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Paseo 6. Barrio de Santiago
De Biblioteca de Córdoba
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Al extremo sur de la población y casi apartado de lo demás de ella se encuentra el barrio de Santiago, uno de los más cortos en extensión y vecindario intramuros, si bien es bastante extenso en jurisdicción rural, en la que están enclavadas algunas notables fábricas, entre ellas la del gas, el venerado y antiguo santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta y el exconvento de los Terceros de San Francisco.
El vecindario en general es pobre, dedicado a las artes mecánicas o a las faenas agrícolas, aparte de algunos propietarios e industriales, habitantes casi todos en la calle principal, o sea, la que llamamos del Sol, que arranca de la de Don Rodrigo y termina en la destruida puerta de Baeza. Casi a la mitad encontramos la parroquia que, como en los demás barrios, será nuestro punto de partida y el edificio a que daremos la preferencia.
La parroquia de Santiago
El exterior de esta iglesia revela dos épocas. En el lado de la calle del Sol parece una obra moderna a causa de la reforma del pórtico de tres arcos y del campanario, todo de mal gusto y embadurnado de cal y ocre, contrastando con la fachada de la calle del Viento, conservada casi en su primitiva arquitectura, semejante a la de San Lorenzo y Santa Marina. En su imafronte luce un primoroso rosetón muy destruido y cubiertos sus claros por un tabique que le roba casi por completo su mérito. Vaca de Alfaro y otros escritores de su tiempo lo hacen más lindo que el de San Lorenzo, y aseguran ser muchos los arquitectos y maestros que lo dibujaban para ver si podían imitarlo en las obras de aquel género que se les ofreciese.
En este lado se ve un agregado de la misma época y con la puerta tapada, que tradicionalmente se cree era la entrada al claustro de un gran edificio unido al templo, morada un tiempo de los caballeros del Temple y después de los de Santiago, si bien otros aseguran que éstos estuvieron en otro punto y que allí sólo iban a celebrar sus fiestas y reuniones. Sea de unos u otros, allí hubo un convento y hasta hace poco se ha conservado el lugar en que estaba la campana para llamar en la portería. Esto se corrobora también con el inmemorial título del Claustro que lleva la calle que hay a su espalda, por los vestigios que aún quedan en la casa que fue de los condes de Valdelasgranas y en su cruz de Santiago que siempre ha usado esta parroquia como sus primitivas armas.
Entre las catorce parroquias fundadas por San Fernando aparece la del apóstol Santiago, por consiguiente no creemos haberse llamado nunca de San Cristóbal, como indica Alfaro, por una imagen de este título, de gran tamaño, que estaba pintada a un lado del pórtico, la que, así como un Santo Cristo en el opuesto lado, se ignoraba el tiempo en que serían allí puestas.
Cerca del suelo se veía también una inscripción romana, habiendo desaparecido todo para ser embadurnado el atrio con las muchas capas de cal allí empleadas o al construir la portada nueva que ya hemos dicho ser moderna.
Penetremos por esta puerta, única practicable de las tres antiguas. A primera vista se conoce la multitud de reformas sufridas por este templo, pues a pesar de ser de los más lindos de Córdoba inspira compasión el verlo despojado de su primitiva belleza. En la última obra desaparecieron las muchas losas sepulcrales que había en su pavimento, y sus antiguos retablos fueron casi en totalidad sustituidos por los actuales.
La capilla mayor, en la que tenían enterramiento los caballeros del apellido Godoy, conserva algo de su arquitectura gótica y es en su forma algo parecida a la de San Agustín, si bien en ésta ocupa el centro el altar mayor, especie de templete de escaso mérito. El centro es el tabernáculo, y en las cuatro esquinas están los evangelistas, que así como la Fe con que remata y cuatro ángeles en el arranque de la cúpula, son de madera imitando mármol. Tras éste está el coro y en sus paredes se ven algunos cuadros faltos de mérito con la vida de la Virgen.
La nave del evangelio
Pasemos a la nave del evangelio. En su extremo principal encontramos la capilla del Sagrario con un retablo moderno de orden compuesto y en él el Santísimo Cristo de las Penas, imagen muy venerada y que en varias ocasiones ha salido en procesión. A un lado del altar se ve un gran cuadro alegórico de la aparición de San Rafael, obra al parecer de fines del siglo pasado y desprovista de mérito. El centro lo ocupa el arcángel con el padre Roelas, y en los ángulos tiene cuatro círculos, tres con sucesos del primero referentes a Córdoba, y el cuarto con el juramento hecho a la misma de ser su guarda y custodio. Esta capilla es de patronato de los condes de Gavia, quienes tienen allí enterramiento. La fundó don Gonzalo de Cárdenas, cuyas armas se ven a los lados, y en ella estuvieron muchos años las banderas ganadas a los moros por don Luis de Cárdenas, alcaide de Orán y Mazalquivir, quien reedificó la expresada capilla. La hermandad del Santísimo tiene sus reglas aprobadas en 2 de marzo de 1564.
Entre aquel lugar y la puerta hay dos altares, ambos modernos y de orden compuesto, uno de ellos con una escultura representando a Santiago, obra al parecer de Lorenzo Cano -hay además dos relicarios-, y el otro con la Virgen de la Estrella y San José, de vestir, de quienes cuida una cofradía muy numerosa, fundada en 1590 por Gil Martín y su mujer María González la Cuerva, especieros, por lo que entraron todos los individuos de este gremio, como consta en sus reglas aprobadas en 11 de septiembre de 1698. A los pies de esta nave está la capilla del Bautismo, donde lo recibieron muchos individuos de la antigua aristocracia cordobesa.
La nave de la epístola
En la nave de la epístola forma cabeza la capilla de Nuestra Señora de la Blanca, imagen de mármol, colocada con otras de San Acisclo y Santa Victoria en un retablo de talla dorada del mal gusto de fines del siglo XVII o principios del XVIII. Esta escultura se encontró enterrada al abrir un cimiento para la construcción de cierta pared en una de las casas de la calleja del Cañaveral, donde le erigieron una capilla, mas formada hermandad para darle culto la trasladaron a la parroquia. Se dice tradicionalmente que se apareció a una pobre mujer, vecina de dicha casa, que encontrándose sola y de parto llamaba a la Virgen, la que vino a consolarla. Otros más inocentes, al ver que la escultura tiene una mano hacia abajo y vuelta, dicen que estaba encerrada tras de un tabique y que tiene aquélla en la actitud que tomaba para llamar y que le abrieran; pero lo cierto es lo primero, creyéndose que sería escondida cuando la invasión árabe.
El altar de Ánimas, cuya cofradía es la de la Estrella, tiene un retablo moderno de orden compuesto, con dos columnas colosales que arrancan del pavimento, todo de muy mal gusto, por cierto en armonía con el mediano cuadro que representa a aquéllas.
Cerca de éste está el altar de San Antonio Abad, antigua escultura un tiempo la titular del hospital que hubo en la casa número 40 de la calle de Barrionuevo. Del costo de este altar y del modo de hacerlo hemos visto apuntes en poder del señor don Mariano de Barcia; por ellos hemos sabido que lo hizo un tallista llamado Sociago y que la Concepción que tiene en lo alto fue donación de don Antonio de Barcia. Este señor, en unión de su padre don Miguel, tenían su casa banca en la calle de Odreros, y cuando se trató de ampliar la iglesia de San Rafael pusieron en su despacho un cepo con el objeto de recoger limosnas, las que serían destinadas a aquellas obras, a excepción del diez por ciento, que sería para el expresado altar de San Antón, con tan buena suerte que en seis u ocho años recogieron más de 4.000 duros, toda vez que las nueve décimas partes entregadas a la hermandad de San Rafael importaron 75.725 reales y 5 maravedises, con lo que se contribuyó no poco a la ampliación de la iglesia del Juramento.
Al extremo de la nave que describimos hay una capilla cerrada y convertida en atarazana, sin duda lo mejor de todo este edificio. Es completamente gótica y ocupa su frente un precioso retablo de principios del siglo XVI con varias esculturas y pinturas, llamándonos la atención cuatro de éstas en tabla, muy lindas, y un medio relieve que representa al Salvador. Está dedicada a la Anunciación de la Virgen por su fundador Antón Gómez de Córdoba, contador del rey Felipe III. Ha tenido puerta a la calle, y en su lugar hay un lienzo muy destrozado, de bastante mérito, con San Andrés y San Fernando.
Otras dependencias parroquiales
El antiguo cementerio de esta parroquia está a la espalda, convertido hoy en corral. Se cree era terreno del antiguo convento, siendo ésta y la del Campo de la Verdad las únicas en Córdoba que tenían aquel triste lugar fuera de la vía pública.
En la sacristía, que es de medianas dimensiones, nos llamó la atención ver algunas pinturas de bastante mérito, siendo casi negativo el de los cuadros de la iglesia. Allí encontramos dos cobrecitos con las Angustias y la Natividad del Señor, firmados ambos por Vargas; una Santa Isabel en tabla muy antigua, un San Gregorio y Santa Lucía de Palomino, un Nacimiento y una Adoración de muy buena mano, un Nazareno, copia del que Valdés pintó para la calle de la Zapatería, y un Crucifijo malísimo, pero que anotamos por tener al pie el retrato del licenciado Jerónimo de Mesa.
En el frente hay un alto relieve digno de estudio por su antigüedad y mérito; representa el acto en que la Virgen echó la casulla a San Ildefonso; forma arco, y desde luego se comprende que ha sido quitado de algún sitio donde estaría colocado. Creemos que éste y el otro relieve de su capilla de la Anunciación pertenecerían al antiguo retablo del altar mayor quitado en una de las muchas reformas que ha sufrido este templo.
En el archivo nada de particular encontramos. Sus libros principiaron: los de bautismos en 1572, los de matrimonios en 1592, y los de defunciones en 1640.
Esta parroquia, como todas las demás, tuvo al lado el emparedamiento de mujeres dedicadas a la penitencia y contemplación de los sagrados misterios. La existencia de estos asilos, anteriores a los conventos de monjas, está probada por multitud de documentos que hemos visto, ya dejándoles limosnas o legados o ya otorgados por las mismas emparedadas.
Como todas las parroquias, contaba la de Santiago con muchas capellanías y memorias fundadas en ella, siendo digna de llamar la atención la del beneficiado Pedro de Mesa, dotada con 50 ducados anuales y provista por oposición en uno de los colegiales de la Asunción, en cuyo acto habían de ser jueces los cuatro padres de la Compañía de Jesús que regentasen las clases de más importancia.
Todos los católicos saben que Santiago es el patrono principal de España, y como a tal se le tributan los mayores cultos en el reino. En el siglo XVII se hizo igual declaración a favor de Santa Teresa de Jesús, dando lugar a la defensa del primero y declarándose que aquél fuese solo. Se hicieron muy solemnes fiestas y públicos regocijos, contándose en las primeras una lucida procesión que salió de la Catedral el día 25 de mayo de 1631, viniendo a esta parroquia, en que se celebró una gran función con sermón y música y con asistencia de todas comunidades, la nobleza y el pueblo, llevados por la devoción y la curiosidad.
En esta iglesia se sirve la hermandad de la orden Tercera de Madre de Dios, lo que es extraño estando la suya abierta al culto; allí tienen su imagen, la que por segunda vez reside en este templo, como le sucedió durante la invasión francesa.
La calle del Sol
La calle del Sol, de que hablábamos antes de penetrar en la parroquia, pertenece a ella desde las casas siguientes al convento de Santa Cruz y hospital de Santa María de los Huérfanos, conocido por el de los Ríos. Muchos apuntes hemos encontrado de esta calle, un tiempo llamada Mayor de Santiago, Santa Cruz y del Hospital de los Ríos, y por esto la dividiremos en dos secciones, que serán las dos aceras.
Sigamos la derecha, o sea, la de los números pares. Primero nos detendremos en la calleja o barrera del Tauste, según unos, apellido que ya no existe entre los cordobeses. La encontramos llamándose en el siglo XV y XVI calleja de Portichuelo, apellido muy antiguo en Córdoba, pero en el XVII, con motivo de morar en una de sus casas un médico de gran concepto apellidado Góngora, tomó este nombre, con el que aún en general la conocen. Forma una pequeña plazuela y aún tuvo otra calle estrecha de que se conserva un tramo tapiado y que le daba comunicación con la calle del Viento, así como con la Ribera, a donde da el postigo de una casa muy capaz en que está establecida la fábrica de paños y capotes de don José Blancas, en la que los hacen de excelente calidad.
La plaza de las Valdelagranas
La casa siguiente a la barrera de Góngora era la principal de los Arcos, apellido que se extinguió en Córdoba. Contigua a la parroquia afluye la calle del Viento, y más allá encontramos una plaza sin más puerta que la de unas casas principales que ocupan el frente y que lo eran de los condes de Valdelasgranas, título que se unió al condado de Gavia la Grande y hoy lleva el primogénito de éste don Antonio Losada y Fernández de Liencres. Su primer poseedor fue don Diego Atanasio de Godoy Ponce de León, por gracia de Carlos II en 2 de diciembre de 1690.
Dichas casas, aunque carecen de fachada como muchas de la aristocracia cordobesa, son muy hermosas en su interior y conservan los escudos de la orden de Santiago, vestigios de cuando fueron convento de aquellos caballeros, como indicamos al describir la parroquia. El actual señor conde de Gavia las permutó por las que habita en la calle de Ángel de Saavedra, que poco antes había adquirido el señor marqués de Peñaflor don Fernando Pérez de Barradas, y por muerte de éste las vendieron sus hijos, adquiriéndolas el señor marqués de Benamejí y hoy las posee su señora viuda.
Formando esquina con esta plazuela encontramos convertidas en fábrica de tejidos de hilo otras casas un tiempo principales de uno de los mayorazgos del señor marqués de Vega de Armijo. Lástima causa contemplar las horribles mutilaciones que ha sufrido esta fachada, lindísima obra del Renacimiento y de la que se conserva el segundo cuerpo de escuela bramantesca. Es de graciosas proporciones, tiene dos columnas estriadas de orden compuesto sobre pedestales adornados con bustos de gran relieve de buena escultura y ostenta en su cornisamento la fecha de 1520, que es la mejor época del arte plateresco. El vano o liso del centro debió estar abierto, aunque en la actualidad está macizo y todo embadurnado por el ocre tan usado en Córdoba para echar a perder los mejores edificios.
