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Paseo 7. Barrio de los Santos Nicolás y Eulogio

De Biblioteca de Córdoba

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Tabla de contenidos


La constancia de nuestros lectores nos ha favorecido para llegar al séptimo nuestros paseos por Córdoba, o sea, al barrio de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía, con el que terminaremos la ciudad baja, de la que en general nos ocuparemos muy en breve. Sin embargo que este barrio es en su forma irregular y que la parroquia está en un extremo, principiaremos por ella para no alterar el orden seguido desde el principio de esta obra.

Parroquia de los Santos Nicolás y Eulogio

Cuantos escritores se han ocupado de esta iglesia convienen en que fue mezquita en tiempo de los árabes, y que el santo rey Fernando III la hizo parroquia, dedicándola a San Nicolás de Bari, habiéndole aumentado el título de San Eulogio a petición del rector de la misma, Hernán Pérez, por decreto del obispo don fray Diego Mardones, su data a 4 de marzo de 1642.

Dícese que era muy oscura y baja, pues sólo tenía unas cuatro varas de alto, y que estaba sostenida por muchas columnas, remedando algo en su construcción a la hoy Catedral. En tiempo de don Leopoldo de Austria fue reedificada. Pero su principal reforma la sufrió siendo obispo de Córdoba don Marcelino Siuri, quien ayudó a la obra con 4.000 ducados que dio de su bolsillo particular. Acabose y bendijo en 7 de febrero de 1727. Después, en tiempo del señor don Miguel Vicente Cebrián se volvió a obrar, pues según Bravo, en su Catálogo de los Obispos, página 803, dicho prelado dejó dispuesto en su testamento, y entre otros muchos encargos, el de que se acabase la iglesia de San Nicolás de la Ajerquía.

En 1836 se reedificó otra vez, acabando con tantas obras porque aquel edificio haya perdido por completo su primitiva arquitectura. Hoy nada notable ofrece a los aficionados a las artes.

Aunque nada hemos leído sobre el particular, nos inclinamos a creer que si efectivamente aquello fue mezquita debió o ser más pequeña o haber variado algo del sitio, salvando el paso del caño de Venceguerra, que indudablemente ha sido una calle estrecha y que aún está descubierta en algunos tramos, siendo probable que así llegara hasta el río, desde cuya orilla entró, según la historia, Vicente Guerra, de quien en su lugar hablaremos.

Tal como la encontramos es preciso describirla, y así consignaremos lo existente, ya que tan poco sabemos de su pasado. Es de notar la falta de casas solariegas en este barrio, casi desde su origen dedicado a la industria, y de aquí el no hallar en la parroquia enterramientos de nobles familias ni fundaciones debidas a ellas.

Descripción del templo

La capilla mayor tuvo un retablo, construido en 1495, el que destruyeron en 1726 para sustituirlo con el actual, de escaso mérito y del mal gusto reinante en aquella época. Ocupa el centro un tabernáculo de plata muy lindo, rodeado de ráfagas de espejos, y a los lados las imágenes de San Nicolás y San Eulogio, titulares de la parroquia. En el suelo y lado de la epístola se ve el epitafio del licenciado Andrés de Oliver y Salmerón, rector 37 años de aquélla, y el cual falleció en 1650.

Al extremo superior de la nave de la epístola hay una pequeña capilla que sirve de sagrario, y en su altar se venera a Nuestra Señora de las Huertas -que tuvo hermandad con limpieza de sangre, refundida hoy en la del Santísimo-, y a los lados San José y San Rafael. En uno de los costados se ve un gran cuadro con la Concepción, obra de Sarabia, la que hasta hace pocos años estuvo en una especie de retablo, aun cerrado con puertas, detrás del altar mayor, o sea en lo que aún dicen plazuela del Rector. Fuera de la expresada capilla existe un altar con una buena Dolorosa, de vestir, que en unión de Jesús Crucificado tenían la hermandad que decían de Nuestra Señora de Loreto, y en él se lee lo siguiente: Este retablo y frontal se hizo siendo hermano mayor D. Diego de Góngora. Año de 1718.

A seguida encontramos el altar de Ánimas, también con hermandad; tiene un gran cuadro de escaso mérito, pero muy raro en su composición alegórica, que llama la atención de cuantos lo miran. A un lado se conserva una tableta de las que se cuelgan en la puerta los días que se saca ánima, y la cual citamos porque en su parte superior tiene una preciosa pintura que representa las Ánimas. Los cofrades tenían enterramiento en un hueco al extremo de la iglesia, donde encontramos, en lienzo, un San Juan Bautista y el Salvador, bastante buenos. La hermandad de Ánimas la fundó en 1649 Juan Jacinto de Góngora, que yace ante aquel altar.

Al pasarnos al opuesto lado vemos en los machones del arco de la capilla mayor dos bonitos cuadros con la Virgen y San José, obras al parecer de don Francisco Agustín Grande. Al extremo de la nave del evangelio, y sirviendo de paso entre la sacristía y el altar mayor, encontramos una capilla con un retablo de mal gusto donde se venera a Nuestra Señora del Rosario, San José y Santa Lucía; las dos primeras efigies tienen hermandad muy antigua, trasladada de la iglesia de los Mártires cuando se cerró al culto, sin que sepamos por qué se trajo a esta parroquia en lugar de hacerlo a la de Santiago, a que pertenecía. Dicha capilla se llamaba antes de Santa Lucía, la cual tuvo hermandad, trasladada desde un hospital que estaba en la calle de Mucho Trigo, como allí diremos, y cuya principal misión era dar sepultura y costear entierro a los que morían por sentencias judiciales.

Sigue el altar de Jesús del Huerto, el que está dentro de una gran urna. Dícese que es obra de don Alonso Gómez, y que el pie que tiene descubierto lo hizo en competencia con otros escultores. Pero a nosotros nos parece más antiguo -o al menos habría otro en su lugar, pues en el frontal dice que se erigió aquel altar por el mismo señor Góngora- que el de los Dolores, en 1708, en cuyo año aún no había nacido aquel notable escultor.

Entre el dicho altar y la puerta hay otro, de la hermandad del Loreto, en que se ve un Crucifijo de gran tamaño, con frontal de piedra. En él se lee la siguiente inscripción: Este retablo y frontal es de la Cofradía de Ntra. Sra. del Loreto. Se hizo año de 1727.

A los pies de la nave está la capilla del Bautismo, que es la que hubo en la parroquia de Omnium Sanctorum, y en las paredes inmediatas dos cuadros, uno con las Ánimas, que sería el que antes tendría la hermandad, y otro con San Juan bautizando a Cristo.

En el exterior de esta iglesia y mirando a la calle de Consolación se pusieron dos azulejos señalando a dónde llegó el río en 1 de enero de 1784 y 26 de diciembre de 1821, de los cuales sólo ha quedado uno.

La sacristía de esta parroquia es de medianas dimensiones y en ella encontramos algunos cuadros de mérito, mereciendo particular mención uno con Dalila cortando el cabello a Sansón, cuyo autor desconocemos, y otro de Antonio del Castillo, que representa a Jesús muerto. Cuenta esta iglesia con muy buenas alhajas de plata y una reliquia muy apreciable de San Eulogio.

En el coro, que está a los pies de la nave del centro, hizo gran daño una centella que cayó entre once y doce de la mañana del día 10 de septiembre de 1810.

El archivo es poco curioso, aparte de algunas notas de las crecientes del río puestas en los márgenes de los libros, los que principian, en 1557 los de bautismos, en 1586 los de matrimonios y en 1596 los de defunciones.

Un barrio industrial

Hemos dicho que la mayoría del vecindario de este barrio es de industriales, y no hay más que recorrer sus calles para convencerse de esta verdad. Allí vive la mayor parte de los plateros de Córdoba. Tiene muy antiguas y buenas fábricas de curtidos, talleres de guarnicioneros, y cuenta con otros varios de las demás artes y oficios, teniendo además casi todo el comercio de adobo y encubaje de aceitunas. Los padrones antiguos demuestran lo mismo, pudiendo asegurarse por lo tanto que es el barrio más industrioso de Córdoba, hasta con la suerte de que en su recinto se haya establecido la Escuela de Bellas Artes.

La caridad de los vecinos

La industriosa ocupación de aquellos vecinos hace que, casi en su totalidad, cuenten con medios holgados para atender a sus obligaciones y aun con ahorros no sólo con que satisfacer sus deseos en diversiones, sino para acudir al socorro de sus semejantes cuando los han visto sufrir en esas calamidades con que parece que la Providencia intenta probar nuestra resignación y nuestros sentimientos. Siempre, hasta en nuestros días, se han mostrado caritativos, y más que nunca en la epidemia de 1649 y 1650, en que sobrepujaron a los de casi todos los demás barrios.

En 30 de enero de 1650 reuniéronse en la iglesia de San Francisco, en cuya puerta formaron una lucida procesión en esta forma: 12 adornadas acémilas cargadas de leña y otras 10 de romero, a que seguían en dos filas los vecinos, que llevaban 20 carneros, 24 espuertas con pan, 22 salvillas con almendras, 24 con pasas, 36 con bizcochos, 102 gallinas, 20 cestos con alhucema, 17 pomos con agua de ámbar, 88 salvillas con hilas, 25 canastillos con huevos, 24 garrafas con vino, 22 espuertas con naranjas y limones, 30 melones, 25 salvillas con bizcotelas, 8 canastas con granadas, 2 pares de pichones, 180 vestidos completos y 2 camas. A este valioso regalo seguían muchas luces, y tras ellas unas grandes andas con el Crucifijo que está en la capilla de la Vera Cruz, y a sus pies la imagen de San Francisco, de rodillas, con las espaldas desnudas, en las que figuraba darse con unas gruesas disciplinas.

No contentos aún aquellos vecinos con la gran prueba de caridad referida, juntáronse de nuevo el 2 de marzo, y llevando en procesión a la Virgen del Rosario y a San Eulogio, volvieron al hospital con este regalo para los enfermos: 105 vestidos de hombre, 55 de mujer, 113 camisas, 68 pares de medias, 84 ídem de zapatos, 28 valonas y 15 camas enteras, compuestas de bancos, zarzos o jergones, colchones, sábanas, almohadas y paños colorados y azules, todo nuevo.

Aún restaban otras muestras de caridad dadas por el barrio que historiamos. Los chicos, imitando a otros, reuniéronse y, pidiendo unos y llevando de sus casas otros, sacaron en procesión a la Virgen del Socorro de su ermita, con San José, llevando a los enfermos 14 carneros, 42 gallinas, 11 cargas de leña, 4 de romero, 28 fanegas de trigo, 42 espuertas con pan, una carga de limones y naranjas, 50 espuertas con las mismas frutas, 44 ídem con pasas y almendras, 24 garrafas con vino, una hoja de tocino, 2 jamones, 15 espuertas de cacharros, 4 ídem de garbanzos, 24 cestos con huevos, 4 salvillas con bizcochos, 32 azafates de hilas, 2 barriles de aceitunas, 15 pares de medias, 20 camisas, una arroba de jabón, 3 espuertas de alhucema y 13 pomos de vinagre rosado.

Como ven nuestros lectores el valor de estos regalos asciende a una cantidad muy respetable, y parecía mentira que aún pudiese dar más un barrio que no es de los mayores ni más ricos y, sin embargo, no faltó quien aumentase los donativos, pues lo hizo un vecino llamado Andrés del Castillo y León, que por sí solo remitió al hospital 5 camas completas y nuevas y las sostuvo a razón de 6 reales diarios cada una todo el tiempo que duró el contagio. Después de lo referido nada hay que añadir para enaltecer al barrio de los Santos Nicolás y Eulogio.

La calle y la plazuela de las Badanas

Ya es tiempo de empezar nuestro paseo por las calles que constituyen el barrio, cuya forma irregular lo hace más difícil, puesto que fuera del grupo principal forma tres mangas, o sea tres cortes, en la fuente de la calle de la Feria o San Fernando y en los finales de las de Armas y Candelaria.

Ante la parroquia hay una plazuela que siempre se ha llamado como ella y a veces del Cementerio, por estar en aquel sitio, y que en el último arreglo, tal vez por ahorrar letras, la incluyeron en la calle de las Badanas, que afluye a ella, formando un ángulo para desembocar en la de Lineros. Llámase así por la venta de aquella clase de pieles que en ella se hacía, sin ofrecer cosa alguna notable, pues la casa del Santo Dios se titula así porque su dueño le puso esa oración en su fachada. Es muy grande y hace muchos años ha estado destinada a fábrica de paños bastos y capotes; se ha llamado también de los Agujeros, por los noques del curtido.

Dicha plazuela tiene otras dos salidas; una al paseo de la Ribera, del que después nos ocuparemos, y otra por la calle Nueva de Consolación. Entre ambas salidas existe una barrera o calleja, conocida en los padrones antiguos por la Frente al Cementerio. La segunda de las dos anteriores ha tenido diferentes nombres, tomándolo casi siempre del horno que hay en ella y debe ser muy antiguo; así, unas veces la hallamos llamándose del Horno de Castril y otras de cualquier apellido que tenía el panadero, hasta que pusieron en ella una imagen de Nuestra Señora de Consolación, anticipándole el adjetivo Nueva para distinguirla de la del Tornillo, que se ha titulado lo mismo.

Las cinco calles

Salimos a una pequeña plazuela justamente conocida desde muy antiguo por las Cinco Calles por afluir a dicho punto la ya nombrada de Consolación y las de Mucho Trigo y Lineros, de este barrio, y las de Don Rodrigo y Baño, del de San Pedro. Mucho Trigo es un apellido que por lo extraño han creído muchos ser apodo, infiriéndose que así se llamaría alguno de sus más notables vecinos. Tiene dos callejas, la más larga titulada del Posadero, por uno que tenía muchas colmenas en la sierra, y la otra más corta, cuyo nombre particular no hemos logrado conocer.

En la calle que acabamos de mencionar hubo un pequeño hospital denominado de la Misericordia. Debiose fundar en el siglo XIV por una cofradía, en la mayor parte de los asteros, a fin de reunirse y ver de librarse de pagar impuesto, por deberse comprender este oficio en los fabricantes de armas exentos de aquella obligación por un privilegio del rey don Enrique, dado en 1371. Después se le unió otra cofradía que estaba en la parroquia, con la advocación de Santa Lucía y San Julián, y ya una sola, formó en 1561 unas reglas que le fueron aprobadas en 6 de septiembre del siguiente año por el licenciado Juan Díaz de Vallejo, canónigo provisor por el obispo don Cristóbal de Rojas y Sandoval.

Entonces tomó el nombre de la Santa Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, la Concepción y Santa Lucía y San Julián. Su objeto era acoger enfermos, socorrer a los cofrades pobres, ayudar al casamiento de las hijas de éstos y recoger y enterrar a los infelices que morían en virtud de sentencias judiciales. Todo esto quedó pactado en una escritura que hicieron al unirse ambas cofradías en 29 de junio de 1561 ante el escribano Francisco Jerez. Así continuaron hasta el siglo XVIII, que, habiendo venido a menos, cerró el hospital y se trasladó a la parroquia, como en ella anotamos.


La calle de los Lineros y el Caño de Venceguerra

Desde las Cinco Calles arranca la de Lineros, que termina en la plazuela del Potro, sin más afluyentes que las de la Candelaria y Badanas y dos callejas, la de Vinagreros -por haber vivido en ella unos cosecheros de vinagre- y la de Gragea, que tuvo comunicación a la de Armas; su verdadero título es Gragera, apellido de un jurado de aquel barrio que vivió en este sitio.

Pocos títulos hay en Córdoba tan justificados como el de esta calle. Casi hasta nuestros días hemos visto ocupadas sus casas por los trabajadores del lino, tanto en su rastrillado como en las demás faenas necesarias, y muchos eran también los almacenes a donde acudían las mujeres al cambio de las libras hiladas por otras en rama, como varias veces hemos anotado. También se ha llamado calle del Caño de Venceguerra, por una alcantarilla que se ve entre las casas números 80 y 82. Su nombre verdadero es el de Vicente Guerra, de quien se dice que cuando la conquista de Córdoba entró en ella con su gente por este sitio, entonces callejón estrecho que, como ahora, sólo servía para dar paso a las aguas de una gran parte de la población y el cual tuvo un hijo llamado Fernando Vicente Guerra, que en 1296 concurrió con otros caballeros a la gloriosa defensa de Baena.

Dicho caño es muy curioso, y en los grandes aguaceros tiene un considerable caudal de aguas, pues confluyen a él, además de los caños al descubierto desde la plaza del Salvador en dos direcciones, del barrio de San Miguel, y de otros puntos muy lejanos, las cloacas o alcantarillas que arrancan desde el Mármol de Bañuelos, Puerta Nueva, Potro y calle de Maese Luis, dando lugar a que con la menor dificultad opuesta a la corriente se inunden todas las casas inmediatas. Además ha sido causa de que en muchas avenidas del río entre por él el agua, llegando veces en que han remado barcos por esta calle. Su construcción interior es rara pues en unos puntos está cubierto, sostenido por dobles arcos, y en otros conserva su primitiva forma de calleja.

Casi frente hay un mesón bastante antiguo, aunque reformado hace poco, y el cual toma el nombre del expresado caño.

El retablo de la calle Candelaria

En la esquina de la calle de la Candelaria hay una especie de retablo con San Rafael y los patronos San Acisclo y Santa Victoria, obras de don Antonio Monroy, y por bajo un nicho, cerrado de reja, con la Virgen de Linares. Cuentan que hasta enero de 1801 hubo otra imagen en este sitio, y que habiéndose cometido la profanación de destrozarla una noche, cierta señora que vivía enfrente costeó estas nuevas, poniendo en el lado de la calle de Lineros una inscripción en latín, que traducida al castellano es la siguiente: Córdoba, reconocida siempre á su Custodio, ofrece á San Rafael Arcángel este monumemo, erigido con las limosnas de personas piadosas en desagravio de la injuria sin testigos inferida á la antigua imágen por mano enemiga, el día 22 de Enero del año corriente de 1801. Y en prueba de agradecimiento por haber visto nosotros salva á nuestra Ciudad de la amenazadora mortífera epidemia que devastaba la baja Andalucía y ciudades comarcanas. Y porque nada falte á la piedad de los cordobeses, así mismo á la Santa Virgen María bajo la advocación de Linares y a nuestros titulares Acisclo y Victoria, con espíritu gozoso lo consagran.

Ya en varias ocasiones hemos citado la orden que en 1841 dio el ilustrado jefe político don Ángel Iznardi para que se quitasen las muchas imágenes que había por las calles, de la cual se libraron éstas por una casualidad. Encontrábase a la sazón en Córdoba el nunca olvidado escritor don Modesto de la Fuente, que entonces escribía las Capilladas de Fray Gerundio, y sabedores aquellos vecinos de su amistad con el señor Iznardi, acudieron a él para que se interesase en que no se quitara el San Rafael de la calle de Lineros, lo que tomó con tanto empeño que logró exceptuarlo de aquella orden. Así, es el único existente, aparte de las imágenes que estaban en las fachadas de las iglesias y de los que en Córdoba llámanse triunfos a San Rafael.

En aquel tiempo desaparecieron de esta calle un Ecce Homo que había en la esquina frente a la del Baño y un San Antonio Abad, obra de Sarabia, casi frontero a la calleja de Gragea, hacia cuyo sitio tuvo este pintor su morada.

La Mancebía

La casa número 49 ofrece a los curiosos un objeto raro: la gradilla de su puerta, que es un pedazo de sepulcro romano con parte de su inscripción; no puede descifrarse por faltarle más de la mitad.

Es más digna aún de ocupar nuestra atención la número 56, propiedad de los señores Castueras, la que formaba esquina a una travesía estrecha entre la plazuela del Potro y la Ribera. Aquí se estableció a poco de la conquista la Mancebía, casa pública y autorizada de mujeres cuyo reglamento es en extremo curioso y hemos tenido ocasión de conocer en el archivo del Ayuntamiento.

Entre sus bases nos llamó la atención una en que previene que "las mancebas puedan usar dentro de la casa cuantas alhajas y galas quieran para excitar á los hombres; pero si salen con ellas a la calle se las quitará y quedará con ellas el primer alguacil que las encontrara, como justo castigo del mal ejemplo que daban á las mujeres honestas". He aquí un ramo que en la actualidad vemos en diverso sentido. En aquellos tiempos se autorizaba y aun ponía por cuenta de los gobiernos y no escandalizaban; hoy se prohíbe y está continuamente escandalizando, y todo porque no se reglamenta bien, ya que no es posible desaparezca esa gangrena de la sociedad.

El extraño caso de la Calleja de los Vinagreros

Aún existen en Córdoba muchas personas que recuerdan un caso extraño ocurrido en una escribanía que hacia 1821 estaba en una de las casas inmediatas a la calleja de los Vinagreros. Allí se hallaba de oficial mayor cierto joven aspirante a procurador, quien tenía un cuñado que abrigaba las mismas pretensiones, y ambos, a pesar de ser sus mujeres hermanas, se habían fijado en la misma procura, lo que promovió entre ellos alguna enemistad, y tras ésta varias y acaloradas disputas.

Un día estaba el primero en el despacho, a la sazón que el escribano había ido al juzgado, cuando entró el cuñado, entablando conversación sobre el asunto, y tomando proporciones se convirtió en acalorada disputa, hasta el punto que el segundo tomó la tranca de la puerta, con la que acometió al otro, quien viéndose acosado tomó para defenderse las tijeras grandes de cortar papel, las que al fin introdujo en el pecho de su adversario, que al verse herido salió corriendo y cayó muerto cerca del caño de Venceguerra.

