Si tienes un minuto, puedes ayudar a la empresa que mantiene este sitio de manera gratuita.
Sólo tienes que votar aquí por el proyecto City Analytics de la empresa Blobject. ¡Mil gracias por tu tiempo!

Paseo 3. Barrio de Santa Marina

De Biblioteca de Córdoba

Los enlaces de esta página llevan a artículos de Cordobapedia. Clica sobre ellos para encontrar más información sobre el término enlazado

Tabla de contenidos


Uno de los mayores barrios de Córdoba es el de Santa Marina, no sólo en su extensión sino en el número de sus habitantes, entre los que hay de todas las clases de la sociedad, sin embargo de estar ya entregadas a vecinos muchas de las casas principales en que los nobles de Córdoba tenían sus moradas. Es, pues, un barrio que cuenta con aristócratas, clase media y proletaria, muchos agricultores y no pocos industriales; por tanto, es de mucha y positiva importancia.

Como en los barrios ya descritos, recorreremos todas sus calles y plazuelas, penetraremos en su parroquia, conventos, hospitales y ermitas; recordaremos lo que no existe, y haremos por fijarlo todo en la memoria de nuestros lectores.


Descripción de la parroquia

La grave y suntuosa fachada de su parroquia nos hace considerar los centenares de generaciones que habrá visto venir y desaparecer al paso de los años; la multitud de trajes, las diversas costumbres, los diferentes hábitos, las mil aspiraciones que a la sombra de sus muros han existido, y sólo ella pudo conocer, dejándolos encerrados en la siempre inquebrantable fosa del olvido. ¡Cuántos recuerdos asaltan a la mente contemplando aquella fachada; y más aún, a las altas horas de la noche, en que nos parece retroceder a otros siglos, que nunca volverán, dejando sólo algunas inexactas noticias que historia ha recogido!

Tres lados presenta, y todos tres demuestran la antigüedad de aquel edificio, desnudo de ornato, adusto y sombrío, tipo de los primitivos templos ojivales de la religiosa España. Contemplemos su deliciosa portada de molduras lisas y su claraboya de anillos concéntricos; parémonos ante la puerta del norte y en las dos severas agujas que la flanquean, en los capiteles piramidales de la imafronte y hasta en el más pequeño detalle, hallaremos un precioso modelo de la arquitectura religiosa.

El doctor don Enrique Vaca de Alfaro en la Vida y martirio de la gloriosa y milagrosa virgen y mártir Santa Marina de Aguas Santas, impresa en Córdoba por el licenciado Francisco Antonio de Cea, en 1680, supone la fundación de esta iglesia anterior al año 607, en el que que se fundó la de Sevilla, sin duda posterior, y apoyado en sus antiguos datos históricos, la considera reedificada por el emperador don Alfonso, cuando, en 1146, conquistó Córdoba, que después abandonó por falta de gente con que guarnecerla. Por consiguiente, lo mismo que las parroquias de San Lorenzo, San Andrés y la Magdalena, debió existir durante la dominación árabe, si bien con su torre desmochada, y efectivamente, la construcción de aquellos antiguos y venerados muros demuestran, en parte, ser construidos al principio del reinado de los godos, cuya creencia no vemos desmentida en parte alguna.

Esta parroquia se encuentra entre las catorce erigidas por San Fernando, siendo opinión general y fundada que entonces se reedificó, dándola el calificativo de real, por lo que conservó en el retablo antiguo del altar mayor los escudos de castillos y leones que aún existían en 1679, como atestigua el ya citado Vaca de Alfaro. El mismo prueba, con razones, que la Santa Marina a que está dedicada dicha iglesia y las muchas de su advocación que hay en España es la de Aguas Santas, que muchos equivocan con Santa Margarita o Marina de Antioquía, que es la que debe pintarse con el dragón, como está la de esta parroquia, sólo llamada de Santa Marina hasta que el dicho Alfaro dio a luz el citado libro, que leído por un rector, empezó a sobreponer el Aguas Santas, según él mismo hizo constar en una nota que hay en el primer libro de defunciones.

A seguida de la conquista se fundó en la Catedral capilla a Santa Marina, aunque luego cambió de título. También le vemos dedicadas las parroquias de Fernan-Núñez, Villafranca y otras de esta diócesis, sin contar las de Sevilla, Andújar y muchas en Castilla, León y Galicia, donde nació y alcanzó la palma del martirio.

La iglesia de que nos ocupamos consta de tres espaciosas naves, muy elevadas de bóvedas y sostenidas por grandes y airosos arcos, que aun cuando embadurnados por la cal, dejan ver, como lo demás del templo, el gusto gótico-bizantino del tiempo en que fue construido, y que ha ido perdiendo con los reparos que se le han hecho.

En la primera mitad del siglo XVI, siendo obispo de Córdoba don Leopoldo de Austria, se hicieron grandes obras en aquel templo, y entre ellas el sustituirle el campanario que había sobre la torre desmochada con el actual cuerpo de campanas, colocando en ella las armas de aquel rico y esclarecido prelado.

Daños originados por los terremotos

A fines de 1680 y principio del 81 se repararon los grandes desperfectos que ocasionó un temblor de tierra, y algo después se sacó de cimiento uno de sus machones. Sobre aquel terremoto hay escrita una nota en el folio 216 del libro cuarto de defunciones de aquel archivo, que por satisfacer la curiosidad de nuestros lectores copiamos a continuación:

"En nueve días del mes de octubre de mil y seiscientos y ochenta años, a las siete de la mañana, hubo un temblor de tierra tan grande que muchos edificios se jundieron unos en el todo y otros en parte, y los templos y sus torres padecieron mucha ruina; en la Catedral desmintieron los arcos de las campanas y la muralla que cae al Caño gordo, y en esta iglesia se abrió la capilla mayor y su bóveda por la parte de encima del retablo y por la parte baja de la iglesia desmintieron los estribos y se abrieron las claves de las claraboyas colaterales a la puerta mayor, y la torre de esta iglesia se cayeron de ella tres bultos del ornato de la coronación de ella y parte de la cornixa, se partió el mármol piedra de la veleta y en la Ciudad y sus conventos extramuros y intra sucedieron muchas ruinas por ellos y sustos, de suerte que ha atemorizado la gente en tan gran manera que todo es confesiones generales, fiestas al Santísimo Sacramento con arrogativas y en esta iglesia de Santa Marina se continúan por nueve días por tarde y mañana patente su Divina Magestad, y hoy catorce del mes dicho se ha sabido que fue este terremoto universal en esta Andalucía. Doctor, Juan Martínez de Anaya".

"Acabóse el novenario con gran pompa y procesión al Smo. Sacramento".

"Hizo otro novenario la cofradía del Smo. Sacramento. Ha proseguido todos los años hasta 83, haciendo la iglesia la fiesta de San Dionisio con el Santísimo manifiesto".

La última obra de gran importancia que se ha llevado a cabo en esta parroquia fue de 1751 a 1756, y entonces se subsanarían también los destrozos que en la torre causó el terremoto de primero de noviembre de 1755, de que se hace mención en un acta que con aquel acontecimiento levantó la Universidad de señores beneficiados y se conserva en su archivo. En aquel tiempo se colocó también la campana mayor que hay en la torre, bendita por el obispo don Francisco Solís Folch de Cardona, en 8 de mayo de 1754, quien la dedicó al Sagrado Corazón de Jesús y María. Tiene una inscripción latina que traducida dice así: Alabo al verdadero Dios; llamo al pueblo; congrego al clero; lloro á los difuntos y ahuyento la peste.

Volvamos a la descripción de este templo, tal cual hoy lo encontramos, como hemos hecho ya con otros de que se ha tratado en estos apuntes. El retablo del altar mayor es del siglo XVII, de poco mérito y con el tabernáculo de época posterior a lo demás. Tiene repetida la titular, pues en el centro se ve su escultura y por cima otra en lienzo, en sustitución de uno muy bello, obra del notable pintor fray Juan del Santísimo Sacramento, de que nos ocuparemos más adelante. Tiene otros dos lienzos con San Pedro y San Pablo.

Doña María Isidra Quintina de Guzmán y la Cerda

Esta capilla creen algunos equivocadamente ser patronato de los marqueses de Guadalcázar, de cuya ilustre familia hay en ella varios individuos sepultados, debiendo hacer especial mención de la señora doña María Isidra Quintina de Guzmán y la Cerda, madre del anterior marqués, excelentísimo señor don Isidro Alfonso de Sousa y Guzmán.

Nació en Madrid en 31 de octubre de 1768, hija de don Diego Guzmán Ladrón de Guevara, Conde de Oñate, y de doña María Isidra de la Cerda, condesa de Paredes. Su amor al estudio y el gran talento con que estaba dotada le granjearon tantos conocimientos en las letras, las ciencias y las artes que por real orden de 20 de abril de 1785 se mandó que en la Universidad de Alcalá se le confirieran los grados de Filosofía y Letras y Ciencias humanas, disponiéndose en 7 de mayo que la ceremonia se ajustase a lo que se creyere oportuno, tratándose de una señora, y cuyo acto se verificó con gran brillantez el día 4 de junio siguiente, aclamándola doctora y haciéndola catedrática honoraria de aquella universidad, así como en 1784 la Real Academia la nombró por unanimidad socia de la misma.

Casada con el señor Marqués de Guadalcazar, vino a Córdoba, donde murió en 5 de marzo de 1803, sepultando su cadáver en la capilla mayor de la iglesia de Santa Marina, que vamos describiendo, y en la cual puede leerse la siguiente inscripción: Aquí yace el cadáver de la Exma. Señora Dª María Isidra Quintina de Guzman y la Cerda, Marquesa de Guadalcázar é Hinojares, Grande de España, Dama de la Reina nuestra señora y de su Real Orden, Doctora en Filosofía y Letras Humanas, Catedrática honoraria y Conciliaria perpétua de la Universidad de Alcalá, Académica honoraria de la Real Española, etc. Murió en 5 de Marzo de 1803, á los 35 años, 4 meses y 4 días de edad.

A los lados de esta lápida hay dos enterramientos propios, uno de los marqueses de Villaseca y el otro de los Díaz de Morales. Yace allí sepultado don Andrés de Morales, veinticuatro de Córdoba, quien depositó en el Ayuntamiento La Historia de Córdoba escrita por su tío fray Alfonso García de Morales y su hijo don Cristóbal de Morales, del hábito de Calatrava.

Altares y capillas

Saliendo de la capilla mayor están los altares colaterales, dedicado uno a la titular y el otro a la Virgen de la Luz, hermosa escultura que aseguran ser obra del cordobés don Alonso Gómez, de quien hemos hablado en la iglesia de San Rafael. Tiene una cofradía que principió en una ermita que hubo en la Cuesta del Bailío, y antes en otra del campo, achacándose a ella el origen de la romería que se efectuaba todos los años el día de la Candelaria en el arroyo de las Piedras, y en el que aquélla celebra a su titular y hace una procesión por el barrio.

Por cabeza de la nave del evangelio está la capilla de la Virgen del Rosario, fundada por el capitán Alonso de Benavides, por cuyo apellido se conoce, y en donde esta familia conserva su enterramiento. Tiene un patronato cuyos bienes están en pleito, el cual los irá consumiendo las costas. La imagen es hermosa, aunque antigua, y posee buenas alhajas. El altar lo es también, pero bueno, y a los lados hay dos lienzos que representan a San Juan y San Pedro Alcántara.

Sigue el altar de San Juan Bautista, patronato de los condes del Menado, hoy los de Torres Cabrera, y fue trasladado a esta iglesia desde la sacristía de la Trinidad. Se ve en él un buen lienzo, que creemos copia del primitivo, que era de Castillo, y por cima otro de la Concepción y varios pequeños, muy bonitos. Hacia este sitio había un arco en el que estaba el enterramiento de los Alfaros, y en él una losa con la siguiente inscripción: Aquí yacen Benito López de Alfaro, que sirvió á los Señores Reyes Católicos en la conquista del reino de Granada, nieto sesto de Ramon de Alfaro, que también se halló en la toma de Baeza en 1228. También está sepultado Alonso de Alfaro, hijo de Benito Lopez de Alfaro, el licenciado Juan de Alfaro, insigne cirujano y Doña María de Evia su muger, y el licenciado Felipe de Alfaro, presbítero.

La capillla del Sagrario, tanto en su interior como en el exterior, demuestra estar construida siglos después que lo demás del templo. Es bonita, con cubierta esférica, con adornos de yesería, algunos dorados, y en el altar se ve una Cena muy bien pintada, pero revelando todo su poca antigüedad. Tiene verja en su entrada, aunque de madera y de muy mal gusto. Cerca de éste hay otro altar con una escultura que representa a Santa Inés mártir. A los pies de esta nave estuvo el altar de Ánimas, con un cuadro que existe en la sacristía, y en cuyo sitio se conserva el enterramiento de los cofrades.

En la nave de la epístola forma frente la capilla de San Roque, con hermandad y enterramiento para sus individuos; altar e imagen revelan mucha antigüedad. Sigue el altar de la Concepción, con un lienzo que la representa, y mas allá el de San Antonio Abad, cuyo retablo fue el mayor de la suprimida iglesia de San Sebastián; tiene en lo alto el martirio de aquel santo, y en el basamento siete pinturas en cobre, algunas muy bonitas. El San Antonio es propiedad de los herreros, quienes antes le costeaban fiesta en su día.

En esta misma nave existe un precioso arco gótico con muy lindos adornos y escudos de armas, que sirve de entrada a la capilla del Resucitado y Ánimas, que tienen hermandad. Era patronato de los Orozcos, y hasta hace pocos años sirvió de atarazana. En su altar se ven las imágenes de Jesús Resucitado, la Virgen de Consolación y San José; las dos primeras son sacadas en procesión el primer día de Pascua de Resurrección, y no hace muchos años que los sábados de Gloria las tenían ocultas, y al cantar el Gloria in excelsis aparecían por diferentes lados, yendo a unirse en la nave principal al son de la música y campanas, lo que hacía gran efecto, no sólo en los vecinos de aquel barrio sino en los de casi todo Córdoba, que acudían, cesando esta ceremonia por orden del actual señor obispo don Juan Alfonso Alburquerque. En dicha capilla, aunque es patronato de los Orozcos, también tenía enterramiento el veinticuatro de Córdoba Fernando Alfonso, el que mató a los comendadores, por lo que fueron sepultados en este sitio, y aún nos han contado que en la obra hecha para habilitar este sitio fueron encontrados, cubriéndolos a seguida por disposición del cura que entonces había en esta parroquia.

Al pie de la expresada nave de la epístola está la capilla del Bautismo, donde lo han recibido muchos individuos de la nobleza cordobesa y algunos hombres notables contemporáneos, contándose entre ellos don José Rey y Heredia, de quien detenidamente trataremos, y don Lorenzo Alguacil, actual obispo de Vitoria. También han sido bautizados en esta pila algunos célebres toreros cordobeses, uno de ellos el desgraciado José Rodríguez Pepete, muerto por un toro en la plaza de Madrid en la tarde del día 20 de abril de 1862.

Entre la pila y un cancel encontramos el cuadro que estuvo en el altar mayor, obra digna de fray Juan del Santísimo, cuyo pincel le puso la inscripción siguiente: A honra y gloria de Dios y de Santa Marina, dedicó este lienzo D. Pedro Fernández, de Córdoba y Figueroa, Caballero del orden de Alcántara y primogénito de la Casa de Villaseca: año de 1678. Fr. Juan del Smo. Sacramento. F. El haber mudado el sitio a este notable cuadro sería con la idea de que lo viesen bien los muchos artistas y aficionados que lo han copiado, pues de otra manera hubiera sido imposible.

La sacristía es espaciosa y cómoda, con grandes cajoneras para los ornamentos y un buen archivo, cuyos libros principian, los de bautismos y matrimonios en 1537, y los de defunciones en 1538; en éstos y en los minutarios se encuentran notas muy curiosas, de que hemos ido tomando apuntes, no pudiendo resistir a copiar la siguiente, que interesa a la historia de Córdoba:

:"Sábado seis días de Febrero de mil y seiscientos y diez años, reinando en todas las Españas la Católica Magestad del Rey Don Felipe 3°, teniendo la silla pontifical la Santidad del Papa Paulo V, siendo Obispo de Córdoba Don Diego de Mardones, fraile de la órden de Santo Domingo, Rector de esta iglesia de Santa Marina Tomás Fernández de Vargas y yo el Colector de ella, comenzaron á salir los moriscos de la dicha Ciudad, habiendo novecientos menos cuatro años que los árabes entraron en ella con Tarif Abensier su capitán, reinando en España D. Rodrigo último godo. Fernando Alonso Montemayor. Luis Juárez, beneficiado".

En esta iglesia tuvieron enterramiento los señores Muñoz de Baena, hoy marqueses de Prado Alegre, por haberlo labrado Juan Muñoz de Baena y Savariego en 1663. También lo tienen los Castillejos y los Mellados, en la nave de la epístola.

Al servicio de la parroquia

La parroquia de Santa Marina ha tenido una rectoría, seis beneficios, un préstamo y dos prestameras. Hoy sólo tiene un rector, un coadjutor y los dependientes de reglamento. También contaba con muchas obras pías, capellanías y memorias, siendo las más notables la obra pía que fundó Cristóbal López Aulagas para casamiento de doncellas de su linaje; la de doña María de Fonseca, con el mismo objeto; la de Rodrigo Alonso de Gahete, para socorrer sacerdotes pobres, viudas, doncellas y hospitales; la de Fernando de Budia, para sus parientes, y otra de Hernando Ruiz, cuyas rentas habían de emplearse un año en casar una doncella pobre y otro en redimir cautivos. El último rector y cura propio de la parroquia de Santa Marina ha sido el ya citado don Juan José Aguado, persona ilustradísima y de muy nobles y piadosos sentimientos, quien, a causa de los muchos años que sirvió dicho curato y del cariño y franqueza con que trataba a sus feligreses, era sumamente querido de los mismos, quienes asistieron a su entierro derramando copiosas lágrimas de sentimiento. Muchas son las anécdotas que de él hemos oído, y entre ellas referiremos una que demuestra su carácter jovial y la confianza que con todos tenía.

Un hombre a quien el señor Aguado casó seis veces, enviudó, y un día se le presentó, y con humildad le dijo: "Señor rector, yo venía a ver a usted porque he pensado casarme". "Bueno, ya hablaremos", le contestó. "Es... que es preciso que sea pronto". "¿Pronto? ¡he! ¿Si pensará usted que no tengo otra cosa que hacer en todo el día más que estarlo casando y enterrándole las mujeres?". Los presentes rieron la ocurrencia, y él no sólo los casó sino que les dio un socorro, diciéndole: "Vamos a ver si ésta puede al fin más que usted".

En los tres frentes que forma esta iglesia estaba el cementerio, en terreno elevado, y contenido por un muro que en 1865 desapareció, allanándolo de la manera que fue posible, atendido su desnivel.

La epidemia de 1785

En 1785 fue preciso cerrar esta iglesia al culto porque sufriéndose en aquel barrio más que en otros una grande epidemia de intermitentes, fueron tantos los cadáveres en ella sepultados que empezaron a exhalar tantos miasmas que se creyó perjudicarían a la salud pública. Esta epidemia se juzgó aumentada en aquellos barrios por el arroyo de Santa Marina y San Lorenzo, que pasaba por ellos hasta la rejuela del segundo, y por el que no sólo corrían todas las inmundicias que arrojaban los vecinos, sino las del Matadero, que penetraban en la ciudad por un arquillo inmediato a la torre de la Malmuerta, a la Lagunilla, calle Mayor, Santa Isabel, Álamos y demás que hoy tiene la corriente, siendo tan profundo en algunos puntos que ya cerca del Buen Suceso había un sitio llamado el Despeñadero, teniendo puentecillos en todas las avenidas.

La epidemia que hemos indicado, y es de las que nada se ha escrito, se reprodujo en 1786, tanto que desde primero de mayo hasta fin de noviembre causó 1.214 víctimas, haciendo subir el número de enfermos a 11.657, de los que 6.643 fueron socorridos unos en los hospitales y otros en sus casas con las limosnas que dieron el Ayuntamiento, el obispo, el caudal de expolios y muchos particulares, además de la quina que de real orden trajeron y que se repartía entre muchos lugares de la Península que sufrían igual epidemia.

Las defunciones ocurrieron: en el barrio de San Andrés, 39; en el de Santiago, 38; en la Magdalena, 35; en Omnium Sanctorum, 23; en el Campo de la Verdad, 71; en San Miguel, 43; en el Sagrario, 83; en San Pedro, 51; en San Lorenzo, 87; en Santa Marina, 111; en San Nicolás de la Ajerquía, 31; en el de la Villa, 18, y en el Salvador, 32. Además fallecieron 414 en el hospital del Cardenal, 131 en el de la Misericordia, y 7 en el de Jesús Nazareno.

Las dos últimas cifras las motivaron en su mayor parte los barrios de Santa Marina y San Lorenzo, convenciendo a todos de la imperiosa necesidad de rellenar el arroyo de que antes hicimos mención, pues unido aquel foco al formado con enterrar en las iglesias todos los cadáveres, a excepción de los de los hospitales, que lo fueron en sus cementerios, también en poblado, se temía que el siguiente año fuera mayor el número de víctimas, lo que afortunadamente no sucedió, a pesar de que aquel proyecto sufrió algunos entorpecimientos.

