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Paseo 2. Barrio de San Lorenzo
De Biblioteca de Córdoba
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El barrio de San Lorenzo, uno de los más numerosos en vecindario, pertenece a la Ajerquía de Córdoba. Linda con el de la Magdalena, y tan enlazado con él, que la calle Abéjar -de la cual nos hemos ocupado- pertenece a los dos. Esta proximidad y linderos nos hace dirigir a él nuestro segundo paseo, y sin pretensión alguna ir manifestando cuanto en sus iglesias, calles y demás encontremos digno de llamar la atención de nuestros lectores. Nada tan natural y prudente que buscar un punto fijo de partida, y así, nos iremos desde luego a la parroquia, desde donde después recorreremos aquel gran barrio, que no dejará de proporcionar curiosos datos para nuestra obra.
El padre Martín de Roa, Sánchez de Feria y otros escritores opinan, y dan razones, que en este lugar debió existir alguno de los templos gentílicos, y que cuando el emperador Constantino se convirtió al catolicismo se constituiría aquí una de las primeras iglesias, permaneciendo mientras los godos y aun árabes, si bien, como ya indicamos, se le desmochó la torre por orden de Mahomad, rey de Córdoba.
Don Francisco Carrillo de Córdoba en su Certamen histórico por la patria del esclarecido protomártir español San Laurencio, impreso en Córdoba (1673), sostiene que este templo fue edificado hacia el año 553 de Jesucristo, y que debió serlo en el mismo sitio en que aquél tuvo su morada. No somos de su dictamen en asegurar que San Lorenzo nació en Córdoba, pues en lo mucho escrito sobre este asunto vemos más razones a favor de Huesca.
Iglesia de San Lorenzo
Después de la conquista aparece ya entre las catorce parroquias erigidas por San Fernando, llevando el título de San Llorente, Laurencio o Lorenzo, que es igual. Su construcción parece muy antigua y es gótico-bizantina. Su torre, hasta la altura de la nave parece un torreón antiguo, y pudo muy bien ser la desmochada, y desde allí es de construcción mucho más moderna, por cierto muy gallarda y con arcos para doce campanas, aunque sólo cuenta cinco; el segundo cuerpo tiene los ángulos cambiados, dándole cierta originalidad que la distingue de todas las demás torres de su clase.
Este templo tiene tres puertas iguales en su orden, y la principal no luce tanto, porque con posterioridad le formaron un pórtico o galería con cinco arcos, tres al frente, de los que sólo existe abierto uno, y otros dos a los costados, o sea, a las calles Mayor y entrada a la de la Banda o Cementerio Viejo. Por cima y ocupando el centro de la fachada tiene un magnífico rosetón primorosamente labrado, y en él la siguiente inscripción: Acabóse año 1555, siendo Rector y Obrero el Licenciado Álvaro Ruiz de Torres. Esta lindísima obra del arte, bien sola o bien con toda la fachada, figura en muchos periódicos y obras ilustradas, como El Semanario Pintoresco, El Museo de las familias. Recuerdos y bellezas de España y otras no menos importantes.
Antes de esta reforma toda la pared de su imafronte era completamente lisa, dándole al edificio una gravedad encantadora. En él todo es bello y caprichoso, pues hasta las ventanas de las naves laterales tienen una figura extraña, sin parteluz y con unos rosetoncillos en sus vértices, como sujetos por unos cordones ondulantes.
El expresado pórtico tuvo abiertos los tres arcos de frente, y por ellos se veía desde la calle de Santa María de Gracia el farol que alumbraba a un Jesús atado a la columna, San Lorenzo y San Roque que hubo pintados al fresco en la pared, y cuya luz costeaba una señora de la familia de los marqueses de la Granja que vivía en la casa que ocupó el solar que conocemos aún por el Cuartel de la Piedra azul, la que desde su balcón rezaba a aquellas imágines de su particular devoción. Primero desapareció la casa, y casi mediado este siglo, la pintura de que hemos hecho mérito.
El Templo por dentro
El interior es también gótico-bizantino; aunque ha perdido mucho, conserva aquel carácter en las capillas mayor y en la del Sagrario, así como en otra que está incorporada a la sacristía con el título de la Magdalena, en la que tienen enterramiento sus patronos los marqueses de Villaseca, por haberla fundado don Pedro Fernández de Valenzuela. A ella se trasladaron los restos encontrados en la iglesia de los Mártires, en la Ribera.
El retablo principal es también gótico y uno de los mejores de Córdoba, en su forma y detalles, sin que podamos asegurar cuándo fue construido, y sí que lo doraron a mediados del siglo XVIII, según una inscripción. Por cima del tabernáculo tiene una escultura que representa el titular, más arriba un Crucifijo, y a los lados, lienzos en que están pintados San Juan, la Magdalena y varios pasos de la vida de San Lorenzo, al parecer todos de algún mérito artístico.
Un manuscrito antigua que hemos examinado hace una sucinta reseña del crucero, y por cierto que en nada se asemeja a lo existente. Dice: "En el crucero de esta iglesia, que es de suntuosa fábrica y labor de madera, donde está un Santo Cristo Crucificado, Nuestra Señora y Señor San Juan y dos escudos de armas de Obispo; y en el cuerpo del crucero toda la Pasión, y á otros dos lados los Profetas Menores Simeón y Hieremias, se halla esta inscripción:
::REGNANTES LOS MUY CATHÓLICOS PRINCIPES DOÑA JUANA Y DON CÁRLOS SU HIJO, SIENDO OBISPO DE CÓRDOBA EL M. ILLMO. SEÑOR DON ALONSO MANRIQVE, SE ACABÓ ESTA OBRA EN EL AÑO DE M. D. XVII. POR EL MES DE JVLIO".
Según esta inscripción, los escudos de armas debían ser los del señor Manrique; pero ni la más pequeña señal existe de ellos ni de los demás que antes copiamos. Sin duda desaparecerían en tiempo de don Leopoldo de Austria, cuando se hizo el rosetón y la torre, y se reformó todo el interior de la iglesia, en perjuicio de las artes y la historia.
Capillas y Altares
En la capilla mayor había varios enterramientos de familias ilustres, como el de Pedro Velasco y sus descendientes, fundado en 1460; el de los Muñones de Velasco; el que formó el capitán don Francisco Ortiz de Zúñiga y Alarcón, a los que después representaban los Aguayos, Sotomayores y Zúñigas; y en el lado del evangelio, el de los Pinedas del Valle de Carranza, reedificado muchos años después por don Juan Gómez de Pineda, de la orden de Santiago.
Los altares colaterales son de talla, dorados y churriguerescos; el del lado de la epístola está dedicado a San Lorenzo y es de patronato de los Garcías de Paredes, y el del evangelio, a la Virgen de los Remedios, que tuvo una numerosa cofradía cuyas reglas aprobó el cardenal Salazar en 1692.
La nave de este lado forma capilla con un altar en que se da culto a un gran Crucifijo de escultura, con San Juan y la Magdalena pintados al fresco, formando un contraste extraño, y si se quiere hasta ridículo. En otros dos altares de esta nave se venera a San José y San Antonio.
La nave de la epístola forma también capilla dedicada a Jesús Nazareno, con la advocación del Calvario, del que cuida una hermandad, con aprobación del señorSiuri, y por cima otra escultura muy antigua que representa a San Roque. La primera de estas dos imágenes era sacada y llevada procesionalmente todos los años, en la tarde del Domingo de Pasión, al egido llamado el Marrubial, donde, subiéndolo al Calvario, echaba la bendición al campo. Después le variaron la carrera por la población, y últimamente forma parte del Santo Entierro los años que éste se efectúa. El retablo se le doró en 1785, siendo hermano mayor Salvador Manosalbas. Esta capilla es patronato de los Serranos y Tobosos, quienes tienen en ella enterramiento.
Muy cerca se ve otra capilla, completamente gótica, dedicada a sagrario, y con parte de su bóveda pintada al fresco. Tiene tres altares, uno para el depósito con una Concepción y dos apóstoles, esculturas muy antiguas; en los otros dos, hechos en 1594, hay un Niño Jesús y un San Nicolás de Bari. Esta capilla se llamaba de Nuestra Señora de la Antigua, era propiedad de los Minayes y tenía antes los nombres de sus fundadores, de lo que últimamente sólo se podía leer: Veinticuatro de Córdoba y Leonor de Escabias.
La cofradía del Santísimo, allí establecida, conserva sus reglas escritas en pergamino y aprobadas en 13 de junio de 1538 por el provisor, licenciado Fernando Morante, siendo obispo de Córdoba don Pedro Manrique. Creemos, sin embargo, que las sacramentales son más antiguas de lo que en general aparece. Se le ha unido en estos últimos años la cofradía de Ánimas, su contemporánea, puesto que en 29 de noviembre de 1545 le fueron aprobadas las reglas. En éstas encontramos que por ellas se regían también las cofradías establecidas en los hospitales de San Martín, ermita de las Montañas y el de San Sebastián que hubo en la plazuela del Cementerio Viejo, según los linderos que fijan a otra casa en una escritura de venta otorgada en 25 de septiembre de 1519 ante Francisco Fernández Maquedano. En otros documentos del siglo XV se habla también de ese hospital y de los de Santa Catalina y Santa María de las Huertas, en el barrio de San Lorenzo, pero sin fijar el sitio, que aún no hemos aclarado.
En esta parroquia se venera una reliquia de su titular, que se expone al público en su día.
Los libros parroquiales principian, los de bautismos en 1568, los de matrimonios en 1571, y los de defunciones en 1636.
Castigado por rayos e incendios
En uno de ellos hemos visto una nota en que se consigna que en la tarde del día 22 de mayo de 1815 se sintió una gran tormenta, y estando refugiados en el pórtico una porción de hombres, entre ellos el teniente cura de aquella parroquia, don Manuel Prieto, cayó un rayo con tanta violencia sobre el San Lorenzo que había en lo alto de la torre que lo partió y derribó medio sobre el pórtico, cuyo techo horadó, yendo a dar en el suelo, casi en los pies del expresado sacerdote. La escultura fue colocada en su sitio, poniéndole una piedra redonda por cabeza, la que otros rayos han derribado después.
Esta torre es el punto más combatido en Córdoba por las exhalaciones. Deben influir en esto dos circunstancias: primera, ser el edificio más elevado de todos aquellos alrededores, llanos en general; y segunda, la gran cantidad de hierro con que toda la torre está encadenada, y una gran barra formando punta que sostiene la escultura. En 1863, a las oraciones y en el momento de ir a un bautismo, cayó una centella que, bajando casi por el sitio de las cuerdas de las campanas, derribó algún material, el que hirió a uno de los dependientes.
En 1687 se pensó celebrar la fiesta de San Lorenzo, y al efecto se iluminó la torre en la noche del 9 de agosto. Se infiere que alguna de las luminarias se caería en la bóveda, cuando ésta principió a arder, sin que nadie se apercibiese de ello hasta que el fuego tomó grandes proporciones; así es que las campanas de la Magdalena y San Andrés fueron las que dieron el aviso. Con este motivo acudieron muchos operarios, lográndose al fin salvar una gran parte del templo y sacar el Sacramento, que trasladaron a los Padres de Gracia.
La reedificación se llevó a cabo bien pronto, gracias al empeño que demostró el corregidor y justicia mayor de Córdoba don Francisco Ronquillo y Briceño, a quien ayudó todo el vecindario. Sobre este suceso escribió un canto, que titula poema, don Jerónimo Rafael de Estrada, y fue impreso en Córdoba por Francisco Antonio de Cea y Paniagua, presbítero, en el mismo año.
En esta iglesia fueron bautizados el doctor don Gonzalo Serrano, que nació en 5 de noviembre de 1670; el hermano Francisco de Jesús, gran reformador de los ermitaños, que nació en 7 de junio de 1673, y el padre maestro fray José de Jesús Muñoz Capilla.
El personal actual de esta parroquia es de un rector, dos coadjutores y los dependientes de reglamento. En lo antiguo tuvo una rectoría, seis beneficios, un préstamo y dos prestameras.
Una procesión en socorro de los pobres
El mucho vecindario de este barrio y las malas condiciones de sus casas en general han hecho, sin duda, que en todas las epidemias sea muy castigado, particularmente en la de los años 1649 y 1650, en que algunos creían que se iba a quedar desierto.
