ayuntamiento, y como quiera que su extremo daba al barrio de San Miguel, la asignaron al mismo.

La fonda Suiza

En dicha calle existe la magnífica fonda Suiza, edificada por los señores Puzzini, naturales de dicha nación. Es una de las mejores de España, con muchas, cómodas y elegantes habitaciones, amplias galerías, preciosas escaleras y todas las demás oficinas necesarias a esa clase de establecimientos, por lo que se han hospedado y se hospedan en ella cuantas personas notables vienen a Córdoba y no lo hacen en casas particulares.

En su edificación se aprovecharon los materiales procedentes del derribo de la casa antigua y a ellos pertenecen las columnas del patio principal, en cuyos capiteles se ven unas inscripciones árabes que, según el señor Gayangosi, dicen: En el nombre de Alá: la bendición de parte de Alá sea sobre el príncipe de los creyentes: alargue Alá su permanencia en la tierra. Abde-Rahman ben Mohammad. Esto es de lo que mandó labrar por manos de Xenif su page, hizo esto Fatah el marmolista.

La visita del Embajador marroquí

En el extremo, o sea hacia la esquina de la calle de Diego León, donde termina el barrio, había una calleja sin salida que avanzaba hasta la puerta de la casa número 5, que estaba donde ahora la ventana cerca de la cochera. Mientras los señores Puzzini edificaron la actual fonda la tuvieron en la expresada casa, y en ella se hospedó en 22 de noviembre de 1861 el embajador extraordinario y hermano del emperador de Marruecos Muley-el-Abbas, con todo su acompañamiento, costeando la Diputación Provincial los gastos del hospedaje.

Esto fue en Córdoba un verdadero acontecimiento. El Ayuntamiento no sólo lo recibió con gran pompa, sino que se le dedicaron varios festejos, como iluminaciones, músicas y funciones en la plaza de toros y teatro Principal, a las que asistieron, llamándoles la atención más que todo los bailes nacionales, que rogaron se repitieran dos o tres veces. Permanecieron en Córdoba tres días, en los que visitaron la Catedral y otros edificios públicos, marchando de aquí a Sevilla, en extremo complacidos de la buena acogida que les habían dispensado los cordobeses, quienes una vez más probaron lo generosos que saben ser con el vencido, pues tanto entusiasmo como demostraron cuando sabían los triunfos de nuestro ejército en África, se convirtió en obsequios para el que vencido venía a reiterar su sumisión a la siempre grande y heroica nación española.

La calle de la Plata

Otra de las afluentes a las Tendillas es la calle de la Plata, una de las de más tránsito de Córdoba, con lo que no deja de ofrecer grandes obstáculos a causa de su estrechez, particularmente al tránsito de carruajes.

Registrados cuantos padrones y demás documentos hemos podido, encontramos que en el siglo XV se llamaba esta calle del Pastelero, porque en aquel tiempo ya existía la acreditada pastelería que allí vemos, la cual cuenta unos cuatrocientos años de vida. Entonces pertenecía a un tal Santaolalla, nombre que después llevó la calle y en el que la perdemos hasta fines del siglo XVI, que la vemos titulándose de la Plata, nombre que tomó de un depósito de este rico metal que estaba en una de sus casas y donde se surtían los plateros para sus obras.

A su mediación estuvo hasta 1841 un cuadro con la Divina Pastora, que había sido colocado cuando vino a esta ciudad el venerable fray Diego de Cádiz.

Plazuela del Marmol de los Bañuelos

Salimos a la plazuela del Mármol de los Bañuelos, nombre que lleva también la calle que sigue hasta la plazuela de San Miguel, y lo toma del mármol colocado en el rincón y que hemos conocido con doble altura en el centro, hasta que una galera lo rompió y lo llevaron a la esquina de la calle de Diego León, trasladándolo después a su actual sitio cuando se colocó la acera. Es una hermosa columna romana, y la tradición dice que a él estuvo atado San Zoilo mientras lo martirizaron sacándole los ríñones.

La casa que hace rincón, propia de los marqueses de Valdeflores y habitada por el notable jurisconsulto don José de Illescas, es la solariega de los Bañuelos, una de las primeras familias de la antigua nobleza de Córdoba, de la que han figurado muchos individuos.

Una historia de amor con final dramático

Los ancianos cuentan una novelesca historia achacada a tres hermanos de este apellido, cuyos nombres se ignoran, si bien los poetas y escritores le han puesto los de doña Elvira, don Fernando y don Alfonso, señalando también con el de don Juan de Vargas al amante de la primera.

A la muerte de sus padres quedaron los tres hermanos sujetos al mayor, tanto por llevarles algunos años como por ser el llamado a sostener el nombre de su casa. A pesar de las rígidas costumbres de la época, en que las jóvenes apenas se asomaban a una reja sin motivo que lo justificara, doña Elvira contrajo relaciones amorosas con don Juan de Vargas, de familia ilustre, mas escaso de bienes de fortuna, circunstancia en extremo inconveniente para los fines de don Fernando, que intentaba casarla con don Pedro Fajardo, a quien así lo había prometido, valido de la superioridad que ejercía con sus hermanos.

Consultolo primero con don Alfonso, que no tardó en unírsele, y después llamó a doña Elvira, a quien primero con halagos y después con amenazas hizo saber el esposo que le había destinado. Mucho se asemejaba la entereza de ambos hermanos. Ella rechazó tal casamiento, confesó su amor a Vargas y entablose entre los dos, contrariados en sus deseos, una guerra en que pudo muy bien mediar y aun cortarla don Alfonso, en vez de encender más la tea de la discordia, poniéndose al lado de la parte más fuerte.

Pasaron muchos días, redoblándose las amenazas, los llantos y las injurias, hasta que don Fernando le dio a escoger a Elvira entre cumplir su orden o entrar en un convento, sometiéndose ella a lo segundo.

Nuestros lectores recordarán que al pasear por el barrio de la Magdalena describimos e historiamos el convento de Santa Inés, de la orden de San Francisco, cuyo edificio, en parte arruinado, es hoy casa de vecinos. Un día de enero, lluvioso y triste en extremo, las campanas de aquel piadoso albergue anunciaban la toma de hábito de una nueva novicia. Bien pronto se supo el nombre de doña Elvira de Bañuelos, y la curiosidad en muchos y la lástima en los pocos que estaban en aquel traslucido secreto, les hizo llenar la iglesia y patio del convento. Las puertas de la clausura giraron, dejando ver a la joven, que, a pesar de las galas que adornaban su bello rostro, revelaba la profunda pena de su alma y el llanto comprimido que humedecía sus negros y rasgados ojos. Acercáronse don Fernando y don Alfonso, y la apiñada muchedumbre, entretenida en elogios y suspiros, no pudo percibir que el primero dijo en voz baja a su víctima: "Aún es tiempo, Elvira, ¿consientes?". " No", respondió con voz entera, y la comitiva siguió su marcha hacia el templo.

A poco regresaron, entró Elvira en el claustro, las campanas la doblaron como muerta para el mundo y todos se retiraron, los unos complacidos de haber una religiosa más, los otros lamentando las exigencias del mundo.

Si decididos y valientes eran los hermanos Bañuelos no se quedaba en zaga don Juan de Vargas, que estaba oportunamente avisado de cuanto ocurría, sin renunciar al probado amor de Elvira aun cuando fuese preciso arrollarlo todo. Mas el sacristán, que era un viejo redomado, tan malo como hipócrita, no se presentó duro a las dádivas, y bien pronto facilitó que entre las cosas que los mismos Bañuelos mandaban a su hermana entrasen los billetes de su mayor enemigo. De este modo concertose la fuga de doña Elvira y la hora en que había de efectuarse. Mas este último aviso llegó a conocimiento de don Fernando por uno de los que habían de acompañar a don Juan, que le vendió el secreto cuando ya no había tiempo para impedirlo de otro modo.

Los dos hermanos Bañuelos, ardiendo en ira y deseo de venganza, acudieron a las callejas de Santa Inés, donde pretendieron disputarle el paso, arremetiendo don Alfonso y sus criados con tanta furia a sus contrarios, que les hicieron retroceder, después de quedar Vargas tendido, atravesado de una estocada.

Entretanto don Fernando quedó apostado en el lugar convenido por los amantes, y cuando Elvira, que se descolgó por una tapia, pensaba encontrarse en los brazos de su amante, vio asombrada que como un aro de hierro la oprimían los de su hermano. Llegó en esto don Alfonso, y cubriéndola con un manto negro y tapándole la boca para que no gritara, la llevaron a una casa que poseían en la orilla del río y sitio conocido por la Ribera, donde, trabándose entre los tres una acalorada disputa, los dos hermanos, ciegos de rabia por no poder vencer aquella voluntad de bronce como las suyas, la ahorcaron de una viga, volviéndola al convento, donde a fuerza de oro compusieron que se celebrasen las exequias, como si allí hubiese muerto naturalmente. Otros cuentan que llevaron el cadáver a su casa y que yace sepultado en el panteón de la parroquia de San Miguel, que en su lugar citamos.

Todo esto no pasa para nosotros de un cuento, pues ansiosos de encontrar datos hemos registrado cuantas genealogías hemos podido de esta familia en Córdoba, y todas las hembras las vemos casadas con personas ilustres, algunas del apellido Vargas, y sólo dos religiosas en Santa Clara, que murieron de edad avanzada.

Los Bañuelos tuvieron sus casas principales en Burebu, ocho leguas de Burgos, y el primero que vino a Córdoba fue don Antonio, nombrado canónigo de esta Santa Iglesia Catedral en el siglo XV. Éste se trajo consigo un hermano, Luis, nombre muy repetido en esta familia, el cual casó en Córdoba con una señora de una ilustre familia, principiando así el linaje que actualmente representa la señora marquesa de Valdeflores, aunque no tiene este apellido en primer lugar.

Memoria de vecinos notables

Haciendo frente a la calle del Liceo hubo hasta 1841 una imagen de Jesús, tamaño natural, sin que sepamos quién la recogió en aquella época.

Sigue la calle hasta San Miguel. En la casa número 13 han muerto en nuestros días dos personas notables; primero, el señor don José Medina y Gales, director del Instituto Provincial y rector del colegio adjunto de Nuestra Señora de la Asunción, y el otro el notable arquitecto y fácil poeta don Pedro Fernández Meléndez, de quien nos hemos ocupado en varias ocasiones.

En la de enfrente, número 4, moraban en 1835 la condesa viuda de las Navas con su hija, las que con motivo del cólera se aislaron completamente, al extremo de colocar un torno por donde les daban lo necesario para no rozarse con la gente, permaneciendo así hasta que se cantó el Te Deum por haber desaparecido el contagio, saliendo aquel día a misa y regresando tan confiadas. Mas ninguna de sus precauciones les valieron, puesto que a las pocas horas, primero la madre y después la hija, fueron acometidas de la enfermedad, muriendo a seguida y llevadas al cementerio en un mismo entierro.

Otra sensible desgracia ocurrió en esta casa, donde una persona muy conocida dio una estocada a su esposa, ocasionándole la muerte, en uno de esos momentos en que los celos hacen terribles efectos.

El tramo de la calle del Liceo entre las plazuelas del Mármol de Bañuelos y Capuchinas se ha llamado del Conde de Cabra, tomado del palacio del mismo título que el duque de Sessa convirtió en convento.

Semblanza del Mártir San Zoilo

Continuamos nuestro paseo por la calle de San Zoilo, que parte de la plazuela de San Miguel a desembocar en la del Silencio. Toma el título del antiguo hospital, después sólo ermita y últimamente casa de aquel santo mártir. Unos dicen haber sido esta morada de donde salió para sufrir la muerte, mientras otros sólo aseguran que en el pozo que está en lo que fue iglesia arrojaron los ríñones del santo, y no faltan beatas de las antiguas que aseguren haberlos visto salir en el cubo al sacar agua, y que, al irlos a recoger, han saltado por sí solos a lo hondo, donde han de permanecer incorruptos. Esta creencia ha hecho que la víspera del día del santo vaya mucha gente a llenar sus cántaros a aquel pozo, bebiéndola como medicina celestial que cura todos los males.

San Zoilo era noble y criado desde niño en los principios de la religión cristiana, de la que hacía pública ostentación, sin cuidarse de la persecución que se sufría en aquellos tiempos. A la sazón mandaron a Córdoba de gobernador a Daciano, uno de los mayores enemigos de los cristianos.

No tardó mucho tiempo en saber los sentimientos de Zoilo, y a seguida le hizo comparecer a su presencia, amonestándole y afeándole su proceder y sus creencias. Mas lejos de intimidarse el joven, que ardía en noble entusiasmo, refutó todas sus palabras, le confesó francamente su modo de pensar y despreció sus ofertas y sus amenazas. Entonces aquel tirano lo hizo desnudar, destrozando sus carnes con garfios de hierro.

Mas lejos de desmayar Zoilo insistió en sus santos propósitos, sufriendo con valor que le abriesen la espalda y le arrancasen los riñones, sin que esto evitase que, casi expirando, hiciese nuevas protestas de fe, insultando a Daciano, quien, ciego de ira, le cortó la cabeza con un hacha que arrancó de las manos de uno de los verdugos. Murió aquel héroe del cristianismo el día 27 de junio del año 300. En el barrio de San Andrés indicamos el lugar donde estuvieron guardados sus restos y cómo fueron llevados a Carrión.

En la casa de la ermita, que fue hospital u hospedería de transeúntes, nacieron los dos cardenales que hemos dicho, como bautizados en San Miguel.

La calle del Silencio

La calle del Silencio se ha llamado del Conde de Cabra, del Duque de Sessa y de las Capuchinas. Su actual título lo debe al convento, por oírse desde ella la campanilla que toca todas las noches a recogerse la comunidad.

No toda esta calle pertenece a San Miguel. Es de su jurisdicción desde la plazuela de Capuchinas hasta la de Ahumada, que es una muy pequeña que hay antes de llegar a la casa de los condes de Torres Cabrera, y lleva por nombre el apellido de un labrador que vivió en una de sus casas. Es de la parroquia del expresado título, y luego toma otra vez las dos del final de la acera. En la opuesta llega hasta la esquina de la calle de los Dolores Chicos, y desde este punto queda ya a la otra feligresía.

Siempre nos ha chocado que siendo de San Miguel todas las casas de números impares, haya una excepción con la ya citada. Indagando la causa hemos sabido que a fines del siglo XVII o principios del XVIII, perteneciendo a San Miguel, fueron un día a buscar los sacramentos para un enfermo, y no siendo posible encontrar quien los administrase, acudieron al Salvador, donde cumplieron esta perentoria obligación. Mas no lo echaron al olvido, reclamando como suya la casa, a lo que accedió el obispo en castigo a los curas que así habían descuidado un servicio tan importante. Con esto se promovió un gran pleito, sin que la parroquia de San Miguel recobrase su derecho.

En el siglo XVI aparece hacia este sitio una plazuela que decían del Chanciller, y en ella una mujer conocida por la Chancillera, tal vez por el elevadazo cargo de su marido.

Formando esquina a la calle de Fitero hay una preciosa casa en que se hospedan sus dueños, los señores marqueses de la Vega de Armijo, las temporadas que vienen a Córdoba. Tiene muchas y cómodas habitaciones, lindísima escalera y preciosos jardines. Ha sido de los Aguilares, pero no la principal de aquel título, por lo que no nos ocupamos de él en este lugar de nuestra obra.

Es afluente a la calle del Silencio la nombrada de Domingo Muñoz. Antes se llamaba del Cristo, por uno que hubo en una de sus casas hasta que en 1862, siendo este título tan repetido, la dedicaron al famoso adalid de aquel nombre, principal conquistador de Córdoba, cuando en servicio de Fernando III se la arrancaron a los árabes.

La plazuela de las Doblas

Al terminar la calle del Silencio toma este barrio la casa de baños del señor Sánchez Peña, en la de Capuchinos, y tomando a la izquierda salimos a la plazuela de las Doblas. Muchas conjeturas se hacen acerca de este título; unos lo toman como oriundo de las monedas así denominadas, y otros por un apellido ilustre, cuyos representantes debían tener allí sus casas. Los primeros se equivocan por completo; los segundos se acercan a la verdad, mas no en lo de ilustres. En efecto, registrados por nosotros los padrones antiguos vemos que allí vivieron los Doblas durante siglos; pero éstos eran unos aladreros muy acreditados que a fuerza de años perpetuaron allí su nombre.