Obras de saneamiento

En 1789 se logró al fin el permiso real para invertir en las ya dichas obras los sobrantes de las rentas de propios y lo concedido para empedrados. Para su realización se formó una junta que la componían los señores don Pascual Ruiz de Villafranca, corregidor de esta ciudad, el conde de Villaverde la Alta, el doctor don José Antonio Garnica, penitenciario de la Santa Iglesia, don Antonio de Hoces y don Manuel de Codes, quienes principiaron por cerrar el arco que junto a la torre de la Malmuerta dejaba entrar el arroyo del Matadero, y el otro que corre por el haza cercada, haciéndoles el cauce que hoy tiene por delante de las Ollerías y Fuensantilla hasta el Marrubial, donde lo incorporaron al de las Piedras, y ya entonces cegaron el cauce que formaba en las calles y las allanaron, toda vez que sólo había de correr por ellas el agua llovediza, con las que a veces es muy caudaloso. De ello pueden inferir nuestros lectores lo que sería cuando le entraban los dos arroyos del campo, con los que se anegaban aquellos barrios, como sucedió en 1698 al de San Lorenzo.

En estas obras se gastaron 46.000 reales, más 3.000 que fue preciso invertir en el siguiente año de 1790 para acabar de empedrar las calles. Entonces fue cuando en la de los Álamos arrancaron los árboles de esta clase, de que tomó el título. El arroyo de las Ollerías lo acabaron de arreglar en 1804, para ocupar trabajadores.

Ya que hemos hablado de una epidemia diremos en este lugar lo que los vecinos del barrio de Santa Marina regalaron a los enfermos en los hospitales en 1650, como hemos hecho en los anteriores paseos, y con más razón en éste, pues, como saben nuestros lectores, fue donde ocurrió el primer caso.

El día 6 de febrero del expresado año se reunieron los vecinos de este barrio, y queriendo contribuir al sostenimiento de los enfermos del hospital de San Lázaro sacaron en procesión a la Virgen del Rosario, o sea, la de Benavides, y los santos patronos San Acisclo y Santa Victoria, con muchas luces y clarines, y a pesar de lo castigados que eran del contagio llevaron 18 cargas de leña, 6 de romero, 2 de limones y naranjas, 50 fanegas de trigo, en caballos vistosamente adornados, 24 espuertas de pan, 75 carneros, 210 gallinas, 6 jamones, 20 cestos de pasas, 8 de almendras, una carga de vidriado, 59 salvillas con hilas, 67 de bizcochos, 16 melones, 12 pomos de agua de olor, 4 de vinagre rosado, 10 limetas de vino, 12 pomos de manteca de azahar, 4 espuertas de granadas, 24 cestos de huevos y 2 macetones de jabón, y después de enseñarlos a los enfermos, lo depositaron en el hospital de San Bartolomé, como la junta tenía dispuesto.

La calle Mayor de Santa Marina

Muchas son las calles de este barrio, y en direcciones tan encontradas, que es difícil formar un itinerario fijo para recorrerlas sin que alguna deje de visitarse. Pero cuidadosos de reunir el mayor número de noticias, lograremos, sin duda, que todas vengan a figurar en nuestros apuntes.

La calle Mayor de Santa Marina, que desde la parroquia se dirige al campo, y que también se ha llamado Ancha, nos parece estar en el caso de ocupar el primer puesto, por ser la más extensa y colocada, de manera que parece dividirlo en dos secciones. Su título significa que es la principal y más ancha del barrio.

Por la acera izquierda afluye la calle de los Marroquíes, llamada así por una familia del apellido Marroquí, a los que perteneció el genealogista don Juan Francisco, si bien creemos que más bien debiera llamarse de los Tafures, porque su casa fue la número 12, y no la calle del Tinte, como equivocadamente creyó el señor Maraver.

La casa número 14, casi convertida en ruinas, fue una de las más principales, por serlo del mayorazgo fundado por doña María Suárez de Figueroa, que poseen los señores Díaz de Morales. En la expresada casa vivió Juan Pérez de Godoy, cuyo nombre tomó una calleja a que forma esquina, y que después se llamó del Huerto del Chaparro, porque en el que hay en ella había un árbol de esta clase, poco común en poblado, y cuyo nombre aún conserva. Esta calleja es de las que más títulos han tenido, pues además de los ya dichos tuvo los de Jurado el Viejo, Rodrigo del Pozo y del Olivo.

La Lagunilla y la casa de paso

En la misma acera de la calle Mayor hay una plazuela que dicen La Lagunilla, porque casi siempre ha tenido agua, derramada de los pozos que en los años abundantes la tienen hasta las bocas, así como en otros escasos de lluvias se quedan completamente secos. De unos en otros corre una mina o atarjea que los surte, y se dice desde muy antiguo que es una obra que se hizo en tiempo de los árabes, recogiendo el caudal de un arroyo a que llaman GualColodro, que baja de la sierra, y cuando trae mucha agua no cabe por la mina, haciendo bozar los pozos, y algunas veces filtrándose hacia la huerta Nueva, mas allá del Pretorio, formando grandes lagunas, que hemos conocido, y que han desaguado por medio de zanjas abiertas hasta el arroyo del Matadero.

Entre la Lagunilla y la calleja del Chaparro hay una casa que sirve de comunicación y llaman del Paso, y por cierto que es bien rara, pues se pasan dos o tres patios, y se suben o bajan unas escaleras. Esta clase de casas, de las que había muchas y sólo han quedado dos, procedían de cesiones de terrenos que hacía el Ayuntamiento con aquella condición, y que poco a poco los propietarios han ido suprimiendo, resultando ese gran número de barreras o callejas sin salida como hay en Córdoba.

Trasladándonos a la acera derecha de la calle Mayor encontraremos primero una muy estrecha que la gente dio en llamar del Guindo, por uno que salía de una casa, en la que estos últimos años ha construido don Francisco López una hermosa y notable bodega para vinos, y por cierto que con esa variación tan sencilla casi ha perdido el nombre de Rogea, que es el verdadero.

La casa de los Condes de Zamora de Riofrío

Esquina a esta calle hay una casa grande perteneciente a los condes de Zamora de Riofrío, en la cual dicen vivió don Luis Fernández de Córdoba, el que mató al hortelano en la Magdalena, y cuyo trágico fin hemos referido.

Poco más allá hay una corta calleja sin salida, que dicen de la Cepa, por la que quedó y estuvo muchos años de un gran árbol que cortaron, y al final había otra denominada Arrancacepas, por un morador de ella que tuvo este apodo y tomo gran parte en el motín que hemos referido al terminar nuestro paseo por el barrio de San Lorenzo; hemos dicho había, porque una acera la constituía el lienzo de muralla que sigue de la puerta de Colodro hacía la del Santo Cristo, derribada en 1868, quedando por consiguiente la opuesta, y casi formando parte del campo.

Frente a ésta hubo otra también contigua a la muralla que fue cerrada, incorporándola a una casa en el ano 1802. En este extremo de la calle Mayor se ve aún en el suelo el sitio en que hubo un pedestal y sobre él una cruz de hierro, que ahora vemos en la fachada de la ermita de los santos patronos de Córdoba Acisclo y Victoria.

La ermita de San Acisclo y Santa Victoria

La historia de estos mártires es interesante, y aunque en extracto, la diremos a nuestros lectores cuando lleguemos al sitio en que estuvo su principal templo, al final del paseo de la Ribera. Aquí debemos concretarnos a manifestar que por la tradicional creencia de haber estado en este punto la casa habitación de una pobre mujer llamada Minciana, que educó y tuvo en su compañía a los jóvenes Acisclo y Victoria, la devoción de los cordobeses hacia éstos les hizo edificar una gran iglesia que a fuerza de años quedó destruida.

Después de la conquista construyeron en el mismo lugar una pequeña ermita en que apenas cabrían doce personas; no sabemos cómo vino a ser de un hombre llamado Jerónimo Godino, quien en 1516 la cedió a la cofradía de los mismos mártires, establecida frente a Santiago, por la que fue reparada, y con posterioridad, a fines del siglo XVII, la edificaron en la forma en que la hemos conocido. Muchos años estuvo al cuidado de una numerosa y escogida hermandad titulada de Nuestra Señora del Auxilio, que está en el manifestador, y los Santos Mártires, la que se disolvió a fines del siglo XVIII, quedando la iglesia tan abandonada que llegó a creerse desaparecería.

Mas un vecino de aquel barrio llamado José Fernández, a quien todos conocían por Pepito el Carnerero, a causa de haber hecho gran fortuna en la compra y venta del ganado lanar, se apiadó de la ermita de nuestros santos patronos y no sólo la reedificó y le hizo cuanto para el culto necesitaba, sino que teniendo noticia de que a la parroquia de la Ajerquía le habían dado cuatro casas procedentes de otra iglesia de San Acisclo y Santa Victoria, que se suprimió, frente a Santiago, las reclamó al señor obispo, quien lo atendió y concedió las cuatro fincas que reclamaba, cuyas rentas debían dedicarse al culto de los mártires, como lo fueron hasta la desamortización de los bienes eclesiásticos.

La iglesia es de una sola nave no muy extensa ni elevada; en el altar mayor se ven dos lienzos que representan a los titulares, obra de Cristóbal Vela, quien los pintó para la Catedral, y habiendo preferido el Cabildo otros de Palomino, los cedió a esta iglesia, donde sustituirían a otros que ya no están allí, pues los de bulto que se ven eran los que estaban en la ya citada de Santiago. Hay otros dos altares dedicados a San Rafael y San Antonio y en las paredes otras varias esculturas y cuadros. La bóveda está pintada al claroscuro. En esta iglesia estuvo la hermandad del Resucitado de Santa Marina por lo que cuando sale en procesión llega siempre hasta su antigua casa.

Los bienes gananciales de las cordobesas

Hemos nombrado a José Fernández, conocido por el Carnerero, y debemos consignar un hecho que es de gran trascendencia para las cordobesas, pues muchas le son deudoras de su fortuna. Cuando Isabel la Católica estuvo en Córdoba le llamó la atención las muchas mujeres que frente de palacio se estaban dos o tres horas esperando a ver si se asomaba, sin dedicarse a cosa alguna, y preguntando si le ayudaban a sus maridos a sostener las cargas de la familia, hubieron de contestarle que no, cuando dijo: "Pues si no ayudan a ganarlo, tampoco deben disfrutar de ello", y las privó del derecho a los bienes gananciales por muerte de sus maridos. De sus resultas muchas iban a casarse a la inmediata aldea de Alcolea, para poder usar de aquel derecho.

José Fernández era muy pobre y se casó en Córdoba con una mujer tan cuidadosa de su casa que ayudaba a su marido a agenciar lo que podían, y entre ambos llegaron a juntar una gran fortuna, que el buen esposo deploraba pasase a sus hijos, sin que su compañera fuese dueña de lo que realmente había ganado, y que para vivir de ello tendría que hacerlo por la voluntad y como favor de aquéllos. Mas nuestro rico paisano, a pesar de su poca instrucción, acudió a Carlos III, haciéndole presente su situación y la injusticia con que obró la primera Isabel, logrando que se alzara su prohibición, como hemos tenido lugar de ver en una real pragmática que está inserta en la Novísima Recopilación.

La puerta de Colodro

Cerca de esta ermita está una de las puertas de la ciudad, denominada de Colodro, construida después de la conquista. Ha sufrido algunas reedificaciones, porque ha sido abierta y cerrada siempre que se ha padecido alguna epidemia, y últimamente se compuso y quedó abierta en 1837.

Su nombre lo debe a que entró por aquel sitio, escalando la muralla y sorprendiendo a los centinelas, a quienes tiró al campo para que sus amigos lo acabasen de matar, un almogávar que sabia el árabe, llamado Álvar Colodro, natural de Cobeña, pueblo del arzobispado de Toledo, cerca de Alcalá de Henares, donde tiene algunos descendientes. Lo acompañó Benito Baños que, tan bravo como él, hicieron prodigios de valor en aquella noche, que fue una muy tenebrosa del mes de enero de 1236. Nos limitamos a este solo apunte porque cuando nos ocupemos de la Ajerquía en general daremos cuantas noticias hemos adquirido de su conquista.

La casa solariega de los Benavides

Convertidas en horno o panadería encontramos en la calle Mayor el lugar donde estuvieron las casas solariegas o principales de los Benavides, una de las familias más nobles y opulentas de Córdoba, y de quien descienden los marqueses de Guadalcázar y Villaverde y otras muchas casas de nuestra antigua aristocracia. Su escudo era de plata y un león rapante de gules barrado con tres barras de oro.

Los árboles genealógicos de esta familia, examinados por nosotros, la presentan enlazada con todo lo más noble de España; la hacen descender de don Jaime I de Aragón y de don Ordoño II de León y Galicia, aunque en diversas líneas y apellidos.

En la mayor parte eran los Benavides caballeros de las órdenes militares y tenían diversos patronatos, como el de la capilla del Rosario en Santa Marina y las de San Diego y Santísimo Cristo en los conventos de San Francisco y Santo Domingo de Palma del Río.

El lance del comendador

Estas circunstancias hicieron aún más ruidoso un lance ocurrido a principios de enero de 1493 al comendador don Francisco de Benavides, morador, como llevamos dicho, en la calle Mayor de Santa Marina.

Era corregidor de Córdoba don Francisco de Bobadilla y su alcalde mayor Pedro de Mercado, quien presentándose un día en la casa del primero le hizo saber la orden que tenía de prenderlo con dos lacayos que siempre le acompañaban; sin expresarle la causa de tal determinación ni el triste fin que les esperaba, obedecieron los tres. Benavides fue conducido a la Calahorra, y sus criados a la cárcel pública, donde estuvieron hasta el día 25 de enero a las dos de la tarde, en que aquel noble cordobés murió degollado en la calle de la Feria, sobre un tablado que al efecto levantaron delante de San Francisco.

Dos horas después -tiempo que se gastó en variar la forma del suplicio- fueron ahorcados los dos lacayos, quedando todo el pueblo admirado de estas ejecuciones, haciendo de ellas mil diversos comentarios, no faltando quien lo achacase a una herida hecha al rey Fernando el Católico al salir de una iglesia de Barcelona, punto donde había estado Benavides. Mas bien pronto se disipó esta creencia, al saberse que el autor del frustrado regicidio era un hombre llamado Juan Cañamero, el que había ya muerto en castigo de su crimen.

La muerte del comendador don Francisco de Benavides quedó envuelta en el más impenetrable misterio.

La bella cordobesa de la calle Mayor

El autor de los Casos raros de Córdoba, libro que nos suministró los anteriores datos, refiere otro lance de un opulento y noble vecino del barrio de Santa Marina, sin marcar su nombre ni el lugar fijo de su morada. Sólo contaba una hija, de tan extraordinaria belleza que era el encanto de cuantos la veían, considerándose muy felices con una mirada o una sonrisa de aquel modelo de candor y de hermosura. Su padre se mostraba disgustado con los elogios que prodigaban a su hija, hasta el punto de parecer un amante celoso, a quien le incomoda todo si no halaga a su enloquecido pensamiento. Así debía estar el de aquel desgraciado, víctima de la pasión más horrible y depravada. La pluma resiste estampar un hecho semejante.

La joven conoció la intención del que debiera ser su más seguro guardador. Oyó de sus labios una declaración amorosa, aún más terrible para ella que una sentencia de muerte, y, trémula, avergonzada y casi sin aliento, contó a su madre la desgracia que sus encantos le habían acarreado. Juntas lloraron y compadecieron la ceguedad de su esposo y padre, conviniendo en vivir unidas, esperando un día en que la razón iluminara la mente del que así se había extraviado; mas no tanto que se le ocultase la prevención que ambas tenían y que su secreto era conocido por su esposa.

Dos años transcurrieron; era el 1558. Ningún síntoma había vuelto a demostrar el extravío del noble cordobés, y la confianza tornó al seno de la familia. Era Jueves Santo. La madre estaba enferma y no pudo salir a la visita de sagrarios. El padre ofreciose a la hija, y juntos salieron al anochecer, entreteniéndola tanto que se les hizo muy tarde, hasta el punto de no encontrarse casi nadie por las calles. Se hallaban en la de Santa Clara, completamente solos, y aquel padre sin corazón arrojó a su hija contra las gradas de la iglesia, atropellando su honor, sin atender las lágrimas, los gritos y hasta las maldiciones de la joven que, zafándose de entre sus brazos y fuera de sí, echó a correr calle arriba, encontrándose con el alcalde Herrera, quien la contuvo y preguntó la causa de su quebranto.

La excitación en que iba le impedía premeditar sus palabras, y ante su propio padre, que, siguiéndola, se quedó mudo en presencia del alcalde de la justicia, contó a éste cuanto le había sucedido. Herrera hizo señas a los alguaciles para la prisión de aquel criminal, y ofreciendo el brazo a la hija, la llevó a su casa, donde a los dos días se lloraba una nueva desventura. Madre e hija vestían luto; una era ya viuda, la otra, con su hermosura, que ella diariamente maldecía, se había adelantado su orfandad...: el alcalde de la justicia había hecho ahorcar delante del convento de San Francisco a un noble cordobés, convicto y confeso del más atroz y vil de los crímenes.

Dejemos la calle Mayor para volver a la ya nombrada de los Marroquíes. De ella saldremos a una muy estrecha y hasta hace poco desempedrada o terriza, que dicen callejón del Adarve, por el que en ella existe, o sea, la muralla que la separa del Campo de la Merced; antes le dijeron el Adarve Nuevo y calleja de Don Gómez. Por un lado va hasta la plazuela de la Puerta del Rincón o del Marqués de Guadalcazar, por tener allí sus casas principales; por el otro estaba sin salida, llamándose Rinconada del Alamillo o del Curadero de la Seda, y se encontraba una muralla con almenillas y una puerta que era la subida a la torre de la Malmuerta, y que destruida en 1868 ha dejado paso al campo entre la torre y el Mataderillo.

La torre de la Malmuerta

La Malmuerta es una magnífica torre ochavada, con un arco que la une a la ciudad, y hasta cuya altura está maciza. En el interior forma una media naranja, primorosamente labrada de sillaretes, y con una puerta a un lado que da paso a una segunda escalera que dirige a la plataforma que tiene en lo alto.

Bajo el arco forma un recuadro y en él las armas reales y una inscripción, casi borrada, en la que se expresa la época de su construcción. La copiamos para evitar en lo posible que de ella se apodere el olvido. Dice así:

:En el nombre de Dios: porque los buenos fechos de los Reyes no se olviden, esta Torre mandó facer el muy poderoso Rey Don Henrique, é comenzó el cimiento el Doctor Pedro Sanchez, Corregidor de esta Cibdad, é comenzóse á sentar en el año de nvestro Señor Jesv Christo deM.CCCCVI años. é sendo Obispo Don Fernando Deza, é oficiales por el Rey Diego Fernandez, Mariscal, Alguacil Mayor, el Doctor Luis Sanchez, Corregidor, é regidores Fernando Díaz de Cabrera, é Ruy Gutierrez.... é Ruy Fernandez de Castillejo, é Alfonso... de Albolafía, é Fernan Gomez, é acabóse en el año M.CCCCVIII años.

Pedro Sánchez fue el primer corregidor de Córdoba, a donde vino por disposición del rey don Enrique, con facultades muy amplias para deponer los alcaldes mayores, regidores y oficiales de esta ciudad. Puso en primer lugar para el gobierno de la misma a Fernando Díaz de Cabrera, con Alfonso Martínez del Alcázar, señor de Albolafia, Fernando Gómez, hijo del contador mayor de Castilla, Antonio Gómez de Córdoba, progenitor de los Cárdenas, Juan Fernández de Castillejo y Alonso Ruiz de las Infantas.

El primero, o sea, Fernando Díaz, era tío del rey don Enrique III, quien lo puso con los demás caballeros en el Regimiento de Córdoba, porque le fue necesario remediar el gobierno de la misma, privando de él a otros porque no administraban bien la justicia que el pueblo reclamaba. Se casó con doña Mayor Venegas, hija de don Egas Venegas, señor de Luque, y doña Beatriz de Tolosan, que fueron los fundadores del convento de las Dueñas (1370). El don Fernando fundó el mayorazgo de los Torres Cabrera, elevado después a título de Castilla, siendo éste el origen del condado de Torres Cabrera, que posee el ilustrado señor don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, quien vive en la misma casa en que habitó el ilustre cordobés de que veníamos hablando.

Nuestros lectores se habrán tal vez distraído, como nosotros, del objeto principal, cual era la torre de la Malmuerta, que fue fabricada con los arbitrios concedidos para ella, como se ve en una pragmática que existe en el Archivo municipal, en que el rey dispone se le dediquen ciertos sobrantes de aquéllos, con lo que se destruyen los muchos comentarios dados por el vulgo a una tradición, que también publicaremos. Varias reparaciones se han hecho en este edificio, entre cuyos sillares se ven unas higueras tan antiguas que en 15 de febrero de 1525 dispuso la Ciudad que se cortasen, por lo perjudiciales que podían ser a su fábrica.

Ha servido de prisión de los individuos de la nobleza, y después, en el siglo XVIII, le sirvió al sabio cordobés don Gonzalo Antonio Serrano para las observaciones astronómicas, con las que ya hemos dicho que escribió varias obras. En el presente siglo ha estado sin uso, hasta los últimos años, que la destinaron a depósito de pólvora, por haberse arruinado el polvorín que había a gran distancia de la población, y por cierto que buen trabajo costó a la prensa local y al Ayuntamiento que quitasen de allí aquel constante peligro del barrio que la rodea. En la actualidad no tiene aplicación y hasta le han quitado parte de su escalera, a pesar de las reclamaciones de la Comisión de Monumentos, que no es todo lo atendida que se merece. En tiempo de epidemia se han hecho en este edificio algunas fumigaciones.