Sin embargo, aquellos afligidos habitantes, a imitación de otros, acudieron al socorro de los pobres enfermos en el hospital de San Lázaro, y el día 23 de enero de 1650 formaron una procesión de esta manera: 5 acémilas adornadas vistosamente con aparejos, pretales, cintas y campanillas, cargadas, una de romero, otra de vino y tres de limones y naranjas; detrás, otras 12 con leña, 12 caballos adornados como si fuesen a una justa, todos cargados de trigo, 50 carneros guiados por un manso adornado de cintas y flores; tras éstos, muchos hombres con 24 espuertas de a media fanega llenas de pan, 12 esportones con media fanega de pasas cada uno, 2 arrobas de almendras, 200 gallinas, 6 jamones, 800 huevos, 87 libras de bizcochos, doce ídem de manteca de azahar, 8 pomos de agua de olor o ámbar, 50 salvillas de hilas, vendas y cabezales, 6 toallas, 2 macetas de jabón, 13 espuertas de alhucema y muchos panecillos de San Nicolás, a que ya hemos dicho que atribuían virtudes milagrosas, y detrás algunas luces y la imagen de San Lorenzo.
Delante de esta parroquia hay una plazuela en forma triangular, con una salida por cada ángulo, y además la calle de Roelas en uno de sus lados. En el centro tiene una raquítica fuente de mármol negro, con tres pajas de agua de la llamada de los Padres de Gracia o Miraflores, que nace en el arroyo del Camello, y alrededor algunos árboles plantados hacia al año 1854.
La Calle Santa María de Gracia y sus afluentes
Desde este punto hasta el Realejo, en que se corta el barrio, hay una calle que, según algunos autores, es tan antigua que alcanza a los romanos. En la actualidad se llama de Santa María de Gracia, por el convento de esta advocación. Tiene varias afluentes que debemos ir anotando.
Primera, calle de los Pleitineros, que desemboca en la plazuela de los Caballos; tomó el nombre de unos de ese oficio que vivieron en ella, y antes se llamó de los Carretones. Segunda, de la Cruz, que desemboca en la de Abéjar, y se llamó así, perdiendo el título de Horno de Hoces que tuvo -por el que hay en ella y era de dichos señores-, como éste sustituyó al de Juan de Velasco, jurado de aquel barrio, por una gran cruz que tuvo hasta 1841 en la esquina de una calleja sin salida que tiene y llaman de los Puchinelas, sin duda interpretando mal su título, que es de la Pichelera, por vivir en ella una mujer que se ocupaba en hacer picheles, especie de vaso de metal muy usado en otros tiempos. La tercera es una calleja sin salida que ha ido variando de nombre, según las personas que en ella han vivido: ahora se llama de Peña, antes de Doña Francisca, y primero de Lesma, apellido ilustre que ya no aparece en esta ciudad. Cuarta, Portería de Santa María de Gracia, por encontrarse ésta en ella, y da paso a la plazuela del Juramento o San Rafael. Y quinta, la del Verdugo, que generalmente achacan a haber vivido en una de sus casas el ejecutor de la justicia, lo que es una vulgaridad, pues éste tenía su morada cerca de la cárcel; el verdadero nombre es de Pedro Verdugo, uno de los dueños que ha tenido la casa que llaman Cuartel de la Piedra azul, y fue la solariega de los marqueses de la Granja, tomando este nombre de una losa azul que aún se ve en su fachada, y por haber servido de cuartel en varias ocasiones, después que aquel mayorazgo recayó en personas ausentes de Córdoba.
En la casa número 108 falleció de una afección al hígado y casi repentinamente don Joaquín Hernández de Tejada, citado al ocuparnos del cementerio de San Rafael. Esta casa creen algunos que fue hospital, porque así se dice tradicionalmente; tal vez sería alguno de los dos cuyo sitio no hemos podido designar.
Fundación del Convento de Santa María de Gracia
Don Pedro Ruiz de Cárdenas, alcalde mayor y veinticuatro de Córdoba, de quien dijimos en el paseo anterior que casó con doña María Fernández de Arenillas, no logró sucesión en su matrimonio, y deseando emplear sus bienes en alguna obra meritoria, en 16 de enero de 1475 otorgó su testamento ante Diego Correa, mandándose enterrar en la capilla de Santa María de Gracia, en los claustros del convento de San Agustín, y que sus casas principales en el barrio de San Lorenzo, linderas con las de Alfonso Sánchez de Castro, otras de Cárdenas y el arroyo, fuesen para fundar un colegio de doce mujeres honestas, por las ánimas de don Pedro Fernández de Córdoba y doña Elvira de Herrera su mujer, las de sus padres, hermanos y parientes.
Dejoles situados doce cahíces de pan terciado sobre el cortijo de Guadatín, otras casas en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía, un mesón y otras casas en Barrio Nuevo, hoy calle de Maese Luis y dos mil maravedises de renta sobre otros bienes. Dispuso que once de aquéllas fuesen llamadas hermanas menores, y por hermana mayor y patrona nombró a su mujer, tras ella a su sobrina doña Elvira Fernández de Córdoba, hija de su hermana doña Leonor Sánchez de Cárdenas, y que después fuese hermana mayor una matrona noble de las de su linaje nombrada por elección entre las once y que tuviera el patronato su sobrino Luis Gómez de Cárdenas y sus sucesores, a favor del cual fundó también un mayorazgo con los demás bienes que poseía.
En 23 de febrero de 1488 tomó posesión de la plaza de hermana mayor la expresada doña Elvira Fernández de Cárdenas, y he aquí el principio del convento de Santa María de Gracia, en que después se convirtió aquel beaterio, cuyo patronato conservan los señores Cañaverales, teniendo derecho a dar varias plazas de religiosas los señores Bodaña y los condes de Villanueva de Córdoba y de Prado Castellano.
La Iglesia Conventual
Este convento ha sufrido varias reformas. En 1601 le labraron la iglesia, que es de muy buena forma, con el presbiterio muy lindo y un altar mayor en cuyo centro se ve un buen cuadro de la Encarnación. Ocupan sus lados otros que representan a San Pedro de Verona y Santo Domingo de Guzmán, a cuya orden pertenece, y por cima están las efigies de San Francisco y San Raimundo, ocupando el centro un buen Crucifijo.
En la cruz que forma esta iglesia hay dos buenos altares modernos y de buen orden, con Santo Domingo y Santa Catalina de Sena, teniendo otros cuatro, uno de ellos dedicado a la Virgen del Rosario, en el que se ve un buen cuadro, obra de don Antonio Monroy. En la capilla del Descendimiento había un San Andrés, de Castillo, que ya no está en su sitio. Tiene coro alto y bajo muy espaciosos. En 1868 se refundió en esta comunidad la de Jesús Crucificado, por haberse suprimido su convento.
En el de Santa María de Gracia estuvieron las monjas que después lo fueron del Espíritu Santo las cuales, además de armar varias cuestiones con la comunidad, se salieron un día, con escándalo de toda la población, y se fueron al edificio de la calle del Liceo, como minuciosamente contaremos al llegar a aquel sitio.
Desgracia sin percances
El 29 de abril, Sábado Santo de 1642, cerca de oraciones, declarose un incendio tan grande en el expresado convento de Santa María de Graciaque en poco tiempo casi todo parecía una hoguera. Las monjas intentaron salvarse, mas viendo la imposibilidad de salir por la portería, ellas mismas, auxiliadas por fuera de algunos operarios, abrieron un gran agujero en la pared que da al arroyo y se salieron a la calle, yéndose acompañadas de unos capuchinos y otras personas al convento del Espíritu Santo, donde permanecieron hasta fines de mayo, en que, reedificado el suyo, se trasladaron a él. Este fuego duró hasta medianoche, que logró extinguirlo la multitud de gente que acudió y estuvo a las órdenes del obispo, del corregidor y todas las demás autoridades y personas importantes allí reunidas.
Apenas vueltas del susto las pobres monjas sufrieron otro casi de igual importancia. Era el 14 de junio, víspera de la Santísima Trinidad. Celebrábase una fiesta y las religiosas tan tranquilas ocupaban el coro bajo, oficiando la misa, cuando de pronto un espantoso ruido y multitud de gritos dejó asombrados a los sacerdotes que estaban en el altar y al público que ocupaba la iglesia. El coro alto se había desplomado y la comunidad quedó envuelta en sus ruinas.
Como sucede en todas las desgracias, la noticia cundió velozmente por toda la ciudad, acudiendo los maestros, las autoridades civiles y el obispo, que lo era el señor Pimentel. Procediose a quitar maderos y escombros, con especialidad hacia donde se oían lamentos, y cuando todos esperaban encontrar los cadáveres de las pobres monjas, las hallaron completamente sanas, si bien con algunos hábitos destrozados. La alegría reemplazó al llanto, y el obispo se dirigió al altar, donde entonó el Te Deum laudamus, contestándole la comunidad y el clero, y postrándose de rodillas la mucha gente allí reunida y que consideraban un milagro lo que acababan de presenciar.
En este tiempo, como siempre, había en la comunidad algunas señoras de los Cárdenas y Pinedas, por cuya intercesión el fiscal del Santo Oficio don Ramón de Pineda Ramírez de Arellano costeó el altar del Rosario, y don Nicolás de Pineda dio su venera de calatravo, con que hicieron a Santo Domingo la estrella con rubíes que lucía en las grandes festividades.
La calle Arroyo de San Lorenzo
Mas allá existe otra calle que dicen Arroyo de San Rafael, y luego de San Lorenzo, donde hay una puentezuela para facilitar el paso de la gente cuando aquél trae mucha agua, y por cierto que ya no es tan caudaloso, como diremos cuando demos nuestro paseo por el barrio de Santa Marina. En 1698 subió tanto el agua que llegó a cubrir la mesa altar mayor de la parroquia de San Lorenzo, sacando a muchos vecinos de sus casas en un barco, que el autor de cierto manuscrito vio atado a una reja en la plazuela de la Puentezuela de San Lorenzo. La represa consistió en estar obstruido el arroyo en el campo.
A la mediación de dicha calle hay otra sin salida, dicha de Manzano, apellido de uno de sus moradores, según hemos visto en los padrones antiguos. Al final está la salida del arroyo al campo; le dicen la Rejuela de San Lorenzo, por una que tenía para evitar el paso, y en la que atascándose la broza en tiempo lluvioso ha dado lugar a que se inunden aquellas casas, tanto que en la número 21 se ahogaron una vez doce o catorce cerdos que había en un alto formado en el patio y que subirá unas cuatro varas más arriba del piso del cauce.
Del punto descrito arrancan dos calles, una la de Abéjar, ya mencionada en la Magdalena y que debemos citar de nuevo porque la acera de los números impares corresponde al barrio de San Lorenzo.
En un huerto que hay en ella y perteneció a la casa principal de los Zúñigas estuvo el hospital de Nuestra Señora de la Asunción, que generalmente llamaban de Santa María de Agosto, el que se agregó en 1616 al de los Peregrinos, en la calle de la Feria, como en su lugar diremos.
La calle de la Escañuela
En el lado opuesto y formando tres ángulos va la calle de la Escañuela, nombre que tomó cuando la conquista, por haber entrado en Córdoba una legión compuesta en su mayor parte de vecinos de aquella villa, hoy menos importante. Casi a su salida a la calle Mayor de San Lorenzo se halla un huerto que dicen del Escudo, porque lució hasta hace pocos años el de los Pinedas del Valle de Carranza, que tuvieron allí sus casas principales. En el segundo rincón existió hasta el año 1841 una imagen de la Virgen con un farol, único que había en toda esta calle, una de las más abandonadas y sucias de la ciudad, particularmente en su primer tramo, que no tiene más casa que la de un pequeño huerto, pues la otra acera la forma la muralla.
En tiempos antiguos nadie transitaba de noche por este sitio, temeroso de ser sorprendido por un alma en pena que en forma de ternerilla descabezada salía de la Rejuela, creyéndose que era una mala hija que sufría las consecuencias de una maldición fulminada por su madre.
Mayor de San Lorenzo y sus bocacalles
Desde la parroquia hasta la plazuela de los Padres de Gracia hay una calle llamada Mayor y otras veces Ancha de San Lorenzo, sin duda la mejor del barrio, aunque no por sus edificios. Está casi paralela con las de la Banda y los Frailes, comunicándose por cuatro travesías, que son la calle del Trueque o de los Cambios, título que creemos tomó por haber sido el punto destinado en aquel barrio para recoger o cambiar las monedas, en virtud de la pragmática de los Reyes Católicos de 13 de junio de 1493, en que se prohibió la circulación de las antiguas. En aquel barrio dicen que el trueque fue el de un niño de padres ricos que dieron a criar, y muerto, lo cambiaron por otro, para que el segundo, de origen pobre, disfrutase las venturas del primero; pero ni dan más pormenores ni una razón que lo saque de las condiciones de un cuento.