Entre este edificio y la demolida puerta de Baeza encontramos la calle del Tinte y una acera que da vista al campo, cuyo sitio, antes de hundir la muralla, era una calle conocida por la Rinconada de la Puerta de Baeza, donde existe un horno muy antiguo, al cual se refiere el autor de los Casos raros al contar uno completamente inverosímil.
Leyenda del Horno de la Puerta de Baeza
En todos tiempos, como en los actuales, la juventud ha estado siempre dispuesta a divertirse, sacando partido de todo aquello que pudiera halagar sus pasiones más o menos exageradas, según el temperamento de cada individuo, en quienes las aumentaba la falta de expansión y el poco trato entre las familias. Esto daba mayor misterio a las empresas amorosas, en las cuales corría la juventud mayores peligros por la confianza de que nada llegaría a quebrantar el secreto sostenido por el temor de mayores males. Este error, que no otra cosa era, hacía a los jóvenes que, durante la noche, se lanzasen a recorrer las calles, rompiendo la hipócrita circunspección que durante el día habían guardado y cometiendo libertades que unas veces daban cuestiones entre ellos mismos y otras acababan porque la ronda les hiciese serias y enérgicas observaciones.
Varios de aquéllos, muy dados a dichas empresas que les habían adquirido fama de pendencieros, iban una noche por la calle del Sol cuando uno de ellos recordó que en el horno ya citado vendían unas tortas cuyo nombre solo excitó el apetito de todos. Se encaminaban a aquel sitio, mas de pronto quedaron admirados al ver una dama de arrogante figura que, saliendo de la calle de los Tintes, se dirigía hacia el Panderete de las Brujas. Extraña era la hora y el sitio. Mas uno de ellos, el más atrevido, se ofreció a acompañarla, bien solo o con sus amigos, y aceptando la señora esta última proposición, siguieron con ella por una porción de calles hasta llegar a una casa que al momento abrió sus puertas, entrando todos a una habitación bien amueblada, si bien con el número de sillones igual al de jóvenes. Ya aquí, la misteriosa dama les dijo que iba a obsequiarlos, agradecida al favor dispensado, desapareciendo, dejándolos en la creencia de que en breve sería su vuelta.
Pasó una hora y después otra; la impaciencia empezó a surtir sus efectos, y juzgándose engañados pasaron a otras habitaciones, y en una de ellas, en que había luz, encontraron un catafalco y encima un cadáver. La sorpresa y el susto fue grande, y sin embargo, registraron toda la casa sin hallar a la señora ni otra persona alguna a quien preguntarle. Entonces salieron precipitadamente a la calle, completándose su asombro al encontrarse cerca del horno, o sea, en el mismo sitio en que empezó esta aventura, que consideraron un aviso del cielo para enmendar sus extravíos.
Prosigue la calle del Sol
Tornemos a la acera de los números impares de la calle del Sol, donde nos hallábamos. Pasado el hospital de los Ríos encontramos dos casas, una de ellas que ha debido pertenecer a los Benavides, según el escudo que ostenta en su fachada -obra también del siglo XVI, pero privada ya de sus adornos-, y otra de los Gutiérrez Ravé, aunque no la principal. Por cima de ésta hay una puerta con que han tapado en 1870 una angosta barrera o calleja sin salida que se llamaba de Pedro de los Ríos, el que, al tratar del convento de Santa Cruz, dijimos haberse hallado con Suero de Quiñones en la Puente de Orvigo.
Después encontramos una pequeña plazuela, a donde afluyen las Siete Revueltas de Santiago, y formando rincón vemos una casa conocida por la de las Campanas, por haber sido fundición de ellas. Su apariencia exterior nada particular ofrece, mas no sucede así en el interior, en que hay varios arcos árabes, que está restaurando su actual dueño el entendido y aplicado arquitecto don Amadeo Rodríguez. Esta casa ha sido la solariega de uno de los mayorazgos que poseía el señor duque de Alba, y por cierto es muy digna de ser visitada por los amantes de las artes.
En otra de las casas frente a la parroquia de Santiago hubo una ermita y hospital de los Santos Mártires Acisclo y Victoria, fundado en 1387 con el objeto de honrar su memoria, concurriendo a su formación el maestre don Pedro Muñiz de Godoy, el abad del convento de los Mártires, entonces de la orden del Cister, y otras muchas personas distinguidas de esta ciudad, las que formaron reglas, haciendo constar en ellas que aquéllos, aun cuando no eran cordobeses y sí naturales de León, aquí habíanse educado y sufrido el martirio por su amor a nuestra sacrosanta religión. Mas creemos que debían estar equivocados, pues los datos más creíbles los hacen de Córdoba, no siendo probable que vinieran huérfanos y pobres desde un país tan lejano, en unos tiempos en que tantas dificultades habían de encontrar para su viaje.
En 1516 era la ermita de la puerta de Colodro propiedad de un hombre llamado Jerónimo Godino, quien la cedió a esta cofradía para que la reparase, como efectivamente lo hizo con sus fondos y las limosnas que dieron algunos particulares. En 1673 redactaron nuevas constituciones, en 27 de septiembre, siendo hermano mayor el licenciado Diego Bijil y Quiñones. Así continuó esta casa y cofradía, dando culto a las imágenes, que la víspera de su día eran llevadas en procesión al convento de los Mártires, donde el Cabildo eclesiástico hacía una gran fiesta. Mas entibiada la fe de los cofrades, fueron escaseando éstos y acabó por quedar tan abandonada que al fin se suprimió, agregándose la casa y otras tres contiguas a la fábrica de la parroquia de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía, de donde ya hemos dicho se segregaron para entregarlas a la ermita de la puerta de Colodro, a petición de José Fernández el Carnerero.
La casa del Marqués de Benamají
Más cerca de la puerta de Baeza y mirando a la plazuela de los Condes de Valdelasgranas encontramos otra hermosa casa, la mejor del barrio, con una linda fachada por concluir, obra del acreditado arquitecto provincial don Rafael de Luque y Lubián. Es la casa principal del señor marqués de Benamejí, que actualmente lo es don Juan de Dios Bernuy y Coca. El interior es magnífico y muy bien amueblada, aunque no encontramos obra alguna de arte que merezca mención, pues en pinturas sólo recordamos una santa mártir, en la escalera, de regular mérito. En la cochera se guarda la carretela en que entró en Córdoba la reina doña Isabel II en el año 1862.
Aquel título fue concedido por don Carlos II en 23 de abril de 1675 a don José Diego de Bernuy y tiene grandeza de primera clase. Es a la vez mariscal de Alcalá del Valle y posee muchos patronatos, entre ellos el de la iglesia de San Basilio en Córdoba y el de la parroquia de la villa de su título, ambos con enterramiento. En el término de Montero posee una gran finca llamada Escalera, donde el anterior marqués, don Francisco de Paula Bernuy y Aguayo, edificó una preciosa iglesia, en la que yacen sepultados él y sus señores padres. Entre los antepasados de esta familia es sin duda el más notable el marqués don Diego Bernuy, escritor y poeta de gran mérito.
La desaparecida Puerta de Baeza
Más allá de esta casa se encuentran las calles de Ravé y Barrionuevo, de que nos ocuparemos y, como ya hemos dicho, nos encontramos en la puerta de Baeza, inconsideradamente derribada en 1868. En la obra Recuerdos y bellezas de España y en otras hallamos citado este poético monumento del arte, que en aquélla se le da el calificativo de romántica. La formaban dos lindas torres redondas o tambores, unidos por un precioso arco semicircular coronado todo de graciosas almenas y formado de una argamasa que en nada pudo aprovecharse cuando se cometió el desatino de privar a Córdoba de una de sus más bellas joyas artísticas, y que en vano intentó salvar la Comisión de Monumentos de la provincia.
La calle de las Siete Revueltas
Descrita la calle del Sol, o sea la principal del barrio de Santiago, continuaremos por él nuestro paseo por las Siete Revueltas, uno de los sitios más raros y extraños de Córdoba. Llámase así por componerse de siete callejas hasta salir a la plazuela del Conde de Gavia, formando además otras cuatro sin salida, algunas de ellas en extremo desaseadas. Su nombre es anotado hasta en documentos del siglo XV, lo que prueba que desde luego fueron construidas aquellas casas en la forma actual, aunque hayan variado sus fachadas.
En el primer tramo había en el siglo XVI el estudio del licenciado don Francisco Gómez, de quien hace mención el ya citado don Juan del Pino, asegurando que asistía a aquella clase lo más lucido de la juventud cordobesa. En el ángulo hay una alcantarilla que va a desaguar en el río cerca del molino de Martos, de cuyo sumidero cuenta el expresado Pino que en su tiempo y durante un periodo de seis u ocho meses estuvo saliendo un olor tan agradable que llegó a llamar la atención de todo Córdoba, yendo los farmacéuticos o boticarios a ver si lo podían clasificar, lo que no lograron, por ser superior a todos los aromas conocidos.
En el segundo ángulo hay una barrera, y en una de sus casas aún existe el reñidero de gallos más antiguo de esta ciudad. Frente vemos una tapia, o sea, la cerca de la casa del señor barón de San Calixto. Aquí hubo una plazuela conocida por la de las Yeguas, que el Ayuntamiento cedió al señor vizconde de Miranda con aquel objeto. En el último rincón para volver a la calle de Frías hubo hasta 1841 una imagen con un farol, única luz que había en aquellos alrededores.
En el censo de población mandado formar en 1718 aparecen inscritos en estas revueltas veinte africanos, todos convertidos a nuestra religión, siendo de notar que entre ellos se contaban una anciana llamada María de la Encarnación, con 114 años, y otra, Ana Catalina, con 105; es el primero el caso de longevidad mayor que ha ocurrido en Córdoba, según nuestras noticias.
De las Siete Revueltas seguimos a la calle de Frías. La casa número 38 es digna de visitarse por conservar muchos restos árabes, como arcos, una solería y otras cosas que indican haber sido la morada de algún personaje. Cerca de ella hay una calleja sin salida denominada del Santísimo por una custodia que tuvo pintada en la fachada de una de sus casas; también le dicen de Piedrahita. Termina en la calle de las Ferias, también de la Magdalena.
El panderete de las Brujas
Poco más abajo, o sea en la esquina, empieza el barrio de Santiago, encontrándonos a seguida en una pequeña plazuela conocida por el Panderete de las Brujas, sitio en tiempo el más temido de Córdoba desde que la noche la envolvía en sus tinieblas. Quien decía que allí se reunían todas aquellas endemoniadas y que, después de ejecutar algunas misteriosas danzas al son de una pandera, salían volando cada cual a lugar destinado de antemano y por orden de la principal; quien que el ruido lo producían disputándose los cariños del zángano, y quien que allí inmolaban a la sencilla joven o al inocente niño que asían entre sus garras.
Pero todas estas creencias del vulgo, fomentadas por su supersticiosa ignorancia, debían fundarse en algo, y esto es lo que nadie explica, y de lo que hemos podido averiguar, si no la verdad, un dato siquiera verosímil: dicen que en aquel lugar vivió una de esas embaucadoras que con ciertos untos y ceremonias fingían adivinar cuanto los incautos le preguntaban, celebrando de noche sus reuniones con otras de igual jaez y entre todas estafar al público, fingiendo tener pactos con el diablo para conseguir lo que deseaban, siguiendo en su industria hasta que la Inquisición puso coto a semejante superchería.
Y a propósito de estas gentes, entre las que se dieron muchos casos de acusarse ante aquel tribunal como tales brujas, hemos visto lo que cuenta el médico de Felipe II Andrés Laguna, a quien también persiguieron por haber informado que los tentados por el diablo eran dignos de compasión, porque obraban en virtud de un alucinamiento producido por ciertas flotaciones que exaltaban la imaginación durante el sueño.
Dice que a fuerza de trabajo y dinero se hizo amigo de una de las hechiceras de más fama, consiguiendo al fin que le vendiese el bálsamo que daba a los que iban en su busca. Primero hizo un análisis, resultando componerse de muchas y diversas plantas aromáticas, y después convenció a una criada para que se dejase untar aquel aceite; hízolo y, acostada en un lecho, permaneció a su lado toda la noche sin dar más señas que las de un sueño fatigoso; pero al despertarse por la mañana salió contando tantos desatinos y de tal naturaleza, que no le dejó duda de que había pasado aquellas horas soñando.
Él luchó con el deseo de experimentar por sí mismo tales efectos, pero temió enflaquecer su razón, por lo que sólo se puso un poco en los pulsos, teniendo durante la noche algunos ensueños, por cierto bastante lúbricos. Así vio prácticamente que todo aquello de las brujas era un solemne engaño, pero que la repetición de unturas ponía a los pacientes de modo que llegaban a creer lo que únicamente era producto de un alucinamiento. Sólo así se comprende la frecuencia con que se confesaban ante los jueces y la multitud de delaciones de personas inocentes hechas por los acusados. Y no nos extraña esto, pues aún hoy, cuando la incredulidad va dominándolo todo, no faltan personas, al parecer formales, que buscan a esas mujeres que, con una baraja en la mano, les aseguran acertar el porvenir y la verdad de lo que cada cual desea saber.
La adivina de la Calle de los Tintes
En este mismo barrio de Santiago, en la calle de los Tintes, moraba una mujer de esas, a quien visitamos una noche, no creyendo que en el siglo XIX pudieran subsistir semejantes embaucadoras. Entramos embozados en nuestras capas, y desde luego conocimos ser aquélla la misteriosa morada de la adivina por las personas que estaban en el portal aguardando su vez. Allí nos colocamos en fila tres amigos que íbamos, y oímos los elogios que la gente hacía de tan rara maravilla. Dijimos llevar un mismo asunto, y así nos dejaron entrar, puesto que la incomunicación observada entre los otros era para guardar los secretos.
En el centro había una pequeña mesa cubierta con un paño carmesí y sobre éste dos candeleras con velas amarillas. A seguida, y como soliviantada con nuestra visita, nos preguntó cómo siendo tres llevábamos una sola consulta; entonces nos fingimos hermanos y labradores en un pueblo cercano, donde nos habían robado un caballo de valor de 5.000 reales, y que cansados de hacer indagaciones íbamos a ver si ella nos adivinaba su paradero. Sacó entonces una mugrienta baraja, calose unas antiguas gafas y principió a echar las cartas sobre la mesa, contando mil combinaciones y augurios que nada tenían que ver con nuestra pregunta, y por último nos dijo: "Ya está aquí; no puedo revelar el sitio donde se encuentra el caballo, pero aseguro a ustedes que quien lo ha robado les debe muchos favores que ha pagado con esa ingratitud, y que arrepentido de ello muy pronto soltará aquél en sitio donde fácilmente lo recojan".