El agresor se escondió por lo pronto, y el escribano, al saber la noticia, formó justificación de su ausencia del lugar de la desgracia a fin de no verse envuelto en la causa. Pasado algún tiempo y justificada plenamente la fuerte agresión por parte de la víctima, terminó aquel proceso felizmente para el acusado.

La calle y ermita de la Candelaria

La calle de la Candelaria toma el nombre de la ermita de esta advocación. Principia en la calle de Lineros y termina en las del Tornillo y Paja, del barrio de San Pedro. La encontramos con diferentes títulos, y el actual lo ha tenido dos veces. Hasta el siglo XV se llamó de la Parrilla; en este tiempo se fundó el hospital de la Candelaria y se le nombró así; después fundaron la primera iglesia que tuvo el colegio de la Piedad, que estaba frente a esta calle, y adquirió este título, y por último, cuando trasladaron ésta a la plazuela de las Cañas, volvieron a decirle de la Candelaria.

La ermita de esta advocación la fundó Aldonza Martín, viuda de Simón Pérez, quien donó unas casas en la calle del Baño frente a la de La Rosa, donde había de erigirse un hospital con la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, en el que habían de acogerse algunas huérfanas y viudas honestas.

Formose a este fin una cofradía, la que, considerando aquel local pequeño, compró otras casas en la calle de la Parrilla, por escritura fecha 24 de noviembre: de 1416. Realizada la obra del edificio -que después ha tenido varias reedificaciones en que ha perdido su primitiva arquitectura-, en 3 de febrero de 1488 se redactaron las constituciones, que fueron aprobadas por el obispo, así como las reformas que se le hicieron en 3 de febrero de 1520, aprobadas en 1548 y 1587, reconociendo siempre el derecho de los curas de San Pedro a pagarles la fiesta de la Purificación, por haberse hecho la fundación en su distrito. No contentos los cofrades con ellas las redactaron nuevas en 1671. En su archivo se conservaba también la autorización dada en 1504 por el provisor para la erección del hospital, y una bula alcanzada por el prioste Bernardino López, en que Julio II concedió en 5 de junio de 1505 cien días de perdón a todos los que visiten esta iglesia en los días de Reyes, Candelaria, la Encarnación, San Pedro y San Pablo, y San Miguel.

La iglesia, aunque no muy grande, tiene tres naves, resultando más ancha que larga. En el altar mayor, con camarín, está la titular; en la nave de la epístola hay otro altar con un bonito San José, de vestir, y otro en la del evangelio con San Casiano, a quien los profesores de instrucción primaria costeaban fiesta en su día. Hay alguna otra escultura y cuadro de escaso mérito. La casa contigua tenía antiguamente un minarete, según hemos visto en documentos antiguos.

La calle descrita tiene a su mediación una barrera o calleja sin salida, cuyo nombre propio no hemos podido averiguar. Toda ella se ha llamado también de Corral, apellido hoy representado por el señor marqués de la Motilla.

La plaza del Potro y su entorno

Terminada la calle de Lineros encontramos la plazuela del Potro y continúa una calle que también ha llevado este nombre, la que en 1862 dedicaron al célebre poeta cordobés Lucano, cuyos datos biográficos son tan conocidos. Se ha llamado de los Cordoneros, por los muchos de este oficio que en ella vivieron, y de los Mesones, por la posada de la Madera que en ella existe, y las de la Espada y la Herradura, que eran las casas números 28 y 14. La primera tenía por muestra una antigua espada de taza colgada de una cadena, y la otra varias herraduras pintadas en una tabla. Esta última fue incendiada por los facciosos cuando la venida de Gómez, y quemados por sus llamas dos nacionales allí refugiados, de lo cual daremos pormenores al ocuparnos de aquellos acontecimientos.

Cerca de la posada de la Madera hubo en la pared, hasta 1841, un hermoso cuadro con la Concepción, obra de Antonio del Castillo, cuyo paradero ignoramos, y que le decían de los Escribanos por haberla costeado los mismos, dueños de dicha posada y de las casas inmediatas.

Todo este sitio era conocido por el Potro, nombre que abrazaba gran parte del barrio, como las calles de Lineros, Badanas, plazuela de San Nicolás y parte de la Ribera se llamaban la Curtiduría, por las muchas fábricas de curtidos que desde tiempo de los árabes había en todo aquel trayecto.

El Potro era el lugar destinado a la venta del ganado caballar y mular, y por consiguiente muy concurrido, tanto por los cordobeses como por todos los forasteros que venían a ver esta ciudad, así es que se hace mención de él en muchas obras y especialmente en las del inmortal Cervantes. Hoy, mermado su terreno por la construcción del hospital de la Caridad y otros edificios, es una plazuela entrelarga a la que afluyen las calles de Lineros, Lucano, Sillería y una travesía que la comunica con la de San Francisco. En uno de sus extremos tiene una fuente que hasta 1847 estuvo en el lado opuesto, construyéronla de primera vez en 1577, y la coronaron con un potro que con las manos levantadas sostiene el escudo o armas de Córdoba.

El caso del malvado posadero del Potro

Hay en esta plazuela una posada con el título del Potro, que hacen subir su existencia al siglo XIV. Cuéntase una tradición, fabulosa para nosotros, bastante novelesca y digna de fijar nuestra atención. El mesonero era un hombre de cortísima estatura, corcovado y de traidora mirada, el cual había llegado a adquirir entre sus convecinos gran fama de rico y mal intencionado.

Una noche de esas que infunden más pavor por el ruido que arman los vendavales al estrellar contra las puertas y ventanas el agua que cae a torrentes sobre los campos y ciudades, llamaron a la puerta del mesón del Potro, y a la opaca y vacilante luz del farolillo que pendía de la callosa mano de aquel hombrecillo se vio penetrar en el mesón, y sobre un fogoso caballo, a un apuesto y aguerrido joven que por su traje dio a conocer ser capitán de las tropas del rey don Pedro, apellidado el Cruel. Entregó su hermoso alazán para llevarlo a la cuadra y, mientras le preparaban hospedaje, se dirigió a la lumbre, rodeada de otros viajeros, todos de menos calidad, que al verlo se apartaron y descubrieron, demostrando el respeto que les infundía el traje del recién llegado.

En una puerta cercana asomóse, atraída por la curiosidad, una gallarda joven, cuya presencia y modales desmentían ser hija del mesonero, como todos aseguraban. Éste llegó a seguida, y con ademán grosero la intimó a retirarse, pero no tan pronto que el capitán no se hubiese fijado en ella con extraña curiosidad. El capitán sentose, poniendo a su lado una pequeña maletilla que cuidadosamente guardaba, y se enjugaba el empapado capotillo cuando se le acercó el mesonero preguntándole con la amabilidad posible en aquel rostro y voz de hiena:

-Supongo que desearéis cenar, caballero.

-Cansado en sumo grado me encuentro, pero no me vendría mal alguna magra y un trago de vino, por muy avinagrado que esté el que preparéis a vuestros huéspedes.

-En este mesón, señor capitán, se distingue a las personas según su clase, y así se les trata, pues no todos pueden pagar lo mismo.

-Entonces lo que tú distingues es la bolsa y no al sujeto. Vamos pronto, para retirarme, que temprano he de partir.

-¿Vais a Sevilla? ¿Tal vez allí os espera el rey?

-Allá voy. Pero eres demasiado curioso, y te advierto que no estoy dispuesto a satisfacer muchas preguntas; con que dile a esa moza que me sirva la cena, y basta de averiguar lo que no te importa.

-Yo mismo os serviré, porque os quiero distinguir entre todos los hospedados en mi mesón. Además, mi hija es tan corta de genio que no acertaría a serviros como merecéis.

-¿Y por qué tienes así encerrada a una mujer tan hermosa y la tratas con tal despego?

- Señor, cada cual se entiende en su casa. Además, me habéis prohibido haceros preguntas y no dudo me concederéis igual derecho respecto a lo que a mi compete

-Tienes razón. Despacha pronto.

Sirviole a seguida un pernil de carnero y unos bizcochos que sólo podía masticar una dentadura de veinticinco años, y tras un trago de vino del país, que aún se elaboraba mucho en Córdoba, se puso en pie, preguntando cuál era su cuarto, sin soltar un momento la maletilla, que ya iba excitando la codicia del mesonero.

-Os tengo al corriente el mejor aposento del mesón, al extremo del pasadizo alto, donde no seáis molestado por los demás viajeros ni por el ruido de las caballerías. Yo os guiaré.

El mesonero echó a andar y el capitán lo seguía a corta distancia; mas al pasar por delante de otro cuarto se entreabrió la puerta y vio el rostro de la encantadora joven, que le dijo: "Caballero, no durmáis", cerrando a seguida para que no se apercibiesen de lo ocurrido.

La estancia preparada al capitán era por su aspecto, tal vez, la mejor de todo el mesón, mas no por eso pasaba su mueblaje de la cama, cuatro o seis asientillos y una mesa, sobre la cual colocó el posadero la lamparilla, diciendo: "Si vais a continuar mañana vuestro viaje os llamaré en cuanto amanezca". Un signo de aprobación fue la respuesta, y todo quedó en silencio.

A pesar del valor tantas veces demostrado en los mayores peligros al lado del rey don Pedro, el capitán permaneció despierto, meditando acerca del aviso de la gallarda joven, cuando era la hija del mesonero, si bien su rostro encantador y sus finos modales parecían desmentirlo. La noche se prestaba también a desterrar el sueño. El viento y el agua azotaban las puertas de la ventana, y la luz de los relámpagos permitía ver las rejas, convirtiéndolas en extrañas celosías. Abriolas al fin el vendaval y, apagando la luz de la lamparilla, dejó a nuestro apuesto mozo sin la única compañera que le ayudaba a disminuir los mil fantasmas que parecíale ver en el espacio. Mas a poco oyó como abrir una puertecilla; entonces retirose a un rincón, esgrimiendo la espada, pendiente aún de su cintura. Nada se oía; pero no dudaba del ruido, y sus ojos se dirigían con avidez a todos los rincones, por si a la luz de los relámpagos lograba divisar algún objeto.

Bajo el lecho en que el viajero pensaba hallar el apetecido descanso vio, al fin, la siniestra figura del mesonero, con la cabeza asomada por una trampa que había en el suelo, observando sus movimientos y, sin duda, esperando a que el sueño lo rindiera. Furioso de ira y coraje tiró un mandoble hacia aquel lugar, y en seguida se arrojó por la ventana a un corralillo, donde se preparó a vender bien cara su vida; mas, casi instantáneamente, se le apareció la hija del posadero envuelta en un manto y, agarrándolo de una mano, le dijo: "Por aquí, caballero, por aquí; idos y contad al rey lo que pasa en el mesón del Potro".

El capitán atravesó una pequeña caballeriza, y a seguida encontrose en el patio principal del mesón, donde ya algunos arrieros estaban arreglando sus cabalgaduras para partir y otros se preparaban a sacar sus mercancías al rastro. "¡Eh, mesonero!", exclamó fuera de sí. Más a seguida reflexionó que debía obrar con la mayor cautela. No tardó aquel extraño ente en presentarse. Pidiole la cuenta y le mandó traer la maletilla que había dejado en su aposento, en tanto que él preparaba su alazán.

-¿Por qué habéis dormido tan poco? –preguntó aquella raquítica figura, volviendo y entregando la maleta-.

-No lo sé -contestó el capitán-; preocupado, sin duda, con la urgencia de partir e indispuesto con la pesada cena que me disteis, he pasado la noche soñando, y al fin resolví dejar el lecho donde tan incómodo me encontraba. Tomad vuestro dinero y Dios os dé buena suerte.

Las pesadas puertas del mesón del potro giraron sobre sus pernos, y el capitán salió en dirección a la puerta de Sevilla, por donde emprendió su viaje para aquella entonces corte del rey don Pedro.

Por breves momentos nos trasladamos al Alcázar de Sevilla, donde a los cinco o seis días fue recibido el capitán por Su Alteza, que más como a hermano que como súbdito lo miraba. Diole cuenta del desempeño de su cometido. Mereció ser aprobado, y después contó cuanto le había ocurrido en Córdoba, siendo oído con marcadas muestras de aprecio y curiosidad. Al cabo, le dijo don Pedro:

-Me parece, capitán, que la hermosa mesonera os hizo perder el seso, y que ésa es la causa principal de tan extraña aventura. Sin embargo, iremos a Córdoba y yo os prometo averiguar la verdad de todo. Os juro que si allí se encierran esos crímenes que sospecháis, el mesonero del Potro ha de ser el escarmiento de todos los de su clase.

Un mes habría pasado de aquella extraña escena cuando Córdoba supo con asombro que el rey don Pedro se encontraba en su Alcázar, sin previo aviso al corregidor. Éste, con los caballeros treces, después veinticuatros, se le presentaron a la mañana siguiente, siendo sorprendidos por la orden del comarca de no separarse de su persona hasta llevar a cabo una diligencia que por sí propio había de evacuar, acompañado de todos. A poco salieron del Alcázar y dirigiéndose hacia el Potro penetraron en el mesón, cuyo dueño se presentó, al parecer tranquilo, hasta que vio al capitán; entonces quedó convulso y aterrado.

Recorrieron todo el edificio, hallaron una trampa o puertezuela bajo el lecho que servía a los viajeros ricos, sacaron a la joven, que se abrazó a los pies del rey pidiéndole venganza, desenterraron infinidad de cadáveres y encontraron cuantiosas alhajas y ropas robadas a los desgraciados que sufrieron la muerte cuando tranquilos y confiados se entregaban al sueño. De uno de ellos era hija la encantadora y desgraciada joven que tanto interesó al capitán.

Una fiera, en sus momentos más rabiosos, no era comparable al rey don Pedro que, agarrando al mesonero del cuello, le hizo salir de un empellón a la mitad de la plaza.

- Y tú corregidor- gritó descompuesto-, ¿tú no sabías esto? ¡Ira de Dios, y aun me llamareís cruel al castigar a ese infame! Pronto, mis verdugos, agarrad a ese reptil, atadle las manos a la reja de su mesón, traed los dos primeros potros que ahí encontráis y amarrándole a ellos los pies, azotadlos para que el empuje lo despedacen.

Un grito de horror sonó en todos los presentes y que don Pedro apagó, exclamando de nuevo: “Silencio, el que no quiera sufrir la misma suerte”. Momentos después los brazos del mesonero pendían de la reja; el cuerpo había sido arrastrado hacia la calle de Lineros, entonces la Curtiduría.

Don Pedro entrgó al capitán como esposa la bella joven, que era nobles y honrada, con todas las riquezas que allí se encontraron, y volviéndose al corregidor y caballeros treces, les dijo estas significativas frases:

-Ya que no sabes ejercer en mi nombre la justicia que te he confiado, he venido en persona a enseñarte tu deber; mas ten entendido que si a hacerlo otra vez me obligas haré recordad en ti al mesonero del Potro.

No fabulosas, como creemos la anterior tradición, sino desgraciadamente verdad, pudiéramos referir a nuestros lectores multitud de escenas sangrientas acaecidas en los alrededores del Potro. Mas en su mayor parte no excitan interés por vulgares, consecuencia de lo descuidada que es la educación del pueblo y del exceso en el uso de las bebidas embriagadoras.

Una trágica historia de celos

De distinta clase es un suceso que vamos a consignar en la casa número 16, casi contigua a la posada. Terrible escena ocurrida en la tarde del 25 de junio de 1851, resultado de la exageración de los celos, causa de tantos males.

Durante mucho tiempo vivieron tranquilos, dedicados a la pastelería, un honrado matrimonio con dos hijos, varón y hembra, aquél, el menor, como de unos ocho años. Injustos e infundados celos llegó a concebir el marido, y tras ellos empezó a molestar a su esposa, que al principio sufrió sumisa el mal trato y después se vio en la necesidad de quejarse a la autoridad, quien arrestó al esposo por dos o tres días, produciendo esta medida el efecto contrario al que se deseaba.

La bola de nieve, como la llama Tamayo, iba creciendo, y colocada en la pendiente, su peso la hacía estrellarse. La citada tarde el inocente hijo del pastelero salió a la calle dando gritos y convulso; la gente acudió, tras ésta, los agentes de la autoridad, y por último el juzgado, viendo todos con asombro el más terrible espectáculo: la dueña de la casa y su hija yacían en el suelo bañadas en su sangre, en tanto que el esposo y padre, autor de tan horrendo crimen, estaba tendido en su cama con dos heridas en las muñecas, con las que en vano había pretendido poner también fin a su existencia. Así, no tardó en confesarse autor de aquella desgracia, que pagó en el día 17 del siguiente muriendo en garrote a las afueras de la puerta de Sevilla, por sentencia que confirmó la Audiencia del territorio.

Varias veces ha existido el oportuno proyecto de unir esta plazuela con la llamada del Picadero del Potro, en la Ribera, y aun en 1861, siendo alcalde el señor don Carlos Ramírez de Arellano, se denunció y empezaron a derribar la posada de la Madera; mas la idea se abandonó, con sentimiento de aquellos vecinos, que hubieran visto con gusto embellecerse tan concurrido barrio.

Creación del Hospital de la Caridad

Muy a principios del siglo XV, al fundarse el hospital de la Caridad, hoy Museo, Biblioteca y Escuela de Bellas Artes, varió la forma de la plaza del Potro, disminuyendo sus dimensiones de un modo considerable. La calle de Armas salía recta por uno de sus ángulos, lo mismo que la de San Francisco, así como la de la Sillería continuaba hacia la de Grageda, formando con la primera una esquina en que había otro mesón.

Fijamos esta opinión en que en el privilegio real concediendo la fundación de aquella benéfica casa se autoriza a la cofradía para edificarla en terreno de la plaza del Potro, calle Real y Sillería, y en una casa que adquirieron del convento de los Mártires. La Sillería no llega más que a la plazuela, luego para tomar terreno de ella era preciso que continuase en el solar ocupado por el edificio.

Existe además en el archivo de la Caridad, que hemos registrado minuciosamente y visto la multitud de documentos curiosos en él guardados, una escritura que se otorgó en 1562 por la cual la cofradía adquirió parte del mesón que había quedado formando rincón en la calle Nueva, hoy de Armas, para labrar en su terreno las enfermerías alta y baja, las cuales son actualmente la Biblioteca provincial y la clase de dibujo natural.

Si fuésemos a escribir minuciosamente cuanto hemos visto acerca del hospital de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, tanto en su archivo como en otros documentos y libros -entre éstos uno de las obras pías de aquel establecimiento, escrito por don Gonzalo de Cáceres y Verlanga, escribano del mismo, en 1734, e impreso en casa de Juan de Ortega y León-, necesitaríamos un tomo, pues tantos son los datos curiosos que allí se encierran. Ya que esto no es posible, consignaremos algunas fechas, por las cuales llevaremos el hilo de su historia.

Fundación de la Hermandad de la Caridad

Hacia el año de 1400 eran tantos los desvalidos que fallecían en la mayor miseria por falta de medios para su asistencia que algunas personas de alta jerarquía se asociaron con la idea de recogerlos y darles los socorros necesarios, mas sin formar hermandad ni reunirse apenas hasta 1443, que ya se juntaron y erigieron aquélla, concibiendo el pensamiento de establecer la hospitalidad. Entonces redactaron bases para ello, y al fin recurrieron a los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, quienes, a la sazón en Córdoba, dieron su real cédula, fecha 30 de julio de 1483, mandando a las justicias de todos sus reinos no consintiesen que persona alguna perturbase a aquellos hermanos o cofrades en las mandas y limosnas hechas en favor de los pobres. Esto dio tan buen resultado que en 1493, con licencia del obispo, pudieron hacer iglesia y colocar en ella altar y campana, lo cual realizado se consiguió que Alejandro VI expidiese a 28 de junio de 1500 una bula concediendo tener sagrario con el Santísimo Sacramento y la extremaunción para los enfermos, el derecho de nombrar y quitar sus capellanes según conviniese a la cofradía, celebrar misa y demás oficios divinos y dar sepultura a los enfermos que allí muriesen, aunque hubiese entredicho en la ciudad, con tal de que en este caso fuese a puerta cerrada y sin estar presente persona alguna comprendida en aquél, con otras muchas prerrogativas, todas dadas también en 22 de mayo de 1534 por el obispo de Zamora don Francisco de Mendoza, como comisario general apostólico de la Santa Cruzada.

Con estos y otros privilegios aún más importantes, algunos extendidos a favor de los pobres encarcelados, a quienes también amparó, siguió la hermandad de la Caridad, siendo el pertenecer a ella una de las distinciones más honrosas que buscaban los cordobeses, puesto que para su ingreso habían de hacer pruebas de nobleza, sin excluir de esta obligación a persona alguna, por elevada que su posición fuese.

En 1509 se edificó la capilla mayor, colocando en ella las armas de don Juan II, que reinaba al fundar la cofradía, así como en 1570 se esculpieron también las de don Carlos I y su madre doña Juana, aprobado después por Felipe II. Todos estos reyes y otros muchos personajes honraron y se honraron con pertenecer a esta hermandad, en cuyos libros constan sus nombres como tales cofrades. Esta circunstancia ha enriquecido mucho el archivo de aquel hospital, toda vez que siendo indispensable la prueba de nobleza existen allí multitud de datos interesantes a las familias, y lo que es más aún, de personas cuyos nombres figuran en la historia de Córdoba.