El origen del nombre

No ha sido posible averiguar el verdadero título de Malmuerta, pues lo que sobre ello se dice es uno de los muchos cuentos con que el vulgo ha entretenido siempre sus ocios, y respecto a este edificio lo ha hecho hasta el punto de creerlo encantado, y decir que si alguno pasa por bajo del arco sobre un caballo corriendo y puede en su velocidad leer la inscripción que hemos copiado, será feliz, porque verá desmoronarse aquel sólido edificio y aparecer ante sus ojos un gran tesoro que entero le será entregado. A otros les ha dado por diferente estilo, y hasta hay escrito sobre ello.

Dicen que un caballero ascendiente de los marqueses de Villaseca mató a su mujer, juzgándola culpable, faltando a los deberes de buena esposa, y que arrojándose a los pies del rey, éste lo condenó a fabricar esa torre en memoria de aquella señora que había sido mal muerta, por tomarse la justicia por sí mismo, y que en ella había de acabar su vida, por lo que tardó muchos años en su construcción. Pero ya han visto mis lectores que la obra duró sólo dos años, y que se hizo con fondos de la Ciudad y de la Corona. Por consiguiente, se desvanece lo que la tradición nos cuenta.

En el Archivo municipal hay un privilegio de 1405 en que don Enrique manda destinar a esta obra el producto de multas a los tahúres y garitos.

En este punto se ha establecido una fábrica de fundición, en que su dueño y director don Antonio Caro da continuas muestras de lo que en Córdoba van adelantando las artes mecánicas, puesto que se elaboran cuantas piezas son necesarias para la fabricación de toda clase de maquinaria.

La Puerta del Rincón

Volvamos por el callejón del Adarve, en cuya mediación, frente a la calle de los Marroquíes, hubo hasta 1841 un Ecce Homo con su luz, única que en lo antiguo había en todo aquel trayecto, por cierto bien largo y sospechoso, y salimos a la plazuela de la Puerta del Rincón, llamada así porque la formaban las dos líneas de muralla, o sean, las que vienen desde la torre ya descrita y de la puerta del Osario

Formaba un hermoso y bien construido arco que no lucía, tanto por su situación como por estar más de la mitad cubierto por un tabique en que habían pintado las armas de Córdoba. A causa de ser una de las más concurridas, por tener fielato de consumos, se pensó en 1852 en sacarla a lo alto de la cuesta que forma a su salida, y con este objeto, en el mes de noviembre de dicho año la derribaron, y así quedó, lo que no ha perjudicado al ornato, porque con las nuevas construcciones del Campo de la Merced se puede aquello considerar como una calle cualquiera.

En 5 de septiembre de 1812, cuando los franceses evacuaron Córdoba, se arrojó una partida de bandidos a esta puerta, y rechazados por cinco soldados y algunos vecinos, quedaron presos cinco de aquéllos, que al día siguiente fueron ejecutados en la plaza de la Corredera.

En este mismo punto han existido dos iglesias. Una ermita, después fielato, fundada a principio del siglo XVIII con el título de Nuestra Señora de la Encarnación por el presbítero don José Ortiz Ursinos, quien dejó de patrono a su sobrino don Fernando de Navas y San Llorente, por lo que los señores de este apellido disponían de ella. En 1760 un vecino le colocó un cuadro de Nuestra Señora de Rivagorza, cuya advocación tomó.


A mediado del presente siglo estaba sin culto y próxima a arruinarse, por lo que su patrono el notario don Fernando de Navas la suprimió, convirtiéndola en fielato, por el que tomaba una buena renta. A los lados del campanario tenía dos esculturas representando la Virgen y San Gabriel, de algún mérito, las que fueron trasladadas al Museo provincial, donde permanecen.

El Hospital del Padre Posadas

El otro edificio a que nos referimos es el que aún se ve con la puerta de la iglesia junto a la del Rincón, y otra pequeña casi al entrar en el callejón del Adarve. Fue un hospital que a principios del siglo XV fundó la actual cofradía del Santísimo en Santa Marina, acogiendo en aquel lugar a algunos enfermos y a los cofrades que no contaban con medios para curarse en sus casas.


En 1580, careciendo los frailes de Scala Coeli de una hospedería en Córdoba, y no queriendo recibir ese favor de los de San Pablo, se fijaron en este hospital de San Bartolomé e hicieron un contrato por el que tenían derecho a hospedarse, en cambio de ciertas obligaciones que se le impusieron.


Cuando la exclaustración, la Hacienda recogió el edificio como propiedad de aquel convento, pero reclamado por la cofradía se mandó entregar a la junta de Beneficencia, y la Diputación Provincial propuso y obtuvo una real orden, fecha 21 de enero de 1840, disponiendo la venta y que su producto sirviese de base para la dotación de un banco de empeños y caja de ahorros en esta capital, útil idea que no se realizó, siguiendo aquel local arrendado y su renta incorporada al hospital provincial de Crónicos. En virtud de la ley de desamortización de 1855 se vendió, comprándolo el señor Marqués de Guadalcazar, quien en un principio se dijo lo iba a incorporar a sus casas, variando el callejón del Adarve. Lo tienen destinado a atarazana de los efectos para sus obras.

El beato Francisco de Posadas

Todos los frailes de Scala Coeli han hecho estancia en este hospital, pero el que estuvo en él casi de asiento, y allí murió en 20 de septiembre de 1713 fue el venerable padre fray Francisco de Posadas, beatificado en 18 de septiembre de 1818.

Nació en Córdoba en 25 de noviembre de 1644, hijo de Esteban Martín Losada y María Pardo y Posadas, vendedores de hortalizas en una de las casas de la plaza del Salvador, y bautizado en la parroquia de San Andrés, cuya partida se encuentra en el folio 118 del libro de bautismos de la misma. Dio muchas pruebas de aplicación y bondad, y en edad competente pidió el hábito en el convento de San Pablo, donde se le negó por la baja ocupación de sus padres. Entonces lo protegió un religioso amigo del prior de Scala Coeli, y allí lo vistió en la noche del 23 de septiembre de 1662, pasando en seguida al convento de Jaén.

Los frailes de San Pablo tomaron esto como una ofensa, y consiguieron orden para que lo expulsasen. No se realizó, por el cariño que ya le profesaban los superiores y toda la comunidad, a cuyo favor debió profesar como hijo de su primer convento, a donde volvió, sufriendo mil vejaciones, pues hasta le prohibieron que entrase en la ciudad. Y por último lo mandaron a estudiar a Sanlúcar de Barrameda, porque no lo viesen en Córdoba vestido de fraile dominico. Ordenado de sacerdote y deseando cumplir un deseo de su madre, vino a Córdoba y celebró su primera misa en el altar mayor del santuario de la Fuensanta, volviendo a su convento de Sanlúcar, donde predicó la primera vez, llamando la atención de todo el concurso. Desde este momento empezó a adquirir fama de orador y santo, recorriendo muchos pueblos, y por último vino a Córdoba, donde los frailes de San Pablo no sólo lo recibieron bien sino que algunos hasta le pidieron perdón de lo mal que lo habían tratado.

Sin embargo él pasó casi toda su vida entre Scala Coeli y el hospicio, como le decían al hospitalito de la Puerta del Rincón, a donde acudía mucha gente de Córdoba y forastera a confesar con el santo. Allí fomentó la devoción al rosario e hizo construir una bonita efigie de la Virgen con dicha advocación, que existe en San Pablo, y vulgarmente dicen "la Niña del padre Posadas". La colocó en el único altar que tenía aquella iglesia, y todos los años, en el segundo domingo de octubre, la llevaba en procesión a San Pablo, donde se le hacía una gran fiesta, viéndose las calles de la carrera con adornos de muchas clases, que la devoción de los vecinos le preparaba.

Allí también, como en toda la ciudad, obró los milagros que según varios escritores hizo, y por último, cuando murió, fue preciso trasladarlo de noche al convento de San Pablo, que inundaron los cordobeses, ansiosos de contemplar por última vez al que tantos ejemplos les había dado de santidad, haciéndose las exequias sin el cadáver, para evitar profanaciones. Diéronle sepultura en la sala capitular, o sea, la actual sacristía, donde tuvo un epitafio en mármol, hasta 24 de septiembre de 1756 en que lo trasladaron al sitio en que después de beatificado le erigieron el altar en que se venera.

El epitafio estaba en latín, pero traducido en un soneto y publicado por el padre maestro fray Rafael de Leiva, lo copiaremos a continuación para conocimiento de nuestros lectores: ¿Quién es? ¿Lo ignoras? ¡ Ay de mí! Un tesoro / que de Francisco en el cadáver vive, / y el Cielo en ese jaspe sobreescribe /fervor, prudencia, integridad, decoro. / Por su pasto y su amante triste lloro, / dos veces hijo. Córdoba lo escribe; / y Domingo, su padre, le recibe / en silla, si no igual de su alto coro. / Pronunciados, é impusos los sudores / de su lengua y su pluma la victoria / cantaron del Averno, y los honores, / que en mitras despreció, aun la más notoria. / Pasagero, detente; no, no llores / su muerte, sino el fin de nuestra gloria.

Los que quieran saber todos los pormenores de la vida de este siervo de Dios pueden ver los libros que escribieron su confesor, reverendo padre maestro fray Pedro de Alcalá, y el ya citado Leiva, ambos frailes de su orden.

Con la fama de santidad del beato Francisco de Posadas eran numerosos los milagros, divulgados por todas las clases de la sociedad, refiriéndose muchos al hospicio de San Bartolomé, donde habitó tantos años.

En la noche del 7 de abril de 1768 oyeron los vecinos repicar la campana, y acudiendo por si era un incendio hallaron la puerta de la iglesia entornada, y supieron con sorpresa que los frailes ni habían abierto ni repicado; penetraron y nada faltaba. Mas a los pocos meses prendieron a unos ladrones, quienes, entre otros delitos, confesaron haber querido robar las alhajas de este templo, y no haberlo conseguido porque la campana principió a voltearse, y como ninguno de los que estaban en la casa lo había hecho, se atribuyó a milagro del beato Posadas.

La cofradía del Santísimo de Santa Marina, que cuidaba de esta casa, tiene sus reglas aprobadas en 22 de abril de 1540 por el obispo don Pedro Fernández Manrique. La víspera del día de San Bartolomé decían un responso sobre una sepultura donde parece fue enterrada una señora, principal fundadora de esta casa, y al siguiente día después de la fiesta sacaban en procesión al titular, bajando por la Fuenseca hasta el Pozanco, volviendo por las calles del Dormitorio y Moriscos a terminar en Santa Marina.

La casa de los Marques de Guadalcázar

La casa de los marqueses de Guadalcázar, aunque en su exterior poco o nada revela, interiormente es muy hermosa y tiene entre otras cosas un archivo, en el cual se custodian muchos e interesantes documentos.

Este título fue concedido por Felipe III en 1609 a favor de don Diego Fernández de Córdoba. Tiene grandeza y lo posee en la actualidad el señor don Fernando Alfonso Sousa de Portugal, que reside en el extranjero. Se le han unido otros títulos, algunos de los cuales han caducado.

La casa de Guadalcázar es, además de las más ricas de la provincia, una de las más ilustres y que más recuerdos históricos atesora. Mucho podemos decir de ella, mas como nos hemos de ocupar detenidamente al llegar a las de Córdoba y Sousa en otros puntos de la población, tememos duplicar datos, necesarios en aquellos lugares.

El expresado primer marqués, don Diego Fernández de Córdoba, era caballero del hábito de Santiago, y desempeñó los cargos de gentilhombre de Felipe III, virrey, gobernador, presidente y capitán general de Nueva España y el Perú, y se casó con doña Mariana Riedre, que acompañó en calidad de dama a la reina doña Margarita de Austria. Por enlace con la ilustre casa de los Sousas, oriunda de Portugal, pasó a ella el marquesado de Guadalcázar, y el primero de este apellido anotado usando el título es don Juan Alfonso de Sousa Portugal Fernández de Córdoba, por representación de su abuela doña María Alfonso de Córdoba. En él se unieron los mayorazgos de doña Luisa Muñiz de Godoy, los Carrillos, Bocanegra, Quirós, Guzmán, Mesía de Carasa, Infantas, Cárdenas, Rivera, Manuel de Landos y otros, el condado de Arenales, los señoríos de las villas de Guadiamar, Aguilarejo y Alizné, y una infinidad de patronatos.

Casó con doña María Teresa Fernández del Campo, marquesa de la villa de Hinojares, por donde usó también este título.

Los que deseen más datos sobre esta ilustre familia, además de éstos y otros que más adelante consignaremos, pueden ver la Historia de la Novilísima Casa de Córdoba, por el Abad de Rute, manuscrita, y de la cual tenemos una copia, y la Descripción Genealógica y Historial de la ilustre Casa de Sousa. Madrid, 1770. En la imprenta de Francisco Javier García. Después se le han unido los marquesados de la Breña y Mejorada del Campo, y los condados de Arenales y de Fuente del Sauco.

La calle de Isabel Losa

Al pie de la torre que fue de Capuchinos nace el agua de San Agustín, y en la plazuela hay ocultos tres pozos, de los que boza una gran cantidad muy mala, que encañada va a la huerta del convento de Santa Isabel de los Ángeles, que sirve de riego, y cuando sobra sale por un caño a la calle que baja hasta la puerta de la iglesia, y que por dicha razón ha llevado el nombre de Chorrillo de Santa Isabel, el que pareciendo disonante, en estos últimos años se lo han cambiado por el de Isabel Losa, sin otro objeto más que el de perpetuar su memoria.

Nació en Córdoba hacia el año 1473, y fue tan estudiosa que alcanzó el título de doctora. Estuvo casada, y cuando enviudó se hizo monja de Santa Clara, viajando por Italia, donde hizo muchas fundaciones piadosas, muriendo en Loreto en el día 5 de marzo de 1546.

En la casa número 12 de esta calle existe un brocal de pozo, llevado del convento de San Martín, de mármol blanco, y con la siguiente inscripción: Puteal Taddai. Gran importancia han dado muchos escritores a este brocal, que juzgaban haber servido de entrada a las prisiones romanas, donde estuvieron los mártires de Córdoba, si bien algunos, como Pedro Díaz de Rivas, rebajan su importancia hasta el punto de creer que aquélla sólo significaba el nombre del que lo hizo.

Desde la referida plazuela de Guadalcázar se entra en una calle, sin puerta alguna de casa; dícenle callejón del Conde de Priego, y llega a otra plaza entre larga, del mismo nombre, por una gran casa que hace rincón, hoy del marqués de Ontiveros, y fue la principal de aquel título. Es muy capaz y hermosa, reedificada hace pocos años; antes tan abandonada, que hacia 1837 ó 38 trabajó en su extenso y primer patio una compañía ecuestre y gimnástica, entre cuyos artistas figuraban los célebres Paul y Abrillon.

Ocurrió en esta casa una de las escenas más sangrientas que figuran en la historia de Córdoba y de que, tanto en prosa como en verso, se han ocupado muchos escritores, razón que nos hace tomar sólo un apunte.

La historia de los comendadores de Córdoba

En 1449 moraba en ella el veinticuatro Fernán Alfonso de Córdoba, tercer señor de Belmonte, con su esposa doña Beatriz de Hinestrosa, a la que adoraba, ignorando el desengaño que en premio de su amor recibiría. Frecuentaban la casa sus primos Jorge y Fernando de Córdoba y Solier, comendadores en la orden de Calatrava. El primero contrajo relaciones criminales con su prima, en tanto que el otro se entretenía en enamorar a otra Beatriz, doncella, según unos, de la señora o prima, como dicen los Casos raros de Córdoba, aprovechando la ausencia del que podía y llegó a poner remedio a tantas liviandades, cuando advertido de ellas por un antiguo esclavo o mayordomo llamado Rodrigo vino a Córdoba, observando cautelosamente a doña Beatriz y sus primos, que como tales frecuentaban la casa casi diariamente.

Convencido de su deshonra y ansiando tomar venganza pronta y segura, dispuso todas las cosas como para ir de caza, afición en aquellos tiempos aún más general que hoy, y se marchó con su fiel Rodrigo, asegurando no volvería en una semana; red tendida para envolver en ella a tan incautos y mal aconsejados amantes, que aprovechando su ausencia se prepararon a pasar la noche entregados a las delicias de sus amores.

Mas él, tornando a Córdoba con su criado, penetró en la casa sigilosamente y hallolos en sus lechos completamente descuidados. Penetró en la estancia, y arremetiendo contra Jorge, que asombrado apenas intentó defenderse, de un golpe en la cabeza lo dejó muerto en el acto. Saliose de allí, y yendo al cuarto de la doncella Beatriz, a quien dio muerte,se lanzó a Fernando, que se defendió contra su primo, sin que esto le evitara perder también la vida, como sucedió a otra criada llamada Catalina que acudió al estruendo.

Tornó a su aposento, y la culpable doña Beatriz se arrojó a sus plantas, rogándole no perdón, pues no lo merecía, sino que la permitiese confesar. Concediole esta gracia y, cumplido su deseo con un sacerdote que Rodrigo trajo de Santa Marina, puso fin a su existencia, clavándole en el pecho la daga pendiente de su cintura.

En seguida salieron de Córdoba, marchando a Antequera, cuya ciudad pidió el perdón al rey, que le fue otorgado a 2 de febrero de 1450, en virtud de un privilegio de la misma para que fuesen perdonados los delitos a los que allí sirviesen más de un año a sus expensas y en pro de las armas de Castilla, que sostenían la guerra contra los moros de Granada. Fernán Alfonso de Córdoba casó después con doña Constanza de Baeza, y tuvo sucesión, de quien descendieron los condes de Priego.

Este trágico suceso, contado por diferentes poetas y escritores, se refiere con distintos accidentes, por lo que nos hemos concretado a lo más esencial y probable. Dicen que un anillo regalado por el rey a don Fernando, dado por éste a guardar a su esposa, quien lo entregó a don Jorge, fue la causa principal de descubrirse aquel adulterio; que en aquella horrible noche murieron todos los criados, criadas y esclavos, cuando la cédula de perdón se refiere sólo a cinco personas; que no perdonó ni a un papagayo, echándole en cara que, sabiendo hablar, nada le había dicho, lo que para nosotros es una vulgaridad, y no faltando, por último, quien confunda esta tradición con la fabulosa de la torre de la Malmuerta.

Fundación del Convento de Santa Isabel de los Ángeles

Entre la plazuela de los Condes de Priego y la calle de Isabel Losa existe una manzana que en su totalidad la ocupa el convento de monjas franciscas recoletas titulado Santa Isabel de los Ángeles. Lo fundó en 1489 la señora doña Marina de Villaseca, hija de Alonso Fernández de Villaseca, a quien armó caballero el rey don Fernando IV, y viuda del valiente García de Montemayor. A este objeto dedicó sus propias casas, calle de Valderrama, esquina a la del Sol, hoy parte del convento de Santa Cruz. En ellas vivió la fundadora, acompañada de otras señoras devotas y de su clase, constituyendo sólo un beaterio, si bien sujeto en la observancia a la regla de San Francisco.

De este modo continuaron hasta conseguir del papa Inocencio VIII la primera regla de Santa Clara, según su bula dada en San Pedro de Roma a 6 de enero de 1491. En ella se les concedió a la vez la traslación del monasterio al lugar que hoy ocupa, antigua ermita de la Visitación de la Virgen, la cual, andando el tiempo, quedó en el interior por haberse labrado iglesia nueva a costa, en su mayor parte, de don Luis Gómez de Figueroa, a quien reconocieron el patronato con enterramiento, por escritura otorgada en Córdoba a 13 de octubre de 1585 ante el escribano Diego de Molina.

En aquel panteón se han enterrado muchos señores de la casa de Villaseca, algunos muy notables por sus servicios prestados a los reyes. También fue sepultado en él don Gómez Suárez de Figueroa Córdoba y Villaseca, sentenciado a 80.000 ducados de multa, ocho años de destierro del reino y otras penas, por muerte dada a don Rodrigo Fernández de Cabrera y Figueroa, con cuya hija doña Marina Suárez de Figueroa se casó en segundas nupcias el don Gómez, por concordia que hubo entre las familias.

En el siglo XVII hubo otro don Gómez de Figueroa -de quien tomó nombre la plazuela y calle de las Rejas-, decidido protector de este convento y a la vez de todos los artistas, y muy particularmente de Antonio del Castillo, de quien hicimos mención. Le mandó pintar y pintó un gran cuadro de la Visitación de la Virgen y Santa Isabel para el altar mayor; por cierto que, siendo dicho señor muy caprichoso, le hizo al artista que así como las dos figuras principales se estaban abrazando, figurasen lo mismo San José con San Zacarías y la infinidad de ángeles que formaban la gloria que los rodeaba, resultando, a pesar de toda la maestría de Castillo, una monotonía insoportable. Este cuadro hubo de perderse cuando la invasión de los franceses, pues no está en el convento. El boceto se remitió a la casa de la señora marquesa viuda de Villaseca en Madrid.

La iglesia conventual

El convento de Santa Isabel de los Ángeles es muy grande, aunque defectuoso, como casi todos los de Córdoba, por estar formado de la unión de diferentes casas. Tiene una gran huerta, con el agua que antes mencionamos, y la iglesia muy capaz y de algún mérito, particularmente el altar mayor, aunque de yeso, muy arreglado al orden dórico. En el centro tiene un relieve también de yeso; representa la Visitación y ha sustituido al antes referido. Lo rodean cuatro lienzos, representando a Santo Domingo, San Francisco, otra vez éste y San Diego de Alcalá

En la capilla mayor se ven muchos relieves de yesería, con santos e inscripciones, y dos puertas de buena arquitectura, una de ellas entrada a la sacristía. Desde el arco toral hasta el final del coro alto cubre la iglesia un hermoso artesonado. Tiene otros cuatro altares dedicados a varias reliquias, que a continuación diremos: las vírgenes de los Dolores y Concepción, y los patriarcas de la orden San Francisco y Santa Clara.