Después de esto, quien crea en semejante farsa no merece para nosotros otro calificativo que el de imbécil. Pues bien, una cosa así debe ser el origen del Panderete de las Brujas.
En una de sus casas conocimos y aún vivía hacia 1860, una mujer, artista natural y de gran mérito, olvidada en aquel rincón de Córdoba, donde su pobreza la tenía sumergida. Llamábase Petronila García, perteneciente a una familia que hacia aquella parte tenía fábrica de platos y pucheros de un barro más fino que el común y que en otros tiempos era la loza que en Córdoba solían usar las familias de escasos recursos. Aquélla, sin haber aprendido dibujo, formaba de dicho barro unas grandes pastas, y con unos palillos trazaba lindísimos relieves, copias de estampas que, dándole después de cocidos un baño, quedaban imitando el búcaro, si bien con algún brillo, y eran de tal mérito que en 1844, en una exposición que la Sociedad Lírico-Dramática efectuó en el teatro Principal, obtuvo un premio y llamó la atención uno de expresados relieves como de tres cuartas de largo por dos de ancho, representando el Robo de Proserpina, obra de Petronila García. También vimos de su mano un San Jerónimo y otras obras, todas dignas de conservarse y que hemos oído haberse vendido a bajo precio y para fuera de Córdoba.
Desde el Panderete de las Brujas a la calle del Sol hay un tramo de calle bien largo, si bien muy sombrío y triste, particularmente de noche, por no haber más que una casa muy antigua, principal de los Gutiérrez Ravé, cuyo escudo ostenta sobre la puerta con otros cuantos cuarteles de diferentes apellidos con que tenían enlace. Llámanle calle de Ravé o de Ocaña, apellidos ambos de antiguos y principales vecinos.
La calle Barrionuevo y el Hospital de San Antón
Paralela a ésta encontramos lo que llaman Barrionuevo, que enlaza con el barrio de la Magdalena. Como en su lugar dijimos, debe el nombre a ser más moderno que lo demás de aquellos alrededores, y se ha llamado también del Hospital de San Antón, porque lo fue la casa número 49, donde aún existe el local un tiempo capilla de aquel establecimiento. Forma tres naves tan cortas que la iglesia resultaba más ancha que larga; las de los lados tienen el techo de colgadizo, y en la de enmedio hay una media naranja, todo tan feo que parece mentira haya servido para dar culto. En su altar principal estuvo el San Antonio Abad que ya anotamos en la parroquia de Santiago.
En la Biblioteca Colombina, Sevilla, hemos visto un tomo en folio, en pergamino, que con el título de Córdoba, razón de sus hospitales, contiene una porción de apuntes, muchos de letra de Alfaro y que regaló a aquélla don Manuel de Ayora, cordobés muy curioso que reunió multitud de manuscritos, de los que han desaparecido casi todos, y algunas antigüedades, como son las inscripciones que había en el huerto de los Aldabones, en San Lorenzo, entonces de su propiedad.
En el expresado libro hay varias noticias del hospital de Nuestra Señora de la Concepción y San Antonio Abad, de que nos veníamos ocupando, poniéndolo como dependiente de la parroquia de la Magdalena; mas siendo hoy de Santiago, colegimos una de dos, o que en algún arreglo posterior se traspasara la jurisdicción, o que el edificio se haya dividido, abriéndose puertas en ambos extremos, y como hacia aquel punto se dividen los dos barrios, cada cual quedaría con una casa, porque es indudable que este hospital no era pequeño, pues aún hoy contiene bastante terreno.
Dice el manuscrito a que aludimos que en una de las galerías había una pintura al fresco con la Concepción y el Niño Jesús, y este lema: La honra del hijo es la de la madre; por bajo decía: La Virgen Nuestra Señora fue concebida sin pecado original, y a un lado: A devoción de Bartolomé Ruiz Cívico año de 1615. Hacia otra parte del edificio y que en el manuscrito llama la obra nueva del claustro, había esta otra inscripción: Esta casa es de la advocación de la limpia y pura Concepción de Nuestra Señora la Virgen Santísima y de nuestro glorioso padre San Antonio Abad; acabóse esta obra el año de 1652.
También habla algo de la iglesia o capilla, como con razón la llama. Dice que el retablo era muy bonito, de talla dorada, con un alto relieve en lo alto representando la Concepción, por bajo San Antonio Abad, escultura ya anotada, y a los lados dos lienzos con San Juan Bautista y San Juan Evangelista. De toda esta casa debió apoderarse, formando hermandad, el gremio de lineros, con el objeto de acoger a los operarios enfermos o inútiles. En esta calle hay dos callejas sin salida, una de ellas con el título de Osorio.
Por la calle del Viento a la Ribera
Contigua a la parroquia hay otra calle estrecha, pendiente y alcantarillada, que le dicen del Viento por el mucho que se siente en ella, sin duda por su dirección al río. A su mediación está la del Claustro, sucia y fea, conocida por aquel título desde poco después de la conquista a causa de que, como ya indicamos, daba a aquel lado el del convento de los caballeros del Temple. Más abajo había una barrera o calleja sin salida a la que decían del Curadero de la Seda, por un corral o huerto destinado a esta operación. Desemboca en el paseo de la Ribera frente al molino de Martos. Este sitio es de los que más han variado en nuestra ciudad.
Sigue el barrio hasta la casa contigua a la salida de la calle de Valderramas. En esta dirección había una calle muy estrecha llamada del Peso de la Harina, y desapareciendo para la construcción de la muralla una fila de casas cuyos corrales daban al río quedó expedito al tránsito público. En su principio formaba una plazuela que decían de las Peregrinas, y otro tramo seguía al molino, llamándose Bajada al Molino de Martos.
En aquel frente hay dos barreras o callejas sin salida, una dicha del Cañaveral, por uno que había en ella, y otra del Nacimiento, que tuvo comunicación con la del Tinte o Góngora. Entre dichas callejas hay una casa principal en que la tradición dice que fue ahorcada de una viga la hermana de los Bañuelos, de cuya trágica historia nos ocuparemos en su lugar correspondiente.
El molino de Martos
Frente a la calle del Viento se encuentra el molino de Martos, el más importante de los que tiene Córdoba en el Guadalquivir. Entre su bajada y la parte que va a la salida de los Mártires hay un rincón en el cual estuvo abierta la antigua puerta de Martos, llamada así porque por ella entró Álvar Pérez de Castro y demás valerosos cristianos de aquella población que concurrieron con San Fernando a la conquista de Córdoba. Se ha llamado también del Sol, por mirar al este, y de las Siete Menas, por las que tenía la torre cuadrada que estaba en este sitio y de la que seguía un lienzo de muralla hasta elextremo, o sea el ángulo con la puerta de Baeza, en el cual había otra torre denominada de las Siete Esquinas, por ser ochavada, teniendo una de aquéllas adosada al muro. El terremoto de 1755 la dejó tan mal parada que fue preciso derribarla.
El molino de Martos es una gran obra toda de cantería, con diez piedras y unos buenos batanes. Perteneció a la encomienda de Calatrava y fue vendido cuando la primera desamortización. De él arranca el murallón del paseo de la Ribera, en su mayor parte del barrio de San Nicolás de la Ajerquía, que al pasear describiremos. Una losa de mármol azul colocada sobre la puerta falsa del molino, ya inútil por haber subido el terraplén, indica con su inscripción que en el reinado de Carlos IV, siendo presidente el conde de Lerena, comisionado don Juan Antonio de la Torre, contador que era del mayorazgo del patrimonio de Martos, en los años de 1790 y 1791 se reparó la azuda y se sacó de cimiento el tramo de muralla desde el molino a los primeros asientos del paseo de la Ribera, además de otros muchos reparos y reformas realizadas entonces en aquel productivo molino. Hoy es propiedad de los señores Aguados.
Un lugar para evocar a los Mártires
Lugares hay en Córdoba donde los recuerdos históricos son tantos y de tal clase que al llegar a ellos no sabemos cómo explicarlos a nuestros lectores. En este caso nos encontramos entre el molino de Martos y la actual puerta de los Mártires. Aquel terreno, sombrío y desierto casi siempre, nada conserva del importante edificio que sobre él se alzaba. ¡Qué diferencias de tiempos! La Providencia, sin embargo, parece que por una de esas casualidades en que casi nadie repara aún dice al observador: "Aquí murieron algunos héroes cordobeses; aquí se hicieron dignos del aprecio y veneración de los conciudadanos, y éstos ¿qué responderán cuando alguien les pregunte?; nada. Tendrán que bajar los ojos avergonzados, si es que sus corazones laten con el dulce amor de la patria. Aquí estuvo el suntuoso y venerado templo dedicado a sus patronos Acisclo y Victoria, y su apatía y falta de amor patrio ha dejado que todo desaparezca, ¿entonces qué resta?; nada. Sólo el tiempo ha respetado dos naranjos y hasta hace poco un anciano laurel, árbol simbólico que con sus ramos ofrecía el último recuerdo, la última corona sobre el sepulcro de aquellos olvidados héroes del cristianismo. Quédale sólo lo que nadie puede destruir; como santos, la celestial morada que Dios concedió a sus almas; como hombres, el templo de la inmortalidad, donde no alcanza la demoledora marcha de los siglos”.
Vida y martirio de Acisclo y Victoria
Algunos cronicones antiguos, como ya indicamos, dijeron que San Acisclo y Santa Victoria eran naturales de León, lo cual está desmentido por la constante tradición que los hace cordobeses y otra multitud de datos que confirman esta última creencia. En los primeros siglos de la Iglesia, cuando Diocleciano pretendía ahogar los sentimientos religiosos de los cristianos, vino a Córdoba el presidente Dion, tan cruel como bárbaro y uno de los más terribles azotes de los amantes y defensores de las doctrinas de Jesucristo. No perdió tiempo en publicar el edicto imperial amenazando con los más dolorosos tormentos a todos los que no se apresurasen a rendir culto a sus falsos dioses.
En un extremo de la ciudad, hacia donde está la puerta de Colodro, moraban los jóvenes Acisclo y Victoria, fieles observantes de nuestra religión, a la que rendían el culto que en sus cortos años y en la persecución que se les hacía era posible. Descubiertos al fin por un oficial del presidente llamado Urbano fueron denunciados y no se perdió tiempo en llevarlos a la presencia de Dion, quien empleó cuantas amenazas y halagos se le ocurrieron para atraerse a los dos cristianos; mas ellos, lejos de intimidarse o de halagarle las falsas promesas del presidente, se mantuvieron firmes en la fe y despreciaron no sólo sus palabras, sino a los dioses en cuyos nombres se les ofrecían paz y prosperidades.
En seguida fueron encerrados en las cárceles, a la sazón donde hoy se halla la sacristía de San Pablo, y allí dieron gracias a Dios por proporcionarles la ocasión de ofrecerle el sacrificio de sus vidas, recompensado con la inmarcesible corona del martirio. Allí fueron privados de luz y alimento, bajando los ángeles a iluminarlos con sus resplandores y animarlos con el dulce manjar de la esperanza. Llevados por segunda vez a presencia de Dion, éste halló la misma entereza, el mismo desprecio a sus dioses, y entonces dispuso que Acisclo fuese azotado con gruesas varas y que a Victoria le clavasen varias puntas de acero en las plantas de los pies, presenciando él mismo aquel suplicio y haciendo que los encerrasen de nuevo mientras meditaba el más cruel de los tormentos con que pensaba vencer aquella heroica constancia.
Llegó la mañana siguiente, y bien pronto hizo llevarlos a su presencia, obteniendo el mismo resultado. En este momento pensó poner fin a su existencia e hizo formar una espantosa hoguera donde fueron arrojados, entrándose ellos mismos, quedando ilesos en medio de las llamas y entonando alabanzas al Dios que así los protegía. Los verdugos quedaron atónitos. Contaron a Dion lo ocurrido. Él mismo los examinó y bajó los ojos con aquel prodigio que él en sus falsas creencias no podía explicarse. Vuelto de su sorpresa mandó arrojarlos al río con gruesas piedras al cuello; mas lejos de sumergirse, se mantuvieron sobre las aguas, desde las que vieron una celeste visión que no sólo los mantuvo en aquella posición, sino que les hizo salir ilesos y tornar a su prisión, en la que fueron hallados a la mañana siguiente. Dion achacaba todo esto a ciertos mágicos untos que se darían, y así, no lo consideraba prodigio, pues de otro modo no era posible dejar de convertirse a la fe de Jesucristo.
Aún inventó otro suplicio mayor: hizo formar nueva hoguera, y que, atados los jóvenes a unas ruedas con garfios, diesen vueltas, despedazándose y abrasándose a un tiempo sus cuerpos. Mas el resultado fue tan prodigioso como en los anteriores tormentos y aún más, puesto que, esparciéndose de pronto el fuego, quemó a muchos de los que presenciaron tan terrible acto.
Encerrados de nuevo, ya separados, las matronas cordobesas fueron a ver a Victoria, convirtiéndose algunas al oír sus dulces y cariñosas palabras.
Dion, que no dejaba de meditar el modo de hacerle sufrir mayores tormentos, hizo que le cortaran los pechos, y oyéndola bendecir a Dios y despreciar a sus ídolos, dispuso cortarle la lengua, que la misma Victoria le escupió al rostro, dejándolo ciego. Esto colmó la bárbara ira del presidente, e hizo degollar a Acisclo en el anfiteatro y asaetear a su hermana, que murió a la tercera herida que recibió en el corazón, dejando sus cuerpos allí tirados para que lo presenciase la plebe.
Mas aquella noche la cariñosa a inconsolable Minciana, que los había educado, tomó aquellos preciosos cadáveres y dioles sepultura cerca del río, en el lugar donde nos encontramos con nuestros lectores. No se sabe el año de este glorioso martirio, mas sí que sucedió en 17 de noviembre, día en que lo celebra la Iglesia.
Aquellos heroicos rasgos de fe, de valor y de entereza desplegados en unos seres tan delicados por sus cortas edades, los horribles tormentos que sufrieron y el ser de los primeros mártires del cristianismo hizo que su fama, realzada con la merecida gloria, se extendiese con la velocidad del rayo por todos los ámbitos del orbe católico. Los cordobeses, sin intimidarse con las amenazas ni rendirse a las ofertas, elevaron en este sitio un templo que llegó a ser uno de los más notables de España, no sólo por su grandiosidad sino por la multitud que iba a orar sobre el sepulcro de Acisclo y Victoria, que aún hemos conocido en una capilla a la parte que mira al río.
