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Paseo 13. Barrio de la Catedral

De Biblioteca de Córdoba

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Tabla de contenidos


Estamos en el barrio más extenso de Córdoba.

Quien dude esta verdad no tiene más que dar un paseo desde la Cruz del Rastro a la puerta de Almodóvar y quedará convencido de ella. Además sube por otros lados hasta Santa Ana y Corpus Christi, que algunos creen pertenecer a la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, así como en Jesús Crucificado linda con el de San Juan, y en la ya citada Cruz del Rastro con la de San Nicolás y San Eulogio. Y no puede decirse que este barrio ha aumentado con la supresión de algún otro, antes por el contrario, disminuyó cuando se erigió en parroquia la iglesia del Campo de la Verdad.

Las clases sociales

Sin embargo de que en este barrio imperaba casi por completo el clero, por vivir en él desde el obispo hasta el último dependiente del Cabildo eclesiástico -personal en otros tiempos en extremo numeroso y que ocupaba una gran parte de sus casas-, no ha dejado de contar en sus límites desde lo más elevado hasta lo más miserable de la población. En él encontramos gran número de casas solariegas a la vez que multitud de casas de vecindad y garitos de mal género, y unas cuantas calles donde moran desde lo antiguo los castellanos nuevos, conocidos vulgarmente por gitanos.

A pesar de esto ha sido y casi lo es el barrio más rico de la población, habiendo descendido en este concepto por haberse ausentado el comercio y los plateros establecidos en aquellas calles, algunas de las cuales aún conservan el nombre de los gremios que las ocuparon, como las Platerías, la Zapatería Vieja, los Mesones, Carniceros y otras.

La caridad del Barrio en las epidemias

Como prueba de esto podemos citar muchas ocasiones en que el barrio de la Catedral ha acudido al alivio de los pobres necesitados, y más claramente cuando la epidemia de 1649 y 1650, en que, como llevamos dicho, todos los cordobeses rivalizaron dignamente en socorrer a los enfermos del landre acogidos en los hospitales de San Lázaro, San Antón y San Sebastián, de cuyas aflictivas circunstancias hicimos minuciosa reseña. Extractemos cuanto sobre el particular nos dice el doctor Nicolás de Vargas Valenzuela en su libro dado a luz en 1651 bajo el título de Trágico suceso, mortífero estrago que la Justicia divina obró en la ciudad de Córdoba.

El día 4 de febrero de 1650, a las dos de su tarde, se efectuó la procesión en que había de llevarse el regalo de los vecinos de la Catedral. Delante iba un clarinero a caballo con banderola carmesí, en cuyo centro ostentaba un escudo dorado con las insignias de la hermandad del Santísimo, avisando con su instrumento para que se apartase la mucha gente que llenaba toda la carrera. Seguíanle 14 carretas cargadas de leña de olivo y encina, otra de romero y otra de gavillas, adornadas todas con multitud de banderas de diferentes colores, así como los bueyes que tiraban de ellas llevaban grandes collares de campanillas y adornados los testuces con cintas y flores; 140 fanegas de trigo en caballos y burros, todos con adornos de plumas, cintas y flores; 102 carneros guiados por tres mansos, también con muchos adornos; 220 gallinas; 40 esportones de pan, calculado en unas 8 fanegas de harina; 12 grandes hojas de tocino; en este lugar iba el estandarte de San Sebastián que llevaban tres capellanes reales, y continuaban 24 arrobas de pasas; 6 ídem de almendras; 10 pilones de azúcar con peso de 13 arrobas; fanega y media de alhucema; 12 docenas de platos blancos; 12 ídem de tazas; 12 ídem de jámilas de a dos tazas; 30 bonitas banastas de mimbre de colores con 3.000 bizcochos y 300 huevos; una cama compuesta; 8 camisas; una bandeja muy grande con infinidad de escapularios negros y blancos de San Benito y San Bernardo; 40 azafates con hilas y vendajes.

A estos donativos seguía el guión de la cofradía del Santísimo llevado por tres capellanes del coro de la Catedral; después la imagen de San Bernardo, del convento de la Encarnación, seguida de 150 cirios; tras éstos San Sebastián, también en unas lujosas andas, y por último el Santo Cristo que está en el altar del Punto de la Santa Iglesia, a la que fue donado por el obispo don Antonio de Pazos, presidiendo la procesión en nombre de todos los vecinos el maestre y canónigo don Francisco Antonio Bañuelos.

En aquel tiempo era en extremo venerada esta imagen y túvose a milagro la facilidad con que fue separada del retablo, cediendo los clavos sin dificultad alguna. Colocáronla en unas andas cubiertas de terciopelo carmesí bordado de oro y por encima un paño de brocado blanco, acompañándole todo el Cabildo eclesiástico y con un palio cuyas varas llevaron los caballeros más principales del barrio. Sacáronlo por la puerta llamada del Deán y pasaron por delante del palacio, donde le esperaba el obispo, dándole su bendición.

Así continuó la procesión con toda la Capilla de música de la Catedral, dieron vuelta a ésta, subieron la calle de la Encarnación, entonces de los Abades, atravesaron la iglesia de aquel convento, cuya comunidad cantó un solemne Miserere; igual demostración hicieron las monjas de Santa Clara; bajaron esta calle, subieron la de la Feria, hoy San Fernando, y por la de San Pablo, Realejo y Muñices llegaron a la plaza de la Magdalena, donde aguardaba la comunidad de San Juan de Dios con su titular en andas, y unidos continuaron a los hospitales, regresando al de San Bartolomé, en que dejaron depositados los donativos, tornando por San Pedro y Potro a la Catedral.

San Bernardo siguió a la Encarnación y el Santo Cristo quedó en el Sagrario durante nueve días en que se le hicieron igual número de fiestas de rogativas, predicando en la última el racionero y doctor don Antonio de Paredes. Después fue puesto con San Sebastián en su altar, donde permanecen.

Los conventos enclavados en el barrio ayudaron a estos donativos, distinguiéndose el de Santa Clara que dio 30 fanegas de trigo.

Con tantos regalos como se hicieron a los hospitales destinados a los enfermos del landre éstos de nada carecían para su sustento, pero faltaban ropas para que los convalecientes pudieran regresar a sus hogares. A esta necesidad acudieron los vecinos del barrio de la Catedral, pidiendo y dando nuevas limosnas que iban empleando en ropas, y para satisfacción de todos, el día 24 de abril de dicho año amanecieron colgados en los muros de la Catedral desde la puerta de Santa Catalina hasta cerca de la del Perdón 300 vestidos, o sean, 158 vestidos de mujer compuestos de basquiñas y almillas de diferentes géneros; pedazos de picotes, bayetas, orates, mohayas, raja, estameña y anascote; 80 vestidos de hombres y muchachos con anguarinas y calzones de paño, que costó cada uno 28 reales; 66 pares de calzones de tramado; 61 coletos; 7 jubones de bombasí; 10 ferreruelos de paño y bayeta; 36 mantillas de bayeta blanca; 12 balonas de puntas; 268 camisas de bramante; 130 pares de medias de lana; 12 ídem de estambre; 42 pares de ídem de paño; 52 sombreros; 97 pares de alpargates; 121 pares de zapatos para todas edades; 54 pares de borceguíes; 12 gruesas de cordones para las almillas; 3 ídem de cintas para calzones y una pieza de ídem para los zapatos. Todo esto fue conducido al hospital en un carro del señor obispo, y además le entregaron a cada pobre convaleciente el metálico necesario para mantenerse cuatro días. Mas como de los donativos ofrecidos se cobraron después 800 reales se remitieron íntegros al hospital.

Los muchachos del barrio llevaron en otro día 11 cargas de leña; 4 de romero; 14 fanegas de trigo; 80 espuertas de pan; una carga de naranjas; 36 espuertas de limas y naranjas; 24 ídem con vedriado; 42 ídem con pasas; 8 salvillas con almendras; 6 arrobas de vino; 24 carneros; 46 gallinas; 6 jamones; 2 canastos con garbanzos; 45 salvillas con bizcochos; 27 canastillos con huevos; 47 salvillas con hilas; 10 pomos con agua de azahar; 6 vestidos; 2 jubones; 3 pares de medias; 2 camisas, y 6 canastillos con alhucema. Reunido cuanto hemos dicho, representa una cantidad respetable, prueba evidente de lo mucho que había en el barrio de la Catedral, y eso que no contamos los donativos directos de Palacio, de la Inquisición, de la Aduana y del colegio de San Roque, que fueron aparte.

Otra de las pruebas de lo ricos que siempre fueron los principales vecinos de este barrio es la multitud de fundaciones piadosas hechas por los mismos y el gran número de casas que en él se encuentran con muchas comodidades y hasta dotadas de fuentes, en gran desigualdad con las de otros puntos de la población.

Hechos estos ligeros apuntes de las generalidades de aquellos vecinos vamos a visitar sus edificios más notables, al par que paseamos las calles y plazuelas, como hemos hecho en otros barrios, si bien con una variación, consistente en dejar para la última la historiay descripción de la Catedral, edificio el más notable de toda la provincia y del cual aún estamos reuniendo curiosísimas noticias. Por consiguiente nos iremos a uno de sus extremos para pasearlo todo con la mayor regularidad.

Ángel de Saavedra y su calle

Nos encontramos en la calle de Ángel de Saavedra, nombre de uno de los cordobeses que más han honrado a la ciudad donde nacieron. Este eminente poeta nació en la casa número 13 de esta calle el día 10 de marzo del año 1791, hijo segundo de los señores duques de Rivas, si bien después heredó este título por muerte del primogénito, su hermano. Desde 1806, o sea, a los quince años de su edad, principió nuestro paisano a dar muestras de su afición a las letras y fundadas esperanzas de que llegaría a ocupar uno de los primeros puestos entre los literatos españoles.

Muy largo sería enumerar los trabajos literarios del Duque y los muchos servicios que prestó a la patria desde los primeros puestos a que su talento lo elevó. Plumas mejor cortadas que la nuestra han escrito su biografía. Bástenos recordar su Don Álvaro, El moro expósito, sus Romances históricos y tantas otras obras, admiración de propios y extraños, que prodigándole sus merecidos elogios le han dado a su autor el lugar con justicia alcanzado para gloria suya y de Córdoba, que lo cuenta entre sus más preclaros hijos.

Pocos años antes de su muerte, ocurrida en Madrid en 22 de junio de 1865, tuvimos la alta honra de verle presidir unos de nuestros juegos florales y compartir con los poetas en ellos laureados los nuevos y justos aplausos prodigados por el escogido público que por completo llenaba el teatro Principal.

A su muerte, el Ayuntamiento de Córdoba quiso darle un testimonio de admiración y aprecio y le dedicó la calle en donde había nacido y que hasta entonces se llamó de Santa Ana por el convento que muy en breve visitaremos. También se conmemoró su muerte con una función en el teatro, poniendo en escena una de sus obras.

El título que tan dignamente supo llevar fue primero marquesado de Rivas, concedido por Felipe IV en 1641 a don José de Saavedra y Ramírez, y ascendido a ducado con grandeza de segunda clase por Carlos IV en 1793, siendo primer duque don Martín de Saavedra. Hoy lo posee el hijo mayor de nuestro célebre paisano. <p style="text-indent: 40px; text-align:justify;">En algunos documentos antiguos se habla de una fuente en la plazuela de Santa Ana. Ignoramos la época de haberla quitado, medida desacertada puesto que es sitio donde debiera estar alguna, toda vez que cogen extraviadas para aquellos vecinos todas las que están más cerca.

Fundación del Convento de Santa Ana

De la calle de Ángel de Saavedra sólo un tramo pertenece a la Catedral, como explicamos al pasear el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos. De modo que en este lugar sólo hoy queda el convento de Santa Ana, fundación de Santa Teresa de Jesús, y por tanto son las religiosas carmelitas descalzas. San Juan de la Cruz contribuyó también mucho a su erección y al buen orden que desde un principio ha guardado esta comunidad. El que haya leído sus obras verá que las cartas señaladas con los números 10, 11, 12 y 14 son dirigidas a monjas de este convento.

No sabemos desde qué época existía en este sitio una ermita dedicada a Santa Ana, a quien los cordobeses debían tener devoción, toda vez que en documentos antiguos la vemos citada, y el doctor Bravo en su Catálogo de los Obispos de Córdoba dice que encontrándose enfermo el rey escribió una carta al obispo pidiéndole que él mismo dijese una misa por su salud en la iglesia de Santa Ana, y que el sábado 8 de agosto de 1573 se cumplió este deseo, yendo en procesión desde la Catedral y celebrando de pontifical el prelado, que quiso acceder y dar cumplimiento con creces a la petición que se le había hecho.

Dieciséis años después, o sea en 1589, deseosos el deán y su coadjutor, don Luis y don Fadrique Fernández de Córdoba, que se fundase en esta ciudad un convento de Carmelitas Descalzas, alcanzaron del obispo les donase la antigua ermita de Santa Ana y de Santa Teresa, que mandase un reducido número de religiosas como base para la nueva comunidad. Éstas fueron tres, llamadas María de Jesús, que fue la primera priora; María de San Pablo, que le sucedió en aquel cargo, y Bernardina de San Francisco, procedentes del convento de Beas. A poco vinieron de Sevilla Leonor de San Gabriel, amiga íntima de Santa Teresa, María de la Visitación, Juana de San Gabriel y Magdalena del Espíritu Santo, formando una comunidad de siete religiosas. El marqués de El Carpio prestoles una casa suya contigua, y con los donativos del deán, su hermano -por lo que son patronos los duques de Almodóvar del Río-, y de otros muchos devotos se hicieron las obras necesarias para tener el actual convento, que es uno de los mejores de Córdoba.

Aquí vamos a referir lo que hemos leído en un manuscrito atribuido en aquellos tiempos a milagro, por la intercesión de la priora sor María de Jesús, que alcanzó gran fama de santidad entre los cordobeses.