En esta plazuela -creemos que en la esquina de la calle del mismo título que la da salida a la puerta del Osario- estuvo el beaterio de Nuestra Señora de la Piedad, fundado por doña Beatriz de Córdoba, por su testamento otorgado en 15 de julio de 1564 ante Juan de Estava, sin que hayamos podido averiguar cuándo lo suprimieron, si bien colegimos su agregación al hospital de Antón Cabrera.

Tiene una barrera o calleja sin salida, y cerca de ella tuvo otra que en 1697, por acuerdo de la Ciudad, se incorporó a la hoy casa del señor conde de Torres Cabrera.

El pavimento de esta plazuela estaba mucho más bajo, y para que no se alagunase le pusieron en el centro una losa con agujeros por donde iba el agua a un gran sumidero o pozo que aún existe en el Campo de la Merced, delante de las casas construidas contra la muralla. No era bastante esta alcantarilla, porque la broza la obstruía, formándose tal lago que era imposible pasar de un extremo a otro, viéndose los vecinos aislados sin poder salir a sus quehaceres. Con este motivo se hicieron varios estudios, y por último, en 1865 se subió el piso, y bajando el de la calle de Capuchinos se le dio corriente hacia la Cuesta del Bailío.

La calle de Góngora y sus afluentes

Cortamos en este lugar nuestro paseo para seguirlo con más regularidad y orden. De la plazuela de San Miguel arranca la calle de Góngora, que termina en la del Huerto de los Limones. Se ha llamado del Campanario, por estar frente a la parroquia; del Beaterio de San Zoilo, por el que en ella había; del Tinte, por uno que hasta hace pocos años ha existido en una de sus casas, y por último, por ser este nombre repetido se lo variaron por el de Góngora en 1862, creyendo que la casa número 9, actual administración de Correos, pertenece a uno de los mayorazgos de este apellido, cuando lo fue de los Bañuelos, y por cierto que en ella existen varios restos antiguos, si bien de poca importancia.

A la calle que vamos describiendo afluyen las del Huerto de los Limones, Arca del Agua, Manueles y Ramírez de Arellano. Tiene además una barrera o calleja sin salida que en lo antiguo enlazaba con la de los Pastores, a quien dan el nombre del Guiñán; esto es una corrupción, pues su verdadero nombre es calleja del veinticuatro don Juan Ruiz de Arguiñán, que debió vivir enfrente o cerca, o tal vez tener en aquel punto el postigo o puerta falsa de su casa.

Mirando hacia la calle de Ramírez de Arellano hubo hasta 1841 una Pastora, en lienzo de escaso mérito. En el solar en que hace muy pocos años se ha levantado una bonita casa, esquina a la calle del Arca del Agua, había un beaterio fundado en 1599 por Antón de José Bañuelos para recoger seis mujeres de buena vida, prefiriendo a sus parientas. Encima de la puerta tenía una imagen del titular San Zoilo, que la han colocado en la escalera de la nueva casa.

La calle del Arca del Agua

Entramos en la calle del Arca del Agua. Llega hasta la de Miraflores, y afluyen a ella el callejón del Águila y la calle de la Cabrera. Tiene además una calleja sin salida, formando dos ángulos; le dicen de los Pastores, por una Adoración que hubo en una de sus paredes, a la que tenían aquellos vecinos gran devoción, hasta el extremo de reunirse por Pascuas y hacer las pastoradas, especie de autos sacramentales que ellos representaban.

En el día ha variado mucho, pues perdidas aquellas sanas costumbres no son las que hoy tienen algunos de aquéllos, no muy afectos a las escenas morales de otras épocas. Esta calleja se comunicó con la de Arguiñán, y algunos creen que también con la del Padre Posadas. En el primer ángulo hubo una cruz que desapareció en 1841.

El Arca del Agua era un gran repartidor de la del Cabildo que estaba en el rincón que forma la calle frente a la casa del señor conde del Robledo, y que desapareció cuando se puso la actual tubería de hierro. La casa de dicho título es conocida por la del Águila, debido a la que tenía en un escudo de los Aguilares, a quienes perteneció, recayendo en el duque de Medinaceli que la vendió. Pertenece al barrio de San Nicolás de la Villa por haber tenido la puerta principal en aquella feligresía, donde le hemos conocido una hermosa portada del siglo XV.

Al final de la calle descrita encontramos dos bastante estrechas; una da comunicación a la plazuela de los Carrillos, y se llama de la Cabrera -cuyo origen es haber tenido allí sus casas una de las ramas de aquel ilustre apellido-, y como prueba de ello hemos encontrado viviendo en este punto a doña María Cabrera, de donde viene el calificarle así. También se ha llamado de la Rosa, y en un padrón del siglo XVII le dicen calleja de Rui Díaz, que sería alguno de sus vecinos. Nada de particular ofrece.

La otra calle es la de Miraflores, que toma el nombre de un huerto cercano que tuvo la puerta a aquel lado y perteneció a la familia que lleva aquel título. En la esquina para salir a Trascastillo hubo hasta 1841 un Ecce Homo en lienzo, a quien aquellos vecinos tenían gran devoción. Una de estas dos últimas calles se llamaba de Rui Díaz de Vargas, según los padrones del siglo XVI.

El Barrio de Trascastillo

Estamos en lo que se llama barrio de Trascastillo, es decir, detrás del Castillo, por el que había en la puerta del Osario y otro detrás de las casas de los Tejares. Aquél es el nombre que abarca aquellas calles, si bien en particular se lo dan en los padrones a la que arranca en la plazuela del Horno, y dejando a la derecha la calle del Caño y la del Prior, y a la izquierda la de Miraflores, concluye, después de formar dos ángulos, en una barrera, por donde atravesando un huerto podía dársele comunicación a los Tejares.

La calle del Prior da paso a una plazuela que tiene el mismo título, debido a haber morado en una de sus casas uno de los priores de la colegiata de San Hipólito. También se ha llamado de Antón Sánchez de Almoguera, que en ella vivió.

De muy antiguo tiene fama este barrio de vivir en él muchas mujeres de mala conducta, ocasionadas a toda clase de escándalos, los que aún se promueven con frecuencia.

La confluencia a la calle de Trascastillo de las del Caño y Miraflores es conocida por las Cuatro Esquinas, y aquellas gentes tienen la manía de que el barrio forma o tiene la hechura de unos calzones, diciendo que desde la calle del Caño hasta la esquina de la del Prior es la parte alta, ésta y la que sigue los perniles, y la reunión de éstas la bragueta, palabra grosera propia de aquella gente.

Por el lado contrario se sale a otra plazuela, llamada del Horno, por uno que hay en la casa del rincón. Se ha titulado del Ángel y de Pedrique, apellido de uno de sus antiguos vecinos. De ésta se pasa a otra más pequeña que dicen de Chirinos, nombre que tomó de un clérigo que vivió en la misma casa que lo tiene, perdiendo entonces el de la plazuela del Alamillo con que era señalada en los padrones antiguos.

Nos hemos dejado atrás la calle del Caño, denominada así por uno que tiene para su desagüe y que nadie sabe a dónde llega, puesto que una vez que trataron de averiguarlo fueron andando por él hasta mas allá de los Tejares, donde no pudieron continuar.

Esta calle forma un ángulo y tiene comunicación a la puerta del Osario. A su mediación hay una barrera o calleja que llaman de la Torre, porque por aquel punto se subía a una de las que por aquel lado guarnecían la ciudad.

La leyenda de la ternerilla descabezada

A la calle del Caño se refiere una de las tradiciones más inverosímiles con que nos han asustado cuando niños. Se decía que todas las noches cuando la gente estaba recogida salía de aquel caño una ternerilla descabezada que recorría el barrio dando bramidos, tanto, que algunas personas habían muerto de susto al oírla. Nos contaban que una joven salió tan mala que dedicó su vida a las mayores deshonestidades, al par que tenía a su madre el trato más censurable, maltratándola de palabras y obras, hasta que ésta un día, desesperada, le dijo que ojalá hubiera parido una bestia cualquiera que no una hija tan infame, acompañando esto con tantas blasfemias y maldiciones que la Providencia, queriendo castigar a ambas, convirtió a la hija en ternera.

La madre en este apuro, sin saber qué hacerse, esperó a que aquélla se durmiera y le cortó la cabeza, arrojándola después en aquel caño, de donde salía todas las noches a purgar lo mucho que había pecado durante su corta vida. Algunos añaden que llevaba una túnica blanca, lo que la hacía más imponente.

Tan ridícula patraña debió caer en gracia, cuando, aunque con diferente historia, eran varias las ternerillas descabezadas que había en Córdoba, puesto que tenemos noticias de tres, y creemos que a aquel paso no iba a quedar un agujero por donde no saliese alguna, y sin embargo de ser un absurdo tan grande, estaba tan arraigada esta creencia que no hace mucho tiempo nos contó un sereno de aquel distrito que al cantar la hora en la calle del Caño oyó un aullido que le asustó, acordándose de lo que le habían contado. Volviose atrás dos veces, pero a la tercera, avergonzado de su miedo, siguió adelante repitiendo la hora y oyendo el mismo aullido, hasta que cerca del caño encontró un perro, en quien su voz hacía tal efecto que enseguida aullaba, gracia que le costó la vida, porque el sereno, de coraje, lo atravesó con el chuzo.

La calle de Ramírez de Arellano

Llegamos a la calle de Ramírez de Arellano, intermedia entre la de Góngora y la plazuela de los Carrillos. Nuestros lectores dispensarán que el autor de estos mal trazados apuntes traiga a su memoria tantos y tantos recuerdos como al escribirlos le asaltan.

En primer lugar cumplimos un sagrado deber demostrando nuestra gratitud al Ayuntamiento de esta capital, que en su sesión del día 21 de septiembre de 1874 dedicó esta calle a la memoria del señor don Carlos Ramírez de Arellano, su antiguo presidente, quien como alcalde tres veces hizo en Córdoba tantas y tan importantes mejoras; como escritor notable se abrió las puertas de varias academias, y como liberal honrado contribuyó tanto al triunfo de sus ideas.

En la calle de las Cabezas número 10, donde últimamente tuvo su morada, daremos su biografía, si bien desprovista de los elogios que a nuestra pluma no es dado tributarle. El título de las Cabezas representaba una tradición cordobesa, y por eso en vez de dedicársela lo hicieron con ésta, donde hemos pasado los años de nuestra juventud.

En la casa número 6, antes 1, hoy propiedad de la señora viuda de Ortiz, perdió el autor de esta obra a su santa e inolvidable madre, doña Josefa Gutiérrez de Salamanca y Pretel, 10 de abril de 1851, y a sus hijos Dolores y Antonio, ángeles que espera guíen sus pasos durante los años que resten a su existencia. ¡Cuántas lágrimas hemos vertido en este lugar! ¡Cuántas esperanzas hemos visto desvanecidas!

La calle en que nos encontramos se ha llamado del Osario desde tiempo de los romanos porque era la que comunicaba al osario o cementerio que estaba en el Campo de la Merced y sus inmediaciones. Tiene a su mediación una calleja sin salida que dicen del Padre Posadas, por un retrato de él que hubo en una de sus paredes, por más que otros lo atribuyen a haber vivido en este sitio, en lo cual están equivocados.

Altercado entre el cabito y el coba

En el año de 1853 vivían en Córdoba dos mozos de esos que adquieren fama de valientes y que no hay reyerta ni cuestión donde no se encuentren. Eran conocidos por el Cabito y el Coba, y mediaba entre ellos una rivalidad que los había enemistado de un modo irreconciliable. Una noche llegó uno de ellos a la taberna que hay frente a esta calle y era conocida por la del Postiguillo. Puso una peseta sobre el mostrador, pidiendo un vaso de vino, cuando acertó a entrar el otro, no tardando en armar la cuestión de siempre, en que se dijo mediaban unas mujeres de vida licenciosa, y bien pronto salieron desafiados a la calle.

Mas el Coba, que era cojo, asió al Cabito de una mano, empezando ambos a darse puñaladas hasta el número de siete cada uno. El segundo, que tenía todas las heridas en el centro del cuerpo, quedó muerto delante de la casa número 3, y el otro, casi expirando -pues no llegó vivo al hospital-, en la puerta de la número 1. La casualidad de haber llovido tenía encharcado el arroyo, resultando un horrible lago de sangre que asombraba a cuantos lo vimos.

El triste fin del novio de la nodriza

La casa número 2, hoy propiedad del señor Molina, ha pertenecido a los Infantes, de quien vino a los marqueses de Guadalcázar, que la vendieron. No era la principal de aquel apellido, por lo que no nos ocupamos de él en este lugar. Pero la mencionamos para contar un caso raro ocurrido en ella.

Casi por el mismo tiempo de la trágica escena referida moraba en esta casa el escribano don Rafael Vázquez de la Torre. Entonces el portal era mucho mayor que ahora, y frente a la calle estaba el portón y una ventana que dejaba ver el patio.

Dicho señor tenía en su casa un ama de cría. Ésta mantenía relaciones amorosas con un joven que le hablaba por la expresada reja, y sin que sepamos el motivo, cortaron de pronto sus relaciones, quedando ambos en libertad de hacer su gusto. Mas el joven formó empeño en reanudar aquéllas, yendo casi todas las noches a ver si conseguía aplacar la cólera de su amada. Al fin logró que bajara a oír sus ruegos, y viendo que nada alcanzaba, le dijo que aquella misma noche pondría fin a su existencia si continuaba desoyéndole. Tomolo a bromas de novios y entrase sin hacerle el menor caso.

Dos horas después el señor Vázquez bajó con una luz en la mano a cerrar la puerta de la calle, mas al pasar frente a la reja vio una cara de hombre; preguntole qué esperaba y notando que no le respondía, se acercó con el velón, volviendo horrorizado y dando gritos, los que repitió por el balcón. Entonces acudió gente, encontrándose con que el novio de la nodriza se había ahorcado de la reja con una faja negra de seda que llevaba a la cintura.

Nosotros fuimos de los primeros en llegar, llamándonos la atención ver que aquel hombre había tenido que doblar ambas piernas por las rodillas para consumar su intento, toda vez que el lazo no estaba ni a dos varas de altura, circunstancia que hizo a muchos presumir si el crimen se habría perpetrado en otro lugar, trayendo el cadáver para desorientar al juzgado. Pero la declaración de la nodriza demostró ser un suicidio.

La plazuela y apellido de Carrillos

Terminada la calle de Ramírez de Arellano salimos a la plazuela de los Carrillos, que además de esa afluente tiene como tales las calles de Domingo Muñoz, Cabrera, Chirinos y puerta del Osario.

Los señores de aquel apellido tuvieron aquí sus casas principales, que creemos fueran las ya señaladas con el número 6. Carrillos quería decir hermanos, y esto lo vemos justificado en varias obras genealógicas. Los primeros que encontramos citados son dos caballeros alemanes de quienes se dice que mataron en duelo a un privado del emperador, y perseguidos por orden de éste tuvieron que huir de su patria, refugiándose en España. Llamábanse don Diego y don Alonso, y traían por escudo, como de estirpe regia, águila negra en campo oro, adoptando aquí el que en pago de sus hazañas le dio el rey, y es castillo de oro en campo gules.

El primero se estableció por último en Cuenca y el segundo en Toledo, y para que se distinguieran sus descendencias le puso aquél las ventanas al castillo gules y don Alonso de azur. Casados los hermanos Carrillos en España con señoras de la más alta nobleza, bastaron para que sus descendientes no sólo se extendieran por todas partes, sino que se enlazaran con las principales familias.

En Córdoba los vemos figurar desde la conquista, uniendo su apellido con los de Aguayo, Ríos, Muñiz de Godoy, Sousa y otros muchos, y por consiguiente con todos los títulos que aquellas familias ostentan, y de aquí el encontrar a los Carrillos con el Córdoba, Infantas, Cárdenas y otros que le acompañan.

Don Luis y Don Alfonso Carrillo

En esta ciudad ha figurado mucho esta familia, cuyos individuos se han distinguido por todos conceptos. Encontramos valientes guerreros; religiosos ilustres y virtuosos; señoras que, como doña Sancha Carrillo, de quien hemos hablado, murió en gran opinión de santa, y escritores como don Luis Carrillo y Sotomayor, que después de estudiar seis años en la universidad de Salamanca entró a servir en marina y fue cuatralvo de las galeras de España, caballero del hábito de Santiago y comendador de la Fuente del Maestre, el cual escribió varias poesías muy apreciables, que imprimió su hermano don Alfonso en Madrid, en 1613. Don Luis hubiera sido uno de nuestros primeros literatos si la muerte no lo hubiera sorprendido a los veinticuatro años, estando en el Puerto de Santa María, año 1611.