Expansión de las reliquias
Sobre este muro brotaba una pura y cristalina fuente, hoy encañada su corriente y convertida en lavadero, a que daban el título de la Fuente Clara, que fue también el que durante siglos llevó tan insigne monasterio, consagrado por el inmortal Osio, a cuya memoria llegará el caso de dedicarle el más agradecido recuerdo. Este magnífico templo, sin duda el primero en que los cordobeses elevaron sus plegarias al Altísimo, se alzaba arrogante en el lugar depósito de aquellas preciosas reliquias, y donde también fueron sepultados San Perfecto, San Sisenando, San Argimiro, las cabezas de las santas Flora y María, con otros muchos que gozosos sufrieron la muerte con que se les abrían las puertas de la eterna bienaventuranza.
Otras iglesias ansiaban también la posesión de algunas de aquellas reliquias, y por eso se encuentran en diferentes puntos, en todas muy veneradas. San Eulogio mandó una canilla de Acisclo a Wilesindo, obispo de Pamplona; en el monasterio de Horniega, entre Tordesillas y Toro, había desde el siglo XII algunas partículas de huesos; en la ermita de Santiago de Medina Sidonia había otras que la tradición hacía llevadas en 668; en el monasterio de San Salvador de Bleda, en Cataluña, había también 62 pedazos de huesos de los dos hermanos mártires, llevados de Córdoba en el siglo XIII, donación del vizconde don Gerardo de Cabrera, confirmada por su hermano don Ramón en mayo de 1263; hacia 810 fueron llevadas las cabezas y otras reliquias a Tolosa y colocadas en la iglesia después Catedral de San Saturnino.
Las demás reliquias que quedaron en Córdoba pretenden algunos sostener que fueron reunidas en 1125 con las que había en San Pedro, traslación que hicieron los cristianos para esconderlas todas juntas, temerosos que las profanasen en la horrible persecución que ellos sufrían. Sobre esto volveremos a llamar la atención de nuestros lectores.
San Hermenegildo en Córdoba
No han faltado escritores pretendiendo sostener que el primitivo y magnífico templo dedicado a San Acisclo no era el que nos ocupa, sino otro hacia la hoy puerta de Colodro, donde la piadosa Minciana moró con los jóvenes, y que, como ella fue la que recogió sus cadáveres, natural era que les diese sepultura a escondidas en aquel sitio. Mas éste y los demás argumentos que aducen se han conbatido victoriosamente en obras más extensas que la nuestra y que pueden registrar los que quieran más datos. Lo natural es que Minciana, que recogió uno de los cadáveres en el anfiteatro (calle Ayuntamiento), lo llevase a la orilla del río, donde el otro estaba, y juntos les diese sepultura, y no que atravesase por delante de toda la población con el segundo, cuando tan perseguidos y vigilados eran los cristianos.
Ambrosio de Morales, tan amante de este monasterio que hasta se hizo enterrar en él, dice haber encontrado entre las muchas noticias que buscó en los antiguos cronicones, y aun Mariana en su Historia de España lo consigna, que hacia el año 554 negó Córdoba su obediencia a Agila, a quien hizo una gran guerra, sin que nos explique la causa.
Unos treinta años después volvió a rebelarse, ayudando a San Hermenegildo contra su padre Leovigildo, quien atacó esta población, prendiendo a su hijo; mas tal vez no lograría entrar en la parte fortificada, cuando se ensañó con el templo de San Acisclo, profanándolo al convertirlo en caballeriza de su ejército. Entonces los cordobeses, llevados de sus sentimientos religiosos y ardiendo en ira por tan infame acción, hicieron una salida, destrozando las huestes del rey y haciéndoles huir, tan desacreditado, que éste murió a manos de su propia gente al llegar a Mérida.
La estancia en Córdoba de San Hermenegildo se probó también con una medalla hecha de su orden en esta ciudad, la que vio Ambrosio de Morales y dice haberse encontrado en unas excavaciones cerca de Alcolea.
Si los datos expuestos no fuesen bastantes a demostrar la gran antigüedad de aquella casa ni su existencia destinada al culto divino durante la larga dominación árabe, vendría a probarla por sí sola la existencia de una losa azul que había al lado de la antigua portada y cuya traducción tomamos del maestro Rivas en su Vida y milagros del Bto. Álvaro de Córdoba; decía así: Murió la sierva de Dios/… / muger de Diego Sarracino, /año de 987. Luego es evidente que estando Córdoba sufriendo el ominoso yugo de los sarracenos, se profesaba claramente la religión cristiana y se daba sepultura a los muertos en sus templos.
Vicisitudes del Convento de los Mártires
Llegó el siglo XIII, en que el católico Fernando III extendió sus conquistas por las comarcas invadidas aún por los moros, y Córdoba, al fin de seis meses de cerco y de estar ocupada la Ajerquía o ciudad baja, vio levantarse sobre sus torres la cruz de Cristo, gloriosa enseña de la salvación del género humano. Unidos a la corte venían religiosos de todas las órdenes entonces existentes; entre ellos se contaba a don Lope Abad, del monasterio de Fitero, y poco después obispo de Córdoba, a quien el rey entregó aquel edificio, pudiéndose asegurar que los monjes del Cister fue la primera comunidad que se instaló en esta ciudad, donde luego hubo tantas otras.
Es de suponer que en aquella época se le hiciesen los reparos necesarios; pero los muchos años que contaba le harían deteriorarse fácilmente, cuando 61 años después, reinando Fernando IV el Emplazado, le pidieron los monjes una limosna para la reedificación que se llevó a cabo. No de otro modo se hubiera hecho, porque la comunidad era en extremo pobre y corta, tanto, que se veía todos los años muy apurada para pagarle al Cabildo eclesiástico los derechos convenidos por la fiesta del día 17 de noviembre a que asistía y celebraba, llegando el caso de darle como prenda del débito un terno o un cáliz, que pasado algún tiempo aquél le devolvía, perdonándole la deuda, haciéndose así para no perder el derecho.
En 1531 no se había entibiado la devoción a visitar el sepulcro de los Santos Mártires, pero la comunidad estaba reducida a dos monjes que, viéndose muy pobres y lejos de otras casas de su orden del Cister, no tenían inconveniente en dejar ésta y reunirse con sus compañeros. Al mismo tiempo, los frailes de Scala Coeli se quejaban de la insalubridad de aquel sitio y pretendían trasladarse a la población, y el obispo don fray Juan de Toledo, deseoso del mayor culto de la iglesia a que los cistercienses no podían atender, con el beneplácito del comendador del monasterio de los Mártires don Pedro de Castilla, canónigo de Córdoba y residente en Roma -que impetró el permiso de la Santa Sede y del general de la orden de Predicadores, reverendopadre fray Pablo de Botigela-, se realizó el cambio de la comunidad, aprobado por bula de Clemente VII, fecha 28 de abril de 1531, dándoles a los dominicos todos los bienes, derechos y acciones de ambos conventos, y quedando abandonado el de Scala Coeli.
Poco tiempo después falleció el padre Botigela y entró a reemplazarle en el cargo de general de la orden el francés reverendo padre fray Juan Ferrario, quien desde luego mostró la idea de visitar todos los conventos, noticia que no surtió el mejor efecto en el de los Mártires porque los religiosos aquellos comprendieron que no había de agradarle el abandono de la otra casa, hacia la que habían de llamarle la atención algunos de sus compañeros contrarios a la traslación, y que se habían quedado en el de San Pablo.
Entonces acudieron a los tribunales competentes para que los mantuviesen en pacífica posesión de todos sus bienes, ya como propietarios de su nueva casa. Aquellos temores no eran infundados. Tan luego como el nuevo general llegó a Córdoba lamentó lo hecho, afeando la acción de los frailes; pero encontrándose con todo tan bien arreglado, promovió una transacción, yendo a Scala Coeli los que estaban en San Pablo y conviniendo en que los de los Mártires diesen una indemnización de 30.000 maravedises para la reedificación del otro edificio, y que llevó a cabo el célebre escritor fray Luis de Granada.
Visita de Felipe II y reconstrucción de la Iglesia
En 1570, como referimos en el barrio de la Magdalena, vino a Córdoba Felipe II, y cuál sería la veneración que todos tenían al antiguo templo de los Mártires, que aquel soberbio monarca se apresuró a visitarlo y entró en la iglesia de rodillas desde la puerta hasta el sepulcro de San Acisclo y Santa Victoria, dando en esto un ejemplo de su religiosidad y del respeto con que miraba las creencias y devoción de los pueblos.
En este tiempo la iglesia amenazaba arruinarse y el rey dio una gran cantidad para reedificarla. Entonces perdió su forma antigua, pues fue preciso sacarla de cimientos, y tan es así, que en 1575, encontrándose las paredes subidas y sin techumbre, la ciudad pidió permiso al mismo Felipe II para enajenar una plaza de jurado vacante y dedicar el producto a la obra, lo que concedió por dos veces. El obispo don fray Juan de Toledo dio también alguna cantidad y excitó a todos los fieles a que contribuyesen a tan santa obra.
Edificose también la capilla que por dirección de Ambrosio de Morales se decoró con jeroglíficos, motes y pinturas, cubriendo a la vez el sepulcro antiguo de piedra tosco con otro de madera pintado en blanco y con adornos de oro, lo que critica el padre Martín de Roa en una de sus obras. Los frailes hicieron también varias obras en diferentes ocasiones, particularmente el padre fray Sebastián de Aranda, prior, que labró la sala principal con habitaciones altas y bajas.
Cuestión suscitada con motivo del descubrimiento de las reliquias
Cuando el descubrimiento de las reliquias de los Santos Mártires en San Pedro suscitose en Córdoba una gran cuestión, sobre la que hay mucho escrito. El nombre Acisclo comprendido en la inscripción del marmolillo hizo cundir la idea de que el cuerpo de este mártir estaba con los demás allí hallados, apresurándose los frailes de su convento a desmentir a quienes la sostenían, y al efecto hicieron una justificación de más de treinta testigos, todos sujetos de importancia, quienes sostuvieron que los cuerpos de ambos hermanos estaban en su antiguo santuario y que en San Pedro sólo había algunas reliquias.
Ya hemos emitido la idea de que cuando la gran persecución de la Iglesia, un siglo antes de la conquista, serían todas reunidas en un solo sepulcro. En dicha justificación hallamos datos muy curiosos, tales como la declaración del maestro de obras Francisco Ruiz, corroborada por las de los arquitectos Jerónimo Carrasquilla, Pedro de Molina y Juan Ochoa, el que hizo el magnífico patio principal del convento de San Pablo. Dicen que la obra antigua era indudablemente hecha en tiempo de los godos y que contaría, como ellos declaraban, unos 1.300 años de existencia, luego se fundaría en el siglo III de la era cristiana. El veinticuatro de esta ciudad don Gaspar Antonio de Berrio declaró haber leído unos documentos antiguos en que se corroboraba la opinión de los arquitectos. El lector que desee más datos puede registrar las obras de Ambrosio de Morales, Martín de Roa y el maestro fray Antonio de Rivas.
Descripción de la Iglesia y Convento de los Mártires
Vamos a describir este edificio tal cual llegó a nosotros, testigos de su hundimiento. Constaba de una sola nave muy espaciosa, con coro alto y cubierta de un magnífico artesonado pintado y dorado con lindísimas labores moriscas. La capilla mayor, de patronato con enterramiento de los condes de Torres Cabrera, por escritura otorgada en 1594 entre la comunidad y el ascendiente de aquéllos don Juan Díaz de Cabrera, tenía un hermoso retablo en cuyo centro se veía un gran cuadro, obra de Juan Luis Zambrano, en que con gran acierto había pintado el martirio de San Acisclo y Santa Victoria. En el arco de entrada había dos grandes ángeles sosteniendo las lámparas, que son los que hoy lucen en igual sitio de la iglesia de San Rafael. En el cuerpo de la iglesia había otro gran cuadro con San Pedro Mártir, obra de Pablo de Céspedes. Ambos cuadros están en las casas del actual conde de Torres Cabrera.
El convento no era muy extenso, pero tenía cosas muy dignas de conservarse y de ser estudiadas. El patio principal presentaba una preciosa combinación árabe y mozárabe con el grecorromano. Se reedificó en tiempo de Felipe II y lo rodeaba una ligera arquería latina de dos cuerpos, el inferior con capiteles dóricos y el superior con árabes, y un antepecho corrido perforado y con azulejos de relieve. A la parte del río y bajo una bóveda desplomada, cubierta un tiempo de la capilla en que se veneraba el sepulcro de los Santos Mártires, luchó varios años con la intemperie y el abandono, a que al fin sucumbió, una preciosa portadita de ladrillo agramilado, obra de albañilería limpia y hermosa, en que estaban graciosamente mezclados los tres estilos; era un arco de angrelado menudo, sobre él una cornisa romana y flanqueado de dos delgadas columnitas. En la obra Recuerdos y bellezas de España es calificado de juguete arquitectónico.
Cuando la exclaustración de los años 1820 a 1823 se vendió este edificio, a excepción de la iglesia. Volvieron a él los frailes, y en 1836 quedó otra vez desierto. A poco se cerró la iglesia al culto, sin oposición alguna, y una hermandad de Nuestra Señora del Rosario, que había en uno de sus altares, se trasladó a la parroquia de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía. Después sirvió de almacén de maderas, fábrica de lienzos, teatro de aficionados y otras cosas por el estilo, hasta que, cayéndose primero la torre y con ella la pared del frente de la capilla mayor, el Ayuntamiento compró del Estado la iglesia y de un particular el convento, y todo lo derribó para ampliar el paseo de la Ribera, que no puede correrse por impedirlo unos graneros del molino de Martos, que por cierto dan una vista horrible. Por este tiempo se tapió la puerta de Martos, que se ha abierto y cerrado muchas veces por las epidemias, y abrieron un portillo en el extremo del solar, diciéndose entonces que se haría una bonita entrada con un monumento a los Mártires para perpetuar la memoria de tan venerada iglesia. A este fin se nombró una junta, que nada ha hecho y debe considerarse disuelta.