Las reliquias que merecen mencionarse son un pedazo de Lignum Crucis, una espina de la corona de Jesús, las cabezas de San Gedeón, Santa Hociana y una compañera de Santa Úrsula; un dedo de la Magdalena, una canilla de San Sebastián y un pedazo del báculo de San Francisco. Cuando se suprimió el convento de la Arrizafa, donde el Ayuntamiento tenía una estimada reliquia de San Diego de Alcalá, la trajo a Córdoba, depositándola en este convento, otorgándose una escritura en 7 de octubre de 1837 para que siempre constase la propiedad de tan precioso objeto.

En esta iglesia tienen enterramiento, además de los marqueses de Villaseca, como ya hemos anotado, los del Carpió, en cuyo hueco yace la señora doña Inés Girón, mujer de don Francisco Enríquez y dama de Isabel la Católica; los marqueses de Almunia -por lo que se enterró allí el obispo de Córdoba don Francisco Pacheco, que pertenecía a esta familia-, y los marqueses de Guadalcázar, en representación de los Cárcamos, señores de Aguilarejo. Este enterramiento ofrece la particularidad de estar en el coro bajo, o sea, dentro de la clausura, la que era preciso quebrantar cada vez que debía sepultarse algún cadáver de aquella familia.

Existe también en esta iglesia una linda escultura que representa al Niño Jesús, al que se atribuyen virtudes milagrosas, asegurándose que cuando una persona justa y santa le pide alguna cosa, se sonríe en señal de concederla. Cuentan que cuando la venida de los franceses se perdió, pero que la comunidad pudo rescatarlo.

Otras dos esculturas debemos mencionar, dignas de llamar la atención. Representa una la cabeza de Jesús coronado de espinas, obra que fijamente no se ha podido saber la materia de que está hecha. La donó Diego López de Haro, de la casa de los marqueses del Carpió. Yendo navegando descubrieron una isla, y casi a la orilla hallaron una gran sera encima del agua; sacáronla y la vieron llena de pescado y en el centro la ya dicha cabeza, que regaló a este convento, en unión de otra de San Juan Bautista, que tiene la particularidad de ser una de las varias imágenes que llevaban los caballeros cristianos en la famosa batalla de las Navas de Tolosa.

Esta comunidad ha sido siempre de las más numerosas y ejemplares de Córdoba, pasando algunas veces de cincuenta religiosas; de éstas fueron doce a fundar el convento de Santa María de Jesús, de Sevilla, llevando de priora en 1520 a la madre sor Marina de Villaseca, hermana menor de la fundadora, cuya vida virtuosa dejó muy buenos recuerdos, como sucedió también a otras, de feliz memoria, tales como sor María de Jesús, que murió en 1512; sor María de Contreras; sor María Magdalena, hija de don Alonso de Cárcamo, señor de Aguilarejo, que falleció en 1580; sor Francisca de Ervas, en 1571; sor María de Cristo, de quien se cuentan muchas muestras de santidad, muerta en 1600, y sor Francisca López de Haro, que murió en 1610 en gran opinión de santa. Sus padres, don Diego López de Haro y Guzmán y doña Antonia Guzmán, tuvieron ocho hijas y a todas las hicieron monjas en este convento de Santa Isabel de los Ángeles.

Varias tradiciones se cuentan de esta religiosa casa, de las que diremos a nuestros lectores dos, consideradas históricas.

Leyenda de los dos hermanos

En el barrio de Santa Marina moraban dos hermanos, varón y hembra, la que contrajo relaciones amorosas con un joven menor en clase, falta imperdonable en aquellos tiempos, que superaba a todas las que ahora puedan alegarse para impedir la unión de dos amantes.

Considerando el hermano inútiles cuantas reflexiones le hacía, resolvió encerrarla en Santa Isabel de los Ángeles, donde pensó estaría resguardada de las acechanzas de su contrario. Mas no sucedió así, porque, poniéndose aquéllos de acuerdo, una noche logró la joven fugarse, huyendo con el que tanto había logrado interesarla. Súpolo el hermano, y saliendo en su persecución, logró alcanzarla, dándole muerte y desarmando a su defensor, a quien perdonó la vida, diciendo que no era él sino ella la que así había manchado el honor de su familia.

Sor Magdalena de la Cruz

Otro es el ruidoso suceso de Magdalena de la Cruz, monja de este convento, natural de Aguilar de la Frontera. Llegó ésta a gozar tal fama de santidad que todos la conocían por "la Monja milagrera". A ella acudían en demanda de alivio de sus males; los nobles le consultaban los asuntos más arduos, y todos creían que después de muerta sería colocada en los altares. Entre los milagros que se le atribuían figuraba el que al ir a darle la comunión voló la sagrada forma desde la mano del sacerdote a la boca de la santa, y que estando ésta enferma de resultas de habérsele fracturado una pierna, impidiéndole subir al mirador a ver una procesión que salió de Santa Marina, en la octava del Corpus, como ya tenemos anotado, se abrió la pared de su celda y vio la fiesta desde su lecho, con admiración de las otras religiosas que la acompañaban.

Llegó, al fin, un día en que se descubriera tanta farsa. Estando varias monjas al acecho vieron una noche penetrar en su celda un gallardo joven, que se entró con ella en el lecho, y le estuvo dando quejas de que se tratase mal, cuando por su mediación conseguía cuanto su deseo imaginaba. Sospecharon entonces si tendría tratos con el demonio y dieron aviso al confesor de una de ellas, que debió delatarla a la Inquisición, cuando una noche, ya mediada, se presentó en el convento uno de los jueces, quien hizo llamar a sor Magdalena de la Cruz, a la que se llevó en un carruaje al efecto preparado.

Ya en el tribunal, la pobre monja confesó tener pacto con el diablo, el cual le inspiraba cuanto hacía, acompañando su declaración con tantas lágrimas de arrepentimiento que los inquisidores tuvieron alguna piedad de ella. Mas no por eso dejaron de sacarla en penitencia en el auto de fe celebrado en 1555, con una vela amarilla en la mano, descalza y llevando una gruesa soga al cuello, disponiendo que acabase su vida en un convento de Andújar, donde todos los días, al ir al refectorio, se había de tender atravesada en la puerta, pasando por cima las otras monjas, haciendo ademán de pisarla, sentencia cumplida con gran resignación hasta que murió, dejando nueva fama de buena religiosa.

Este suceso fue muy ruidoso, por lo mismo que Magdalena de la Cruz había logrado tanta celebridad. Cuentan que hasta Carlos I, quinto de Alemania, le remitía para que las bendijese las canastillas preparadas cuando su esposa estaba encinta.

Lleva el nombre de Santa Isabel toda la calle en que está la puerta del convento y llega hasta la de los Álamos, que ya es del barrio de San Andrés. A la mediación encontramos una plazuela titulada de Don Gómez, de la que parte otra calle a salir unida con la del Zarco, frente a la sacristía de Santa Marina. Llámase de Morales por la casa número 2, solariega de los señores Díaz de Morales y principal del mayorazgo fundado por doña María de Morales, en cuyas casas vivieron los señores de este apellido hasta que se mudaron a la de los Muñices, como se dijo en el paseo por el barrio de la Magdalena. Aún ostenta el escudo de esta familia, cuartelado el primero y cuarto de oro y un moral verde, y el segundo y tercero de plata y tres fajas de sable.

La casa de los Marqueses de Villaseca

Formando rincón está la casa de los señores marqueses de Villaseca, una de las mejores de Córdoba, tanto por su capacidad como por su construcción. Tiene extensas y hermosas habitaciones, escalera de mármol negro y todas las oficinas necesarias para una familia de aquella importancia. Cuando moraban en ella los expresados señores había un magnífico mueblaje que se han ido llevando, y en él algunos cuadros de mérito, entre ellos seis u ocho batallas, que están en la casa de Madrid. Sirviendo de casa de campo hay un departamento, un tiempo morada de los señores de Torres Cabrera, después condes del mismo título.

La aglomeración de mayorazgos, títulos y señoríos de la casa de Villaseca ha dado lugar, sin duda, a que algunos crean que ésta de la plazuela de Don Gómez es la solariega de los Cabreras, en tanto que otros la dan el apellido Villaseca, elevado después a título; unos y otros están equivocados. Los Cabreras tenían sus casas en la plazuela que llevó su nombre y hoy es parte de la calle de Ángel de Saavedra, o más claro, las que posee y habita el señor don Fernando Cabello, y los Villasecas las tuvieron en la collación de San Pedro, donde también dieron nombre a la calle.

La casa en que nos encontramos es la principal o solariega de los Suárez de Figueroa, aunque en su origen venga de una de las ramas de los Córdobas, como otras muchas con quienes enlazaron, y ciertamente se puede así consignar por la multitud de datos que lo prueban, como la fundación y patronato del convento de Santa Isabel de los Ángeles, el de la capilla de Nuestra Señora de las Angustias en San Agustín, la Historia de la Casa de Cabrera, escrita por el padre Ruano, y por último, con la prueba fehaciente que nos dan los padrones antiguos custodiados en el archivo del Ayuntamiento, en los que hallamos a los señores Suárez de Figueroa habitando estas casas, y a las calles inmediatas y plazuela tomando siempre el nombre de cualquiera de los individuos de esta familia.

Títulos y patronatos de los Villaseca

El apellido Villaseca es de los que tienen unidos de más antiguo por enlace con los Figueroas, y lo han usado indistintamente, pues es muy sabido que antes se elegía el que más gustaba entre los cuatro primeros, siempre que fueran de los más ilustres. Los mismos Suárez de Figueroa se llaman muchas veces Gómez de Figueroa, ya como nombre o apellido, como don Luis Gómez Fernández de Córdoba Figueroa y Villaseca, señor de esta casa y mayorazgo, a quien en 29 de enero de 1643 armaron caballero en Santa Isabel de los Ángeles; don Alonso Gutiérrez de los Ríos, conde de Fernan-Núñez; y don Gómez de Figueroa, el protector de Castillo. Los que deseen más datos sobre esta ilustre familia, y ver los muchos personajes que en ella se han distinguido, pueden registrar la ya citada Historia de la Casa de Cabrera en Córdoba, de la que hay un ejemplar en la biblioteca de esta provincia.

El primer marqués de Villaseca se llamó don Gómez Fernández de Córdoba y Figueroa, concediéndole el título el rey Felipe V en el año 1703. En la actualidad lo goza don Fernando Cabrera y Fernández de Córdoba, heredado de su señor tío don Juan Bautista Cabrera y Bernuy, quien llegó a unir al marquesado de Villaseca los de Fuentes, de la Rosa, de la Mota de Trejo y de Ontiveros; los condados de Villanueva de Cárdenas, de la Jarosa y de Talhara, y los señoríos de Belmonte, Moratalla, Salares, Algarrobo, Olmos de Serratos y una infinidad de patronatos, siendo los más notables los del colegio de Santa María de Gracia, fundado en el convento de San Pablo y unido hoy al Instituto provincial; el de la capilla mayor con enterramiento en el mismo convento, fundación de don Antonio de Córdoba; el de dotes para huérfanas pobres del barrio de Santa Marina, por doña Marina Méndez de Sotomayor; el del convento, capilla mayor y sacristía de Santa Isabel de los Ángeles, por don Gómez de Figueroa; el del hospital de Niños perdidos o ermita de San José, por doña Constanza de Baeza; el del convento del Carmen Calzado, con su capilla mayor y enterramiento, por los condes de la Jarosa; el del convento de Santa María de Gracia, en unión de los Cañaverales, por doña Ana Cabrera; el de la capilla de San Jacinto en San Pablo, por los señores Mesas; el de la sacristía de San Agustín, con enterramiento, por don Juan Ruiz de Quintana; el de la capilla y cofradía de las Angustias en el anterior convento, por don Luis Gómez de Figueroa; el de la capilla de la Magdalena, hoy sacristía, en la parroquia de San Lorenzo, por don Pedro Fernández de Valenzuela; el de la capilla de San Antonio de la Catedral, donde han sido enterrados muchos de la familia, entre ellos el don Juan Bautista Cabrera, por don Antonio Fernández de Córdoba y su madre doña Constanza de Baeza; el de la capilla de San Simón y San Judas, también en la Catedral, por Ruy Méndez de Sotomayor; y por último, los patronatos de veintinueve capellanías fundadas por sus antecesores en diferentes iglesias de Córdoba.


Lance taurino en la Plazuela de Don Gómez

Antes de haber alumbrado público era la plazuela de Don Gómez o Villaseca uno de los sitios más tristes por las noches, y a fin de darle alguna claridad el marqués hizo poner en la fachada de su casa una imagen de San Rafael, con su farol, el que colocaron tan alto que apenas llenó su objeto. En el año 1841 desapareció, como todas las demás que en gran número suplían aquella falta en casi todas las calles y plazuelas.

Era costumbre entre los caballeros cordobeses correr cañas, lidiar toros y dedicarse a otros ejercicios de esta clase. Casi todos los domingos iban al matadero, y sacando las reses con cuerdas corrían la ciudad, parándose cada uno en la calle en que vivía la dueña de sus pensamientos, la que, con aquel aliciente, solía salir al balcón o ventana, sin causar la menor sospecha en su familia.


Una tarde llegaron varios a la plazuela en que nos encontramos, y sobre si el toro había de pararse o no, se trabaron de palabras dos jóvenes llamados don Juan Gómez de León y don Fernando Carrillo, los que, echando manos a sus espadas, empezaron a batirse sin cuidarse del toro, que, llegando de pronto, cogió al primero y lo echó por alto a más de dos varas, con tan buena suerte que cayó de pie y arremetió contra el bicho, dándole tal estocada que lo dejó muerto en el acto. Volviese a su contrario para seguir lidiando, cuando los amigos lo sujetaron diciendo que debía darse por terminada la contienda, puesto que muerto el toro había desaparecido la causa de su reyerta. Con esto lograron hacerlos amigos, como lo fueron toda la vida.

El caso del caballero Don Pedro Clavijo

El autor de los Casos raros de Córdoba cuenta otros dos lances ocurridos, uno de ellos en esta plazuela, a don Pedro Clavijo, caballero cordobés que sirvió en Italia con el Gran Capitán, de donde trajo un hermoso caballo que todos elogiaban. Tenía la falta de dar muchas coces en cuanto se le tocaba en los cuartos traseros.


Por aquel tiempo reedificaron dos arcos del puente y pusieron unos maderos o tablas para conducir la mezcla, por donde, aunque con riesgo, pasaba la gente. Llegó Pascua de Pentecostés y, conforme a las costumbres de aquel tiempo, los cordobeses iban a la iglesia del Espíritu Santo, en el Campo de la Verdad. Don Pedro, con su caballo, siguió por uno de los palos, con asombro de cuantos lo veían, que le gritaban se volviese por el peligro en que estaba y que él también conoció. Sin saber cómo salir de aquel apuro se acordó de la falta del caballo, y dándole un varazo, hizo que alzara los pies al mismo tiempo que le tiró de las riendas, obligándole a volver con tanta velocidad que se quedó sobre el madero, pudiendo regresar al punto de donde había partido, dando gracias a Dios de haberle salvado la vida.


Con este mismo caballo iba de Santa Marina para la plazuela de Don Gómez cuando en ella se encontraba un toro de los más bravos. Al verlo, echó a correr para él; volvió su caballo para ponerse en salvo, mas viendo casi imposible librarse de él, le dio al brioso corcel en las ancas, a lo que correspondió con dos coces que, dando en el testuz al bicho que lo perseguía, lo dejó muerto en el instante.


Callejeando por el barrio

Hacia este lado hay una parte del barrio que narraremos en pocas palabras. Desde la plazuela del Marqués de Guadalcazar se sigue la calle de Alfaros, antes de la Puerta del Rincón, donde hay una casa con una alberquilla en que nace agua, que ni aumenta ni disminuye. Se entra en la del Pilero, por las grandes pilas de tocino que de antiguo se hacían en una de sus casas, si bien otros aseguran que es apellido. Se sale a la de Zamoranos, por esta familia que en ella vivió; antes se ha llamado de Don Fernando de Cea, con idéntico motivo. Por un extremo sale a la calle de Juan Rufo, de la que algunas casas son del barrio, y casi en el otro tiene una afluente que llaman del Horno de la Pólvora.

Y nos encontramos en la calle de las Imágenes, que cruza desde la de Isabel Losa a la de Juan Rufo, y dieron en ponerle aquel título por ser el de la ermita de los Reyes, perdiendo el del jurado Torquemada, que lo era del barrio de San Andrés y vivió en aquel sitio, por cuya causa se ha llamado también de Juan Ruiz de Ávila.

De este punto hay tres travesías a la calle de Santa Isabel, que son: la calle de la Yedra, por la que hubo en una de sus casas, y daban hojas a cuantos las pedían para curar los cáusticos; la del Jurado Aguilar, que lo fue de Santa Marina, y dicen prestó muy buenos servicios cuando la batalla del Campo de la Verdad; y la de Espejo, que antes se llamaba de Armas Viejas para distinguirla de la del barrio de San Nicolás de la Ajerquía, variación que se hizo para quitar duplicaciones y, a la vez, perpetuar la memoria del insigne cordobés Antonio Espejo, descubridor del Nuevo Méjico por los años 1582, empresa realizada en unos nueve meses, y de la que escribió unas memorias remitidas al virrey de Méjico. Trata de ello minuciosamente el padre Méndez en su Historia de la China.

Ya vimos al desembocar de la calle de Morales, frente a la sacristía de Santa Marina, otra, o sea la del Zarco, por la que continuaremos nuestro paseo. Llámase así de aquella cualidad de uno de sus antiguos moradores, el que a la vez era el de más viso de toda la calle, que de esto tomó el nombre del Zarco, con que la encontramos hasta el siglo XV, a donde hemos podido llevar nuestras pesquisas.

Salimos a la calle de las Rejas de Don Gómez, llamada así de unas muy grandes frente a la de Muñoz Capilla, correspondientes a la casa de los marqueses de Villaseca y colocadas en vida de don Gómez de Figueroa, de quien hicimos mención; de él tomó título, como antes de don Luis su antecesor. Esta calle pertenece en partes a San Andrés y Santa Marina.

Al salir de la calle expresada nos encontramos en una pequeña plazuela con el dictado de la Beatilla. Danle dos explicaciones, ambas equivocadas; unos lo aplican a una beata muy pequeña y ridicula, moradora en una de sus casas, y a quien le daban el diminutivo beatilla, como en burla, en tanto que otros aseguran haber existido esquina a la calle de Ocaña una imagen de la Virgen con un retrato al pie en traje de beata. Mas el verdadero origen y nombre es las Beatillas, por unas que ocupaban un beaterio, esquina a la calle del Zarco, fundado en 8 de noviembre de 1479 por Isabel Rodríguez, hija del jurado de Santa Marina Nicolás Rodríguez. Dicha casa se destinó también a hospital, con el título de Santa Marina, mas acabándose las beatas y quedando abandonado, el obispo don fray Juan de Toledo lo agregó a la cofradía de Ánimas de aquella parroquia.

En la Beatilla empieza una calle que termina en el Buen Suceso; se llama de Ocaña, apellido de una familia que vivió en ella en el siglo XVIII, perdiendo con este motivo el título de hospital de San Andrés, ermita situada a su conclusión, y de la cual hablaremos en el barrio de San Andrés. En la mediación de esta calle había otra sin salida, que el Ayuntamiento en 1703 cedió al hospital de Jesús Nazareno, incorporando al mismo una o dos casas que en ella había.


El compás de San Agustín

El Compás de San Agustín es una bonita plaza delante del convento de aquella advocación. La palabra compás era muy común a casi todas las plazuelas regularizadas delante de las iglesias, y así lo encontramos en muchas poblaciones. Hay en este sitio algunos árboles, por cierto muy raquíticos, plantados en 1854, y una fuente muy fea, colocada en dicho año por el alcalde interino don Antonio García del Cid, con una paja de agua de la iglesia, donde hay otra llave para cuando hace falta. Entre la entrada y la calle del Huerto hubo hasta 1841 una imagen de Jesús, con unas puertas casi siempre cerradas.

También hay cerca del mercado una calleja sin salida que le dicen el Rehoyo, por formar hondonada y por consiguiente correr las aguas hacia adentro. Tenía una plazuela con varias casas, según se ve en los padrones antiguos, pero incorporadas al hospital de Jesús tomó todo el terreno posible, menos el necesario para entrar en una casa que no adquirió, y dejar la servidumbre de dos postigos de otras.


Patricio Furriel, fabricante de órganos

En la casa número 25 del compás habitó don Patricio Furriel, que fue a fines del siglo pasado y en el primer tercio del actual un excelente artífice de órganos. Hizo muchos en esta ciudad y diócesis. Los principales en Córdoba fueron el del lado del evangelio del coro de la Catedral, que es todo obra suya, y los de los conventos de Trinitarios Calzados y San Francisco.

La lengüetería de los órganos de este autor aventaja considerablemente a la de los buenos que hemos oído en Andalucía. Su gusto para el dibujo brilla en las fachadas de los citados, y más en la del órgano del lado de la epístola, que hizo en la Catedral por el año de 1826, y en el frontal o mesa del altar mayor. Proyectó y ejecutó la restauración de la capilla lugar sagrado de los árabes, principio de la que ha ido continuando en tan grandioso templo.

Dos de las casas que forman el frente, entre la Beatilla y la calleja del Rehoyo, fueron una sola, solariega de los Orvanejas, caballeros principales que encontramos citados en muchos manuscritos.


Fundación del convento de San Agustín

Nos hallamos ante la iglesia de San Agustín, resto del antiguo y hermoso convento de esta orden, cuya ilustrada comunidad tantos materiales nos presenta para nuestra obra. Ojalá fuera de otra índole y escrita por mejor cortada pluma, para hacer una extensa y minuciosa historia de aquella demolida y respetable casa.