La calle de Juan Palo, nombre y apodo de uno de sus antiguos vecinos, cuentan que era un buen Juan Lanas a quien su mujer trataba con el más despreciativo rigor, gastando lo que ganaba y sin cumplir todos los deberes de una buena esposa, valida del carácter bondadoso de aquel infeliz, que todo su consuelo era irse a quejar a su madre, la que le decía que ninguna medicina era tan eficaz como una buena dosis de acebuche, repitiéndole muchas veces: "Juan, palo, palo en ella, que el loco por la pena es cuerdo", hasta que su hijo se revistió del carácter de autoridad y con aquellas medidas logró cambiar el de su mujer, quedándole el apodo de Juan Palo, por lo mucho que su madre le repetía estas palabras.
La tercera es la calle de Álvar Rodríguez, nombre de uno de los jurados de aquel barrio, que vivió en este sitio y era muy conocido.
La cuarta es la del Queso, que en el siglo XVII tomó el nombre de la fabricación de este alimento, pero que en unión con la del Agua, que viene de la plazuela de los Padres de Gracia y se llama así por alagunarse en tiempo de lluvia, forman una cruz perfecta, razón por la que en los títulos antiguos aparecen llamándose la Cruz de San Lorenzo, y a la cabeza, que se puede considerar como una barrera o calleja sin salida, le dicen de los Ciegos por un recogimiento para éstos que hubo en aquel sitio.
Volviéndonos al objeto principal, o sea, la calle Mayor de San Lorenzo, debemos decir que formaba a su mediación una gran hondonada donde se recogían las aguas que corrían por un caño, pasando por la gran fábrica de curtidos que hay en aquel punto a desaguar en el arroyo de San Lorenzo por un cauce que ya no existe, y en el último tercio del siglo XVIII el corregidor don Luis Eguiluz la allanó toda, haciendo desaparecer aquella fealdad. Unida a dicha tenería hay unas casas principales que eran las solariegas de los Muñoz de Baena. Casi frente de ésta hubo una plazuela que en 1700 concedió la Ciudad a la cofradía de los Remedio de San Lorenzo, y labró en ella unas casas.
La Plaza de los Padre de Gracia
Al final de la calle Mayor de San Lorenzo hay una extensa plaza, de las mayores de Córdoba; unos le dicen de los Padres de Gracia, por el convento del mismo título que hay en ella, y otros de los Olmos u Olmedos, apellido de una familia que tuvo allí sus casas, aunque algunos opinan que tomó dicho nombre de unos árboles de esta clase que hubo en ella, explicación que creemos una vulgaridad.
En el centro tiene una fuente de horrible forma, dotada con una paja de agua de la llamada de Miraflores. Nace ésta en el arroyo del Camello, y fue descubierta por frailes trinitarios descalzos, quienes la pidieron al Ayuntamiento, que en 1634 se la concedió con la condición de labrar las fuentes de esta plazuela y la de San Lorenzo, utilizando la sobrante en el convento.
También estuvieron dotadas con este agua las fuentes del Campo de San Antón y Madre de Dios, como otra que hubo a la salida de la puerta de Plasencia, que está en este sitio y se llama así porque cuando la conquista de Córdoba la asaltaron por aquel punto los soldados de la legión con que aquella ciudad contribuyó a la guerra contra los infieles.
La Puerta de Plasencia
La puerta de Plasencia tuvo un tiempo la importancia que después adquirió la Nueva o de Alcolea. Reedificada en tiempos modernos, no revela su antigüedad ni hace concebir los recuerdos históricos que atesora. Por ella entró en Córdoba segunda vez el santo rey Fernando III, y engalanada se ha visto con orlas de arrayán y otros adornos para dar entrada a Alfonso el Sabio, Sancho el Bravo, Alfonso XI, los Enriques II y IV, Fernando V e Isabel la Católica, don Juan Labrit, rey de Navarra, y demás personajes notables que por esa parte vinieron a Córdoba antes de Felipe II, que lo efectuó por donde y como explicamos en el barrio de la Magdalena.
Por la puerta de Plasencia entraron también el cadáver de Fernando IV el Emplazado para depositarlo en Córdoba, como aún lo está en la iglesia de San Hipólito. Nuestra Señora de Linares, recuerdo inapreciable de la conquista de Córdoba, ha entrado siempre en ella por la puerta de que nos venimos ocupando.
El Quemadero del Santo Oficio
En contra de esos honrosos recuerdos que tanto enaltecen a nuestra patria tenemos otros que amenguan su esplendor y su gloria. Esta puerta da paso al campo nombrado el Marrubial, por la mucha yerba de esta clase que produce. En él estuvo el Quemadero, lugar horrible donde la Inquisición quemó a tantos desgraciados; era una especie de fogón con grandes dimensiones, hecho de material y con un mármol grueso en el centro, en el cual se colocaban los maderos a que ataban el infeliz que había de ser devorado por las llamas. En este lugar murieron todos los que sentenció el tribunal de Córdoba, a excepción de los primeros, inmolados a las afueras de la puerta de Baeza, frente a la Ribera, y en la isleta por bajo del puente.
He aquí las ejecuciones hechas en el Marrubial, según los datos adquiridos.
* En 2 de diciembre de 1625 fueron quemadas las estatuas de catorce sentenciados por judaizantes, muertos en las cárceles, tal vez víctimas de los tormentos que sufrirían. Dieron garrote a Leonor de Ávila, mujer de Álvaro George, vecina de Aguilar y natural de Écija; Guiomar López, portuguesa, vecina de Baeza; Antonio López, de la misma naturaleza y vecindad, y su mujer Gracia García, padres de Manuel López, que fue quemado vivo, y en quien tomaron los frailes gran empeño en convencerlo de sus errores y que reconociese la única y verdadera religión, a lo que ya en la hoguera contestó: "Reniego de Dios; primero me llevará el diablo que confiese a Jesucristo". Todo esto tuvo lugar a las nueve de la noche y ante casi todo el vecindario, que acudió a presenciar lo que ellos llamaban justicia y no era más que un escarnio de la misma.
* En 21 de diciembre de 1627 hubo otro auto de fe, y de sus resultas fueron quemadas en el Marrubial las estatuas de diez sentenciados, a quienes los inquisidores no habian podido capturar, y la de Alonso López de Acuña, que evitó aquella afrenta suicidándose con la tomiza de palma con que estaba liada una escoba que había en el calabozo, y una cuerda que formó con hilachos de sus calzones interiores, y sucumbieron en las llamas de Antonio Gutiérrez de Montiel y María Núñez, su mujer, vecinos de Aguilar; Francisca López, portuguesa y vecina de Bujalance; María de los Santos, de Priego, e Isabel Álvarez, vecina de Andújar, a la que llevaron en una silla por estar tullida y ciega. Sentenciados todos por judíos, acusados de amortajar sus difuntos con lienzo nuevo, ayunar los sábados, ponerse ropa limpia los viernes y en ellos aderezar los candiles, no comer tocino ni pescado sin escamas y otras cosas por el estilo.
* En 3 de mayo de 1655 se efectuó otro auto de fe y de él llevaron al Marrubial las estatuas de diecisiete ausentes, las de tres que habían muerto en los calabozos, y a Manuel Núñez Bernal, mercader, vecino de Écija; Elena Méndez, mujer de Francisco Rodríguez, mercader, su hija Blanca Rodríguez, Catalina Méndez, natural de Montilla, y Francisco López de la Cerda, vecino de Sevilla. A todos estos dieron garrote, menos al primero, a quien hasta el marqués de los Vélez le arrimó un crucifijo a la boca para que lo besara, sin conseguirlo, por lo que se dio el horrible espectáculo de colocarlo en el centro del quemadero, y rodeándolo de los cadáveres y estatuas de los otros infelices, les pegaron fuego, por el que todos fueron consumidos, en nombre de una religión tan grande y tan caritativa como la de Jesucristo. ¡Mentira parece que esto se haya hecho!
La muerte de Nuñez Bernal fue llorada de varios poetas judíos, sus amigos, entre ellos el capitán Miguel de Barrios, quienes le dedicaron una corona fúnebre, que vio la luz pública en Amberes.
* En 29 de junio de 1665 fueron quemados dos hombres y una mujer, además de muchas estatuas; uno de los primeros se arrepintió y pidió perdón, y entonces, por caridad, le dieron garrote antes de quemarlo. En 29 de septiembre de 1684 fue quemada la estatua de un reo que murió en la cárcel. En 24 de mayo de 1699 fue quemado por judaizante un matrimonio. En 14 de febrero de 1700 fue quemado otro infeliz acusado de judío. En 20 de abril de 1721 fue quemada una mujer. En 12 de abril de 1722 fueron quemados otros cuatro, vecinos de Córdoba, aunque no naturales de ella, acusados de judaizantes. En 13 de junio de 1723 fueron quemados seis con las estatuas de otros dos. En 3 de mayo de 1730 una mujer en persona y nueve en estatuas. En 4 de marzo de 1731, cuatro en estatuas.
* En el año 1870 se presentaron algunos carreros comisionados en comprar huesos, con destino a las fábricas de guano, y sin que sepamos quién fue el primero, empezaron a sacar aquéllos de este campo, llegándose a juntar cerca de doscientas personas de todas edades en esta faena, asegurándose que eran de las bestias que antiguamente arrojaban en aquel egido, pues no de otra manera podía haber tanta abundancia, y no sería extraño que entre ellos hubiese algunos de los desgraciados muertos allí de la desastrosa manera que hemos consignado. El alcalde se opuso a que la gente hiciese esta operación, produciendo un conflicto, hasta que al fin consintió en ello, de acuerdo con el gobernador, con la condición de que dejasen el terreno en la forma en que lo encontraban, o sea, cubriendo los barrancos que iban abriendo.
La leyenda de Don Luis Fernández de Córdoba
Vamos a hacer referencia de una curiosa tradición hallada en una de las copias de los Casos raros de Córdoba.
Hacia los años 1511 ó 1513 vivía en esta ciudad un opulento caballero llamado don Luis Fernández de Córdoba, cuyo apellido por sí solo da una idea de la importancia de su casa. Poseía muchas fincas rústicas y urbanas, contándose en las primeras una heredad de olivar con casa y molino en el Marrubial.
Un día entráronse en ella dos jóvenes, quienes hicieron daño en la arboleda, y sabido por el dueño, fue allá con sus esclavos, haciendo a éstos que prendiesen a aquéllos y sobre la cerca les cortasen las orejas, gritando en alta voz: "Esta es la justicia que manda hacer el señor Luis de Córdoba con estos hombres, por el desacato que han cometido en su heredad", repitiéndose este pregón de vez en cuando y todo alrededor de la finca, por donde fueron paseados.
Los infelices, bañados en sangre, se presentaron al corregidor don Alonso Enríquez, quien, montando en cólera, salió en busca de don Luis; éste volvía para su casa, y viendo que su prisión era segura tomó iglesia en la de San Lorenzo, burlando así el pronto castigo que le aguardaba. Entonces le fueron confiscados sus bienes, que tuvo en administración Luis Fernández de Valenzuela, y una sentencia de muerte fue el fallo de la causa.
La esposa del reo, doña Isabel Gutiérrez de Porras, pasó a Sevilla, y arrojándose a los pies del católico Fernando V le pidió el perdón tan ansiado para su esposo. El rey escuchó su demanda, y por el pronto, sólo le contestó: "Dueña, ¿me rogáis por un hombre tan malo?", a lo que replicó: "Señor, es mi marido y padre de mis hijos". Al fin le fue concedido el perdón y devolución de bienes, con ciertas condiciones a favor de los jóvenes que perdieron las orejas en manos de aquel soberbio caballero.
El Marrubial y su Entorno
En el Marrubial y cercano a la puerta de Plasencia hemos conocido un calvario costeado por la hermandad de Jesús, en San Lorenzo, la que todos los años le hacía los reparos indispensables.
En este egido se reúnen para formar uno solo los arroyos de las Piedras, Matadero, Hormiguita, Camello y Casitas Blancas; dos de ellos casi rodean una gran cruz de piedra conocida por la del Padre Roelas, erigida donde este venerable tuvo la suerte de que se le apareciese nuestro custodio el Arcángel San Rafael acompañado de los mártires de Córdoba, como en este mismo paseo explicaremos.