Así acabó aquel histórico edificio, depósito muchos años de las cenizas de Ambrosio de Morales en un sepulcro que le costeó su discípulo el obispo señor Sandoval y en el que estuvieron hasta 1844, que la Comisión de Monumentos las trasladó al patio de la colegiata de San Hipólito. La Inquisición de Córdoba celebró su primer auto de fe en este convento.
La comunidad, aunque nunca muy numerosa -pues cuando más ha tenido veinte individuos, como aparece en el censo de población de 1718-, contó en su seno muchos hombres notables, algunos de los que ya hemos anotado en San Pablo, donde tomaron el hábito o residieron más años. Entre los otros debemos consignar el nombre de fray Antonio Anguita, quien entre otras cosas escribió Justificación del título de cabeza y pariente mayor de la esclarecida y nobilísima familia de los Córdobas en la persona de D. Luis Fernández de Córdoba, Marqués de Valenzuela, impresa en esta ciudad, año 1651.
Suceso en una riada del Guadalquivir
El padre maestro fray Francisco Delgado contó en uno de sus sermones que siendo prior de este convento estaba un día de San Andrés con los otros frailes contemplando una gran avenida del Guadalquivir, admirándose de la mucha leña, ganados y chozas de pastores que en su corriente arrastraba el agua, cuando vieron venir un barco con dos hombres dentro, quienes, al verse tan cerca de una población, empezaron a dar voces en súplica de ser socorridos, lo cual era imposible por no haber quien se atreviese a arrostrar el peligro que indudablemente había de correr, ni permitir la distancia arrojarles sogas a que pudieran asirse. En aquella desesperación y considerando su muerte segura estrellándose contra el puente, intentaron salvarse arrojándose al agua, por si lograban alcanzar la orilla. Logrolo el más joven, y viendo al otro, su padre, próximo a sucumbir, se arrojó por segunda vez al río, consiguiendo salvar la vida de una persona tan amada.
En esto acudieron los frailes y otras muchas personas a la muralla, en lo que ahora conocemos por el paseo de la Ribera, y recogiéndolos medio exánimes los llevaron al convento, arropándolos en dos camas puestas al efecto, al par que les prodigaban otros socorros, que por cierto bien lo necesitaban. Entonces el joven contó la desesperación que se apoderó de él al verse en salvo y que su padre se ahogaba, y que inspirándolo la Providencia tomó aquella determinación, en la que creyó le ayudaban dos jóvenes, en quienes todos vieron a los santos patronos y mártires de Córdoba Acisclo y Victoria, cuyo sepulcro se veneraba en la iglesia del convento, donde tan caritativamente fueron recogidos.
El Campo Madre de Dios
Dejemos ya el antiguo e histórico monasterio después convento de los Mártires y sigamos nuestro paseo hacia el Campo de Madre de Dios. La muralla ha sufrido por aquella parte tantos golpes que ha perdido por completo su importancia. Han desaparecido la torre Cuadrada en Martos, la de las Siete Esquinas en el ángulo; más hacia la puerta de Baeza había otra torre que derribó el corregidor don Francisco Cisneros; seguían los dos lindos tambores que constituían aquella entrada; pasada ésta, hacia el rincón existió otra gallarda, elevada y vistosa torre que el corregidor don Fernando Valdés hizo el desatino de derribar en 1749 para construir los asientos del campo de San Antón, y por último, cerca de la Puerta Nueva o de Alcolea, ya en la jurisdicción de la Magdalena, hubo otra gran torre, de las más fuertes de Córdoba, unida a la muralla por dos arcos.
Ya ven nuestros lectores si esta parte ha variado, perdiendo una serie de edificios que le daban un aspecto capaz de hacernos concebir cómo estaría Córdoba cuando gemía bajo el yugo de los árabes y cómo la encontraron las tropas del Santo Rey en la noche en que penetraron en ella, apoderándose de todo el ámbito de la Ajerquía.
En este Campo de Madre de Dios encontramos una fuente surtida con agua de la Palma y construída en 1748. Es de mármol negro del país y unos adornos blancos, sin duda la mejor de toda Córdoba, donde por desgracia no hay una que medio llame la atención de propios ni extraños. Dícese que en este sitio fue quemado el tesorero Alcaudete, una de las víctimas del Santo Oficio. Diremos esta tradición histórica tal cual ha llegado hasta nosotros:
Leyenda de la Quemada del Tesorero Alcaudete
Pedro Fernández de Alcaudete, tesorero de la Santa Iglesia Catedral, debería estar en abierta oposición con los demás individuos del Cabildo, bien por su genio díscolo e irascible o por otras causas que desconocemos, cuando fue a morir de una manera tan horrible y tan deshonrosa en aquellos tiempos.
El Jueves Santo de 1483 hizo los oficios, y cuando llevaba el sacramento para colocarlo en el depósito, frente de la capilla de San Acacio, advirtieron que de uno de los pies le brotaba sangre, hasta el punto de ir manchando el pavimento; entonces lo entraron en aquélla y, registrándolo, le sacaron del zapato la forma que momentos antes había consagrado. Esto produjo el escándalo consiguiente y la Inquisición se llevó al judaizante, ante cuyo tribunal declaró su delito y fue sentenciado a sufrir la muerte que ya saben nuestros lectores.
Todo esto, aun cuando la capilla conserva el título de la Sangre y se cuenta en varios manuscritos, es para nosotros falso por las contradicciones que en ellos encontramos. El tesorero dicen que era sólo diácono, luego no podía celebrar todavía el santo sacrificio de la misa y por consiguiente no pudo consagrar la hostia ni ser el que la llevaba al monumento. Un escándalo semejante no podía menos de llamar la atención sin que el delincuente fuera preso en el acto, y dicen por otro lado que lo buscaron en su casa y que defendiéndose con sus criados mató a uno de los alguaciles, de modo que el mismo relato nos induce a creer que otras serían las razones para su causa y que comentadas por el vulgo ha llegado disfrazada a nosotros.
El día 27 de febrero de dicho año tocaron a auto en la Catedral y a la mañana siguiente se formó la procesión en que iban los inquisidores, precedida de una cruz alta cubierta con velo negro, acompañando la Ciudad, otras corporaciones, entre ellas el Cabildo eclesiástico y el obispo de Soria don Rodrigo de Soria, que vino para la degradación, por estar vacante la mitra de Córdoba.
Hízose aquélla en la iglesia de San Francisco, al efecto preparada con un tablado en el centro, sobre el cual se efectuó la ceremonia. Despojado Alcaudete de las vestiduras de diácono mientras predicaba el guardián de aquel convento, el alguacil, hijo del otro, muerto al prender al tesorero, le puso una aijuba amarilla con mangas largas, una capotilla con borla de colores y capuz y un letrero en que se leía: Éste ha judaizado.
Después lo subieron en un asno, y entregado al brazo secular lo llevaron a las afueras de la puerta de Baeza, donde habían clavado un palo, al que lo ataron, y rodeándolo de leña le hicieron morir de una manera tan espantosa. Algunos dicen que este acto tuvo lugar del lado allá del río, pero los más aseguran haber ocurrido en el sitio en que nos hallamos.
Datos históricos sobre el exconvento de Madre de Dios
Por el lado opuesto llega el barrio de Santiago hasta la calle que vulgarmente llaman callejas del Cáñamo, pero que su nombre es de las Atarazanas, porque así decían a los locales de aquella industria.
Entre este punto y el camino que nos conduce a la Fuensanta hay un gran edificio destinado a asilo de Mendicidad dependiente del Ayuntamiento. Éste es el antiguo convento de Nuestra Señora de los Remedios y San Rafael, conocido generalmente por Madre de Dios, perteneciente a la orden Tercera de San Francisco. Su historia es curiosa, y creemos no desagradará a nuestros lectores el conocerla. Más allá del puente de la Fuensanta, siguiendo el camino recto, encontramos otra puentezuela casi destruida y que desde luego hace concebir una gran antigüedad; le llaman el puente de los Diablos y es una de las tradiciones mas inverosímiles que hemos encontrado. Pasado éste, en una huerta y casa llamada de Fiñana o Filana, fundó un convento fray Rui Martínez de Pineda. Era un buen edificio, en el cual se hospedó la reina de Aragón, de que ya hablaremos, cuando vino a beber el agua de la Fuente Santa que le dio la salud.
Cuentan algunos ancianos de un lego que, dado a una vida sumamente libertina y teniendo una noche una cita, se encontró con que le era imposible venir a Córdoba por no poder vadear el arroyo Pedroche o de la Palma que una horrible tormenta había aumentado su corriente. Entonces pidió a voces al diablo que lo sacase de aquel compromiso, ya que no le era lícito encomendarse a su padre San Francisco, a quien debiera estar más sumiso, logrando su objeto, puesto que a seguida se le presentó una legión de diablos que fabricaron el puente que le dio paso, y que en nuestro concepto cuenta dos o tres siglos de vida anteriores a la fundación del convento.
En el año 1573 se mandó por el concilio que los frailes de la orden de los Terceros de San Francisco se sometieran e incorporasen a la obediencia de los Menores, y con tal motivo se suprimió el convento de Madre de Dios y pasaron muchos religiosos al de la calle de San Fernando, donde les obligaban a variar de hábitos y practicar otras reglas y costumbres a que ellos se resistían. Algunos se marcharon a Roma, donde permanecieron hasta lograr del papa la devolución de sus casas y bienes.
La insalubridad del sitio en que edificaron aquel primer convento les hizo concebir la idea de trasladarse a otro lugar, y al fin el padre fray Ivo de Jesús logró de la Ciudad la concesión del terreno frente a la puerta de Baeza, trasladándose a él en 1602, y como los cordobeses aún carecían de una iglesia dedicada a su custodio arcángel San Rafael -que no muchos años antes había pronunciado ante el venerable Andrés de las Roelas el juramento de guardarlos y defenderlos en todas sus adversidades y desgracias- creyeron ser ésta una ocasión oportuna de demostrarle su religioso agradecimiento, erigiéndole una iglesia donde se celebrasen las funciones que anualmente le tributaban.
Descripción de la Iglesia
La Ciudad lo acordó así y costeó la actual, cuyo patronato conserva el Ayuntamiento, dedicada desde entonces a la Madre de Dios de los Remedios y San Rafael, por cierto que concluida sería una de las más lindas de Córdoba.
La capilla mayor, que aún permanece en alberca o por cubrir, le haría formar cruz latina con cúpula y tribunas en los cuatro ángulos salientes, que son cortados, dos con arcos para altares y los otros dos para dar paso a las capillas laterales. Cortada por el arco total donde está el altar mayor, mezquino aunque arreglado y construido después de la invasión francesa, queda una nave de buena extensión con diez pequeñas capillas, dos de ellas paso al campo y claustro, y las otras ocho dedicadas a diferentes imágenes, todas sin retablo por haber desaparecido en aquella época, y en general faltas de mérito.
Éstas son, en el altar mayor, la titular Nuestra Señora de los Remedios, y a los lados, sobre repisas, San Rafael y San Miguel. Capilla del lado del evangelio, San Antonio, Santa Catalina y San Juan Bautista; en el frontal del altar tiene la siguiente inscripición: Esta capilla y entierro es de D. Pedro Velasco y Zea, síndico del convento de N. S. P. San Francisco del Monte y Ministro que ha sido tres veces del V. Orden de este convento; y de Doña Ana Nieto y Toro, su muger y de sus hermanos y sucesores. Año 1709. En este sitio hubo un retablo hecho en el siglo XVII por el arquitecto Melchor Fernández Moreno, autor de otros muchos en Córdoba.
La capilla de la Pasión, que era últimamente de los hortelanos, tiene a Jesús Nazareno, la Virgen de los Dolores, la Magdalena, San Juan, la Verónica y alguna otra imagen, pertenecientes todas a una cofradía de gran importancia y que ya no se conoce. Se instituyó en el convento de los Mártires con licencia del reverendísimo padre maestro general fray Vicencio Justiniano, dada en San Pablo a 7 de junio de 1566. Examinó y aprobó sus reglas el licenciado Gonzalo Meléndez de Valdés, provisor en tiempo del obispo don Cristóbal de Rojas, a 21 de mayo de expresado año. Tiene otras aprobaciones y una licencia del señor Fresneda para poder pedir limosna en aumento del culto y hacer bien a los pobres. No sabemos qué cuestión habría entre los cofrades y el convento de los Mártires, de cuyas resultas en el año 1603 se trasladó al de Madre de Dios, donde ha permanecido hasta extinguirse. Gozaba de muchas indulgencias y prerrogativas, como puede verse en unos curiosos códices que existen en la biblioteca de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta capital, donde cuidadosamente se conservan.
Entre la expresada capilla de la Pasión y la puerta principal hay otras dos, dedicadas a San José y al Santísimo Cristo del Consuelo. Al lado opuesto encontramos la de la orden Tercera, en que se ven San Francisco y San Luis, y en el frontal se lee lo siguiente: Esta capilla y entierro es del V. Orden Tercero de Penitencia. Hízose siendo Ministro nuestro hermano Francisco Lopez Pastor que lo hasido cinco veces. Acabóse año 1715. Siguen las capillas de Nuestra Señora de la Esclavitud, con Jesús a la columna y un Ecce Homo, la de la Concepción y Santa Lucía.
Expoliada por los franceses
La proximidad de los conventos del Carmen, San Juan de Dios y Madre de Dios a la Puerta Nueva o de Alcolea, por donde entró en Córdoba en 7 de junio de 1808 el general Dupont con su ejército, hizo que en el saqueo concedido a éste y con la furia que en los franceses desató la resistencia que primero se le hizo en el puente, y el tiro que Pedro Moreno disparó contra su jefe, los expresados edificios fuesen de los que más sufrieron, convirtiéndolos por último en cuarteles para aquella tropa.
En el de Madre de Dios no quedo plata alguna ni objeto que pudiera valerles algo, llegando hasta el extremo de romper las puertas del sagrario y llevarse el copón, dejando las sagradas formas tiradas por el suelo. Se llevaron toda la ropa que encontraron, hasta los manteles de los altares y los vestidos de las imágenes, muchas de las que hicieron pedazos, como sucedió a la Concepción, San Diego, Santa Rosa de Viterbo, Santa Margarita y la Virgen de los Remedios, dejando completamente deshechas y también destrozadas la de los Dolores, cuatro de Jesús, San Francisco, San Luis, San Ivo y Santa Isabel, reina de Hungría, rompiendo las losas de los huecos o enterramientos. En una palabra, no dejaron cosa alguna como estaba, pues hasta quemaron el archivo, de lo que el prelado sacó testimonio. Con los libros de la biblioteca hicieron camas, y con parte de ellos, los asientos del coro y los retablos guisaban los ranchos. Hasta dos órganos que había quedaron completamente destrozados.