También debemos mencionar a dicho su hermano don Alfonso Carrillo Lasso de la Vega, caballero del hábito de Santiago, alcaide de Veles, director de las Reales Caballerizas de Córdoba y mayordomo del infante don Fernando de Austria. Escribió Virtudes Reales, impresa en Córdoba en 1626, cuarto; Soberanía del Reino de España, Importancia de las leyes y de las Antiguas minas de España, las tres impresas también en Córdoba, 1624, y por último, Sagrada Erato y Meditaciones davídicas sobre los ciento cincuenta Salmos de David, obra póstuma publicada por su hijo don Fernando, cuatralvo de las galeras de Nápoles.

Los dos expresados hermanos yacen sepultados en la capilla de San Pablo de la Catedral, patronato de los señores Díaz de Morales.

El apellido Carrillo ha desaparecido en Córdoba, pero aún queda en Aguilar, llevándolo el señor don Rafael Carrillo y Gutiérrez de Salamanca, que al escribir estas páginas es gobernador militar de la provincia, y su señor sobrino don Juan Manuel, teniente coronel graduado de infantería.

Ninguna otra particularidad ofrece la irregular plazuela de los Carrillos. En el frente, o sea, entre las calles de la puerta del Osario y Chirinos, hemos conocido dos pequeñas y raquíticas casas que fueron derribadas, y en la fachada de una de ellas un Jesús Nazareno, en tabla, que quitaron en 1841.

La calle de la Puerta del Osario

Proseguimos nuestro paseo por la calle de la puerta del Osario, nombre que se explica por sí mismo y cuyo origen hemos dado a conocer. La casa número 12, hoy de los señores Altuna, era una de las principales que en Córdoba tenían los señores Heredias, de cuyo apellido nos ocupamos en nuestro paseo por el barrio de San Nicolás de la Villa.

Uno de estos señores, don Pedro de Heredia y Córdoba, fue agraciado por Carlos IV en 1790 con el título de conde de Prado Castellano, y de ahí viene el conocerse esta casa con ese nombre, así como la calleja inmediata se llama de Heredia y antes de los Muñoces.

Donde ahora está el jardín hemos conocido una plazuela no muy ancha y honda, a la que aquellos vecinos decían la Barreruela, y que sólo servía para depositar en ella todas las inmundicias de la calle. Delante de dicha casa hay una plazuela denominada de Frías, que también toma el nombre de ella por ser el apellido o título de uno de sus antiguos poseedores; por la misma razón se llamó de Don Pedro Angulo. Tiene una calleja que da paso a una placeta que se ha titulado lo mismo, pero que después dieron en llamarle del Lindo, apodo de uno de sus moradores, hombre afeminado que se adornaba para aparecer más bello; otros dicen que fue un torero, pero la opinión más general es la primera.

Otra casa notable existe en esta calle; le dicen del Arco, por uno muy ancho y elevado que tiene delante como señalando jurisdicción en su reducida plazuela. En otros tiempos se ha conocido por la casa de los Viruez y de la Tobosa, fundándose esta denominación en haber sido la principal de los Tobosos, apellido muy conocido en Córdoba, el que enlazó con el de Viruez. En la actualidad pertenece a los señores Bastidas.

Pasada esta casa hay otra que, unida con el solar contiguo, debió ser muy principal, según los restos que en ella se observan. En la penúltima casa de la acera contraria pasó los años de su niñez el poeta y notable novelista cordobés don [Juan de Dios de Mora, residente en Madrid, donde ha publicado todas sus obras.

La Puerta del Osario

Nos encontramos en la puerta del Osario, que da salida de la ciudad al Campo de la Merced. Está abierta entre dos hermosas torres, hechas o reedificadas después de la conquista, y aún tuvo a la derecha, saliendo, otra muy hermosa, de la que aún se encuentran vestigios, y que debió tener comunicación por unos arcos que aún se ven en la antigua muralla detrás de las nuevas construcciones de aquel lado.

No sabemos de quien fue la peregrina idea en 1831 de dárselas a los ermitaños del Desierto de Belén para ampliación de la hospedería que hicieron al lado, pues volteando entre ambas torres un arco muy rebajado le hicieron perder todo su mérito. De este tiempo son también los cuadros que están en el interior, representando un Santo Cristo con la Virgen, San Juan y la Magdalena, San Pablo, primer ermitaño, y San Antonio Abad.

A la salida hay una fuente con dos caños, surtida de tres pajas del agua de Ojamaimón; data de 1664, pero su actual forma y pilar de mármol se la dieron en 1799.

El Campo de la Merced

El Campo de la Merced es uno de los puntos más hermosos de los alrededores de Córdoba, y aun debiera ya formar parte de la población. Pertenece a los barrios de San Miguel y Santa Marina, dividiéndolo, lo mismo que a los juzgados de primera instancia y municipales, una línea recta desde la Puerta del Rincón al Pretorio.

En tiempo de los árabes y mucho después no había casas ni corrales alrededor, viéndose la muralla de la ciudad con sus torres y almenado. Posteriormente se fueron concediendo terrenos y se hicieron las casas entre la Puerta del Rincón y torre de la Malmuerta.

En estos últimos años se han enajenado los solares hacia la puerta del Osario y se han construido almacenes de maderas, los baños y otros edificios, dejando hueco necesario para una calle que dará frente a la del Silencio, ocupándose el lugar donde los franceses fusilaron a tantos españoles –cuyos nombres publicamos en el barrio de San Pedro al ocuparnos de la antigua cárcel- sin que nadie se cuidase de colocar siquiera una lápida que lo hiciese recordar a las futuras generaciones.

En todo este campo y mucho más terreno, en que se comprenden los Tejares, el Pretorio y hasta cerca de las Ollerías, tenían los romanos el cementerio destinado a la gente rica, haciendo para cada cadáver un sepulcro aparte, como se prueba con los muchos que en diferentes épocas y sitios distintos se han encontrado, y eso que entonces se permitía inhumar también los cadáveres en las posesiones particulares, para lo que sus dueños pedían el correspondiente permiso.

La gran población de Córdoba obligaba también a tener diferentes lugares destinados a este objeto, y por eso en el Campo de la Verdad, y en parte ya arrastrada por las aguas del Guadalquivir, se han encontrado multitud de restos humanos, opinando Sánchez Feria y otros escritores que aquél era el cementerio para la plebe, lo que no creemos desacertado, atendido el orgullo de aquellas generaciones. De aquí viene la palabra Fonsario con que en los padrones antiguos distinguen a la puerta que ahora seguimos diciendo del Osario.

El nombre de la Merced es debido al convento de esta orden, hoy Casa de Socorro Hospicio, del que nos ocuparemos extensamente. En el centro había como ahora un gran llano, pero alrededor y particularmente hacia la Puerta del Rincón, unos grandes montones de tierra y escombros, y donde están las casas del Adarve unos barrancos muy profundos; éstos desaparecieron cuando las primeras construcciones, y los primeros en 1820 al 23, por iniciativa del activo concejal don Manuel Díaz.

Festejos taurinos en el lugar

Aquella hermosa explanada se ha utilizado en muchas ocasiones, ya para revistas y paradas, ya para fuegos artificiales y hasta en corridas de toros. Cuando la proclamación de Carlos III al trono de España en 1759, construyose aquí una plaza de madera, y en los días 14 y 16 de noviembre verificáronse dos corridas completas, o sea, de mañana y tarde, en que se lidiaron 32 toros, que fueron picados por los varilargueros Juan Díaz y Pedro Gorrón, y corridos y banderilleados por diestros de Córdoba.

Siguiendo la marcha que emplea nuestro amigo el señor don José Pérez de Guzmán en su folleto Toreros cordobeses, impreso en 1870, conforme con los datos existentes en el Archivo municipal, anotaremos otras funciones dadas en otra plaza, también de madera, construida en este sitio en 1789. Los días 12, 14 y 16 de septiembre se verificaron novilladas, siendo los bichos de la ganadería de don Francisco Ignacio Yepes, vecino de Torrenueva, quien cobró por cada uno de los 45 que se corrieron 1.015 reales. Hubo dos cuadrillas, una de forasteros a cargo de Manuel López, que asistió sin trabajar, y se componía de Antonio Parra, Manuel Cañete y Miguel Pérez, como picadores, y Esteban Pérez, Francisco Aragón y Paula y Jerónimo Cándido, como banderilleros; la de los cordobeses la dirigía Manuel Barrios, que trabajó con ellos, y se componía de Juan González, hermano de Panchón, Diego Luis, Santiago y Bernardo Rodríguez y Manuel y Rafael Bejarano. En dos tardes banderillearon a caballo Diego López y Ortega y Juan Piñero, dándole al primero setecientos reales y al segundo ciento. El Bernardo Rodríguez fue cuarenta años después el preceptor que nombró el rey para la Escuela de Tauromaquia preservativa que se mandó establecer en Sevilla.

En 1815 volvieron a formar plaza de toros en el Campo de la Merced, inaugurándola con cuatro corridas en las tardes de los días 9, 11, 13 y 15 de septiembre, matando el espada sevillano Inclán y Juan Núñez Sentimientos; tenían media cuadrilla de forasteros y la otra de cordobeses, picando Cristóbal Ortiz, Bartolomé Manzano y Manuel López Pesetas, hijo.

En el siguiente año, 1816, se corrieron también 78 toros, en diferentes días, de la ganadería de Cabrera, en Utrera, a quien se pagaron por ellos 98.140 reales. Los espadas fueron Inclán, Lara y Panchón; los picadores Julián Díaz, Francisco Osuna, Manuel López, Francisco Rodríguez, Juan Antonio y Hernán Pérez, y los banderilleros cordobeses Pedro Sánchez, Juan Bejarano y Andrés Díaz.

La expresada plaza de toros, que duró hasta 1831, constaba de 240 varas de andamios y otras tantas ventanas altas y bajas, dándole una forma ochavada, pero no servía para las funciones reales, las que se verificaban en la Corredera para darles mayor solemnidad.

La afición taurina del Vizconde de Miranda

En aquellos tiempos había en Córdoba una gran afición a esta clase de espectáculos. Los jóvenes de la aristocracia eran los primeros en sostenerla, teniendo al frente al Vizconde de Miranda, que solía matar en las corridas el toro que tenía a bien elegir. Su protección a los toreros le granjeó un gran ascendiente entre ellos, y éste llegó hasta el punto de poderlo considerar como el jefe de la gente del oficio. Como prueba de ello citaremos un caso que refiere el expresado señor Guzmán.

El ya citado torero Bernardo Rodríguez, en un momento de ofuscación por disensiones domésticas, había intentado suicidarse, y aun cuando se evitó esta desgracia, encontrábase sumariado y por consiguiente privado de tomar parte en las funciones. En una de ellas se encontraba en el tendido, y visto por el público, empezó éste a pedir que pusiera banderillas. No accedió la autoridad. Subió el vizconde a pedirlo, y con buenos modos le contestó que no podía ser. Pero él, indignado, bajó, y echándose de pechos delante de la puerta del chiquero impedía abrirla, dando lugar a que el pueblo se alborotase más, promoviéndose un verdadero escándalo. El presidente mandó a decir con uno de sus alguaciles que dejase el paso franco, a lo que, montando en cólera, le dijo que no quería, y que tuviese entendido que un Vizconde de Miranda no se improvisaba, pero que un corregidor se hacía de un troncho de col. A esto efectivamente debía asemejarse el presidente cuando, lejos de hacerse obedecer, hizo lo que aquél quiso, calmándose así el tumulto.

Varios son los proyectos iniciados para reforma del Campo de la Merced. En 1835 y 36 se principió a formar un paseo, iniciado por el alcalde señor conde de Torres Cabrera, y hasta se hicieron los cimientos para la fuente que había de ocupar el centro. Pero cuando la venida de Gómez lo deshicieron, sin que quedasen más que algunos que otro de los árboles que lo circundaban.

Después ha habido otro proyecto de construcciones con una plaza en el centro, que tampoco se ha realizado, mas no queda duda de que aquel sitio ha de variar por completo, siendo parte de la población y no extramuros como en la actualidad.

La calle de los Tejares

Hecha la historia general de este campo justo es irnos ocupando más despacio de la parte que corresponde al barrio de San Miguel que vamos paseando. Saliendo de la puerta del Osario encontramos a mano izquierda una ancha calle con dos filas de árboles, arrecifado el centro y con casas y corrales en ambas aceras, los más de ellos dedicados desde tiempo inmemorial a la elaboración de materiales de construcción, de lo que le ha sobrevenido el nombre de los Tejares.

Termina esta ancha calle frente al paseo de la Victoria. Afluye a ella la hermosa y moderna del Gran Capitán, y tiene además dos barreras o callejas sin salida, la primera llamada de la Adelfa, y según otros de Abella, apellido de uno de sus antiguos moradores, y la otra de la Torre albarrana, por estar frente a una de las que existían en la muralla, que desapareció al abrir la nueva calle. En una de las casas de esta barrera habita actualmente el modesto escultor don Antonio Poz, autor de varias imágenes que hay en diferentes iglesias y otras esculturas, como el Aqueronte que ocupa el centro de una de las fuentes del jardín de Miraflores.

La conversión de Don Fernando de Cárcamo

El autor de los Casos raros cuenta uno en extremo inverosímil, al que da tal importancia y tales seguridades que se ve cuáles eran las creencias y poca reflexión del tiempo en que lo escribía.

Moraba en Córdoba un joven llamado don Fernando de Cárcamo, rico y tan ilustre como su apellido demuestra, mas no guardaba armonía con su nobleza la conducta seguida por el mozo en unión de otros de su edad y tan calaveras, como en el día se les dice. Las noches, principalmente, eran dedicadas a sus empresas amorosas o a las báquicas orgías, que en más de una ocasión le hicieron andar a cintarazos con gentes de las mismas costumbres y conducta, llegando a ser temido hasta el nombre de don Fernando.

Cierta noche salió a buscar a sus amigos y compañeros, y no encontrándolos en los puntos en que solían reunirse, llegó a la puerta del Osario, advirtiendo que entre una de sus hojas y el muro había un gran agujero. Saliose por él al campo, y sea que embriagado quedose dormido o que su conciencia lo abrumara con crueles remordimientos, ello es que al amanecer se presentó en el convento de la Arrizafa pidiendo con lágrimas de verdadero arrepentimiento que le diesen el hábito en aquel santo asilo, porque aquella noche le había mostrado Dios el castigo que merecía por sus muchas liviandades.

Entonces refirió que al llegar la noche anterior cerca del convento de la Merced oyó unos lamentos de mujer que se quejaba de la desgracia que sufría e imploraba socorro con gran desconsuelo. Deseoso de prestarlo, quiso saltar la tapia, mas viendo que no podía, valiose de su daga, con la que hizo unos puntos de apoyo, logrando de este modo su intento. Aquellos lamentos salían de uno de los Tejares, al que pudo llegar andando algunos tejados y paredillas.

Ya en el lugar de la desgracia, penetró en cierta habitación escasamente alumbrada, donde encontró una mujer que estaba amortajando a un cadáver. Por ella supo que era su marido, el cual acababa de expirar sin amparo alguno, puesto que ella, además de estar sola, se aturdió de tal modo que no acertaba ni lo que se hacía. Condolido don Fernando ante aquel cuadro de dolor, la ayudó a sacar el cadáver al patio y la aconsejó fuese a la parroquia de San Miguel a dar aviso, que él entre tanto se quedaría guardando a su marido.

Acogió la mujer la idea y salió del corral, quedando don Fernando sentado en un banquillo. Mas a poco vio levantarse el muerto e irse para él en ademán hostil, trabándose entre ambos una desesperada y silenciosa lucha en que el joven llevaba la peor parte, puesto que llegó a sentirse medio asfixiado por la mano que lo tenía agarrado por el cuello sin dejarle valerse de la daga que llevaba a la cintura. De pronto lo dejó, quedándose otra vez tendido, al tiempo que llegó la mujer con un cura y un médico, quienes testificaron que aquel hombre estaba realmente muerto.