Todos los cofrades gozaban muchos privilegios, y principalmente el hermano mayor, que llegó a ser uno de los puestos mas honoríficos y codiciados de la ciudad. Era de libre elección por la misma cofradía, y el Ayuntamiento lo respetaba tanto y lo tenía en tal estima que en 3 de noviembre de 1471, ante Fernán Gómez, teniente de Gonzalo Rodríguez de Baeza, escribano del Concejo, le concedió que fuese "franco, libre y quieto, eximido de todo servicio Real y Concejil, que no vaya ni embie por caballero, ballestero, ni lancero, ni por gracia á otro alguno, á ninguno de los servicios de guerra durante el tiempo que fuese hermano mayor, ni que contribuya con caballos ni peones", todo lo cual fue aprobado por otro despacho de 21 de enero de 1481.

Privilegios y prerrogativos

Por aquellos años había en Córdoba multitud de hospitales, de tan escasa importancia y en su mayor parte fundaciones particulares, que, casi abandonados por completo, ni cumplían el objeto de sus fundadores ni eran útiles a la humanidad. Esto dio lugar a una real cédula, fecha 26 de abril de 1526, mandando refundir aquéllos en otros de más categoría, donde sus bienes y rentas serían mejor aprovechados, y entonces se incorporaron varios al de la Caridad, como lo fue uno que estaba en las Tendillas, otro en la puerta de Gallegos, y algunos más que constan en el mencionado archivo.

En el mismo año, reales cédulas de 23 de junio y 31 de agosto de 1534, donó el Emperador al hermano mayor y cofrades de la Caridad, con destino a los pobres, 12.444 maravedises de renta perpetua cada año, de sus penas de cámara y fisco en esta ciudad, los que habían de anteponerse a cualquiera otro pago.

Tantas distinciones mereció esta casa que su hermandad armaba cuestiones con todas las demás corporaciones y aun con las autoridades, venciéndolas en pleitos, pues para todo tenía ya privilegios y prerrogativas. Ella ganó uno a los beneficiados de la parroquia de San Nicolás sobre derechos en entierros y fiestas religiosas, acabando por una concordia en la que se obligaron a hacer a los pobres muertos determinados sufragios. Después sostuvo con igual éxito muchas cuestiones sobre exención del pago de derechos por los efectos de consumo en el hospital, y lo que dio más ruido fue una cuestión de etiqueta con la hermandad de San Bartolomé, del Alcázar Viejo, tan potente como ella, sobre el lugar que habían de ocupar los cofrades de ambas en las procesiones y demás actos públicos a que fueran invitados.

Diose lugar a grandes disgustos y disputas, que pudieron evitarse con la mediación de personas importantes que, perteneciendo a ambas corporaciones, conciliaron los ánimos, y se resolvió que los individuos de aquéllas fuesen interpolados los unos con los otros, sin distinción de hermanos mayores, y presididos por el Tribunal de la Inquisición, puesto que eran los que iban más cerca de éste, toda vezque las demás cofradías y comunidades se colocaban delante. Así, fueron a las procesiones de llevar la Santa Cruz a la Corredera en las vísperas de los autos de fe celebrados el 21 de diciembre de 1625, 21 de diciembre de 1627, 3 de mayo de 1655 y 29 de julio de 1665.

Los estatutos sólo permitían la curación de hombres, de todas clases de enfermedades, excepto las de venéreo y contagiosas, sosteniéndose de doce a catorce camas, y por estar el edificio en un punto tan a propósito, se admitía a los heridos, los que sólo se asistían en los últimos años, creyendo muchos que ése era el objeto principal de aquella casa. Sin embargo de esto, en casos de necesidad ayudaban a otros hospitales, como sucedió en la epidemia de 1601, que daban al de San Lázaro una cantidad mensual; en 1649 remitieron 49 camas completas, y en 1661 entregaron 100 ducados a la Ciudad para alivio de los pobres enfermos.

Obras Pías encomendadas a la hermandad

La buena administración del hospital de la Caridad y el respeto que todos tenían al hermano mayor y seises inspiraba tanta confianza que además de las muchas mandas y bienes que le dejaban, con que llegó a reunir unos 30.000 reales de renta, algunos fundadores de patronatos y obras pías los dejaban por principales patronos de ellas, confiando harían cumplir fielmente sus disposiciones. Como prueba de ello citaremos las siguientes:

1528. Obra pía que fundó el licenciado Alonso Fernández de Paniagua, beneficiado y rector de la parroquia de Santiago, para dotar a doncellas de su linaje, y a falta de éstas a huérfanas pobres de aquel barrio que fuesen a casarse.

1552. Obra pía fundada por Juan Rodríguez Sillero a Isabel de Clavijo, su mujer, para casar huérfanas de su linaje, y a falta de éstas, las que fuesen pobres del barrio de los Santos Nicolás y Eulogio.

1571. Obra pía para el rescate de cristianos cautivos en poder de los moros, fundada por don Alonso Fernández de Córdoba.

1571. Obra pía fundada por el señor don Pedro Muñiz de Godoy, para dote a huérfanas pobres, prefiriendo las del barrio de Santa Marina.

1575. Obra pía que fundó el jurado Francisco Valdelomar, para dote a doncellas de su linaje, y a falta de estas a huérfanas pobres, con la condición de ser cordobesas.

1580. Obra pía de la señora doña Isabel de Figueroa, para socorro de los enfermos y dotes a huérfanas de esta ciudad, prefiriendo las del barrio de San Lorenzo.

1582. Obra pía del jurado Luis de Lara, para el cumplimiento de varios sufragios y una vela ardiendo perpetuamente en el sagrario de San Francisco.

1596. Obra pía de doña Ana Gómez de Verlanga, para la redención de cautivos y dotes a huérfanas de su linaje.

1602. Obra pía del señor Martín Alonso de Montemayor, para socorro de los pobres que salgan convalecientes de aquel hospital.

1605. Obra pía del licenciado Antón García de Pineda, presbítero, cuyas rentas habían de hacerse cinco partes: primera, para el hospital; segunda, para redimir cautivos; tercera, para socorrer niños expósitos; cuarta, para dotes a huérfanas pobres, prefiriendo las naturales de Posadas, y quinta, para ayudar a estudiar en Salamanca a un pobre, prefiriendo en todo a los que fuesen de su linaje.

1609. Obra pía de Juan López Pulido para sostenimiento de algunas camas en el hospital, y con el sobrante dotar a huérfanas de las líneas que él mismo señaló.

1613. Obra pía de Jerónimo Montenegro, presbítero, para dotes y limosnas a huérfanas y pobres de su linaje.

1627. Obra pía que fundó el jurado Juan de Lucena para dotes de doncellas huérfanas del barrio del Salvador.

1643. Obra pía de Juan Muñoz de Baena, para el cumplimiento de ciertos sufragios por su alma.

1651. Obra pía de don Antonio Gutiérrez de Torreblanca para socorro de los enfermos convalecientes de este hospital.

De todas las expresadas dotes sólo se dan las de Juan López Pulido, graduadas en 702 reales cada año.

Refundición en el Hospital del Cardenal Salazar

El hospital de la Caridad siguió su honrosa misión, asistiendo principalmente a los heridos, por cuya razón, en 1836, cuando la invasión de Gómez, recogieron y murió en él, en cuyo cementerio lo enterraron, el brigadier Villalobos, que recibió un balazo en la Carrera del Puente.

En 1837 se mandó reunir algunos hospitales, y aquella hermandad, antes tan poderosa, se dejó disolver sin la menor resistencia, suprimiéndose el hospital y agregando sus rentas para acrecentar las del fundado por el cardenal Salazar, hoy Provincial de Agudos, entonces bajo el patronato del Cabildo eclesiástico, el que siguió a su cuidado hasta 1842, que pasó su administración a la Junta Municipal de Beneficencia, la que estableció sus oficinas en la Caridad, permaneciendo allí hasta 1851, que declarada la beneficencia provincial en virtud de la ley de 1849 se suprimieron.

En otra ocasión volvieron a un departamento del edificio que vamos describiendo, el cual continuó, unas veces arrendado y otras convertido en casa de vecinos, hasta 1865, que establecieron en él la Biblioteca y Museo, a los que agregaron después la Escuela de Bellas Artes.

La iglesia del Hospital

El salón principal, donde están los mejores cuadros, era la iglesia, cuya figura conserva. Tenía tres altares de buena forma. En el principal, al que se subía por unas gradas que hoy sirven en el presbiterio de la casa central de Expósitos, estaba el Santo Cristo de la Caridad, escultura de algún mérito venerada hoy en San Francisco, donde ya estuvo en otra ocasión, pues buscándole su origen, por si averiguábamos el autor, encontramos en el archivo una escritura fecha 26 de abril de 1614 por la cual Juan Draper, de Valencia, mercader en el barrio de la Catedral, declara que debiéndole la hermandad de San Bernardino del convento de San Francisco 1.500 reales, le adjudicaron en pago aquella imagen, la que donaba al hospital de la Caridad con la condición de que todos los años se aplicasen dos misas por su eterno descanso. A los lados había dos bonitos lienzos de Antonio del Castillo, con San Pedro y San Pablo, que hoy están en el Museo.

En los otros altares estaban una Virgen y San Onofre. En los retablos había unas tablitas muy lindas, como se ve en uno de ellos, que está en el oratorio particular de las hermanas de la casa Hospicio.

Delante de la puerta de esta iglesia había un pórtico con dos arcos cerrados por verjas de madera, y el cual se tapió por haberse convertido en un asqueroso muladar.

Lo demás del edificio poco llama la atención, aparte de algunos capiteles de distintos órdenes y un bonito artesonado en la escalera. En varias épocas ha servido de hospital provisional de coléricos. Detrás tiene un extenso corral, donde tenían abierto el carnero o fosa para dar sepultura a los enfermos que allí fallecían, así como en la iglesia estaba el enterramiento de los cofrades, en la actualidad relleno de granzas.

La Biblioteca Provincial

La Biblioteca provincial, establecida en la exenfermería alta, constará de unos 11.000 volúmenes, en los que hay muchas obras incompletas, otras repetidas y algo moderno adquirido con la asignación que para ello tiene, y que desde 1868 no se ha cobrado con la regularidad necesaria. La sirven un bibliotecario, un ayudante y un ordenanza.

Cuando la exclaustración de los frailes se mandaron reunir sus librerías para formar las bibliotecas provinciales y, cuánto no sería lo que se tiró y vendió por papel viejo, que a pesar de contar cada convento por término medio con más de 3.000 volúmenes -que harían un total de más de 140.000- cabe todo lo recogido en la estantería del de San Pablo, y aun ésta no completa. Esto prueba claramente el abandono con que se miró un asunto de tan grande y trascendental importancia. Y tan no es exagerado lo dicho, que la biblioteca que hay en el Palacio Episcopal es sólo, y aun incompleta, la de los Jesuítas, y tiene unos 12.000 volúmenes.


Creación de la Escuela de Bellas Artes

La Escuela de Bellas Artes de Córdoba se fundó en virtud de acuerdo de la Diputación Provincial, de la que era vicepresidente don Rafael J. de Lara y Pineda, cuya corporación, penetrada de la urgente necesidad de facilitar los medios conducentes a hallar el renacimiento de las artes del buen gusto, por tanto decaídas, a la altura que el buen nombre y la importancia cada vez más creciente de esta ciudad reclamaban, no sólo en sus manifestaciones respectivas a las artes bellas, sino en sus infinitas aplicaciones a las artes mecánicas e industriales, concibió este patriótico proyecto y pidió al Gobierno superior la autorización competente, siéndole concedida con plenas facultades para establecer este instructivo centro, formar el plan de sus estudios y el de un reglamento especial que los rigiese, por real orden de 20 de febrero de 1866.

Dieron principio sus enseñanzas el primero de octubre del mismo año, reducidas por entonces al dibujo elemental de figura, comprendiendo las cuatro secciones en que éste se divide, hasta cuerpos, nociones anatómicas pictóricas para los alumnos que ya poseyesen conocimientos y práctica del dibujo del cuerpo humano, elementos de dibujo lineal y de adorno, y aritmética y geometría necesario al mismo, siendo nombrados respectivamente para el desempeño de estas cátedras los señores don Rafael Romero, con el cargo de secretario; don Narciso Sentenach; don José Saló, con el de director, y don Francisco Ceinos con el de contador. Y en 17 de diciembre del año referido, por ser excesivo el número de alumnos que se dedicaban al dibujo de figura, desempeñado por el profesor secretario arriba citado, se le nombró de ayudante a don Julio Degayón, por la corporación provincial, a instancia de la junta de profesores.

La matrícula general en este primer curso llegó a 135, dando un satisfactorio resultado en los exámenes de fin de año, obteniendo premios y honrosas calificaciones un respetable número de alumnos.

La Diputación Provincial, en vista del fructuoso resultado ya obtenido -confirmado por los trabajos expuestos al juicio público anualmente-, y de la necesidad de ir ampliando la enseñanza con cátedras superiores que gradualmente reclamaban el progresivo adelanto de los alumnos, fue aumentando sucesivamente a propuesta de los profesores, en la sección de Bellas Artes, la cátedra del antiguo, la del natural (modelo vivo), la de colorido y la de estética e historia del arte. En la de dibujo aplicado amplió hasta los estudios superiores las cátedras de dibujo lineal y la de adorno, y creó la de construcción, comprendiendo a más de los estudios de estereotomía, ensambladuras y cortes de piedras y maderas para los albañiles y carpinteros, y en la actualidad está propuesto por la junta de profesores al cuerpo provincial la creación de la cátedra de aparejadores, como complemento a esta sección y que producirá un inmenso beneficio a estas clases trabajadoras, que refluirá ventajosamente en la población.

Auge de las Enseñanzas Artísticas y profesorado

La matrícula desde la creación de la Escuela ha ido aumentando sucesivamente cada año académico, hasta el punto de inscribirse 370 alumnos en la actualidad, número mayor que el reducido local que hoy ocupa puede contener, quedando, no obstante, innumerables aspirantes sin poder obtener ingreso por falta de espacio, circunstancia verdaderamente lamentable, que al par que prueba la cultura a que ha llegado este útil establecimiento evidencia la perentoria e improrrogable necesidad de que la Diputación Provincial, su infatigable protectora, haga todos los esfuerzos posibles por trasladarla a otro local donde reciban la instrucción artística necesaria todos los que la deseen, y tenga las condiciones de comodidad y buen aspecto que requiere para un instituto de esa índole una ciudad civilizada.

Actualmente cuenta la Escuela los profesores siguientes: don Rafael Romero, catedrático secretario desde su fundación, nombrado director por la Diputación Provincial el 14 de octubre de 1870 (en virtud de la renuncia de dicho cargo por don José Saló), como recompensa a sus servicios y antigüedad, y a petición unánime de la junta de profesores, el cual tiene a su cargo las clases superiores del antiguo y natural, y la de colorido, de creación reciente, desempeñada por su voluntad gratuitamente; don Julio Degayón, don José Muñoz Contreras y don José García Córdoba, que dirigen respectivamente las cuatro secciones de la enseñanza elemental del dibujo de figura y la cátedra de adorno; don Rafael de Luque y Lubián, la de construcción; don José María Montis, la de dibujo lineal superior y geometría aplicada; don Antonio Escamilla, la enseñanza elemental del mismo y aritmética; don Manuel Ballesteros, la cátedra de estética e historia del arte, y los señores don Juan de la Puente y don Manuel Castiñeira, que desempeñan respectivamente el primero la sección de agricultura y el segundo la cátedra de economía mercantil y partida doble, anexionadas a la Escuela.

El sucesivo aumento de la matrícula y el crecido número de aspirantes que no pueden obtener ingreso, las notas y premios obtenidos por los escolares en los exámenes generales, de cuyos pormenores se dirigen anualmente los respectivos estados a la Diputación, prueban el creciente desarrollo de este centro artístico, que registra una estadística tan honrosa y brillante como pocos establecimientos de su índole pueden presentar.

Los beneficios que, tanto a las artes como a la juventud estudiosa, reporta la existencia de esta Escuela se ve de un modo palpable en las exposiciones y certámenes que se han celebrado desde que en 1868 realizó una de aquéllas el Casino Industrial, en la que ya se presentaron cuadros muy lindos de alumnos de este establecimiento. Igual resultado hemos visto en las del Círculo de la Amistad, en la distribución de premios ante la Diputación Provincial y, por último, en los certámenes en que esta corporación ha ofrecido premios a los mejores cuadros que representasen asuntos de la historia de Córdoba o de sus hijos. Juzgadas como de alumnos y no de profesores hemos contemplado obras que demuestran un concienzudo estudio, no sólo del asunto, forma y modo de presentarlo, sino del colorido que tanto contribuye al mérito de un cuadro.

Esto ha contribuido también a dar a conocer muchos hechos ignorados por la generalidad. Las artes hermanan con la historia, y, como ella, y de un modo más provechoso si se quiere, por hablar a todas las inteligencias más o menos cultivadas, elevan a la inmortalidad hechos y nombres que sin su salvador influjo quedarían para siempre sepultados en el olvido. Por éstas y otras muy atendibles razones debe protegerse este útil establecimiento, si bien concretándolo a su verdadero objeto, al que debe dedicarse todo el cuidado de sus profesores y de la parte inspectora, a fin de que siga dando el fruto que hasta ahora han recogido los alumnos con la acertada dirección del pintor y literato don Rafael Romero y Barros y demás profesores, que a los suyos unen su laboriosidad y celo en pro de la enseñanza.

Mucho pudiéramos extendernos en este asunto, mas nos lo veda la índole de esta obra, y por eso pasaremos a reseñar lo más notable que encierra este edificio.

Los fondos del Museo de Pintura

El Museo de pintura se trasladó al local que hoy ocupa a fines del año de 1862, siendo director don Ramón Aguilar Fernández de Córdoba y conservador don Rafael Romero, que lo es en la actualidad, nombrado por la Dirección General de Instrucción Pública el 30 de mayo de 1862. Los cuadros que contiene, sin contar los que se recogieron de los conventos suprimidos por la comisión nombrada por la Junta revolucionaria en el año de 1868, que se dirá en otro lugar, son próximamente 289, en su mayor parte de autores cordobeses.

Hay uno de gran mérito y dimensiones, figuras de tamaño natural, de José Ribera, El Españoleto que representa a la Virgen, San José y el Niño Dios descansando en su viaje a Egipto, ejecutado con la manera franca y el color brillante y pastoso que distinguen a tan gran maestro. La Virgen está sentada alimentando al Niño a sus pechos; en el suelo, a su lado, se ve la albarda o silla de la cabalgadura, cuya cabeza se descubre a su espalda, paciendo tranquilamente. San José ha extendido su capa entre los troncos de dos árboles, como para resguardarla del viento que parece mover sus hojas, y él, recostado en uno y las manos cruzadas, contempla sonriente aquel grupo encantador, sobre el que dos ángeles arrojan flores desde los aires.

Otro cuadro existe, de regulares proporciones, de autor desconocido, aunque algunos le atribuyen al mismo, que representa a la Virgen con el Niño Dios recién nacido en sus brazos, al que han venido los pastores a adorar, de un color excelente. Del Niño parte la luz que baña el grupo, formando un foco deslumbrante cuyos destellos hieren atrevida y circularmente las figuras que lo rodean, dejando degradadas y en dudosa penumbra algunas bien ejecutadas cabezas que aparecen en segundo y tercer término sobre un oscuro y transparente fondo, formando en su conjunto tan extraordinario efecto de claroscuro que hace recordar los sorprendentes y vigorosos contrastes de Rembrandt.

Dos lienzos, sentados en tabla, de regulares dimensiones, que representa el uno a la Virgen, sentada en un trono, con el Niño Dios en los brazos, de la escuela alemana del siglo XV, adornada de ricos estofados sobre fondo de oro en ropas y muebles, de extraordinario mérito e importancia para la historia del arte; el otro a San Nicolás de Bari, con primorosas labores y estofados sobre oro en el fondo y en los paños, de la misma época y de no menor importancia, aunque no en buen estado, el cual se atribuye al pintor cordobés del siglo XV Pedro de Córdoba, del que se conserva un magnífico cuadro en la Catedral.

Hay varios cuadros de Antonio del Castillo, pintor excelente y reputado como jefe de la escuela cordobesa, entre ellos uno de colosales dimensiones que perteneció al convento de San Pablo y representa a San Fernando consagrando al expresado apóstol el convento y colegio de este nombre, en el cual sobresale la figura del mismo, por su brillante color y toques magistrales. Otros dos, con las figuras tamaño mayor que el natural, que representan respectivamente a Santo Domingo y a San Francisco de Asís, en los que, por la grandiosidad de sus formas y su franca y correcta manera, se recuerda a Zurbarán.

Otros de igual mérito, como una Santa Inés y Santa Catalina, San Ildefonso recibiendo la casulla de manos de la Virgen, y un San Pedro y un San Pablo, ambos de medio cuerpo, mayor que el natural; un San Pedro y un San Pablo, de cuerpo entero, tamaño mitad del natural; un Jesús Nazareno pequeño; un San Pablo, de cuerpo entero, tamaño natural, en todos los que se descubren sus relevantes prendas como pintor y dibujante.

Un cuadro de regulares dimensiones, figura menor que el natural, de Zambrano, de un gran color, esmerada y libre ejecución, que representa a David con la cabeza de Goliat. Dos ídem, de Atanasio Bocanegra, pintor granadino, con un Crucifijo tamaño natural y la Degollación de los Inocentes, de dimensión menor que el natural las figuras, algún tanto descuidado de dibujo aunque de un gran color. Una Adoración de los Reyes, firmada, de las primeras obras de Palomino; dos cabezas, la del Señor y la de la Virgen, de buen color y brillante entonación.