Casi frente de la expresada cruz está situado el hermoso jardín de Miraflores, costeado por el señor don Juan de Dios Manrique, marqués de Villaverde, bajo la acertada dirección del notable floricultor don Manuel Corrales, quien ha logrado aclimatar y aun propagar multitud de plantas que eran desconocidas entre los jardineros cordobeses. Hay varios invernáculos hábilmente preparados, un curioso laberinto, los escudos de aquella familia hechos de boj, y otra porción de curiosidades que llaman la atención de cuantos visitan aquel delicioso recinto. En el centro de una de las fuentes hay una mediana estatua de Aqueronte, vaciada por el escultor contemporáneo don Antonio Poz, de quien anotaremos otras obras.
Hacia 1865 se proyectó construir en este egido un presidio provincial, conforme a lo que la superioridad tenía ordenado, llegándose hasta el punto de presentar el anteproyecto, que llevó a cabo de una manera digna de mejor suerte el ilustrado y concienzudo arquitecto provincial don Pedro Nolasco Meléndez, de quien hicimos mención al visitar el cementerio de San Rafael.
El Marrubial fue una de las salidas más importantes de Córdoba, por arrancar de él el camino para Madrid antes de hacerse la carretera hasta Cádiz en el reinado de Carlos III. En la subida y en dirección al arroyo de Pedroche encontramos un pequeño edificio destruido, conocido por el Polvorín; éste fue su objeto muchos años, hasta que por su estado ruinoso lo abandonaron.
Cerca del arroyo de las Piedras hay una fuente con agua de la Palma, construida en 1860, siendo alcalde don Carlos Ramírez de Arellano, que tantas mejoras realizó en esta ciudad, como oportunamente iremos anotando.
El Convento de los Padres de Gracia
Contiguo a la puerta de Plasencia y formando uno de los frentes de la plazuela de los Olmos se encuentra el convento de los Padres de Gracia, trinitarios descalzos, fundado en 1607 en una antigua ermita de Nuestra Señora de aquella advocación, concedida por el obispo don fray Diego de Mardones al reformador de la orden de la Santísima Trinidad, venerable padre fray Juan Bautista de la Concepción, quien vino a Córdoba acompañado de fray Gabriel de la Asunción, que a poco siguió a Sevilla con el objeto de realizar otras fundaciones.
El primero se llamó en el siglo Juan Bautista García, hijo de Marcos e Isabel López, y natural de Almodóvar del Campo, donde nació en 19 de julio de 1561. Hizo la reforma de su orden, y después de fundar por sí mismo ocho conventos, murió en éste en 14 de febrero de 1613, siendo beatificado por Pío VII en 19 de agosto de 1819, concediéndosele rezo y misa en 28 de marzo de 1820.
Mis lectores dispensarán tantas digresiones, hijas de mi deseo de allegar noticias históricas a esta obra, y sigamos la descripción de este convento, en un principio especie de hospicio para los frailes de la Trinidad, pero que bien pronto fue adquiriendo importancia, llegando a la que nuestros padres le han conocido, hasta que en 1835 fue suprimido como todos los de España, siguiendo la iglesia abierta al culto, costeado con limosnas y ayudado por la hermandad del Santísimo Cristo de Gracia, puesto que otra de Jesús Rescatado se encuentra casi disuelta.
El convento es bastante capaz, con tres pisos de fea e irregular construcción, bajos de techos, angostos y con muchas e incómodas escaleras. Cuando la exclaustración quedó sin objeto. Después fue destinado a presidio, que duró dos o tres años, hasta que en 1843 el Ayuntamiento pidió la supresión, en perjuicio de los intereses de Córdoba y principalmente de aquel barrio, al que alguna vida prestaba. Con posterioridad se colocaron en el piso bajo los caballos sementales, quedando el resto abandonado y convirtiéndose en ruinas, sucediendo en este tiempo que muchos lo pedían y nada se hacía en él, hasta que en 1866 vinieron tres sacerdotes que se decían trinitarios con la idea de volver a erigirlo en convento, lo cual no tuvo eco en los cordobeses. También sirvió de hospital de coléricos en las invasiones de 1855, 56 y 60, y en 1868 de hospital de sangre para los heridos que resultaron de la batalla de Alcolea en la tarde del día 28 de septiembre.
Exterior del Templo
A la iglesia se entra subiendo por dos rampas encontradas a una gran lonja que hay delante de ella, antiguamente cerrada por un antepecho de cantería y dos verjas; tiene en el centro una cruz primorosamente trabajada en hierro, que aún se conserva, con un pedestal debajo.
La fachada es vistosa, aunque de escaso mérito. Tiene cinco puertas, dos que facilitan el paso al interior del convento y tres en el centro que dan al cancel. Por cima se ven la Santísima Trinidad, San Juan de Mata, San Félix de Valois, Santa Inés, Santa Catalina y otros, terminando en un triángulo, en cuya cúspide descuella la imagen de la Virgen.
En esta lonja había unos corpulentos cipreses que le servían de adorno, pero cuando las fiestas hechas en esta casa en celebridad de la beatificación de su fundador les colocaron unos alambres para los fuegos artificiales que se hicieron, quedando tan destrozados que los arrancaron, construyendo con ellos varias bancas de las que hay en la iglesia, y las columnas para el manifestador que ahora sirve de trono a una pequeña imagen de la Virgen que está en el primer altar, entrando a la derecha.
Descripción de su interior
El interior es una hermosa nave con crucero, bóveda y cúpula, con varios recuadros en que se ven pinturas, al parecer de mérito. El altar mayor tenía un lindo y correcto retablo de orden dórico, construido en 1832 por el maestro don Joaquín Guijo, colocándole en el centro un relieve representando la Santísima Trinidad, obra del escultor don José Cano, así como los demás adornos eran del tallista don Diego Molina. Esta obra la costeó el padre provincial fray Antonio de Tejada, ayudado con 10.000 reales que le dio el padre Vélez, agradecido a lo bien que aquella comunidad lo trató en la época de 1820 a 1823, en que estuvo algunos días recluso en este convento, porque en este tiempo fue cerrado el suyo, de Capuchinos, por no llegar sus frailes al número necesario.
Esta iglesia tenía desde su construcción un retablo cubriendo todo el testero, y cuando en 1810 los franceses suprimieron las comunidades, lo arrancaron y vendieron por leña. Después, en 1814, se volvió a abrir, llevando en una solemne procesión las imágenes del Santo Cristo de Gracia, los fundadores y otras, que estuvieron en la Compañía, San Andrés y San Lorenzo, colocando entonces provisionalmente uno de los retablos colaterales, que casualmente se salvó, y haciendo éstos nuevos. Hacía mal efecto, y por eso en 1832 hicieron el que hemos mencionado, que hoy está deshecho en una atarazana, porque viéndolo sin pintar, en 1869 lo quitaron para sustituirlo con el del convento de Jesús Crucificado, poco antes suprimido, que es un montón de hojarascas sin orden ni gusto, y en el cual colocaron el relieve que el otro tenía; allí se ven mezclados santos de las órdenes de la Trinidad y Santo Domingo, como lo son San Juan de Mata, San Félix de Valois, Santo Domingo de Guzmán y San Vicente Ferrer, y en el centro una Concepción procedente del expresado convento.
Hay altares colaterales de orden compuesto, modernos y muy lindos, venerándose en el del evangelio una buena escultura del beato Juan Bautista de la Concepción, y por bajo sus restos o reliquias, dentro de una urna de caoba con adornos de bronce, y en el de la epístola está San Miguel de los Santos, al parecer de la misma mano, y otra urna con sus reliquias. Cerca del primero está el de la Concepción, obra del escultor Pedro Roldan, quien dicen la hizo en competencia con Pedro de Mena, y los altares de Santa Clara y Santa Bárbara, todos tres antiguos, de muy mal gusto.
En el crucero se ven los cuatro evangelistas, de tamaño natural, hechos por el escultor don Alonso Gómez de Sandoval; entre dos de éstos hay un arco que da entrada a la capilla de Jesús Rescatado, porque dicen que lo fue del poder de los infieles, la que es de buena forma, con cúpula, y edificada en 1721. Tiene un retablo de mal gusto, con camarín, en que está la imagen de Jesús Preso, de vestir, y sobre repisas las de San Rafael y San Miguel.
Sepulturas de un escultor y un médico
En el centro está sepultado el ya dicho escultor, con una losa en que se lee: Aquí yace Don Alonso Gómez de Sandoval, célebre escultor, natural de esta ciudad, en la que floreció con grande aceptación. Falleció en 28 de octubre de 1801 á los ochenta y ocho años y tres meses de su edad. Requienscat in pace. Éste fue el autor del San Rafael que se venera en su iglesia, y de otras esculturas que oportunamente diremos.
Casi debajo del arco de entrada hay otra lápida en que se lee: Entierro del Doctor Don Gonzalo Antonio Serrano, Maestro en la ciencia Matemática, principalmente en la Astronomía y Astrología, médico en Córdoba su patria. Murió Año de 1761.
Este célebre cordobés, de quien volveremos a ocupamos, nació en Córdoba en 5 de noviembre de 1670 y fue bautizado en San Lorenzo, y murió en 2 de febrero de 1761. Escribió Astronomía Universal teórica y práctica. Córdoba, 1735; Crisis Astrológica, dos tomos en folio; Tablas filípicas Astronómicas del P. Ricciolo, traducción; Teatro supremo de Minerva con su católico decreto y sentencia definitiva á favor de la Astrología, Córdoba, 1723, en cuarto; Apología pacífica, médico práctico y rayos luminosos de Apolo, 1739, en cuarto, y otras obras manuscritas.
El Cristo de Gracia y otros altares
Sigue otra capilla, también con media naranja, y en sus arranques cuatro lunetos con pinturas, que sin duda no fueron hechas para aquel espacio, mayor que ellas. En el frente hay un mal retablo con camarín, y en él la imagen del Santísimo Cristo de Gracia, de tamaño colosal, donada al convento en 1618 por Francisca de la Cruz, viuda de Esteban Fernández de la Cámara. Es de una madera de poquísimo peso, y hecha en la Puebla de los Ángeles; la cruz es más moderna. Esta escultura se hizo para colocarla en sitio más elevado.
Casi a los pies de la iglesia y en el mismo lado hay otro altar con camarín, donde se ve una especie de tabernáculo y en él una imagen de la Virgen que titulan Nuestra Señora de Gracia. Dicen ser la titular de esta casa, pero es un error, pues ésta es otra que hay en la sacristía y que revela su antigüedad. Frente se ve un retrato del fundador, beato Juan Bautista de la Concepción, y por bajo esta décima: Bajo este muro sagrado /por su suerte venturoso, /estuvo el cuerpo dichoso /de su fundador guardado: /aquí fue donde invocado /el Beato Concepción, /lograron sin restricción / remedio en todos los males, / cuantos en casos fatales / imploran su intercesión.
Toda la iglesia está por bajo embovedada, y en el lugar que corresponde a la anterior décima existe el sepulcro donde estuvo el cuerpo del fundador, hasta que beatificado se sacó y puso como reliquia en el altar antes expresado. Hay un buen coro alto y una extensa sacristía, baja de techo, con zócalo de azulejos, algo destruidos, y un altar donde está la primitiva Virgen de Gracia y dos esculturas de mármol blanco. En los lados hay dos grandes espejos rodeados de primorosa talla dorada.
La capilla mayor es patronato de los duques de Almodóvar del Río, como descendientes de don Pedro Arias de Acevedo, que lo adquirió. También se veneran en esta iglesia los cuerpos de San Esteban y San Valerio, que donó a la orden el papa Urbano VIII.
Varios son los frailes de este convento que adquirieron gran fama de buenos predicadores, pero sólo nos creemos en el caso de mencionar al venerable padre fray Luis de la Santísima Trinidad, que falleció en 1649, dejando impresas dos obras tituladas Noche y día del alma, de que hemos oído algunos elogios.