Despidiose don Fernando cortesmente de todos, guardando silencio sobre lo ocurrido, y emprendió su marcha al convento, como antes dijimos. Fray Fernando de Cárcamo fue uno de los religiosos que más han engrandecido aquel convento, donde murió en buena opinión, acudiendo un gran número de personas a recoger como reliquias algún objeto que le hubiese pertenecido o a tocar los rosarios en su santo cuerpo.

La plaza de Toros

En la calle de los Tejares está la plaza de toros, una de las más lindas de España, aunque no de las mayores. Ya saben nuestros lectores la afición de los cordobeses a esta clase de espectáculos, los que han realizado en el Campo de la Merced y en las plazas de la Magdalena y Corredera.

Esto hizo concebir al impresor don Joaquín Manté, hombre muy emprendedor, el pensamiento de construir una plaza de toros, para la que formó el plano el arquitecto don Manuel García del Álamo, y reuniendo una sociedad de cien acciones se adquirió el terreno de la huerta de Perea, que vendió su dueño don José Severo García, construyéndose la plaza, que se inauguró la víspera de la feria de Nuestra Señora de la Salud de 1846, en que mataron los espadas conocidos por el Barbero y Cúchares, quienes recibieron muchos y merecidos aplausos.El 8 de septiembre siguiente mató el célebre Montes, y después han trabajado todos los diestros de más fama.

En la tarde del día 15 de agosto de 1863 hubo una novillada, y a la noche, como a las diez, advirtió el guarda que la plaza estaba ardiendo, sin que se explicase el motivo. Las campanas lo anunciaron, y bien pronto acudieron las autoridades con todos sus dependientes, los bomberos, los individuos de la sociedad y multitud de gente, sin que se pudiera cortar aquel devorador elemento, que en menos de dos horas consumió toda la parte de madera, que era bien vieja, por haberse aprovechado parte de la de los derribos de los conventos del Espíritu Santo, San Cayetano y Capuchinos.

Algún tiempo estuvo la plaza convertida en ruinas, hasta que la sociedad, siendo presidente don Andrés de la Oliva, dispuso reedificarla, para lo que se echaron varios dividendos y se encargó la nueva obra al arquitecto don Amadeo Rodríguez, quien la llevó a feliz término, empleando todas las bóvedas y hierro posible, a fin de evitar que un nuevo incendio hiciese los estragos del que había dado lugar a la destrucción del primitivo edificio. Ya reedificada se estrenó de nuevo en la feria de 1868.

El afán de mayor número de entradas hizo suprimir los pasos de las galerías al tendido, sustituyéndolos con unas subidas por entre barreras. Esto dio lugar en la primera corrida de la feria de la Salud de 1874 a una terrible desgracia. Estaba lloviendo. Una pobre mujer, vecina de Lucena, quiso salirse de la plaza, yendo por detrás de la barrera, cuando casualmente la saltó un toro, cogiendo a aquella infeliz, a quien dio dos terribles cornadas e hiriendo a un municipal que con ella se atravesó a escapar por un burladero. Esto ha hecho que se vuelvan a abrir las antiguas entradas al tendido, accediendo a las indicaciones de la prensa y del público en general que así lo pedía.

La plaza de toros tiene cabida para más de 10.000 personas en el tendido, grada cubierta, asientos de barandillas, ídem de antepecho y 85 palcos, todo bien acondicionado. De modo que a pesar de no tener puertas más que a los Tejares se desocupa pronto y con facilidad.

Macabro asesinato de un cantero

En la casa número 13 de la calle en que nos encontramos tuvo lugar en 1867 una sangrienta escena que llenó de espanto a cuantos la supieron. Moraba en ella una anciana conocida por doña Rosalía, que en su juventud había sido cantinera y contaba una larga historia que nada tenía de edificante. Entonces se dedicaba a recibir huéspedes y dar comidas a bajos precios, por lo que sólo acudían trabajadores y demás gente de poco dinero, a quienes servían aquélla, dos criadas y una niña de diez a once años.

Una noche paraban allí un hombre que se acostó temprano y presenció lo que ocurrió, pero que muy de mañana tomó el tren sin averiguarse su nombre, dos extranjeros y un asturiano, de oficio cantero, que había reunido unos mil reales como ahorros de su trabajo. Los dos segundos le pidieron parte de ellos prestados, y no queriéndoselos dar se fue a acostar, sin imaginarse siquiera que aquéllos intentaran robarle, como lo hicieron, dándole una gran cuchillada en el cuello al ver que despertando empezó a luchar con ellos. Al ruido subió doña Rosalía y las criadas, diciendo que habían comprometido la casa. Entonces las encargaron de fregar bien la sala mientras ellos se llevaban el cadáver, como en efecto lo hicieron, cargando con él y llevándole en dirección al río. Mas pasada la puerta de la Trinidad, tal vez porque se acercaba el día o porque temieran ser vistos, se apartaron a un lado y, acabando de cortarle la cabeza, se la llevaron, enterrándola en una haza del pago de la Salud, dejando así el cuerpo casi desnudo.

Apenas amanecía la gente vio el cadáver, cundiendo enseguida la noticia. Acudieron las autoridades, sus dependientes y multitud de curiosos, sin que se diesen cuenta de quién fuera la víctima y el modo y forma de tan horrible asesinato. Por sus manos encallecidas surgió la idea de que pudiera ser un cantero, y con este dato se empezaron a hacer averiguaciones sin resultado. Lo más urgente era buscar la cabeza para identificar la persona, y nada se conseguía a pesar de hacer excavaciones y hasta de registrar varios pozos, uno de ellos el de la huerta de la Fuensantilla.

Así pasaron algunos días, hasta que el inspector de orden público don José Anguita supo que había desaparecido un cantero que se hospedaba en la casa de doña Rosalía, y penetrando en ella hizo un reconocimiento sin resultado. No se convenció e hizo el segundo, advirtiendo una gota de sangre en la pared. Entonces prendió a aquélla con sus dos criadas y la chica, que al verse incomunicada en la cárcel declaró la sangrienta escena referida a nuestros lectores. Presos ambos asesinos permanecieron inconfesos, lo mismo que doña Rosalía, que murió en la cárcel, y una de las criadas, no habiendo más prueba que la otra y la chica, por lo que el juzgado de la izquierda los sentenció a cadena perpetua, que aún estarán sufriendo.

Historia del Hospicio

Nos encontramos en la Casa de Socorro Hospicio, antes convento de la Merced, del cual debemos ocuparnos en esos dos conceptos, y además, al llegar a la iglesia, de la época en que fue erigida en auxiliar de las parroquias de Santa Marina y San Miguel. Mas para no involucrar nuestro relato lo haremos como si fuesen tres cosas distintas, empezando por su actual estado y objeto.

Ya en 1725 se trató en Córdoba de fundar una casa de Misericordia u hospicio, consiguiéndose una real orden para examinar las fundaciones de los muchos hospitales pequeños que existían, formando un solo caudal con sus bienes, que habían de servir de base a sostener el nuevo y utilísimo establecimiento. Mas todo quedó en proyecto por la desesperada guerra que le hicieron los poseedores de aquellos pequeños caudales. Sin embargo, la idea estaba iniciada, y en 18 de mayo de 1769 se expidió otra real orden destinando a este objeto el edificio que había sido colegio de Jesuitas, y en el que después el deán don Francisco Javier Fernández de Córdoba fundó las Escuelas Pías. Tampoco se realizó entonces, si bien todos estaban convencidos de su conveniencia para albergar tanto pobre como demandaba la caridad pública.

El obispo señor Ayestarán le dio nuevo impulso, y suprimiéndose en su tiempo el antiguo convento de San Antonio Abad, contiguo al de San Juan de Dios, lo destinó al hospicio, haciéndolo demoler para principiar el nuevo edificio. La muerte cortó la vida de aquel caritativo prelado, y esta lamentable desgracia dejó solo el solar, que hoy forma parte de la huerta de San Antón.

En 1805 vino a Córdoba el obispo don Pedro Antonio de Trevilla, quien, ocupándose desde luego del asunto, logró realizar lo que tantos habían intentado. De resultas de la fiebre amarilla estaba casi desierto el convento de la Encarnación, de la orden de San Agustín, e incorporando las seis religiosas que le quedaban y sus escasos bienes al de Nuestra Señora de las Nieves, también agustinas, destinó el edificio a Casa de Misericordia, adaptándolo a su nuevo destino, para lo que le hizo la extensa fachada que hoy ostenta, si bien dividida en las entradas del cuartel y Escuela de Veterinaria.

Aunque extenso, no es este local todo lo amplio y saludable que se requería, y por eso en la época de 1820 a 1823 se aprovecharon de la exclaustración de los mercedarios, trasladando el hospicio a su convento, donde duró muy poco, porque al restablecimiento de las comunidades religiosas volvieron aquéllos, siendo preciso que se fueran los pobres a su antiguo edificio. En él permanecieron hasta 1836 que, suprimidas definitivamente las órdenes religiosas, se permutaron con autorización del Gobierno ambos edificios, tomando el Estado el exconvento de la Encarnación Agustina y la Beneficencia el de la Merced.

Ya la Casa de Misericordia en su nuevo local siguió al cuidado de la Junta Municipal de Beneficencia, a quien se la entregó otra de varias personas piadosas que la tuvieron a su cargo desde su creación, contándose entre ellas el notable cordobés fray José de Jesús Muñoz Capilla, de quien en varias ocasiones nos hemos ocupado.

Siguiose trabajando para su fomento, mas aunque se le agregaron algunos bienes que le donó el señor Ayestarán y los de otras fundaciones, siempre sus recursos eran cortos, y era menester auxiliarle con limosnas, varios impuestos, como el de sillas en los paseos, y otras sumas de los fondos municipales; pero sin que el número de camas pudiera exceder de unas 160 ni a sus talleres se les pudiese dar el mayor impulso.

Publicada la ley de Beneficencia de 1849, y ordenando ésta la declaración de establecimientos provinciales en 1850, la nueva junta elevó este asilo a esa categoría, y ya cubierto su déficit por el presupuesto provincial, principió a tomar nueva vida, aumentando el número de acogidos, que ha llegado a pasar de 700, disponiéndose entre otras cosas que los expósitos de toda la provincia viniesen a esta casa cuando cada uno fuese cumpliendo la edad de seis años. Ampliáronse los talleres de lienzos, paños bastos y esparto, púsose sastrería para la casa y zapatería, que también trabajó para el público, y empezáronse a hacer grandes mejoras, tales como cielos rasos y zócalos de azulejos en todos los dormitorios, cocina, despensa, ropería, hermoso y cómodo lavatorio. Trajéronse doce hermanas de Caridad de la congregación de San Vicente de Paúl y se crearon dos escuelas de niños y una de niñas, que contribuyen mucho a la educación de aquellos desgraciados.

El edificio es hermoso. Dividido por la iglesia en dos grandes departamentos, permite una separación completa de sexos, contribuyendo mucho al mejor gobierno y orden de la casa. Cuidan de ellos un director, un capellán, doce hermanas, varios inspectores y los maestros de instrucción y de los talleres.

A tal grado se ha conseguido elevar este establecimiento que lo enseñan a los forasteros como una de las cosas más notables que hay en Córdoba, y por cierto con razón, toda vez que, visitados por nosotros los de otras muchas poblaciones, no hemos encontrado ni uno solo que se le iguale.

Vestigios de una antigua basílica

Descrito este magnífico edificio como Casa de Socorro u Hospicio, justo es dar a conocer su antigua historia como convento de Mercedarios. Es creencia muy fundada de que en este sitio estuvo desde el tiempo de los romanos la basílica de Santa Olalla o Santa Eulalia, y que en ella fueron sepultados los cuerpos de las santas mártires cordobesas Columba y Pomposa. Sea éste u otro, lo cierto es que se ha descubierto en dos ocasiones una cripta, aún existente, delante de la escalera del segundo patio, como a dos varas a la derecha conforme se sube.

En 1757, cuando la reforma del convento, estando abriendo el hoyo para el cimiento de uno de aquellos pilares, como a dos varas también de profundidad, se encontró la expresada capilla, la que fue examinada, así como en 1846, cubriendo el agujero una y otra vez por temor de causar daño al edificio. SU FIGURA ES ASÍ (...)

Es toda de piedra, del ancho del claustro, con cielo raso, media caña e imposta, todo del mismo material. A sus dos extremos tiene puertas, lo que demuestra ser un edificio al que se entraba por su mismo nivel, a no ser que fuera una capilla subterránea con dos escaleras, lo cual no es probable. Su pavimento se ignora como será, por estar cubierto de una arena dorada en la que se veían algunas partículas mayores, al parecer de oro. La primera vez se hicieron varios experimentos sin resultado afirmativo, si bien algunos inteligentes aseguraban ser del expresado metal. Lástima es que no se hubiese sacado la arena para descubrir la solería, pero el miedo demostrado por todos de un derribo impidió que se examinase mejor y se explorasen las puertas para ver qué hay detrás del cascote que las cierra.

Algunos escritores antiguos dicen que en el repartimiento que hizo Fernando III al conquistar Córdoba entre las órdenes militares y religiosas, los nobles y demás vasallos que le ayudaron en aquella empresa, se reservó el terreno en línea recta saliendo de la puerta del Osario, tornando a mano izquierda hasta llegar a la Arrizafa, en el que se comprendía el que ocupa el llamado huertas de la Reina, por pertenecer a un palacio de recreo que allí tenía la de los árabes, del cual quedaban vestigios en el siglo XVII y aún mucho después.

Sabido es por cuantos se han ocupado de la historia de Córdoba que el Santo Rey fundó aquí cuatro conventos de frailes, uno de ellos el de la Merced; mas no son tan conocidos los pormenores de las fundaciones por el poco cuidado con los archivos, de los que han ido desapareciendo tantos manuscritos curiosos, y tócanos lamentar de nuevo lo que ocurrió en la última exclaustración, en que a pesar de las prevenciones del Gobierno para recoger las bibliotecas y formar una por provincia, los libros fueron quemados unos, otros vendidos por papel viejo, y muchos perdidos por mano de los mismos que debían mostrar más interés en la creación de aquellos centros donde la juventud se instruyese. A pesar de todo, algo hemos podido averiguar de la historia del convento de la Merced, donde nos encontramos.

Origen del Convento de la Merced

Unos aseguran que entre los religiosos que acompañaban a Fernando III en sus conquistas se encontraba el luego canonizado San Pedro Nolasco, fundador de la orden, mientras otros dicen, y en ellos nos encontramos, por los mismos apuntes del convento, que fue después llamado para la creación de éste, haciéndosele donación de la antigua ermita de Santa Eulalia, y dividiendo lo demás del terreno arriba citado entre esta comunidad y los caballeros Henestrosas, poseedores en un principio de las huertas de la Reina, alta y baja, que a fines del siglo XIV ya estaban en poder de los Fernández de Córdoba, como se comprueba leyendo el testamento de doña Leonor, hija del maestre Martín López de Córdoba, de quienes tantas veces nos hemos ocupado en estos apuntes. Dioles también unos heredamientos de viñas en la sierra y otras fincas y derechos, con los que se formó la base para el cuantioso caudal que andando los años llegó a reunir este convento, edificado por el santo fundador, sirviéndose primero de la ya citada ermita y empezando después una gran iglesia de tres naves, con tres capillas de frente y otras varias a los costados.

Todos los caballeros de aquel tiempo y aun de siglos posteriores aspiraban a los patronatos de las iglesias o sus capillas para fundar panteones donde depositasen sus cadáveres y los de sus descendientes, y por lo tanto no tardó la nueva capilla mayor en ser solicitada por los señores don Antonio González de la Madrid y su mujer doña María Bermúdez, quienes no sólo la costearon casi en su totalidad sino que la dotaron con muchas fincas, censos y juros, imponiéndole únicamente los sufragios que por sus almas habían de hacer aquellos religiosos; gasto insignificante comparado con la dotación.

Este patronato vino a la casa de Fernán-Núñez por casamiento de don Alonso de la Madrid y Ríos con doña Ana de los Ríos y Quesada, los que murieron sin sucesión, pasando a su hermano don Alonso de los Ríos y la Madrid, viniendo últimamente a los condes de Gavia que lo poseen, conservándosele el derecho cuando en el siglo XVIII se labró de nuevo la iglesia, por lo que se lee en la losa que cubre el panteón la inscripción siguiente: Este entierro es de los muy ilustres Señores de la casa de la Madrid y patrono de esta capilla mayor. Ha sucedido la de los Ríos, Señores Condes de Gavia. Se acabó año 1745.