Estando en las obras de edificación faltó el agua para ellas, amenazando el suspenderlas; hiciéronlo presente a dicha señora y ésta, lejos de desmayar, dijo a los albañiles echasen los cubos en un pozo que señaló y sabían todos que estaba completamente seco. Hiciéronlo por dos veces sin resultado y empezaron a reír de la inocencia de la monja. Mas ésta, después de pedirle a Dios esta gracia, díjoles tercera vez que probasen, saliendo entonces llenos los cubos y habiendo tal abundancia que no faltó todo el tiempo de las obras y en veinte años después, que lo taparon cuando hicieron el coro, donde existe cubierto con una losa.

La iglesia actual

La comunidad tomó posesión del edificio en 28 de junio de 1589, y el día 6 de julio siguiente el obispo don Francisco Pacheco llevó el Sacramento en procesión desde la Catedral a la ermita de Santa Ana, que sirvió de iglesia hasta que hicieron la actual.

Ésta tiene una vistosa fachada de ladrillo, con portada de piedra, de escaso mérito artístico, y sobre la puerta tres medianas esculturas representando a la Virgen María entre San Joaquín y Santa Ana. Su interior es de una sola nave con crucero y media naranja, decorada con mal gusto, lo que nos hace creer que tal vez los adornos sean posteriores a la época arriba señalada.

El altar mayor tiene un retablo de talla dorado, al parecer del siglo XVIII En el centro, o sea el manifestador, tiene casi siempre una urna con reliquias. A sus lados están las esculturas de la Virgen y San José; por encima de éstas, otras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y entre éstos San Joaquín, la Virgen y Santa Ana. Además hay cuatro altares, dos de ellos al parecer modernos y de buen gusto, dedicados a Santa Teresa, San Elías, Santa Ana y la Virgen del Carmen.

Fuera del crucero encontramos dos capillas, una frente a la otra y ambas dedicadas a un mismo santo. La del lado del evangelio es patronato del Cabildo eclesiástico, y la del de la epístola, de los duques de Almodóvar, que ya dijimos lo eran de todo el convento. Cada una tiene un buen cuadro representando el acto en que la Virgen puso la casulla a San Ildefonso. En la pared de la segunda está incrustada una lápida con la siguiente inscripción: D. O. M. In honorem et cultum dei genitricis virginis Mariae omni originis labe prorsus inmunis, sacellum istud aramque extulit et sepulcralem extruxit foveam, ut suorum suique cine es et ossa feliciter conquiscant et sub tanto nomine gloriosam perennitatem expectent, Dominus Ildephonsus de Burgos, almae Catedralis eclesiae presbyter porcionarius anno resitutae salutis MDCLXXXV.

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El prodigio de la Virgen de la Luz

En el interior del convento es muy venerada una pequeña imagen de la Virgen a la que titulan de la Luz, dándole a este nombre el siguiente origen: cuando el señor Pacheco llevó el Sacramento a la ermita de Santa Ana, desde entonces iglesia de las Carmelitas Descalzas, el sacristán quiso celebrar aquel fausto acontecimiento. Al efecto llenó la fachada y torre de luces alimentadas por aceite, y cuando bajaba de ésta, al pasar por un camaranchón lleno de esteras viejas se le cayó la luz, prendiendo fuego de tal modo que se vio envuelto en las llamas y humo, sin acertar a salir.

Gritó, las monjas lo oyeron y se arrodillaron ante aquella imagen pidiendo salvase al desgraciado sacristán, quien de pronto se encontró en lo alto de un tejado, al que no supo por dónde había ido, si bien confesaba que en su aturdimiento le pareció que aquella imagen lo había agarrado de la mano y puesto en el tejado, cesando a seguida el incendio sin haber tiempo de que lo apagasen. Éstas y otras tradiciones parecidas se han conservado y cuentan en el convento de las Carmelitas.

La mayor parte del terreno ocupado por este edificio era el de las ya expresadas casas de los marqueses de El Carpio, que primero les prestó y después vendería a la comunidad, reservándose la propiedad de un venero que existe en aquel sitio y surte con abundancia las fuentes de la casa número 5, calle de las Cabezas, que perteneció a aquel título, y otra en la plaza de Don Jerónimo Páez, en cuyo centro existe un repartidor.

Religiosas destacadas por sus virtudes

La gran fama de santidad adquirida por las siete religiosas que constituyeron en un principio la comunidad, unida a la de su célebre fundadora Santa Teresa de Jesús, logró llevar a sí a muchas jóvenes cordobesas pertenecientes a las familias más nobles y acomodadas.

Entre éstas descollaron por sus relevantes virtudes sor Antonia de Cristo, hija del comendador Alonso Fernández y doña Antonia de Velasco, profesó en 1590 y murió en 1615; sor Mayor de San José, hija de don Juan Pérez de Castillejo y doña Inés de los Ríos, profesó en 8 de septiembre de 1590 y falleció en 8 de mayo de 1649; sor Brianda de la Encarnación, hija de don Luis Fernández de Córdoba y doña Luisa de Aguilar, sextos señores de Guadalcázar, y hermana de la célebre doña Sancha Carrillo, de la que nos ocupamos al visitar la iglesia de San Francisco, profesó en 10 de julio de 1591 y murió, en gran opinión de santa, en 28 de junio de 1605; sor Catalina de Jesús, hija de don Alonso de Córdoba y Aguilar y doña Catalina Fernández de Córdoba, marqueses de Priego, profesó en 13 de julio de 1595 y murió en 23 de enero de 1600; sor María del Nacimiento, hija de Fernán Parias de Saavedra, del hábito de Santiago y veinticuatro de Córdoba, y de doña Ana de Caisadro y Bocanegra, tomó el hábito con su hermana Beatriz, muy niñas aún, en 23 de enero 1597, y vivió hasta los ochenta años; su hermana Beatriz vivió cuatro años más y murió en 1667; sor Juana de Jesús María, hija de don Jerónimo de Valenzuela y doña Magdalena Carrillo de Córdoba, profesó en 27 de Enero de 1618 y falleció en 1661; sor Teresa María de Jesús, hija de don Luis Bañuelos y Velasco y doña María Peñalora, profesó en 3 de mayo de 1634 y murió en 23 de enero de 1665; sor Juana de Jesús María, hija de don Juan de Castro y de doña Catalina de Peñalora, profesó en 1663 y murió en 20 de mayo de 1720.

Mucho pudiéramos decir de las vidas de estas religiosas y de otras que hasta nuestros días han dado pruebas evidentes de una virtud acrisolada, honrando a esta observantísima comunidad.

En la iglesia del convento de Santa Ana celebra sus cultos la asociación de las Hijas de la Purísima Concepción que, como en muchas poblaciones, lleva en ésta años de establecida.

La calle de Pedregosa

Acabada la calle de Ángel de Saavedra y dejando a la derecha la de la Pierna, ya historiada en el barrio de San Juan, seguimos la de Pedregosa, nombre antiquísimo basado en el mal piso de la misma, pues aún hoy, gozando de baldosas, da lugar a multitud de caídas, tanto por su pendiente como por lo bruñido de sus piedras.

A esta calle afluye la de José Rey y además tiene tres callejas sin salida y una plazuela llamada de los Barberos, por haberlos tenido desde tiempo inmemorial en la casa de la esquina; fue calle en lo antiguo y comunicaba con la de Jesús Crucificado.

La de los Mesas, que está en la plazuela que dicen del Ave María y se halla la casa hoy de los señores condes de las Quemadas y antes solariega de los señores de aquel apellido, sus antiguos moradores, una de las familias más nobles de Córdoba y a la que perteneció el obispo don Fernando de Mesa. Estos señores usaban escudo de plata, dos mesas de gules y sobre cada una tres panecillos de oro, bordura de gules y ocho aspas también de oro. A la plazuela le llamaban del Ave María, y así lo dice una pequeña lápida, por ser el punto desde donde se percibía mejor la voz que daban desde la torre de la Catedral al tocar el alba, las doce y la oración.

Más abajo, en el lado opuesto, está la otra calleja llamada de Villaseca, apellido de uno de sus antiguos moradores.

La casa número 1 de esta calle es digna de mención por haber nacido en ella nuestro desgraciado paisano el escritor contemporáneo don Luis María Ramírez y de las Casas-Deza, del que nos ocupamos en el barrio del Salvador al llegar a la calle que hoy lleva su nombre por haber muerto en una de sus casas. Ya hemos dicho también que en esta casa moraba el presbítero don Francisco de Sales Ramírez cuando el general Godinot mandó ahorcarlo en la Corredera, horrible suceso ya narrado en estos apuntes.

Casi frente a la casa de los Mesas hubo hasta 1841 un cuadro que representaba a Santa Ana tomándole la lección a la Virgen, cuyo paradero no hemos podido averiguar.

La casa número 28 de la calle de Pedregosa es la solariega de los Corteses y en ella vivió el racionero don Pedro Cortés, de quien el autor de los Casos raros de Córdoba se ocupa diferentes veces, una de ellas al contar el trágico fin de don Rodrigo de Vargas, uno de los caballeros que más fama alcanzaron por su vida licenciosa. Creemos éste el momento más a propósito para narrarlo a nuestros lectores.

La licenciosa vida de Don Rodrigo de Vargas

Los Vargas fueron en Córdoba una de las familias más conocidas, tanto por su nobleza como por los diferentes cargos ejercidos por ellos en diferentes ocasiones. En el último tercio del siglo XVI moraba en ésta don Juan de Vargas, quien tuvo por hijo a don Rodrigo, uno de los jóvenes que más figuraban por su gallardo aspecto, sus modales finos y su trato afable y bondadoso. Muy joven aún, cuando todavía no habían empezado a mitigarse los ardores de su juventud, obligole su padre a contraer matrimonio con la hija de otro noble cordobés y que hasta la muerte guardole con su cariño la fidelidad propia de toda esposa buena y honrada.

Pasados pocos años después de su enlace empezó don Rodrigo a galantear a otras mujeres, tomando tal afición a ellas que no perdonaba medios por difíciles que fueran para conseguir sus deseos. Esto le atrajo multitud de lances con los padres o maridos de sus predilectas, y bien pronto la fama de Vargas llegó a tal grado que todos le temían, haciéndole el blanco de sus odios y rencores.

Entre los muchos lances contados de este aventurero joven hay uno ocurrido en la antigua calle de las Platerías, hoy parte de la Carrera del Puente. Un platero estaba escondido huyendo de la justicia por haber causado una muerte. Cerca de su casa vivía una dama a quien don Rodrigo requería de amores, y no hallando otros medios, se entraba en la casa de aquél para hablar con la vecina sin hacer caso de las observaciones hechas por la mujer del platero. Una noche llegó éste, enterose del motivo de tales visitas y, cortesmente primero y después hasta con amenazas, le dijo buscase otros medios de comunicación con aquella mujer, toda vez que la suya perdería en su buen nombre si veían entrar y salir a un caballero que tal fama de libertino había alcanzado.

Ofreció hacerlo, mas esto no tuvo cumplimiento, y volviendo el platero a encontrarlo en su casa, arremetió contra él con tal ímpetu y con tanto fue rechazado, que se trabó una horrible lucha en la cual resultó muerto el industrial y Vargas con más de treinta heridas, saliéndose arrastrando a la calle, donde casi desangrado lo recogieron el marqués de El Carpio y sus hermanos, quienes lo llevaron al Sagrario de la Catedral, costándole no poco el curarse tantas y peligrosas heridas. Por último, arreglose el asunto y quedó libre después de hacer grandes donativos a la viuda y cuantos intervinieron en la causa.

Cuando parecía que el escarmiento fuera el resultado del lance referido y otros de igual índole, don Rodrigo continuó en sus desaciertos, indisponiendo matrimonios, desconcertando casamientos y llevando la alarma a todas las clases de Córdoba, puesto que a nadie respetaba por elevada que fuera la persona a quien ofendía. Cierta noche encontró en la calle del Baño, hoy de Céspedes, a otro caballero, amigo suyo, a quien preguntó por qué paseaba tanto por aquel sitio, puesto que lo había ya visto tres o cuatro veces pasar a la misma hora. De buena fe confesole que con el mejor fin hacía el amor a la hermana de don Pedro de Mesa, a la que pensaba unir su suerte. Ingenua conversación que le sirvió a Vargas para uno de sus enredos. Díjole extrañaba mucho que un caballero tan principal se prendase de una mujer descendiente de raza judía, con lo cual mancharía su honra y el buen nombre de su familia. Creyose en sus palabras y el caballero se retiró de la casa, donde se extrañó mucho su conducta, que al fin aclararon, demostrándole la falsedad de la noticia, con lo que se concertó de nuevo y realizose el casamiento, declarándose enemigos de don Rodrigo, quien ya contaba con muchos y muy temibles.

Los señores de Femán-Núñez moraban en aquel tiempo en la casa de la calle del Paraíso, que al pasear por ella citamos. Éstos tenían varias hijas y una huérfana que habían recogido y educado como una de las primeras. Era hermosa y don Rodrigo fijose en ella con su mala intención acostumbrada. Sedujo a uno de los sirvientes, consiguiendo al fin sus impúdicos deseos, entrando de noche sin ser visto de persona alguna. Descubriose al cabo por otra de las criadas, y cuando una noche estaban más descuidados en su entrevista, apareciose la respetable señora de la casa acompañada de dos sirvientas con hachas encendidas. La pobre joven desmayose, mas don Rodrigo oyó con calma los apóstrofes que se le dirigían y, vistiéndose con cachaza contestó a la señora que lo había hecho porque le placía así, y que agradeciese a las canas el que no hubiera pretendido hacer con ella lo mismo, marchándose en seguida como si nada le hubiese sucedido.

La pobre huérfana fue al día siguiente a acabar su vida en un convento, y la ultrajada y orgullosa señora de Fernán-Núñez juntó al otro día a todos sus parientes y amigos, casi todos ofendidos por las liviandades de Vargas, y convinieron en acabar con él, llevando la dirección en el asunto el racionero don Pedro Cortés, que ya hemos dicho vivía en la calle de Pedregosa.

Como aclaración y para conocer el principal personaje que medió en la muerte de don Rodrigo, o sea el que la realizó, debemos contar otro suceso íntimamente relacionado con éste, por cierto el alma de toda esta tradición, un tanto dramática e interesante.