La calle de los Frailes
Salimos del convento para seguir nuestro paseo por el barrio de San Lorenzo, y ya nos encontramos en una calle larga y de regular anchura, citada en los títulos de las casas con tres distintos nombres: primero Empedrada, por haber gozado este beneficio antes que las de sus alrededores; luego de los Ciegos, por dar a ella una de las puertas del recogimiento de que antes hablamos, y según otros, porque vivió aquí una familia cuyos individuos eran todos faltos de vista; y últimamente y en la actualidad, calle de los Frailes, por los mencionados Padres de Gracia. A su mediación hubo una calleja sin salida que en el siglo XVII se le concedió a aquéllos, y aún forma parte de su huerta. En 1841 se quitaron seis u ocho cruces que había repartidas por la calle y que los vecinos adornaban el día 3 de mayo, armando muchas funciones a las puertas de sus casas.
En el día 22 de marzo de 1732 hubo una gran tormenta con granizos y varias exhalaciones; una de ellas mató en la hacienda conocida por El Higuerón a un joven llamado Juan Solano Pérez, que estaba guardando ganado, hijo de un honrado vecino de la calle de los Frailes, a donde lo trajeron para hacerle el funeral. De esta tormenta escribió un romance que se imprimió en aquel año un Miguel Notario, autor de otros trabajos por el estilo.
Al final, y ya mirando a la plazuela, hay una calleja sin salida que dicen de Buenos Vinos, apellido y no apodo de uno de sus antiguos moradores. Dentro de ésta hubo una plazuela que llamaron del Olmillo, convertida hoy en huerto.
La Iglesia de San Juan de Letrán
En la plazuela de San Juan de Letrán hay una iglesia que se llama así por gozar de todas las indulgencias y prerrogativas de la de igual título en Roma. Es muy fea, baja de techo, éste plano y con vigas azules, y forma dos naves, la principal y otra en el lado del evangelio, teniendo a un extremo la escala porque se sube de rodillas para ganar ciertas indulgencias.
El retablo del altar mayor es muy antiguo y no malo. En el centro está un Crucifijo que dicen de las Penas, el cual debió ser para otro sitio, puesto que le han acortado los brazos y está desproporcionado; a un lado San Juan Bautista, y al otro Jesús en ademán de recibir el agua del bautismo. De estas imágenes cuidaba una hermandad, extinguida hace muchos años. Otra venera en altar propio, desde 1528, a Nuestra Señora de Villaviciosa, imagen que hicieron antes de trasladar a Córdoba la que está en la Catedral, a la que acompañaba cuando la traían en rogativa.
El principio de esta iglesia no es conocido, y sólo hemos averiguado que se incorporó a la de Roma en 1555, y con el carácter de perpetua, en 27 de septiembre de 1801. Se venera en ella un fragmento de uno de los brazos de San Lorenzo, que trajo de Roma y le donó una mujer llamada Isabel Rodríguez de Córdoba, la cual dice en su testamento que se sacó en 1555 ante el papa Paulo IV.
A la ermita y hermandad de San Juan de Letrán se incorporaron en 1622 los caballeros de Premia, quienes se reunían en sus casas, que eran unas con cinco puertas, en la plazuela de los Olmos, ocurriendo con esto muchos disgustos entre ellos y los cofrades, según consta en un manuscrito que conserva la Academia de Ciencias y Bellas Letras de Córdoba.
La calle de la banda y sus afluentes
De dicha plazuela arranca la calle de la Banda, avanzando hasta el Cementerio Viejo, el primero que tuvo el barrio de San Lorenzo, pequeña plaza con una calle sin salida o barrera que también lleva su nombre. Entre los muchos nobles en lo antiguo vecinos de aquella parroquia hubo un caballero de la Banda, y de él se dio el nombre a la calle.
Son afluentes a ésta, además de las del Trueque y Juan Palo, la llamada del Cristo de San Rafael, por un Crucifijo que hubo en ella y para distinguirla de otras de igual nombre. Casi a su mediación hay una casa, principal un tiempo, que ha pertenecido a la colegiata de San Hipólito, y en 1835 sirvió de hospital para los coléricos.
Contigua a la iglesia de San Juan de Letrán y formando línea con ella está la calle de San Juan y Palomares, apellido de uno de sus vecinos, anteponiéndole el nombre de la ermita para distinguirla de otra de Santa Marina. En este punto encontramos, ya segregada del convento, la huerta de los Padres de Gracia, hoy propiedad de don Antonio Blasco, quien ha establecido en ella un depósito de flores, arbustos y semillas a la venta, el primero que en Córdoba se ha conocido; tiene dos magníficas palmas, buenos invernáculos, albercas con abundantes aguas y dos cuerpos de casa.
Las canastillas o cuestezuelas
La calle donde nos encontramos vuelve a las Costanillas, como si dijéramos las Cuestezuelas, y en este ángulo de la población encontramos varias vías, todas muy cortas y que han ido tomando los títulos de las personas más notables, o cualquier otra cosa que en ellas ha habido.
Tenemos calle de las Rosalas, por el apellido Rosal; Rivas y Palma; Juan Tocino, de que ya hablaremos; Hornillo; Pozo de dos Bocas, por uno de noria dividido en dos; Guzmanas, por el apellido Guzmán, cuyos señores tuvieron allí una de sus casas; Huerto Hundido, por uno que carece de tapias y está convertido en plazuela hace un siglo; Resucitado, porque dos de sus casas eran de la hermandad que hay en Santa Marina; Montañas, antes de San Martín, por la iglesia de este título en la calle del Montero; Huerto de los Aldabones, por unos muy grandes y antiguos que tenía en la puerta, así como en el interior había unas inscripciones romanas que hoy están en el Museo provincial, y Nieves Viejas, porque fue donde primero estuvo este convento, y algunos le dicen de Anquea; en esta calle vivió don Francisco del Rosal, autor del Diccionario etimológico.
La calle Montero
Desde la plazuela de San Juan de Letrán hasta la calle del Dormitorio de San Agustín está la del Montero, una de las mejores del barrio y que encontramos llamándose así en el siglo XIV, que es hasta donde hemos podido llevar nuestras pesquisas, sin hallar una explicación de su origen que nos convenza.
Quien dice que fue un Montero de Espinosa que vino a Córdoba y se estableció en aquel barrio, entonces uno de los más principales; quien que era el mejor monteador que se conocía, por lo que toda la aristocracia se servía de él para que la acompañase en las montarías, que antiguamente eran de gran importancia, porque estando sin desmontar muchos terrenos la caza mayor era abundantísima, tanto que los lobos eran temibles porque salían en bandadas a buscar el ganado, y en algunos sitios del término de Córdoba, Posadas y otros puntos de la sierra había muchos osos, que con los desmontes y la guerra que se les hacía han desaparecido.
Y por último, hay quien asegura, con visos de exactitud, que el Montero debió ser un fabricante o confeccionador de monteras, con que todos cubrían sus cabezas, pues es muy sabido que el uso del sombrero es moderno y no español, tanto, que los cordobeses, en los primeros que se pusieron, conservaron el pico de sus monteras, y de aquí el famoso sombrero de púa con que se les distingue en los cuadros de costumbres populares.
A su mediación está la calle del Cristo de los Velascos, familia noble de esta ciudad que tuvo allí una de sus casas; da comunicación a la del Cristo de San Rafael, y como a la mitad hay una calleja sin salida titulada de las Polacas, por la nacionalidad de unas mujeres que en ella vivieron.
También se ve en la calle del Montero, donde forma una plazuela con la salida de la de Rivas y Palma, una fuente de horrible figura dotada con paja y media de agua de la llamada de la Palma; lleva el nombre de la Mariblanca, que el corregidor que la hizo le puso en imitación de la tan célebre de Madrid. Esta calle está alcantarillada, siendo de creer que desaguara en el arroyo de San Lorenzo que, como en otro lugar diremos, era bastante profundo.
La Ermita Nuestra Señora de las Montañas
Ya que en este sitio nos encontramos y frente a la pequeña ermita de Nuestra Señora de las Montañas, cuya modesta fachada nada ofrece de particular, justo será le dediquemos algunas líneas para que nuestros lectores sepan algo de todo cuanto vean en Córdoba cuando tengan la humorada de visitar estos apartados barrios.
El origen de este edificio se pierde en los misterios de la antigüedad. La primera vez que lo hallamos es con el título de hospital de San Martín, siendo después hospedería de los ermitaños de la Albaida, teniendo también allí su archivo, que en 1716 se llevó al desierto de Belén, a excitación del hermano Francisco de Jesús, y con autorización del provisor don Manuel González Benito, y en 1831 trasladaron su hospedería a la puerta del Osario, donde aún existe, y de la que en su lugar hablaremos. Casi desde entonces está al cuidado de una cofradía de Nuestra Señora del Rosario, con la advocación de las Montañas, que aquéllos tal vez le darían, y de este modo se costea el poco culto que se la rinde.
La iglesia, como hemos dicho, es muy pequeña, con tres altares, viéndose en el del centro la dicha imagen, por cima San Martín, y a los lados San Juan y la Magdalena. Los otros dos están dedicados a un Ecce Homo y San José. Entre éstos y la puerta se ven otro San José y una Virgen en lienzo, colocados en dos grandes y bien tallados medallones; hay algunas otras pinturas de escaso mérito. La casa era muy grande, como para un pequeño hospital, pero cuando la desamortización la dividieron y fue enajenada casi en totalidad.
La plazuela del Pozanco y su entorno
Damos frente al mercado de San Agustín, del que unas casas son de San Lorenzo, aunque la mayor parte, de Santa Marina. Penetramos en otra plazuela entrelarga que dicen el Pozanco por una gran hondonada que en lo antiguo formó y fue rellena cuando el arreglo del arroyo de San Lorenzo (1789). Allí hay unas escuelas públicas y gratuitas, hijuelas de las llamadas de la Compañía, que fundó el deán don Francisco Javier Fernández de Córdoba, de que ya hablaremos, y al lado una calleja que dicen de los Torres, apellido de unos de sus antiguos vecinos.
En este punto encontramos dos calles, ambas muy estrechas y en dirección opuesta. Dejemos una llamada del Custodio, por dirigirse a San Rafael, y antes de los Amortajados, apodo de unos hermanos a quienes les llamaron así por lo enjutos y estirados que eran. En uno de sus rincones hubo colocada una imagen de la Pastora, que quitaron en 1841, como casi todas las que hemos ido citando.
Tornemos a la calle contraria, que dicen del Peral, por uno que había en una de aquellas casas y asomaba su ramaje, y salimos a la de Jesús Nazareno, que comunica del mercado de San Agustín al Arroyo de San Rafael. Crúzala la de Carchenilla, apellido que ya no se conoce en esta ciudad y que no sólo dio nombre a aquel tramo sino a toda la calle que venimos describiendo. Carchenilla era panadero y vivió en el horno que hace esquina. Toma el nombre de Jesús Nazareno por el hospital de esta advocación que hay en ella, como antes se llamó del Hospital de San Bartolomé, lo mismo que aquel establecimiento.
A su mediación y frente a la iglesia hay una plazuela, hecha por la cofradía de Jesús para que volviesen los carruajes; en ella existe una vía sacra con cruces de mármol, costeada por dicha corporación en 1820.
El Hospital de Jesús Nazareno
Es tiempo de penetrar ya en el hospital de Jesús Nazareno, enterando a nuestros lectores de cuanto acerca de su historia hemos averiguado, digno de referirse.
Como en otro lugar decimos, grande, muy grande debió ser la devoción que los cordobeses tuvieron a San Bartolomé, cuando a poco de la conquista de Córdoba encontramos varios templos de su advocación, pues, como iremos explicando, pasan de ocho. En aquellos tiempos se fundó este hospital, por cierto de escasísima importancia, por una hermandad de pañeros que luego lo abandonó. En este estado, en 1579 se formó una cofradía de Jesús Nazareno, fomentada por lo más ilustre de la nobleza, cuya institución aprobó el obispo don Martín de Córdoba y Mendoza, quien le concedió la iglesia de que hablamos, con derecho a darla título en unión con el del santo apóstol. El fervor de los cofrades y los milagros que se contaban de aquella imagen hizo crecer la devoción, extendiéndose a todos los vecinos de la ciudad. Mas antes de pasar adelante, contaremos la procesión más solemne que se le ha hecho, y de la cual hemos adquirido muchos pormenores.
La procesión más solemne de Jesús Nazareno
En el barrio de la Magdalena referimos los horribles estragos que hizo en Córdoba la gran epidemia de landres o carbunclos que se padeció en los años 1649 y 50, y que establecidos hospitales a las afueras de la Puerta Nueva, todos acudían con limosnas, al par de las rogativas de todas clases, por la salud de la ciudad. Pues bien, ésta, de acuerdo con la cofradía de Jesús Nazareno, determinaron llevar tan venerada imagen en procesión para ver si por este medio se apiadaba de los afligidos cordobeses.