La aparición de San Rafael a Fray Simón de Sousa

A poco de la fundación de este convento tuvo la suerte de que viniese a él de comendador el noble y virtuoso varón fray Simón de Sousa, lusitano, que tomó el hábito en el convento de Jerez de la Frontera. Su ciencia le alcanzó bien pronto el puesto de predicador del rey, como lo fue de Sancho el IV y Alfonso XI, y el gobierno de esta casa, que ejerció hasta 1314, en que lo nombraron obispo de Badajoz, en cuyo elevado puesto permaneció doce años, ascendiendo en 1326 al de Tuy, donde murió en 1329 en gran opinión de santo.

Fray Simón de Sousa era hombre que a sus raras virtudes reunía una gran decisión y constancia, con las que logró continuar las obras del convento y la iglesia, aumentando mucho la devoción que todo Córdoba tenía a las imágenes allí veneradas, y muy especialmente a la de Nuestra Señora de la Piedad, perteneciente a la antigua ermita de Santa Eulalia.

En tiempo de este santo varón ocurrió la epidemia más grande que ha sufrido esta ciudad, llegándose a temer que se quedara desierta, entre los que morían y los que la abandonaban horrorizados de tantos desastres. No bastaban los clérigos para la asistencia a los enfermos, y los frailes acudieron en su ayuda a pesar de su corto número, porque sólo estaban fundados cinco conventos y eran cortas sus comunidades, pues aún no contaban, ni con mucho, un siglo de existencia; éstas eran las de San Pablo, San Francisco, San Agustín, la Trinidad y la Merced, de que nos ocupamos.

Fray Simón corría de casa en casa donde creía que él y sus compañeros podían ser útiles, hasta que, invadido del contagio, estuvo gravísimo, creyendo todos la pérdida de tan virtuoso sacerdote. Ya convaleciente, imposibilitado como antes de un servicio activo, se iba al coro de su iglesia a implorar del Altísimo se apiadase de los ya diezmados cordobeses.

Una noche, estando en oración, percibió una gran claridad y, fijándose, divisó en ella, entre rizadas nubes, la imagen del arcángel Rafael, que le dirigió las siguientes palabras: "Dirás al obispo don Pascual que está Dios muy satisfecho de su vigilancia y cuidado, y que por sus oraciones y de otras personas, y por la intercesión de su Santa Madre, se ha compadecido de este pueblo. Que ponga mi imagen en lo alto de la torre de la iglesia Catedral y exhorte a todos sus feligreses a que me sean devotos y celebren mi fiesta todos los años; que si así se hace, este contagio cesará de todo punto".

El venerable señor Simón cumplió exactamente su cometido, yendo a la mañana siguiente a ver al obispo don Pascual, quien hizo poner la imagen, colocándose a la vez otra en la torre de San Pedro, si bien hay quien opina que se puso ésta sola, por no ser posible colocar la otra en la antigua torre, que aún era la as-sumna que tenían los árabes.

Este suceso, o sea, la primera aparición de San Rafael declarándose protector de Córdoba, se conmemora en una gran pintura al fresco que aún ocupa el testero o frente del coro en la Merced, y en el convento de Jerez existía otra en elogio al venerable fray Simón de Sousa, por haber tomado el hábito en aquella casa.

Las imágenes devocionales

Antes de ocuparnos de la reforma de este edificio ni de los religiosos que se han distinguido lo haremos de las imágenes de gran devoción que tenían llenas las paredes de exvotos o milagros y llevaban a aquel templo una extraordinaria concurrencia, tanto de cordobeses como de forasteros.

Debemos citar primeramente Nuestra Señora de la Piedad, procedente de la basílica de Santa Eulalia. Tuvo primero la capilla de testero en la nave de la epístola, y en la nueva iglesia, en la tercera a la derecha, o sea, la primera hoy, porque las otras dos quedaron de cancel afuera. Era como de media vara de alto, de mármol blanco y con niño. Se le hacía fiesta por la cofradía el día 8 de septiembre, con tanta solemnidad que atraía mucha gente, celebrándose una feria de ganado y efectos, colocando éstos hacia la calle que lleva aquel nombre y que desemboca en el Campo de la Merced en el testero intermedio de la torre de la Malmuerta al Pretorio.

Esta imagen, que se perdió cuando la venida de los franceses, era considerada como muy milagrosa, circunstancia atribuida también a San Blas y Santa Lucía, que estaban a sus lados, y a las cuales, desde tiempo inmemorial, celebraba este convento en sus respectivos días. Entre las tres efigies habían cubierto toda la capilla de los exvotos, siendo indispensable quitar los más antiguos y menos visibles para poner los nuevos. De cada uno de estos santos había una preciada reliquia, veneradas en el mismo altar.


La devoción al Cristo de las Mercedes

Mayor era la devoción que tenían al Santísimo Cristo de las Mercedes, imagen hoy olvidada que está en el colateral del lado del evangelio. Cuentan Las Crónicas de la Orden que yendo el comendador de este convento fray Juan de Granada en 1354 a redimir unos cautivos, vio en la plaza de Antequera una gran hoguera, en la que iban a arrojar aquella escultura, y condolido de tal sacrilegio rogó se suspendiese la orden de quemarla, tratando a seguida de su rescate, que consiguió a fuerza de dinero. Ya en su poder, la trajo a Córdoba y colocó en la iglesia, donde, ocupando el testero de la nave del evangelio, le costeó una hermosa capilla el corregidor de Córdoba don Diego de Vargas, caballero del hábito de Alcántara, año 1602.

Tantos fueron los prodigios obrados por el Santo Cristo que rayó en frenesí la veneración con que lo miraban sus innumerables devotos, pues hasta hubo uno que le cambió la corona y clavos que tenía de hierro por otros de plata, vinculando los primeros, en unión del caudal, para sus descendientes.

Los religiosos la aumentaron cuanto pudieron, y a fin de hacer más codiciada su vista la cubrieron con siete velos, que sólo se le quitaban en la gran fiesta que se le hacía en el segundo viernes de Cuaresma, quedando hasta Pascua con un solo velo claro, por el que se transparentaba. Y aquí debemos citar dos opiniones de dos prelados; uno el señor Tapia, que dijo al verla por primera vez que jamás encontró imagen más hermosa y bien hecha ni que excitase más a la veneración; el otro fue el señor Alburquerque, que al visitar esta iglesia dijo al coadjutor que la quitase, porque una imagen como aquélla más bien ridiculizaba el sagrado misterio que quería representar. Esto prueba que el primero nada entendía de obras de arte, o que la devoción lo cegaba. En la nueva iglesia ocupaba el sitio que ahora Jesús Humilde, teniendo un gran retablo que desapareció cuando los franceses la dedicaron a enfermería.

Las procesiones del Santísimo Cristo de las Mercedes

Estamos en el caso de referir dos procesiones dedicadas al Santísimo Cristo de las Mercedes, con un entusiasmo y devoción de que hay poquísimos ejemplos.

La primera fue en 1602, con motivo de la epidemia del landre que tantos estragos hizo. No hemos podido averiguar la forma ni demás circunstancias, pero sí dicen algunos escritores mercedarios que al sacarlo de su iglesia curó instantáneamente a una pobre paralítica que estaba frente a la puerta, y que después de vuelto a su altar cesó por completo la epidemia.

La segunda fue el 25 de marzo de 1650. Desesperados ya los dos cabildos y toda la ciudad de no hallar remedio a la epidemia que contamos en nuestro paseo por el barrio de la Magdalena, fijaron su devota atención en el Santísimo Cristo de las Mercedes, como único recurso que les quedaba en su apuradísima situación. El Cabildo eclesiástico nombró como sus comisionados al doctor don Lucas González de León, magistral, y al doctor don Antonio de Paredes, racionero, quienes fueron a ver al comendador de la Merced el padre maestro fray Luis de las Infantas, rogándole la salida del Santo Cristo, a lo que él contestó que, figurándose lo conveniente que era dicha determinación, había antes alcanzado el permiso de su comunidad y del provincial de la orden, el padre maestro fray Alonso de Sotomayor, quien con el mayor gusto se lo había otorgado. La Ciudad hizo a su vez igual petición, delegando en los caballeros veinticuatros don Juan de los Ríos y Castillejo y don Juan de Armenta y el jurado don Pedro Moreno, quienes juraron volver la imagen a su altar en cuanto terminasen los cultos preparados.

Anuncióse la procesión con pregones, timbales y chirimías en toda la ciudad; arreglose la carrera con gran trabajo, pues hasta se edificaron tapias en los solares sucios; convidáronse todas las comunidades, Universidad de beneficiados, cofradías y hermandades; citáronse los chicos de las escuelas y todo lo más lucido de Córdoba, y preparose la venerada imagen del Cristo de las Mercedes en la capilla mayor de su iglesia, esperando todos el feliz momento de verle conceder nuevas gracias y beneficios.

En la noche del jueves, víspera del día designado, hubo la iluminación más grande que se ha conocido, pues además de no quedar en la población ni una sola torre ni ventana que no estuviese iluminada, el Campo de la Merced, donde aún no había casas pegadas al muro, era iluminado por éste, que en sus almenas ostentaba millares de luces, y por infinidad de barreños llenos de brea y estopa ardiendo, colocados en palos que los elevaban a respetable altura, completando aquel bellísimo panorama multitud de hogueras con que los dueños de las heredades de la sierra querían contribuir a solemnizar aquella demostración de la esperanza que el pueblo de Córdoba tenía en el Santísimo Cristo. Al mismo tiempo se escuchaban las músicas que recorrían las calles, en tanto que multitud de cohetes o voladores atronaban el espacio.

Llegado al fin el anhelado día 25 de marzo reuniose el convite en la Catedral, y dispensándose el Cabildo la prohibición de salir reunido fuera de murallas, fueron formados en dos filas por las calles del Baño, hoy Céspedes, Pedregosa, Santa Ana, Jesús María, Tendillas de Calatrava, Plata, San Miguel y Osario a salir por la puerta del mismo nombre, que se abrió a su llegada, por estar mandado cerraran todas para no dejar que las mujeres saliesen al Campo de la Merced, con el objeto de ordenar mejor la procesión.

Conseguido este deseo se puso en marcha aquélla en la forma siguiente: estandartes de hermandades y cofradías, tras éstos todos los que quisieron concurrir a llevar cera, pasando de 5.000 las hachas que algunos curiosos contaron, después las comunidades por orden de antigüedad, ocupando su sitio los mercedarios, el clero casi en totalidad, el Cabildo de la Santa Iglesia y sus prebendados con capas de coro y la música; seguía el Santísimo Cristo, con un magnífico dosel morado, regalo del corregidor, yendo dos sacerdotes a los lados con varas doradas, asidas a los brazos de la cruz para guiarla mejor; tras éste, un palio de seis varas, llevadas por veinticuatros, el señor obispo, y por último, la Ciudad con todos los veinticuatros, jurados y porteros de maza, presididos por el señor don Pedro Alfonso de Flores, vizconde de Peñaparda.

Inmenso era el gentío que se agolpaba a la Puerta del Rincón, ansioso cada cual de ser el primero que saludara a la imagen con sus lágrimas y sollozos, siendo tanto el ruido que armaron que todos se conmovieron ante tan gran espectáculo. Dos cosas llamaron también la atención: una, que además del crecido número de luces que iban en la procesión -pues cuando los estandartes llegaron a la Catedral aún estaba la imagen en su iglesia-, hubo cera para que la gente que ocupaba la carrera estuviese con velas en las manos, formando por consiguiente cuatro filas de luces; y la otra, que se tuvo por milagrosa la seguridad que daban personas, al parecer bien enteradas, de que al pesar la cera al volverla a los cereros, se encontraban con que apenas había mermado, cuando tardó seis horas la procesión en andar toda la carrera.

Ésta estaba en extremo engalanada, pues además de no haber un balcón ni una ventana que no se ostentase más o menos lujosa, según la fortuna de su dueño, habían colocado varios hermosos altares. Uno los vecinos de la calle de Carnicerías, hoy de Alfaros; tenía tres cuerpos, con muchas imágenes, cuadros y relicarios; otro en la esquina de la Espartería; poco más allá en la Librería, adornando la Concepción de Agustín del Castillo, que ya anotamos en su lugar; otro al principio de la Calle de San Fernando , en la parte que decían los Cuchilleros; el Arquillo de Calceteros vistosamente adornado con colgaduras y cornucopias; otro altar en el Amparo; un arco en las Platerías, por el colegio de Plateros, que allí llevó cuantas alhajas tenían sus individuos, y un vistoso castillo de fuego en la Pescadería, al cual arrimaron la mecha al dar vista el Santo Cristo.

Llegada la imagen a la puerta de la Catedral volviéronla a tomar los prebendados, conduciéndola al altar mayor, ante el que ya tenía uno lujosamente preparado, quedándose a velarlo dos de aquéllos, y permaneciendo encendidas día y noche las muchas velas y hachas que lo rodeaban. El pueblo todo deseaba quedarse allí, siendo preciso para despejar el templo no sólo cubrir el Santo Cristo con un velo de seda, sino rogar al corregidor que con su autoridad intimase a la gente a retirarse a sus casas. También se quedaron allí doce mercedarios, que no perdieron de vista la imagen hasta volverla a su iglesia.

Al domingo siguiente celebrose una magnífica función de rogativa, predicando el señor obispo, que con su elocuencia consiguió conmover los corazones de tantas personas que a voces pedían cesase la epidemia que los había diezmado y continuaba haciendo numerosas víctimas.

A la tarde siguiente volvieron el Santo Cristo a su iglesia con la misma solemnidad y con más concurrencia, por la confianza que a todos había inspirado. Disuelta la procesión, el Cabildo, contra su costumbre, se quitó los ornamentos en la Merced y, como el obispo, regresaron en carruajes a sus casas. Como en aquellos días cedió el contagio, fueron muchas las limosnas de cera que se recogieron, y el colegio de Escribanos y los vecinos de aquel barrio costearon dos suntuosas fiestas, predicando en ambas el reverendo padre maestro fray Miguel de Alcántara.


Los Mercedarios y las epidemias

Ya que al tratar de esta imagen hemos vuelto a recordar la gran epidemia del landre en los años 1649 y 1650, justo es consignar lo que los mercedarios hicieron en bien de los pobres enfermos. No sólo se prestaron a asistir a los de aquel barrio, muriendo cuatro religiosos, sino que les hicieron una limosna para socorro de los hospitales. Unidos con los vecinos del barrio del Matadero y con los individuos de la cofradía de Jesús Humilde y demás que se servían en su iglesia, el 28 de febrero de 1650 sacaron en procesión a San Pedro Nolasco con un canastito de hilas en la mano, dando a entender que él mismo socorría a los desgraciados, y detrás, como presidiendo, la antes citada, llevando así 23 cargas de leña, 7 ídem de romero, 2 ídem de limones y naranjas, 23 espuertas de las mismas frutas, 36 ídem con pan, 57 botellas de vino, 13 cameros, 60 gallinas, 4 espuertas de alhucema, 33 canastillos con huevos, 46 salvillas con bizcochos, 2 jamones, 66 salvillas con hilas y vendas, 19 espuertas de vedriado, 23 canastos con pasas y almendras, 8 macetas con jabón, 16 camisas, 14 vestidos, 6 pares de medias, 10 ídem de zapatos, una canasta con granadas, 45 pomos de vinagre rosado y agua de olor, y 14 canastos con garbanzos. A esta valiosa ofrenda acompañaban muchas luces y gran número de personas haciendo sensibles penitencias.


Jesús de la Columna y otras Devociones

Otra de las imágenes de gran devoción que existían en la iglesia de la Merced era la de Jesús de la Columna, escultura que databa de la fundación del convento, con una numerosa cofradía, en la que estaban alistados casi todos los moriscos que había en Córdoba, circunstancia que llamaba mucho la atención y nadie se explicaba satisfactoriamente. Esta imagen tenía en la antigua iglesia una capilla que le labró fray Miguel de Alcántara.

Otras dos numerosas cofradías daban culto a Nuestra Señora de la Soledad y a Jesús Humilde. Ambas han llegado a nuestros días, y aun la segunda se ha reorganizado en estos últimos años. A la primera pertenecían casi todos los plateros de Córdoba, y contaba con muchas y valiosas alhajas. Ambas imágenes existen.