Apenas el santo rey Fernando III conquistó Córdoba, no sólo consagró su Mezquita en Catedral y erigió otras en parroquias, al par que restituyó al culto divino los edificios en que ya se había practicado por los cristianos, sino trató también de fundar algunos conventos de las órdenes religiosas, y uno de ellos el de San Agustín, sirviendo de base a la nueva comunidad los religiosos que lo habían acompañado en aquella empresa, y así, vemos en la historia del convento de Sevilla, fundación del mismo rey, que llevó a la instalación algunos frailes del de Córdoba. Sobre el punto en que se edificó primeramente varían los autores; unos dicen haber sido mas allá del Campo de la Verdad, trasladado después hacia la Salud, otros que desde luego lo fue en este sitio; pero todos convienen en que a principios del siglo XIV se mudaron al alcázar contiguo a lo que hoy es cárcel, donde permanecería muy poco tiempo, y aun tal vez no llegarían a terminarse las obras, puesto que en 18 de febrero de 1328, tratando Alfonso XI de edificar el alcázar donde antes estuvo el de los reyes árabes, le compró a los agustinos el terreno y parte fabricada, donándoles a la vez el sitio en que aún permanece la iglesia, que en aquellos tiempos debió llamarse calle de Martín de Quero, que algunos suponen sea la del Dormitorio, toda vez que entre los frailes subsistía el antiguo adagio de "estuvimos vagando de otero en otero, hasta parar en la calle de Martín de Quero ". Nos inclinamos a que ésta sería la de las Rejas de Don Gómez, siguiendo hasta la esquina del Pozanco, puesto que en el terreno donado al convento entraba el compás y el que ocupa la fila de casas entre éste y la calle del Dormitorio, que todas fueron de aquella comunidad.


Descripción de la Iglesia

La iglesia existe destinada al culto, y por esta razón nos ocuparemos de ella en primer lugar. Hay quien asegura que en un principio era más pequeña, y que a fines del siglo XVI o al empezar el XVII fue construida casi por completo en la forma que la vemos. Pero por los datos adquiridos y por el examen hecho en los trascoros nos hemos convencido de que la edificaron desde luego con las dimensiones que hoy tiene, si bien las naves laterales estaban a toda su altura y separadas de la de enmedio por arcos, en la misma forma de Santa Marina, San Lorenzo y otras; si no, véase la construcción de aquéllos y los muros forales, a excepción de la fachada, que ha tenido diferentes formas.

Lo hecho en la época a que aludimos, siendo prior fray Pedro de Góngora y Angulo, y en su mayor parte con dinero dado por el rey, del que venía de América, es todo el decorado y las reformas consiguientes, como los entresuelos de las naves laterales, la cúpula o media naranja y todo el coro, sostenido por una infinidad de canes primorosamente tallados en formas diversas. Entonces se colocó aquel gran número de adornos de yesería, en partes dorados, rodeando los lunetos y recuadros, en que ya muy repintadas se ven las obras de Cristóbal y Antonio Vela y Luis Zambrano, que tanto enriquecieron esta preciosa iglesia, a la cual todo acompaña, no sólo en honor de las artes sino de nuestra religión, puesto que la majestad de tanto oro, algo amortiguado por la templada luz que entra por sus bien colocadas ventanas, hace que el alma se extasíe y hasta se crea más cerca de Dios en aquel hermoso recinto donde la fe se aumenta y las esperanzas parecen realizarse.

La capilla mayor es de las más lindas de Andalucía. El altar de ébano, bronce y mármoles es de orden compuesto; dicen semejarse al del Sagrario del Vaticano, si bien en menores proporciones; a los lados del retablo hay dos nichos con fachadas imitando mármol, en que se venera a San Agustín y Santa Mónica, y más afuera están San Silverio y San Gelasio, altos relieves en yeso. Los lunetos están pintados al fresco como casi toda la iglesia, y en ellos aparecen San Juan Bautista, San Juan Evangelista y la conversión de San Agustín.

Casi todas las pinturas son de Cristóbal Vela, natural de Jaén, donde nació en 1634. Murió en Córdoba en 1676, de una manera bien triste por cierto: al ir a sacar agua del pozo de su casa no vio que la soga tenía dos cubos, y corriéndose hacia el que más pesaba, el otro le dio tal golpe en la barba que le produjo la muerte.

Los santos Acisclo, Esteban, Flora y María son de Juan Luis Zambrano, de quien nos ocuparemos en otro lugar.


Almacén de paja de los franceses

La iglesia que vamos describiendo sufrió mucho cuando estuvieron en Córdoba los franceses, quienes exclaustraron a los frailes, destinándola a almacén de paja para la caballería. Entonces destrozaron muchas de sus pinturas, principalmente una del techo de la nave de la epístola, donde hicieron un agujero para subir la paja al coro y trascoros, y en cuyo lugar pusieron luego una inscripción en latín, que redactó el padre maestro fray José de Jesús Muñoz Capilla, y la cual quiere decir lo siguiente:

José Napoleón, invasor de las Españas, por un insensato decreto de 20 de octubre de 1809, disolvió exclaustrando en estos países, todas las órdenes monásticas ya anteriormente proscritas por los franceses innovadores.

Después, al ocupar su ejército a la Andalucía, en 13 de febrero de 1810, fue estinguido este Monasterio de Ermitaños de San Agustín, apoderándose del convento, destrozando edificio, enagenando sus bienes y despojando el templo.

Pero trocados felizmente los sucesos en España, las Cortes concedieron nuevamente el edificio á los Eremitas. El Católico Rey Fernando VII mandó devolver sus bienes al Monasterio. El Prior Francisco Daza, en el año de 1815, devolvió al templo, con afán incansable, si no su antiguo esplendor, su compostura o atavíos al menos, con limosnas de personas piadosas.

Altares y capillas

El retablo del altar mayor, antes mencionado, se restauró en 1806 por el dicho artista don Patricio Furriel, invirtiéndose en esta obra unos 10.000 reales, reunidos de limosnas o donativos, por el padre maestro fray José de Jesús Muñoz. Durante la dominación francesa estuvo sirviendo de sagrario en la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos. En esta época desaparecieron los altares colaterales que había con Santa Lucía, ante la cual tenían enterramiento los Castillejos, y otro con Santo Tomás de Villanueva, el que pudo rescatarse y está colocado en la ya nombrada nave de la epístola, por cierto con un retablo muy lindo, en el que hay algunas pinturas en tabla, de indisputable mérito. Se perdieron también el altar de Jesús Nazareno, frente al de las Angustias, y cuya imagen está en una capilla casi al final de la iglesia, el de San José y el de San Nicolás de Tolentino, así como el de la expresada Virgen de las Angustias, que durante aquel tiempo estuvo en San Nicolás de la Villa, donde al efecto le hicieron el camarín que en la actualidad ocupa San Francisco de Paula.

Cuando los franceses evacuaron Córdoba volvió la comunidad y arregló la iglesia con los altares que pudieron recoger y otros hechos nuevos; entonces quedó como la vemos. En la nave del evangelio y formando frente está el altar de San Isidro y Santa María de la Cabeza, imágenes de escaso mérito, al cuidado de la hermandad de Labradores, constituida con aprobación del Real Consejo, fecha 9 de mayo de 1756. El culto se sostiene con los fondos de esta corporación, la que hace pocos años fundió de nuevo la única campana de la torre, siendo presidente el señor conde de Hornachuelos, hoy duque, haciéndolo constar en una inscripción; mas aunque tomó la propiedad, es con la expresa condición de no poder disponer de ella mientras la iglesia siga abierta al culto.

Luego encontramos el altar de Nuestra Señora de las Angustias, escultura con traje encima, a quien los cordobeses tienen singular devoción, diciendo tradicionalmente haber sido aparecida, invención, sin duda, de sus creencias religiosas, puesto que en el archivo de la cofradía a que pertenece -y tiene sus reglas aprobadas por el obispo en 12 de abril de 1570 - existen documentos bastantes a probar fue hecha en Sevilla y haber costado 4.003 reales, incluso el gasto de traerla a Córdoba. Esta imagen fue considerada mucho tiempo como patrona del Batallón Provincial de Córdoba, y siempre que la sacaban en procesión acudían sus individuos a acompañarla, llevando las andas los sargentos y cabos, remudándose por las muchas arrobas que pesa.


Leyenda de la Virgen de las Angustias

Como estamos dispuestos a contar cuanto se dice de antiguo respecto de las cosas de Córdoba, referiremos la aparición de Nuestra Señora de las Angustias tal como la conserva el vulgo, que antes creía cuantas apariciones llegaban a sus noticias, sin meterse a indagar lo que pudieran tener de cierto o falso.

Cuando más descuidados estaban los frailes de San Pablo se les entró en el convento un mulo cargado con un gran cajón, y sin cuidarse de ver si iría extraviado, lo arrojaron a la calle, tomando el animal el camino de San Agustín, donde se entró también; pero estos religiosos, por el contrario, indagaron si sería perdido, disponiendo que mientras se averiguaba descargasen el cajón y echaran un pienso al mulo, el que, viéndose libre del peso, desapareció, sin que se apercibiesen de ello. Entonces abrieron el cajón y hallaron la hermosa imagen, a la que empezaron a dar culto. Llegó la noticia al prior de los dominicos, y reclamaron la imagen diciendo ser destinada a su convento, a lo que se opusieron los agustinos sosteniendo que no les asistía tal derecho por haberla arrojado de su casa. La justicia decidió quedara en San Agustín, con la condición de que si alguna vez la entraban en la iglesia de San Pablo estos religiosos pudiesen quedarse con ella.

Otros convienen en esto último, pero disienten en la razón, dando la siguiente, completamente distinta: uno de los señores de Belmonte dejó su caudal a estos dos conventos, y entre sus bienes tenía dicha imagen y otra de igual advocación, si bien más pequeña y de menos mérito, que hay en una de las capillas de San Pablo. Supieron aquéllos la muerte de dicho señor, y acudiendo a seguida, se llevaron la mejor de las dos efigies, la cual reclamaban los dominicos por nombrarlos primero en el testamento, y de aquí la sentencia ya referida.

Pero el documento del costo de la escultura, depositado en el archivo de la hermandad, echa por tierra todas las dichas suposiciones. Su retablo es obra de don Diego Molina, en 1815.

Sigue la descripción del templo

Desde el referido altar hasta el final de la nave aparece la pared lisa, sin más que unos arcos figurados y en los lunetos algunas pinturas de santos penitentes; en lo antiguo no estaba así. Había en aquel sitio una puerta que comunicaba al interior del convento y una fila de confesonarios con dos puertas y una rejuela en medio, de modo que el penitente entraba por la iglesia, tiraba de una cadenita que cada uno tenía y, sonando una campanilla, un religioso entraba por el claustro a oír la confesión. Mas noticioso el Tribunal de la Inquisición de haberse fingido confesor un seglar que estaba paseando en el patio, le hizo a los frailes tabicar aquéllos para que no ocurriese otro caso por el estilo. Ésta es una de las pocas cosas que con razón hicieron aquellos señores, cuyas conciencias exageradas inmolaron a tantos infelices.

En la opuesta nave se encuentra el sagrario con un retablo bastante conforme con las reglas de arquitectura, venerándose en él a Santa Rita de Casia, a quien los cordobeses tienen mucha devoción y hacen continuas mandas de cera. A los lados. San Rafael y San Miguel, y por cima. San Nicolás de Tolentino, imagen hoy casi olvidada en aquel lugar, y que, como ya dijimos en nuestro paseo por el barrio de la Magdalena, ha sido una de las que más han adorado y más milagros se le han reconocido, además de la multitud de ellos que se le atribuían. Cerca se encuentra el altar de Santo Tomás de Villanueva, y desde este punto al final de la nave hay las cinco pequeñas capillas siguientes: los santos médicos San Cosme y San Damián, representados en un gran cuadro de escaso mérito; era propiedad de los médicos, que allí tuvieron su hermandad, hasta que la trasladaron a San Rafael, sin razón bastante para ello.

La capilla de Nuestra Señora del Tránsito, donde se venera la Virgen, luce un medio punto con la Huida a Egipto, al parecer de Agustín Grande; tiene cofradía, en un tiempo muy numerosa. Las Ánimas, representadas en otro cuadro grande, en que se ve a San Nicolás de Tolentino sacándolas del Purgatorio; tuvo cofradía aprobada en 7 de mayo de 1515. Jesús Nazareno, imagen de vestir de tan escaso mérito que en nuestro concepto ni debiera ocupar aquel sitio. Y por último, el Patrocinio de San José, cuadro que por su antigüedad debe conservarse; según una inscripción que en letras doradas ostenta fue pintado en 1573.

El entresuelo del coro forma un gran liso en su centro, y en él pintó Vela una Asunción, que hoy se sostiene gracias a un marco de hierro que le colocó el actual capellán don Antonio Díaz y Jiménez, hijo de aquella casa, y sin cuyo celo y laboriosidad ya se habría destruido este hermoso templo.

Cerca del sagrario hay un cuadro de don Juan Niño de Guevara, que estuvo en uno de los claustros, y representa a San Joaquín ofreciendo la Virgen recién nacida. También se ven otros repartidos por la iglesia, pero sólo creemos regulares un martirio de San Bartolomé y una Virgen, sobre la puerta de la sacristía, que en un principio fue de Murillo y en la actualidad es de cien embadurnadores que la han cubierto por completo. Entrando por este sitio se encuentra primero un gran Crucifijo, que hace cerrar los ojos al menos aficionado a las artes.

En la sacristía, donde tienen enterramiento los marqueses de Villaseca, se conservan la imagen de Nuestra Señora de Gracia, que tuvo capilla en el claustro con enterramiento para sus patronos los Cárdenas, y una efigie de San Agustín, cuya cabeza es de gran mérito. Los marqueses de Villaseca son patronos de la hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, y por esta razón han contribuido con la misma al bordado del hermoso vestido que tiene la imagen, hecho después de la evacuación de los franceses, el cual importó más de 14.000 reales.

La Comisión de Monumentos, cuando ha tenido fondos, que es pocas veces, por el abandono en que la tiene el Gobierno y la provincia, ha contribuido al sostenimiento de este hermoso templo, como fue en 1845, 53 y 57, en que dio algunas cantidades, si bien siempre han superado los recursos que ha reunido por otros conceptos el ya citado y digno capellán don Antonio Díaz.

La fachada tuvo algunos balcones y ventanas que se macizaron para seguridad del muro cuando le faltó el entibo del convento, y en su torre elevada y cuadrilonga hubo seis campanas, la del centro quizá la más sonora de Córdoba y la mayor de todas las de volteo; cuando la bajaron rompió con el peso las cuerdas y cayó, clavándose un casco en una de las paredes cercanas. Había también reloj, que en tiempo de los franceses quedó inútil. La portada es muy bonita y ostenta a los lados cuatro columnas de orden dórico y estriadas.

interior del convento

Iguales a las dichas columnas había otras dieciséis en la entrada al convento, o sea la portería, que estaba donde hoy la casa del rincón. Formaba un pórtico, en un tiempo con tres verjas, y en el centro la puerta que daba paso al interior, donde se veían muchas columnas, en su mayor parte de mármol, pues en el patio principal, que tenía una bellísima decoración con claustros altos y bajos y apilastrado su interior, se contaban 128, 12 en el paso de la portería al claustro y 76 en otros dos patios. El principal dicen que era muy semejante al de San Felipe el Real de Madrid, que tantos elogios ha merecido.

Esta obra, una de las más importantes de Córdoba, no se había completado, toda vez que el pensamiento era hacer otro patio igual detrás de las casas que forman aquel frente, el cual había de ocuparse con una hermosa fachada, de forma que el salón de entrada, que hacía cruz con el de profundis, había de dividir el edificio, entrándose por su extremo a los jardines, que estarían en el hoy huerto de la calle de su nombre.

En el archivo de este convento que, como su librería, casi se ha perdido por completo, estaban las cuentas de estas obras y las de la iglesia; en ellas constaban las cantidades invertidas y los nombres de los artistas que dirigieron o ejecutaron tanta belleza, constando que hasta se abastecían allí de lo necesario para su sustento.


La ilustrada comunidad de San Agustín

La comunidad del convento de San Agustín, como ya indicamos, ha sido de las más ilustradas de España. Además de tener una lucida capilla de música, de haber costeado una imprenta, de las primeras y mejores que hubo en Córdoba, y de haber sido el primer convento en que se explicó la Filosofía moderna, costando no pocos disgustos a estos frailes, dispensaban a las artes todo el apoyo que les era posible.

Aún vemos la ornamentación de su hermosa iglesia con multitud de pinturas de los Velas y Zambrano, y en sus claustros y sacristía se vieron cuadros de estos artistas: la Virgen que hemos dicho, de Murillo; un Nacimiento, de Antonio del Castillo; un martirio de un santo, por Ribera; la Encarnación, la Natividad y la Concepción, de Juan de Sevilla; la Asunción, de fray Juan del Santísimo; tres o cuatro lienzos de don Juan Niño, y otros varios de diferentes autores. Últimamente se veían casi todos tan mal restaurados, que algunos de ellos tenían perdido su mérito.

Antes de concluir de contar cuanto hemos sabido de este convento, nos consideramos en el deber de recordar los nombres de algunos de sus religiosos, que se han distinguido por su ciencia o su virtud, y que han llegado a nuestra noticia.

* Fray Martín de Córdoba, predicador de gran fama, lo fue de Enrique IV y de su hermana la reina doña Isabel. Era de los señores de la casa de Alcaudete. Leyó muchos años en las universidades de París y Salamanca, mereciendo el sobrenombre de "el Doctor de España".

* El maestro fray Alonso de Córdoba, catedrático de Teología en dichas capitales; mereció que en la segunda le llamasen el padre de aquella universidad.

* El padre fray Pedro de Góngora y Angulo, célebre predicador. Fue calificador del Santo Oficio y prior de este convento, donde leyó Teología muchos años. Fue el que hizo la reforma de la iglesia.

* El padre maestro Castillejo, que adquirió mucha fama con sus sermones. Escribió varias obras.

* Fray Juan de San Agustín, natural de Sevilla, donde nació en 1642 y murió 1684, dejando escritas varias obras.

* Fray Juan Sedeño, también de Sevilla, tomó el hábito en Córdoba, dando tantas muestras de virtuoso que a los cuatro años lo hicieron maestro de novicios. Después pasó a su patria, donde murió con gran opinión de santo.

* Fray Cristóbal de Burgos ejercía el oficio de sacristán y escribió una Vida de San Nicolás de Tolentino, en la que al contar los milagros de la imagen, que aún está en el altar de Santa Rita, se ocupaba muy por extenso de la epidemia sufrida en Córdoba en 1601. Este libro se ha hecho muy raro.

* El padre maestro fray Alonso Aguilar fue prior en este convento y dejó impresas en dos tomos unas pláticas que el año de 1715 hizo en Cabra a la Escuela de Cristo.

* El padre maestro fray Pedro Domínguez, natural de Extremadura, leyó aquí desde el año de 1776 Teología y cánones. Fue regente de estudios, y por ocho años prior de esta casa. En el pulpito era en Córdoba el primer orador de su tiempo. Imprimió dos sermones e hizo por encargo de su connovicio, el ilustrísimo fray Diego Melo, una excelente carta pastoral sobre las obligaciones del clero. Su honradez, la nobleza de su carácter, su tacto y su prudencia para el gobierno de los hombres le granjearon universal estimación. El señor Ayestarán lo propuso a Carlos IV como digno del obispado, pero acometido de una hemiplejía en mayo de 1802, falleció al año siguiente sin haber llegado a aquella dignidad. Dejó en la orden dos sobrinos, fray Francisco y fray Pedro Domínguez, lectores de tanta disposición y tan buenos filósofos como lo manifiestan las conclusiones que dieron a la prensa en 1806. Ambos se secularizaron, y aquél redactó en Málaga La Atalaya, y éste obtuvo por oposición y sirvió varios curatos.


* El padre maestro fray Marcos Cabello y López nació pobre y huérfano en Córdoba, año de 1751. Hizo en este convento su carrera de cátedras, y en 1782 comenzó a dictar Filosofía moderna a más de veinte discípulos, siendo la primera escuela que adoptó tal reforma en esta ciudad y aun en Andalucía. Piadoso y comedido desde su niñez, ilustrado y muy observante, gobernó como prior esta casa desde el año 1798 hasta que salió para consagrarse obispo de Guadix y Baza, dignidad a que fue elevado por informes de dicho señor Ayestarán. Consagrole en la Catedral de Jaén, a 2 de junio de 1805, su hermano de hábito el ilustrísimo fray Diego Melo de Portugal, obispo de aquella iglesia, siendo asistentes los de Almería y Alcalá la Real, y padrinos a nombre de la provincia de Andalucía los padres fray José de Jesús Muñoz, sucesor suyo en el priorato, y fray Francisco Javier de Requena, su antiguo discípulo, prior entonces de Jaén y después provincial y general de la orden.

* Fray Rafael Leal, cordobés de extraordinario talento, poeta, orador y versado en toda amena literatura. Fue discípulo del padre Cabello y enseñó en Badajoz, Cádiz y Córdoba. Describió en verso e imprimió los obsequios que en esta ciudad se hicieron a los reyes cuando en marzo de 1796 la visitaron; puso unas notas a la Historia de España de Masdeu, que celebraban mucho los que las leyeron manuscritas. Tenía formado proyecto para escribir la historia de la Bética, pero a los 36 años de su edad y en el de 1800, siendo regente en Cádiz, acabó por la fiebre amarilla, que puso término a sus días.