Don Fernando Páez y el pajecillo Luna

El domingo de la Santísima Trinidad del año 1586 corríanse toros y cañas en la calle de la Feria, que ya hemos dicho era adornada para celebrar estas fiestas, a que eran tan dados los caballeros cordobeses. Entre los muchos que aquella tarde acudieron fue uno don Fernando Páez Castillejo, dueño de la casa de los señores Trevilla en la plazuela de Don Jerónimo Páez.

Cerca del Portillo veía el espectáculo un jovencillo, vestido de paje, por serlo del alférez mayor de la Ciudad don Pedro de Córdoba, de quien la maledicencia decía ser hijo natural. Cerca de él revolvió su caballo don Fernando, con tan poco tino que arrolló al pajecillo Luna, que era como llamaban al joven, el que amostazado por haber servido de burla a los espectadores, cogió las riendas al caballo y pidió al jinete satisfacción de la ofensa. Contestósele como a un niño, y creyéndose despreciado fuese a su casa, tomó una espada y esperó al caballero en el camino de la ya dicha plazuela.

Segunda vez sujetó al caballo y desafió a don Fernando de Páez; éste despreciolo de nuevo y negose a lidiar con él. El paje, sin miramiento alguno, le dio una estocada en el pecho que lo dejó caer muerto sobre un montón de cal, donde el autor de los Casos raros asegura haberlo visto. Acudió gente a recoger al muerto, que llevaron a su casa, y el paje echó a correr por la hoy calle del Horno del Cristo a la Catedral, a cuyo sagrado se acogió.

En la casa de Páez todo era confusión y pena, sus parientes se reunieron y en unión de la justicia resolvieron ir en busca del agresor. Llegaron, en efecto, a la Catedral, encontrándolo sentado en la grada de uno de los altares, desde donde don Rodrigo de Vargas, que iba delante, lo sacó casi a la rastra. Ya cerca de la puerta lo apostrofó el paje, diciéndole entre otras cosas que era extraño ver a un caballero de su clase ejercer el oficio de corchete con el que estaba bajo el amparo del templo, palabras que le valieron una bofetada tan grande que hizo brotar sangre de su boca. Mas lejos de desmayar el joven delincuente juró a gritos que aquella ofensa había de costarle la vida, amenaza escuchada con desdén, porque todos creían que bien pronto tendría que expiar en un cadalso el asesinato alevoso cometido en la persona del caballero Páez.

Tenemos al pajecillo Luna en la cárcel, sita en la hoy calle de las Comedias, frente a la Virgen de los Faroles. El proceso continuó su marcha a pesar de las protestas del Cabildo eclesiástico, por haber extraído al preso del sagrado recinto de la Catedral. Una sentencia de muerte fue el resultado, señalándose el día de su cumplimiento. Diose el consabido pregón de que nadie osase salir a la calle con armas. La horca se levantó en la plaza y la hermandad de la Caridad y demás personas que en aquellos tiempos concurrían a estos actos reuniéronse a la puerta de la cárcel, formándose la procesión, a la cual esta vez señalaron una carrera en extremo larga, dando la vuelta hasta San Pedro, calle de Almonas, San Andrés a volver a bajar la Espartería. El reo, subido en un jumento, iba dando muestras de contrición. Las doce estaban para sonar cuando llegaban a donde hoy está el Arco Alto, y las voces de perdón empezaron a resonar entre la apiñada muchedumbre, ávida, como siempre, de presenciar estos desagradables espectáculos.

No era el perdón lo que llegaba. La Chancillería de Granada, atendiendo las reclamaciones del Cabildo, mandaba suspender la ejecución. El pueblo en general, a quien interesaba el joven Luna, empezó a dar voces de júbilo, en tanto que la mayor parte de la nobleza veía con gran desagrado que no se vengaba tan pronto como debiera la muerte de un pariente y amigo, achacando este entorpecimiento a las grandes influencias del alférez mayor don Pedro de Córdoba, a quien suponían padre del delincuente. Éste regresó casi en triunfo a la Catedral, donde permanecería en tanto que se decidiese la competencia. Mas a las pocas noches desapareció de la iglesia, ignorándose su paradero mucho tiempo, hasta que al fin se supo su marcha a Flandes, donde abrazando el ejercicio de las armas se elevó por su valor y talento a la graduación de capitán.

Concluye la historia de Don Rodrigo de Vargas

Conocido por nuestros lectores el pajecillo Luna podemos reanudar la historia de don Rodrigo de Vargas. Encargado el racionero Cortés de la dirección de realizar la venganza que todos anhelaban, creyó que nadie sería tan a propósito como aquél que con gusto cumpliría su juramento de joven, y decidió escribirle una carta, a la cual contestó que vendría a Córdoba a mediados de la próxima Cuaresma, oferta con exactitud cumplida, quedando escondido en la casa del racionero.

Por este tiempo concedió el papa un jubileo plenísimo que todos se apresuraron a hacer, y un don Andrés de la Cerda, amigo verdadero de don Rodrigo, le aconsejó aprovechara la ocasión de descargarse de tantas culpas como lo abrumaban. Acogió con gusto el consejo, conviniendo en ir juntos a confesarse al día siguiente a la iglesia de los Carmelitas. Mas aquella tarde, viéndolo bajar por la calle de Pedregosa un negro esclavo del racionero Cortés avisó a éste y bien pronto se colocó en la reja para hablarle. Don Rodrigo se paró y dijo que al día siguiente pensaba hacer el jubileo, de lo que fingió alegrarse el malicioso cura, rogándole que en celebridad de su arrepentimiento lo convidaba a la noche siguiente para hacer colación juntos. Aceptó Vargas y marchose tan descuidado, en tanto que su enemigo convocó a las personas contra él confederadas para presenciar lo que allí había de suceder.

Cerda y don Rodrigo hicieron su jubileo. El primero vivía cerca de la casa del racionero y a ella se llegó el segundo antes de ir al convite, rogándole a su amigo, que lo esperaba en la puerta, que cambiase la capa por aquella noche, porque tenía necesidad de acudir a una cita después de tomar la colación y no quería ser conocido. Repugnolo don Andrés de la Cerda, mas al fin accedió al cambio y Vargas bajó la calle, deteniéndolo el racionero, que lo esperaba en su ventana.

Hízole entrar, pretextando hacerse tarde, y desde luego lo llevó a una estancia en que estaba la mesa dispuesta, señalándole como asiento el sillón que daba espalda a la puerta de otra habitación, en la cual se habían escondido el capitán Luna con todos los demás confederados contra aquel infeliz caballero. Éste, de buena fe, sentose, y estando en jovial conversación con don Pedro Cortés recibió un terrible golpe en la cabeza, asestado con un venablo por el pajecillo, a quien apenas vio, y que a pesar de la carrera hecha no olvidó el modo alevoso que tenía de quitar de enmedio a los que le estorbaban.

Don Rodrigo dio un terrible grito de "me han muerto", que, aunque confusamente, oyó desde su casa don Andrés de la Cerda; mas temeroso de que don Rodrigo hubiese hecho alguna de sus hazañas, complicándolo a él por el cambio de la capa, puso de testigos a sus criados de estar en su casa cuando oyeron la voz, y cerró su puerta para no intervenir en cosa alguna. Un matrimonio habitante en la casa frente a la del racionero también oyó el desaforado grito de la víctima, pero en su declaración no pudo fijar el sitio de donde había salido.

Muerto don Rodrigo sus asesinos y algunos de sus parientes recogieron la sangre posible en un cubo y con ella fueron manchando muchas esquinas de las calles, y aun se añade ser la idea señalar las casas donde habían sufrido alguna ofensa del muerto, como para significar estar vengada. El cadáver fue envuelto en su capa; pusiéronle los guantes, ciñéronle su espada y con sigilo lo llevaron a la calle del Baño, hoy de Céspedes, dejándolo tendido contra la pared como si estuviese dormido, tanto que don Pedro de Mesa declaró luego que viniendo del campo con más de veinte amigos vieron aquel hombre en el suelo y creyéndolo embriagado siguieron su marcha comentando los efectos de semejante vicio.

La señora ya viuda de Vargas, que a pesar de sus muchos desaciertos lo quería con exceso, estuvo toda la noche esperando, y viendo por la mañana que aún no había aparecido envió en cuanto amaneció a su criado a preguntar a don Andrés de la Cerda, quien le contó el cambio de la capa e indicó el punto a donde sospechaba hubiese ido. Siguió el criado sus pesquisas, encontrándose en la calle del Baño con el cadáver, cuya vista le produjo tal impresión que empezó a dar grandes gritos de quebranto, volviéndose en busca de don Andrés, quien acudió, y en unión de otros amigos y parientes resolvieron llevarlo a casa del primero, en tanto se preparaba a la desgraciada señora. Hízose así y de allí salió también el entierro, al cual asistieron, para disimular, cuantos habían intervenido en la muerte, menos el capitán Luna, de quien la tradición no vuelve a ocuparse.

Don Andrés de la Cerda y otros parientes de don Rodrigo pudieron descubrir cómo sucedió la muerte de don Rodrigo de Vargas, y dando cuenta a la Justicia, ésta dirigió sus actuaciones contra el racionero Cortés, don Juan de Córdoba, don Alonso de Aguilar, don Alonso Cervantes y otros, sufriendo todos cuatro veces el tormento decretado por los jueces pesquisidores mandados por el rey para seguir esta causa. El único que a fuerza de los dolores dijo alguna cosa fue el negro esclavo de don Pedro Cortés, el que un día amaneció muerto en su calabozo. El ama o criada sufrió nueve veces el tormento, quedando coja y manca, pero sin pronunciar una palabra que diese el menor indicio, por lo que su amo le señaló después una pensión vitalicia. A Cervantes lo maltrataron también mucho porque dentro de un bollo le encontraron un papel en que le aconsejaban sufrir y callar. Por último, el racionero fue reclamado de Roma y los otros de Madrid, donde permanecieron muchos años, y al cabo todos quedaron libres, siendo recibidos en Córdoba con grandes muestras de júbilo, pues si infame era el crimen no eran menos los muchos que se le imputaban al don Rodrigo.

El racionero Cortés aborta una historia de amor prohibido

El autor de los Casos raros pone otro ocurrido en Roma al racionero Cortés, director de las sangrientas escenas narradas en los párrafos anteriores. Siendo éste muy joven fue llamado por un tío suyo que ocupaba una gran posición al servicio del papa, cuyo viaje hizo gustoso, suponiendo, con sobrada razón, que de él dependía tal vez su porvenir.

Ya en aquella populosa ciudad, joven y de elegante aspecto, unido a la posición de su tío y al dinero que éste le daba, alternaba con todo lo más principal de la juventud romana, extendiendo su vuelo tal vez demasiado, pues empezó a notársele entre los más calaveras. Cierta noche, al salir de uno de los puntos a que más concurría, encontró una mujer de gallardo aspecto vestida de blanco y cubierta por un largo manto negro. Chocole semejante encuentro a tales horas y quedó dudoso entre acercarse a ella o averiguar a dónde se dirigía. Decidiose por lo segundo, siguiendo al acecho hasta llegar frente a un convento de frailes. Parose la dama, hizo una seña casi imperceptible y desde una ventana echaron una escala por la que subió aquélla con gran precipitación.

Quedóse Cortés otra vez sin saber si irse a su casa, llamar a la portería del convento o esperar a ver si bajaba aquélla, toda vez que no era lo más natural quedarse en un edificio en que no era posible la estancia de mujer alguna. Quedose al fin casi toda la noche, y como a las cuatro de la madrugada percibió a un fraile asomado en el lugar de la escala, como examinando si alguien había por las cercanías, después echó de nuevo aquélla y bajó la dama, emprendiendo su marcha con don Pedro Cortés detrás, que al cabo de algunas vueltas decidióse hablarla, deteniéndola en su ligerísima carrera. Turbose la dama y con palabras entrecortadas rogole la dejase marchar sola, por cuanto amase en el mundo. Él la dijo serle imposible, pues lejos de complacerla tenía, como dependiente de las guardias de Su Santidad, la obligación de llevarla presa, prestando en ello un servicio que no dudaba le sería pródigamente recompensado. Añadiole ella que más que ese premio le proporcionaría, pero que la dejase, confesándole entonces, separando el manto y dejando ver su hábito, ser la abadesa de un convento donde recibía educación parte de la juventud más noble de Roma, y que sería un horrible escándalo la publicación de su falta, acompañando sus palabras con tantas lágrimas y sollozos que al fin enterneciose don Pedro, más por cálculo que de lástima, y le ofreció callar si ella a su vez juraba no repetir semejante escapatoria. Jurolo y siguieron juntos hasta el pie de la torre del convento, desde donde echaron otra escala. Despidiéronse ofreciendo ir a verla al locutorio, y subió, dejando caer aquélla, que él hizo pedazos con su daga y enterró luego en un lugar algo distante.

Era extraña y curiosa la aventura, y don Pedro pensó aprovecharla cuanto pudiese. Al efecto, a la tarde siguiente hizo una visita a la abadesa del convento. Conversó largamente, recibió un regalo consistente en una hermosa alhaja y un bolso lleno de doblones y el encargo de ir a ver en su nombre al provincial de su orden, contarle lo ocurrido y pedirle que para siempre renunciase al amor que tales compromisos proporcionaba.

Desde allí emprendió su marcha, entró a ver a su reverencia el provincial, contole todo y el buen fraile se hizo extraño al suceso, aparentando una serenidad que en verdad no tenía. Lejos de ceder, don Pedro le dio tantas señas, le expuso tantos datos y tantas seguridades de saber guardar un secreto que al fin le echó los brazos, ofreciéndole renunciar a su pasión y ser su protector y amigo mientras permaneciese en Roma. Ofrecimiento tan bien aprovechado que le valió a nuestro joven paisano pasar una vida holgadísima, hasta el extremo de llamar la atención del tío, que achacándolo al resultado del juego le hizo gravísimos cargos a que don Pedro satisfizo, confesando ingenuamente lo ocurrido, mereciendo la aprobación de su conducta en cuanto a guardar el secreto, si bien le afeó el haber admitido recompensa por su generosa acción.