También causaban gran devoción San Ramón Nonato y San Pedro Nolasco, que se veneraban en los dos altares colaterales, labrados por el ya citado reverendo padre maestro fray Miguel de Alcántara. Ambos eran celebrados en sus días con gran solemnidad, y el pueblo todo acudía, habiendo aquella tarde paseo y feria delante del convento.

Lo que más llamaba la atención de esta comunidad era Nuestra Señora de la Merced, su titular, venerada en el altar mayor y a la que todos los sábados del año cantaban por las tardes una solemne Salve, tributándole además una gran función cada mes y otra en su día, en la que desplegaban el mayor lujo.

En este convento, antes de su reedificación, vivió el padre maestro fray Jorge de Sevilla, quien dio habitación en su celda, durante varios meses, al célebre Cristóbal Colón, quien, residiendo en Córdoba la corte, instaba ante Isabel la Católica para que protegiese sus proyectados descubrimientos, como más adelante logró, y de aquí el haberse llevado por su capellán a fray Juan Infante, religioso y vicario de este convento, el cual tuvo el placer de celebrar la primera misa en el Nuevo Mundo.


Reedificación del Convento en el siglo XVIII

A principios del siglo XVIII llegó a estar este convento tan destruido que ya amenazaba ruina, a tal punto que la torre de las campanas se hundió por sí misma. Mas los gastos de la reedificación infundían tanto miedo que la comunidad no se atrevía a emprenderla, temerosa de no poderla terminar.

Elegido comendador de este convento el padre fray Pedro de Anguita, no pudo resistir al deseo de emprender tan gran obra, decidiéndose a empezarla por la iglesia, que tanto peligro ofrecía. Reunió cuantos fondos pudo, propios y donados, y en 18 de febrero de 1716, después de decir misa e ir en rogativa a la capilla del Santísimo Cristo de las Mercedes, se principió la obra de la nueva iglesia, con tan buenos resultados, que desde dicho día a fin de marzo de 1717 se elevaron los muros a su actual altura en ambos lados hasta llegar al coro, así como dos tramos de las naves laterales, que se crecieron lo posible mientras no se acababa el derribo de la antigua iglesia. Entonces se formó la portada de piedra que da entrada al claustro del patio principal, y al lado opuesto otra, que da al patio del departamento de hombres, de ladrillos cortados de Villafranca, que eran los mejores que en aquel tiempo se hacían. Esta portadita, que está muy bien trabajada, aún existe, si bien el vano está macizo. También se elevó la capilla mayor y se adelantaron mucho los machones de los arcos que sostienen la cúpula o media naranja.

En 1717 cesó, por pasar a otro puesto, el comendador fray Pedro de Anguita, y la obra quedó suspensa por algún tiempo, necesario para reunir fondos con que seguirla. Mas elegido para aquel puesto el padre fray Pedro González Fariñas, continuó aquella gran obra, cubriendo las capillas del lado norte, a las que hizo las bóvedas, labrando la escalera al campanario y estableciendo el coro, en cuyo frente hizo pintar al fresco la aparición de San Rafael al venerable Simón de Sousa, tal cual hoy la vemos. Puso también el órgano y cerró las ventanas con vidrieras, además de otras muchas cosas que llevó a cabo para que se celebrasen los oficios divinos.

Los demás comendadores siguieron la obra conforme lo permitían los fondos, hasta verla terminada en 1745, en que se celebró su dedicación con gran pompa, estrenándose un hermoso terno, regalo de fray Juan Carrillo de los Ríos.

Pero el que más hizo en esta iglesia y convento fue indudablemente el padre maestro fray Lorenzo García Ramírez. Labró desde los cimientos todo el convento nuevo, nombre con que aún se conoce la parte existente desde la iglesia hacia la puerta del Osario, o sea, el departamento de mujeres, y el antiguo, tres ángulos del patio, formando las armaduras y las bóvedas de los entresuelos. En la iglesia sacó también de cimiento la parte del coro, labrando las dos últimas capillas de cada lado, inclusa la fachada de todo el edificio, la cual se adolece del mal gusto de aquella época, y consta de 483 pies de longitud; construyó con gran ayuda de los patronos el retablo del altar mayor, como los de Santa Ana y San Pedro Nolasco; hizo la sacristía, mucho mayor que la actual, colocando en ella dos hermosas mesas de jaspe, aguamaniles y guarda plata, y además dio muchas alhajas y compró varias fincas para el convento; instituyó algunos censos, y labró casas en unos solares que el convento poseía en el barrio del Matadero.

Y sin embargo del capital que esto representa dejó un fondo de cerca de 4.000 duros, que gastó con otras cantidades más el padre maestro fray Francisco González Fariñas, que doró el altar mayor, acabó el del Santísimo Cristo de la Merced e hizo otras muchas e importantes mejoras. Este último altar y el de la Soledad ocupaban los testeros de la cruz que forma la nave principal, los cuales fueron destruidos cuando la invasión francesa, en cuya época el convento de la Merced fue dedicado a hospital, del que una noche se fugaron treinta prisioneros españoles que tenían allí por enfermos, por cuya causa, a la medianoche del día 4 de abril de 1811 trasladaron los demás al hospital del Cardenal, como lugar más seguro.


Vicisitudes del Edificio

El decreto de 23 de enero de 1810, que ordenaba la supresión de los conventos de frailes, se cumplió en éste en el día 5 de febrero siguiente. Era comendador de éste de la Merced el padre fray Tomás Galo Martínez del Hortal, natural de Zújar de Baza e hijo de aquel convento, quien a las ocho de la mañana reunió la comunidad en el coro alto, se rezaron las horas canónicas, se cantó una misa muy solemne a la Virgen, que dijo el padre maestro fray Francisco González Jordán y Salesl, consumiendo el Sacramento; se entonó un responso por los religiosos difuntos y quedó disuelta la corporación, abrazándose todos con lágrimas que apenas los dejaban articular palabra.

Ya hemos dicho que los franceses dedicaron a hospital este convento, estableciendo enfermería en su iglesia, de donde arrancaron todos los retablos, excepto el mayor, aunque sufrió mucho, siendo preciso después dorarle casi toda la parte baja y ponerle las varias piezas que le habían arrancado.

En 4 de septiembre de 1812 abandonó Córdoba aquel ejército para unirse con el de Castilla, y viéndose libres de él, no tardaron los mercedarios existentes en Córdoba en reunirse para volver a su convento. Ignorábase el paradero del comendador fray Tomás Galo Martínez, y nombraron en calidad de interino al padre fray Rafael Apolinario Fernández de Sousa, tomando posesión de la iglesia y convento en 3 de marzo de 1813, procediendo en seguida a hacer las reformas que permitían los recursos con que fueron contando. Mas no volvió a decorarse la iglesia como estuvo antes de la exclaustración.

Continuó la comunidad en posesión de aquel edificio, hasta que por el decreto de las Cortes de 8 de mayo de 1821 volvió a suprimirse, restableciéndose en 13 de junio de 1823. Era comendador el padre fray Francisco de Paula Morales, y a su reinstalación nombraron interinamente al padre fray Antonio Regalo y Corzo. En este intermedio se estableció allí el hospicio, como hemos anotado. Por último, se llevó a cabo la exclaustración definitiva que conocen nuestros lectores, y aquel magnífico edificio se ha salvado de la ruina por haber vuelto a él la Casa de Socorro Hospicio, que tanto lo ha mejorado.

Hemos visto una lista de las alhajas que la comunidad entregó a los franceses, y por ella se conoce lo rico que era este convento, pues montaría su valor a una gran cantidad, a que se pudiera agregar algo, suponiendo que los religiosos ocultarían lo que les fuera posible en aquellas críticas circunstancias


Descripción de la Iglesia de la Merced

Estamos en el caso de describir la iglesia tal cual existe, ya que hemos dicho cuanto de su anterior forma y adorno tenemos averiguado.

El retablo del altar mayor, como llevamos dicho, es de mucho valor, pero de muy mal gusto; en cambio tiene un bonito zócalo de mármoles con los escudos de los patronos y muy buenas esculturas de don Alonso Gómez de Sandoval, representando a San Pedro Nolasco, San Pedro Pascual, San Antonio Abad, San Lorenzo, San Raimundo de Peñafort, San Carlos Borromeo, Santa María del Socorro y San Rafael, además de Nuestra Señora de las Mercedes, imagen de vestir que ocupa el centro del primer cuerpo. En el frontal hay una inscripción en que se lee: Siendo Comendador de este Convento el P. M.Fr. Juan Carrillo, hízolo á su costa Fr. Alonso de Abouza y para el Smo. Cristo de la Merced. La última parte nos hace creer que este frontal era de la capilla del Santísimo Cristo, y que después de la invasión francesa sería trasladado a aquel sitio.

El mismo padre Abouza costeó en 1728 el púlpito, que es de mármol, y tiene al pie un letrero que nos ha dado esta última noticia.

En la nave principal, entre los arcos de las capillas, hay dos altares de estuco con multitud de signos marinos, y en los que se veneran las imágenes de Santa María del Socorro y la beata María Ana de Jesús, que también nos parecen obras del escultor Gómez de Sandoval.

Los altares colaterales carecen de retablos desde 1810; en su lugar hay pintados unos doseles. En el del lado del evangelio está casi olvidado el Santísimo Cristo de las Mercedes, demostrando que hasta las imágenes tienen sus épocas para causar devoción. En el de la epístola está San Pedro Nolasco, fundador de la orden y de este convento.

Siguiendo por el primer lado encontramos ocupando el testero un retablo que por su forma debío ser de los colaterales. En él hemos conocido el sagrario y una imagen de San José que está en el oratorio de las hermanas del hospicio, y ahora tiene a Jesús Humilde, trasladado de otro sitio; delante de este altar está el enterramiento de los Tobosos, cubierto con una losa, en la que se dice que el convento lo cedió a don Francisco Toboso por escrituras ante don José Zoylo y don Pedro Estrada, fechas 1 y 14 de julio de 1758 y 1765.

Entre dicho altar y la puerta sigue la nave formando dos capillas con altares, una dedicada a Santa Ana, escultura de algun mérito, y la otra que era la de Jesús Humilde, con un retablo sin pintar y casi abandonado, pues aun cuando tiene imágenes de pasión están cubiertas, por carecer de ropa tan decente como se debiera buscarle.

Al lado opuesto están otras dos capillas, una con San Ramón -a quien van a rezar casi todas las mujeres próximas a ser madres-, y la otra a Nuestra Señora del Coro, llamada así porque la tenían los frailes presidiendo el suyo; es una preciosa escultura, obra también de don Alonso Gómez de Sandoval.

El brazo de la cruz que forma la iglesia lo ocupa un retablo, por acabar, con la Virgen de la Soledad, que ya dijimos haber tenido una numerosa cofradía. Hacia este lado debió estar la capilla de San Blas, en que tuvieron enterramiento los Torquemadas, donde fue sepultado el cadáver del ilustrisimo señor don fray Manuel de Torquemada, hijo de este convento, para quien el cardenal Salazar alcanzó el obispado de Baruth, quedando aquí de auxiliar suyo. Dicho señor murió en la casa de su familia en las callejas de Alcántara; esto nos aclara el significado del nombre de Obispo Blanco que antes dudamos, pues viviendo y muriendo en aquel edificio, hoy posada, un obispo que como mercedario vestía de blanco, claro es que de él viene el nombre que aún conserva.


Otras dependencias

Cuando se trasladó el hospicio se comprendían en la sacristía lo que hoy es comedor y el paso de comunicación entre ambos departamentos, y en vez de reducir aquélla y poner esa parte como ha venido a estar, tuvieron la peregrina idea de acortar la iglesia al terminar la bóveda del coro, a fin de dar paso por las dos puertas que daban a los claustros, sin que nadie cuidase después de darle de nuevo todo su largo, y con él la vista y hermosura que le quitaron, y aun hoy se ha perdido la esperanza, porque, declarada en 1846 como auxiliar de las parroquias de San Miguel y Santa Marina, se han habilitado en las dos capillas contiguas a la puerta dos viviendas para el coadjutor y el sacristán, únicos empleados que en aquel concepto tiene, resultando que casi debajo de la cama de uno de ellos está sepultado el padre maestro fray Lorenzo Ramírez, principal restaurador de este convento.

Repartidos por la iglesia, sacristía y atrio o portal hay varios cuadros que, en figuras casi de tamaño natural, representan sucesos de la vida de San Pedro Nolasco y otros santos de la orden; son originales del pintor don José Ignacio Cobos, que ya dijimos estar sepultado en San Andrés, quien, atendida la época de decadencia para las artes en que vivió, no dejan de tener algunos rasgos buenos, a pesar de que se encuentran mal tratados, tal vez por haberlos tenido antes en los claustros, casi a la intemperie.

En la sacristía vimos hace tiempo, y es una lástima que se haya extraviado, un retrato de medio cuerpo del escultor cordobés don Alonso Gómez de Sandoval, del que tantas menciones llevamos hechas.

En la escalera principal, una de las mejores de Córdoba, que es de mármoles, barandal de hierro y cúpula con relieves, había algunas pinturas de Zurbarán y otros artistas notables, las que no sabemos donde irían a parar.

En el claustro tiene depositados el Museo Provincial una porción de medios puntos, que representan, unos procedentes del convento de San Cayetano, asuntos de la vida de Santa Teresa, y otros, que eran de Capuchinos, la de San Francisco de Asís. Éstas son dos; la mayor tiene un letrero expresando que la pintó Sebastián Camacho en 1733, y la menor, que parece de los primeros tiempos de Monroy, dice haberla costeado el padre Vélez, arzobispo de Santiago, en 1829.

La actual cocina del hospicio se hizo en 1856, y al abrir el hoyo para el sumidero que recoge las aguas de fregar, como a unas tres varas, se encontró un precioso mosaico romano, de piezas blancas y negras, del que sacó un dibujo, que tal vez conserve, el conocido pintor don José Saló.


Religiosos notables de la Merced

En un curioso manuscrito que conserva en su poder el apreciable sacerdote don Francisco de Martos, hijo de aquel convento, hemos encontrado muchas de las anteriores noticias, y además hemos visto la lista de todos los comendadores que ha tenido, otra de los provinciales de la de Andalucía, otra de las alhajas que se entregaron a los franceses, otra de los individuos que componían la comunidad al exclaustrarla en 1810, y una reseña con multitud de datos biográficos de los religiosos notables que han estado en esta casa.

De estos últimos citaremos algunos, no copiándolo todo porque necesitaríamos ocupar un tomo con tantos y tan curiosos datos como el expresado manuscrito comprende.

Después del fundador San Pedro Nolasco corresponde el primer lugar entre los religiosos notables de esta casa al venerable fray Simón de Sousa, natural de Jerez, y de la ilustre casa de su apellido. Fue un verdadero padre para los afligidos cordobeses en la espantosa epidemia de principios del siglo XIV, que él mismo sufrió, teniendo la dicha de que en su convalecencia se le apareciese el arcángel San Rafael, como ya hemos dicho. Fue predicador de Sancho IV y Alfonso XI y obispo de Badajoz y de Tuy, en cuyo último puesto murió en 25 de marzo de 1329 con gran opinión de santo.

En 1287 estuvo en este convento San Pedro Pascual, de paso para fundar el de Jaén.

Fray Juan de Granada, comendador de este convento, rescató en Antequera el Santísimo Cristo de la Merced en 1416. Fue martirizado en la ciudad de su apellido, donde lo lancearon, le cortaron la cabeza a hicieron pedazos su cuerpo para arrojarlo a los animales carnívoros, en unión de fray Pedro Malasangre, que con él había ido desde Córdoba.

Fray Antonio de Medina llegó a ser obispo titular de Ronda, siguiendo en este convento, desde donde fue a consagrar las iglesias de San Jerónimo de Valparaíso y la del convento de Elche. Lo nombraron vicario general de la Curia Romana y coadjutor del Obispado de Córdoba; así se titula en una escritura que firmó a 8 de julio de 1463.

Fray Juan de Vera y Villavicencio tomó el hábito por los años de 1589, llegó a obispo auxiliar de Sevilla, y por último de Elna, en el Rosellón.

Fray Juan Bautista de Rivas profesó en 1570. Natural de Puente de Don Gonzalo, hoy Puente Genil, uno de los predicadores más notables que se han conocido en Córdoba.