* También enseñaron aquí los padres maestros fray Agustín Sánchez, hombre muy docto, y fray José González Hidalgo, apreciabilísimo por su sabiduría, buen juicio, rectitud y firmeza de carácter, los cuales, retirados a Montilla, su patria, alcanzaron la exclaustración del año de 1835.

* Por el año de 1820 eran aquí lectores los hermanos fray Manuel y fray Francisco García, fray Antonio Padilla y fray José Ortiz, teniendo tal crédito esta escuela que el ilustrísimo señor obispo le confió la instrucción de su sobrino don José Trevilla, después dignidad de arcipreste y provisor de este obispado, haciendo lo propio otras personas notables de esta ciudad.

El padre Muñoz Capilla

El padre maestro fray José de Jesús Muñoz Capilla, a quien alcanzamos, sin duda el más notable de cuantos individuos tuvo aquella comunidad, y uno de los hijos más distinguidos de Córdoba, donde nació a 29 de junio de 1771, siendo sus padres don Roque Muñoz Capilla y doña Antonia de Vega, quienes, viendo su vocación, lo destinaron al estudio, dando bien pronto muestras de su extraordinario talento. Inclinado a la vida religiosa, y deseando que ésta fuera en un asilo retirado, tomó el hábito a los quince años en el monasterio de Nuestra Señora de Regla, entre Sanlúcar y Rota.

Mucho pudiéramos decir de este ilustre cordobés si la índole de estos apuntes lo permitiera. Con sus profundos y extraordinarios conocimientos, su elocuente palabra, y su carácter franco y leal, llegó a conquistarse un nombre, con el que se honra Córdoba. Fue cuatro años prior de este convento, propuesto dos veces para obispo y encargado de muchos y delicados puestos, como vocal de las juntas Superior Central de 1812, la de Salvación de 1820, de director del hospicio fundado por el señor Trevilla, al que prestó grandísimos beneficios, y del hospital del Santísimo Cristo de la Misericordia, que desempeñó en más de 60.000 reales.

Sufrió desvíos y temores por liberal, y al fin, después de su exclaustración, y habitando con una hermana suya en la calle que hoy lleva su nombre, murió de 68 años y 8 meses de edad en 29 de febrero de 1840, dejando varias obras en las que no sabemos qué admirar más, si las muestras de sus raros y profundos conocimientos o la galanura y belleza en el decir. Entre éstas figuran un Arte de escribir, el Tratado de la organización de las sociedades, La impugnación al Dupuy, La Florida y una gran colección de sermones, de los que empezó a hacerse una edición.

Por todos estos méritos, y muchos que hemos omitido, el Ayuntamiento de 1840 concedió a su cadáver el goce perpetuo de una bovedilla en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, a propuesta del síndico, que lo era entonces el señor don Francisco de Borja Pavón. Cuando visitemos aquel lúgubre recinto tendremos ocasión de leer el epitafio, tras del cual se conservan tan preciosos restos.

Cuando la exclaustración era regente de estudios en aquel convento fray Luis Niveduab de Castro, predicador muy notable, quien después se hizo abogado y fue rector y cura propio de la parroquia de San Miguel y catedrático de Física y Química en los institutos de Córdoba y Sevilla, donde murió.

Eran lectores fray Miguel Riera, después catedrático en el Instituto de segunda enseñanza de esta provincia, rector de la parroquia de San Andrés y en la actualidad canónigo de Almería, cuya ilustración es tan notoria, y fray Agustín Moreno, actual director del Asilo de Mendicidad, que ha logrado poner a una gran altura; es notable artista en música y escritor muy apreciable.

El último prior de este convento lo fue el padre maestro fray Antonio López, hombre muy docto, el cual, después de exclaustrado, se retiró a Montemayor, donde una noche lo sorprendieron, escalando su casa, y lo asesinaron, sin duda con el intento de robarle cuanto tenía, lo que no consiguieron por haber acudido gente.

Muy detenida habrá parecido al lector la visita hecha en el antiguo y hermoso convento de San Agustín; mas ya lo abandonamos, para continuar nuestra excursión por el barrio de Santa Marina, del que aún nos resta mucho que contar.

Desde el año de 1872 se celebra el mercado en el Compás de San Agustín. Hasta esa época se ha efectuado en la calle de su nombre, que llega a las esquinas del Pozanco.

Este sitio ha sido siempre muy dado a cuestiones, y han surgido algunas desgracias, pues en pocos años hemos conocido tres o cuatro muertes violentas y no pocas heridas. En una de sus casas, cerca de la bocacalle de Jesús, se suicidó un hombre hacia el año 1844, ahorcándose de una de las vigas de la habitación alta, por lo que estuvo aquélla mucho tiempo cerrada.

La calle Dormitorio y su entorno

Formando ángulo con esta calle sigue la del Dormitorio de San Agustín, llamada así por dar a ella la pared del lugar en que dormían aquellos religiosos. Afluyen las del Montero, ya descrita; la Humosa, que en su mayor parte es del barrio de San Lorenzo, y le dio nombre la mala construcción de un horno que siempre la tenía llena de humo; la de los Mellados, apellido ilustre de una familia que tuvo sus casas principales en este sitio, y ya dijimos poseen enterramiento en Santa Marina, y la de los Simancas, que hasta hace pocos años se llamaba de Matarratones, apodo de un antiguo vecino, a quien se lo pusieron por ser uno de esos perdonavidas a quien todos temen, y en la primera ocasión demuestran su cobardía; este título pareció malsonante y por eso lo variaron, sin que sepamos la razón de dedicarla a los Simancas, toda vez que estos ilustres cordobeses vivieron hacia donde está el hospital de Agudos, o sea del Cardenal, y eran oriundos del lugar de su apellido.

Los más notables fueron don Diego, obispo de Ciudad Rodrigo y de Zamora, que escribió e imprimió dos obras de religión; don Francisco de Simancas, obispo de Cartagena, y don Juan de Simancas, arcediano en la Catedral de Córdoba, donde fundaron la capilla de San Juan Bautista, que dicen de los Obispos, en cuyo altar están retratados al pie de un Crucifijo que ocupa el segundo cuerpo del retablo, dos de ellos en traje de obispos.

La calle del Dormitorio está alcantarillada, y se cree iría a verter sus aguas en el arroyo de San Rafael, como ahora van al descubierto.


La Piedra Escrita y las Costanillas

El final de dicha calle, en su confluencia con las de Cárcamo, Moriscos y Costanillas, es conocido por la Piedra Escrita, por una inscripción romana, ya borrada, que hay en el frente que forma el arco, bajo el cual hay una fuente con el pilar de mármol azul y dos leones del blanco, por cuyas bocas sale el agua; ésta es de la llamada de la Fuensantilla, que nace detrás del pilar de este nombre en el campo, al final del barrio de las Ollerías. En la parte alta tiene una inscripción en una losa blanca, por la cual consta que fue hecha en 1721, siendo corregidor de Córdoba don Juan de Vera y Zúñiga. Antes estuvo la inscripción en el pedestal de una gran cruz que había en este sitio.

Las Costanillas quiere decir las cuestezuelas, y por cierto que la forma, aunque muy suave. Esta calle parece materialmente de otro pueblo donde hay diferentes costumbres: allí se ven los chicos desnudos correr por ella, como si estuviesen dentro de su habitación, así como las gallinas, las bestias, y aun algunas veces los cerdos están al público, sin que sus dueños, en gran parte gitanos, hagan caso de los bandos de buen gobierno; están algunos tan atrasados que cuando ven pasar una persona con sombrero de copa y levita se les quedan mirando, como si para ellos fuese un objeto raro. Esta calle se ha llamado también de los Aladreros, por varias familias de este oficio que han morado en algunas de sus casas.


La zona del Cárcamo

En el ángulo que forma dicha calle y la de Cárcamo hay otras varias de este barrio, las cuales son: la de Juan Tocino, de que una acera es de San Lorenzo; la barrera del Peral, por uno que había en una casa; la de la Pastora; el Obispo Blanco, cuyo origen no hemos descubierto; la Rinconada de San Antonio, por una imagen del mismo que hubo en ella, y que también se ha llamado de San Agustín, y la de Fernando de Lara, que fue el nombre de uno de sus moradores.

La de Cárcamo, que cruza de la Piedra Escrita al Muro de la Misericordia, se llamó de los Aladreros, después del Santo Cristo de la Misericordia, por su inmediación al hospital de este título, y en el último arreglo la dedicaron a uno de los conquistadores de Córdoba, origen de la familia Cárcamo, que tanto ennoblecieron a su patria y que hoy representa el señor Marqués de Guadalcazar. A la mediación de esta calle hay otra sin salida, que dicen del Greñón desde tiempo inmemorial, y que suponemos sería apodo de uno de sus habitantes. En una de sus casas nació el actual obispo de Vitoria don Lorenzo Alguacil.

Casi cerca de esta barrera hay una casa dentro de otra, lo cual no ha podido menos de extrañar a cuantos las han visto; son de diferentes dueños, y después de atravesar el patio de una se encuentra el portón de la otra, resultando de esto muchas cuestiones. Se nos ha dicho que la primera estuvo en una plazuela, cuyo terreno cedieron después para labrarla; mas esto no lo encontramos afirmado por documentos oficiales.

Entre la calle de Fernando de Lara y la del Muro hay también otra casa, hoy convertida en solar, que todo el barrio conoce por la de las Tetas, título que, chocándonos, hicimos por averiguar sin que nuestros deseos se cumpliesen hasta 1870, que, al derribar su fachada, encontraron sobre la puerta e incrustado en la pared un busto romano sin cabeza, con unos pechos muy exagerados, de donde colegimos que resultaría el nombre de la casa. Este fragmento, que consideramos resto de alguna portada antigua, fue recogido por el director del hospital de Crónicos, en cuyo patio lo hemos visto. En esta calle hubo un hospital llamado de San Mateo, el que por su poca importancia quedó abandonado y lo agregaron a la fábrica de la parroquia de Santa Marina.

Tornemos por la calle de los Moriscos, una de las más largas del barrio; en línea curva, va desde la ya expresada Piedra Escrita a la Mayor de Santa Marina. Su verdadero nombre es de Guadalupe, por un beaterio de esta advocación, fundado en la casa número 1 por Elvira Alonso de la Cruz en 1464, y quedando sin uso, lo agregó a Santa Marina el obispo don Pedro Salazar, por su decreto de 2 de abril de 1740. Tomó el título de los Moriscos por morar en sus casas los que últimamente hubo en aquel barrio, y es a lo que se refiere la nota que está en los libros parroquiales de Santa Marina y ya hemos copiado.

Córdoba y los moriscos

Al llegar a este punto debemos explicar a nuestros lectores el verdadero sentido de la palabra morisco, según la historia, y cómo y cuándo se establecieron en Córdoba, donde, si bien después de la conquista quedaron muchos moros que abrazaron o aparentaron abrazar la religión cristiana, cuando la expulsión apenas quedaban algunos de aquéllos.

Los últimos, llamados moriscos, eran oriundos del reino de Granada, conquistado a la fe de Cristo por los Reyes Católicos, que tanta gloria dieron a su corona, y cuyos habitantes no quisieron abandonar aquella tierra, consintiendo en vivir como vasallos del rey cristiano, confiando en ciertas condiciones pactadas al someterse, mermadas primero y abolidas después, a causa de la intolerancia religiosa de aquellos tiempos.

De esto resultó que muchos, aburridos de tantas persecuciones, vejámenes e insultos, abandonaron las poblaciones y, convertidos en salteadores, invadían los caminos, cometiendo toda clase de crímenes y desafueros, aumentando hasta el punto de ser ineficaz la acción de sus perseguidores. Otros más cautos y ladinos fingían amistad sincera a los cristianos, en tanto que secretamente conspiraban, llegando a fraguar un plan que los hiciese dueños del territorio perdido. Varias veces fueron descubiertos y severamente castigados; mas llegó un día en que eligieron su rey, alzándose en armas y tomando algunos lugares, que no les fue posible conservar mucho tiempo.

Felipe II, ansioso de apaciguar a tan hermosa y codiciada parte de su reino, mandó al marqués de Mondéjar, como general en jefe de sus tropas, y luego a don Juan de Austria, con lo que terminó aquella insurrección tan imponente y difícil de dominar. Mucho pudiéramos hablar de tales acontecimientos; mas no siendo nuestra misión apartarnos de lo concerniente a Córdoba, vamos a reseñar lo que esta ciudad hizo en pro de tan noble y delicada empresa.

Como era costumbre y ley pidiéronse socorros a todas las ciudades para formar primero, y después robustecer y reponer, el ejército cristiano; Córdoba respondió a este llamamiento con la lealtad tantas veces demostrada.

Era el día 27 de diciembre de 1568 cuando el corregidor don Francisco Zapata de Cisneros, señor de Barajas y la Alameda, recibió el aviso de la sublevación de los moriscos de Granada, y de la necesidad de que la ciudad de Córdoba contribuyese con los hombres y recursos posibles a sofocar la rebelión. Formó sus cálculos y proyectos, y para el domingo 4 de enero de 1569 mandó a todos los caballeros de premia salir al Campo de la Verdad con sus armas a punto de guerra, como entonces se decía, y donde se encontraron muchos hombres a pie y a caballo. Ya allí, designó capitán de los primeros a don Pedro Ruiz de Aguayo, en tanto que los otros eligieron a Andrés Ponce, haciéndoles a todos tomar el camino de Granada bajo graves penas al que fuera osado a volverse a su casa.

El lunes 5 de enero de 1569 salió el expresado corregidor Zapata con los caballeros de premia rezagados en la ciudad, y el alcalde de la justicia con otros muchos hombres, dividiéronse en dos pelotones, marchando uno hacia Castro y el otro a Santa Cruz, de cuyos puntos siguieron a Granada.

El día 6 salió el veinticuatro de Córdoba don Francisco de Simancas, con 250 soldados de infantería. En 11 del mismo mes partió otra compañía con otros 250 hombres, bien equipados y armados; era su capitán don Pedro de Acebedo, veinticuatro de Córdoba, con otros cuatro, todos de la nobleza, entre ellos Cosme de Armenta, que mandaba la infantería. El 14 de febrero se recibió noticia de ascender a 30.000 el número de los moriscos sublevados, y en seguida salieron otros 250 soldados, entre los que iban muchos jóvenes de la nobleza, todos al mando de don Diego de Argote.

El obispo de Córdoba, don Cristóbal de Rojas, después arzobispo de Sevilla, ansioso de contribuir a la extinción de los moriscos, armó a sus expensas otros 200 soldados, muy buena gente, en su mayor parte arcabuceros y algunos alabarderos, de quien hicieron capitán a don Rodrigo de Angulo, comendador de la orden de San Juan. En estos días entraron algunos moriscos cautivos de los primeros cordobeses que salieron, viéndose entre ellos varias mujeres y niños.

A principios de marzo pasó el capitán don Pedro Zapata con 300 hombres, que desde Madrid llevaba a sus órdenes.

Pocos días después regresaron los capitanes Cosme de Armenta, don Pedro de Acebedo, don Francisco de Simancas y don Pedro Ruiz de Aguayo, con el objeto de rehacer su gente, de la que se le había vuelto una gran parte, y al mismo tiempo, salió don Alonso de las Infantas con 150 hombres a su costa.

El 22 de mayo salieron otras dos compañías de a 250 hombres, volviendo de capitanes Cosme de Armenta y don Francisco de Simancas. El 28 del mismo mes volvieron a salir los capitanes don Pedro Ruiz de Aguayo y don Pedro de Acebedo, con dos compañías de infantería y otras dos de caballería.

En 5 de julio a las dos de la tarde entraron 600 prisioneros moriscos, escoltados por dos compañías de arcabuceros, una de Martos y otra de Loja, las que los traían en medio, de cinco en cinco. El día 8 entró otra compañía de arcabuceros, trayendo 300 moriscos, entregándolos todos al corregidor don Francisco Zapata, quien ya había regresado, y los puso en las casas del conde de Cabra, donde después se fundó el convento de las Capuchinas. Las tres compañías regresaron inmediatamente a su destino.

En la mañana del 9 se recibió noticia de que los moriscos habían cercado Órgiva, y que en vista de su número era preciso se mandasen grandes y prontos socorros. El corregidor no anduvo remiso, e hizo pregonar la guerra al son de atabales y chirimías, a sangre y fuego, campo franco, y que cuanto tomasen fuese de los combatientes, sin dar parte al rey, y autorizándolos para poder herrar los esclavos que hiciesen; en su consecuencia, mandábase tornar a la guerra a cuantos soldados hubiesen vuelto de ella, bajo la pena de doscientos azotes y seis años de galeras.

En 12 de noviembre salió de Córdoba el capitán don Pedro de Sotomayor, hermano de don Alonso de los Ríos, señor de Fernan-Núñez, llevando 400 hombres.

Recibiose una orden del rey para quintar los vecinos, por no bastar los socorros dados. Se empezó esta operación y enseguida principiaron a entrar en Córdoba, de los pueblos a ella sujetos, escuadras de soldados; lo mismo se hizo en los barrios o collaciones, y el lunes 27 de dicho mes comenzaron a salir para la guerra. El primer capitán fue Martín Alonso de Montemayor, con 400 hombres; en seguida dos compañías de caballería al mando de don Juan Manuel, suegro del anterior, todos con trajes azules de paño y muy bien aderezados, llevando cada una de aquéllas cincuenta caballos y seis trompetas delante. Reunida otra compañía de 400 hombres, se les hizo partir a seguida, al mando de don Cristóbal de Angulo, y tras ésta, otra a las órdenes de don Alonso Valdelomar. En este tiempo apretó tanto la necesidad de gente que hasta se llevaron por fuerza a muchos vecinos de Córdoba para que sirviesen de azadoneros.

En el mes de marzo de 1570 salieron cuatro compañías de a cincuenta caballos, con sus jinetes vestidos de azul, y de capitanes Martín Alonso de Montemayor, don Diego de Argote, don Francisco de Armenta y don Alonso de Valdelomar. Repetimos los nombres de algunos capitanes porque, dejando su gente en la guerra, volvían por más o la traían con el objeto de renovarla.

En el mes de septiembre se quintaron 1.000 hombres en Córdoba y sus pueblos, 800 de a pie y 200 de a caballo, los que salieron en seguida, mandando a los primeros don Pedro de Aguayo y Martín Alonso Montemayor, a 400 cada uno, y pareciendo mucha gente, se eligieron otros dos, que lo fueron don Jorge de Córdoba y don Martín de Argote. La caballería tenía sus capitanes en la guerra, y por consiguiente fue agregada a la otra fuerza.

El día 13 de octubre recibiose una orden del rey mandando salir para la guerra a los hijosdalgos y demás gentes de las collaciones, llevando a sus jurados por capitanes, y nombrando general de todos al corregidor don Francisco Zapata de Cisneros. En su acatamiento emprendieron la marcha -que sólo había de ser por quince días-, primero cuatro compañías de infantería a 250 hombres, o sean 1.000 entre todas, y dos compañías de a caballo a 100 plazas.

El general, o sea el señor Zapata, llevaba delante cuatro trompetas y cuatro chirimías, vestidos de terciopelo carmesí con trenas de oro, y encima unos capotes de grana entrapados y guarnecidos de terciopelo. Detrás llevaban muchas acémilas cargadas de los bastimentos necesarios, pues en este tiempo hizo la necesidad que se mandasen desde Córdoba y casi diariamente 50 cargas de pan amasado, sin perjuicio de los socorros de otras poblaciones. Esto hizo escasear el número de bestias disponibles, unas por estar ocupadas en aquel servicio y otras escondidas a causa del temor que tenían sus dueños de perderlas.

De aquí también la escasez de trigo, llegando el caso de que el corregidor, que en nada se paraba, le sacase al obispo 500 fanegas de trigo, con lo que su ilustrísima se enojó de tal manera que llegó a excomulgar al señor Zapata, mas éste siguió impávido su marcha, tanto en la remesa de comestibles como en la recluta de gente. Para esto señalaba los vecinos que juzgaba aptos y les hacía ir a engrosar el ejército, y a los demás les sacaban una cantidad, a juicio de los respectivos jurados, vendiendo los muebles de los que se negaban al pago o se escondían. Cada vez que se mandaba caballería los caballeros de premia ayudaban con un caballo, un hombre bien armado y doce ducados al mes, sufragando este costo de cuatro en cuatro.

El manuscrito de donde extractamos estas noticias cuenta la escasez de medios de transportes para los bastimentos, y que en Córdoba se carecía de todo, pues hasta llegó el caso de presentarse un capitán con orden del rey y llevarse todos los zapatos que encontró, que pagó a su precio, y los azadones y botas de vino que pudieron reunirse.

El día 12 de noviembre regresó a Córdoba el corregidor don Francisco Zapata, después de dejar 6.000 familias moriscas en los puntos a los que habían destinado, 50 leguas distantes del reino de Granada. El día siguiente, 13, llegó el corregidor de Málaga, trayendo otras 1.500 familias moriscas, que por cierto venían en el más miserable estado, particularmente las mujeres y niños, hospedándolos a todos en el mesón del Puente. A los dos o tres días llegaron también escoltadas las familias de ocho pueblos cercanos a Málaga, viniendo separados y cada cual con su alcalde; éstos fueron alojados en los mesones del Potro. Algunos llevaron a Plasencia, donde los dejaron vivir libremente, pero sin poder abandonar el país.

Por lo que conviene a nuestro relato diremos que en primero de febrero de 1571 dejó de ser corregidor don Francisco Zapata, sustituyéndolo el licenciado Alonso González de Arteaga; el primero se marchó el día 8, saliendo casi todo el vecindario a despedirlo.