De don Antonio Palomino hay varias copias de don Antonio del Castillo, ya citado, como es un San Jerónimo en oración, cuerpo entero, tamaño natural, y una Adoración de los Reyes, cuyo original, pintado por el referido Castillo, existe en la iglesia de la Fuensanta.

Una Adoración de los pastores, de Andrés Ruiz de Sarabia, de sumo interés histórico, de color brillante, luz fuertemente acentuada y de esa sequedad y rigidez de contornos y carencia de perspectiva aérea que caracteriza las obras de los pintores españoles del siglo XVI.

Un cuadro de grandes dimensiones, adquirido desgraciadamente ya muy maltratado, lleno de repintes y deslavazado, firmado por José Sarabia, excelente pintor cordobés, hijo del anterior, que representa a San Francisco de Asís con otros religiosos, figuras tamaño del natural, en las cuales se descubre aún el mérito de su autor.

Hay varios cuadros del pintor cordobés del siglo XVII Racionero de la Catedral, el cual siguió en sus obras el estilo y maneras de Bartolomé Esteban Murillo con notable acierto, entre ellos un Jesús atado a la columna, de cuerpo entero, tamaño natural; un San Juan con el cordero, fondo de paisaje; un Ángel de la Guarda con el Niño Dios de la mano, y otras muchas, que demuestran llegó a inspirarse con acierto en aquel pastoso color, fluidez y vaguedad de contornos que tanto distinguen al eminente maestro a quien se propuso imitar.

Otro cuadro, que se atribuye a Pedro de Orrente, pintor español del siglo XVI y principios del XVII, que representa a Jesucristo crucificado entre el bueno y mal ladrón, y un hijo de Judea, ciego, montado en un caballo blanco que conduce un lazarillo; trata de clavar su pica en el costado del Señor, cuya escena contemplan con dolor profundo la Virgen, la Magdalena y San Juan, mientras en primer término unos soldados juegan la túnica del glorioso Redentor.

Otro lienzo, firmado de Lucas Valdés, hijo de don Juan Valdés Leal, aunque inferior en mérito a éste, que representa a Santiago a caballo batallando con los sarracenos, que, aparte de algunas incorrecciones de dibujo, ofrece en su conjunto una composición bien sentida y revela el especial carácter de la escuela sevillana.

Varios cuadros existen del pintor cordobés de principios del siglo XVIII don José de Cobos, entre ellos un nacimiento de San Pedro Nolasco, que aunque perdidos los jugos del color por haber estado mucho tiempo en el convento de la Merced, de donde procede, a la intemperie, y haber en sus tonos gran abuso de los blancos, es muy notable por la expresión de sus figuras.

Otro cuadro pequeño, que representa un Ecce Homo de medio cuerpo, atribuido con acierto a don Pedro Núñez Villavicencio, pintor sevillano y famoso discípulo de Murillo, en cuyo cuadro revela el notable acierto con que imitó a su maestro.

Existe un cuadro que se supone ser del religioso lego de los Carmelitas fray Juan de la Miseria, llamado en el siglo XVII, en el que floreció, Juan Nerduch, de origen napolitano, que representa a Jesucristo en la cruz, la Virgen, la Magdalena y otras santas mujeres, en el cual se observa un color y entonación no del todo agradables, pero que sobresale por la delicada corrección de sus líneas y por el severo purismo de los pliegues de sus paños.

Otro del pintor cordobés de últimos del siglo XVIII y principios del XIX don Antonio Monroy, discípulo de Maella, que representa a San Diego de Alcalá, que aunque de fría entonación, no carece de importancia por marcar el estado del arte en esa época.

Un cuadro que algunos suponen de Van Dyck, que representa un Descendimiento, de una brillantez de color admirable, correcto dibujo y grandiosas formas. Y una cabana excelente, adquirida recientemente por la Comisión de Monumentos, de Bazán.

Y otros innumerables cuadros en lienzo y tabla; de éstas, muchas del siglo XVI, que son de sumo interés en un museo, porque aunque ejecutadas de la inexperta manera propia de la mayoría de los pintores de aquel siglo, ponen de manifiesto la ascendente marcha que hacia la perfección ha seguido el arte pictórico desde los primeros esbozos de su renacimiento a nuestros días. Y de aquéllos, infinitas copias de autores notables, que aunque sin la importancia de sus originales, enseñan la manera y estilo de aquellos maestros, y otros muchos ejecutados por pintores cordobeses que, aunque de escaso mérito, significan la decadencia del arte en aquella época.

De los cuadros procedentes de los suprimidos conventos en el año 1868 existen como obras notables: un Apostolado, aunque en mal estado de conservación, de un mérito extraordinario, que por su color brillante y pastoso, su franca manera de hacer y grandiosidad de líneas parece del pintor cordobés del siglo XVII ya citado Juan Luis Zambrano, discípulo de Pablo de Céspedes.

Un San Elías, tamaño natural, de cuerpo entero, cuadro magnífico en buen estado de conservación, que parece por su manera y estilo de Valdés (don Juan), y un San Jerónimo, compañero, de no menor mérito, pero que parece diferir en la manera y estilo en la que se asemeja a Zurbarán.

Un cuadro que representa a los mártires Acisclo y Victoria de cuerpo entero, tamaño mitad que el natural, firmado por Peñalosa, pintor cordobés notable, discípulo de Pablo de Céspedes, que imitó con éxito el grandioso estilo de tan gran maestro.

Una copia de Daniel Volterre que representa un Descendimiento con figuras de dimensiones académicas, que algunos suponen original del mismo.

Un cuadro en lienzo que representa a San José, de cuerpo entero, con el Niño Dios en los brazos, de dimensión menor que el natural, firmado por José de Cobos, que es una de las mejores obras de este autor.

Otro lienzo, desgraciadamente adquirido en muy mal estado de conservación, cuyos frescores y masas oscuras están idas y las claras alteradas por la humedad del sitio donde por muchos años estuvo colocado, pero que se espera fundadamente hacerlas recobrar mediante una delicada operación, y que representa a San Jerónimo en oración, de medio cuerpo, tamaño algo mayor que el natural, firmado a la espalda por Jacinto Brandí, pintor italiano discípulo de los Carracci y Lanfranco, de un dibujo correctísimo y de una grandiosidad en las formas que recuerdan a Miguel Ángel.

Y algunos otros lienzos de menor mérito pero de no escaso interés, ya por su color, dibujo, maneras o algunos accidentes de indisputable mérito, y varias tablas de los siglos XV y XVI, de interés histórico para el estudio del arte.

El número de cuadros a que próximamente asciende los que posee el Museo con la adquisición de los que proceden de los conventos suprimidos últimamente es el de 430.


El Museo Arqueológico y sus fondos

Pasemos al Museo Arqueológico. Existe en éste un considerable número de objetos que, ya procedentes de excavaciones, donativos y algunos, aunque muy pocos, adquiridos por la Comisión de Monumentos, pudieron constituir, si estuvieran reunidos y expuestos en un local amplio y digno en debida forma y con las necesarias condiciones, un museo de los más ricos e importantes; y protegido por las regiones oficiales, constantemente enriquecido con nuevas adquisiciones, que con seguridad se obtendrían a favor de frecuentes y facultativas exploraciones practicadas en terrenos y sitios determinados de Córdoba y su provincia, que ofrecen percepceptiblemente a la vista menos perspicaz signos bien marcados y característicos que hacen suponer fundadamente guarden sepultados no sólo curiosos e importantes vestigios del grado de civilización que alcanzaran las sucesivas razas que invadieron la Península, sino que recientes descubrimientos habidos en ella, como el efectuado en las minas del Cerro Muriano y otros que no recordamos, han venido a demostrar con el hallazgo de utensilios y objetos silíceos aplicables a la vida del hombre, pertenecientes a ese oscuro periodo anterior a la época legendaria, que hoy tanto se trata de esclarecer, no siendo estériles tales exploraciones, que además de la utilidad inmensa que reportaran nos elevaría a una altura mayor en ese ramo de la en que ahora nos considera el mundo artístico civilizado.

Los objetos más notables que se conservan en este museo son los siguientes:

La campana del Abad Sansón, reputada por la más antigua de toda la cristiandad, de 0,21 metros de alto y 0,13 de diámetro, leyéndose en su circunferencia la siguiente inscripción latina, abierta en buril: Offert hoc numus Samson Abbatis in domun Sancti Sebestiani Martiris Christi, era DCCCCXIII. (Año 875).

Un ciervo de bronce, escultura árabe, con grabados figurando la piel, que fue hallado en una excavación en Córdoba la Vieja y se cree perteneció a alguna de las fuentes de la casa de recreo que Abderramán III labró allí, y posteriormente ha estado colocado en una fuente del convento de San Jerónimo, en la sierra.

Un brocal de pozo, árabe bizantino, de 0,80 metros próximamente de altura, de notable mérito, de forma octógona, esmaltado de un precioso verde esmeralda. Rodean exterior y horizontalmente sus caras u ochavas cuatro zonas, de las que la inferior y superior están formadas de graciosos arcos angrelados ornamentales, y la mayor, que ocupa el centro, exornada de delicadas labores relevadas, con complicadas y artificiosas combinaciones geométricas, a la que limita una greca de rombos determinados por rectas cruzadas en dirección diagonal.

Un antepecho árabe de mármol blanco calado, de primorosa ornamentación geométrica, formado de ingeniosos entrelazados, que mide próximamente 1,50 metros de largo por 0,80 de ancho.

Una lápida sepulcral árabe, de 0,80 metros de altura, 0,12 metros de grueso y 0,27 de latitud, cuyos cuatro lados están profusamente adornados con inscripciones de caracteres cúficos; en la anterior y principal aparece inscrito un arco de lóbulos figurado, cuyo vano y enjutas ocupan dichas inscripciones, el cual está sostenido por dos esbeltas columnillas, y a su alrededor, en forma de arrabá, una faja de los mismos caracteres recorre paralelamente los cuatro lados del rectángulo, el que está terminado en su parte superior por una ligera cornisa de almenas dentadas; la posterior está labrada hasta su mitad, y el arco es apainalado, descansando sobre dos columnas de forma igual a los del anterior.

Otra lápida árabe, mitad en dimensión a la anterior, de igual forma y con la misma clase de inscripción, la cual perteneció al sepulcro de un hagib. Relevados en su centro hay dos arcos ojivales túmidos ornamentales que descansan sobre delgadas columnillas, cuyos vanos y enjutas figuradas ocupa la inscripción referida, y ésta terminada por una ligera orla de los mismos caracteres paralela a los cuatro lados del rectángulo.

Una pila de mármol blanco, de las que los árabes usaban para hacer sus abluciones antes de entrar en el templo, con una inscripción a su alrededor.

Dos regulares trozos de un primoroso alízer de alicatado de artificiosos cortes y enlaces geométricos, procedentes de la Catedral.

Un fragmento de regular dimensión del artesonado de la Mezquita, con una parte de viga, de madera de alerce, que aún conserva entre sus entalles ligeras huellas de los colores primitivos de que estuvo adornado.

Varios curiosísimos fragmentos de la preciosa arquería (que ya ha desaparecido) de la casa llamada del Conde del Águila, que estuvo situada en la plaza de Antón Cabrera, que determina esa importante época del arte árabe denominada estilo mudéjar; entre ellos se conserva una parte del gran arco de lóbulos que formaba el centro de los cuatro arcos semicirculares que la componían, y varios trozos y recuadros de dicha arquería y del magnífico arrabá que lo decoraba. Sus adornos son de delicada labor mosaica, trabajados con gubia sobre tableros de yeso reforzados en su parte posterior con una gruesa y fuerte argamasa parecida al ladrillo, aunque muy superior a éste en consistencia, y en cuya prolija y elegante ornamentación de primorosa tracería de estrellas, vástagos y rosetones, relevada sobre fondo de ataurique, alternan repetidos caracteres africanos.

Una numerosa colección de azulejos, de mosaico y de relieve, de diversas épocas. Capiteles de calados adornos y varios trozos de pavimentos de mosaicos de menudas piezas.

Una magnífica estatua romana, de mármol blanco, tamaño natural, mutilada, sin cabeza ni brazos, que representa una Minerva de bellas líneas y proporciones y delicados paños, que fue encontrada al abrir un cimiento en una casa del Campo de la Merced.

Un busto de mármol blanco, de extraordinario mérito, tamaño natural, que parece ser un retrato de algún notable caudillo o cónsul romano, regalada al museo por la Academia general de Ciencias y Nobles Artes.

Una cabeza, de ejecución excelente, de mármol blanco, tamaño natural, calificada como retrato de Cayo-Calígula.

Dos ángeles de piedra, mitad tamaño natural, escultura del siglo XV muy importante para el estudio del grado que alcanzó en esa interesante época del arte, procedente de la capilla de Rivagorza.

Una Virgen, sentada, de cuerpo entero, tamaño natural, escultura del siglo XVI ejecutada con manera franca y a grandes rasgos, procedente del extinguido convento de la Victoria, extramuros de esta ciudad.

Una curiosa escultura, de 0,30 metros próximamente, de mármol blanco, que representa una matrona romana reclinada sobre el lecho, que en sus torpes líneas e incorrecta manera determina pertenecer a la decadente época del arte en el imperio romano.

Otras varias cabezas, también romanas e importantes, algo mutiladas, pertenecientes a diversos periodos de la misma época.

Una curiosa lápida sepulcral de piedra negra, de 1,35 metros de largo por 0,35 de ancho, en la que se lee la siguiente inscripción latina, grabada en la misma piedra, y en cuyo hueco se ven vestigios de haber tenido embutidas letras de bronce: Marcus Fluvius et Carus Pontuficiencis, Medicus ocu lasius, sibi et suis fecit.

Un busto de mármol blanco, mitad tamaño natural, escultura romana de mérito que representa un sátiro.

Varias lápidas con inscripciones romanas importantes. Un molino de mano, de curiosa estructura. Varias ánforas de gallardas formas. Tégulas de diversos tamaños, pertenecientes a distintas épocas, atanores de barro cocido y de plomo, de rara estructura.

Innumerables objetos y utensilios de cerámica, de variadas formas y delicados contornos, pertenecientes a las dominaciones fenicia, cartaginense, romana y árabe. Utensilios y armas procedentes de otros diversos periodos históricos y algunos anteriores a la época legendaria.

Y monedas y multitud de objetos de dimensiones pequeñas, aunque en gran manera importantes para el estudio del grado de cultura o decadencia que alcanzaron las artes en las pasadas edades.


La Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Artes

En otro departamento del patio de la Caridad, donde su cofradía tuvo la sala de cabildos o sesiones, se encuentran establecidas la Sociedad Económica y la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, de la que tenemos los siguientes datos:

Desempeñando el Gobierno Civil de la provincia el señor don Manuel Ruiz Higuero, y establecido el Museo y Biblioteca de la misma, con más independencia, en el edificio del suprimido hospital de la Caridad,la Diputación realizó algunas obras para habilitarlo en su nuevo destino, y se concedió en él localidad para la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, y para la Sociedad Económica.

Disuelta o extinguida la última en 1823, de hecho, perdió la casa colegio de Educandas de su propiedad, que se incorporó al caudal del colegio de la Asunción. Restableciose la Academia y Sociedad Económica por el gobernador don Ángel Iznardi en 1841, y se la albergó provisionalmente en el colegio de Santa Victoria, y con posterioridad en un salón de las Escuelas Pías, desde donde pasó a este mismo edificio de la Biblioteca y del Museo.

Para la historia de la Academia existen impresas las Actas abreviadas, escritas por su propio fundador don Manuel María de Arjona, y algunos resúmenes de sus tareas, 1846 y 1873, respectivas a esta segunda época, si bien no en serie completa y continuada, formados por su actual secretario don Francisco de Borja Pavón.

Nació la Academia en 11 de noviembre de 1810, como sección literaria de la antigua Sociedad Patriótica de Amigos del País, y diole ser e impulso la iniciativa del ilustre literato don Manuel María de Arjona, canónigo penitenciario de la Santa Iglesia Catedral de esta ciudad. Él mismo presentó muchos trabajos en la corporación, y asoció a ella a los sujetos más aficionados a las ciencias y a las letras. Algunos de estos trabajos se han impreso por sus autores, aunque no en colección por la misma Academia.

En su primera época y hasta 1823 tomaron parte en sus sesiones, además del mencionado fundador, numerosos individuos, entre quienes recordamos a don José María Moreno, don Rafael Benítez, don Mariano de Fuentes, don Ángel de Saavedra, don Rafael Entrena, don José Meléndez, don Cayetano Lanuza, don José Presas, don Miguel Albear, don Joaquín Muñoz Capilla y su hermano el maestro augustiniano don Rafael de Mancha, don Juan López Ochoa, don José Luis de los Heros, don Juan María de Gracia y otros.

En su segunda época se han distinguido, o concurrido con sus producciones o con su asistencia y medios, don Ramón de Aguilar, presidente o director por muchos años; su restaurador don Ángel Iznardi, don Mariano Esquivel, don Fernando Amor, don Manuel de la Corte y Ruano, don Domingo del Monte, don Rafael González Navarro, don Antonio Matute, don Rafael de Vida, don Carlos Ramírez de Arellano, director muchos años, don Luis María Ramírez de las Casas-Deza, y otros varios entre corresponsales y residentes, excluyendo de esta mención a muchos muy laboriosos y que hoy viven. Algunas celebridades extranjeras y nacionales han agregado a la corporación el honor de sus nombres.

Posee una modesta biblioteca, un decente mobiliario, algunos retratos de cordobeses ilustres, obras de académicos, y diez tomos de producciones de los mismos, con muchas obras que no se han reunido y pueden coleccionarse para formar otros volúmenes.

Calle de la Sillería

Frente a la Caridad hay una calle, travesía entre la plazuela del Potro y la calle de San Fernando, que ha por nombre la Sillería; con él la encontramos desde el siglo XIV, pues, como llevamos dicho, se hace mención de ella en la licencia para la edificación del hospital.

Llámase así por ser el punto en que habitaban los fabricantes de sillas, que como todos los gremios tenían sus puntos determinados. En una de sus fachadas hubo hasta 1841 una escultura de San Rafael, y en la esquina mirando a la fuente, una gran Concepción en lienzo, obra de Antonio del Castillo.


El erudito Don Ramón de Aguilar

En la casa número 1 murió el erudito señor don Ramón de Aguilar, con cuya amistad nos honrábamos. Rindámosle un justo tributo, dando a conocer los siguientes datos biográficos que nos ha suministrado nuestro amigo el señor don Francisco de Borja Pavón.

Don Ramón Aguilar Fernández de Córdoba, hijo segundo del marqués de la Vega de Armijo, padre del actual poseedor de este título, nació en esta ciudad en 1787 y fue bautizado en la parroquia de San Pedro. Murió en 17 de diciembre de 1862. Discípulo en latinidad de don Juan Monroy, continuó perfeccionando su educación literaria y moral, aun en su niñez, con el docto religioso agustino padre Muñoz Capilla, y después en Sevilla bajo la tutela de don Alberto Lista, en cuya intimidad participó del trato literario de don Félix J. Reinoso y otros ilustres académicos sevillanos.

Continuó su carrera de Jurisprudencia y obtuvo el grado de doctor en Salamanca, y en la misma ciudad desempeñó el cargo de rector del colegio mayor de San Bartolomé. En el trienio de 1820 a 1823, adicto al sistema constitucional, sirvió una plaza de oficial en uno de los ministerios, creemos que en el de la Gobernación, y mereció el particular aprecio de algunos de sus jefes e individuos del gabinete, como los señores Feliú y Argüelles. Algo colaboró por entonces en el periódico titulado El Universal. Impurificado al sobrevenir la reacción, volvió a Córdoba por los años 26 ó 27, y apenas salió de ella posteriormente.

Elector para procuradores a las Cortes del Estatuto, concejal, a veces, celoso, e individuo de otras corporaciones administrativas, como las juntas de Sanidad, Beneficencia y Comisión artística. En ésta, que pasó a ser luego de Monumentos, fue el vocal más activo e influyente. Director de la Sociedad Económica y de la Academia por más de veinte años, presentó en ésta muchos trabajos literarios, mereciéndonos particular recuerdo su estudio de Rodrigo de Narváez. Contribuyó muy especialmente a conservar y reunir, luchando con difíciles circunstancias, los elementos de la Biblioteca y Museo de la provincia, siendo del último director, y logrando su establecimiento mediante el valimiento y aprecio que alcanzó de algunos gobernadores. En su rectitud severa fue adversario constante de toda detentación y manejo impuro, y en las discusiones, por tanto, ganó fama de inflexible y embarazoso.

A pesar de su derivación y entronques con los Córdobas, Mesías de la Cerda y Narváez, y de haber sido investido desde su niñez con el hábito de San Juan, como caballero de justicia, amó la llaneza y la oscuridad y el trato con sus libros y amigos, en el que solía ser agudo y epigramático. Desdeñó ostentaciones vanas, y escribiendo para sí más que para la publicidad -pues que de sus trabajos quedan varias memorias y poesías-, ni se rehusó al servicio de su país ni por él quiso hacer fortuna ni figura, contento con su posición y habitualmente retraído, especialmente en sus últimos años, de todo lo que no fuesen las letras y las artes.