Fray Alonso Ruiz de los Mozos, natural de Montalbán. Tomó el hábito en 1572 y diose a conocer por sus grandes dotes oratorias y de gobierno, ciencia y virtudes. Falleció en Jaén en opinión de santo.

Fray Luis de Vargas, natural de Córdoba. Tomó el hábito en 1585. Pasó a Indias, donde gobernó muchas casas, y regresó a Málaga, donde murió.

El padre maestro fray Luis Fernández de Córdoba, natural de Chinchilla. Vino a esta ciudad con el obispo señor Reinoso, y tomó el hábito en este convento en 1591. Llegó a conocerse por "el asombro de Andalucía", a causa de las continuas consultas que por su saber le hacían hasta los tribunales. Fue de prelado a varias casas, donde sacó muchos y sabios discípulos. Murió en Málaga en 1627.

Fray Andrés de Torres, cordobés, gran sabio y santo. Tomó el hábito en 1590 y murió en Guadalupe en 1612.

El padre maestro fray Diego Fernández de Abarca, cordobés. Fue también predicador, que todos conocían por el sobrenombre de "Pico de plata", llamándolo a muchos puntos sólo por tener el gusto de oírlo. Tomó el hábito en 1591, y después de haber gobernado varios conventos, de ser definidor general y calificador del Santo Oficio, murió en Córdoba de 75 años en el de 1643, acudiendo a su entierro una gran concurrencia y el Cabildo eclesiástico y la Ciudad, que quisieron honrar con su presencia la memoria de aquel sabio cordobés.

El padre maestro fray Juan Pérez de Rojas tomó el hábito en este convento en 1599. Llegó a ser vicario en la Curia Romana y recibió el encargo de ir de visitador a Sicilia. Murió en Palermo, dejando escritas varias obras, entre ellas un tomo Sobre las Dominicas, dos de los Profetas menores, y otro titulado Tobías.

El padre maestro fray Alonso de Góngora, natural de Córdoba. Tomó el hábito en 1602 y murió en 1636, dejando gran fama como orador y como virtuoso.

El padre maestro fray Francisco Muñoz de Baena. Tomó el hábito en 1602 y murió en 1660. Fue vicario general en el Perú, donde adquirió gran fama. En España gobernó varios conventos y lo eligieron provincial dos veces.

El padre maestro fray Bartolomé Ladrón, natural de Alcaudete. Tomó el hábito en 1603. Fue vicario general de la Nueva España, donde prestó muchos y señalados servicios, pacificando gravísimas disensiones. En 1631 regresaba a su patria, mas, naufragando el buque en que venía, se ahogó con otros varios tripulantes.

El padre maestro fray Andrés de Morales tomó el hábito en 1603. Era gran limosnero y estuvo en Indias, donde se distinguió por su cariñoso trato y porque daba a los pobres cuantos recursos lograba.

El padre maestro fray Alonso Salcedo. A los doce años tomó el hábito en el convento de Málaga, y profesó en éste de Córdoba en 1610. Dicen las crónicas que fue el asombro de la provincia por su saber y virtudes. Murió en 1641.

El padre maestro fray Francisco Ponce, cordobés. Tomó el hábito en 1611 y murió en Granada en 1649. Lució muchísimo en la cátedra y en el púlpito, y a pesar de su gran mérito se negó a aceptar cargo alguno dentro y fuera de su orden.

El padre maestro fray Juan de Cea, natural de Córdoba. Tomó el hábito en este convento en 1611. Leyó con gran fruto y aprovechamiento y pasó al Perú de secretario del vicario general, siendo solicitado para presidente en Quito. Murió en Indias en 1649.

El padre maestro fray Luis Méndez de Sotomayor era cordobés y de la casa de Gondomar. Tomó el hábito en 1613, elevándose por su saber y virtudes a comendador de este convento y después al de Sevilla, a provincial y hasta general de la orden. Murió en 1649.

El padre maestro fray Luis de las Infantas y Morales profesó en este convento en 1613. El duque de Alcalá se lo llevó a Roma, donde, así como en Barcelona, lució mucho en la cátedra. Desempeñó varios elevados cargos y fue uno de los que más trabajaron para la canonización de San Pedro Nolasco.

El padre maestro fray Agustín de Santiago tomó el hábito en 1615. Llegó a definidor general en esta provincia. Asistió a cuatro capítulos de la orden, luciendo mucho en ellos sus elevadas dotes oratorias. Prestó grandes y señalados servicios en la redención de cautivos y ejerció con acierto notable el cargo de comisario general en Indias.

El padre fray Luis Abril, natural del pueblo de su apellido. Dicen las crónicas de la orden que ni como lector ni como predicador encontró rival. Tomó el hábito en Córdoba en 1618, y después de gobernar varias casas con notable acierto murió en 1665.

El padre maestro fray Miguel de Alcántara, cordobés, de quien hicimos mención. Tomó el hábito en 1626 y tuvo un don especial para la enseñanza. Gran predicador, llegó a ser calificador del Santo Oficio y vicario general en Italia, consultándole Inocencio X muchos y delicados asuntos. Murió en 2 de febrero de 1662.

El padre fray Bartolomé de Veas. Tomó el hábito en Córdoba en 16 de enero de 1619. Hizo grandes mejoras en este convento y pasó al de Ronda, donde murió en 17 de diciembre de 1661. Hemo visto impresos suyo un sermón a San Ramón Nonato y un libro sobre los Desagravios al Santísimo Sacramento, que hizo esta ciudad, y del que ya hemos dicho existir un ejemplar en la Biblioteca Provincial.

El padre maestro fray Pedro de la Cruz y Velasco profesó en 1612 y por su ciencia llegó a ser maestro en la universidad de Maese Rodrigo en Sevilla, y a calificador del Santo Oficio. Estuvo en Indias, donde prestó muchos servicios, y vuelto a España murió del landre en 1651.

Otros muchos mercedarios podemos citar, hasta llegar a su última exclaustración, notables por su ciencia y virtudes, por los elevados puestos que llegaron a ocupar y por los grandes servicios prestados en la redención de cautivos. Mas, como antes decimos, se necesitaría un tomo para anotar cuanto hemos averiguado de este convento.


El asesinato de Don Luis Fernández de Córdoba

El padre Ruano, en su Historia de la Casa de Cabrera en Córdoba, y otros escritores que se han ocupado en apuntar sucesos de esta ciudad, refieren uno ocurrido en el campo delante de este convento, el que nos da a conocer que en todas épocas, y aun en aquélla que tanto se blasonaba de nobleza, ocurren hechos indignos hasta en personas de poca ilustración y de malas costumbres.

Los nobles cordobeses, que tantas pruebas dieron de su hidalguía y valor en muchas y arriesgadas ocasiones, pecaban a veces por un orgullo desmedido, que los llevaba a cometer grandes torpezas, con las que empañaban el lustre de sus casas y familias, no encontrando quien les hiciese moderar aquellos soberbios ímpetus, porque bastaba que la falta o delito fuese cometido por un caballero para que la vara de la justicia se inclinase siempre a favor del delincuente.

Como hemos tenido ocasión de referir a nuestros lectores, las casas de los Córdobas y los Cabreras eran de las más principales, y por consiguiente, de las más respetadas y temidas. En el año 1629 surgieron grandes disgustos entre don Martín Fernández de Córdoba, comendador de Mestanza en la orden de Calatrava, y don Antonio Cabrera. Sea que éste no quisiera habérselas a solas con su enemigo y pariente u otros móviles que no conozcamos, ello es que el segundo citó al primero para tener una entrevista de noche en el Campo de la Merced, donde quedarían zanjadas todas sus diferencias. No sospechando aquél de que su adversario desmentiría los timbres de su casa, acudió completamente solo al lugar de la cita, donde se le apareció el don Antonio Cabrera acompañado de don Martín Jacinto de Angulo, de la orden de Alcántara, señor de Leanis y veinticuatro de Córdoba, don Pedro de Mendoza y Figueroa, don Antonio de Figueroa, su hermano, Juan de Anguita y otros, quienes acometieron a don Martín Fernández de Córdoba, que, a pesar de defenderse como un héroe, murió a manos de tanta gente reunida para asesinar a un solo hombre.

El choque de las espadas y las voces de la víctima llamó la atención de los mercedarios, que salieron con luces en su socorro, así como otros vecinos, que recogieron el cadáver sin conocer a los agresores, que huyeron en cuanto lograron su propósito, creídos en que nadie había penetrado su secreto.

No fue así. La viuda de don Martín, doña María de Córdoba, que sabía la cita a que acudió su marido, pidió el justo y merecido castigo por tan horrible crimen, esperando confiada en la rectitud del corregidor. Mas viendo el poco resultado de sus justas reclamaciones, acudió al rey en demanda de un juez pesquisidor exclusivo para este proceso. Vino entonces con tal carácter el licenciado don Antonio Valdés, quien se dio tan buenas trazas que logró descubrir y prender a cuantos contribuyeron a la muerte de don Martín Fernández de Córdoba, sentenciando a don Pedro Jacinto de Angulo a ser degollado, por resultar ser el más culpable, y otros castigos muy severos a cuantos lo acompañaron, dando además entre todos 18.000 ducados que había de percibir la señora viuda.

Entonces empezaron las súplicas y los empeños, en que tomó parte todo Córdoba, y como los nobles eran casi en totalidad parientes, lograron al fin el perdón de doña María, pactándose una nueva indemnización de 9.000 ducados, y que don Pedro Antonio Angulo, hijo del sentenciado, había de casarse con doña Isabel Fernández de Córdoba, hija tercera de la víctima, cuyo enlace no se realizó al fin, según dice el ya citado escritor Ruano.

El Pretorio y su humilladero

Pasado el Campo de la Merced se encuentra otra llanura conocida por el Pretorio, muy variada en estos últimos años. La huerta de la Reina avanzaba toda la línea que forma la Estación de los ferrocarriles, cerrando la calle paralela a ella y dejando un camino estrecho entre la tapia y la del huerto de la Merced, conocido por el Callejón de los Toros, que después en línea curva iba a donde está la fábrica de harinas detrás de dicha estación. En el lado opuesto había una haza en alto, que se desmontó para la explanación de la vía, quedando la actual explanada.

En la tapia de la expresada huerta había un humilladero al que se subía por dos escaleras opuestas, y allí se veneraba con gran devoción de los vecinos del barrio del Matadero y muchos de Córdoba un Ecce Homo en lienzo, pintura antigua de algún mérito. Su construcción insegura demostraba que en más de una ocasión la habían reedificado, la última vez a fines del siglo XVIII. Derribada la tapia de la huerta, no tardó en agrietarse la ermitilla, haciendo indispensable su derribo. Llevose a cabo, y la imagen se trasladó a la parroquia de San Miguel, donde, con bastante culto, la conservaron algunos años.

Los constantes devotos del Señor del Pretorio no estaban conformes con tenerlo lejos del sitio en que antes lo veneraban, y bien pronto empezaron una suscripción, que dio buen resultado, aumentándose su importe con el producto de una función de novillos que dieron algunos vecinos del barrio del Matadero y, supliendo la falta el Ayuntamiento, se llevó a cabo la obra del actual humilladero, cuyo lindo diseño hizo el ilustrado arquitecto don Amadeo Rodríguez, terminándose felizmente, después de varias interrupciones, en el año 1872, celebrándose misa en la mañana del día 14 de enero con asistencia de las autoridades y corporaciones populares, a las que el municipio obsequió después con un espléndido buffet en uno de los salones del inmediato hospicio.


Caminos a la Sierra

Del Pretorio arrancan varios caminos: la carretera de los Arenales, por donde se va a las hermosas huertas de la sierra; la calle paralela a la Estación, que constituye un hermoso paseo de invierno, gracias al señor don Rafael Chaparro y Espejo, que, siendo alcalde, la alcanzó de la empresa del ferrocarril de Córdoba a Sevilla; y otro por el que, siguiéndolo, se va a muchas posesiones y al hermoso e histórico santuario de Scala Coeli, del que nos ocuparemos en su lugar.

En este último camino se encuentran varias cruces, resto de un calvario o vía sacra que establecieron los frailes de la Merced. La última de ellas está en la confluencia de cinco caminos y colocada sobre dos gradas. Es conocida por la Cruz de Juárez, porque uno de los dueños de la finca más inmediata llevó este apellido.

Pero sea que realmente sucedió, o que el pueblo, tan dado a los cuentos tradicionales, ha fraguado uno curioso y novelesco en extremo, ello es que a esta cruz se le ha formado su historia, que transcribimos a nuestros lectores, tal cual la oímos y dimos a conocer en las Tradiciones cordobesas, de cuya preciosa obra no llegó a publicarse más que el primer tomo.


El suceso de la Cruz de Juárez

Ha cerca de tres siglos vivía en esta ciudad un caballero de una fortuna considerable, que entre sus muchas fincas contaba ésta, en cuya cerca están las otras dos cruces. Llamábase Antón de Juárez y era muy estimado de todos, porque había tenido habiliad para adquirirse la fama de honrado y condescendiente, aunque era infundada, porque, bajo aquel aparente bondadoso, latía un corazón depravado y miserable.

Su esposa era un dechado de virtudes. Enferma a causa de unos flujos que la habían debilitado, perdió la hermosura de su juventud, y sólo las huellas de sus padecimientos se veían en su amarillo semblante.

Juárez iba al templo diariamente. Se acompañaba con los más respetables padres de la Merced y San Pablo. Pero a espaldas de ellos traía ciertos tratos y manejos con un compadre suyo que vivía en el barrio de Santa Marina y que, por cierto, sus antecedentes no eran los más honrosos. Con él moraba una joven bastante bella, de quien Antón de Juárez estaba ciegamente enamorado.

Con este motivo, su virtuosa esposa le inspiraba hastío, y el amor que antes la profesaba pasó a ser indiferencia, después desprecio, y por último odio. Ella, por el contrario, redoblaba sus afanes por reconquistar su perdido cariño, sin lograr que su esposo la compadeciese, siquiera por desvanecer las sospechas que su despego la iba inspirando.

Obcecado en su brutal pasión, sin atender a los impulsos de su conciencia y sí al capricho, llevado además por los malos consejos de aquella mujer que le vendía su recato y su reputación, cercenándole su fortuna y bienestar en cambio de los más efímeros y pasajeros goces, Antón de Juárez concibió uno de esos pensamientos que nos lanzan ciegos en el camino del crimen.

Llegó la primavera, esa estación en que la naturaleza quiere lucir sus galas, cubriendo los árboles de ese brillante verde que arropa el fruto de sus brotes; en que el campo se cubre de morados lirios y blancas azucenas; en que los arroyos parecen más puros y cristalinos, y en que las aves gorjean con más dulzura y sentimiento. Esa estación que en Córdoba parece haber cimentado su trono, porque aquí como en ninguna parte se nos muestra con toda su lozanía, extasiando la vista con sus encantos y purificando el viento con los aromas que exhalan sus prados de rosales, sus bosques de naranjos y limoneros.

La infeliz esposa de Juárez creía hallar alivio a sus padeceres en aquella estación privilegiada, y ansiaba pasar algunos días en la casita que desde este sitio divisamos. Su esposo no puso inconveniente a esta justa y sencilla pretensión, y esto la hizo recobrar una lisonjera esperanza.

"Al campo", se dijo en la casa, y todos dieron muestras de oír estas palabras con la mayor alegría. Hiciéronse los preparativos y al día siguiente los esposos ocupaban su casa de recreo, donde diariamente eran visitados por los padres mercedarios que hasta ella alargaban sus paseos, y que, bajo la frondosa copa de algún hermoso naranjo, en cuyo oscuro verdor resaltaban los blancos ramos de azahar, eran obsequiados con los más suculentos manjares, entre ellos el recién importado chocolate, que tanto se ha generalizado.

Pocos días transcurrieron. Antón de Juárez dispuso una romería con su compadre y otros amigos. Su esposa creyó encontrar una ocasión de complacerlo y, afanosa, preparó cuanto aquél podía necesitar para la excursión a la sierra. Quedose, pues, sola con sus hijos, sus criadas y los hombres que cultivaban la hacienda. Sólo encontraba desamor en su esposo y, sin embargo, su ausencia la inquietaba. ¡El corazón siempre es niño; desgraciado el que no da entrada en él más que a la inocencia!