Sin embargo todo continuó lo mismo, hasta que obtenida la ración en esta Catedral, a donde vino, mandando después desde aquí muy buenos regalos tanto al provincial como a la abadesa, a quienes a su vez era deudor de muchos obsequios.

La plaza de los Benaventes y la calle de Céspedes

Al final de la calle de Pedregosa encontramos una plazuela llamada de los Benaventes o de los Corteses, porque la casa antes dicha fue de los señores de estos apellidos. Nada de particular ofrece este sitio, al que afluyen además de la citada calle las de los Ángeles, Baño y Comedias. En la esquina de la segunda hubo hasta 1841 un cuadro que representaba a la Virgen y formaba frente a la ya historiada calle de Pedregosa.

Entre dicha plazuela y la Catedral pasamos la calle de Céspedes. Desde la conquista se llamó del Baño, por unos públicos que tuvieron allí los árabes y de los que aún se conservan restos en la casa número 9, si bien es casi imposible penetrar en ellos por haber quedado debajo del jardín. Como por idéntica razón aún existe el mismo título en el barrio de San Pedro, cuando en 1862 se variaron los nombres de calles repetidos o malsonantes le tocó su suerte a la que nos ocupa, y entonces la dedicaron al escritor, pintor y escultor Pablo de Céspedes, del cual nos volveremos a ocupar cuando señalemos el lugar de su sepultura en la Catedral. También quitaron de esta calle en 1841 un cuadro de medianas dimensiones que representaba a San Rafael.

Bajando, encontramos a la derecha una calleja sin salida que todos dicen de Quero, y aquí debemos hacer notar que en la acera contraria de la calle de los Deanes existe otra con el mismo título. De los datos adquiridos colegimos que estas dos barreras fueron una sola calle llamada en lo antiguo de la Hoguera, sin que sepamos el motivo; después labraron una casa que las separó, aunque quedando de paso y viviéndola un sochantre de la Catedral de apellido Quero, nombre que le quedó a las dos callejas.

En la penúltima casa en la acera de la derecha de la calle de Céspedes nació y vivió sus primeros años el malogrado pintor contemporáneo don Mariano Belmente, de quien nos hemos ya ocupado al citar algunas de sus obras.

Hemos bajado desde Santa Ana a la Catedral y podemos decir que tenemos el barrio dividido en dos distritos, derecha e izquierda, describiéndolos o paseándolos separadamente para más claridad en nuestro trabajo, emprendiendo nuestra excursión por el segundo, o sea la izquierda, por ser el primero que encontramos al paso.

La calle de José Rey

Apenas hemos entrado en la calle de Pedregosa nos encontramos con la de José Rey, que baja hasta confluir con las de las Cabezas, Badanillas y Caldereros, afluyendo a ella las de la Encarnación, Horno del Cristo, Osio, Corral de Bataneros y Portería de Santa Clara.

La calle que visitamos se llamó del Duque hasta 1861, por la causa que a seguida anotaremos. Los duques que le dieron nombre a esta vía no son los de Rivas, como suponen algunos; nosotros creemos habían sido los de Alba, título unido al marquesado de El Carpio, que tuvieron casas en lo que hoy es convento de Santa Ana hasta llegar a esta calle de José Rey o de los de Feria, tan antiguos, concedido a un señor Suárez de Figueroa, apellido de la casa de Villaseca, que tenían en este sitio la que mira a la calle de la Encarnación y que vendieron a los señores Barbudos, aunque perteneció al mayorazgo fundado por Álvaro de Armentia o Armenia. Tiene una bonita portada, aunque con mutilaciones, del siglo XVI, y en el patio una linda arcada que recuerda aquella buena época para las artes.

Don José María Rey Heredia

Don José María Rey y Heredia nació en una casa de la calle de los Moriscos en el día 6 de agosto de 1818, siendo sus padres don Francisco Rey y doña Josefa Heredia, personas estimadísimas aunque de escasa fortuna, y administrándole el bautismo en la parroquia de Santa Marina su señor tío el presbítero don Pedro de Heredia y Cisneros.

Estudió las primeras letras en las Escuelas Pías, llamadas generalmente de la Compañía, y después latín con el preceptor particular don Juan Monroy, quien viendo en su joven discípulo un talento privilegiado excitó a sus padres a que lo dedicasen a alguna carrera literaria, y ellos, ansiosos de su bien, hicieron cuantos sacrificios les fue posible hasta ver a su hijo en el seminario de San Pelagio, donde ingresó de interno en primero de octubre de 1833, logrando al segundo año el premio de beca entera, y en todos once que constituían su carrera el primer puesto, al cual aspiraban muchos de los seminaristas, que en aquellos tiempos los hubo de gran aplicación y talento. En los cuatro últimos cursos estuvo de pasante y dos de ellos de bibliotecario en la episcopal, que entonces estaba abierta para que concurriesen los amantes del estudio.

Catedrático después en dicho colegio, electo para el de la Asunción, hoy Instituto Provincial, ganó por oposición en 1844 la de Lógica en el de Ciudad Real, la que ejerció hasta 1848, que en nuevas oposiciones y a pesar de haber doce aspirantes obtuvo otra cátedra en el Instituto de Madrid, en cuyo punto ya escribió sus Elementos de Lógica, libro de texto aún en aquél y otros muchos establecimientos de su clase, mereciendo igual suerte otros Elementos de Ética escritos en 1853 con la misma erudición y acierto.

En 11 de septiembre de 1851 contrajo matrimonio en la parroquia de San Pedro de esta ciudad con la bella y virtuosa señorita doña Teresa Gorrindo y Castro, hija del honrado comerciante don Pedro Gorrindo, a quien tuvimos el gusto de conocer y tratar. Este enlace había colmado de felicidad a nuestro paisano, modelo de hijos cariñosos, de jóvenes aplicados y de hombres amantes de su nombre y de su honra. Mas la voluble suerte, pronta siempre a variar, causando tantos males como bienes, no tardó en traer la desgracia a esta nueva familia cuando más felices se juzgaban con las infantiles caricias de un hijo, nacido en Madrid en 18 de febrero de 1854, hoy abogado del Ilustre Colegio de esta capital.

Su virtuosa madre, atacada de una grave y penosa enfermedad contra la que no bastaron las saludables brisas de nuestra sierra, murió en una de sus huertas en 24 de abril de 1856, a la temprana edad de veinticuatro años, en que tantas y halagüeñas esperanzas podía acariciar entre su esposo y su hijo. Este rayo de dolor hirió de muerte al sabio cordobés, que desde entonces principió a resentirse en su salud, indicando no tardaría en reunirse en el cielo a la que tanto había adorado en la tierra.

Desde 1851 se ocupaba don José Rey y Heredia, primero en varios opúsculos y después reuniéndolos en una sola obra, en escribir la que hará que su nombre sea una honra no sólo para Córdoba, su patria, sino para toda la nación española. Nos referimos a su Teoría transcendental de las cantidades imaginarias, que nuestro malogrado amigo dejó inédita. La incurable enfermedad que ya hemos dicho le aquejaba iba rápidamente acortando su preciosa vida, viniendo a perderla en el mismo lugar en que yacía su amante compañera y en el que ambos habían nacido. El 18 de febrero de 1861, en que dejó de existir, fue un verdadero día de luto para Córdoba, donde le habían visto nacer, habían seguido paso a paso su brillante carrera y le dedicaban un cariño tan sincero como pocos hombres han alcanzado en su patria. Cuarenta y ocho horas antes de su muerte, cuando aún su entendimiento estaba despejado, a pesar de que la debilidad y demás efectos del mal apenas le dejaban pensar más que en su próximo fin, ansioso de dejar a su hermano don Joaquín -de quien también la muerte nos privó a los pocos años- algunas instrucciones acerca de la publicación de su obra, tomó trabajosamente la pluma y trazó las siguientes líneas, en las cuales se revela la gravedad del momento. Decía así:

:"No sé si el mal que hace tiempo me consume me permitirá escribir el prólogo de mi Teoría transcendental de las cantidades imaginarias. Si algún día llega a publicarse cuidarás de que aparezca consignado lo que sigue:

:"A fines de 1850, y muy pocos días después de conocer a mi amigo y compañero don Acisclo F. Vallín y Bustillo, catedrático como yo en el Instituto del Noviciado de la Universidad de Madrid, tuve, no sé si la fortuna o la desgracia, de que advirtiese en mí alguna afición al estudio de las ciencias exactas, consultándome varias veces sobre diferentes puntos de los Elementos de Matemáticas que por aquella fecha empezaba á publicar, y que tan ventajosamente sirven hoy de texto en muchos establecimientos de segunda enseñanza.

:"Por nuestras conferencias y discusiones sobre todos los ramos de la ciencia, se formó mi buen amigo un concepto tan superior de mis escasos conocimientos que me instó una vez y otra a escribir algunos opúsculos sobre las principales cuestiones filosófico-matemáticas que tratábamos en nuestras conferencias, y que sirviesen como de introducción a la completa reforma de la ciencia. Llegó su empeño hasta el punto de anunciar en una de las ediciones de su obra estos mismos opúsculos, obligándome así a dar forma al que considerábamos siempre como el más predilecto, y también como el más difícil y transcendental para servir de base a los demás.

:"A la perseverancia de mi consecuente amigo, por espacio de muy cerca de diez años consecutivos, durante los cuales he sufrido tristísimas desgracias de familia, se debe que haya al fin terminado mi trabajo. Conozco bien las grandes dificultades de una obra completamente nueva..., no sé el concepto que merecerá al Real Consejo de Instrucción Pública; pero si alguna consideración quieren dispensarme y desgraciadamente fallezco antes, mi pobre hijo... No puedo seguir, Joaquín: la aflicción me ahoga..."

Testigos presenciales de cuanto ocurrió en los funerales de este distinguido patricio, podemos asegurar que jamás hemos visto un concurso tan grande como el que en la tarde del 19 de febrero acompañó al cadáver hasta su última morada. El duelo era presidido por una comisión del Ayuntamiento acompañada del señor deán de la Santa Iglesia Catedral don Juan Gutiérrez Correa, director espiritual del señor Rey, los directores del instituto, el seminario y las escuelas Normal y de Veterinaria con todos los demás profesores y alumnos.

El día 20, o sea, dos después de este tristísimo suceso, el alcalde presidente del Ayuntamiento hizo en sesión la moción siguiente, por unanimidad aprobada:

Moción Municipal a la muerte de Rey Heredia

:Excmo. Sr.: Deber es de la Corporacion que tiene el alto honor de representar la insigne y antigua ciudad de Córdoba, preclara madre de sabios, como la llamó un escritor antiguo, el transmitir á la posteridad, orlados con la aureola de gloria, respeto y consideración á que son acreedores, los nombres de aquellos sus ilustres hijos que, elevándose por su mérito relevante sobre el nivel de sus contemporáneos, dan honra y prez á su patria. En este caso se encuentra D. José María Rey y Heredia, cordobés tan modesto y probo, como sabio profundo, sobresaliente en el profesorado, y no menos distinguido escritor, que ha bajado al sepulcro casi en sus más floridos años, cuando más opimos y sazonados frutos esperaba la patria de su privilegiada inteligencia. Por tanto, el Alcalde que suscribe tiene el honor de proponer á la Corporación municipal se sirva perpetuar la memoria del sabio escritor público D. José María Rey con el acuerdo siguiente:

:1°. Se concede bovedilla perpétua á su cadáver en el cementerio de la Salud.

:2°. Se pagará por la Corporacion, y cargo al capítulo de Imprevistos, la lápida que cubra sus restos mortuorios, proporcionando así, y de una manera indirecta, un pequeño socorro á su desconsolada familia.

:3°. Se procurará adquirir un retrato suyo, el cual se depositará en la sala de sesiones, donde, á ejemplo de lo que en otras partes se hace, debe procurarse formar una colección de retratos de cordobeses ilustres.

:4°. Se mudará el nombre de la calle en que ha ocurrido su fallecimiento, la cual deberá llamarse, en lo sucesivo, Calle de José Rey.

:Córdoba 19 de febrero de 1861. Carlos Ramírez de Arellano.

En cumplimiento de tan oportuno acuerdo y siendo la casa en que ocurrió el fallecimiento de tan notable escritor la número 12 de la calle del Duque, cambió ésta el título por el de José Rey, que hoy lleva, por justo y merecido recuerdo. Del mismo modo, en 15 de julio de dicho año se colocó en la sala de sesiones del Ayuntamiento el retrato que la Corporación mandó hacer al aplicado pintor don Juan de Dios Monserrat, a cuyo pie se lee: Para perpetuar la ilustre memoria del sábio profesor de la Universidad Central y escritor D. José María Rey y Heredia, mandó hacer el presente retrato la Municipalidad de Córdoba, su patria, en 1861.

El arquitecto municipal entonces y provincial hoy, don Rafael de Luque y Lubián, diseñó en seguida el sepulcro que trabajó con acierto el marmolista italiano don José Frápoli, establecido en Sevilla, terminándolo para el primero de noviembre de 1862, leyéndose en sus dos caras la siguiente inscripción: DON JOSÉ MARÍA REY Y HEREDIA. R.I.P. 1861. AL ILUSTRE ESCRITOR Y VIRTUOSO CIUDADANO, EL AYUNTAMIENTO CONSTITUCIONAL DE SU PATRIA CÓRDOBA.

Poco tiempo después de la muerte de don José María Rey, previos los informes necesarios, se publicó la real orden fecha 21 de noviembre de 1861 en que se mandó imprimir por cuenta del Estado la obra inédita ya mencionada, llevándose a cabo esta resolución, dirigida por el señor Vallín, conforme a los deseos del autor.

La índole de esta obra no nos permite dar más pormenores, como quisiéramos, de la vida de nuestro ilustre paisano. Ya saben que a su indisputable mérito debe su nombre esta calle.

Noticia del Convento de Santa Clara

En ella tenemos un edificio digno de nuestra atención. Éste es el exconvento de Santa Clara, que estamos en el deber de historiar.