Era hermano mayor el veinticuatro don José de Valdecañas y Herrera, quien hizo fijar unas convocatorias diciendo que ambas corporaciones tenían decidido que el viernes 18 de febrero de aquel año, 1650, saldría Su Divina Majestad, la que convidaba a asistir a todo el pueblo, habiendo confesado y comulgado, para que fuese cada uno con su cruz, disciplina o cera, ofreciendo todos no jurar su santo nombre en vano, a cuyo efecto se publicaba la pragmática de los juramentos. Además, se hizo a voz de pregón, que se repitió el expresado viernes, acompañado de instrumentos, según costumbre en aquella época, y en todos los puntos más concurridos de la ciudad se situaron los jesuitas, predicando contra el feo vicio de jurar.
Grande fue la concurrencia que aquella mañana acudió a todos los templos a confesar y comulgar, más que si hubiera sido Jueves Santo, y el señor obispo dispuso que en todas se tocase rogativa y manifestase al Santísimo, comprendiendo esta orden hasta los conventos de la sierra.
A la una del día principió a salir la procesión con asistencia de la Ciudad, que presidía el señor don Esteban Cervantes y todos los veinticuatros, algunos llevando el pendón, que era de damasco morado con borlas de oro; tras éste iba la cruz parroquial de San Lorenzo, que ocupaba el primer lugar, a la que seguían 1.786 hachas de cera, además de las velas que llevaban niños y mujeres, cerrando la procesión las andas con Jesús Nazareno, seguido de un hermoso palio, también de damasco morado y guarnecido con puntas de oro; a los lados la Universidad de señores beneficiados que voluntariamente se presentó con cera, así como todas las comunidades religiosas, que entonces eran muchas y numerosas, y detrás cerca de 700 personas descalzas con cruces en sus hombros, o aspados con barras de hierro o espadas.
Salieron por el lado de San Agustín, cuya comunidad los esperaba delante de su convento, con su capilla de música; volvieron a las calles de Ocaña, Lodo y Realejo a San Andrés, donde estaba el clero de la misma con cruz y capa y la imagen de San Roque, a quien asistía su hermandad. Siguieron por la calle de San Pablo, y en la puerta que dicen del Hierro estaban los frailes, que tomaron las andas de Jesús, llevándolo hasta la esquina de la Espartería. Lo mismo hicieron los de San Francisco en lo alto de la calle de la Feria, hoy San Fernando, dejándolo en la Cruz del Rastro.
Continuaron por la Carrera del Puente, entrando por la Alcaicería, entonces expedita. Llegaron a la puerta de Santa Catalina, donde los esperaba todo el Cabildo con su música, pasó por el coro y la capilla de Nuestra Señora de Villaviciosa y salió por la puerta del Deán a dar la vuelta por el palacio del obispo, debiendo advertir que al llegar aquí la cruz aún no había salido la imagen de su iglesia.
Continuó por la Carrera del Puente, Potro, a San Pedro, donde también le esperaba el clero. Siguió a la Puerta Nueva, por la que salió ya de noche; allí esperaban todos los frailes de San Juan de Dios, con su imagen, la que inclinaron en ademán de besarle los pies, y tomando a Jesús los señores beneficiados y demás clero, fue visitando los edificios que constituían el hospital, presentando aquel campo una vista muy sorprendente, toda vez que, haciendo allí parada, se vieron reunidas todas las luces que llevó durante la carrera.
Concluida su visita entró por la citada puerta y calle del Pozo, haciendo una parada en la plaza de la Magdalena, mientras las monjas de Santa Inés le cantaron el Miserere desde su mirador. Siguió por las calles de los Muñices y Realejo, pasó por la iglesia de Santa María de Gracia, donde le volvieron a cantar, y desde allí continuó a su casa por el Buen Suceso, a entrar otra vez por San Agustín, cerca de las nueve de la noche.
En muchas otras ocasiones ha salido en procesión esta venerada imagen, acompañada de las de la Virgen, la Magdalena, San Juan y la Verónica, pero nunca con el lujo y concurrencia como en la que hemos referido.
El venerable Padre Cristóbal
Con motivo de la epidemia, y ansioso de consagrarse a la asistencia de los enfermos, bajó a Córdoba un siervo de Dios llamado el hermano Cristóbal de Santa Catalina, quien buscaba un sitio donde edificar el hospital que él se había propuesto. Fijose al fin en esta ermita, la pidió al obispo don Francisco de Salizanes, y concedida en el año 1673, principió la obra el día 11 de febrero, casualmente Miércoles de Ceniza, y en seguida a admitir enfermas, con gran placer de los cordobeses, quienes empezaron con largueza a contribuir a tan recomendable y piadosa obra. Entonces instituyó las dos congregaciones de hermanas y hermanos, las primeras para la asistencia de las enfermas y cuidado interior del establecimiento, y los otros para las faenas impropias de aquéllas, póstula y cuidado de iglesia y portería.
Entre los primeros que acudieron a asociarse al venerable Cristóbal figura el hermano Pedro Sandín, incansable en el trabajo y la oración; murió en 1678 con gran fama de virtuoso. La primera hermana fue Juana María de San José, que con su ejemplo y buenas acciones contribuyó tanto a la instalación de aquella comunidad. De ella nacieron las que hay en otros hospitales de esta provincia, rigiéndose todas por las reglas del de Jesús Nazareno de Córdoba, que reformó el rector y capellán don José Capilla, aprobándolas el obispo don Pedro de Salazar en 26 de abril de 1740.
El hospital siguió su marcha, cada vez con más crédito, y en 24 de julio de 1690, a la una y media, falleció el venerable Cristóbal de Santa Catalina, el mismo día que cumplía 54 años de su edad, siendo asistido por el beato Francisco de Posadas.
La gran fama que alcanzó de santidad hizo que todos los cordobeses acudieran a ver su cadáver y tocar en él sus rosarios, disputándose como reliquia cualquier objeto que le hubiese pertenecido. Hiciéronle un entierro, al que asistió una gran concurrencia de todas las clases sociales y costeó la Ciudad, comisionando al efecto al veinticuatro don Jerónimo de Acevedo, a excepción de un rico ataúd que costeó un devoto, y sin estar el cuerpo presente, pues para evitar confusión lo inhumaron aquella madrugada en un hueco en la pared de una celda contigua a la iglesia, de donde en septiembre de 1694 se exhumó para colocarlo en el lugar en que yace, delante del altar mayor de la iglesia, en una caja de plomo, dentro de otra de encina sellada con el del cardenal Salazar, quien asistió a esta ceremonia en unión del beato Francisco de Posadas, don fray Manuel de Torquemada, obispo de Bairut, auxiliar del cardenal, y de otros muchos racioneros y personas distinguidas.
Cubrióse el hueco con el epitafio siguiente, recuerdo digno del venerable fundador de aquella casa: Aquí yace el V. P. Cristóbal de Santa Catalina, Pbro., fundador de esta Santa Casa de Jesús Nazareno, que nació en Mérida en 25 de Julio de 1636 y murió en esta Casa á 25 de Julio de 1690.
Un efímero hospicio para mujeres de mala vida
En 1683 el corregidor don Francisco Ronquillo y Briceño, que tan buenos recuerdos dejó en Córdoba con su amor a las mejoras, concibió la idea de recoger todas las mujeres de escandalosa vida en un hospicio, donde se les instruyese en labores propias de su sexo. Compró en 9.900 reales unas casas contiguas a este hospital, hizo la obra necesaria, en que se gastó hasta 23.000 reales -que sufragó la Alhóndiga con los derechos de la venta de vinos forasteros-, e invitó al hermano Cristóbal de Santa Catalina a hacerse cargo de aquel cotarro.
Aceptado, dio principio la reclusión, reuniendo hasta cuarenta mujeres de lo más perdido y desalmado que había en Córdoba. Allí se les obligaba a rezar y tejer tela basta para sus vestidos, y se les enseñaba a hacer encajes y otras manufacturas, hasta un día que, no queriendo sujetarse, se reunieron tumultuariamente y se fugaron de la casa; sujetóseles por el pronto, mas a poco repitieron el alboroto y quedó desierto aquel establecimiento, incorporando el edificio al del hospital, del que forma parte.
En estos últimos años, siendo director don Francisco Solís, se han ampliado las enfermerías, en las que se asisten 70 mujeres impedidas, y se han hecho otras muchas e importantes mejoras.
La vida del hermano Cristóbal de Santa Catalina fue escrita por el beato Francisco de Posadas, e impresa en un tomo en cuarto. También la escribió el doctor don Julián Díaz Serrano, y se imprimió en Córdoba, calle del Cister, en 1740.
La cofradía de Jesús Nazareno
La cofradía de Jesús Nazareno, aunque es independiente del hospital, se reservó siempre el uso de la iglesia, cuyo culto ha sostenido con más o menos fervor según el número de sus cofrades, a veces insignificantes, llegando casi a extinguirse. En sus mejores tiempos costeó las muchas alhajas que cuenta, entre ellas dos hermosas andas de plata para Jesús y la Virgen.
En estos últimos años se reorganizó y redactó nuevos estatutos, que le fueron aprobados por la reina doña Isabel II en 10 de diciembre de 1857. En ellos se marcan las obligaciones de todos los cofrades, ya ejerzan o no cargos, se fija la cuota de veinte reales de entrada y diez mensuales, se ofrece la aplicación de setenta misas a cada hermano que fallezca, se marca el uso de túnicas y escudos iguales en las procesiones, y otros pormenores que no son de este lugar.
Para ser admitido es preciso estar enlazado con alguna de las ramas de los fundadores de la cofradía; éstos fueron los siguientes: marqueses de la Puebla de los Infantes, Villa-Caños, Vega de Armijo, Villaseca, Guadalcázar y Benamejí, condes de Villanueva de Cárdenas, Torres Cabrera, Gavia la Grande, Villamanrique y Hornachuelos, vizconde de Sancho Miranda y señores Hoces, Mesía de la Cerda, Aguayo y Manrique, Argote, Valdecañas y Herrera, Gutiérrez de Torreblanca, Guzmán, Góngora y Armenta, Manuel, Valdivia y Díaz de Morales. Estas familias han constituido siempre la cofradía, y por cierto que esta predilección no la creemos muy en armonía con la que Jesús formó con sus apóstoles. Dichos estatutos fueron impresos en Córdoba, en casa de don Fausto García, en 1839.
También hemos visto un sumario de gracias concedidas a los hermanos y bienhechores de los enfermos del hospital de Jesús Nazareno de Córdoba, impreso en Madrid, 1818, por la viuda de Marcos López.
Breve descripción de la Iglesia
La iglesia, reformada en 1870, es de una sola nave, y por cierto que ni en su estructura ni en su adorno ofrece nada notable, a excepción de algunas pinturas de Antonio del Castillo, como son un San Dimas y Santa Elena, al fresco, y una Coronación de la Virgen, que en la actualidad está restaurando don José Saló.
En el interior se conservan algunos otros cuadros del mismo autor, y en una de sus galerías una colección de veintidós, que representan sucesos de la vida del hermano Cristóbal de Santa Catalina, obras de don Antonio Torrado.
Tiene dos campanarios; el de la iglesia, que da a la calle, con tres ángulos, y otro en el interior para uso de las hermanas en su oratorio particular. Desde el primero se cayó, hacia el año 1850, un joven que quedó ileso, a pesar del gran golpe sufrido. En una de las enfermerías se venera una hermosa imagen de los Dolores, la cual tiene un magnífico manto que le bordaron unas señoras de Lucena.
De plazuela en plazuela
Pasemos la pequeña calle de Carchenilla y saldremos a la plazuela conocida por el Arroyo del Buen Suceso, donde se divide el barrio con el de San Andrés, y se ha llamado la Puentezuela de doña Mariana, por una que fue puesta en aquel sitio para facilitar el paso.
Conforme se sale de la calle del Lodo hay dos casas; en la número 7, que forma rincón, nació el padre maestro fray José de Jesús Muñoz Capilla, del que ya hemos ofrecido ocuparnos. A la vuelta de la esquina se llama ya el Arroyo de San Rafael, a excepción de una rinconada que dicen los Caballos, por una casa en que los alquilaban.