Siguieron así las cosas hasta que entregado y muerto el titulado rey de Granada, empezó a aquietarse aquella comarca. Llegado el 30 de noviembre mandó Felipe II que todos los moriscos existentes en Andalucía fuesen trasladados a Galicia y Castilla, donde debían quedar avecindados, fundándose en que diariamente se desertaban e iban a sus antiguos lares. Entonces encerraron a todos los que había en Córdoba en las casas del conde de Cabra, custodiados por los cordobeses, yendo cada noche los vecinos de una collación, con sus jurados a la cabeza, principiando este servicio los de Santa María, o sea, la Catedral.

La ciudad de Córdoba, que en todas épocas ha dado grandes muestras de la piedad de sus nobles hijos, no pudo en esta ocasión ser sorda a las súplicas de aquellos infelices que, agradecidos a la hospitalidad recibida, ansiaban permanecer al lado de sus protectores. Celebrose un cabildo, y en él se eligieron dos veinticuatros, quienes pasaron a Granada a rogar al rey y al presidente que aquéllos se avecindasen en esta ciudad, a lo cual accedieron gustosos. Entretanto trajeron los moriscos que había en Priego, Castro, Lucena, Alcaudete, Baena, Bujalance, La Rambla, Santaella, Posadas y demás pueblos de esta jurisdicción, acompañados de las respectivas compañías de a pie y a caballo, las cuales regresaban a seguida a sus destinos. Estos prisioneros estuvieron encerrados en las casas del conde de Alcaudete hasta que se recibió la orden para dejarlos en libertad como vecinos de Córdoba.

Los nuevos vecinos se agregaron a diferentes collaciones o barrios, tocando la mayor parte al de Santa Marina, donde, como por instinto, se fueron estableciendo en la calle de Guadalupe, permaneciendo en ella con sus familias hasta la expulsión, de que ya hemos hablado. He aquí el origen de llamarse aquélla la calle de los Moriscos, palabra que se conserva como apellido en algunas familias, que no por esto dejan de ser apreciados como se merecen.

Con motivo de la paz hubo grandes festejos en la Corredera, en la que los contaremos a nuestros lectores.


Calles afluyentes a los Moriscos

Varias son las afluencias a la calle en que nos encontramos. Una la del Aceituno o Aceituneros, nombre muy antiguo y que se cree oriundo de unas familias dedicadas a la compra y venta de aceitunas. Forma dos ángulos, y desde ellos se llama del Huerto de San Agustín, el que allí tenía su puerta –antes se llamó del Horno de San Agustín, por la misma razón-, y termina en el compás, de que ya hemos hablado; tuvo una calleja llamada de Orohilo.

Desde este sitio al cementerio de Santa Marina hay otra callejuela y una plazoletilla que se han llamado del Tinte, por uno que hubo en aquel punto, y en el último arreglo le pusieron de los Tafures, razón bastante para ello, como ya indicamos ocupándonos de la calle de los Marroquíes. En dicha plazuela hay una calleja sin salida, acortada en 1809, conocida por la Malpensada, apodo de una mujer cuyas malas costumbres la hicieron notable entre aquellos vecinos.

Otra de las afluentes a la calle de los Moriscos es la del Horno del Veinticuatro, que va a la del Guindo y es cruzada por otra que dicen de los Veras, por don Juan de Vera, persona notable que vivió en ella; también se ha llamado de los Ojedas. La casa del testero, en la calleja sin salida, tiene una gran mina o subterráneo lleno de agua, al que no ha sido posible entrar, y cuyo estado actual ignoramos.

La calle de Valencia, antes de la Muerte -por una violenta causada en aquel sitio cuando, siendo más sanas las costumbres de este pueblo, llamaba la atención un hecho de aquella clase, tan frecuentes en el día-, termina también en la del Guindo, y arranca de ella la de Vera u Ojedas, antes citada. Pareciendo disonante su título se la dedicaron en el último arreglo a aquel notable escritor, a quien equivocadamente tenían por cordobés. A su mediación da entrada al Muro de la Misericordia, llamada así por la muralla que la separa del campo y estar cerca del hospital de esta advocación. Y entre esta calle y la de los Moriscos hay dos travesías, llamada una de Palomares -apellido de una familia que en ella moró- y la otra Empedrada, porque a causa de su estrechez y pendiente fue la primera que gozó de este beneficio.


La devoción al Cristo de la Misericordia

Nos encontramos ante el acreditado hospital del Santísimo Cristo de la Misericordia, hoy provincial de Crónicos, uno de los establecimientos de beneficencia más notables de Córdoba, cuyo principio fue, por cierto, bien extraño y humilde.

La multitud de defunciones que frecuentemente ocurrían en el campo, sin haber quien condujera los cadáveres a la población para enterrarlos en sagrado, no pudo menos de llamar la atención de algunas personas caritativas, y hacia el año de 1690 se formó una hermandad de varios trabajadores, en su mayor parte piconeros, con el objeto piadoso de remediar aquella falta, sensible a todos los amantes de la humanidad. Principiaron por formar sus constituciones o reglamento, que les aprobó el cardenal obispo de Córdoba don fray Pedro de Salazar, y en seguida comenzaron a cumplir su benéfica institución.

Medio siglo antes, o sea en 1640, un devoto llamado Gregorio Ponce compró a los Padres de Gracia un solar y labró una ermita cerca de la puerta Excusada a un Crucifijo de su devoción y a que daba el título de la Misericordia, y éste fue el lugar que la ya citada hermandad eligió para sus reuniones y exponer al público los muertos desconocidos, aunque esto también se hacía en los poyos de los Marmolejos, hoy plaza del Salvador, y ante la Virgen del Pópulo, en el Arco Bajo de la Corredera.

Cuentan, y hemos leído impreso, que el origen de la advocación de Santísimo Cristo de la Misericordia fue un milagro de esta venerada imagen, un tiempo refugio de todos los cordobeses. Un infeliz trabajador que se había quedado ciego, no hallando alivio con cuantas medicinas y promesas le dijeron para recobrar la vista, andaba por las calles, casi por completo trastornada su razón. No otra cosa podía ser cuando en aquellos tiempos, no tanto religiosos sino hasta fanáticos, entró un día en esta ermita, y haciendo que el lazarillo lo acercase al altar, levantó el palo en que se apoyaba y asestó un golpe a la imagen, diciéndole: "Si no puedes volverme la vista ¿para qué sirves?". Mas enseguida lanzó un grito, mezcla de temor y alegría, que a todos dejó suspensos: el ciego no sólo vio la imagen sino un cardenal que, casi brotando sangre, le había causado con su palo. Este milagro se divulgó por todo Córdoba, acudiendo multitud de gente a aquel punto, dándole al Santo Cristo el dictado de la Misericordia, por la que usó con el que tan sacrílegamente le acababa de ofender.


El Hospital del Cristo de la Misericordia

En 1690, siendo hermano mayor de la cofradía Andrés Francisco de Murga, le compró a un nieto del fundador la ermita, la casa y el derecho de patronato, y entonces constituyó una pequeña enfermería para asistir en ella los enfermos de tisis y asma, que no en todos los hospitales eran admitidos. Empezó a mejorar éste con las limosnas que se recogían, y en 1729 el canónigo don Sebastián de la Cruz Gimena construyó las dos enfermerías que forman línea del campo a la calle de Fernando de Lara.

Ya en este tiempo cuidaba de este hospital una congregación de hermanos parecidos a los que hay en los de Jesús y San Jacinto, y el presidente de ellos, Clemente de Lara, en unión del doctor don Cayetano Carrascal, tesorero de la Santa Iglesia, labraron las otras enfermerías que dan contra el muro o muralla de la ciudad, que pasa por detrás de esta piadosa casa. En 1733 le concedió el Ayuntamiento una rinconada que formaba en el campo, y en ella labraron algunas otras oficinas y un cementerio que ha estado en uso hasta 1839. El patio de entrada y aun algo más formaba una calleja o barrera que también le fue concedida por la corporación municipal.

Se ignora el número de enfermos que antes se asistirían, pues los libros y noticias anteriores al año 1782 fueron robados, según nota con que se encabeza el primero que existe en el archivo y que hemos registrado, por cierto que es curioso, en razón a que anotándose en él los cadáveres recogidos en las calles, da noticias de multitud de pendencias, suicidios y otras desgracias de igual clase. Creemos que se sostendrían de 15 a 20 camas; después las aumentó el hermano mayor Lucas Rodríguez, que falleció con gran fama de virtuoso, y últimamente tenía 60, hasta que, declarado provincial de Crónicos, se han aumentado a unas 160.

La hermandad se disolvió en 1834, haciéndose cargo de este hospital una junta que, como ya hemos dicho, lo tuvo a cargo del padre maestro fray José de Jesús Muñoz y de otros sacerdotes, y por último pasó a la provincia en 1849 ó 50, rigiéndose por las leyes del ramo, a que permanece sujeto, y desde entonces ha sufrido grandes reformas que lo han mejorado de una manera considerable. En 1872 se han instalado en él seis hermanas de la Congregación de San Vicente de Paúl.

En las primeras horas de la mañana del día 31 de agosto de 1867 las campanas anunciaron un incendio en el barrio de Santa Marina, y acudiendo multitud de personas vieron que el hospital de la Misericordia era pasto de las llamas. Los que fuimos en aquellos tristísimos momentos presenciamos el espectáculo más lastimoso que se puede presentar a nuestra vista: las mujeres de la vecindad, personas de diferentes clases sociales, todos, en fin, sacaban en sus hombros a los infelices enfermos, que en sus propias camas eran puestos en la huerta y el campo, en tanto que los arquitectos y operarios trabajaban con afán en sofocar aquel poderoso elemento, del que pudieron salvarse las enfermerías, reduciéndolo a la cocina, por donde empezó, y cuerpo de habitaciones del patio hondo o de la fuente. Despojada la iglesia, como todo el edificio, de cuanto en él había, un sacerdote cuidó de sacar el Sacramento del depósito, y con varias luces lo condujo al de la parroquia de Santa Marina, de donde, concluida la obra, fue llevado en una procesión muy solemne con extraordinaria concurrencia.

La capilla del Hospital

En el patio de entrada hay un pequeño monumento o triunfo dedicado a San Rafael, por cierto de escaso mérito, y costeado por la hermandad a mediados del siglo XVIII.

Nos resta describir la capilla, aunque de cortas dimensiones, de muy linda forma. Es de una sola nave con presbiterio y media naranja. En el altar mayor está el Santísimo Cristo con la Virgen al pie de la cruz; a los lados de la mesa hay otras dos, con urnas, figurando los sepulcros de Jesús y la Virgen. En aquel mismo punto, o sea de la verja adentro, hay otros dos altares con cuadros, que si no de gran mérito, son bastante buenos; uno representa el Descendimiento de la cruz, y el otro a San Pedro.

Más hacia la puerta están los altares de la Virgen del Rosario, de vestir, y San José, escultura. Otras se ven en repisas, como San Rafael y San Cayetano, ésta de mérito, y una Virgen de los Dolores. También están colocados varios cuadros, uno o dos que pasan por muy buenos. En la sacristía se conserva un hermoso crucifijo de marfil, cuya escultura tendrá una media vara de alto.

Descrito el barrio de Santa Marina en su parte intramuros, y mareados con el laberinto formado por sus calles, bueno es que antes de terminarlo sigamos el paseo por los barrios de las Ollerías y Matadero, dando sobre ellos algunas ligeras noticias.


La puerta de Alquerque o Excusada

Nos encontramos en la puerta del Santo Cristo, junta al hospital últimamente reseñado, y a seguida notamos la variación que ha sufrido este lugar desde la construcción de aquel establecimiento. Por detrás de éste viene la muralla desde la esquina de la Fuensantilla, y al llegar a la puerta, se ve la gran distancia que queda atrás del muro llamado de a Misericordia; por consiguiente, se comprende la existencia de otro lienzo de muralla que, uniéndolos formaba con los otros dos ángulos encontrados, haciendo por la parte del campo una gran rinconada y en ella la puerta en tiempo de los árabes llamada de Alquerque, nombre que conservó después de la conquista; así se la cita en un privilegio de Alfonso el Sabio, que original existe en el archivo del Ayuntamiento.

Su oculta posición le alcanzó el dictado de Excusada a cuya frase se le da tradicionalmente esta explicación: con el objeto de entrar por aquel punto los carneros para el abasto de la población, en tiempo de los árabes, se mandó abrir una puerta en el muro y venciendo la opuesta voluntad del rey moro, quien al saber luego que por allí entraron parte de los cristianos cuando la conquista, exclamó: "¡Bien lo dije que era excusada esa puerta!". Esta anécdota tiene más visos de cuento que de histórica.

Mucho después de la conquista ardieron un día las puertas de la Excusada, y la tapiaron. La gente le dijo entonces puerta Quemada, como se le cita en muchos documentos antiguos. Así permaneció hasta que la Ciudad en su cabildo de 10 de febrero de 1520 dispuso abrirla al tránsito público, permaneciendo con su antigua fábrica. En 1729, ya construido todo el hospital, fue preciso demolerla y formar la nueva en línea con la pared de aquél y el muro que arranca en la rinconada o haza honda nominada la Olla. En esta época se le dio la horrible forma que presenta, y se le colocó el San Rafael en lo alto. Después se ha cerrado y abierto, como se ha hecho con casi todas a causa de las epidemias.

La Fuensantilla

Sin alejarnos mucho de la puerta encontramos el pilar conocido por la Fuensantilla. Se cree por tradición que a otra fuente cerca de aquel sitio iban a llenar sus cántaros los patronos de Córdoba Acisclo y Victoria, quedándole el título de la Fuensanta o fuente santa, que le duró hasta la aparición de la Virgen de esta advocación, en cuya época le añadieron el calificativo de vieja, que después ha degenerado en el diminutivo Fuensantilla. El actual pilar y caño es de 1790; antes existió otro de que hacen mención hasta 1493.

En unos manuscritos del venerable don Juan del Pino dice que deseoso de descubrir la primitiva fuente a donde iban por agua los patronos, un día de 1583, acompañado del cronista Ambrosio de Morales y del licenciado Morales, examinaron todo aquel terreno, sin conseguir su deseo. Mas él nunca desistió de aquella idea, y en 1592 se asoció con un vecino del barrio de Santa Marina, muy devoto y protector de la ermita de los Mártires, y juntos volvieron a hacer sus exploraciones. Al efecto llevaron a un trabajador con su azada, y después de apartar el cieno lograron hallar entre el agua la fuente que tanto deseaban; era de barro colorado cocido, ovalada, como de una vara de largo, y en su centro una tercia de ancho por otra de profundidad; su grueso, poco más de dos dedos y con un borde todo alrededor, tan bien empotrada en el material que no lograron moverla. Posterior a estos apuntes ningunos hemos visto sobre el particular, y creemos que con el tiempo acabaría de perderse la fuentecita a que hacen referencia. No vemos justificado ser este punto donde los patronos llenaran sus cantarillos, ni pasa de una piadosa y tradicional creencia.


Las ollerías y su actividad industrial

A un lado del camino o ronda vemos un edificio dedicado a fábrica de paños. Su laborioso dueño don José Ramón López está introduciendo en ella cuantos adelantos se conocen. Téjense muy buenos capotes, paños bastos y algunas mezclas muy bonitas, con lo que no sólo se contribuye a sostener y fomentar la industria en Córdoba, sino a mantener muchas familias, que de aquel establecimiento dependen.

Entre este edificio y la fuente hay un camino llamado callejón de las Pedreas; era el lugar escogido por los chicos de los barrios de Santa Marina y San Lorenzo para las batallas que de tiempo inmemorial suelen sostener, poniendo a prueba las cabezas de las personas que tienen la imprudencia de acercárseles. Contra este abuso hallamos disposiciones hasta casi principios del siglo XV.

Este trayecto hasta llegar a la puerta de Colodro se puede decir que siempre ha sido un barrio industrial. Dícenle las Ollerías por estar allí casi todas las alfarerías de Córdoba desde tiempo de los árabes, como lo afirma Alfonso el Sabio en uno de los privilegios concedidos al Cabildo eclesiástico, cuyo original conserva en su archivo; una copia hemos leído en el del Ayuntamiento. Además de esta clase y modesta fabricación existe la de cal y otros materiales de construcción, algunos molinos de aceitunas y una fundición de hierro en que se hace toda clase de maquinaria e instrumentos de labor, perfectamente acabados.


El suceso del Molino de Don Andrés de la Cerda

En uno de dichos molinos, que perteneció a un don Andrés de la Cerda y Córdoba, ocurrió cierto lance referido en el libro de los Casos raros.

Existía en esta ciudad una pobre viuda que sólo contaba para su subsistencia con el jornal de un hijo, el que contrajo relaciones con la mujer de un aceitero del barrio de Santa Marina. Concertaron salir una noche al campo, donde cenarían juntos; mas para ello necesitaba algún dinero y, yendo el joven a su casa, pidió a la madre el que tenía, así como algunos de sus preparativos. Los pocos recursos con que contaban hizo que se le negasen. De aquí se entabló una reyerta que, aumentándose, llegó al extremo de que aquél insultara a la que tanto respeto debía, acabando por darle de golpes y quitarle cuanto se le antojó, marchando en busca de su querida. La pobre viuda, deshecha en lágrimas, no sólo protestaba de una acción tan indigna, sino que se hincó de rodillas, clamando al cielo una venganza que ella no podía tomar. Palabras vertidas en aquel momento de dolor, mas nunca interesándose el corazón; esto no podía ser contra su hijo.

Éste uniose a la mujer del aceitero y, saliendo juntos por la puerta de Colodro, notaron un portillo abierto en la cerca del molino, por el cual entraron, eligiendo aquel lugar para el logro de sus deseos. Allí estaban en completo descuido cuando se cayó la pared que tenían más cerca, dejando a los dos completamente aplastados.

Cuando por la mañana avisaron a don Andrés de la Cerda extrañó la noticia, por considerar la pared en buen estado; mas creció la sorpresa de todos al ir a separar los escombros, pues encontraron los cadáveres de modo que no dejaba duda del intento que allí los había llevado. Acudió mucha gente, entre ella la pobre viuda, quien, con lágrimas de dolor y arrepentimiento, contó lo ocurrido con su hijo. Todos consideraron providencial aquel suceso, de que se ocuparon hasta algunos predicadores.


La Huerta de San Cayetano y los Santos Pintados

Desde este lugar parte un camino que, pasando el arroyo de las Piedras, nos conduce a varias posesiones de la sierra. Cuando la construcción del ferrocarril de Madrid a Córdoba varió completamente aquél, por una desviación hacia la derecha, en terreno que indemnizaron, de la huerta de San Cayetano. Antes iba más a la izquierda, pasando por donde hay unos barrancos, de los que sacaron tierra para los terraplenes, y por cierto que cuando estaban en dicha operación se desplomó parte del terreno, cogiendo debajo a un pobre trabajador, a quien sacaron ya cadáver. En la línea que seguía formaba cruz con el otro camino que, principiando en la Fuensantilla con el nombre de callejón de las Pedreas, termina en la Cruz de Juárez.

Allí hacía esquina la huerta de San Cayetano, y en su tapia, cortando el ángulo, había un humilladero al que todos conocían por los Santos Pintados. Formaba una especie de retablo de material con dos cuerpos: el primero se componía de dos pilastras y un arco en el centro dividido por una gran cruz de relieve, y pintados en los lisos las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, fundadores de los Carmelitas Descalzos. El segundo cuerpo era un cuadro con dos remates a los lados, la Virgen del Carmen en el centro y una cruz de piedra con que remataba. Delante de este humilladero había dos asientos, donde los devotos se sentaban a rezar o ver venir la gente del arroyo en el día de la Candelaria y otros en que aquel punto era muy frecuentado. En unos apuntes antiguos hemos leído que esto fue una capilla dedicada a las mismas imágenes, la que servía para que los religiosos fuesen a hacer algunos ejercicios; pero no hemos conocido quien dé otra razón o reseña de la ya descrita.

La romería de la Candelaria se pierde en la antigüedad. Varias son las historias que de ella se cuentan, pareciendo la más fundada el haber tenido lugar por aquel camino una procesión. Cuando las obras del ferrocarril se dispuso que se hiciese por la carretera de la sierra hasta el puente del arroyo Pedroche, y así sigue, sin su primitivo carácter, y amenazando extinguirse.

Frente a la puerta de Colodro hay un cerro en que cuatro filas de árboles, plantados hacia 1854, forman tres calles a llegar a la iglesia llamada de San Cayetano. Hasta dicho año hubo otros árboles de diferentes clases, muy corpulentos y sin orden, sustituidos por los actuales. En la parte más alta había un monumento o triunfo dedicado a San Rafael; se componía de un gran pedestal de piedra negra y encima una esbelta columna blanca. En el año 1837 lo derribó e hizo pedazos un huracán. La imagen mutilada fue enterrada en el patio de aquel convento, y el pedestal permaneció allí hasta 1849, en que se lo llevaron al cementerio de San Rafael con objeto de colocarlo en el centro, pero no hubo de agradar a los encargados en las obras, cuando pusieron otro. Sus piezas andan por allí sirviendo de asientos.

La iglesia conventual de los Carmelitas Descalzos

Ya es tiempo de penetrar en la iglesia del suprimido convento de San José, de Carmelitas Descalzos, abierta al culto gracias a una numerosa cofradía de Nuestra Señora del Carmen, que en ella se venera. Forma cruz latina, con muchas pinturas al fresco que adornan su cúpula, bóveda y paredes, en las que también se ven muchos y buenos cuadros, debidos a fray Juan del Santísimo Sacramento y al padre Adrián.

El retablo es de los más arreglados a arquitectura que hay en Córdoba. En la parte alta está San José, titular de la casa, y a los lados los profetas Elías y Eliseo. En el primer cuerpo está el tabernáculo, en forma de templete, y dentro de un gran arco, a los lados, entre columnas, San Juan de la Cruz y San Alberto. El manifestador es una gran urna, y por detrás una Virgen del Carmen sentada, que es la que casi siempre se ve, girando cuando hay que manifestar el Sacramento.