Fue fundado este convento por el arcediano de la Catedral de Córdoba don Miguel Díaz de Sandoval, hijo del conquistador de esta ciudad Diego Gutiérrez de Sandoval, por orden del rey don Alfonso el Sabio, para lo que compró el palacio de su hermano don Luis que había sido de la reina doña Juana de Potiers, mujer de San Fernando. Así consta de una escritura otorgada en 1265, confirmada en 1270 por el expresado don Alfonso.

Diósele a este convento, el más antiguo de monjas después de la Reconquista, el título de Santa Catalina y observancia de la orden de Santa Clara, de donde tomó el nombre una de las puertas de la Catedral, porque no existían las manzanas de casas entre uno y otro edificio. El que nos ocupa, unido con la pequeña ermita de la Concepción, formaba una sola y extensa manzana. Ocupaba su centro un hermoso patio claustrado, que por sus azulejos y otros adornos revelaba, aunque reformado, la época de su primitiva edificación. En la huerta se han descubierto unas especies de sótanos o subterráneos, al parecer árabes, cuyo objeto desconocemos. En los demás departamentos se han visto también algunos restos y signos de diferentes épocas y órdenes arquitectónicos.

Aunque este edificio parece uno bastante grande con algunas agregaciones, de los antecedentes consultados sacamos haber sido dos, uno el fundado como convento y otro el palacio de la reina, adquirido para su ampliación, porque en la carta de venta o escritura se leía lo siguiente: "Yo el Infante D. Luis, fijo del Rey D. Fernando, que Dios perdone, vendo á vos Miguel Diaz, Arcediano de Córdoba, las casas que yo he en Córdoba en la collación de Santa María, cerca de Santa Catalina, facta carta 25 dias andados de Mayo, era de 1303", corresponde al año 1265. Y en otra carta del rey don Alfonso decía: "Por cuanto nos dijo el Infante D. Luis nuestro hermano, que por cuanto vendió las casas que habia en Córdoba á la collación de Santa María, cerca de Santa Catalina, las cuales de la Reina Dª. Juana su madre é ó nos rogó que mandásemos dar nuestra carta abierta de saneamiento, y fecha la carta en Córdoba Martes 26 dias de Mayo era 1303", que corresponde al mismo año 1265. En todo esto conviene el escritor Pedro Díaz de Rivas, con el que estamos conformes en este punto y no en el que en este sitio ni en la Catedral estuviese el célebre templo de San Jorge, que hemos considerado en la parroquia del Salvador, que ya dijimos estuvo en la calle del Liceo formando esquina a la del Arco Real.

De los datos estampados ajustamos que la comunidad de Santa Clara ha existido 604 años, toda vez que fue fundado en 1264 y extinguida o incorporada a la de Santa Cruz en 1868, por el mes de septiembre, en que la Junta revolucionaria decretó la supresión de cuatro conventos de religiosas, designados por el obispo don Juan Alfonso de Alburquerque, quien señaló entre ellos el que nos ocupa, sin ver su antigüedad y el ser cuna de otras comunidades, puesto que de aquí salieron a fundar el citado convento de Santa Cruz, el de Santa Inés, el de Santa Clara de Alcaudete y algunos otros.

En este edificio existe un pozo antiquísimo en el que tradicionalmente se dice hay un considerable tesoro, lo cual ha dado ocasión a que algunos crédulos gasten en él considerables sumas, como ha sucedido después de la exclaustración, sin obtener nunca el resultado prometido.

Cuando salieron las monjas lo destinaron a cuartel y últimamente lo vendió la Hacienda, comprándolo don Mariano Vázquez y Muñoz, quien lo ha dividido en diferentes departamentos.

Clarisas con fama de santidad

La comunidad de Santa Clara, como hemos dicho, gozó siempre de muy buen crédito, y entre sus religiosas sobresalieron muchas de gran fama de santidad, de las cuales citaremos algunas cuyos nombres hemos encontrado en diferentes apuntes, y son los siguientes:

Sor Luisa de Sandoval, cordobesa y de ilustre familia, salió de este convento para fundar el de Alcaudete y murió en 1514 con gran fama de santidad. Sor Francisca Mesía, también de Córdoba, murió en 1567, habiendo sido prelada 29 años. Sor María Luna, hija de padres ricos y vecinos de esta ciudad, murió en 1568, mereciendo el epíteto de santa, dado por todos sus paisanos. Sor Leonor de la Cerda, de una de las más ilustres casas de Córdoba, murió en 1567.

Sor María de la Encarnación Córdoba y Cerda murió en 1578, después de dar muchos ejemplos de grandes y relevantes virtudes. Sor Inés Díaz murió en 15 de enero de 1587 con tanta fama de santidad que hasta se asegura en un manuscrito que siete días antes de su muerte y juzgándola todos sana, se profetizó hasta la hora en que había de ocurrir. Sor Francisca de Pineda, natural de Córdoba como las anteriores, murió en 1591, asegurando algunas religiosas que en aquel momento oyeron una música que demostraba subir su alma al cielo. Sor María de Cabrera murió en 1599; renunció a muchos bienes para entrar en el convento. Sor Elvira Clavijo murió en 1601, distinguiéndose por sus relevantes virtudes.

Sor Francisca de la Cruz murió en 1592. Contaban que teniendo unos seis años se cayó en un pozo, de donde la sacaron sin mojarse, oyéndola decir que una señora la había recibido en sus brazos; atribuido esto a milagro la dedicaron a religiosa en Santa Clara, siendo siempre modelo de virtudes, tanto que habiendo empobrecido sus padres los mantuvo mientras vivieron, mandándoles casi entera su ración y cuanto ganaba haciendo labores día y noche, vendiéndolas después con tan piadoso objeto.

Sor Andrea Escobar, modelo de penitentes, murió en 1601. Sor Sebastiana de Luna murió en 1650; dormía en el coro al pie del Santo Cristo que allí había; gozó de gran fama. Sor Francisca de Sousa murió en 1660, profetizándose su fin con tres días de anticipación.

Sor Andrea de Cárcamo murió en 1661. La gran fama de santidad que gozaba la aumentó un ermitaño de la sierra, asegurando que aquella noche había visto desde su retiro una especie de procesión que desde el convento subía al cielo, creyéndose sería llevar a él el alma de aquella religiosa.

Doña Mencía de la Oliva, madre de Ambrosio de Morales

Otros muchos nombres pudiéramos citar de otras religiosas tenidas por santas y que omitimos por no hacer pesados estos apuntes. Sin embargo debemos hacer mención en este lugar de doña Mencía de la Oliva, natural de Córdoba, hermana del notable anticuario y escritor Fernán Pérez de la Oliva. Casó con el doctor en Medicina Antonio de Morales, de quien tuvo varios hijos, uno de éstos el célebre escritor Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II.

Muerto su esposo, y ansiando apartarse de los sin sabores del mundo, se entró en el convento de Santa Clara con su hija Andrea y su hermana María, observando hasta su muerte, ocurrida en 1552, una vida ejemplarísima, ocupándose principalmente en trabajar en la escultura, en la que dejó varias obras, siendo la más importante un Santo Cristo de dos varas de altura que se conservaba en el coro bajo del convento y hemos oído hallarse en el de Santa Cruz.

Al practicar varias obras en dicho coro, después de vendido el edificio, se descubrió una escalera de caracol que comunicaba con el piso alto, y en un hueco en la pared una momia muy bien conservada, sobre la que se hicieron muchos comentarios, opinando algunos, entre ellos nosotros, que tal vez sería el cadáver de doña Mencía de la Oliva, puesto que las religiosas profesas se sepultaban en el suelo y sin caja. Al examinarla vimos que le faltaban los pies y que tenía el hábito de lana mezclilla y en un brazo una venda como de los cáusticos en su última enfermedad. Por disposición del señor obispo don Juan Alfonso de Alburquerque fue trasladada al dicho convento de Santa Cruz.

La iglesia de Santa Clara

La iglesia primitiva del convento de Santa Clara era pequeña, tanto que al prolongarla o hacerla mayor quedó reducida al coro. La nueva, sin ser extensa, era bonita, en forma de tres naves, la del centro de bastante elevación; dividíanles arcos sostenidos por gruesas columnas, que después se ha visto ser delgadas y revestidas de yeso. El altar mayor, cuyo retablo es el que está hoy en la iglesia de San Basilio, es dorado y de caprichoso y mal gusto. En él se veían las imágenes de Santa Catalina, Santa Clara, obra de Pedro de Paz, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán y un Santo Cristo.

En lo demás de la iglesia había otros tres retablos con Jesús a la Columna, San Francisco y San Antonio, de los que uno fue trasladado a la iglesia de las Ventas de Alcolea y los otros dos a la ya citada de San Basilio. A los lados de la capilla mayor estaban los retratos de Alfonso el Sabio y su mujer doña Violante de Aragón, que fueron llevados al Museo con otros de los que anotaremos un Descendimiento, copia de Daniel Volterra, una Virgen que lo es de Carlos Marati, otro con San Acisclo y Santa Victoria, de Peñalosa, y otros tres que estaban en el interior y parecen de Zurbarán. Además había otro de las Once Mil Vírgenes, original de Pablo de Céspedes, el que desapareció hace tiempo, así como once mosaicos de extraordinario mérito que adornaban los lados del comulgatorio.

Custodiábanse también en esta iglesia algunas reliquias, como un pedazo del Lignum crucis, un hueso de San Pedro, otro de San Lorenzo y otros regalos del confesor de la emperatriz doña María de Austria fray Francisco de Córdoba.

En la sacristía había un retablo digno de conservarse por la época a que pertenecía; creemos fuese el que hubo en la iglesia antes de poner el ya citado. Tenía algunas muy antiguas esculturas representando Jesús Crucificado, los Azotes y la Oración del huerto. Al lado un sacerdote de rodillas que suponemos sería el fundador don Miguel Díaz.

La portería de este convento está en la calle que de ella toma nombre, en ángulo con la de José Rey. Durante siglos tuvo en lo alto una especie de triángulo con una imagen en el centro y por bajo, conservado hasta la exclaustración, un tarjetón en el cual se leía: El Rey Don Alonso el Sábio, hijo del Santo Rey Don Fernando y de la Reina Doña Beatriz., electo Emperador de Alemania, fundó este convento de la Orden de Santa Clara, con la advocación de Santa Catalina, vírgen y mártir, por la Era de 1300, que es año del Nacimiento de Nuestro Redentor el de 1262 años.

Todo el trayecto que ocupa la pared foral de este convento en la calle de José Rey se llamó en lo antiguo calle de Santa Clara, y como a la mediación hubo hasta 1841 un cuadro que representaba la Virgen con el Niño en los brazos. Enfrente de esta pared existe una casa conservando, aunque mutilada y con algunas reformas, una portada que creemos pertenecer a principios del siglo XVI o fines del XV. En todo lo demás nada hay digno de mencionarse.

Caldereros y otras calles del entorno

La calle de Caldereros puede considerarse como una prolongación de la de José Rey, puesto que enlaza con ella y continúa hasta la Carrera del Puente en el sitio conocido por la Pescadería. Es la calle de que nos ocupamos una de las pocas de que hemos podido averiguar el título en tiempo de los árabes; éstos la llamaban de Bens Alhá, que creemos significa "hijo de Dios", el cual debería morar en la casa número 1, en la cual se encuentran algunos fragmentos romanos y árabes. Ésta perteneció también a los Jurados, nombre que tuvo mucho tiempo, hasta que mudándose a otras de aquellas casas unos portugueses que trabajaban en cobre el vulgo le dio el título actual de los Caldereros.

Tiene en su acera izquierda dos barreras o callejas sin salida, llamadas Conejera y Pan y Conejo, apodos ambos de antiguos vecinos. En la acera opuesta se comunica también con la Carrera del Puente por una travesía llamada calle del Horno de Porras, por uno de pan que hubo en aquel sitio y que en el siglo XVII era de un hombre de aquel apellido.

Bajando por la calle de José Rey hasta la Carrera del Puente hemos dejado a la izquierda una buena parte del barrio de la Catedral, siendo preciso pasearla antes de retiramos de este punto.

Entramos por la calle del Horno del Cristo, que nada de particular ofrece y debe su nombre a un Santo Cristo que hasta 1841 estuvo en la fachada y después en el interior del horno que vemos en aquel sitio, y es uno de los más antiguos de Córdoba. Desde este lugar y formando ángulo a volver a la calle de José Rey está la llamada del Corral de Bataneros, por una gran casa de vecinos del mismo nombre y donde antiguamente vivieron varios trabajadores de los batanes de paños.

Antes de salir a la plazuela de Don Jerónimo Páez hay otra tortuosa calle, toda embaldosada, en lo antiguo conocida por las Callejas que van al Portillo y después de los Mascarones, por dos relieves que representaban dos soldados romanos que estaban a los lados del balcón de la casa número 21, solariega de los Mohedanos de Saavedra, portada que debió pertenecer a principios del siglo XVI, como la de la casa número 8, que sólo conserva un fragmento alrededor de la ventana. Estas callejas eran antiguamente uno de los sitios más sucios que había en esta población. En una plazuela que forma, frente a su entrada por el Portillo, tiene una calleja sin salida que ignoramos si ha tenido nombre particular.

La plazuela de Don Jerónimo Páez

Entramos en la plazuela de Don Jerónimo Páez, a la que afluyen la calle por donde hemos venido a ella y las de Castillo, Marqués del Villar y Cuesta de Pedro Mato, que pronto describiremos.

En esta plaza hay algunos corpulentos árboles plantados hacia 1850, suscitándose entonces una cuestión entre el Ayuntamiento y los señores Trevillas, dueños de la hermosa casa que hace esquina a la calle del Marqués del Villar, probándose que la mayor parte del terreno perteneció a dicha casa, como se ve por los títulos, en los que hace referencia a la calle del Comendador, que sería alguna que entonces quedó suprimida o la anteriormente nombrada, que llegaría hasta formar ángulo con la Cuesta de Pedro Mato. En el centro hay también una losa cubriendo un repartidor del agua que ya hemos dicho nace debajo del convento de Santa Ana. En la esquina de la Cuesta de Pedro Mato hubo hasta 1841 un cuadro en lienzo con la Virgen.