También tuvo su morada en la calle de la Sillería otro hijo de Córdoba que murió en 4 de mayo de 1854, habiendo nacido en 20 de enero de 1812, pero cuyo talento extraordinario no dio los resultados que se esperaban por haber caído en una horrible enajenación mental antes de cumplir los veinte años, edad en que ya había tomado el grado de bachiller en Sevilla a claustro pleno con admiración de sus examinadores y de cuantos presenciaban tan brillantes actos. Éste era don Francisco González Vega, de quien, ya demente, se cuentan muchas anécdotas que revelan su privilegiada inteligencia y vastos conocimientos, siendo ciertamente lamentable no se conserven algunos trabajos científicos y literarios que había escrito, elocuentes anuncios de lo que aquella privilegiada imaginación había de producir.


La calle de San Francisco, antigua toquería

Otra pequeña travesía sin nombre da comunicación de la plazuela del Potro a la calle de San Francisco. En la única casa allí existente se estableció por vez primera en Córdoba la Administración de Loterías, año 1764, a cargo de don Asencio de Pineda y Valenzuela.

La calle de San Francisco enlaza en ángulo con la de Armas y termina en la de San Fernando, y es en su mayor parte como las dos anteriores, formada después de la conquista. Su actual título es del año 1862, en que hubo manía en mudárselo a muchas calles sin razón bastante para ello, pues el de ésta ni era duplicado ni malsonante, y aunque es verdad que allí está una de las puertas de la iglesia de San Francisco -por lo que ya en otras épocas se llamó del Postigo y de la Reja de San Francisco-, el nombre más constante y antiguo fue el de los Toqueros o Toquería, que indistintamente pronunciaban, revelando ser la residencia de un gremio tan importante.

Las tocas en las mujeres eran como los sombreros en los hombres, particularmente en monjas, beatas y viudas, y en aquella calle se tejían sus telas, y después se confeccionaban de todas clases, según el lujo y posición social de cada individua. Las mantillas han venido a sustituir las que han desaparecido, dejando un recuerdo en todas las casas de más o menos importancia; éste es el tocador, mueble indispensable, donde un pecho femenil alienta, si bien algunos suponen etimológico del verbo tocar.

Él se presenta en los palacios, revestido de oro y plata, de nácar o concha, de riquísimo palo santo, de caoba y de cuantas maderas preciosas ha encontrado la industria, y va descendiendo hasta la humilde choza, en que se forma de un raquítico espejillo sobre alguna mugrienta silla, y siempre es igual su objeto, reducido a sostener un cristal azogado ante el que la mujer adorna su cabello y su semblante, engañándose a sí misma, pretendiendo hacerlo con las demás personas ante quienes han de presentarse. Mas ¡qué diferencia de unos a otros tocadores! Las escenas ante ellos representadas varian según la edad y la posición de cada mujer, y mientras ésta es más elevada, mayor es el número de objetos hacinados en el tocador para ocultar los defectos de la naturaleza o las huellas de los dolores y de los años. ¡Feliz la inocente zagala que, encontrando su tocador en la clara corriente de un arroyuelo, alisa con sus aguas su sedosa cabellera y la adorna después con la más humilde y despreciada flor cogida en el cercano valle!

La calle de Armas

Dispensen nuestros lectores si de una palabra tan usual como el título de una calle hemos hecho digresiones que tal vez no conducían al objeto de la obra. Y pasemos a la de Armas, que, enlazando con la de San Francisco, va a dar comunicación a las de Maese Luis y Tornillo, correspondientes al barrio de San Pedro.

Armas es título justificado por la reunión en esta calle de las personas dedicadas a aquella industria, un tiempo muy floreciente en Córdoba y hoy reducida a un solo taller de cuchillería. Aquí se elaboraban no sólo navajas, cuchillos y puñales de muy buen temple, sino espadas, alabardas, lanzas y arcabuces a la altura de los mejores de su tiempo.

En el frente de esta calle, sobre una gran reja que da luz a la escalera de la Caridad, hubo hasta 1841 una preciosa Concepción, tamaño natural, obra de Antonio del Castillo, la que adquirió el conocido pintor don Diego Monroy, quien la vendió después y, según hemos oído, se conserva en el palacio de Salamanca, en Madrid. A la inmediación de la calle había también un Jesús Nazareno, que hoy se encuentra en la cercana ermita de Nuestra Señora de Consolación.

En la casa número 25 conocimos a una anciana llamada doña Victoria Crespo, que falleció de una caída a los 105 años de edad, en 31 de marzo de 1858.

La ermita de la Consolación

El edificio más notable de la calle de Armas es la ermita de Nuestra Señora de Consolación. Forma tres naves que dividen cuatro arcos sostenidos por dos hermosas columnas de mármol rojo. En el centro está el altar mayor, con camarín, y en él la imagen de vestir de la titular. El retablo, del mal gusto de principios del siglo XVIII, tiene en lo alto un nicho en que se venera una esculturita de barro muy bonita, que representa a la Virgen con el Niño en los brazos, hallada casualmente en la caña del pozo, cubierto con una losa, que hay en la nave de la epístola. Formando zócalo se ven tres preciosos cuadros de Antonio del Castillo, que representan a los santos patronos Acisclo y Victoria, y un grupo de ángeles sosteniendo un paño en que se leen las palabras de la consagración. En la nave del evangelio hay dos altares con San José y Jesús Nazareno, y en la de la epístola otros dos con San Rafael y San Antonio.

En esta iglesia hubo algunas pinturas al fresco de Agustín del Castillo, quien pintó también, primera vez, una Anunciación que se ve en el triángulo que forma la portada exterior, si bien nada ha quedado de la primitiva.

La fundación de esta ermita, que en un principio fue hospital de convalecientes, alcanza muy al principio del siglo XV, puesto que ya se hace mención de ella en 1410 con la advocación de Nuestra Señora de Consolación, San Nuflo, San Lorenzo y San Martín. Mas nunca tuvo gran importancia como hospital, y sí como una de las cofradías de limpieza de sangre más antiguas y distinguidas. Las primitivas reglas no sabemos cuándo se aprobarían, pero sí otras, que lo fueron por el arcediano don Francisco de Simancas, provisor general sede vacante, a 20 de noviembre de 1557, las que se ampliaron después y se tornaron a aprobar en 29 de julio de 1611.

Creada la casa de Expósitos y no teniendo local independiente donde albergarlos, el obispo don Francisco Pacheco dispuso establecerla en este hospital, donde estuvieron hasta 1599, que el obispo don Fray Domingo Pimentel los volvió a esta casa, de la cual no salieron hasta 1820, que los llevaron al suprimido hospital de San Sebastián, donde permanecen. Aún se ve el sitio de una reja al coro bajo desde el cual oían misa las nodrizas, y la calle inmediata se llama del Tornillo por haber estado en ella el torno en que eran expuestos aquellos desgraciados.

En un principio, cuando estaba dedicado a hospitalidad, era mucho mayor, por comprenderse en él la casa del capellán y las dos que están por cima; éstas fueron vendidas cuando las séptimas partes. Lo que le quedó de cudal fue agregado al Hospicio, donde cobran los intereses de las descripciones.

En todos los libros de actas de cabildos de las hermandades y cofradías se encuentran algunos datos curiosos, y en los de ésta hemos visto la liberalidad de sus individuos en todas las ocasiones en que han podido ser útiles a sus convecinos, como en las epidemias, que acudían al socorro de los enfermos, ya admitiendo en su casa los convalecientes que cabían o ya remitiendo donativos a los otros hospitales, como en 1650, que donaron setenta vestidos completos, tan necesarios entonces, pues como es sabido se quemaron todas las ropas de los contagiados.

Otro apunte encontramos en los expresados libros, en el cual fijamos nuestra atención por el contraste de aquella época con la presente. A principios del siglo XVIII dice que sabiendo la hermandad que la hija de su prioste iba a casarse, considerando los servicios prestados por éste se resolvía regalarle cincuenta reales para “la compra de un jubón bordado de oro”, con cuya cantidad en estos tiempos no hubiera comprado un par de botas.

En esta iglesia se cumplían muchas memorias, dejadas por diferentes devotos, las que no anotamos, pues si lo hiciéramos en todos los templos de Córdoba sería interminable nuestra obra.

Una calle muy comercial

La casa número 9 de la calle de Armas no existía hasta fines del siglo XVI o principios del XVII, puesto que allí estaba la comunicación con la de Gragea o Grageda, como tenemos dicho, y cuya entrada debiera abrirse de nuevo para comodidad de sus vecinos.

Es de notar la variación que ha sufrido este sitio en pocos años, perdiendo su importancia para unas clases de comercio o industrias y adquiriéndola para otras. Antes de la construcción de los ferrocarriles, cuando era considerable el paso de diligencias y carros por la carretera general, eran muchas y productivas las posadas o paradores que se encontraban desde el campo de San Antón al de la Verdad, y en ellas hospedábanse la casi totalidad de los forasteros, encontrando todos el más fácil y corto paso a la Corredera o mercado por la calle de Armas, y esto hacía a todas sus casas estar ocupadas por el comercio de telas, muebles, quincalla y otros efectos, aparte de alguna armería que el tiempo iba dejando, como hemos dicho aún existir una.

Pero el movimiento que siempre en aumento tomó la ciudad, impulsado con la vía férrea, hizo a aquella gran masa de forasteros variar completamente de hospedaje, y al par que vimos cerrarse posadas tan lucrativas como las de la Herradura, la Espada, Ballinas, el Puente y otras, perdieron en valor las demás casas, y la calle de Armas dejó de ser un buen punto de venta para los géneros, cuyos comerciantes o se han retirado o han ido donde la ganancia era más segura.

Mas como este punto siempre fue de los más decentes por su forma y limpieza, y no puede perder del todo su importancia, ha venido a ser el centro de las platerías, y poco a poco vemos que todas aquellas casas se van ocupando por estos talleres, indudablemente la industria más floreciente de Córdoba.

Calle de San Fernando, antes de la Feria

Es tiempo de trasladarnos a la calle más ancha y larga de Córdoba, indudablemente la mejor si sus edificios presentasen otro aspecto: la de San Fernando, llamada así desde 1862, en que el Ayuntamiento la dedicó al conquistador de Córdoba. Pertenece a este barrio desde la fuente hasta la Cruz del Rastro, punto que por su extensión ha sido destinado para muchos festejos y no pocas ejecuciones. Llamábase antes calle de la Feria, título digno de conservarse y al cual los cordobeses aún no han renunciado.

Hemos dicho que durante la dominación árabe no existían las calles que hoy recorremos desde la expresada Cruz del Rastro hasta la Puerta del Rincón. En todo este trayecto había un egido o dilatado campo que dejaba escueta la muralla de la ciudad alta o Almedina, cuyos adarves y torreones -que algunos suponen hechos por el pretor de la España Ulterior Marco Claudio Marcelo 167 años antes de la venida de Jesucristo- se prestaban a su defensa, y a cuyo pie se veían los fosos que llenaban las aguas que hoy surten muchas fuentes de la ciudad baja.

Arrancada Córdoba del poder de los árabes, dedicada su grandiosa Mezquita al culto de la verdadera religión, y ostentando la santa cruz donde antes lucían las medias lunas, tratose ya de unir la Ajerquía con la Almedina, y fundáronse las calles necesarias, entre ellas la de la Feria, que en un principio constituyó, con las de Maese Luis y otras, el llamado Barrionuevo.

Edificose también por este tiempo el santuario de Nuestra Señora de Linares, y ansioso el Cabildo de su mayor culto, lo encargó a la numerosa cofradía del hospital de la Lámpara o del Amparo, formada por los calceteros, quienes principiaron a solemnizar sus fiestas, no sólo en el campo sino en la ciudad, formando en este sitio una feria que duraba los ocho días anteriores al de la Virgen de Linares, anunciada por una lucida cabalgata con clarines y chirimías que iba recorriendo toda la ciudad. De aquí nació el título de la calle de la Feria.

Este mercado, las procesiones más solemnes que siempre han pasado por este sitio, los toros y cañas corridos en su parte más ancha y las ejecuciones que allí se han hecho dieron lugar a que las ventanas y ajimeces de sus casas fueran de gran interés y aun lucrativas por los arriendos que de ellas se hacían, excitando la codicia de los propietarios, quienes las multiplicaban, acabando por llenar de agujeros las fachadas, que presentaban un aspecto raro y hasta ridículo, como aún se ve en muchas. Escrituras hemos leído de arrendamientos en las cuales los dueños de las casas se reservaban las vistas, como entonces decían, dejando una a los inquilinos.

Antes de esa construcción tuvieron aquellas casas otra forma aún más extraña e insegura. Sus fachadas tenían dos filas de balcones corridos de madera y sostenidos por una porción de pilarotes, equivalentes a una especie de soportales como los de la Corredera antigua; pero esto varió en 1551, en que la Ciudad acordó, según sus libros de cabildos, que se quitasen "los balcones corridos desde el Rastro viejo hasta la plaza del Salvador", que no puede ser más que esta calle, toda vez que el último Rastro estuvo en el Campo de la Verdad, a la bajada del puente, donde lo mandó poner en 1568 el corregidor don Francisco de Zapata.

Las calles Afluentes y el Portillo

A la calle de San Fernando o de la Feria afluyen de la ciudad baja o Ajerquía las de Maese Luis, Toquería o San Francisco, Sillería y Lucano, y de la parte alta el Arquillo de Calceteros y el Portillo.

En el primero estuvo la puerta de la Almedina, que en tiempo de los romanos se llamó Piscatoria; era una de las tres comunicaciones entre una y otra parte de la población.

El segundo, o sea el Portillo, no existía en aquellos tiempos, y tan es así que cuando se edificaron casas contra el muro se levantó allí una que en 1496 le compró la Ciudad a su dueño Francisco Sánchez Torquemada para abrir el arco en el adarve, según escritura que original conserva el Ayuntamiento en su archivo, donde también hemos visto un acuerdo de 1703 para ensanchar la parte baja del arco para facilitar la salida de los carruajes.

Una cosa nos ha chocado en aquellos apuntes, y es que el Torquemada era cordonero y que después, hasta ahora, encontramos siempre en los padrones una cordonería en aquel lugar, luego puede considerarse como una de las tiendas más antiguas de Córdoba, puesto que alcanzan las noticias de ella hasta 1490, o sean, 384 años contando el presente.

Orígenes de la Ermita de la Aurora

Seguiremos ocupándonos del estado actual de esta calle y después daremos una idea, aunque ligera, de las fiestas que en ella se han celebrado.

Poco más abajo de la fuente y en el lado opuesto encontramos la frecuentada ermita de Nuestra Señora de la Aurora, aunque moderna, digna de referir su historia y de hacer la descripción de su actual estado.

En 1716 algunos chicos de la calle de la Feria dieron en formar de noche un rosario, más bien por diversión que con otra idea, puesto que tenían sus faroles e insignias fraguadas de papel de colores, siendo su punto de reunión la puerta del hospital de los Peregrinos, descrito en el barrio de San Pedro. Su constancia y la devoción demostrada llamó la atención de algunas personas mayores, quienes concibieron el pensamiento de constituir una hermandad sobre la base de aquel juego de niños; no otro nombre merecía.

Reunido el número de cofrades necesarios asociáronse en el expresado hospital desde el 8 de septiembre del referido año, celebraron cabildo y en él eligieron por hermano mayor a don José Antonio Suárez, quien a su vez designó los que habían de ejercer los cargos de depositario, secretario y seises o vocales de la junta. Entonces se le dio el título de la Aurora y se acordó mandar hacer a uno de los escultores la hermosa imagen allí venerada, dato suficiente para convencerse que no es su autor don Alonso Gómez, quien a esta fecha no podía tener edad para emprender aquella obra, como muchos suponen.

Concluida ésta, y no teniendo iglesia propia para colocarla y darle culto, pidieron a la hermandad de Santa Lucía permiso para darle culto en el único altar que tenían en su hospital, a lo cual no asintieron por no quitar de él a su titular. Entonces se encontraron los cofrades de la Aurora con imagen, pero sin sitio donde colocarla.

Apurada era en extremo la situación de aquéllos, quienes resolvieron construir ermita propia en unos solares que había a la sazón en el terreno ocupado actualmente por la iglesia y dos casas contiguas que eran de propiedad de la misma y le fueron vendidas en virtud de las leyes desamortizadoras. Pidieron la propiedad de ellos a la señora doña Francisca del Corral y Mesa, marquesa viuda del Villar, como tutora de su menor hijo el señor don Gonzalo de Saavedra, poseedor de dicho título, patrono perpetuo del colegio de Escribanos y ascendientes de los actuales duques de Rivas, y al señor don Antonio de la Cruz Pastor, abogado de los Reales Consejos y juez por S. M. del Real Fisco en Córdoba.

Como propietarios de dichos solares hicieron donación de ellos por escritura fecha 8 de febrero de 1718 ante el escribano público don Pedro Jurado de Montemayor. En ella consta que el terreno cedido por la primera era de dieciocho varas de largo por nueve y media de ancho, y el del segundo, de nueve por ocho y media, apreciados por los peritos en 926 reales, aceptándose este donativo con la obligación de consentir que ambos señores hicieran desde sus casas tribunas donde pudieran presenciar el culto que allí se diera, declarando al marqués patrono de la iglesia, en la cual podía colocar sus escudos.

Construcción y dedicación de la Ermita

Ya con terreno propio, pobres de metálico pero ricos de fe, se arriesgaron a emprender la obra, como efectivamente la emprendieron el día 10 de febrero, o sea, a los dos años de otorgada la escritura, sin contar con más fondos que 250 reales en poder del depositario, a pesar de estar apreciada en la cantidad de 50.000 reales. Mas la Providencia parecía apoyar el pensamiento; las limosnas se aumentaban cada día, contándose entre los ancianos –y aún hay de ello un apunte- que una noche faltaban cuatro reales para los jornales, y cuando ya no sabían qué hacer, se presentó una señora a quien nadie conoció y puso una peseta sobre la demanda, desapareciendo a seguida sin dar siquiera lugar a que se le dieran las gracias.

Conserva la hermandad en su archivo las listas de las limosnas recibidas para la obra, y en ellas figuran 4.208 reales, sobrante de unas cantidades dadas por el Ayuntamiento para colocar altares en la carrera de la procesión del Corpus en los años de 1718 a 1723; 1.802 como producto de una función dramática que dieron unos aficionados, y 5.798 de tres corridas de toros verificadas en la plaza de la Magdalena a beneficio de estas obras.

Estos recursos y otros de bastante importancia se debieron al celo de los cofrades, y muy particularmente del hermano mayor, logrando entre todos terminar su obra el día 17 de marzo de 1725, habiendo durado siete años, un mes y siete días, invirtiéndose sólo 35.236 reales, mucho menos de la cantidad presupuestada, con lo que se animaron construyendo el retablo del altar mayor, que importó 4.000 reales.

Todo el tiempo de la edificación de la ermita estuvo la Virgen depositada en casa de la señora marquesa del Villar, morada hoy de los señores marqueses de las Escalonias, desde donde la llevaron en una lucida procesión a que asistió gran concurrencia, poco después de oraciones del día 1 de abril de 1725.

Ya la imagen de Nuestra Señora de la Aurora en su nueva casa, la hermandad recurrió al obispo don Marcelino Siuri, rogándole se dignase bendecir la iglesia, a lo cual se negó, fundado en la falta de recursos con que en lo sucesivo tenerla reparada. Salvose este reparo en cabildo celebrado en 16 de julio de expresado año, 1725, acordándose otorgar una escritura ante el escribano y cofrade don Alonso Laguna y Santana, en la cual se obligaron todos, como hermanos actuales y en nombre de los sucesores, a tener constantemente reparada la iglesia con los bienes de la corporación, y en su defecto, con los suyos propios.

Satisfecho el obispo dio su licencia, comisionando para la bendición a don José Ignacio de Molina, su colector general, quien efectuó aquella ceremonia con la imagen, iglesia y campana el día 10 de septiembre del mismo año, asistiendo a esta función los beneficiados de la Iglesia de parroquia de los Santos Nicolás y Eulogio, con cruz, y otros muchos sacerdotes, y asistiendo la Capilla de música de la Catedral.

Aun no satisfecho el celo de los cofrades, se dispuso que el día 21 del siguiente octubre se celebrase la dedicación de la iglesia con una gran fiesta, adornando el edificio con el mayor lujo y con multitud de alhajas, entre ellas las de la Catedral, colgaduras y cuadros. Asistió la Ciudad en corporación, estuvo de misa el señor don Francisco de Bañuelos y Páez, maestrescuela de la Santa Iglesia, acompañado del canónigo y racionero entero don José Armenta y don José de Saravia, con asistencia de los ya dichos beneficiados de la parroquia, la Capilla de música y un concurso extraordinario, que con gran atención oyó predicar al muy reverendo padre fray Pedro García, de la orden de Nuestra Señora del Carmen.

Esta fervorosa hermandad ha cumplido fielmente sus compromisos. Su iglesia no sólo es de las mejor conservadas de Córdoba, sino que en ella es muy continuo y solemne el culto.

El rosario de la Aurora era el más lucido de cuantos salían en Córdoba, y llamaban justamente la atención las farolas que rodeaban la imagen, obras notables de hojalatería, tanto por sus colosales dimensiones -pues en algunas cabía un hombre de pie- como por la multitud de labores formadas de cristales, siendo tal su peso que los hermanos que las llevaban tenían necesidad de usar unos correones, en los cuales descansasen los palos o astas.