Marchose, al fin, Dupont, y los frailes pensaron suprimir el convento, dejándolo convertido en un hospicio y hospedería para los de su orden que pasaran por Córdoba. Mas los ruegos de muchos amigos y devotos los decidieron a restablecerlo, principiando a componer algunos objetos y a comprar otros, llevando mucho adelantado cuando a eso de unos dos meses, el 23 de enero de 1810, entró en Córdoba el general Godinot, uno de los hombres más funestos que han mandado en esta ciudad, y al día siguiente publicó el decreto suprimiendo todas las comunidades, a las que amenazaba con gran castigo si no hacían entrega de todas las alhajas y demás efectos destinados al culto.
Esta orden se llevó a cabo en el improrrogable término de diez días, y entonces se destinó este edificio a cuartel de un regimiento de dragones, el que convirtió la iglesia en caballeriza con 80 plazas, levantando la solería para empedrar el pavimento y convirtiendo en sumideros los huecos particulares o enterramientos. Lo mismo sucedió en todo el convento, en el que sólo quedaron dos puertas servibles de las muchas que contaba.
Recuperación del Templo
Pasaron aquellas terribles circunstancias de gemir bajo el yugo de los franceses y todo fue tornando a su ser, aunque perdidas muchas alhajas y, lo que aún es peor, muchas obras artísticas que no se recuperan ni subsanan. El 19 de mayo de 1814 volvieron los frailes a posesionarse de su convento, y el 27 empezaron las obras de restauración, que fueron apreciadas en 10.000 duros. A la entrada de la portería formaba una capilla, propia de la orden Tercera, y ésta se arregló antes de todo, tanto, que aquel mismo año celebraron en ella el jubileo de la Porciúncula, llevando días antes la imagen de San Francisco desde el hospital de San Bartolomé de las Bubas, donde lo habían recogido. Lo mismo fueron haciendo con otros, como Santa Isabel, de casa de doña Ana Victoria Serrano, Nuestra Señora de la Esclavitud, de Santa Cruz, y otras de diferentes puntos y casas particulares en que las habían guardado o adquirido por dinero. Lo mismo sucedió con otros objetos, como dos lámparas de San Pedro y los retratos de los fundadores, los venerables padres Solideo y Rodrigo Martínez de Pineda.
Después de esto se procedió al arreglo de la iglesia, trabajando los mismos frailes y los individuos de la hermandad de la Pasión, solándola de nuevo, construyendo el presbiterio y altar mayor, y pintando las capillas para suplir la falta de los retablos, terminando la restauración en el año 1819. Entre los objetos recogidos figuraba una hermosa Virgen de Belén, obra de Palomino, que había conservado el rector de Santiago don Dionisio Sánchez, hijo de aquella casa, y que en la actualidad no sabemos qué se ha hecho de ella. También rescataron gran parte de la librería, pues lo demás se había gastado en hacer cartuchos.
Avatares del edificio
Ya instalada la comunidad con todo lo que habían recogido o hecho de nuevo llegó el año 1821, y a mediados de junio se dispuso la reducción de conventos, suprimiendo todos los que no tuviesen 20 religiosos, y éste, que fue siempre de los más numerosos -pues en el ya citado censo de población de 1718 aparece con 72 de misa o sacerdotes-, en la época a que nos referimos no llegaba al numero marcado, y le tocó la suerte de cerrarse, si bien lograron abrirlo de nuevo a mediados de agosto de 1822.
En el tiempo que estuvo suprimido vendieron todos los efectos, que luego recogieron, y hasta el edificio. Por cierto que después llevaron los frailes tan a rigor la devolución de todo lo que les había pertenecido que obligaron al comprador a que restituyese unas tejas que había llevado a otra parte, sin que consiguiera el que tomasen otras nuevas por tal de no destruir el tejado edificado con aquéllas. Todo lo dicho y muchos más datos que omitimos por demasiado minuciosos constan en un libro de las visitas del padre general de la orden, que se conserva en el archivo de la administración económica de Hacienda de esta provincia, que pueden registrar nuestros lectores, y por cierto que allí para nada sirve y debiera pasar con otros a la Biblioteca provincial, donde sería mas útil a los aficionados a las letras y a la historia.
Adquisición por el Ayuntamiento
Cuando la última exclaustración en 1835 se confirmó la venta, con excepción de la iglesia, abierta al culto, y su dueño vendió este edificio a una sociedad que estableció en Córdoba una fábrica de cristales planos y huecos, haciendo los primeros bastante buenos, no así los otros, que siempre tuvieron un viso verdoso que le quitaba mérito y salida.
Disuelta aquélla y pasados algunos años formose otra con la misma suerte, y por último, estando el Ayuntamiento buscando un edificio para establecer un asilo de Mendicidad con las limosnas que todo el vecindario dio y 6.000 reales entregados por doña Isabel de Borbón a su paso por Córdoba en 1862, compraron este convento en 65.000 reales, y supliendo la falta el presupuesto municipal, se hicieron las obras y mueblaje necesario, consiguiendo inaugurarlo en 14 de mayo de 1864, siendo alcalde don José Ramón de Hoces, conde de Hornachuelos, quien propuso para la dirección del nuevo establecimiento al virtuoso sacerdote don Agustín Moreno, que lo aceptó y aún desempeña sin retribución alguna, y dando contínuos ejemplos de caridad y de un celo que ojalá hallara muchos imitadores. Hoy tiene unos 200 acogidos entre ambos sexos, dedicados cada cual a las faenas que su edad y achaques les permiten.
El edificio no es todo lo amplio necesario, a causa de no haberse reedificado una parte que ha siglos se derribó y está convertida en corrales. La actual revela diferentes edificaciones, pues hasta uno de los claustros del patio principal es distinto a los otros en altura y orden arquitectónico.
Religiosos del asilo Madre de Dios
El haber desaparecido casi por completo el archivo de este convento nos priva adquirir muchos datos acerca de los religiosos Terceros que más se han distinguido por sus virtudes y letras, mas no tanto que no podamos dar noticias de algunos, cuyos nombres pasarán a la posteridad, tales como los padres fray Pedro y fray Rafael Rodríguez Mohedano, hermanos, unos de los hijos más ilustres que ha tenido Córdoba.
El primero nació en 1722 y el segundo tres años después, o sea, 1725; juntos se educaron, haciendo grandes adelantos en sus estudios, y ambos tomaron el hábito en el convento de Madre de Dios, dedicados al cultivo de las ciencias y las letras, en que fueron muy notables. Ocuparon la celda alta que hace ángulo a la iglesia y que hoy habita el expresado director del asilo señor Moreno, también escritor muy apreciable. Los Mohedanos pasaron de esta ciudad a la de Granada, donde escribieron la notabilísima obra titulada Historia literaria de España, de que imprimieron nueve tomos. Tienen algunos otros trabajos de mérito, logrando ser muy queridos de todos los amantes a las letras de su tiempo. Ambos murieron en aquella capital, fray Rafael en 1783 y fray Pedro poco después, habiéndose secularizado.
En el Diccionario de escritores españoles, del señor don Carlos Ramírez de Arellano, se cita a otro fraile de este convento, fray Pedro Mármol, autor de varias obras de menos importancia de la que hemos citado.
Instalaciones industriales
El trayecto entre la puerta de Baeza hacia San Juan de Dios y el otro a la carrera de la Fuensanta ha sido siempre uno de los sitios dedicados a la industria cordobesa. Allí han existido siempre las fábricas de efectos de cáñamo, que ya hemos dicho en otro lugar ha sido un ramo de gran importancia; las fábricas de jabón duro, de que se hacía un gran comercio no sólo para toda España sino para el extranjero, habiendo muerto con el establecimiento de otras en muchos pueblos, quedando aquí algunas en otros sitios; en la actualidad, una de jabón y fósforos recién establecida y ya muy acreditada de don Eduardo Álvarez Sotomayor, quien la ha dado el título de Santa Matilde, compitiendo ventajosamente, con especialidad en las cerillas, con todas las que se elaboran en el reino.
A la salida de la puerta hay otra fábrica de paños de don Francisco Ramos y Relaño, en que se elaboran muy buenos, además de los capotes cordobeses que tanta fama tienen en todas partes. Ya en la carrera de la Fuensanta hay otra fábrica de fósforos y cartones de los señores Barrena y Sánchez, en que se elaboran con gran perfección. Y por último, cerca del arroyo encontramos la fábrica de gas, establecida en Córdoba por don José Gil con arreglo a todos los adelantos modernos y sirviendo al público con una exactitud que le honra. Es digna de ser visitada por las personas curiosas y examinar los aparatos que allí funcionan y la fabricación de materiales de construcción, sin comparación mucho mejores que todos los que hasta ahora hemos visto hechos en Córdoba.
El arroyo de las Piedras
Lamiendo el muro formado al terreno que ocupa la expresada fábrica existe un arroyo, y sobre éste un puente construido en 1498, según hemos visto en las actas capitulares. Dicho arroyo tiene varios nombres, según los sitios por donde va pasando. Se forma en las vertientes del lagar de San Cristóbal y huerta de Morales, baja a la huerta de Saldañas, tomando ya el título de las Piedras, pasa por la del Naranjo y a poco tiene un puente muy antiguo denominado de Sansueña, y al lado un molino, construido en 1708, que sólo sirve cuando no funcionan los del Guadalquivir por exceso de agua.
Tiene otro puente en el ferrocarril de Belmez, otro en la fábrica de fundición, otro en la vía férrea de Madrid, otro en la carretera del Almadén, otro a un extremo del Marrubial, otro en la carretera de Madrid, otro contiguo a San Juan de Dios, pasando por bajo de este edificio, y por último, el de la Fuensanta, cuyo nombre toma, cambiándolo a poco por el de las Moreras para unirse con el arroyo Pedroche y juntos desaguar en el río. En el expresado egido del Marrubial se le unen otros tres arroyos más pequeños denominados la Hormiguita, Camello y Matadero.
Un llano extenso y entrelargo encontramos en este sitio, nivelado en 1772, según vemos en el Archivo municipal, y forman sus lados más largos una fila de asientos que lo separan del expresado arroyo, y en frente la tapia de una huerta y la fachada del santuario y casa de Nuestra Señora de la Fuensanta. A un extremo se ve también una linda capilla gótica, sostenida por cuatro arcos, hoy cerrados, en cuyo centro está el pozo o fuente que brotaba sus saludables aguas al pie del cabrahigo, morada durante siglos de aquella milagrosa y venerada imagen.
Historia y tradición de la Fuensanta
Pablo de Céspedes, Enrique Vaca de Alfaro, Sánchez de Feria, Bravo, Ugarte, Ramírez Casas-Deza y otros notables escritores, ante cuyos nombres confesamos nuestra insuficiencia, han escrito la historia de aquel santuario, amparo y consuelo de los cordobeses en todas sus aflicciones. Pero mal podíamos cumplir con la tarea que nos hemos impuesto si no dedicásemos también algunas líneas para enterar a nuestros lectores del origen de la Virgen de la Fuensanta y de la historia de su santuario.
En la primera mitad del siglo XV moraba en el barrio de San Lorenzo, junto a la puentezuela, un infeliz cardador de lana llamado Gonzalo García, a quien su escaso jornal no bastaba a sostener a su esposa e hija, la primera paralítica y la segunda demente; por tanto, imposibilitadas de ayudar a contribuir con su trabajo a los gastos de la familia. Desesperado con tan triste situación, y no sabiendo qué determinación tomar, saliose un día por la puerta de Baeza hacia el arroyo de las Peñas o Piedras, que es el de la Fuensanta, y hacia el sitio que aún se denomina de las Moras, a causa de las muchas silvestres nacidas en aquellos paredones.
Meditabundo y pensativo iba Gonzalo hacia el mencionado sitio cuando se le acercaron dos hermosas jóvenes, una en pos de otra, y un gallardo mancebo; la primera le dirigió estas o parecidas cariñosas palabras: "Gonzalo, toma un vaso de agua de aquella fuente, y con devoción dalo a tu muier e hija y tendrán salud". Suspenso quedó aquel desgraciado, si bien dominándolo la idea de que sus favorecedores serían la Virgen María y los patronos de Córdoba San Acisclo y Santa Victoria, en cuya idea lo afirmó el gallardo joven diciéndole: "Haz lo que te manda la Madre de Jesucristo, que yo y mi hermana Victoria, como patronos de esta ciudad, lo hemos alcanzado de la Virgen Santísima".
Lleno de gozo y aún más admirado volvió ansioso la vista hacia el sitio señalado, donde efectivamente corría el agua, manando de entre las descubiertas raíces de un cabrahigo, que demostrando su atigüedad cubría con sus ramas parte del paredón de la cercana huerta. Mas casi simultáneamente iba a arrojarse a los pies de su celestial bienhechora cuando ésta ya había desaparecido con los santos mártires.
Henchido su corazón de gozo y agradecimiento, corrió Gonzalo a una alfarería, cercana a la hoy demolida puerta de Baeza, compró el jarro y lleno de la salutífera agua lo llevó a su casa contando lo ocurrido y pidiendo con gran fe que con ella viviesen su mujer e hija, logró verlas libres completamente de sus acerbos y ya incurables padecimientos.
Como no podía menos de suceder, la noticia circuló por toda la ciudad. Los enfermos corrieron a beber de la fuente designada, y nuevas curaciones justificaron más y más la virtud de sus aguas. Mas nadie acertaba a descifrar aquel misterio, descubierto al fin por otra nueva revelación.
El jarro comprado por Gonzalo García, y que era de barro vidriado, como color amarillo, se conservó muchos años como una preciosa reliquia, afirmando Enrique Vaca de Alfaro que el día 6 de abril de 1671 tuvo en su mano un fragmento que aún quedaba en poder de Juana de Luque, vecina de la calle del Aceituno, de 67 años de edad, y viuda de Nicolás Muñoz de Toro, descendiente del Gonzalo.
Veinte años habían transcurrido desde aquel portentoso suceso, aún sumido en el más misterioso secreto. El sitio conocido por la Albaida era la morada de los ermitaños de Córdoba, aún no congregados como en la actualidad, y uno de ellos, agobiado por una cruel hidropesía que lo llevaba al sepulcro, se decidió también a beber de las saludables aguas de la santa fuente, y con ellas logró la salud apetecida.