La casa de los Señores Trevillas

La expresada casa de los señores Trevillas es, tanto en su interior como en su exterior, una de las mejores de Córdoba. Tiene hermosas habitaciones, buenos patios y jardines, uno de éstos al piso principal de la casa. La fachada es una de las joyas que aún nos quedan del Renacimiento, si bien ya en su decadencia.

De cuatro hermosos pedestales se elevan otras tantas columnas estriadas sosteniendo un friso rico en ornamentación y una fuerte cornisa, sobre la cual sigue un arco o frontón en el centro y dos triángulos a los lados, coronando el edificio una preciosa balaustrada de círculos separados por acróteras e incrustadas en cada uno de los primeros una gran cruz de brazos iguales. En el arco que forma el coronamiento hay dos pajes de tamaño natural sosteniendo un gran escudo de armas y otro a cada lado sobre los ya citados triángulos, conteniendo estos segundos escudos dos figuras de medio cuerpo. En el friso se ven multitud de sirenas, animales y otras figurillas. En los intercolumnios hay dos fuertes repisas sosteniendo dos colosales guerreros, cada uno con un arma en la mano. Sobre el umbral hay un busto de mujer y a sus lados otro gran número de diversas figurillas. A los lados de la puerta hay también unos medallones y en ellos unas figuras con unas gruesas mazas en las manos, como defendiendo la entrada.

El conjunto y detalles de esta fachada son bellísimos y logra llamar la atención de propios y extraños. Lástima que la calidad de la piedra franca de que se compone sea causa de los grandes deterioros que allí se notan, y que para subsanarlos se necesita una mano muy inteligente que ocasionaría gran costo, pero no haciéndolo así es preferible dejarla como está a que la ignorancia la acabe de perder con esos embadurnamientos de cal y ocre que tanto han perjudicado a la mayor parte de los monumentos de Córdoba.

Un lujoso séquito del Duque

En un manuscrito antiguo de curiosísimas noticias hemos leído que el día 13 de abril de 1569 llegó a esta ciudad el duque de Medina Sidonia a casarse con la hija de Rui Gómez de Silva, acompañándolo muchos señores de toda Andalucía y doscientos hombres a caballo, formando cinco compañías, vestidos de terciopelo verde con franjas de oro y cada una de ellas con su respectivo lujoso estandarte. Dicho señor fue a hospedarse a la casa de Luis Páez, hoy la de los señores Trevillas, en la cual había preparadas seis extensas habitaciones forradas de brocado, con un dosel cada una y en éste una silla, única que se veía en la estancia, que sin embargo tenía alrededor bancas bastante lujosas. Dice el autor de dichos apuntes que entonces vio la mejor y mayor vajilla de plata y oro de que tuvo noticia, llamándole principalmente la atención dos hermosos cántaros como los mayores que se hacen de barro para el agua y casi de la misma hechura, y otra multitud de fuentes y otras piezas que llenaban cuatro magníficos aparadores con forros de brocado. Todo esto y demás equipaje que trajeron venía en seis acémilas que agarraban del diestro seis reposteros vestidos de terciopelo morado con las armas bordadas de oro y pedrería; las sogas de las acémilas eran de seda y los garrotes de plata.

La ya citada casa ha dado nombre a la plazuela, y así vemos que antes de fijarse los títulos se encuentra en los padrones antiguos llamándose de Don Luis de Páez, de Don Fernando u otro cualquiera, hasta llegar a Don Jerónimo, uno de los últimos de aquel apellido.

Las calles en torno a la Plaza

Una de las afluentes a esta plazuela es la Cuesta de Pedro Mato, que su parte más alta, ya perteneciente al barrio del Salvador, ha perdido el título, pero fue donde vivió este médico, cuya lamentable historia hemos contado a nuestros lectores.

En el lado opuesto está la calle de Castillo, una de las de menos tránsito de Córdoba. Se ha llamado Sucia y de los Paraísos, y por último se la dedicaron al célebre pintor cordobés Antonio del Castillo, sin fundamento para ello. En esta calle está una de las muchas casas que los cordobeses señalan tradicionalmente como morada de Séneca, por lo que titularon así la plazuela donde aquélla desemboca.

Desde la ya referida plazuela hasta la calle de Ambrosio de Morales hay otra, toda embaldosada, formando dos ángulos y teniendo otra sin salida, que a excepción de un poco de tiempo que se llamó Cuestezuela de Baena, apellido de uno de sus vecinos, ha llevado el mismo nombre que la principal, conocida hoy por callejas del Marqués del Villar. Cuando se fundó el convento del Corpus dio la gente en decirlas callejas de Corpus Christi, perdiendo el título de San Benito, por una ermita que hubo en el mismo lugar, y de la que a su tiempo hablaremos.

Triste fin del Marqués de Villar

Un lamentable suceso ocurrido en la noche del día 13 de abril de 1717 vino a llamar la atención de todos los cordobeses y a dar a estas callejas su actual título. En la casa hoy morada de los señores marqueses de las Escalonias, plazuela de Séneca, vivía por aquel tiempo el señor don Juan Pérez de Saavedra, marqués del Villar, persona acaudalada y que gozaba de muy buen concepto, mas aficionado al toreo como casi todos los nobles de su época. El estímulo en esta clase de luchas y algunas otras causas hubieron de enemistarlo con algunas personas, y entre éstas con sus antiguos amigos y tal vez parientes don Gonzalo Manuel de León y Lando, don Lope de Hoces y Córdoba y don Fernando de Orive y Morales, todos tres pertenecientes a las familias más nobles, esperándose sólo un motivo para un choque, como no tardó en ocurrir.

En la tarde del 13 de abril de 1717 hubo función de toros en el Campo de la Merced y en ella trabóse una cuestión entre algunos toreros y unos negros o morenos esclavos de los nobles, entre ellos uno del marqués del Villar, que no salió bien parado en la polémica. Dicho señor salió a la defensa de su sirviente, los otros tres ya citados tomaron la de los otros y trabose entre ellos una segunda cuestión más grave que la primera por la clase de personas que en ella figuraban; sin embargo, en la causa resulta quien atestigüe que después se hicieron amigos, y en señal de tales se dieron mutuamente las manos.

Todo, al parecer, quedó en calma y aquella noche se marchó el marqués, como de costumbre, de tertulia a casa de un amigo y primo, morador en la hoy casa de los señores Trevillas. Sea que lo llamaron, como cuentan algunos, o que él salió para irse a su casa, ello es que en las callejas del Corpus Christi lo estaban esperando tres hombres que arremetieron contra él a estocadas, hiriéndolo mortalmente y corriendo después hacia el Horno del Cristo, según una mujer que al ruido se asomó dando voces de socorro y diciendo después hacia dónde huían. El marqués, viéndose tan mal parado, intentó irse a su casa, llegando hasta la gran puerta que da entrada al picadero y jardín, donde cayó, indicando antes de expirar los nombres de los tres citados caballeros, que en seguida fueron presos por la autoridad como presuntos autores de aquel alevoso asesinato.

El cadáver fue sepultado con gran pompa en el enterramiento familiar que tenía en la parroquia de Santo Domingo de Silos, y la causa continuó, tomando la defensa de los reos el abogado don Cristóbal López Hidalgo, que logró salvarlos, lo que nada tenía de particular en unos tiempos en que tanto se atendía la nobleza y el dinero.

Desde este tiempo se llama este sitio callejas del Marqués del Villar, en cuya memoria colocaron también un hermoso Nazareno en lienzo, que vimos desaparecer en 1841, cuando se quitó casi la totalidad de las muchas imágenes que había en las calles de Córdoba, más que por devoción para suplir la falta de alumbrado.

La calle Ambrosio de Morales

Hemos salido a la calle de Ambrosio de Morales, ya descrita en el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos. Mas como desde la confluencia de la calle de Pompeyos pertenece a la Catedral, dejamos para éste ocuparnos de esta parte, estando ya en el caso de cumplir nuestra palabra.

Dos edificios notables hay en este sitio. Son el convento del Corpus Christi, monjas recoletas de la orden de Santo Domingo, y el teatro Principal. Empezaremos por el primero, o sea el más antiguo.

El convento del Corpus Christi

En el año 1608, siendo obispo de Córdoba don fray Diego de Mardones, quiso fundar en esta ciudad un convento de monjas recoletas de su orden de Santo Domingo, y reuniendo fondos al efecto empezó a buscar un edificio a propósito para la realización de su pensamiento, fijando al cabo su atención en una ermita dedicada a San Benito que había en el sitio ocupado hoy por el convento, estando establecidos en ella los niños llamados de la Doctrina, que trasladó al hospital de los Desamparados, ya descrito, y una cofradía del santo titular de la ermita, que se mudó al convento de la Encarnación, donde se extinguió pasados algunos años.

Mas aquel local era insuficiente, y entonces adquirió un caserón viejo y casi ruinoso contiguo y al que la gente achacaba también había sido morada de Séneca. Entonces hizo venir algunas monjas de Toledo, y con otras de Córdoba reunió una comunidad compuesta de sor Beatriz María, sor María de Santo Domingo, sor Beatriz del Espíritu Santo, sor María de Jesús, sor Blanca de la Cruz, hija de los duques de Alcalá, y sor Magdalena de Santa Leocadia, llegando las forasteras a Córdoba en 23 de octubre de 1608, siendo recibidas por las compañeras con grandes muestras de alegría.

En una historia manuscrita de este convento, que conserva en su biblioteca en Madrid el señor marqués de la Fuensanta del Valle, hemos leído las grandes muestras de virtudes dadas por estas religiosas y los muchos trabajos que sufrieron mientras no se realizaron las obras necesarias, toda vez que era muy registrado el convento por los vecinos inmediatos, no siendo posible establecer la clausura de la manera deseada por la comunidad hasta el día 23 de febrero de 1609, día siguiente al en que, con gran solemnidad, llevaron a aquella pequeña iglesia el Santísimo Sacramento desde la Catedral en una lujosísima procesión.

Las grandes muestras de santidad dadas por estas religiosas les atrajo siempre el aprecio de los cordobeses y la protección decidida de los obispos sucesores del señor Mardones, entre ellos el señor Siuri, que les ayudó a hacer la nueva iglesia y otras obras, con la respetable suma de 6.000 ducados.

Este convento es quizá el más pequeño de los de Córdoba y muy desigual en su pavimento, a causa de la vertiente en que está construido, así es que el coro alto está al nivel del piso bajo interior.

La iglesia del Corpus es pequeña y de una sola nave. El retablo del altar mayor es de muy mal gusto, como todos los de su época. En él están las imágenes de San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, Santa Rosa y Santa Catalina de Sena, y en lo más alto un Crucifijo. Los demás altares son tres, dedicados a Nuestra Señora del Rosario, Santo Domingo y el Nacimiento, este último, cuadro en lienzo. A los lados del presbiterio había otros dos cuadros, obras de Sebastián Martínez, representando también el Nacimiento y la Concepción, los que hemos echado de menos; tal vez habían mudado de sitio.

El asesinato de la Monjera

Esta comunidad celebra todos los años con toda la solemnidad que le es posible, con sus escasos recursos, la octava del Corpus, y en uno de los días de la de 1858 ocurrió en la portería uno de esos crímenes que tan mala idea dan de nuestra cultura.

Apenas amaneció se levantó el monjero y salió a hacer la compra, dejando entornado el postigo de la puerta foral y en el lecho a su esposa, ya preparándose para levantarse, y en otro cuarto a un chico que los dos tenían. Cuando volvió se presentó a su vista el más horrible espectáculo. El cuarto en que dormía tiene dos escalones para bajar a él, y en uno de ellos encontró a su mujer con la ropa ensangrentada y dos tremendas puñaladas que le habían causado la muerte. Corrió al otro cuarto en que estaba el hijo, y éste le contó que un hombre de malísima traza le había amenazado con la muerte si decía una sola palabra, cubriéndolo al mismo tiempo con la ropa, en cuya actitud estuvo sin atreverse a destapar por temor de ser víctima del asesino, pero sin tener conocimiento de la suerte de su pobre madre. De todo esto se infiere que creyendo aquél que podía robar las alhajas de la iglesia, entró en la persuación de estar todos los de la portería durmiendo, encontrándose con la monjera, que le negaría la llave y empezaría a dar voces.

El chico declaró haberle notado al asesino una cosa rara en un ojo, y recayendo sospechas en un hombre que habían visto salir, lo prendieron, resultando en efecto tener una pequeña nube, que sin duda fue la que causó la extrañeza del muchacho. Mas no pudiéndosele probar plenamente fue sentenciado a presidio por un determinado número de años.

De este edificio fue tomando nombre la calle, como sucedió a las callejas del Marqués del Villar, y de ahí el encontrarla en los padrones con los títulos de Cuesta de San Benito y del Corpus, hasta que se confundió en el de Ambrosio de Morales, que lleva desde su enlace con la Cuesta de Lujan.

El teatro en Córdob

En la acera contraria al Corpus encontramos el teatro Principal, notablemente mejorado en la actualidad por su nuevo dueño don Manuel García Lovera, que ha hecho en él, bajo la acertada dirección del notable arquitecto don Amadeo Rodríguez, cuanto era posible sin levantarlo de nueva planta.

Curiosa en extremo es la historia del teatro en Córdoba, por las muchas contrariedades que más que en ninguna otra parte ha tenido necesidad de vencer. El primer teatro o corral, como antiguamente decían, que hubo en Córdoba, o al menos del que se conservan memorias, estuvo en la calle que aún se llama de las Comedias, en este barrio de la Catedral. En él trabajó con su compañía el célebre Lope de Rueda, a quien se considera como el fundador del teatro en España. En Córdoba trabajó repetidas temporadas y aquí murió en 1567, siendo enterrado en la Catedral, sin que se pueda precisar el sitio en que yacen sus cenizas, si bien se cree sea la nave que tiene al frente la capilla de San Bartolomé.