Descripción del templo

Hemos hecho la historia de esta ermita y ya es razón nos ocupemos de su actual estado. Su exterior es feo en extremo, habiéndole empeorado las nivelaciones sufridas por el pavimento de la calle, tanto a fines del siglo anterior como en 1861, que siendo alcalde el señor don Carlos Ramírez de Arellano le pusieron aquellas hermosas aceras. De resultas de estas reformas no sólo ha perdido en altura dos gradas que tenía para subir a la puerta, sino dos que ahora se bajan, cubriéndose así parte de su apilastrado.

El interior no ha sido más afortunado en cuanto a mérito artístico. Forma una sola nave cubierta de bóveda y media naranja, en cuyos arranques tiene cuatro relieves de yeso representando los evangelistas, y por bajo, en los machones, hay en lienzo, y no despreciables. Santa Ana, San Joaquín, San Francisco y San José. El retablo del altar mayor, del cual hicimos mérito, tiene además de su titular otras dos esculturas de San Rafael y San Miguel, y por cima un cuadro de San Fernando, obra de mediano valor como otros que hay repartidos por la iglesia.

Tenemos otros tres altares: uno con Nuestra Señora de los Dolores, que ya dijimos ser la que con la advocación de los Afligidos estuvo en el hospital de la Zapatería y después en el de los Peregrinos; otro retablo que fue de este último, y en el que colocaron un San José, regalo de una devota; y por último, Nuestra Señora de la Salud de las Eras, que se veneró mucho en la iglesia de San Sebastián y cuando la supresión trajo a ésta la señora doña Socorro Aguayo, marquesa viuda de Lendines, que vivió en la casa del señor marqués de las Escalonias e hizo mucho bien a esta ermita, en la que costeó el órgano y otras muchas cosas útiles al culto, que durante su vida presenció desde la tribuna frente al altar mayor.

La fuente de la calle de la Feria

Casi frente de la Aurora y formando límite de este barrio con el de San Pedro hay una abundante fuente con dos hermosos caños de bronce, surtidos de agua nacida debajo de la plaza de la Compañía. Es muy antigua y formaba un gran pilar, del que se conserva un lado pegado a la pared de la casa inmediata, hasta que en 1796 el corregidor Eguiluz, autor de muchas mejoras en Córdoba, allanó la calle e hizo nueva esta fuente de mármol azul del país, a la que no dieron la mejor forma, sin embargo de haber costado 5.000 reales, que no es corta cantidad atendidos aquellos tiempos.

En el lado opuesto, no sabemos si en la parte de San Pedro pero sí casi frente a la calle de Maese Luis, vivió muchos años el licenciado don Bernardo de Cabrera, uno de los hijos de Córdoba que más la han ilustrado. Nació en 1604, bautizáronlo en la parroquia de Santo Domingo, de donde, concluidos sus estudios con gran lucimiento en los Jesuitas, fue beneficiado hasta su muerte.

Escribió varias obras y reunió en su casa una magnífica librería y multitud de antigüedades, como urnas sepulcrales, inscripciones romanas y árabes, monedas y otra porción de objetos dignos de conservación y estudio.

En una de las casas por bajo del Portillo estuvo también el obrador del escultor don Lorenzo Cano, y después de su hijo don José, ya citados en varias iglesias.

El convento de San Pedro El Real

Lo más notable de la calle de San Fernando es la iglesia de San Pedro el Real, conocida generalmente por San Francisco, por ser la del convento de esta orden, en su principio de claustrales y después de observantes hasta su extinción.

Este convento fue fundado al mismo tiempo que el de San Pablo por el santo rey Fernando III, que al hacer su entrada triunfal en Córdoba el día 29 de junio de 1236 quiso perpetuar la memoria de tan fausto acontecimiento con estas piadosas fundaciones. A los franciscanos dio terreno donde se dice haber estado las escuelas más notables que tenían los árabes, donándole al par que al otro convento y a la Ciudad el agua que salía del Adarve, como ya en otro lugar explicamos.

Nadie concreta el año de la instalación de estos religiosos, mas debió ser muy inmediata a la conquista de Córdoba, puesto que diez años después, en el de 1246, formaron hermandad con el Cabildo eclesiástico, y desde entonces ambas corporaciones se auxiliaron mutuamente en los entierros de sus individuos y en otros muchos actos religiosos. En un principio fue un convento pequeño, tomando después tal importancia que llegó a ser uno de los edificios mayores y más notables de Córdoba, así como su comunidad la más numerosa, sin duda por las pocas dificultades que el ingreso en ella presentaba, entrando muchos que jamás hubieran podido abrazar esta carrera a causa de la falta de recursos.

Sólo dos claustros del patio principal -unidos a la iglesia y capilla de la Vera Cruz, inutilizado su adorno y cubierta la mayor parte de sus arcos- es lo que ha quedado de todo aquel gran edificio, donde cómodamente podían acuartelarse tres o cuatro regimientos en los diferentes grupos a que daban luz doce o catorce patios, aparte de la extensa huerta lindante con las últimas casas de la calle de Maese Luis.

La decoración del patio principal era muy linda y formaba seis arcos en cada uno de sus cuatro lados, lo mismo en los claustros altos que en los bajos, viéndose en estos muchos altares, en los que, así como en dos capillas cercanas a la escalera, se veían pinturas de Juan de Alfaro, Antonio del Castillo, Sarabia y otros artistas, quedando de aquella coleccion el célebre cuadro de Non pinxit Alfarus, que está en la Catedral, el que vemos en el altar del cementerio de San Rafael y algún otro en el Museo. Ante los expresados altares tenían derecho de sepultura varias familias de Córdoba, entre ellas las de los Ascargortas, Cáceres y Fernández Castro.

La escalera principal de este edificio era una de las mejores de la ciudad, tanto por la riqueza de sus mármoles como por su forma y anchura. Tenía tres tramos, sostenidos por lindas y esbeltas columnas, tanto en la parte baja como en la alta, cubriéndola una bonita cúpula, y lucían varias pinturas y un gran ángel de escultura, que no sabemos qué sería de él. Los mármoles fueron vendidos para Écija, y aún se dice que dieron por ellos casi lo que había costado todo el convento.

En el patio principal ya descrito, y en el que daban sombra algunos hermosos naranjos, había una cosa que llamaba justamente la atención por su forma, digna de estudio, no cabiéndonos duda de ser resto del edificio anterior a aquél, o sea del primitivo convento. En uno de sus ángulos se veía una cúpula baja y redonda, sobre cuatro arcos que sostenían otras tantas columnas, una de ellas de esa piedra usada por los plateros para probar los metales. Su interior estaba pintado al fresco, representando la venida del Espíritu Santo, y debajo había una fuente con una gran taza ochavada, tosca y sostenida en cuatro fustes cilindricos sin molduras, trozos de columnas antiguas, suponiéndose en la obra titulada Recuerdos y bellezas de España que aquéllos debían ser reliquias de un bautisterio mozárabe. Otras muchas piezas había en el edificio dignas de visitarse, como el salón de profundis, el refectorio, la librería, etc., todo muy extenso y bien costeado.

En 1810, cuando la venida de los franceses al mando de Godinot, se suprimieron las comunidades religiosas, y esta suerte le cupo a la de San Francisco, mas por empeño de muchas personas de viso se dejó la iglesia dedicada al culto, y se abrió al público en 4 de octubre de aquel año.

El convento se destinó a cuartel de uno de los regimientos españoles, cuyos soldados abrieron las sepulturas del salón de profundis y encontraron las momias de dos venerables completamente conservadas, en particular una que era de un fraile tercero que aún conservaba los dos pares de calzones blancos y las vendas de los cáusticos, a pesar de haber muerto cien años antes. Mofáronse de ellas hasta el extremo de arrastrarlas por casi todo el convento; mas enterado uno de los jefes se las quitó, depositándolas en una celda donde estuvieron hasta darle nueva sepultura en sitio a propósito y decente. Esto ocurrió a principios de febrero de 1811.

Restituida la comunidad a su convento permaneció en él hasta la última exclaustración. El edificio se vendió, y en él se establecieron fábricas de paños, lienzos, hules y sillas, y por último lo adquirió una empresa que lo derribó y conserva la mayor parte del solar, donde empezó a edificar un barrio, utilizando muchos de sus materiales en la construcción del café del Gran Capitán y en algunas otras obras particulares.

El arco y el compás

Vamos a tratar de lo existente, o sea de la iglesia, que aún permanece abierta al culto, mucho y muy solemne. Hay primero una portada de arreglada arquitectura, edificada en 1782, ostentando en su segundo cuerpo una muy mediana efigie de San Francisco, hecha mucho después por el modesto escultor don José Cano. Cuando la fundación de este convento labraron en este lugar otra portada con una coronación en que se veía a los apóstoles San Pedro y San Pablo. Mas en el siglo XVII, siendo guardián fray Juan Ramírez, natural de Bujalance, donde tomó el hábito, hombre de gran saber y ciencia, quitó aquélla y edificó otra sólo con San Francisco, cuya imagen tenía a los pies y lados tres losas de mármol con estos motes:

En la del centro: "A solo Francisco Dios /con estas armas ha armado, / como ya está averiguado". Y en las de los lados, éstos otros: "Este divino blazon / y sacrosantas señales, / entienda el mundo que son / armas de esta Religión / aunque son armas reales ". "Porque el Rey que las ganó/ y pudo disponer de ellas,/ solo á Francisco las dió,/ y él por honramos con ellas/ á nosotros las dejó ".

Como estas inscripciones aludían a la impresión de las llagas de San Francisco, y los dominicos sostienen que esta gracia fue también concedida a Santa Catalina de Sena, tomaron muy a mal aquellos versos y pidieron a fray Juan Ramírez los quitase, a lo cual no accedió, dando lugar con su negativa a que en forma de queja acudieran a la Inquisición con su demanda. Notificada ésta, el guardián de San Francisco provocó unas conclusiones en su convento, donde victoriosamente sostuvo lo que había consignado en la portada, tanto que en vez de obligarle a quitar aquello se le premió con la gracia de calificador del Santo Oficio. Este fray Juan Ramírez alcanzó tal fama de orador sagrado que Felipe III, deseoso de oírlo, le hizo ir a Madrid y predicar en las Descalzas Reales.

Entre dicha portada y la de la iglesia hay un extenso patio, antes conocido por el Compás de San Francisco. En él se han efectuado algunos autos de fe, y en el siglo XV fue quemado un sodomita, en castigo de este horrible vicio. En este patio había un corpulento almezo que contaba más de cuatrocientos años; en 7 de diciembre de 1739 fue tronchado por un huracán, que causó grandes destrozos tanto en la población como en sus alrededores. Entre aquellos religiosos se contaba tradicionalmente que un lego tenido en opinión de santo se arrodillaba siempre al pasar por delante de aquel árbol, y preguntándole el motivo, contestaba: "Con el tiempo otras muchas personas harán lo mismo", cumpliéndose esta profecía, pues con el tronco hicieron uno de los grandes crucifijos venerados en aquel templo.

Descripción de la Iglesia

La iglesia tiene una portada de mármol azul del país, de tres cuerpos y gran costo, pero de muy mal gusto. El centro lo ocupa una regular y mutilada escultura de San Fernando, de mármol blanco, fundador de aquel convento.

Penetremos en el interior. Es una hermosa nave, con capillas a un lado y altares al otro, guardando la igualdad posible en los arcos, forma cruz latina, y en ella cuatro capillas, tres de frente y la otra, o sea la de la Vera Cruz, al lado del evangelio.

La capilla mayor tiene un costoso retablo de talla dorada de un gusto detestable. Sustituyó a fines del siglo XVII a otro, del cual no hemos visto descripción alguna, pero que sin duda no pudo ser tan malo como obra de arte. En él se ven las imágenes de San Pedro, la Concepción, Santo Domingo y San Francisco, y en la parte superior un lienzo con San Fernando. A un lado del presbiterio existe un magnífico cuadro del pintor cordobés don Juan Valdés Leal que representa a San Andrés, obra admirada de cuantos hemos tenido el gusto de verlo.

En esta capilla hay dos enterramientos, uno de sus patronos los marqueses de Guadalcázar y otro de la comunidad del de convento de San Diego de la Arrizafa y de sus patronos los condes de Hornachuelos. En el primero se han enterrado muchos personajes muy notables de aquella ilustre familia, y entre ellos doña Sancha Carrillo, de quien publicó la vida el notable escritor Martín de Roa, y otros en diferentes libros que hemos visto impresos y de los que hay ejemplares en la Biblioteca provincial.

La apartada vida de Doña Sancha Carrillo

Doña Sancha Carrillo era hija de los señores de Guadalcázar, después marqueses del mismo título, y una de las jóvenes más bellas y lujosas de la aristocracia cordobesa. Tratada de llevar a ser dama de la reina, su hermano don Diego, discípulo del venerable Juan de Ávila, formó empeño en que antes de partir hablase con su maestro, porque deseaba desistiese de aquel viaje, temeroso de que la vida cortesana amenguase la pureza de su corazón. Consiguiolo al fin, y en la parroquia de Santa Marina se efectuó la entrevista, surtiendo tal efecto las palabras del venerable Ávila en el ánimo de doña Sancha que en el instante hizo renuncia de su viaje y de cuantas galas y placeres le brindaba su elevada posición. Retirose con dos criadas a lo más apartado de su casa y allí siguió una vida de penitencia tan austera que admiraba a cuantos la conocieron, atribuyéndole divinas revelaciones y las más raras muestras de virtudes. Cuéntase entre otras muchas que anhelaba ser arrastrada por el suelo como indigna de todo respeto, y que este deseo le fue concedido, aunque después de muerta. Falleció en Écija a los veinticuatro años de edad. Su familia dispuso traerla para enterrarla en el panteón de San Francisco. Hiciéronlo así, y cuando llegó la carroza que la traía a la Calahorra, a donde salieron a recibirla todo el clero y comunidades religiosas, una de las mulas se asombró, e imitándola las otras echaron a correr, arrastrando la caja, que se descolgó, rompiéndose la parte superior y dejando salir la cabeza del cadáver, tocando al suelo hasta llegar al patio de la iglesia de San Francisco, donde instintivamente se pararon. A poco llegó la comitiva y recogió el ataúd, dándole entrada en el ya expresado enterramiento.

Capillas y Altares

Hay en esta iglesia altares colaterales del mismo extravagante gusto del mayor. El del evangelio ostenta en su centro a Santa Rosa y en los lados a San Miguel y San Rafael y dos lienzos, y el de la epístola a San Eloy, San Gabriel y el Ángel de la Guarda, con otros dos cuadros compañeros de los del anterior y que representan los cuatro evangelistas. Este último altar es y ha sido desde su fundación de la hermandad o colegio de plateros, y así tiene en su frontal la inscripción siguiente: Este frontal se puso siendo Hermano mayor de la platería Rafael Berral Ladron de Guevara. Año de 1697".

Entre la puerta y el cancel, comunicación a la calle de San Francisco, existe una pequeña capilla bastante descuidada, en cuyo altar estaba el San Pedro Alcántara, obra de Mena, que en otro lugar hallaremos, y hoy hay un San Benedicto que estuvo en el interior. El altar tiene escudo e inscripción; ésta demuestra existir allí enterramiento de varias familias, y principalmente del apellido Valcárcel. Al lado de la verja y bien deteriorado hay un Santo Cristo en lienzo, obra de Antonio del Castillo, según la firma, y que creemos sería de sus primeros tiempos, pues desdice mucho de cuanto conocemos de este notable artista.

Entre dicha puerta y la capilla mayor está la del Santo Cristo, escultura de ningún mérito, un tiempo de mucha devoción. Cuentan de ella varios y ridículos milagros, no otro calificativo merecen aquellas invenciones que no representan un hecho de provechosa enseñanza ni de bien para las personas ni para la religión. Como muestra de ello citaremos el referente a un lego tenido en opinión de santo.

Pasaba éste por delante de la imagen, sintió llamarlo, dirigió la vista a todos lados y encontrándose solo la fijó en el Cristo, escuchando con asombro las siguientes palabras que aquél pronunciaba: "Mira que me caigo". "Iré a avisar", respondió el lego, llamando al guardián, quien lo hizo reconocer y hallaron la cruz apolillada.

Tal vez sería éste un lego muy listo que conociendo el mal concepto que del saber de aquellos religiosos tenían los agustinos, y estando un día en el patio comiendo unas naranjas de las llamadas en Córdoba chinas, llegó uno de los últimos y, con sorna y aludiendo a su comida, le preguntó: "Hola, hermano, ¿son chinas?". "No, padre -le contestó-, son... naranjas".

Pasemos a las demás capillas del lado de la epístola. La de San Antonio de Padua tiene tres altares y en ellos encontramos el expresado titular con San Francisco y el San Pedro Alcántara, de Mena, ya citado; San Antonio Abad, en cuya mesa altar hay una cruz muy bien pintada, y San Juan Evangelista, además de dos buenos cuadros de Antonio del Castillo.

El retablo en que está San Antonio era conocido por el del Cabrero. Refieren tradicionalmente que un devoto suyo, en extremo pobre, lamentaba la falta de aquel adorno, y juntando para tres cabras las compró, ofreciendo al santo que si con ellas prosperaba en bienes de fortuna le costearía el retablo, realizándose sus deseos no sólo para costear aquella obra sino para que aquel infeliz acabase cómodamente su existencia.

La capilla del Cristo de la Expiración, con San Juan y la Magdalena a los lados. Está además la Virgen en sus advocaciones de los Dolores y el Carmen, dos buenos cuadros de autor desconocido y otro con la Santísima Trinidad, de Agustín del Castillo.

Capilla del Buen Pastor. Es la de la orden Tercera y tiene multitud de indulgencias y otros privilegios; está dedicada principalmente a San Francisco, imagen de mérito, al parecer también de Mena.

Capilla de San Rafael, obra del escultor Carmona. Encontramos además en ella las imágenes de San Benedicto y San Cayetano y una preciosa cabeza de Jesús, en lienzo. Esta capilla ha sido reedificada en estos últimos años por el ilustrado señor don Rafael Joaquín de Lara y Pineda.

Capilla conocida por la de los Cañetes, patronato de esta familia. Forma dos departamentos y en ellos encontramos cuatro altares en que se veneran un magnífico Ecce Homo, obra de Alonso Cano; un lindo San José, obra de fray Miguel Bellver; un San Antonio Abad muy mediano, y un retablo con la Cena de Jesús con los apóstoles, el cual era el del sagrario de la suprimida parroquia de Omnium Sanctorum. Había además en esta capilla una Gloria pintada por Valdés, que ha sido sustituida por otra de mala mano, y antiguamente un arco con verja que la dejaba ver desde el patio de entrada. Por bajo de la Cena hay una tabla, copia de la del Divino Morales, que estaba en la Compañía y hoy se admira en las salas de la Academia de San Fernando en Madrid.

La nave del Evangelio

Al lado del evangelio hay una capilla, paso a la sacristía, conocida por la de los Reyes, porque en su altar principal tiene una Virgen, por cima la Adoración, otra vez los tres Reyes, y Santo Domingo y San Francisco; a un lado una urna con el Niño Jesús, y al otro un cuadro formando medio punto, muy antiguo, con la Virgen de los Ángeles. Frente al primero hay un altar conocido por el de los San Juanes, patronato de los Estaqueros, con un cuadro de don Diego Monroy, copia de otro de Antonio del Castillo, una de sus mejores obras, que vendieron aquéllos hace pocos años, en nuestro concepto sin suficiente derecho para esta venta.

Cerca de este altar encontramos la capilla de la Vera Cruz, de muy escaso mérito y aun fea, por su forma y techo bajo y horizontal. Al frente vemos el sagrario con un Santo Cristo y San Juan y la Magdalena. Hay repartidos por ella varios altares y cuadros con la Sagrada Familia y el Salvador, obras de Palomino; San Juan, del Racionero Castro; San Diego de Alcalá, pintado en 1588; un Niño Jesús, una Virgen y, a los pies de la capilla, otra en alto con tres altares en que se venera a la Virgen de los Dolores, el Resucitado y San Lorenzo. Súbese por tres escaleras de mármol rojo, los laterales con escalones comunes y la del centro llamada la escala, que muchos devotos suben de rodillas y rezando para ganar las indulgencias concedidas por varios pontífices, arzobispos y obispos. En esta capilla tenían enterramiento los oficiales del Santo Oficio, los jurados de Córdoba y los Montemayores.

En la esquina que forma la nave principal con el crucero está el pulpito, formado de variados mármoles en caprichosa labor, y entre éste y la puerta principal, otros altares en el orden siguiente:

El primero con tres medianos cuadros, que representan a San José, Santa Lucía y San Diego, y varios relieves de don José Cano.

La Virgen de Belén, llamada generalmente de la Leche, escultura, al parecer, de don Lorenzo Cano. Es patronato de los Cárdenas, quienes lo erigieron en 1647.

El Nacimiento del Señor, cuadro muy lindo de Sarabia. Fundáronlo los señores Fernández de Castril y de las Casas en 1652, por lo que tenían allí enterramiento.

Jesús atado a la columna, escultura de poco mérito. Además, en medios cuerpos, los beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas. Erigióse en 1662.

Sigue un altar con el Santo Cristo de la Caridad, del que ya nos hemos ocupado en el hospital del mismo título. Está cubriendo una puerta, antigua comunicación de la iglesia al claustro del patio principal. Después y hasta llegar a la puerta hay dos cuadros, al parecer obras de Quesada.

De la iglesia a la sacristía pasamos dos crujías y en ellas vemos, primero un altar con una Virgen muy antigua, luego otro con las Angustias, copia de Van Dyck, y tras éste, una capilla, patronato de los Montenegros, con una Concepción y dos grandes y curiosas tablas, obras de principios del siglo XVI.