Lleno de agradecimiento y fe pedía a Dios y a la Virgen en sus oraciones que se dignasen aclarar aquel arcano, cuando una noche, la del 8 de septiembre, oyó cierta voz que satisfizo su ansiosa curiosidad, revelándole que en el tronco de aquel cabrahigo se encerraba una imagen de la Virgen, depositada en un hueco cuando la persecución de los cristianos, y cuya concavidad había cerrado el transcurso de tantos años.
El ermitaño corrió al día siguiente a presentarse al obispo de Córdoba don Sancho de Rojas, y contándole lo ocurrido, éste hizo cortar el árbol, confirmándose las palabras del anacoreta, puesto que fue hallada la imagen que con tanta devoción veneramos. Es de barro y tiene en la espalda unas letras muy gastadas, al parecer góticas.
Si el más insignificante acontecimiento atrae tantos curiosos al lugar en que ocurre, figurémonos un momento qué no sucedería en semejantes tiempos, cuando los sentimientos religiosos eran tan puros en las personas ilustradas y el pueblo ignorante estaba subyugado por el más exagerado fanatismo.
Al día siguiente de la revelación cortose el árbol, y encontrado tan estimable objeto, divulgose la noticia con la velocidad del rayo, acudiendo casi en su totalidad el vecindario de Córdoba con el clero, autoridades y demás corporaciones, formando todos una procesión que en medio de una alegría indescriptible, aumentada por el repique de tantas campanas como entonces había, y del disparo de cohetes y arcabuces, llegó con la imagen al Sagrario antiguo de la Catedral, hoy capilla de la Cena, donde la depositaron, hasta que se edificó en el sitio del cabrahigo el primer humilladero, costeado por el obispo don Sancho de Rojas.
Inscripciones documentales
Esta procesión se representa en un gran cuadro que hay bajo los arcos del atrio de la iglesia por la casa del capellán, con otros milagros y hechos posteriores. Aquel lienzo ha sido mayor, pues la inscripción que tiene al pie no está completa, como la copiamos a continuación.
Parte que existe: Este es un retrato sacado de otro antiguo, de como nuestra Señora apareció á Gonzalo Garcia, cardador, y le mandó tomar del agua de esta Santa Fuente, con lo cual sanó su muger, que estaba paralítica... Parte que le falta: y su hija loca, y otros muchos milagros que entonces nuestra Señora obró, de donde se siguió la fundación de esta Santa Casa; aconteció en el año 1420, reynando Don Juan el Segundo, y Obispo de Córdoba Don Sancho de Rojas. Mandolo pintar Pedro Velez de Alvarado, Racionero entero de la Santa Iglesia de Córdoba, siendo Administrador de esta Santa Casa, año de 1596.
Este cuadro es original de Leonardo Enríquez, discípulo de Pablo de Céspedes, y la única obra que de él se conserva, aunque ya tan repintada, que quizás nada le quede suyo; y decimos original porque, aun cuando hubiera otra, la venida de la reina de Aragón y el milagro de los estudiantes que allí se representan son hechos posteriores a la invención de la imagen, luego el pintor sólo tomaría la idea de ésta, formando nueva composición para el mejor desempeño de su obra.
Ya copiada esa inscripción en que se cita el año 1420 como el tiempo de la aparición de la Virgen, copiaremos otra que, dividida en dos losas, está a los lados de la capilla mayor de esta iglesia, y después haremos sobre ella algunas reflexiones. Dice así: Reynando Don Juan el Segundo, y siendo Obispo de esta Ciudad Don Sancho de Roxas, fué hallada milagrosamente esta Santísima Imagen en el hueco de una Higuera cerca de la Fuente que llaman Santa, año de 1420. El Cabildo de la Catedral en este sitio, heredad suya llamada Huerta Albacete le labro este Santo templo, y coloco con procesión general. Y asistencia de la Ciudad en el puesto donde está, quedando por Administrador y Patron de esta Santa Casa: y para que de ello conste, de acuerdo suyo se pusieron estas Losas con relación del caso, á honra y gloria de Dios y su Madre Santísima, reynando Felipe Quarto, y siendo Obispo de Córdoba el Ilustrísimo Señor D. Fray Domingo Pimentel, año 1641.
Otras relaciones que se conservan de este suceso y algunas, las más antiguas, aseguran haber ocurrido la aparición el sábado 8 de septiembre de 1420, siendo obispo de Córdoba don Sancho de Rojas, en tanto que otros como Bravo, Feria y Ugalde la niegan, fundados en dos razones muy atendibles. Una, que en dicho año no era sábado el citado día, y otra, que aquel prelado no obtuvo el obispado hasta mucho después, opinando con grandes visos de acierto que la invención se efectuó en 1442. También hemos hecho algunas confrontaciones, y de ellas colegimos que habiendo mediado unos veinte años desde lo ocurrido a Gonzalo García y la revelación del ermitaño, no es extraño que cada uno considere la aparición en un tiempo diferente, si bien la circunstancia de ser sábado el 8 de septiembre corresponde a la fecha más moderna.
No es el pensamiento que nos guía escribir una historia extensa y minuciosa de este santuario, sino consignar apuntes, como venimos haciendo en los paseos de otros barrios.
El pozo y el Humilladero
Construyose el primer humilladero, o sea, el camarín que aún existe detrás del pozo con un cuadro representando la aparición de la Virgen y los patronos a Gonzalo García, con una inscripción al pie que refiere el suceso como en las otras ya copiadas.
Después de esto, en 1455, sede vacante, el Cabildo costeó la formación del brocal del pozo y amplió el humilladero, que después, hacia 1493, se agrandó con la capilla gótica hoy existente, y que sería mucho más linda si en vez de aquella raquítica puerta tuviese los tres arcos abiertos con verjas, que le darían vista y lucimiento.
Cada vez era mayor la devoción a la Virgen por los milagros que se le atribuían, y esto contribuyó a que el expresado Cabildo se declarase su patrono y mandase edificar a sus expensas una iglesia, cercana al sitio del encuentro, como en efecto lo hizo, conservándose aún la portada en una de las habitaciones del capellán.
Cundiose la fama por toda la península, tanto que hacia los años 1455 la reina doña María, esposa del rey don Alonso de Aragón y hermana de don Juan II de Castilla, a la sazon hidrópica, vino a Córdoba ansiosa de recobrar la salud con tan prodigiosas aguas, cuyo satisfactorio resultado produjo en ella tal agradecimiento que lo demostró dando una porción de valiosas alhajas, a las que aseguran pertenecer una preciosa corona de oro y pedrería que aún existe, y una gran cantidad con destino a la edificación de una hospedería para los pobres que viniesen al santuario, obra realizada por el Cabildo, que costeó además habitaciones para el capellán. Hemos dicho que la portada de dicha iglesia fue la que se conserva en la casa del capellán, siguiendo la opinión de Ugalde, si bien don Luis María Ramírez, en su Indicador cordobés, cree que era la misma que hoy tiene aquélla bajo los arcos, cuya arquitectura parece del siglo XV
Hermandades primitivas
Otros apuntes curiosos encontramos sobre la existencia de dos cofradías en el santuario de la Fuensanta, ambas dedicadas a su culto. Por los años 1518 existía una de ellas, trabándose una gran cuestión entre los cofrades, porque unos querían lanzar a varios de los fundadores, a quienes acusaban de conversos. Éstos acudieron al Cabildo en queja; mandoseles poner en posesión y que aquella cualidad fuese obstáculo en lo sucesivo. Negáronse los otros, y terminó la cuestión por disolverse la expresada cofradía.
Mas en 1558 aparece un acuerdo dando licencia a los cantores para asistir a una función costeada por aquélla, y aquí entra la duda sobre si se restableció esta hermandad o es otra nueva, si bien nos inclinamos a creer ambas cosas, porque en un pleito que existía en el archivo del Cabildo parece confirmarse esto, toda vez que hubo cuestión sobre cuál había de administrar los bienes que dejaba a su cargo un Miguel de Haro, cordobés, que murió en Méjico en 1581, el cual fundó una obra pía para dotar huérfanas, dejando el patronato a la cofradía más antigua de Nuestra Señora de la Fuensanta.
En la actualidad y ha muchos años no existe hermandad alguna ni se sabe cuando fue extinguida. En estos últimos años se trató de formar una asociación para el culto de la Virgen, lo que no logró realizarse porque los cofrades se encontraban siempre con el inconveniente de no poder llevar las andas, por el patronato de ambos cabildos.
La construcción de la primera iglesia
Otros muchos datos hemos visto por lo cual se prueba que la actual iglesia es la segunda en aquel lugar, y que debió hacerse a fines del siglo XV, quedando sin capilla mayor ni camarín, colocándose la Virgen en un nicho con gran solemnidad. Y decimos esto porque existe un acuerdo del Cabildo de 22 de Julio de 1512 mandando el canónigo administrador del santuario, Juan López, que "haga la capilla principal de la iglesia de la Fuensanta de canteria en la huerta á las espaldas donde agora está". Empezose la obra, mas no hubo de contarse con los medios necesarios para acabarla puesto que la costeó casi por completo el tesorero de la Santa Iglesia don Antonio del Corral, quien no empezó a administrar las rentas y limosnas hasta 1523. Luego hallamos que para hacer y dorar el retablo se vendió en 1525 una casita que poseía el santuario en la carrera de la Fuensanta, donación del canónigo Cristóbal de Mesa.
El expresado don Antonio dio mucho dinero para estas obras, y además fundó unas capellanías para el mayor culto de la iglesia, conducta que imitó su hermano don Pedro, canónigo de Sevilla. Por todo esto y por más que hizo el primero pidió al Cabildo en 21 de febrero de 1533, y le fue concedido, el patronato de expresadas capellanías y enterramiento en la capilla mayor para él y su hermano don Francisco y el hijo de éste con todos sus sucesores, de donde viene el ser patronos de esta casa los marqueses de la Motilla, descendientes del tercero de los expresados señores.
También cuenta en un cabildo de primero de febrero de 1527 que se estaba haciendo una verja que coronaba el arco toral, y ha llegado a nuestros días, ajustada en 93.000 maravedises, equivalentes a 2.735 reales, y 5/17 partes de otro.
El templo actual
En el siglo XVII, hacia el año 1641, se reedificó y reformó nuevamente la iglesia, y en este tiempo debió hacerse la fachada principal. Consta de cuatro cuerpos, los dos últimos en forma piramidal y en el que está el campanario. Es de ladrillo en limpio, con una portadita de mármol azul, del país, y adornos blancos, todo de muy mal gusto arquitectónico.
El interior es de tres naves, divididas por arcos de orden toscano. El camarín, el retablo mayor y otras partes del edificio revelan ser obras mucho más modernas de lo que llevamos dicho; luego el dicho retablo sustituyó al antiguo, sin duda ya en el presente siglo, y nos fundamos para decir esto en que su arquitectura no es del siglo XVII, en que se hizo otro, puesto que según Vaca de Alfaro se colocó la imagen en su nuevo tabernáculo el 26 de agosto de 1667, celebrándose una gran función a que asistieron los dos cabildos y toda la nobleza de Córdoba, y predicó el muy reverendo padre maesro fray Diego de Escobar, orador muy notable, que poco después fue prior del convento del Carmen, a la salida de la puerta de Alcolea.
La capilla mayor, como hemos anotado, es patronato de los marqueses de la Motilla, quienes tienen allí enterramiento en un hueco, que por cierto está inutilizado, puesto que al abrirlo para depositar el último cadáver que se trajo del abuelo del actual marqués se encontró lleno de agua, sin duda resultas de las muchas veces que el Guadalquivir ha inundado esta iglesia, y entonces se le dio sepultura a un lado, colocando la lápida que allí vemos.
En la nave de la epístola forma el frente una pequeña capilla dedicada al Santísimo Cristo de las Mercedes, el que, según una inscripción que ya no existe, fue traído de Méjico a principios del siglo XVII por Fernando Sánchez Castillejo, quien fundó este altar. Tiene una bonita bóveda pintada, que parece de mano de Palomino, aun cuando algo desfigurada por el tiempo y restauraciones. Otros dos altares tiene esta nave, ambos muy modernos, uno dedicado a San Rafael y otro al Santo Cristo del Humilladero, llamado así porque estuvo en el que había en la huerta del mismo título.
La nave del evangelio tiene también al frente una pequeña capilla dedicada a Santa Ana y dos altares de mala forma, uno con San José y el otro con San Acisclo y Santa Victoria, ambos llevados a aquel lugar cuando se suprimió la iglesia de San Sebastián, de que ya nos hemos ocupado.
La sacristía es bastante capaz, atendida la importancia del santuario, y en ella encontramos algo que interesa a la historia de las artes cordobesas: en el centro hay un retablo con un hermoso lienzo con Jesús muerto, principiado a pintar por Juan de Alfaro y concluido por don Antonio Palomino; por cima vemos un Crucifijo con la Virgen y San Juan, también de muy buena mano, aunque no conocemos el autor; casi frente hay dos grandes ángeles, al parecer obras de principios de este siglo, y los cuales estuvieron en la capilla mayor, de donde mandó quitarlos el señor Alburquerque por su demasiada desnudez.
Tanto en este sitio como en el camarín y su escalera, que es de mármol rojo y muy ancha, encontramos varios cuadros muy lindos, entre ellos dos firmados por Antonio del Castillo, y aún dicen algunos escritores que hubo unos cobres de David Teniers. En la meseta hay un altarito con un cuadro que representa la Virgen del Sagrario de Toledo, y por bajo un niño dormido.
El terreno en que está situado este santuario es poco más alto que el nivel del río, así es que en casi todas sus crecidas lo ha inundado, como sucedió en 1481, 1554, 1604, 1618, 1626, 1684, 1689, 1692, 1698, 1707, 1708, 1785, 1821 y 1860, siendo tal vez la penúltima la mayor de que hay noticias. En ninguna de ellas ha llegado el caso de ser preciso sacar la imagen, aunque han estado preparados hombres al efecto para hacerlo por la espalda del camarín, donde hay una ventana y está el terreno más alto.