Desde entonces algunos cordobeses se han dedicado a la escena con bastante aprovechamiento, y debemos anotar, por haber figurado en aquella época, al notable actor Roque de Figueroa, perteneciente a una de nuestras más nobles familias, contra cuya voluntad siguió el ejemplo de aquel apóstol del arte dramático.

En 1603 se reformó el corral de las comedias al estilo de los de Madrid, y así continuó hasta fines del siglo XVII, que arreció la guerra que siempre hicieron los fanáticos cordobeses a esta clase de espectáculos, y tanto era así y con tal odio que en la tarde del primer día de Carnaval de 1694 se situó el corregidor Sandoval a la puerta del teatro y al salir los espectadores de la función agarró a todos los hombres y se los llevó en clase de leva hasta embarcarlos en Sevilla. También la Inquisición le hizo bastante tiro, aunque más por egoísmo que por otra causa, puesto que prendió una vez a los cómicos porque no dejaban a los secretarios del Santo Oficio que vieran gratis las funciones.

Pero el que más persiguió al teatro en Córdoba fue el beato Francisco de Posadas, que en el pulpito, en las calles y en cuantas ocasiones encontraba le hacía una guerra sin descanso. En su vida, escrita por el padre maestro fray Pedro de Alcalá, su confesor, y reducida a compendio por el padre maestro fray Rafael de Leiva, ambos del convento de San Pablo, se cuenta, con grandes elogios, que hasta pidió permiso a su superior para entrarse una tarde con el crucifijo en la mano en el teatro y convertir a los que estaban pecando viendo la función.

También dice que otra vez se encontró en la calle a un caballero aficionado y, agarrándolo por el brazo, le dijo muy furioso: "Señor don Fulano, cuando en esta mano tenga la vela del rosario me dirá si son buenas las comedias". Por último, sabedor de que la mayoría de los veinticuatros le era contraria en sus propósitos, averiguó cuándo celebraban cabildo, y anunciándose sin decir la misión que allí lo llevaba les echó tal sermón que todos acordaron la prohibición de las comedias en esta ciudad, la que aprobó el Consejo de Castilla en 1695.

Algunos años permaneció Córdoba sin teatro. Olvidado algún tanto el expresado acuerdo, volviéronse a ejecutar comedias y hasta se intentó en 1772 construir uno nuevo en el antiguo local y después frente a San Nicolás de la Villa, llegándose hasta levantar los planos por el arquitecto don Luis Chimioni. Por fin hízose uno provisional en un solar frente al Corpus, o sea donde nos encontramos, y empezó de nuevo la guerra, agregándose las quejas de las monjas, quienes hicieron una exposición al Ayuntamiento en 24 de abril de 1782, memorial que se conserva en el Archivo municipal firmado por la priora sor Ignacia de San José. En él se revela la inocencia de las monjas, quienes dicen que los cómicos esperaban a su puerta la hora del ensayo, profiriendo algunas palabras deshonestas, y que ellas reflexionaban sobre lo que dirían dentro cuando así hablaban en la calle.

Estas cosas y los recuerdos aún existentes de lo ocurrido con el padre Posadas, que los frailes de San Pablo sacaban a lucir desde el púlpito de vez en cuando, hizo que el obispo don Baltasar de Yusta Navarro reclamase y consiguiera en 1784 una segunda prohibición de las funciones teatrales, creyendo sus enemigos que con esto se abolían para siempre.

Hasta este tiempo las funciones fueron por las tardes, según los reglamentos conservados en dicho archivo, en los cuales se manda empezar aquéllas a las dos y media en el invierno, a las tres y media en primavera y a las cinco en verano. También se marca que en el tablado haya una tabla de una tercia para que no se les vean los pies a las cómicas, y que cuando éstas hagan papeles de hombres no se disfracen de tales sino de cintura arriba; que las boleras gasten calzones anchos y tupidos, atados en los tobillos, y otras cosas por el estilo, que distan muchísimo del can-can y del género bufo que hemos llegado a conocer y que aquellos señores hubieran considerado como obra de los diablos.

La azarosa vida del Teatro Principal

En 1799 consiguió el empresario don Casimiro Cabo Montero que el rey le diese licencia para restablecer el teatro en Córdoba, y adquiriendo a censo el solar que hoy ocupa, de los duques de Rivas -quienes lo tenían como descendientes de los Retes, que allí tuvieron sus casas principales por repartimiento cuando la conquista- empezó a edificar el teatro Principal. Opúsose a ello el Ayuntamiento, las monjas y otra porción de partidarios de la supresión de comedias; mas él, protegido por la Junta de teatros del Reino, logró terminar su edificio y aun empezar a dar funciones, que suspendió en 1800 a causa de la epidemia.

Al siguiente año trató de abrirlo, y la lucha empezó de nuevo y con mayor encarnizamiento, venciendo al fin los enemigos por una especie de concurso de acreedores que tuvo que hacer Montero, quien debía casi todos los materiales empleados en la construcción, sin que desde entonces hasta 1807 se hiciesen más que algunas funciones de títeres.

Poco después vinieron los franceses, y no sólo levantaron la prohibición sino que protegieron a la empresa con alguna subvención de los fondos municipales, durando ésta hasta que abandonaron la nación, continuando el teatro abierto dos años más.

En 1814 empezó de nuevo la guerra, siendo ya el mayor enemigo del teatro un caballero llamado Heredia, capitán retirado, defensor acérrimo de las antiguas instituciones, tanto, que habiendo muerto en Roma después del primer tercio del presente siglo llevó hasta su muerte el antiguo traje español y el apodo de "Capitán Comedias" con que los cordobeses lo señalaron.

En 17 de agosto de 1814 salió una real orden prohibiendo nuevamente las representaciones teatrales en Córdoba. El empresario reclamó, y en 1819, por orden del Supremo Consejo de Castilla, volvió a abrirse, continuando así hasta 1821, que por motivos políticos se cerró hasta 1831, que se abrió de nuevo con una buena compañía de ópera compuesta de notables cantantes españoles e italianos, que ejecutó con gran éxito varias partituras de los mejores maestros, con gran concurrencia y muchos aplausos del público, y así ha seguido siempre que alguna compañía lo ha solicitado, habiendo trabajado en él muy buenos actores dramáticos, algunos de ellos tenidos por notabilidades, como Teodora la Madrid, Adela Álvarez, don José Valero, don José Calvo, su hijo Rafael, don Pedro Delgado y algunos otros que no recordamos.

Este teatro fue adquirido por don José Conde y Salazar; de él lo heredaron sus hijos, y por último pasó a su actual propietario. Ha tenido café en la casa contigua, donde hace poco tiempo ha fallecido el señor don Francisco González la Mota, que en la última inundación del Guadalquivir dio 40.000 reales para los pobres que sufrieron perjuicios en el Campo de la Verdad y otros puntos, por lo que el Ayuntamiento, agradecido, lo hizo hijo adoptivo de Córdoba. También hubo café en una casa que daba a la calle San Fernando, por donde tuvo otra entrada este teatro.

Los cómicos eran antiguamente mal mirados, y más en Córdoba, donde por los motivos expresados les hacían una horrible guerra; así es que por cualquier cosa los multaban o prendían sin contemplación alguna.

En un libro de actas de la Junta de teatros conservado en el Archivo municipal encontramos muchos casos de éstos, entre ellos uno en 1814, en que multaron a dos beneficiados con sesenta reales cada uno, y tres pintores a veinte porque en unos cartelesaparecieron pintadas unas beatas con rosarios. De aquí juzgarán nuestros lectores lo que era el fanatismo en Córdoba en contra de las comedias.

La plazuela de Séneca

La calle de Ambrosio de Morales termina en la plazuela de Séneca, a la que afluyen la ya descrita de Castillo y la de San Eulogio, por donde continuaremos nuestro paseo. En la esquina de ésta hubo hasta 1841 un gran cuadro que representaba a Jesús presentado al pueblo por Pilatos, teniendo a los lados unos soldados romanos. En los padrones antiguos encontramos este sitio con los títulos de San Benito, por la ya citada ermita, del Arcediano de Pedroche, de Corella, que era el mismo, y de los Condes de Zamora de Riofrío, todos moradores de la casa hoy propiedad del señor marqués de las Escalonias, de cuya familia de Gutiérrez de los Ríos hablamos extensamente al llegar en el barrio de San Pedro a la plazuela del Vizconde de Miranda.

En estos últimos años ha sufrido esta casa un incendio de consideración, a pesar de haber logrado extinguirlo prontamente. Es un buen edificio con vistas a la Calle de San Fernando y tribuna a la ermita de Nuestra Señora de la Aurora.

El título de Séneca fue dado a esta plazuela en el año 1852, en memoria de aquel célebre cordobés, por decirse tradicionalmente, como llevamos indicado, que hacia aquel sitio estuvo su morada.

En la misma época dedicaron al santo y escritor cordobés Eulogio la calle que de dicha plazuela nos da paso al Portillo, y que, como la de Mascarones, era conocida por callejas que van al Portillo. En su casa número 3, que habitó el notable jurisconsulto don Rafael Joaquín de Lara y Pineda, falleció en 22 de diciembre de 1853 el diputado a Cortes por esta provincia don José López Pedrajas, que tanto figuró como uno de los defensores de las libertades patrias, y en la casa número 10 existen varios capiteles árabes, uno de ellos con inscripción, que copió don Rodrigo Amador de los Ríos para las interesantes obras que está publicando.

El portillo de los Mercadores

Terminada esta calle salimos a una plazoleta a donde afluyen también la de los Mascarones, ya descrita, la de las Cabezas y la bajada al Portillo o salida a la Calle de San Fernando, de cuya apertura nos ocupamos al pasear el barrio de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía. Debajo del arco del Portillo hubo hasta 1841 dos cuadros que hemos oído fueron llevados a una iglesia de Montoro; en la plazuela había otros dos, uno de ellos la Pastora. En la casa esquina conocimos también un escudo de piedra franca con una figura tocando una vihuela, cuyo significado ignoramos.

Durante siglos se llamó este sitio Portillo de los Mercaderes, porque aquellas pequeñas casas fueron dedicadas a tiendas de diferentes clases. Después, hasta nuestros días, se establecieron en ellas ciertas mujeres de mala vida que le dieron una triste y poco decente celebridad, lo que a fuerza de trabajo se ha ido desterrando.

La calle de las Cabezas

De la plazuela del Portillo arranca la tortuosa y sombría calle de las Cabezas, mejorada en estos últimos años por las nuevas fachadas que se le han hecho. Termina en la confluencia de la de José Rey, Badanillas y Caldereros, por cuyo sitio hemos ya paseado. Tiene dos callejas o barreras, una en el lado derecho, llamada del Horno de Guiral –porque fue la casa solariega de los señores de este apellido-, y otra enfrente conocida en lo antiguo por la de Doña Muña, señora perteneciente a la familia de los marqueses de El Carpio, a los cuales perteneció la casa número 5, una de las más notables de Córdoba por la majestuosa fachada que, aunque un tanto variada, nos recuerda las construcciones de fines del siglo XIII o principios del XIV. En su interior conserva algunos fragmentos, y su huerta se riega con el agua que ya dijimos nacer bajo el convento de Santa Ana.

A esta casa atribuye el vulgo tradicionalmente el origen del nombre de las Cabezas, que lleva la calle, diciendo en su error haber sido la morada de Gustios González, padre de los siete infantes de Lara, y que aquí fue donde en un banquete le presentaron las siete cabezas ensangrentadas de sus hijos. Todos los que tienen algunos ligeros conocimientos históricos no pueden menos de rechazar esta opinión, pero nosotros, obligados a contar cuanto de Córdoba se dice, se la explicaremos también a nuestros lectores, sin responder de su exactitud ni darle más importancia que la de una tradición popular.

La tradición de los Siete Condes de Lara

Los siete condes de Lara -que así debe decirse, porque en aquel tiempo no existían infantes en Castilla, a no ser que le diesen este dictado en lugar del de jóvenes y como en elogio de su valor y gentileza- eran hijos de Gustios González, uno de los más poderosos héroes de su siglo, y como tal respetado de propios y muy temido de sus adversarios. Aquellos bizarros caballeros acudieron a Burgos a presenciar las bodas de su primo don Ruy Velázquez, señor de Barbadillo y de Lara, con doña Lambra, y a tomar parte en las fiestas con tal motivo preparadas. Entre éstas verificóse un torneo en que dicha señora había de otorgar diferentes premios, teniendo deseo de que fuera el primero su primo Albar Sánchez, que tocándole la desgracia de luchar con Gonzalo González, el menor de los Laras, fue derribado en tierra, oyendo rabioso los aplausos y elogios que a su contrincante le prodigaron.

De esto resultaron primero indirectas e insultos y después otras palabras, que a no ser por la mediación de otros caballeros, la lucha hubiera tomado otro carácter y tal vez ocasionado la muerte de alguno de tan briosos adalides. Sin embargo fue lo bastante no sólo para que la orgullosa doña Lambra se retirase del lugar señalado para presenciar la fiesta sino que siguiese meditando el daño que pudiera hacer al vencedor de su primo, que más que éste, prendado de sus grandes encantos, hubiera querido agradarla con el triunfo conseguido.

Ruy Velázquez dispuso a los dos días marchar a Barbadillo, y todos resolvieron acompañar a los recién casados, creídos que aún habría nuevas muestras de regocijos para celebrar la tornaboda. Pero todos se equivocaron; días de luto parecían más bien en el nuevo lugar y los siete hermanos se iban a pasear solos a las huertas, cansados de una vida a que no podían acomodarse.