Otras dependencias del templo

La sacristía es muy hermosa y la acortan unos arcos sostenidos por columnas de mármol de Cabra, del que hay en el centro una hermosa mesa con el tablero de una pieza, de cuatro varas de largo, costeada en 1693 por don Francisco Estevan de Roa y Uceda, quien hizo a esta casa algunas otras donaciones. Todo alrededor existen unas hermosas cajoneras con respaldo; en él se ven pintadas muchas tablas con la vida de la Virgen. También encontramos allí un cuadro con la Incredulidad de Santo Tomás, obra de Sarabia; unas bonitas tablas, marcándose estar hechas en 1686; un Descendimiento, al parecer del mismo autor; el Calvario, y por último, otra capillita dedicada a Santo Domingo y edificada en 1700.

Las dos puertas de este templo tienen delante dos patios, y entre ellos un callejón pegado al muro y cerrado por verja en ambos extremos, sirviendo únicamente para el desagüe de la caída de las canales.

Tiene además esta iglesia un buen coro alto con tribunas que corren por cima de las capillas y altares hasta llegar al crucero, y en ellas dos buenos órganos. En el centro, frente al púlpito, hay una gran bóveda subterránea, que era el enterramiento de todos los individuos de la comunidad.

Custodiaban estos religiosos muchas y preciosas reliquias, entre ellas los cuerpos de los venerables fray Juan de Cetina, sacerdote, y fray Pedro de Dueñas, lego, ambos martirizados en Granada año 1392. Estos restos no existen hoy sino en muy pequeña parte.

Se han servido y aún se sirven algunas cofradías, como la de San Benedicto, que se extinguió en el siglo XV, y las de la Concepción, Ánimas, el Orden Tercero, la Vera Cruz, el Santo Cristo de la Espina y San Eloy. En estos últimos años se ha formado la sacramental de la Purísima Concepción, cuyo principal objeto es pagar el entierro a los cofrades y hacer otros sufragios por sus almas, encontrándose actualmente en tan buen estado que casi se puede asegurar ser la más numerosa de Córdoba.

Frailes destacados en saber y caridad

La comunidad de San Francisco, si bien en un principio reducida, poco a poco se aumentó hasta llegar a ser la mayor de Córdoba, pasando alguna vez de ciento el número de que se componía, con inclusión de los legos, ocupándose principalmente en el confesonario y el púlpito, y prestándose como ninguna otra a salir a la calle para auxiliar a los moribundos.

Es poco menos de imposible anotar los nombres de los frailes de esta casa que se han distinguido por su saber o su caridad, así como los que llegaron a ocupar puestos importantes en la orden, contándose entre todos éstos fray Juan Ramírez, natural de Bujalance, de quien ya nos ocupamos al hablar de la portada de la calle de la Feria o San Fernando. En los primeros siglos hubo también un fray Francisco Gonzaga, escritor, gran predicador y hombre de muchas virtudes, del que hablan las crónicas de la orden. En 1620 murió en Bujalance fray Francisco Lozano, natural de Córdoba, en cuyo convento tomó el hábito, llegando a adquirir tal fama de santidad que se le atribuyó aseguróse habérsele profetizado día y hora de su fallecimiento.

En el presente siglo, pues murió a fines de 1820, lució mucho fray Lucas de Córdoba, nacido en esta ciudad año 1748. Tomó el hábito en este convento de San Francisco donde estudió Filosofía y Teología con gran aprovechamiento. Regentó varias cátedras, tanto en este convento como en otros, adquiriendo gran preponderancia, el título de lector y la secretaría de la Comisaría General de Indias, que desempeñó muchos años, hasta que el peso de éstos y sus achaques le obligaron a regresar a su patria, donde el Cabildo eclesiástico le nombró capellán de la iglesia de Linares, de la que cuidó con incansable celo hasta su muerte. Escribió, entre otras obras de que hacen grandes elogios, Exortacion pastoral, avisos importantes, reglamentos útiles para la mejor observancia de la disciplina regular é ilustración de la literatura en todas las provincias y colegios apostólicos de América y Filipinas, impreso en Madrid en 1786; Noticias de Ntra. Sra. de Linares, Conquistadora de Córdoba, y descripción de su Santuario y Real iglesia de la Conquista, y un oficio completo para que la iglesia de Córdoba rezase a dicha imagen.

Los frailes de San Francisco, como los de todas las órdenes mendicantes, tenían muchos legos recogiendo limosnas, no sólo en las poblaciones sino en los caseríos del campo; de ahí viene el pintar a algunos ya en caballerías, ya a pie, en formas extravagantes o caricaturas, contándose que algunos de ellos llegaban a los cortijos armados contra los perros de unos bastones o palos cortos con una cuerdecita y en la punta una bala, con la que le pegaban a aquéllos unos golpes que no los dejaban con ganas de salir a recibirlos.

Esta pobreza les hacía aumentar no sólo el trabajo en el púlpito y en el confesonario, sino en el culto de sus templos, en el que demostraban gran fervor. En la iglesia de Córdoba se daba aquél muy continuo y solemne, llegando hasta después de la exclaustración, como tuvimos ocasión de ver cuando se declaró dogma la Concepción de la Virgen, que todos los exreligiosos de San Francisco se reunieron y celebraron en esta iglesia una de las funciones más solemnes que se han efectuado en Córdoba, predicando el exclaustrado del convento de Madre de Dios fray Francisco Solís, a la sazón cura párroco de aquella feligresía.

Después se reunieron los caballeros de las órdenes militares y de las de Isabel la Católica y Carlos III y costearon otra función aún más lujosa, de cuya memoria se conservan dos escudos en el cancel principal, y en ésta predicó el señor don José Cortés y Sánchez, canónigo de la Santa Iglesia Catedral. Ambos sermones se imprimieron a seguida.


Los festejos de la calle de la Feria

Otra vez en la ancha calle de San Fernando, antes de la Feria, debiéramos hacer extensas descripciones de los festejos en ella celebrados y de los ricos y adecuados adornos con que más de una vez se ha engalanado para el paso de las procesiones, entradas de reyes y otros sucesos dignos de llamar la atención y referirse.

Ya en paseos anteriores hemos hecho mención de ejecuciones llevadas a cabo en esta calle, espectáculos irritantes que han llevado el luto y desolación a las familias. No queremos citar otros en este momento, porque fueron el fin de historias que en su lugar narraremos. Pero no nos sucede lo mismo con otros que ni contristan el ánimo ni prueban el atraso de aquellos siglos.

El correr cañas y cintas y el lidiar y rejonear toros era la diversión primera de otros tiempos y para las que más preparativos se hacían. Muchas veces ha sido la calle de la Feria el lugar de estas escogidas fiestas. Sus balcones y ajimeces se veían engalanados con lujosas colgaduras de terciopelo y oro, rivalizando sus dueños, haciendo los más ricos por vencer a los pobres; de tan antiguo viene el orgullo de los primeros y la envidia de los otros que más de una vez se empeñaban, por no quedarse atrás en el gasto de cualquiera de aquellas funciones. En una de éstas, en el siglo XVI, fue el choque del pajecillo Luna con el famoso caballero don Rodrigo de Vargas, originándosele entonces la muerte, como al pasear por la calle de Pedregosa tendremos ocasión de contar a nuestros lectores.

En 11 de mayo de 1665 también se corrieron cañas en esta calle, y tantas otras veces, que ya había un sitio poco más abajo de la Aurora que se conocía por el Tablado, por estar allí el de la música.


Adornos callejeros con motivo de una procesión de desagravio

En un libro titulado Espirituales fiestas que la nobilísima ciudad de Córdoba hizo en desagravio de la Suprema Magestad Sacramentada, escrito por el reverendo padre fray Bartolomé Pérez de Veas, predicador mayor y lector de Teología moral en el convento de la Merced, e impreso en Córdoba por Andrés Carrillo en 1636 -del que existe un ejemplar en la Biblioteca provincial-, se hace una descripción en extremo minuciosa de estas funciones, de que hablaremos en la Catedral, y en ella se cuentan los caprichosos adornos ostentados en la calle de San Fernando, y los cuales consignaremos en este lugar de nuestros apuntes.

El Arquillo de Calceteros estaba completamente revestido de cortinas de damasco carmesí y amarillo, y sobre él multitud de cornucopias, relicarios e imágenes, tanto en su interior como a sus dos salidas. Pasada la procesión de este sitio, ya recorrida parte de la carrera alhajada con suntuosidad, daba vuelta en la Cruz del Rastro y a la vista del río el Sacramento, era preciso presentarle un espectáculo maravilloso como un extraordinario obsequio a la Majestad. Como ahora, aunque mucho más bajo, había un murallón que derribaron y después volvieron a edificar para que se viese la superficie del agua desde la calle de la Feria y se gozase bien de la perspectiva de multitud de barcas empavesadas, ostentando unas el pabellón francés y otras el castellano. Simulose un combate, en el que después de arrojarse muchos cohetes los unos a los otros, los españoles tomaron al abordaje las naves francesas, quedando victoriosos, cuya significación era el triunfo de la religión contra el cisma.

Si los que realizaron estas fiestas pudieran tomar a la vida y hacer comparaciones de lo que han variado las creencias y las costumbres en los dos siglos y medio transcurridos creerían que resucitaban en un mundo desconocido, y tornarían horrorizados a sus tumbas.

Entre la Cruz del Rastro y la Sillería lució un magnífico altar con cinco cuerpos de gran altura, costeado por los frailes de la Merced. Ostentaba riquísimas alhajas, hermosas colgaduras de terciopelo y damasco, buenas imágenes y pinturas simbólicas del gran suceso motivo de esta fiesta. Hemos visto una sucinta descripción de dicho altar, la cual no extractamos por no hacer pesada esta reseña.

Los frailes de San Francisco no quisieron ser menos y cortaron la calle frente a su convento con dos vistosas decoraciones, una a cada lado; eran cinco arcos, el del centro mayor, y en ellos hasta ocho altares con imágenes diversas; encima otros tres arcos, y arriba uno, elevándose el todo de la obra a una colosal altura, llamando la atención por la riqueza del adorno y las muchas macetas de flores naturales que había en sus tres pisos. Los arcos del segundo y tercero tenían pinturas alegóricas de santos de la orden y muestras de su amor al Santísimo Sacramento.

Lo que más llamó la atención y explicaremos por no haberse hecho cosa igual es el artificioso bosque presentado poco más arriba del Portillo, en un derrumbadero que formaba la falta de dos o tres casas, arrastradas por el hundimiento de parte de la muralla divisoria de la ciudad alta y baja, y cuyo sitio tomó para su adorno el capitán don Diego de Argote y Villalta. Recogidos los escombros y sujetos con los materiales gruesos, se dejó paso para la procesión, y desde este punto se llegó en declive hasta los jardines de las casas principales de los Saavedras, hoy teatro Principal y casa contigua, donde se formaron grandes depósitos de agua para soltarla surtiendo ríos, arroyos y fuentes al paso de la procesión. En todo aquel inclinado terreno se formaron caminos, peñas y un lago con patos y peces, sembrando en los claros árboles de diversas clases, algunos con fruta, revoloteando infinidad de aves que, sujetas con hilos y alambres, no podían escapar, en tanto que por el suelo discurrían conejos y reptiles, completando el cuadro unos lobos con sus hijuelos, varios corsos, dos o tres jabalíes y hasta un león, solo que éste era de cartón muy bien imitado, y sujetos aquéllos con gruesas cadenas o cordeles. En la parte más alta había dos edificios; de uno salía a pasear por el bosque una gallarda joven armada de flechas, y en el otro había un horrible dragón representando la impiedad.

Pasaba la procesión, y al llegar el Sacramento soltaron las aguas, que bajaban por entre las peñas, yerbas y plantas en caprichosa combinación, y trabose una lucha a muerte entre la joven y el dragón, sucumbiendo al fin éste y proclamando aquélla el triunfo de la verdadera religión.

Extensas y en extremo curiosas son las descripciones que hemos leído de este espectáculo, elogiado hasta con entusiasmo por los escritores de aquel tiempo.

Por último, en lo alto de la calle de la Feria para salir a la hoy Librería, había otro magnífico arco con diversos atributos, colgaduras de seda, pinturas e imágenes, todo en profusión y a gran altura, llamando la atención extraordinariamente a cuantos tuvieron ocasión de admirar tanta magnificencia.

Lo demás de la carrera ostentaba también infinitos y valiosos adornos. En las Platerías, ahora Carrera del Puente, había un magnífico arco y altar del ilustre colegio de plateros, con cuantas alhajas habían podido reunir sus individuos; el Arquillo de Calceteros ostentaba vistosa decoración, como ya indicamos. En la Cuesta de Luján, que llevaba poco tiempo de existir y decían calle Nueva, estaba la milicia, que hizo varias salvas de arcabucería al pasar la procesión, colocándose en este lugar como para vejar a los muchos franceses que en él moraban. En la expresada calle de la Librería estaba el altar costeado por los frailes del Carmen, que en nada desmerecía de los otros, y con cinco cuerpos en su elevación extraordinaria.

El Ayuntamiento o Ciudad puso arcos en las salidas de las calles de la Ceniza o Fernando Colón, Espartería y plaza del Salvador, cubriendo las esquinas y sus fachadas de ricas y vistosas colgaduras y muchas alegorías. Además costeó el armazón de todos los arcos y altares que lucieron en esta fiesta. En este trayecto había una fuente que arrojaba vino y un altar dedicado a los patronos de Córdoba San Acisclo y Santa Victoria, invención de los frailes de su convento al final de la Ribera. Muy cerca del último había otro, también muy lujoso, erigido por los Mínimos, o sean, los religiosos de la Victoria.

Ya en el Salvador se vio otro magnífico, de los Predicadores, o sea, la comunidad de San Pablo; otro junto a la parroquia del Salvador, en la esquina hoy de las calles del Liceo y Arco Real, levantado por los Capuchinos; otro de los Jesuitas en la plazuela de la Compañía, y otro delante del convento de Santa Ana, aumentando todo este adorno las colgaduras de las casas particulares y las comparsas con trajes de diferentes naciones que delante de la procesión iban recorriendo la carrera que tenían señalada hasta su regreso a la Catedral.


Otras fiestas y celebraciones

En las fiestas a San Rafael, descritas al historiar la parroquia de San Pedro, en las procesiones del Corpus, en las de la Inquisición, en las proclamaciones y en todas aquellas ocasiones en que se han hecho esos actos públicos, la calle de la Feria fue siempre el lugar predilecto, y las corporaciones religiosas acudían a colocar en él los arcos o altares que les correspondía.

En 1789 desearon proclamar a Carlos IV con más solemnidad que se había hecho a otros monarcas, y entre los festejos figuró una gran mascarada de los gremios de confitería, chocolatería, especiería, panadería y zapatería, de la cual hay una extensa descripción impresa. Allí se simbolizaron las puertas de la ciudad, la campiña, la sierra, la mitología, el sol, el agua y cuanto puede uno pensar, por supuesto en la forma ampulosa de aquellos tiempos, aunque ya acercándose un tanto a los nuestros.

Esta gran mascarada, que en pasar por un punto tardaba mucho tiempo, había de hacerlo por debajo de un gigante de veinte varas de alto, colocado más arriba de la iglesia de San Francisco, con un pie en cada una de las aceras de la calle, figurando el coloso de Rodas, según los grabados hechos entonces y del que conservamos un ejemplar.

En la calle de la Feria está casi en su totalidad el gremio de toneleros y adobo y encubaje de aceituna, en lo que se ha hecho y aún se hace gran comercio, fácil de extender si se diese a conocer este fruto en todos los mercados extranjeros.

Este gremio también ha correspondido en varias ocasiones a la invitación de la Ciudad a tomar parte en festejos públicos, y en los días 25 al 28 de octubre de 1823, al paso por esta ciudad de Fernando VII en su regreso de Cádiz -ocasión que tuvieron los realistas cordobeses para demostrarle su acendrado amor, hasta el punto de disputarse el honor de sustituir a las mulas del carruaje-, el gremio de toneleros, repetimos, cubrió la fuente de la calle de la Feria con una decoración de once varas de altura, 250 luces y una inscripción en que se leía: En obsequio á SS. MM. y AA., el grémio de toneleros.


La cruz del Rastro

Termina la calle de San Fernando o de la Feria en el lugar conocido por la Cruz del Rastro. Ya hemos dicho cuándo se quitó este mercado para trasladarlo al Campo de la Verdad. Mas la primera parte de este nombre, o sea la Cruz, que ya ha desaparecido también en 1852, tiene otro origen menos antiguo y representaba uno de los accidentes más sangrientos de la historia de Córdoba, y el cual estamos obligados a contar a nuestros lectores, por más que lo hayan hecho ya plumas mucho mejor cortadas que la nuestra.

Cuando describamos la antigua casa de los condes de Comares, hoy parte de la calle, el café y teatro del Gran Capitán, por haberse criado este valiente y caballeroso cordobés en aquel sitio, contaremos no sólo algunos episodios de su vida, sino de la de su hermano don Alonso de Aguilar, que tanto figuró en esta ciudad en la segunda mitad del siglo XV. Curiosa en alto grado es la historia de Córdoba en aquel tiempo. Dividida en bandos su antigua nobleza, capitaneaba aquél uno de ellos, sobreponiéndose a los otros y hasta humillando y venciendo la autoridad del obispo, a pesar de la preponderancia que entonces tenía. Entre sus parciales del pueblo se contaban muchos judíos y conversos, a quienes los cristianos viejos profesaban el odio que en sí tenía la intolerancia religiosa por un lado y la envidia que causaba verlos un tanto acomodados con los bienes que conservaban o el comercio a que eran dados. Su cobardía les obligaba a sufrir los insultos que diariamente les dirigían, mas esto no bastaba a extinguir el odio y mal querer hacia aquella raza.

Hemos referido la fundación del hospital de la Caridad, realizada por aquel tiempo, y como en sus estatutos se pusiera la precisa condición de ser cristiano viejo, de pura y antigua raza, para ser admitido como cofrade, todos se apresuraban a entrar en la hermandad, cuyo título tanto los diferenciaba de los judíos y conversos. La Caridad era el nombre, mas no se infiltraba en los corazones de los hermanos para compadecer a aquellos desgraciados, antes por el contrario, cada vez los aborrecían más, arreciando con sus insultos y amenazas, por más que contaran con el favor de don Alonso, que algún tanto los defendía. Sólo se necesitaba un motivo para saciar en ellos la saña con que se les miraba, y ese lo dio la casualidad o lo previno la malicia, como algunos suponen y no nos encontramos muy lejos de creer.


El sagriento motín contra los judíos

Corría el año 1473. Las hermandades y cofradías se preparaban a celebrar con gran pompa las procesiones de Semana Santa, y la de la Caridad dedicó una a la Virgen, cuya imagen atavió con cuantas joyas y alhajas pudieron reunir los cofrades. Alfombrose la carrera con yerbas aromáticas, las fachadas de las casas principales lucían lujosos tapices, y las demás tenían diversidad de colchas y cortinas en sus puertas, ventanas y ajimeces.

Llegó la tarde del día 17 de abril, Jueves Santo, y según otros, del 14, segundo domingo de Cuaresma. Los cofrades de la Caridad, en gran número, acompañados del convite, donde figuraban los dos cabildos, las comunidades de todos los conventos y cuanto notable encerraba Córdoba, formaron la procesión en dos filas y con profusión de hachas encendidas. Tranquilamente y por entre la muchedumbre que inundaba las calles llegaron hasta pasar la imagen por la Herrería, parte hoy de la Carrera del Puente. En aquel sitio cayó sobre el manto de la Virgen cierto líquido inmundo, arrojado desde una ventana por una chica que se creía aconsejada por algún judío. Este hecho horrible produjo el escándalo consiguiente, bien pronto aprovechado por los deseosos de vengar sus iras en los judíos y conversos, a quienes en seguida achacaron aquel sacrilegio.

Un herrero del barrio de San Lorenzo llamado Alonso Rodríguez principió con estentórea voz a dar gritos contra aquéllos, excitando a los demás a tomar pronta y ejemplar venganza, sin bastarle las amonestaciones de Pedro de Torreblanca, adicto a don Alonso de Aguilar, quien quiso aplacarlos, recibiendo en premio una herida de manos del herrero.

La procesión quedó disuelta y algunos cofrades se llevaron la imagen, en tanto que la muchedumbre invadía las casas de los culpados, matándolos, robando e incendiando sin caridad alguna y sin que hubiese quien los contuviera en tantos desmanes. Gran número de muertos hubo este día y los tres siguientes en que duró la lucha. Viendo que nadie contenía a los ilusos, que llamándose cristianos así asesinaban a los conversos, resolvió don Alonso de Aguilar poner fin al alboroto y hacer entrar en orden a los amotinados.

Tomó su caballo y acompañado de sus dependientes y amigos salió al encuentro, dirigiéndose al Rastro, donde halló al herrero animando a las masas, como diríamos ahora. Dirigiole la palabra, le rogó y le mandó retirarse; mas, lejos de obedecer, Alonso Rodríguez le contestó con groseros insultos y hasta le hizo frente con los suyos. Entonces don Alonso arremetió hacia él y lo pasó de un golpe de lanza dejándolo muerto, persiguiendo a los demás hasta encerrarlos en el patio de San Francisco, quedando algunos otros cadáveres en la calle.