Entre la casa del capellán y la iglesia hay un extenso y bonito patio, decorado con arbustos y flores, además de unos cipreses criados en forma piramidal, si bien escalonada. Delante de la segunda hay una galería sostenida por arcos, en los que se leen algunas sentencias religiosas y morales, y debajo está el cuadro de Leonardo Enríquez, ya citado, y una multitud de exvotos o milagros, como vulgarmente les dicen, a pesar de ser muchos los que en diferentes ocasiones se han quitado por inútiles. Entre ellos llaman la atención un enorme caimán disecado, traído de América, aunque el vulgo ha dado en decir que lo mató en el arroyo cercano un sentenciado a muerte, a quien ofrecieron el indulto si acababa con aquel animal que, corrido del mar, estaba siendo el asombro y terror de los cordobeses; una costilla de una ballena, la concha o carapacho de una tortuga, una sierra del pez de este nombre y otras cuantas cosas remitidas como recuerdo por viajeros cordobeses.
También se ven en aquel sitio dos cuadros de escaso mérito y alegóricos; representan el alma en gracia y el alma en pecado, aquélla por una hermosa joven coronada de rosas y con la complacencia de la felicidad, y la otra por una figura extraña y grotesca a quien una serpiente oprime la garganta.
Milagros y prodigios
Un tomo de 400 páginas no bastaría para anotar los milagros de curaciones, resurrecciones de muertos y otros sucesos por el estilo que hemos oído, y por eso nos concretaremos a decir algunos más raros, dejando al criterio del lector comentarlos según le parezca. Al tratar de la calleja Mancera, barrio de San Andrés, contamos uno de los que más nos han llamado la atención.
Enrique Vaca de Alfaro en su historia de este santuario cuenta que en el año 1505 se juntaron cinco estudiantes, hijos de padres conversos, e inventaron para ganar dinero o para burlarse de los crédulos que uno de ellos se fingiese muerto, trayéndolo los otros delante de la Virgen de la Fuensanta, donde haría que resucitaba. Mas cuál sería su asombro al ver que llegada la ocasión, el joven estaba en efecto difunto, lo que les hizo empezar a gritos y confesar su falta, rogándole a la Virgen que lo volviese a la vida. Este milagro está, en efecto, pintado en el ya dicho cuadro de Enríquez.
Tres hermanos, vecinos de Córdoba, tenían una hermana vieja y tullida, y queriendo deshacerse de ella y no creyendo en la virtud de aquellas aguas, idearon arrojarla de noche al pozo, donde se ahogaría; mas, lejos de eso, la enferma recobró la salud y se volvió a la casa, como si tal cosa no hubiese padecido.
Hernando de Molina, natural de Córdoba, estaba el 18 de julio de 1818 a vista de Tolosa cuando fue hecho prisionero por los franceses con otros compañeros que ocupaban una nave española entre San Jorge y el castillo, siendo todos ellos sentenciados a muerte; mas él se acordó de la Virgen de la Fuensanta, la que apareciéndoseles los sacó en salvo de las garras de sus enemigos.
En 1554 se cayó un niño en aquel pozo y, encomendado por su padre a la Virgen, dicen que delante de muchos testigos subió el agua, echando fuera al chico, que declaró haber visto a Nuestra Señora, tal como se venera, y que le alargó la mano para salvarlo.
Entre los jesuitas cordobeses más notables figura como escritor y hombre virtuoso el padre Tomás Sánchez, el cual a los 16 años se le negó la entrada en el colegio de la Compañía por ser tartamudo, falta de que se vio libre por milagro de la Virgen de la Fuensanta, a cuyos pies se arrodilló rogándole lloroso que lo librase de aquel defecto, lo que alcanzó antes de salir del santuario, valiéndole el ingreso que deseaba en aquella casa, donde siguió sus estudios.
El jurado de Córdoba Luis Sánchez Barchilón otorgó su testamento en 28 de febrero de 1608 ante Fernando Damas, y en él funda una obra pía para casar huérfanas, diciendo que lo hace así porque estando muy malo se encomendó a la Virgen de la Fuensanta, la que se le apareció y dijo le otorgaría aquel beneficio si dedicaba parte de su hacienda en alivio de los pobres.
El escritor licenciado Benito Daza de Valdés, en la dedicatoria de su libro Los antojos, dice que esta imagen obró con él dos milagros; uno sanándolo a la edad de 6 años, estando tullido, por lo que puso sus muletas en la iglesia, y después en otra ocasión en que estaba muy grave con el mal de orina.
En una tablilla había también pintado el siguiente estupendo caso ocurrido en 7 de junio de 1671. Decía que a una mujer llamada María Manuela se le entró en el cuerpo un demonio tan terco que no la abandonó en ocho meses, por más conjuros y exorcismos que le echaban, hasta que, traída la paciente a esta iglesia, se logró lanzar a aquél, que declaró llamarse Caldero y que se había apoderado de la María Manuela por las muchas maldiciones que le echó su madre.
Con estas y otras maravillas, contadas con referencia a Nuestra Señora de la Fuensanta, han sido tantos los devotos que ha tenido que sus limosnas llegaron no sólo a edificar el templo y casa, sino a enriquecer el primero, hasta el punto de tener 30 lámparas de plata continuamente con luz y una guardada por falta de colocación, y en armonía con esto estaban los cálices, temos y demás alhajas, de las cuales se conservan muy pocas, tanto, que para la función del 8 de septiembre llevan de prestado una lámpara de la Catedral. Muchas de aquéllas se vendieron para reparos, y otras desaparecieron cuando vinieron los franceses.
La explanada que hay delante del santuario ha sufrido también algunas alteraciones. La huerta avanzaba dejando un camino entre ella y el arroyo, mas en 1684 se hundió la cerca y el capellán, a la sazón Diego Martín Capilla, compuso con el Cabildo y el arrendador de aquélla que cediesen como una fanega de terreno, y entonces se levantó la tapia a cordel, quedando como en la actualidad la vemos. No desaparecieron los montones de tierra que allí había y continuaron muchos años, hasta el de 1772, en que el Ayuntamiento dispuso nivelar aquel sitio, obra que se hizo por un ajuste alzado con un grancero llamado Francisco Rodríguez, quien la realizó en pocos días, en la suma de 1.000 reales.
Casos raros ocurridos en el Santuario
Cuéntanse muchas anécdotas y casos raros ocurridos en el santuario de la Fuensanta, de los cuales son algunos dignos de figurar en nuestros apuntes.
Cuando Felipe III estuvo en Córdoba visitó todo lo más notable de ella y, como era casi natural, fue también a la expresada iglesia, como lo habían hecho y después lo han verificado otros reyes. Después de orar pasó al pozo, y allí se presentó un hombre del pueblo diciendo que si su majestad le daba permiso saltaría con los pies juntos desde el suelo a lo alto del nicho o camarín que aún allí existe, salto que juzgaron imposible, excitando por lo mismo la curiosidad de todos. Diósele aquél, y entonces, despojándose algo de la ropa, saltó con una facilidad que admiró a cuantos lo vieron, consiguiendo con esta gracia interesar al rey, quien en el acto mandó regalarle cien escudos.
Otro ruidoso suceso ocurrió en la noche del lunes 14 de julio de 1641, que produjo la indignada admiración de todos los cordobeses. Decíase por aquel tiempo que unos herejes, ocultos bajo la apariencia de cristianos, andaban profanando las imágenes de Jesús y María, de que ya se habían dado algunos casos en Madrid, Granada y otras poblaciones. En el camarín por cima del pozo había una imagen semejante a la de la iglesia y cerrada por una verja. Al amanecer del día 15 viose limados los hierros y que la Virgen había sufrido varios golpes de puñal y tenía quebrados dos dedos, y al Niño que tenía en los brazos le habían arrancado la mano derecha y destrozado parte de la otra, además de haberle quitado y hecho varios agujeros a los trajes, que vieron tirados en el suelo, no habiendo hecho mayor destrozo porque en la huerta cercana oyeron golpes y acudieron, si bien no repararon en lo ocurrido. Diéronle parte por la mañana al obispo, que era el señor Pimentel, y al corregidor don Jerónimo Pueyo y Araciel, y ambos acudieron al lugar de la profanación, mandando lo primero que la imagen fuese trasladada a la iglesia, colocándola en el altar de la principal o aparecida.
El Cabildo eclesiástico nombró una comisión de cuatro diputados que, de acuerdo con aquellos señores y la Ciudad, dispusieron hacer a ambas imágenes un solemne octavario de desagravio, llevándolas en procesión a la Catedral. Mas la quebrantada salud del obispo le impedía asistir y se efectuó en la misma iglesia de la Fuensanta, con asistencia de dieciséis prebendados, los veinticuatros y un concurso extraordinario de todas las clases de la ciudad.
Profanación por los franceses
Ciento cincuenta y siete años después, en el 8 del presente siglo, fue profanada la Virgen de la Fuensanta por los soldados que al mando de Dupont vinieron a Córdoba, intentando privar al pueblo español de su libertad e independencia. Conocido es de todos el entusiasmo con que el pueblo de Córdoba, ayudado por muchos de su provincia, decidió impedir el paso en el puente de Alcolea al ejército francés que, gracias a su organización militar y su pericia en el arte de la guerra, arrolló a aquellas huestes inexpertas e indisciplinadas.
El 7 de junio de 1808, fecha gloriosa para los cordobeses por ser los primeros que demostraron su valor, aunque con desgracia, contra el soberbio Napoleón, llegaron los franceses ante los muros de esta ciudad, y recorriendo sus alrededores entraron en el santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, cuya imagen encontraron con una banda de generala con que el entusiasmo de sus devotos la había engalanado. Entonces prorrumpieron en las más groseras burlas y, como si esto y el robarle cuantas alhajas allí vieron no fuera bastante, la arrojaron desde su camarín al suelo, causándole algunos muy notables desperfectos.
Pasados aquellos días de prueba y sufrimientos el pueblo de Córdoba, representado por ambos cabildos, dispuso trasladarla a la Catedral, después de compuesta, y el 4 de septiembre se le hizo una magnífica función de desagravio, llevándola por la tarde a su iglesia en una lucida procesión a que asistieron todas las comunidades, el clero. Junta suprema provincial. Ayuntamiento y casi todo el pueblo, que demostró un entusiasmo indescriptible.
Procesiones al Santuario
El señor Ugalde, al final de su opúsculo historial de este santuario, pone una relación de las procesiones hechas al mismo y las que se han verificado con aquella venerada imagen.
La primera en que fue el Cabildo después de su traslación a su iglesia ocurrió en 5 de febrero de 1494, en acción de gracias por no haber ocurrido mal alguno en el horrible terremoto que se sufrió entre 8 y 9 de la noche del domingo 26 de enero, y el 27 se hizo otra procesión general a la Santa Iglesia; en ambas predicó el comendador de la Merced, y en la de la Fuensanta se dijo la misa en el humilladero, hoy capilla del Pozo, sin duda para que pudiera oírla la gran concurrencia que asistió a esta fiesta.
La segunda fue el 14 de marzo de 1529, por falta de agua; la tercera en 6 de febrero de 1536, por la misma causa; la cuarta en 3 de marzo de 1542 por ídem; la quinta en 10 de marzo de 1548 por lo mismo; la sexta, con la imagen de Nuestra Señora de Villaviciosa, en 20 de abril de 1561, por los temporales, salud del pueblo y falta de agua; la séptima, con la expresada Virgen y con idéntico motivo, en 27 de abril de 1578, siendo aquélla llevada en las andas de plata y por los señores beneficiados; la octava en 25 de julio de 1650 para dar gracias a la Virgen por haberse librado de la epidemia los señores prebendados; la novena en 25 de abril de 1737 por falta de agua, siendo ésta la primera vez que la imagen entró en Córdoba desde su invención, permaneciendo en la Catedral hasta el 4 de mayo siguiente, que la volvieron a su santuario; la décima en 30 de marzo de 1750, también por falta de agua: permaneció en la Santa Iglesia hasta el 6 de abril; la oncena en la mañana del 29 de diciembre de 1794, en unión con las reliquias de los Santos Mártires, en rogativa por el triunfo de las armas españolas en la guerra contra Francia, siendo restituidas a sus respectivas iglesias en la mañana del día 7 de enero siguiente; la duodécima, la ya mencionada en desagravio por la ofensa inferida por los franceses. Hasta aquí el señor Ugalde.
Después ha sido traída la Virgen a la Catedral con las expresadas reliquias y San Rafael en varias ocasiones, ya por falta de agua o ya por la salud pública, como ha sucedido en las invasiones del cólera. También podíamos hacer mención de las fiestas más solemnes efectuadas en este santuario por las corporaciones y particulares, pero son tantas que acabaríamos por cansar a nuestros lectores.
El día 8 de septiembre es el destinado para celebrar la fiesta anual a esta imagen, y en él y los dos siguientes se celebra en aquel sitio una feria o mercado que no debe ser muy antigua, puesto que Vaca de Alfaro no la menciona en su opúsculo. Sabemos que empezó por una velada y que llegó a adquirir gran importancia, con particularidad en el ganado de cerda; mas ya la va perdiendo y creemos vuelva pronto a ser lo que en un principio, a pesar de que el Ayuntamiento hace laudables esfuerzos por conservarla.
Los socorros en las Epidemias
Hemos recorrido el barrio de Santiago, no tan rico de noticias como el de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía, al que dirigiremos el siguiente paseo, para el que invitamos a nuestros lectores.
Mas antes de terminar debemos decir, como en los otros barrios, lo ocurrido en éste en la epidemia del landre de 1649 y 1650, a pesar del corto número de sus vecinos y de haber sido de los más castigados de la ciudad.
Lejos de desmayar, al verse casi todos privados de alguna de las personas que más querían, no titubearon en reunirse y correr al socorro de los infelices que gemían en los hospitales. Al efecto, reuniéronse el día 13 de marzo de 1650, y sacando a Santiago y el Santo Cristo que se venera en el sagrario de dicha parroquia, acompañados de muchas luces, se dirigieron al hospital de San Lázaro, llevando a los enfermos 2 carretadas de leña, 2 cargas de ídem, 3 de romero, 100 fanegas de trigo, un cahíz de pan amasado, 14 carneros, 42 gallinas 3 hojas de tocino, un jamón, 10 salvillas con pasas, 8 espuertas llenas de limas y naranjas, una carga de cacharros, una espuerta de alhucema, 26 salvillas con bizcochos, 29 canastillos con huevos, 4 fuentes con hojuelas, 46 salvillas con hilas, 2 macetas con jabón, 2 canastos de granadas, una carga de vino y 14 camisas.
Todo este valioso regalo quedó en el hospital, tornando la procesión para dejar las imágenes en su iglesia.
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