En la cruz formada por esta calle y la de la Portería de Santa María de Gracia encontramos una alcantarilla, cuya forma actual no pasa de 1848 a 1850, pues antes era aún más reducida que la aún existente en el Buen Suceso; da paso a la plaza del Juramento o de San Rafael, nombre que toma de su iglesia, y antes, en unión de otra muy pequeña plazuela, se llamó de Don Arias de Acebedo, título que aún conserva la segunda.
El linaje de los Acebedos
Los Acebedos, ascendientes de los duques de Almodóvar del Río y otros títulos, era una familia muy ilustre de Portugal. El primero que vino a España fue don Alonso Pérez de Acebedo, que sirvió valerosamente a Alfonso IV y se encontró en la conquista de Toledo. Desde entonces nos hallamos muchos personajes de este apellido, entre ellos don Alonso de Acebedo, patriarca de Alejandría, y otros no menos ilustres y famosos. Sus armas eran: escudo cuartelado, el primero y el cuarto de oro y un acebo; el segundo y el tercero de plata y un lobo; bordura general de gules y ocho arpas de oro.
Uno de estos señores vino a Córdoba por enlace con una noble señora, y desde entonces empezaron a figurar en esta ciudad. Tuvieron sus casas principales en el lugar que veníamos describiendo, y allí hemos encontrado con domicilio a don Luis de Acebedo, de la orden de Santiago; don Pedro, que ya dijimos adquirió patronato y enterramiento en la iglesia de los Padres de Gracia; y don Arias, de la orden de Alcántara, que dejó nombre a la plazuela.
En un manuscrito de varias noticias de Córdoba se cuenta que a principios de enero de 1637 ocho hombres armados sorprendieron la casa de don Arias de Acebedo, donde robaron mucho dinero y prendas de gran valor, produciendo esto el escándalo consiguiente; mas el corregidor don Alonso Villarroel se dio tan buenas trazas que descubrió a los autores de este crimen, y el día 17 del mismo mes los hizo ahorcar en la Corredera, dejando a todo el pueblo asombrado de la actividad y rigor desplegado en tan ejemplar castigo.
El juramento de San Rafael al Padre Roelas
De la plazuela de Don Arias se pasa a la calle de los Amortajados y a la del Cristo de San Rafael, ya reseñadas, y a la de Roelas, que sale a San Lorenzo y tiene dos callejas sin salidas; la primera, de los Lizones, título que llevó la calle y es un apellido que ya no se oye en Córdoba, y la segunda, del Miguelete, antes conocida por el Rincón. Del nombre Roelas nos ocuparemos en unión de la iglesia que antes nombramos, y cuya tradición es, sin duda, la más interesante para los cordobeses.
Muy conocida es la historia de esta iglesia, así como el nombre del venerable sacerdote Andrés de las Roelas, natural de Córdoba, según unos, y de Posadas, según otros. Todos saben la aparición de San Rafael, declarándose Custodio de esta ciudad, motivo suficiente para la fervorosa devoción que todos le tenemos.
Aquel bienaventurado nació en 1525, y siendo ya sacerdote, como de unos 52 años, vivía en la calle que ha por nombre su apellido, cuando se encontraba postrado de resultas de una grave enfermedad que había padecido. Muy devoto de los Mártires de Córdoba, cuyas heroicas virtudes y martirios había leído en el Romancero de Herrera y otros libros, se encomendó a ellos, y una noche oyó una voz que le decía: "Sal al campo y sanarás".
Algo aliviado, dejó el lecho, y una tarde se determinó a salir de su casa con el objeto de ir a San Lorenzo, o lo más a los Padres de Gracia. Poco a poco se salió al campo y, ya fatigoso, sentose en un collado, donde después se puso la cruz que lleva su nombre y ya hemos dicho a nuestros lectores. Allí estaba cuando sintió ruido de caballos y, alzando la cabeza, vio cinco caballeros lujosamente ataviados, uno de los cuales, que más se le acercó, lo saludó con las palabras de costumbre: "Deo gratia". Respondió cortesmente, y aquél continuó diciéndole que viera al obispo o quien hiciese sus veces y le manifestase que los huesos encontrados en la parroquia de San Pedro eran efectivamente de los mártires de Córdoba; que los tuvieran en gran veneración porque vendrían a esta ciudad grandes epidemias e intercederían para aplacar la justa ira del Cielo. El venerable hizo poco aprecio de lo que oía, si bien le llamó la atención que uno de ellos dijo a los otros: "¡Qué gran monte era esto cuando a mí me prendieron!", desapareciendo como por encanto.
Durante muchas noches, estando Andrés de las Roelas en su habitación, se le apareció un gallardo joven de blancas vestiduras que le hacía revelaciones sobre los santos mártires. Él las escuchaba con reserva, y por último, en la noche del 7 de mayo de 1578, le juró por Jesucristo que era el guarda y custodia de esta ciudad. Consultó entonces el caso con dos venerables padres de la Compañía de Jesús, con el provisor y demás personas doctas, y todos convinieron en la verdad de sus palabras.
El lector que quiera saber minuciosamente estas apariciones puede registrar las Revelaciones del Padre Roelas, que originales hemos visto en la parroquia de San Pedro y están insertas en la Palestra Sagrada, de Feria, y en otra obra titulada El Arcángel San Rafael, particular Custodio y amparo de la ciudad de Córdoba, que escribió el licenciado Pedro Díaz de Rivas en esta ciudad en 1650, y de la cual se han hecho varias ediciones.
Con esta justísima razón se aumentó considerablemente la devoción a San Rafael, en la escultura que lo representa y estaba en San Pedro desde su primera aparición a fray Simón de Sousa en el convento de la Merced.
La Iglesia de San Rafael
En 1602 construyeron nueva iglesia en el convento de Madre de Dios, que se trasladó al sitio en que aún existe, y se la dedicaron a nuestro Ángel Custodio. Costeola la Ciudad, de quien es el patronato, y a ella asistía en las fiestas que se le dedicaban. En 1655 fundó el duque de Sessa el convento de las Capuchinas, y también le fue dedicada la iglesia.
Mas esto no entibiaba el deseo de erigirle una en la misma casa en que se apareció al venerable Roelas, donde desde luego formaron oratorio, y en 1610 principiaron la obra, con tantas interrupciones que no se concluyó hasta más de cien años después, tanto que la bendijo el canónigo don Juan Pardo de Figueroa en 21 de junio de 1732. Era también pequeña.
La sacristía estaba en lo que fue cocina de la casa; en ella había un pozo, del que, al limpiarlo en 1685, sacaron una imagen de la Virgen como de un pie de altura con el niño en el brazo izquierdo y agarrada una mano con la derecha. Esta imagen, que suele estar al pie del trono o peana de San Rafael, se la llevó un liberto llamado Antonio Domingo, quien la dejó en casa de la señora doña María Narváez, viuda de don Pedro Heredia, de donde la restituyeron a la iglesia en 22 de junio de 1737 por orden del obispo don Pedro Salazar, y es venerada con el título de Nuestra Señora del Pozo.
No cabiendo casi gente en las grandes fiestas dedicadas a nuestro custodio, la cofradía resolvió ampliarla, dándole la fachada actual, alargándola y haciéndole las naves laterales. Se principió la obra el día 23 de febrero de 1796, bajo la dirección de don Vicente López Cardera, y se terminó en 1806, consagrándola el obispo don Pedro Antonio de Trevilla. Forma las tres naves expresadas, la del centro ancha y con rotonda, con una tribuna con balcones de hierro cubiertos con celosías; esto hace que las otras dos naves sean estrechas, bajas de techo y en parte curvas. En la del evangelio hay una capilla dedicada a sagrario; empezose a construir con limosnas en 1853 y terminose en 1855.
El presbiterio es bonito, con gradas de mármol y verja de bronce. Pero el retablo no puede ser peor, y no sabemos por qué la cofradía lo prefirió a otro diseño aprobado por la Academia de San Fernando, en el cual campeaba la imagen sobre un grupo de nubes, pareciendo a la vista mucho más airosa. El Crucifijo con que acaba el retablo es obra del escultor Diego Morales.
La hermandad es una de las pocas constituidas con todos los requisitos legales.
En las naves de los lados hay algunos altares de escaso mérito, y en uno de ellos costean los médicos y cirujanos una función a sus patronos San Cosme y San Damián, que fueron trasladados hace pocos años desde San Agustín, donde tienen altar propio.
La fachada es bonita; consta de tres cuerpos, rematado el último por un frontón triangular con las imágenes de San Rafael, San Acisclo y Santa Victoria, y a los lados dos torres con siete campanas de timbres muy armoniosos. Una de las más pequeñas es la que hubo en la primera ermita.
A los lados tiene dos casas, una para el capellán y otra para el santero, por donde está la subida a la tribuna, y delante cuatro marmolillos que en 1823 fueron quitados, así como embebidas las rejas de dichas casas, por disposición del concejal encargado del ornato público don Manuel Díaz. Mas aquello se tuvo por un acto político, y en cuanto cayó la Constitución lo volvieron a poner como estaba y continúa.
Goza de una paja de agua de la llamada de la Palma, que el Ayuntamiento la concedió en 22 de mayo de 1801, con la condición de costear la fuente que está en uno de los lados de la plazuela; ésta empezó a surtir al público en el día 21 de marzo de 1809.
Esculturas del arcángel
La escultura que representaba en esta iglesia al titular es la que está en la del cementerio de San Rafael, pues considerando la cofradía que para el nuevo edificio correspondía otra de más altura y mérito, le encargó su construcción al notable escultor cordobés don Alonso Gómez de Sandoval, quien la hizo, reformándola después para darle más adorno y colocarle las reliquias que tiene en el pecho.
Terminada en 1795 la renovación, la llevaron cubierta al palacio, donde la bendijo el obispo don Antonio Caballero y Góngora, y desde allí, acompañada de varios hermanos con cirios fue llevada a la iglesia de Santa Clara, cuya comunidad lo había pedido, teniéndola seis días, en uno de los cuales, el 6 de noviembre, le hicieron una gran fiesta con música y sermón. Aquella tarde fue la hermandad acompañada de la Universidad de señores beneficiados, a quienes al efecto invitó, y la condujeron a la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, donde quedó depositada la imagen expuesta a la pública veneración, siendo mucha la gente que acudió a otra fiesta que le hicieron, también con sermón, en la mañana del día 9.
Las Procesiones de San Rafael
Hízose un gran convite para la procesión que había de celebrarse por la tarde y tuvo efecto, formándola dos batidores a caballo, detrás el señor conde de Villanueva de Cárdenas, llevando el pendón, a seguida la cruz y después de ésta el convite, interpolados todos los individuos de la nobleza, gremios, comunidades, ermitaños y cuanto notable había en Córdoba. Tras éstos, el clero secular, la congregación de San Pedro, la imagen y, cerrando, la Universidad de señores beneficiados, a los que seguían el Ayuntamiento y la tropa.
Emprendieron su marcha por las calles del Paraíso, Tendillas, Plata, Liceo, entrando el Ángel en los conventos de las Capuchinas, Nieves y Espíritu Santo; siguió por el Salvador, San Pablo, entrando también en Santa Marta, San Andrés, Realejo a Santa María de Gracia, donde estuvo un rato en altar preparado, y desde allí a su iglesia, terminando con villancicos y Te Deum.
Muchas son las procesiones que después se han hecho a esta imagen, como en una fiesta de desagravio cuando los franceses evacuaron a Córdoba, en las invasiones de la fiebre amarilla y cólera, y en las rogativas por el alivio de las públicas necesidades, y por cierto que en 1855, cuando se sacó en rogativa en unión de las reliquias de los Santos Mártires y de Nuestra Señora de la Fuensanta, presenciamos un suceso que muchos calificaron de milagro. Al salir esta imagen por el arco alto de la Corredera se cayó una niña desde los segundos balcones al pie de los que llevaban las andas, y reconocida por los facultativos que iban en la procesión la encontraron completamente ilesa.
La devoción de los cordobeses a esta imagen es tan grande que a veces raya en fanatismo, como lo hemos visto en varias ocasiones. Una, cuando la invasión del cólera en Sevilla en 1860, que no sabemos quien cundió la voz de que furtivamente se la iban a llevar a aquella capital, y todas las noches se quedaban en la plazuela algunos vecinos del barrio de San Lorenzo armados de gruesos palos para oponerse a que tal cosa se hiciese. Y en 1861, habiendo dispuesto el Ayuntamiento y el señor obispo que fueran en la procesión varias imágenes, se invitó a esta hermandad para que acompañase la escultura de plata que representa a nuestro Custodio y tiene el Cabildo eclesiástico, y aquélla contestó que no acompañaba más San Rafael que el suyo, por lo que la llevaron los seminaristas.