Retirose don Alonso a su casa, y los amotinados volvieron a recoger el cadáver del herrero. Lleváronlo en hombros hasta San Lorenzo, en cuya iglesia entraron, poniéndolo delante del monumento, donde pasó la noche. Dícese que a la mañana siguiente el herrero movió un brazo, a causa de su falsa postura, o, según otros, un fiel perro que tenía se metió bajo la mesa en que yacía el cadáver, dándole con el suyo algún movimiento. El caso es que la plebe dijo que Alonso Rodríguez era mártir por la religión que defendía, y que con haberse movido pedía venganza de su muerte, alborotándose y emprendiéndola de nuevo contra los judíos y conversos, matando a unos y dejando a los otros sin bienes ni hogar con sus robos y sus incendios.

Súpolo don Alonso y reuniendo su gente corrió hacia San Lorenzo y Santa Marina a darles otro escarmiento; mas al llegar a San Agustín halló a los amotinados, a quienes ya capitaneaba otro noble llamado don Diego Aguayo, que, algún tanto calavera, no se asustaba de las amenazas, hasta el extremo de no sólo hacerle frente, sino que arremetió a pedradas y golpes, haciéndoles huir hasta el Alcázar, donde tuvo don Alonso que hacerse fuerte con los suyos y muchos judíos y conversos que buscaban su amparo. Allí los dejaron, volviéndose los amotinados a cometer desmanes idénticos a los ya referidos.

Cuatro días duró este motín, uno de los más sangrientos ocurridos en Córdoba. Al cabo de ellos salió don Alonso del Alcázar ofreciendo perdón de los crímenes cometidos y mandando a los judíos y conversos salir de la ciudad o fijar su residencia en el barrio que antes se les tenía señalado.

La hermandad de la Caridad, comprendiendo que de su seno había surgido el conflicto, acordó perpetuar su memoria con una lápida conmemorativa colocada en el patio de San Francisco, y una gran cruz de hierro sobre un pedestal, ocupando el centro del antiguo Rastro. La primera desapareció ha mucho tiempo, la segunda varió de tamaño y sitio, pues en 1814, con motivo de unas fiestas, se construyeron dos grandes arcos desde la esquina de la calle de Lucano a la Carrera del Puente, y en lo alto se colocó aquélla hasta 1852 que, cuando la construcción del último tramo de murallón, los derribaron y desapareció la cruz, postrer recuerdo de aquellos aciagos días.


Costumbres en la noche de San Juan

Raro es el pueblo en España donde no se celebra la noche víspera de San Juan Bautista de una manera extraña. En unos puntos era y aún es costumbre bañarse la cabeza o todo el cuerpo en los ríos inmediatos, en otros se va a buscar frutas y ramas de árboles, y en otros se hacen demostraciones de tal o cual estilo, cuyo origen no buscamos en estos apuntes.

En Córdoba era ir a tomar el alfil, palabras obligadas, lo cual consistía en pasar la noche en vela, paseando los hombres por las calles y esperándolos las damas en sus rejas con extraordinario permiso de sus padres o tutores, y allí mutuamente se obsequiaban con licores y confites, antiguo nombre de los dulces sueltos liados en papeles, de donde viene el nombre de confiterías.

Más adelante, cuando las ideas modernas iban ejerciendo su imperio, se empezó a pasear, destinándose la calle de la Feria, Cruz del Rastro y Ribera a pasar la noche reunidos, y posteriormente, en la época constitucional de 1820 a 1823, se permitió el uso de trajes y caretas, que ha quedado por costumbre no sólo en esa noche, sino en la de San Pedro y San Pablo, continuando así hasta que la aglomeración de gente ponía intransitable aquel sitio, y en 1854, concluido el extenso y hermoso salón del paseo de la Victoria, se dispuso trasladar a él la velada, como desde entonces se viene efectuando.


Las lentas obras del Murallón de la Ribera

Nos hemos propuesto no ocuparnos del Guadalquivir hasta dar nuestro paseo por el barrio del Espíritu Santo, por ser el lugar más llamado a ello, tanto por rodearlo el rio como por ser el que más ha sufrido con sus crecientes. Mas no sucede lo mismo con el paseo de la Ribera y el murallón que defiende el barrio de San Nicolás del embate de las aguas.

Por los trozos de muralla, unos caídos y otros en pie, que se encuentran desde la Cruz del Rastro al puente, y muchos que se han desbaratado en las obras de la nueva, se ve, aunque de diversas construcciones, que desde tiempo inmemorial, aun antes tal vez de los romanos, estaba Córdoba defendida de las aguas del Guadalquivir con un murallón, que a la vez serviría para su defensa. Por un lado el temor de que caído este sostén las casas serían víctimas de las crecientes, y por otro el deseo de empalmar la carretera de Madrid con la de Sevilla lo más afuera posible de la población, hizo en 1773 elevar una exposición a Carlos III pidiendo la composición del puente y el murallón de la Ribera. Formose presupuesto, ascendente a 1.080.300 reales, que al fin fue aprobado en real provisión de 11 de mayo de 1776, pero previniendo que lo tocante al murallón lo pagase Córdoba sola y lo demás a repartir entre las provincias de Sevilla, Badajoz, Granada, Jaén y Ciudad Real o Mancha, como más cercanas e interesadas en tener esa comunicación expedita para el paso de viajeros y mercancías.

Córdoba debía abonar la obra del sobrante de sus propios, y además de que éste era corto, se aplicó los más de los años al pago de las contribuciones extraordinarias; por consiguiente, aun cuando se principió el murallón, sufría interrupciones, temiéndose a cada instante el que no llegase jamás a completarse el pensamiento, como en la actualidad sucede.

En 1797 encontramos otra real provisión insistiendo en la primera, autorizando a la vez un recargo en la contribución de paja y utensilios a los forasteros, el derecho de montazgo o puerto del Guijo, un dos por ciento de las rentas de todas las casas cercanas al río, y un uno en las demás por el término de cuatro años que se creían necesarios para realizar esta gran obra. A la vez se mandó e instituyó una junta, compuesta del corregidor, dos regidores y dos diputados del común, elegidos por el Ayuntamiento, el síndico personero y un eclesiástico designado por el obispo.

En esto, como en todas las cosas de España, hubo alguno que otro abuso, se distrajeron los fondos para otros objetos y la obra siguió siempre de una manera tan lánguida que ha llegado a nosotros sin esperanza de verla concluida, pues nada se ha hecho en ella desde 1852 en que construyeron el último trozo, siendo ahora mucho más costosa, tanto por la subida de materiales y jornales como por las expropiaciones de las casas que es preciso derribar para darle al paseo la anchura necesaria, toda vez que viniendo a morir en el arranque del puente no puede perder la línea recta desde el fin de lo construido.

También ha existido el pensamiento de hacer un nuevo puente desde la Cruz del Rastro a la orilla opuesta, ampliando hasta él la carretera de Sevilla, pero siendo ésta paralela a una vía férrea la abandonó el Estado, y Córdoba por sí sola no puede emprender tan necesaria mejora, puesto que el antiguo puente se rinde ya al peso de los años, y no extrañaremos que cuando menos se piense nos deje sin comunicación con el barrio del Espíritu Santo o Campo de la Verdad.


La plazuela de la Consolación

En el paseo de la Ribera hay dos sitios clasificados como plazuelas. Uno es la salida de la calle de Consolación, detrás del altar mayor de la parroquia; esto se conoce por la plazuela del Rector, por estar allí la casa del de aquélla, y antes se decía de la Torrecilla de los Argotes, por una que hubo en aquel lugar y en la que se defendió uno de los conquistadores de Córdoba de aquel apellido.

En un rincón existe una calleja sin salida que ha por nombre de los Noques, por los que allí hubo, y antes de los Negros, por dos de este color que allí habitaron. En la casa número 11 hay un pozo que a poco de la boca tiene un gran caño de agua, que muchos creen atravesar casi toda la población, contándose una anécdota para nosotros inventada.

Dícese que al sacar no ha muchos años una criada el cubo vio en él una carta, entregola a su amo y viendo éste el sobre dirigido a un fraile de San Agustín, se la remitió, diciendo éste habérsele caído en uno de los desagües de las fuentes de su convento, por el que iría hasta la ya dicha casa, lo que se nos antoja un cuento, tanto por haber llegado tan bien como por la distancia.

La otra plazuela está más cerca de la Cruz del Rastro y tuvo comunicación antigua con la del Potro, junto a la Mancebía. Este sitio se conocía por el Picadero del Potro, por ser el lugar donde amaestraban o llevaban a probar los que se vendían en aquel mercado, del cual ya nos ocupamos cuando por él dimos nuestro paseo.


Los recintos amurallados de la Ajerquía y al Almedina

Al terminar el barrio de los Santos Nicolás y Eulogio hemos recorrido toda la parte que forma el partido judicial de la derecha. También lo hemos hecho de la ciudad baja llamada por los árabes la Ajerquía, cuya palabra significa "población oriental". Ellos la cercaron, así como con la Villa lo habían hecho los romanos, formándole fuertes muros que de trecho en trecho cortaban sólidas y hermosas torres, que desgraciadamente han ido desapareciendo. Sin embargo consideraban la Almedina o ciudad alta, que después se llamó la Villa, como lugar más seguro, y por esa razón no permitieron la unión de una parte con otra, dejando el campo divisorio y en el que después se formaron las calles desde la Cruz del Rastro a la Puerta del Rincón.

También tenía esta muralla divisoria sus torres de defensa y sólo se comunicaban por la hoy Cuesta del Bailío y |Arquillo de Calceteros, pues como hemos dicho, el Portillo, la Cuesta de Luján y la Zapatería se abrieron después de la conquista. Esta última existió en tiempo de los romanos y su lugar se ha llamado durante siglos puerta del Hierro. El muro foral de toda esta parte, unido al de la Almedina o Villa por fuera del Alcázar Viejo, que es otra agregación, compone una línea de 8.769 varas, medidas en 1635 por el veinticuatro de Córdoba don Andrés de Morales y Padilla, quedando por consiguiente fuera la parte que decimos barrio del Matadero, extramuros de la ciudad.


Esplendor y decadencia de la Córdoba Musulmana

Esta parte de la ciudad fue conquistada por las tropas de San Fernando unos seis meses antes que la Almedina, y por eso creemos oportuno este lugar para contarla a nuestros lectores y principiar a pasear la ciudad alta por San Nicolás de la Villa, para completar el acontecimiento más importante que encierra la historia de Córdoba, antes que la indiferencia con que se miran las obras antiguas haga perder datos curiosísimos para los amantes de nuestras glorias.

No blasonamos de historiadores ni es ésa nuestra misión; sólo tomamos apuntes de cuanto vemos referente a Córdoba, y ésos son los que en este lugar consignaremos.

Cuantos escritores, tanto nacionales como extranjeros, se han ocupado de la dominación árabe en España refieren la gran importancia que adquirió Córdoba, importancia que llegó a su apogeo bajo el reinado de los Abderramanes e Hixem, que la hicieron no sólo temible en la guerra sino considerada como el emporio de las ciencias, las letras y las artes. Sorprenden los datos de su grandeza, la descripción de la ciudad y sus veintidós arrabales circunvalándola, y elevan el alma a una región de delicias cuando nos hablan de la Mezquita, de los palacios de Medina Azahara y Azahira y demás grandezas como aquí se encontraban atesoradas. Siglos se conservó tanta magnificencia. Terror de los cristianos fue después bajo el mando del valí Almanzor, sin duda el primer guerrero de su tiempo. Mas tanto poderío decayó notablemente, y Córdoba no se conocía apenas en el reinado de Aben-Huc, último rey árabe, infeliz en su reinado hasta morir de la manera infame y alevosa que nos refiere la historia.

Córdoba estaba dividida en bandos, tanto por la gran población cristiana oprimida por los árabes, perseguida en sus creencias y costumbres -toda vez que en sus últimos tiempos no era tanta la tolerancia religiosa-, como entre ellos mismos, afiliados a distintas sectas, en las cuales, como sucede siempre, eran mayores los odios y las venganzas. Los moros de clases elevadas, los que contaban con el favor de Aben-Huc, muchos de ellos jefes de las tropas y otros dueños de los cargos públicos, oprimían a los demás; eran tantos los impuestos y se burlaban tan escandalosamente de ellos, que el deseo de la venganza iba haciendo el efecto, fin de tales agravios y desafueros.


Preparativos e inicio de la Conquista de Córdoba

Las huestes de Fernando III habían llegado en sus conquistas a la entonces villa de Andújar. Como punto fronterizo ya lo fortificaron, y en él aguardaban mejores tiempos y grandes refuerzos para poder algún día continuar su marcha triunfal por estas comarcas. Aben-Huc con parte de sus tropas estaba ausente de Córdoba por haber salido a poner freno a los moros de Granada y Murcia, y aquí sus delegados aumentaron los abusos al más alto grado, al par que descuidaron la vigilancia, cuando tan cerca estaba el ejército cristiano.

Algunos de éstos aprovecharon la falta de custodia en los campos saliendo de Andújar a echar una correría por ellos, recogiendo ganados y cautivos que se aprestaban a llevar, cuando vieron de lejos cinco o seis árabes caminando tranquilos, al parecer hacia el camino que ellos debían tomar; apartáronse unos, en tanto que otros daban la vuelta sin ser apercibidos, logrando de este modo cercarlos sin que ninguno de ellos pudiera escapar. Mas grande fue la sorpresa de los cristianos viendo a los moros celebrar el encuentro en vez de demostrar pena de quedar cautivos. Uno de ellos, al parecer de más respeto que los demás, les dijo que precisamente iban con la idea de llegar al mismo Andújar, si antes no encontraban algunos partidarios del rey Fernando con quien poder conferenciar, y que afortunadamente bien pronto habíanse realizado sus deseos.

En esto varían los historiadores, pues mientras la Crónica General del rey don Alonso, la del santo rey don Fernando y casi todos los libros que de esto se ocupan refieren el suceso como causal, el arzobispo don Rodrigo –libro noveno, capitulo 16- dice que los moros populares fueron expresamente a buscar a los cristianos, mas como el fin es el mismo lo continuaremos en la forma comenzada.

Ponderoles el moro los malos tratamientos, los abusos cometídos con ellos, la inseguridad de sus bienes y familias, y por último, el deseo que tanto los cristianos como los hebreos y ellos mismos tenían de sacudir tan ominoso yugo con tal de ser respetados en sus hogares y creencias

La ocasión era oportunísima. Aben-Huc ausente con lo más florido y bizarro de sus huestes, la ciudad mal guardada por el abandono en que yacía, particularmente de noche, todo, en fin, brindaba a un golpe de valor y osadía a que estaban prontos a ayudar si se les dejaba libres para proceder de acuerdo y proteger la sorpresa, pudiendo, si de sus palabras tenían duda, llevarse a algunos en clase de rehenes.

Todo lo dicho por los moros fue acompañado de tantas lágrimas y sollozos y revelando en su relación tal sinceridad, que los cristianos se quedaron absortos sin saber al pronto cómo resolver una propuesta de tan trascendental importancia. Dejáronlos con custodia bastante y apartáronse a alguna distancia Domingo Muñoz, el adalid, Pedro Ruiz Tafur y Martín Ruiz de Argote, que eran los de mayor grado y mando en aquella correría, y con otros hijosdalgos y capitanes, entonces llamados almocadenes, se pusieron a conferenciar sobre el asunto.

Tocole dar su parecer primero a don Pedro Ruiz Tafur, quien dijo no se fiaba en promesas de moros que tanto odio profesaban a los cristianos, por más ofrecimientos de sumisión hechos por ellos, cuando una segunda intención podían envolver en sus palabras; además de no contar con fuerzas suficientes a resistir la vuelta del rey árabe y su ejército, toda vez que era muy fácil faltase el apoyo ahora ofrecido, retirado después temiendo el castigo, pero que, a pesar de ser esa su opinión, se sometía gustoso a lo acordado por todos. Otros varios apoyaron aquel dictamen, añadiendo que debían irse a Andújar con lo recogido en la correría y llevando como cautivos a los moros ya en su poder.

Tocole a su vez a Martín Ruiz de Argote, joven de gran valor y audacia disintiendo de los demás caballeros. Manifestó que las empresas dudosas eran las primeras que debían emprenderse; ellas dan más gloria y prueban cuáles son los hombres más esforzados y valientes. La ocasión les brindaba apoderarse de la ciudad más importante de Andalucía, y no era él por cierto el que había de desperdiciarla. Una vez dentro de la Ajerquia, en ella podían defenderse hasta recibir nuevos refuerzos del rey don Fernando, y así la suerte les era adversa y morían en la demanda, a bien que perdían sus vidas por su Dios y por su rey, que sabrían apreciar su sacrificio.

Tantas fueron sus razones y con tanto entusiasmo las dijo que arrebatados unos y temerosos los demás de pasar por tímidos o cobardes, acordaron seguirlo, dejando parte de los moros en libertad, que en breve regresaron a Córdoba, en tanto que ellos con los otros en rehenes tomaron el camino de Andújar.

Ya en aquella villa, hoy ciudad, empezaron los preparativos para la conquista de Córdoba, por dar conocimiento de todo a su jefe principal Álvar Pérez de Castro, a fin de tenerlo pronto en su socorro. Recogieron cuanta gente les fue posible de los puntos inmediatos sin dejarlos desguarnecidos, y todos juntos emprendieron una pronta y acelerada marcha, llegando cerca de Alcolea bien entrada la noche. Allí dudaron si tomar el Castillejo, que tal significa aquel nombre. Mas temerosos de que alguno escapase y diese aviso a Córdoba, tomaron la orilla izquierda del río hasta poco más abajo del molino de Lope García, donde Domingo Muñoz reconoció el río, encontrando el vado que por él aún se llama del Adalid.

A pesar de ser en enero, la corriente no era crecida, y subiendo los infantes en las ancas de los caballos pasaron todos con el menor ruido posible, llegando lo mismo hasta los muros cerca de la puerta de Baeza. Sería entre once y doce de la noche. Ni un instrumento de guerra, ni la voz de un vigía se escuchaba, y esto mismo les hizo dudar si serían víctimas de un engaño. Pero Domingo Muñoz los sacó de aquella incertidumbre diciéndoles que ya en aquel sitio no había más que acometer la empresa con la poderosa ayuda de la Virgen y del glorioso apóstol Santiago.

Entonces probaron si las escalas llegaban al muro, y viendo que no, siguieron alrededor de la ciudad hasta frente a la hoy iglesia de San Cayetano, donde se dispuso empalmar aquéllas y que subieran a la torre los que mejor hablasen el árabe para que pudiesen contestar a cualquier pregunta, a pesar de ir también vestidos de moros. Tocoles la suerte a los almogávares Álvaro Colodro y Benito Baños, quienes subieron a la torre, ya derruida, y que ha llevado el nombre del primero -como aún lo tiene la puerta contigua-, encontrando a poco tres o cuatro moros que a seguida les preguntaron su clase y el objeto que allí los llevaba. Colodro contestó ser sobreguardas que iban vigilando los muros; mas al oírlo uno de aquéllos, que era de los convenidos, le expreso en voz baja la necesidad de matar a los otros. Entonces se echaron sobre ellos, arrojándolos por la muralla, a cuya caída los demás cristianos acabaron con ellos, escalando también la torre de la cual se hicieron dueños, así como de las inmediatas.

Corriéronse por el adarve matando a cuantos encontraban a su paso, llegando al fin a la puerta del río desde entonces llamada de Martos, por donde entró Pedro Ruiz Tafur, volviendo a abrir otras que, como ésta, por haber entrado los de aquella villa, se llamaron con igual motivo de Baeza, Andújar y Plasencia.-

Amaneció el día 24 de enero de 1236, y al verse los árabes moradores de la Ajerquía con los cristianos dentro de sus muros, ayudados por los mozárabes y moros populares, recogieron cuanto les fue posible y entraron huyendo en la Almedina, donde los partidarios del rey se hicieron fuertes, saliendo tres veces a ver cómo los arrojaban, trabándose sangrientas luchas en que multitud de cadáveres quedaron tendidos, tanto de un bando como de otro.

Mas siendo imposible rescatar lo perdido se situaron en el muro divisorio aún existente, cubierto por las casas de las calles de San Fernando, Librería, Ayuntamiento y Alfaros, y desde él continuaron haciendo frente a los cristianos, dueños por completo de la Ajerquía, pero fortificados en sus torres como lo estuvo Martín de Argote en la que había en la Ribera, conocida por aquel apellido, por haberla ganado a los moros el expresado campeón de las huestes de don Fernando, en unión de su hermano Miguel, por haberles tocado el ir a apoderarse de expresada fortaleza, que era uno de los puntos que más daño hacía en los cristianos.

Ellos la arrebataron del poder de los infieles y la conservaron en el suyo todo el tiempo que se tardó en conquistar la Almedina. Desde entonces se llamó este sitio plazuela de la Torrecilla de los Argotes, la que duró hasta que la obra del nuevo murallon precisó a demolerla, desapareciendo uno de los monumentos más notables de Córdoba

Posesionados de la Ajerquía, donde permanecieron cinco meses y seis días, terminamos nuestro paseo por el barrio de los Santos Nicolás y Eulogio y principiaremos a recorrer la ciudad alta por la otra parroquia dedicada también al primero y que lleva el sobrenombre de la Villa para distinguirlas. Allí reanudaremos cuanto sabemos de la conquista de Córdoba y después lo describiremos como lo hemos hecho con los ya paseados, o sean, los de la Magdalena, San Lorenzo, Santa Marina, San Andrés, San Pedro, Santiago y San Nicolás, que constituyen la ciudad baja, dada ya a conocer a nuestros lectores.




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