Algunos días pasaron desde la marcha de Juárez. Una noche el cielo se cubrió de densas nubes y los relámpagos despedían su rojiza claridad por detrás de los más altos cerros de Sierra Morena. Conforme avanzaba la noche la tormenta se hacía sentir con mayor intensidad. Las doce sonaban en el reloj del colegio de los Jesuitas cuando la tierra retemblaba con el fragor de los truenos, y las espesas y continuas exhalaciones causadas por los relámpagos parecían amagar a Córdoba y sus alrededores a ser víctimas de las llamas.

Por ese camino que dirige al molino de Sansueña bajaba un hombre a caballo, con tal celeridad, que parecía desafiar los desenfrenados elementos. Al llegar a este arroyo, que iba aumentando su corriente con los aguaceros que se desprendían de las oscuras y apiñadas nubes, se bajó de su corcel y, después de atarlo fuertemente a uno de los olivos, saltó la cerca de la posesión de Antón de Juárez, llegó a una puerta de la casa y aun cuando dos enormes mastines salieron al punto a su encuentro como fieles guardadores de aquel recinto, la presencia de aquel hombre sólo les produjo un efecto de alegría, pues movieron sus largas colas como en señal de cariñoso respeto.

Una llave preparada al efecto le dio entrada por la puerta de la casa de campo, siguiendo sus pausados pasos hasta llegar a la habitación en que reposaba la esposa de Juárez, alumbrada por una luz colocada ante una imagen del arcángel San Rafael, a quien todos los cordobeses acuden presurosos en los momentos en que se ven amagados de la cólera celeste. Entonces sacó una daga, a la cual había quebrado la empuñadura, y la introdujo en el cuerpo de aquella desgraciada, de manera que su muerte pudiera atribuirse a la enfermedad que ya hemos dicho padecía. Al dolor volvió de su sueño, y un grito de amargura ahogó en sus labios una mano que se posó en ellos con las fuerzas de un gigante. Cualquiera que hubiese estado cerca tal vez percibiría estas palabras: "¡Juárez!, ¡mi esposo! ¡Dios mío..., yo lo perdono!"

El sonido aterrador del trueno se dejó oír más potente en aquel momento; las nubes lanzaban el agua a torrentes y los relámpagos se multiplicaban iluminando todos los alrededores. Varias exhalaciones descendieron sobre esa posesión y la casa de campo y almiares principiaron a lanzar grandes llamaradas. Aquella casa, donde pocos momentos antes reinaba la más envidiable paz, presentaba un espectáculo espantoso. Por entre las llamas salió un hombre. Quien a la luz de los relámpagos y del incendio hubiera divisado su semblante, se habría horrorizado, viendo en él retratado el crimen, la desesperación, la maldad. Al fin llegó a la cerca. Este arroyo tan puro y cristalino en los días de calma había convertido su dulce y melodioso murmurio en el sublime rugido de un torrente. Juárez, a quien ya habrán ustedes conocido, vaciló un momento, y sin temer que lo arrastrasen las aguas lo salvó a nado, llegando al sitio donde dejara su caballo y que pugnaba aterrado por huir del árbol que impedía su carrera. Un momento después iba con la velocidad de un rayo por el camino de la Asomadilla.

A los aullidos de los perros y a los bramidos de las reses que, atadas a los tinahones, no podían huir de las llamas que amenazaban devorarlas, despertaron los operarios y mozos de la hacienda, y las palabras de "¡fuego!, ¡salvemos a la señora!" se dejaron oír en estos contornos. La señora de Juárez no existía; su cadáver, nadando en sangre, fue lo que encontraron aquellos fieles criados.

Al día siguiente cundió por la ciudad la triste noticia de que la hacienda de Antón de Juárez había sido devorada por un incendio, y que aquella virtuosa mujer, en quien todos veían el más bien acabado modelo de virtudes, sobrecogida por el susto, había sido víctima de uno de los terribles flujos que padecía. Un criado corrió a llevar esta triste nueva al lugar donde estaba de montería Antón de Juárez, quien se apresuró a bajar a Córdoba, dando las mayores pruebas de dolor, que todos pretendían calmar con los religiosos consejos empleados generalmente en tan tristes circunstancias.

Sin embargo, un primo de la víctima se abstenía de dar consuelos, y no cesaba de hacer preguntas a cuantos operarios y criados pasaron la noche en la hacienda. Pero ocultó sus recelos por no hallar el menor indicio que los aclarase, al par que temía perder el favor de Juárez, a quien era deudor de muchos y señalados beneficios. Los funerales se celebraron con la mayor suntuosidad y el cadáver fue depositado en un panteón que la familia tenía en uno de los conventos de Córdoba.

Poco a poco fueron desapareciendo las muestras de dolor dadas por Antón de Juárez. A los dos años contrajo segundas nupcias con la mujer con quien ya dije antes mantenía ilícitos amores. Todos los parientes huyeron de él, quedando aislado con su nueva consorte, que, al revés de la primera, llegó a dominarlo hasta el punto de hacerle sufrir las mayores bajezas.

Diez años transcurrieron desde los sucesos que he referido. Ya nadie se acordaba de ellos cuando la Providencia, que ningún delito quiere dejar oculto y sin castigo, dispuso que una casualidad viniese a descubrir tan inaudito crimen.

Falleció otro individuo de la familia, y éste, como era costumbre, dispuso llevar el cadáver a la misma bóveda en que yacían los restos de la esposa de Juárez. Entran los sepultureros y algunos parientes, entre ellos el que sospechaba la infamia de aquél. Para colocar el nuevo ataúd era preciso internar el de la infeliz señora, y he aquí que al moverla se deshizo el esqueleto, apareciendo entre los fragmentos la hoja de una daga que todos reconocieron por haberla visto alguna vez en poder de Antón de Juárez. Miráronse unos a otros y, sin embargo, todos callaron.

Al día siguiente tuvieron una reunión para ocuparse de un asunto sumamente delicado, en el que todos habían concebido un mismo pensamiento. Antón de Juárez fue acusado a la justicia de Córdoba como asesino de su desventurada esposa. Esta noticia tardó muy poco en extenderse por toda la ciudad, dando pábulo a los curiosos y noticieros para hacer mil diferentes comentarios.

-Juárez, Juárez, estamos perdidos -entró diciendo en casa de aquél el compadre que ya saben ustedes le servía de consejero, y que por tanto no dejaba de tomar una parte muy activa en todos sus asuntos-; al cabo de diez años han encontrado entre los restos de tu mujer la daga que puso fin a su existencia.

-¡Terrible casualidad! -contestó Antón-. No importa, nadie me vio y yo no he de revelar este secreto.

-¡Que mal conoces el mundo! Ahora, así que te vean entre cadenas, con los bienes confiscados, que nada esperan de ti, no faltará quien declare en contra tuya. Entre los monteros no falta quien asegure que aquella noche no la pasaste con nosotros, que antes de amanecer volviste muy azorado, y que al día siguiente faltaba una daga de entre las armas, la cual debió haberse quebrado, porque la empuñadura fue encontrada después hecha pedazos en el monte.

-Y qué haremos; la huida en estos momentos confirmaría las sospechas.

-Métete en el lecho -continuó el compadre-; de esa manera saldremos del primer momento. Después iremos viendo la marcha de tu proceso, y obraremos según convenga. Tú tienes confianza en tu médico; creo no desmentirá tu padecimiento.

Aquella misma mañana se presentó en casa de Juárez el corregidor de Córdoba seguido de su cohorte de escribano, guardia y alguaciles. Antón los recibió en la habitación en que tenía el lecho, y en el cual estaba fingiendo una aguda dolencia. Al saber el objeto de tan extraña visita demostró la mayor sorpresa, protestando contra tan terrible acusación, sacando en apoyo de sus palabras el grande amor que profesaba a su primera esposa.

La presencia del médico y la seguridad que dio del padecimiento de Juárez lograron que el corregidor lo dejase en su casa, con unos cuantos alguaciles que custodiasen su persona. Conforme el proceso iba tomando un giro desfavorable al enfermo, éste se agravaba en su dolencia, hasta el extremo de disponer el médico que si al día siguiente no se notaba alivio, fuese inmediatamente sacramentado. Con este parecer de persona tan entendida, los alguaciles se descuidaban, no ejerciendo con tanto celo la vigilancia encargada por el corregidor. Aquella noche varios frailes franciscos entraron a ver a Juárez; poco después salieron, quedando todo en calma. El enfermo parecía, según su esposa, no hallarse de la gravedad que la tarde anterior.

Aquella noche otra escena terrible vino a hacer más horrorosa esta lamentable historia. Serían las doce cuando de entre las cercas de la hacienda salió un hombre con tres caballos, dos preparados como para dos jinetes y el otro con unos cofres y cajones, al parecer de mucho peso. Sentose en este sitio, donde hoy está la cruz, y a poco tiempo se presentó otro personaje, vistiendo el hábito de San Francisco.

-¿Estamos prontos? -preguntó el segundo.

-Sí, todo está corriente.

-Vamos, pues; no perdamos tiempo.

-Espera; antes tenemos que hablar -dijo el primero sin moverse del sitio en que estaba sentado-.

-Lugar tenemos; ahora sólo importa aprovechar la noche a fin de estar por la mañana en sitio seguro.

-No me moveré de este lugar sin que me hayas antes escuchado.

-Sea lo que quieras; di pronto.

-Bien sabes, Antón, que por ti abandono a mi mujer y mis hijos, haciéndome cómplice de un crimen del cual tú solo debes responder. Esa caballería está cargada de dinero y joyas de inapreciable valor. Tú puedes vivir cómodamente en un país extraño, sin que nada te falte para tu felicidad. Yo voy a acompañarte; pero antes quiero saber qué lugar voy a ocupar a tu lado, ya que pierdo mi tranquilidad y los goces del país donde he nacido y me he criado.

-Vivirás a mi lado, gozarás lo que yo goce, serás mi hermano, pues contigo partiré mi buena o mala fortuna.

-Huélgome de la segunda parte de tu contestación; pero, francamente, no me fío de ti.

-Miserable -exclamó Antón de Juárez, llevándose una mano a la cintura.

-No hay que alterarse -siguió con calma su interlocutor-; si tus palabras son verdaderas, lo mismo es partir la fortuna antes o después. Ahora dividimos el dinero y alhajas en dos partes iguales, y en seguida tú tomas el camino que gustes; yo elegiré otro. Ambos juraremos no descubrimos.

-Es imposible, yo no puedo acceder a esos descabellados planes.

-Tampoco yo puedo, ni quiero sujetarme a ser tu criado toda mi vida; a ser siempre el que obedezca, cuando estoy en el caso de ser quien mande.

-¿Y qué intentas?

-Vivir con entera independencia, o entregarte a la justicia si no accedes a lo propuesto.

-¡0h, no! Bien me conoces para creer que he de dejarme burlar de esa manera.

-Repara, Antón, que ahora la lucha es igual; que no te presentas ante una débil mujer enferma y dormida para arrancarle la vida impune y miserablemente.

-Bien está. Sea lo que quieras; toma lo que te se antoje.

Estas últimas palabras fueron pronunciadas con una especie de ironía que revelaba las peores intenciones. El compadre las comprendió perfectamente.

-Vamos los dos -le dijo, dirigiéndose al caballo cargado con el oro y las alhajas-.

Juárez lo siguió y, cuando lo creía descuidado, se lanzó sobre él con una daga, diciéndole: "Muere, infame ladrón". Pero por muy veloz que quiso dar el golpe, no pudo sujetar a su adversario, que se lanzó sobre él derribándolo al suelo, y arrancándole el arma que tenía en la mano la hundió en su pecho, pronunciando con la mayor sangre fría estas palabras: "Adiviné tus pensamientos, miserable. No has querido partir conmigo tus riquezas; ahora yo las tomo todas".

Un hondo quejido turbó por último el silencio que reinaba en este lugar. El compadre se repuso un poco, caló bien la capucha del hábito en la cabeza del cadáver y le colocó la daga en la mano derecha. En seguida subió en uno de los caballos y, tomando a los otros del diestro, desapareció por el camino de la sierra.

Apenas la noche descorrió su negro tupido velo, dando paso a la aurora que se presentaba ataviada con sus encantadoras galas, muchos trabajadores abandonaron sus miserables lechos para correr a la sierra, donde esperaban hallar los medios con que atender a su sustento y el de sus pobres familias. No es posible, atendida la superstición de aquellostiempos, definir la impresión causada en todos por el espectáculo que presentaba a su vista el cadáver de un religioso francisco con la daga en la mano. Algunos tornaron horrorizados a la ciudad, contando a cuantos encontraban el repugnante hallazgo que habían tenido, no faltando quien llegase a los conventos de aquella orden en averiguación del nombre del suicida, tornando aún más asombrados al saber que la comunidad estaba completa.

A poco llegó a este sitio el corregidor de Córdoba seguido de sus alguaciles, la hermandad de la Caridad con el objeto de recoger el cadáver, varios padres de San Francisco ansiosos de aclarar aquella alarma que tanto interesaba al buen nombre de sus conventos, y por último, esa multitud de curiosos que acude a todas partes donde creen hallar algo que los entretenga y dé pábulo a sus exageradas conversaciones. Los alguaciles no los dejaban acercarse al cadáver, hasta tanto que fuese reconocido. Quitósele la capucha y todos se asombraron al reconocer a Antón de Juárez, a quien el día antes habían mandado sacramentar los facultativos.

La opinión general cambió de pronto. Todos se olvidaron de los frailes franciscos, asegurando que Juárez había puesto fin a su existencia temeroso del castigo de su crimen. Sin embargo, a petición de ellos, estuvo el cadáver expuesto al público en la plaza hasta la tarde de aquel día. Mientras esto sucedía en el campo, en la ciudad cundió la voz de que Antón de Juárez había burlado la vigilancia de la justicia.

Bien pronto se aclaró este misterio, pues aunque nadie presumía otra causa de aquella muerte que el temor a un castigo seguro, la viuda de Juárez manifestó al corregidor la fuga de su esposo, al cual acompañaba el compadre, quien debía tener el dinero y alhajas que se habían llevado. Esta declaración y la falta y malos antecedentes del acusado decidieron a la justicia a expedir requisitorias en su busca, las cuales tuvieron el resultado apetecido.

La pesada carga del caballo que llevaba el dinero y alhajas le impedía marchar con la celeridad deseada. Al fin llegó a un pueblo de Extremadura, donde desgraciadamente lo conocían por sus malos antecedentes, lo cual hizo extrañasen verlo con aquella carga y el caballo de Juárez bien ensillado y sin jinete. No tardó en ser denunciado a la justicia, quien lo detuvo, registrándole la carga y explorando la procedencia de tanta riqueza, a lo cual no pudo dar una satisfacción cumplida. Entretanto llegaron las requisitorias de Córdoba, a donde fue traído con los caballos y cargamento.

El proceso no tardó en fallarse. Aquel miserable fue sentenciado a perder la cabeza en el mismo sitio en que nos hallamos, o sea, donde había ejecutado su crimen. Aquí, pocos días después, rodó su cabeza bajo el hacha del verdugo.

La hermandad de la Caridad recogió el cadáver para darle sepultura y, conforme a las costumbres de aquellos tiempos, erigió esta cruz en memoria de tan lamentable suceso.

Los deudos y amigos de Antón de Juárez y de su primera esposa colocaron esas otras dos que hay en el camino sobre la derecha de la hacienda que les perteneció, y con la que después uno de sus descendientes fundó una capellanía con la pensión de aplicar misas por el eterno descanso de aquella infortunada familia.

Mucho mas pudiéramos escribir de la población rural del barrio de San Miguel; pero renunciamos a ello temerosos de equivocamos al describirla, puesto que, como en todas las demás, no hay una división clara y segura, dando lugar a continuas divergencias, pues las unas se entran en las otras, y no falta quien, en el campo, no sepa ni a donde ha de dirigirse por los sacramentos. Sólo así se comprende que, perteneciendo el convento, hoy fonda de la Arrizafa, a San Nicolás de la Villa y pasando por ella para ir a las Ermitas, éstas pertenezcan al barrio de San Miguel. Por eso, en cuanto nos retiramos un poco de los muros de Córdoba, retrocedemos a ella y dejamos lo demás para el paseo que hemos de dedicar al término de esta capital. Eso hacemos ahora, yéndonos a los barrios unidos del Salvador y Santo Domingo de Silos, en que daremos nuestro décimo paseo.




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