Los vecinos
Hemos recorrido paso a paso todo el barrio de San Lorenzo, enterando a nuestros lectores de cuanto en él pudimos averiguar. Pero antes de concluir nos creemos en el caso de decir algo de las costumbres de sus vecinos y de algunos sucesos en que han tomado una parte muy activa.
Comparados con los habitantes de otros barrios mas céntricos parecen como de otros pueblos. Dedicados en su mayor parte a las faenas del campo, carecen casi por completo de instrucción y aparecen obcecados en muchas cosas, si bien sus intenciones son buenas. Pero entre ellos habita mucha gente de mal vivir, y esto, a veces, ha dado lugar a cuestiones de que han resultado no pocas desgracias.
La aglomeración de gente en una misma casa las hace insalubres, y en cuantas epidemias han invadido a Córdoba el barrio de San Lorenzo ha sido de los más perjudicados. En la de 1650 murieron seguidos dos rectores de aquella parroquia.
En la época actual han cundido en aquel punto las disolventes ideas que muchos publican, y casi en su totalidad los vecinos de este barrio se dicen republicanos socialistas, sin saber explicar en general lo que esto significa.
Estas condiciones las trae desde muy antiguo porque el pueblo, en mayor o menor escala, siempre ha sido el mismo, si bien su docilidad le ha hecho caminar por donde sus consejeros han querido, sirviéndose de él para sus fines particulares. Entre otros casos a que esto ha dado lugar referiré a mis lectores uno de que varios autores se han ocupado, y muy particularmente el malogrado don Rafael de Vida, quien le dio una forma novelesca que no se ajusta a la marcha seguida por nosotros.
El motín del pan en 1652
Retrocedamos al año 1652, en que, unido lo escaso de la anterior cosecha a la saca de trigo que se había hecho para otros puntos, y la escasez de fondos por el arreglo de la moneda que en aquella época se hizo, fue causa no sólo de que el pan se vendiese a un precio excesivo, sino que faltara en el mercado, porque la esperanza de mayor ganancia hacía a los panaderos y acaparadores reservar las existencias con que contaban y que no eran pocas. El precio de la hogaza llegó a subir a 21 cuartos (a proporción como si ahora llegase a 4 ó 6 reales), al par que los demás alimentos eran pocos y también a precios exagerados, viéndose los pobres reducidos a la mayor miseria.
Llegó el 6 de mayo. Al salir la gente de la misa primera de San Lorenzo que, como ahora, se decía los días festivos, una mujer llamó la atención de todos, gritando que su hijo había muerto de hambre, a cuyo cadáver abrazada, excitaba más y más la ya para estallar rebelión de aquellos infelices. Juntáronse unos 600 hombres, a quienes las mujeres, con desgarradas voces, decían que eran unos cobardes si no se tomaban la justicia que se les negaba por los que debían ampararlos en sus desdichas, y al fin consiguieron que aquéllos se armasen como cada uno pudo, yendo a buscar al corregidor, vizconde de la Peña Parda, al que hubieran asesinado si no se esconde en el convento de la Trinidad, cerca de su casa; pero le echaron abajo la puerta y le rompieron cuantos muebles encontraron.
Ya en esto se habían reunido unos 2.000 hombres, demostrando en general su enojo contra el obispo, que era el señor Tapia, prebendados y todos los caballeros y empleístas de Córdoba, a quienes llamaban logreros y gitanos, entrándose en todas las casas, de las que sacaban todo el trigo y harina que encontraban, llevando parte al Pósito, que estaba en la Corredera, y parte a San Lorenzo, donde improvisaron un almacén.
El obispo -a quien abrieron también los graneros y sacaron el trigo que tenía para el abastecimiento de su familia- determinó salir a pie por la ciudad, exhortándoles a que se sosegasen, y comprometiéndose a abastecer el mercado de pan barato; pero ni la suavidad de sus palabras ni sus virtudes y ancianidad le bastaron para que aquella gente lo dejase de insultar con palabras que, ciertamente, no merecía. Así pasó el día y la noche.
Los amotinados estuvieron en forma de retenes en San Lorenzo, la Ajerquía y otros barrios, además de guardar las puertas para evitar la salida de trigo, y aún se asegura que sacaron los tiros o cañones que había en la Calahorra y los llevaron a las puertas de Gallegos y Puente. Los frailes de San Pablo, San Francisco y Capuchinos, por consejo del obispo, anduvieron toda la noche de ronda, con lo que se evitaron muchos desmanes que a su sombra proyectaban.
Amaneció el martes y se puede asegurar que casi todo Córdoba tomó parte en el alboroto, pues los amotinados del día anterior obligaban a otros a que los siguiesen. Entonces fue cuando se dieron más a conocer Juan Tocino y el tío Arrancacepas, que capitaneaban parte de aquella gente, y de quienes tomaron nombres dos calles. Les incitaban a buscar armas y defenderse, diciendo que el marqués de Priego venía con muchos soldados a guardar a los nobles de Córdoba, a quienes ellos debían antes cortar las cabezas, por lo que dichos señores se vieron en gran peligro, asustados unos, escondidos otros, entrándose las señoras en los conventos de monjas para verse libres de la tormenta que contra todos se levantaba.
Como a las ocho de la mañana habría reunidos unos 6.000 a 7.000 hombres, unos con armas de fuego, otros con chuzos, alabardas y hasta con palos y piedras. Entre los caballeros había uno llamado don Diego de Córdoba, hijo de don Íñigo de Córdoba, señor de la Campana, que era querido del pueblo, por el que siempre miraba, siendo partidario de la tasa, y en él se fijaron los amotinados para pedirlo como corregidor en reemplazo del vizconde de Peña Parda. Él rehusó, pero a ruegos del obispo y de sus numerosos amigos y allegados consintió al fin en ello, y en el Ayuntamiento, delante de más de 4.000 personas, recibió la vara de manos del señor obispo, siendo saludado con una gran salva de arcabucería.
En seguida arengó al pueblo desde los balcones, diciendo que consentía en gobernarlos con la condición de que se retirasen a sus casas, que él los sustentaría de pan al precio de tasa, hasta la próxima cosecha; que le jurasen obediencia y esperaran tranquilos en sus hogares. Lo hicieron y en seguida se publicó un bando para que entregasen las armas, dándose todo por terminado sin la menor desgracia, aparte de los desafueros o allanamientos de moradas para la saca de trigo. Por la tarde había pan en abundancia, a tres cuartos y medio y cuatro. En ella ocurrieron dos o tres muertes de pendencias entre los mismos amotinados, empezando éstos otra vez a escandalizar, pudiendo avenirlos su nuevo corregidor.
El miércoles pasó bien la mañana, pero también por la tarde hubo una cuestión cerca de San Juan de los Caballeros entre dos hombres del pueblo, quedando uno muerto; el otro huyó, aunque herido. No se supo quien divulgó que aquella muerte la había causado un caballero llamado don Felipe Cerón, en venganza de insultos que le hicieron los días anteriores, y esto bastó para que más de 2.000 hombres se juntasen pidiendo la cabeza del que juzgaban delincuente, viéndose don Diego de Córdoba en un nuevo compromiso, que al fin venció, ofreciendo castigar a don Felipe con la muerte si era autor de la que se le achacaba. Siguiose así, hasta que por último logró que el rey aprobase todas sus disposiciones e indultase a los promovedores del motín, acabando felizmente este episodio de la historia de Córdoba.
El corregidor Merlo y Don Alfonso de Aguilar
Otro suceso curioso y aún menos conocido que el anterior es el ocurrido hacia el año 1476 con el corregidor Merlo. Las rivalidades entre el conde de Cabra y don Alonso de Aguilar, que tanto excitaron las pasiones entre los vecinos de Córdoba y su reino, dieron lugar a multitud de desgracias y a que el segundo fuese en ésta una especie de dictador que todo lo atrepellase, sin emplear más medios que aquéllos dirigidos al logro de sus deseos y quedando impunes cuantos robos o muertes se cometían con harta frecuencia y escándalo de todas las personas honradas, cuyas quejas no dejaron de llegar a los Reyes Católicos, quienes enviaron por su corregidor en Córdoba a Diego de Merlo, con encargo especial de avenir al conde y a don Alonso y restituir la paz y sosiego a estos habitantes.
Llegado a esta ciudad hízosele un buen recibimiento y tomó posesión de su nuevo cargo, empezando a castigar tantos crímenes como diariamente se cometían. Merlo y don Alonso fraternizaron al parecer; el primero, reconociendo que aquel altivo y orgulloso noble era aquí el dueño, y el segundo, con la idea de dominarlo y no perder su ya adquirida influencia, para lo que alhagaba a las masas, procurando buscar conflictos al corregidor, sin que éste se apercibiese. Para más disimulo diole el castillo de Monturque como prenda de que había de devolver al conde cuanto de él retuvo en sus correrías, y lo dejó administrar justicia con una libertad que todos extrañaban.
La falsa situación de la aparente autoridad de Merlo y de la efectiva y disimulada de don Alonso se dio bien pronto a conocer. Acostumbrado el pueblo a no sufrir castigo alguno, se alborotaba contra los alguaciles o corchetes, como les llamaban, en cuanto éstos pretendían detener a un delincuente.
Un día prendió el alcalde mayor a dos homicidas y, de acuerdo con don Alonso, salió una turba del barrio de San Lorenzo para llevarse a los presos. Trabose, como era natural, una lucha en que el alcalde fue herido, y conocedor del hecho el corregidor Diego de Merlo, se personó con gente armada en el lugar del tumulto para hacer respetar la justicia; mas todo inútil. Los vecinos del barrio salieron de sus casas, cada cual con el instrumento que primero encontraba, obligando al corregidor y su gente a refugiarse en la parroquia, cuyas puertas cerraron.
En esto llegó don Alonso de Aguilar, y en vez de procurar que el pueblo se apaciguase, lo excitó a romper las puertas del templo y sacar a Merlo. Mas los amotinados, bien porque habían conseguido la libertad de los presos o por el respeto que les infundía aquel sagrado lugar, rehusaron cometer semejante profanación y desoyeron a don Alonso, quien decidido a llevar a cabo su intento hizo venir setenta de sus esclavos, que a seguida derribaron, hechas pedazos, las puertas de la parroquia de San Lorenzo y sacaron al corregidor Diego de Merlo, llevándolo preso al castillo de Aguilar.
Cuando la noticia llegó a Isabel la Católica don Alonso se disculpó, diciendo que el corregidor le había quitado el castillo de Monturque, y que lo tenía preso para que se lo devolviera. Aquella prudentísima señora mandó ponerlo en libertad y desentendiose de todo lo ocurrido para no aumentar las divisiones de la nobleza, en un tiempo en que de todos necesitaba para las grandes empresas realizadas durante su glorioso reinado.
Las pedreas
Casi se puede asegurar que, como en éstos, los vecinos del barrio de San Lorenzo han llevado siempre la bandera en todos los alborotos que ha habido en Córdoba, como muestra de su carácter decidido y franco y del poco temor que abriga todo el que tiene poco que perder. Desde niños se ejercitan muchos en tirar piedras, en lo que han existido algunos muy notables, armando peleas con los de otros barrios en los caminos de la ronda, donde ponen a prueba las cabezas y paciencia de cuantos por aquel punto transitan. Y es tan antigua esta endiablada costumbre que desde el siglo XV se encuentran en el Ayuntamiento acuerdos para evitar las pedreas de los jóvenes de San Lorenzo, Santa Marina y otros.
Raro es el año que no ocurre alguna muerte violenta en este barrio. Entre las muchas que hemos oído merece anotarse la de dos mozos que, amando a una misma mujer que vivía en la calle Mayor, se encontraron en el portal de la casa y, cerrando la puerta, se estuvieron dando puñaladas hasta que los dos quedaron cadáveres, suceso que aún recuerdan muchas personas, por haber ocurrido en el primer tercio del presente siglo.
Las mujeres son muy duras para el trabajo, dedicándose a las faenas del campo y muchas al servicio doméstico, pero son en general poco obedientes, a causa de una educación harto descuidada.
Linda este barrio con los de la Magdalena, San Andrés y Santa Marina, al que pensamos pasar con el objeto de escribir el que hace tres de nuestros paseos por Córdoba.
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