Esto dio lugar a una anécdota que referían aquellos religiosos. Una buena mujer, devota de la Virgen del Carmen, llegó a pedirle un señalado favor, al mismo tiempo que giró la escultura, y creyendo ella que le volvía la espalda por no oírla, empezó a llorar, dando tales gritos que acudieron a ver lo que era, riendo todos de aquella inocente mujer al saber el motivo de su quebranto.

Tiene dos buenos altares colaterales, dedicados a San Elías y San Juan de la Cruz. En el lado del evangelio hay, primero, la hermosa capilla de Jesús Caído, cuya efigie ocupa el altar del centro; ha cuidado siempre de ella una cofradía, hoy casi extinguida. Hay otros dos altares con camarines, uno dedicado a la Virgen del Mayor Dolor y el otro a Santa Teresa; esta hermosa imagen tiene concedidas muchísimas indulgencias, alcanzadas por el señor don Antonio Ramírez de Arellano, que la tenía una gran devoción y le costeó el culto hasta su muerte, ocurrida en primero de septiembre de 1867. Venérase también en este lugar una muy antigua imagen de la Virgen, con el título del Socorro, traída, según dicen, de Indias, donde milagrosamente la encontró un viajero, quien la donó a este convento.

Desde este punto al final de la iglesia hay tres capillas, que son las de San José, imagen hecha en Madrid por orden de fray Antonio de la Visitación, religioso en este convento; la del Carmen, que no corresponde a la devoción que se tiene a esta venerada Señora, la que, encerrada tras de una verja de madera parece que está presa, y la de Santa Ana. Frente a ésta se ve la de San Pedro, donde hay un cuadro mediano. En el frontal de este altar se lee lo siguiente: Capilla y entierro de Don Diego Torralbo y Orbaneja y de Doña Juliana Josefa de Calvez su muger, vecinos de Córdoba, y de sus herederos. Se finalizó esta obra en 30 días de Julio de 1717.

Al lado está otra capilla de los Dolores gloriosos de la Virgen, única imagen dolorosa, de vestir, que hay en Córdoba con la túnica encarnada y el manto azul. Y pasada ésta, la de San Cayetano, primer titular de esta casa, pues fue antes de convento ermita de su advocación.

La sacristía es muy extensa y tiene muy buenos cuadros, al parecer de fray Juan del Santísimo; uno, muy grande, representa la Cena, y otros seis u ocho iguales, el Nacimiento, la Adoración, la Presentación en el templo y otros asuntos de la vida de Jesús. También hay un retrato del escritor don Juan de Palafox y Mendoza, que tanto ayudó a San Juan de la Cruz y Santa Teresa a la reforma de los Carmelitas.

Epitafios dignos de citarse

Repartidos por la iglesia existen varios epitafios dignos de citarse, por si alguna vez desaparecen. Delante del altar mayor hay uno que dice: Aquí yace Doña Beatriz de Haro, Señora de Luque, fundadora y primera patrona de este convento. Cerca de la puerta hay otro que estuvo en el claustro hasta la expulsión de los religiosos. En él se lee: Aquí yace el P. Fr. Antonio de la Visitación, Carmelita Descalzo, en el siglo D. Nuño Antonio de Godoy Ponce de Leon y Chaves, Caballero que fué del órden de Santiago. Obid die 1 Augusti anno Domini 1738.

Delante del altar de San Elías hay otros dos, que dicen: Aquí yace el magnífico é ilustre caballero D. Antonio de los Ríos y Argote, Vizconde y Señor de la Villa de Sancho Miranda, Veinticuatro de Córdoba, de la antigua y nobilísima Casa de los Rios. Murió al mundo el día 12 de Octubre de 1717, dejando en su buena muerte ciertas señales de su eterno descanso, y ruega á todos lo encomienden á Dios. Mandóse enterrar aquí por su gran devoción á esta Santa Casa. El segundo: Aquí yace el Sr. D. Antonio de los Rios y Diaz de Morales, Vizconde de la Villa de Sancho Miranda, Señor de las Escalonias. Murió el día 3 de Abril de 1817. De este señor aún se acuerdan muchos cordobeses, y de él volveremos a hablar en nuestro paseo por el barrio de San Pedro.

Delante del altar de San Juan de la Cruz está sepultado el doctor don Jacobo o Santiago Bustillos de Cisneros, y en la capilla del Carmen, doña Apolonia de Gámiz y Flores, señora de ejemplares virtudes.


Establecimiento de los Carmelitas Descalzos

La instalación de los Carmelitas Descalzos en Córdoba principió a iniciarse en el año 1580. Pasó por esta ciudad el luego declarado santo fray Juan de la Cruz, y deseosos don Antonio de Córdoba, señor de Guadalcázar, su hijo don Fadrique de Córdoba, deán y canónigo de la Catedral, y su coadjutor don Luis de Córdoba, que después llegó a arzobispo de Sevilla, lo invitaron a hacer la fundación, y el tercero lo recibió y obsequió en su casa de Guadalcázar, donde se instaló otro convento.

Conferenciaron con el obispo don Antonio Mauricio de Pazos y consiguieron de éste la concesión de la ermita de San Roque en la calle de este título, barrio de la Catedral, y desde ella se llevó el Sacramento en una lucida y solemne procesión el día 18 de mayo de 1586, quedando de primer prior fray Agustín de los Reyes, y de conventuales fray Bernardo de San Laurencio, fray Luis de la Cruz y otros no menos dignos por sus virtudes, todos compañeros de San Juan de la Cruz; algunos de éstos murieron en el desierto de San Juan Bautista, como a dos leguas al septentrión de Córdoba.

En aquel edificio, de que a su tiempo hablaremos, moró San Juan de la Cruz y siguió la comunidad hasta el 19 de marzo de 1614, en que se mudaron a este convento de San José, que les había edificado la ya referida señora doña Beatriz de Haro, señora de Luque e hija del marqués del Carpio, en terreno cedido por la Ciudad. Entonces le vendieron el antiguo convento a los Carmelitas Calzados, quienes trasladaron a él su colegio.

La doña Beatriz fundó también el llamado Desierto de San Juan Bautista, cerca de Trassierra, muy capaz para el objeto, tanto que en 1612 tuvo lugar en él un capítulo de la provincia, al que asistió el padre general de la orden. El sitio, poco sano, dio margen a que los religiosos lo abandonasen, refundiéndose la comunidad en la de San José. Mas en 1709 el padre fray Andrés de Jesús lo pobló de nuevo, y así continuó hasta que, muerto éste y pasados algunos años, en el de 1760 lo abandonaron otra vez, viniéndose los frailes al ya mencionado convento frente a la puerta de Colodro. Entonces trasladaron también los restos del venerable fray Jerónimo de Jesús y Mesía, de la casa de los condes de Villaverde; ignoramos el lugar en que los depositarían. Aquel convento quedó abandonado en 1804, y se arruinó por completo.

El de San Cayetano fue vendido en virtud de la ley de Desamortización, y derribado; sus materiales se aprovecharon en la construcción de la plaza de toros. Era pequeño y sus galerías estrechas. La librería, muy numerosa.


Fray Juan del Santísimo Sacramento y otros carmelitas notables

Esta comunidad contó en su seno con personas muy ilustres, algunos escritores y hombres de grandes virtudes, y muy particularmente con artistas, como fray Juan del Santísimo Sacramento, en el siglo don Juan de Guzmán, caballero muy noble de Puente Genil, el cual tomó parte en una conspiración en Sevilla, y habiendo fracasado, se entró en el convento de Carmelitas de aquella ciudad, donde pasado algún tiempo tomó el hábito de lego. Su genio revoltoso y díscolo dio lugar a que lo mandasen en clase de preso al convento de Aguilar, donde lo trataron con mucho rigor. Allí pintó varios cuadros, que están en el convento de las monjas Descalzas, entre ellos un San Roque, frente de la puerta, que llama justamente la atención de las personas entendidas.

Noticioso el obispo de su habilidad, consiguió traérselo para que en unión de Juan de Alfaro pintasen la galería de retratos que está en el Palacio Episcopal, y entonces fue cuando pasó mucho tiempo en el convento de San José o San Cayetano, donde dejó los cuadros que nos han hecho recordar a tan notable artista.

También merecen especial mención el padre Adrián, notable pintor en su época; el prior fray Sebastián de San José, predicador de mucha fama, y don Ñuño de Godoy Ponce de León y Chaves, coronel del regimiento infantería de Palencia, antes sargento mayor de batalla y capitán de las milicias de Córdoba en el socorro de Cádiz, sitio de Gibraltar y guerras de Portugal, herido y prisionero en la batalla de Zaragoza; era de la casa de las Quemadas. Profesó en 3 de julio de 1712, y le dio el hábito el prior fray Andrés de Jesús María Cardona, con el nombre de fray Antonio de la Visitación, y ante el beato Posadas, según su vida, que corre impresa.

En este tiempo entraron también en dicho convento don Jerónimo Manrique y otras varias personas muy notables de Córdoba. En el Diccionario de escritores españoles, original de don Carlos Ramírez de Arellano, obra de gran trabajo y mérito, y que por desgracia aún permanece inédita, encontramos citados los tres siguientes frailes del convento de Carmelitas Descalzos de Córdoba: el prior fray Pedro de la Epifanía, que escribió la Vida y milagros de San Pedro Tomás, impresa en Sevilla en 1655; fray Tomás de San Rafael, autor del poema Hernán Cortés y otras varias poesías, y fray Luis del Espíritu Santo, que escribió varias obras en latín.

La huerta convertida en cementerio

La huerta del citado convento es muy extensa y buena, aunque ya mutilada para la construcción del ferrocarril. Parte de ella ha servido de cementerio público en dos ocasiones: primero en 1804, cuando la invasión de la fiebre amarilla, durando hasta 1807, y la segunda en 1820 al 1823, que volviose a enterrar en las iglesias.

En este cementerio se hizo una monda o limpia, y se depositaron los restos en la bóveda que hay debajo del altar mayor y en otra de la capilla de Jesús, en que se inhumaban los cadáveres de los frailes. Con este motivo se ha visto que ningún lugar de nuestras cercanías es tan a propósito como éste para cementerio, por la gran momificación allí observada. Hemos penetrado en este panteón y examinado el gran número de momias que allí se conservan, habiéndonos llamado la atención la de un religioso que tiene las piernas y los brazos encogidos, induciendo a creer que tal vez lo enterrarían vivo, y que al volver en sí le daría alguna convulsión, por la que quedaría en aquella postura.

Con estas momias se han cometido algunas profanaciones, como en 1836 que, sirviendo aquel convento de cárcel para los liberales prisioneros por la facción Gómez, rompieron los tabiques de las bovedillas y sacaron aquéllas, quedando allí tiradas. En otra ocasión, cuando el sacristán volvió una noche a recogerse, notó en su cuarto unos bultos y, encendiendo luz, se encontró con que algunas personas, que sin duda se quedaron en la iglesia, le habían puesto una momia en la cama, otra a la cabecera y dos o tres repartidas por la habitación. Entonces taparon unas ventanas que daban a la huerta, y últimamente, en 1872, por orden del señor obispo don Juan Alfonso de Alburquerque, se han tapiado los nichos y la puerta del panteón, y ya no es posible verlas.

Tiene este edificio dos campanarios, el de la fachada, que antes de la exclaustración tenía dos campanas, y otro mirando a las Ollerías, en el que estuvo el reloj que desde 1842 funciona en la torre de la parroquia de Santa Marina.

Cuando la beatificación de Santa Teresa de Jesús, reformadora de la orden de Carmelitas en 1616, estaba en construcción el convento de San José, conocido generalmente por San Cayetano, por cuya razón las fiestas se efectuaron en el de Santa Ana, donde minuciosamente las explicaremos. Mas nos creemos en el caso de manifestar que las paredes del nuevo edificio se coronaron de luminarias, así como la muralla de la ciudad que tiene enfrente, y en el cerro formado a su entrada se colocaron muchos palos muy altos y con macetas llenas de alquitrán, cuyas luces se divisaron a gran distancia. El centro lo ocupó un elevadísimo madero con un gran globo en la punta lleno de cohetes y otros juegos de pólvora, que se encendieron por medio de un hilo embreado, presentando una vista que mereció grandes elogios de cuantos la presenciaron.


El Matadero, barrio de toreros

Seguiremos el camino de la ronda, y después de pasar el hermoso arco de la torre de la Malmuerta, de que hicimos mención, saldremos al espacioso Campo de la Merced, del que detenidamente hablaremos en nuestro paseo por el barrio de San Miguel, porque a él pertenece el exconvento, hoy hospicio, que le dio nombre.

Sin embargo nos ocuparemos de los cinco grupos o manzanas de casas conocidas por el barrio del Matadero, todas correspondientes a Santa Marina, como lo es la acera que hay desde la Puerta del Rincón hasta la ya citada torre de la Malmuerta.

Las calles que allí se encuentran son las de Feria, por un mercado de ganado que en aquel lugar se hacía; la del Molino, por uno de aceite; la del Tranco, por su estrechura; la Alta, por estar en terreno más elevado; un sitio que llaman las Cuatro Esquinas, por cruzarse dos calles, y la plazuela de la torre de la Malmuerta, de Moreno o de la Cruz, por una de hierro que tiene en su centro, y a la que en sus días celebraban aquellos vecinos.

Las casas de este barrio están, casi en su totalidad, habitadas por vendedores de carnes frescas, dependientes del Matadero, y algunos tratantes en reses. De aquí que casi todos los toreros cordobeses han nacido en este punto y han aprendido a lidiar en el inmediato Matadero, habiendo algunos muy notables, a pesar de que han carecido de escuela. Entre ellos debemos mencionar a Rafael Bejarano, que llegó a alcanzar gran fama, tanto que sus amigos le cantaban, después de uno de sus triunfos alcanzados en las plazas de Granada y Almadén con Costillares, la siguiente redondilla que ha llegado hasta nosotros: "Arrogante Costillares, / anda, vete al Almadén / para ver matar bien toros / al famoso cordobés". Éste tuvo un hijo llamado como él, Rafael Bejarano, al cual mató un toro de Barbero, en la plaza de Almagro, por los años de 1849.

Francisco González Panchón nació en 1784 y llegó a adquirir tal nombre que lo solicitaban para matar en todas las plazas más importantes, entre ellas la de Madrid. Fernando VII le dio un destino y se retiró del toreo; mas después de la muerte de aquél volvió a la lidia, para sostener su dilatada familia, y murió en 8 de marzo de 1843, de resultas de una cogida que tuvo en la plaza de Hinojosa, en la tarde del 28 de agosto de 1842. Los toros que allí se lidiaron fueron de la ganadería del señor Marqués de Guadalcazar.

Antonio Luque y González, conocido por el Camará, nació el 3 de julio de 1814. Fue uno de los espadas que inauguraron la plaza de toros de Córdoba, por feria de 1846. Mató en otros muchos puntos, y al fin se retiró del toreo, dedicándose a otros negocios, en que fue muy desgraciado. Murió en 11 de octubre de 1859, en un estado harto triste.

José Rodríguez Pepete nació en 11 de diciembre de 1824. Con grandes facultades se dedicó a la lidia de toros y llegó a adquirir un buen nombre, que iba en aumento cuando lo mató un toro de Veraguas en la plaza de Madrid, en la tarde del 20 de abril de 1862. También han nacido en este barrio los actuales espadas Manuel Fuentes Bocanegra y Rafael Molina Lagartijo, a quienes esperan tantos y merecidos aplausos.

Otros muchos toreros pudiéramos citar, hijos de este barrio; mas como el objeto de nuestra obra no es hacer la historia del toreo en Córdoba, nos creemos dispensados de ello por no extender estos apuntes.

La historia del Matadero se encuentra tan enlazada con la de las Carnicerías que casi nos es imposible separarlas. En los archivos del Ayuntamiento y Cabildo eclesiástico hay tantos y tan curiosos documentos que se pueden emplear muchos días en examinarlos.


Las Carnicerías

Durante la dominación árabe hubo en Córdoba las Carnicerías de los cristianos, con cuyo nombre eran conocidas. Después de la conquista, el Cabildo eclesiástico, con su extraordinaria influencia y poder, logró la propiedad de las Carnicerías y los derechos que los cortadores satisfacían, según las concesiones de los reyes de aquellos tiempos. Alfonso XI le mandó derribar unas carnicerías que estaban frente a la iglesia, entre la calle de la Encarnación, entonces de Abades, y la hoy plazuela de Santa Catalina, por no parecerle decoroso que aquel sitio se ocupase con semejante tráfico, dándole en cambio otras varias casas y tiendas.

Por dicho privilegio, que se conserva en el Archivo municipal y tiene fecha de 25 de julio de 1319, y otro de Enrique II, en que se inserta el primero, se citan las carnicerías que entonces había y eran: en la puerta del Alcázar Viejo, que debía ser o en la de Sevilla o, lo más probable, hacia el arco de Caballerizas, porque aquel barrio estaba casi despoblado, hasta que Enrique III se lo concedió a sus ballesteros; otra la de la puerta de Alfonsario, hoy del Osario, que es lo mismo; otra la de San Llorente o San Lorenzo, estaba en la plazuela de los Olmos; otra en la puerta Quemada, que es la del Santo Cristo; otra en la de la Magdalena, que era como entonces conocían a la puerta de Andújar; otra en la de las Sietemenas o de Martos, junto al molino de este nombre, y otra en la Corredera o Rastro viejo. Le donó otra que había edificado para sí en la collación de Santa María, y eran en la plazuela de Abades, y otras en la de San Andrés, "lindera al muro que divide la Ajerquía y con el corral que toman las vacas en la calle que vá á la Puerta del Rincón y contra Santa María, y de la otra parte la calle que viene de la Villa á la puerta del Moro (Zapatería) , cerca de San Salvador, como van á San Andrés". Éstas debían estar formando esquina en la calle de Alfares y Liceo, y la actual Carnicería le serviría de corral para el ganado. En todas estas carnicerías se mataban las reses y vendían sus carnes y despojos, habiendo muchos privilegios en que se señalan los precios para el público y los derechos, primero para el Cabildo y después otros también para la ciudad.

En 1491 encontramos ya la cédula de Isabel la Católica, cuyo original también se conserva en los archivos de ambos cabildos, autorizando la construcción del Matadero en el campo, afueras de la Puerta del Rincón. En otras cédulas de los Reyes Católicos, fecha 3 de septiembre de 1501, se dice que unos ocho años antes se hizo el Matadero y las actuales Carnicerías, en lugar de otras que estaban en terreno que quedó formando parte de la plaza del Salvador, "donde había unos tajones en que se cortaba y vendía la carne".

En 1527 encontramos en el Ayuntamiento una queja de muchos vecinos en contra de que las cargas de pellejos o pieles atravesaran la ciudad exhalando mal olor hasta llegar a la Curtiduría, cerca de la Ribera, y en 9 de julio se mandó que fueran alrededor de la ciudad.

Grandes, muy grandes han sido las cuestiones suscitadas entre la Ciudad y el Cabildo eclesiástico sobre el Matadero y Carnicerías, y se han seguido varios pleitos, cuyos alegatos existen impresos en los archivos de ambas corporaciones, decidiéndose siempre a favor de la segunda, ya por los reyes o ya por la Chancillería de Granada, siendo preciso que viniese un juez especial para hacer cumplir las sentencias o mandatos.

Sin embargo, algo fue logrando la Ciudad: primero, la inspección para el aseo y limpieza; después, el reglamentar este servicio, aunque los empleados no eran suyos; más adelante, la imposición de arbitrios, y así hasta que, a fuerza de cuestiones, se cansó el Cabildo eclesiástico, y en 1844 le dejó los cuatro locales que quedaban, o sean el Matadero y las Carnicerías, dos en la calle de Alfaros y uno en la de Convalecencia, tomando por todo una renta de 10.000 reales anuos. Con este motivo el Ayuntamiento entiende de lleno en este asunto. Ha mejorado los locales y ha establecido este servicio de la manera que ha tenido por conveniente, aunque no muy en armonía con las actuales leyes.

El mataderillo

Casi frente, entre el callejón del Adarve y el Campo de la Merced, hay un solar cercado que dicen el Mataderillo, en la actualidad casi sin uso, pues sólo sirve para guardar la leña de las talas y algunas herramientas. Era una casa que en lo antiguo sirvió de fábrica de salitre, y en `17 de julio de 1798 la adquirió el Ayuntamiento en la cantidad de 5.800 reales con el objeto de establecer en aquel punto un matadero de cerdos, para lo cual la arregló, gastando en ella 5.542 reales, mas a poco quedó sin uso, cayéndose lo que habían edificado. Destináronla un poco de tiempo para enterrar las reses que eran desechadas en el Matadero principal, y que a juicio de los peritos no debía permitirse su venta en parte alguna.

La población rural del barrio de Santa Marina es sumamente extensa, y aunque algo hemos contado de las afueras, creemos más oportuno dejarlas para cuando, después de paseada toda la ciudad, dediquemos algunas páginas al término, que no dejará de dar materiales con que ensanchar nuestros apuntes.

Ya manifestamos en el prólogo de este libro que no blasonábamos de saberlo todo, y esto decimos en particular del barrio de Santa Marina, que hemos recorrido y abandonamos para seguir nuestras excursiones por el de San Andrés, tanto a más rico en noticias que los anteriores.




Esta página es un capítulo del libro Paseos por Córdoba. Ha sido protegida para evitar su edición. Para cualquier comentario, sugerencia o corrección deje un comentario en la página de discusión
Herramientas personales