Una tarde encontráronse con doña Lambra; Gonzalo González procuró desagraviarla con palabras cariñosas, y en las rencorosas miradas con que fue contestado conoció el enojo de aquélla, y siguió el paseo con sus hermanos, sin darle la importancia que en sí tenía el rencor que había logrado inspirarla. Apenas se marcharon la dama llamó a uno de sus pajes y mandole, con grandes promesas de premio, que cortase de la huerta inmediata un cohombro y, mojándolo en sangre, lo arrojase al rostro de Gonzalo sin temor de ser ofendido, puesto que ella lo salvaría acogiéndolo bajo su amparo. No le pareció al paje estar muy garantido con la oferta; mas, cegado por el pago de tal hazaña, hízolo como se lo encargaron, manchando de sangre el rostro del menor de los Laras. Éste, estallando en ira, corrió tras él, sus hermanos lo siguieron y al fin alcanzaron al paje cuando se escondía detrás de doña Lambra, cuyo traje de rica y blanca seda quedó manchado con la sangre de aquel infeliz, a quien no le valió para salvarse el sagrado a que se acogía.

Los gritos de la señora atrajeron a su esposo y demás caballeros, y nuevas desgracias hubieran ocurrido sin la mediación de los últimos, para lograr la paz que consiguieron no con poco trabajo y reflexiones a Ruy Velázquez, quien necesitando el apoyo de sus primos fingió aplacarse, si bien juró a doña Lambra que obtendría venganza de la ofensa que le habían inferido.

Pasaron algunos meses. Por aquel tiempo la voluntad de Almanzor sólo imperaba en el reino de Córdoba, sujeto como tenía a ella la del rey, que encerrado en el alcázar apenas sabía lo que a su alrededor pasaba. Ruy Velázquez pensó llegado el momento de empezar su venganza, eligiendo para principiarla a Gustios González, padre de los siete condes. Ponderóle la necesidad de venir a esta ciudad con una misión reservada, entregando a la vez un pliego cerrado cuya contestación le entregaría Almanzor.

El noble castellano creyó ser útil a su patria aceptando tan honrosa misión y no titubeó en emprender la marcha, ansioso de cumplir con la lealtad tantas veces demostrada. A los seis u ocho días llegó a las puertas de Córdoba, que le fueron franqueadas, y a la presencia de Almanzor, que al leer el pliego lanzó un grito de ira, mostrando a la vez a Gustios la orden de muerte que con tan noble inocencia había traído hasta sus manos. Aquel árabe era valiente, y como tal, digno y generoso. Su primer impulso fue dejar marchar libre a Gustios; mas conociendo a la vez lo conveniente que le era inutilizar un guerrero tan poderoso, se decidió a tenerlo prisionero, encargando a sus guardias lo condujeran a una de las torres más seguras, donde aquel desgraciado quedó lamentando la infamia de Ruy Velázquez, sin poderla comunicar a sus hijos para que tomasen la merecida venganza. Aquel infame, queriendo achacar a Almanzor lo sucedido, deploró con los siete Laras la ausencia de su padre, y juróles que pondría en sus manos el rescate.

Cuatro mil infantes y seiscientos jinetes a las órdenes de Ruy Velázquez emprendieron el camino de Córdoba, ansiosos de nuevas conquistas y de vengar la supuesta muerte de Gustios González. Sus hijos son los primeros en correr, arrostrando cuantos peligros se opusieran, esperanzados en ser ellos mismos los que lograran habérselas con el valiente Almanzor.

Tras varios días de marcha llegaron al castillo de Albacar, del que fácilmente se hicieron dueños. Allí Ruy Velázquez, pretextando la necesidad de reunir más gente, se volvió a Castilla, encargando la custodia de dicha fortaleza a los siete condes de Lara, con escaso número de infantes y jinetes, ofreciéndoles tornar en seguida y mandándole recoger las mieses de aquellos alrededores abandonados por los árabes. Después, con un secreto aviso, dijo a Almanzor la escasa fuerza allí acantonada, y este caudillo no tardó en enviar un poderoso ejército que, después de tres días de un sangriento combate, logró aprisionar a muchos de aquellos valientes, y después de morir lidiando tres y de matar ya rendidos por falta de fuerza los otros cuatro, cortaron las cabezas a los siete, llevándolas clavadas en picas a Córdoba como señal del triunfo conseguido contra los cristianos.

Gustios González, a quien dejaban subir a respirar el aire a lo alto de la torre que le servía de prision, oyó un día los gritos de victoria dados por la gozosa muchedumbre y volviendo la vista alcanzó a divisar los varios castellanos que iban en clase de prisioneros rodeados de las guardias de Almanzor. Diversas reflexiones acudían a su mente sobre lo que había ocurrido, y cuando seguía mirando lo que detrás venía un grito aterrador salió de su boca, cayendo de espaldas y falto de sentidos. Gustios había conocido a sus siete hijos en las cabezas que en son de triunfo venían sobre las lanzas de aquella turba de forajidos.

Avisado Almanzor de lo ocurrido corrió al socorro de tan desventurado padre. Hízolo cuidar como si fuera a sí mismo, y cuando creyolo un tanto repuesto de aquel espantoso dolor dejole volver libre a Castilla, donde murió sin conseguir la venganza con que día y noche acariciaba su pensamiento.

Gustios González, aunque entrado en años, era de presencia tan gallarda, revelaba tal nobleza e inspiraba tales simpatías que era imposible tratarlo y no quererlo. Una hermana de Almanzor, llevada primero de la compasión que el estado del caballero cristiano le inspiraba, y seducida después por una fogosa pasión que llegó a apoderarse de ella, mantuvo amorosas relaciones y quedó encinta al ser puesto en libertad y regresar a Castilla.

Pasaron algunos meses en silencioso secreto; pero no siéndole posible ocultar más tiempo su estado, arrojóse a los pies del Amir, su hermano, a quien reveló todo cuanto con Gustios había sucedido. Almanzor la perdonó y educó al hijo que los leyendistas conocen por Mudarra, y que parecía como destinado por el cielo para vengar las infamias cometidas con su padre y sus hermanos. El niño se hizo hombre; la mezcla de la sangre de los Laras con la del más valiente de los caudillos árabes parecía haber centuplicado su valor y gentileza. Mudarra corrió a Castilla, retó al infame Ruy Velázquez, y con la muerte de éste y de su esposa doña Lambra cumplió la venganza a que parecía llamado.

Los arquillos

El vulgo ha localizado esta leyenda tradicional en la casa número 3 de la calle de las Cabezas, título referente a las de los siete condes de Lara, y queriendo hacer aún más novelesco el argumento dicen algunos escritores que aquéllas fueron presentadas a Gustios González en una bandeja, porque Almanzor quiso así satisfacer uno de los caprichos de su favorita.

Todavía se ha llevado y lleva su credulidad a más exageración. Entre las casas números 10 y 12 hay una calleja cerrada al público a mediados del siglo XVIII a petición de los propietarios colindantes. Esta calleja se llamaba de los Arquillos, porque en su estrechez tiene siete arquitos que sujetan las paredes. Pues bien, aquí dicen que estuvieron colgadas las siete cabezas hasta que se cayeron a pedazos. ¿Puede darse mayor absurdo?

Esta preciosa tradición ha dado origen a muchos romances y leyendas, pero entre todas se distingue la que con el título de El moro expósito escribió nuestro inolvidable amigo y paisano don Ángel de Saavedra, duque de Rivas, uno de los primeros poetas españoles del siglo XIX.

La casa número 2 de la calle de las Cabezas es hoy la morada de los señores condes de Zamora de Riofrío, título concedido por Carlos IV en 9 de septiembre de 1795 al señor don Manuel de Medina Cruz y Pastor. En la mencionada casa falleció el señor don Mariano de Fuentes, uno de los condes de Zamora, el cual figuró mucho en Córdobaen aquella época como hombre público y como literato, cualidad que le dio asiento en muchas academias científicas y literarias. En la de Córdoba se recuerda aún su nombre con veneración y se conservan, manuscritos, muchos de sus correctos y galanos escritos.

Don Carlos Ramírez de Arellano

En la casa número 10 moró muchos años y hoy habita su viuda, nuestra querida hermana doña Josefa de Trevilla y Alonso Armiño, el señor don Carlos Ramírez de Arellano y Gutiérrez de Salamanca, de quien nos ocupamos en la antigua calle del Osario, dedicada a su memoria por el Ayuntamiento.

Nació en Aguilar de la Frontera en 12 de agosto de 1814, siendo sus padres los señores don Antonio Ramírez de Arellano y Baena y doña Josefa Gutiérrez de Salamanca y Pretel. Elegido este último diputado a Cortes por esta provincia en 1822, y siendo de los que marcharon a Cádiz, su hijo recibió allí y en la Isla de San Fernando su primera educación. Continuola en Sevilla, Almagro y Salamanca, en estos dos puntos por haber entrado en la orden de Calatrava, dando siempre señales de su afición a las bellas letras, en las que ha dejado muchos y apreciables trabajos que algún día tendremos el gusto de coleccionar , siendo el más notable de todos un Diccionario de escritores españoles, al que podemos decir que estuvo toda su vida dedicado.

Su mérito y su amor a las instituciones liberales le conquistaron el aprecio de sus contemporáneos, que repetidas veces lo eligieron diputado a Cortes y provincial, alcalde de Córdoba en tres ocasiones, en las que siempre dejó gratísimos recuerdos, y le abrieron las puertas de varias corporaciones, llegando a ser presidente hasta su muerte de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta capital.

Un padecimiento crónico que durante muchos años le mortificaba le obligó a ir a Granada, donde, agravándose, murió en el día primero de septiembre de 1874, dejando sumidos en el mayor dolor a su esposa, hijos y hermanos, y a cuantos habían tenido el gusto de conocerlo y tratarlo. Nuestros lectores nos dispensarán no escribamos más extensamente su biografía; el dolor nos lo impide. Era nuestro segundo padre, y como a tal lo idolatrábamos.

En tres rincones que forma esta calle hemos conocido, y desaparecieron en 1841, unos nichos, y en ellos colocadas tres cruces de madera, sin más objeto que el de ocupar aquellos sitios.

Terminado cuanto de este barrio dejamos a la izquierda al bajar las calles de José Rey y Caldereros, vamos a pasear lo que media entre éstas y la Catedral, completando así toda la parte, también izquierda, desde la línea recta de Santa Ana al puente.

La calle de las Comedias

De la plazuela de Benavente arranca una calle que después de formar un ángulo sale a la de la Puerta del Perdón, frente a la fuente denominada el Caño Gordo. Llámase de las Comedias porque el edificio dedicado a obrador de carpintería de la Catedral -o sea la casa número 11, donde después de la conquista de Córdoba por San Fernando se estableció la cárcel, según aparece en escritos de 1562- fue dedicado después, a fines del siglo XVI, por el corregidor don Diego de Vargas y Carvajal, a corral de comedias, trabajando en él, como ya hemos dicho, el célebre Lope de Rueda, el cordobés Roque de Figueroa y otros actores de aquel tiempo, y he aquí por qué esta calle se llama aún de las Comedias, como antes se llamó de la Cárcel. En 1708 la Ciudad vendió aquel edificio al Cabildo eclesiástico en 13.348 reales, estableciendo entonces el obrador de carpintería ya indicado.

Tiene dicha calle dos barreras o callejas sin salida, una llamada del Tesorero, porque en una de sus casas vivió un clérigo de dicha dignidad en el Cabildo, y otra más abajo titulada de las Flores, por las muchas que desde tiempo muy antiguo han criado aquellos vecinos en una plazuela que tiene a su extremo interior.

La calle de la Encarnación

Desde la calle de José Rey hasta el ángulo formado por las de la Puerta del Perdón y Mesón del Sol baja otra llamada de la Encarnación, por estar en ella el convento del mismo título. Antes se llamó de los Abades, dignidad de algunos eclesiásticos que en ella vivirían. En dos fachadas de esta calle hubo hasta 1841 dos cuadros, uno representando los Desposorios de la Virgen y San José, y el otro a Jesús Nazareno.

En 21 de junio de 1810 murió en una de aquellas casas el ilustrado racionero de la Catedral don José Roncali, tío del general del mismo apellido, quien a fuerza de trabajo y dinero reunió una magnífica colección de pinturas, esculturas, libros y otra multitud de objetos curiosos, los que en su mayor parte vendieron los albaceas a don José López Cepero, cura del Sagrario y después deán de aquella metropolitana iglesia. El distinguido maestro de capilla don Jaime Balius compró en dicha almoneda un hermoso crucifijo de marfil que después adquirió don Salustiano de Trevilla y hoy lo conserva su señora hija doña Josefa en la casa número 10 de la calle de las Cabezas.

En otra casa de esta calle vivió cuando joven el notable y conocido escritor don Julián Sanz del Río con su padre don Fermín.

A la entrada por la Catedral había desde muy antiguo un marmolillo bastante grueso y alto, con una inscripción conmemorativa de los Santos Mártires, que algunos ancianos besaban por devoción.

En los tres años desde 1820 a 1823 uno de los Ayuntamientos constitucionales encargó al regidor don Manuel Díaz del ornato público, demostrando gran actividad e introduciendo muchas mejoras, si bien algunas bastante desacertadas, como el derribo del arco del molino Albolafia y varias de las hermosas torres que circundaban la ciudad. El señor Díaz consideró como un estorbo para los carruajes el ya mencionado marmolillo, que quitó, dejándolo a un lado, mientras se le daba nueva colocación; mas el Cabildo eclesiástico, a quien no agradó la medida, lo volvió a colocar en su sitio; súpolo el regidor y lo volvió a quitar, repitiéndose la misma operación por segunda vez; entonces, sin darse por entendido, buscó una carreta, marchó con ella a la calle de la Encarnación, arrancó el mármol por tercera vez, lo hizo cargar en la carreta y emprendió su marcha hasta el puente; paró allí y en el sitio conocido por el Arco Hondo lo arrojó, diciendo a los que lo acompañaban: "Que lo saquen cuando gusten".

Pasada la época constitucional empezaron a perseguirlo sin descanso, hasta obligarlo a irse a Sevilla, en cuya ciudad murió después de sufrir muchas vejaciones, antes de que triunfasen de nuevo las ideas liberales.

Los dos edificios más notables de esta calle son el convento de la Encarnación y el oratorio del Caballero de Gracia. Éste es una pequeña y bien construida ermita, sin campana, fundada en 1751 por don Francisco de Olid y Vargas. Cuida de ella una cofradía denominada Escuela de Cristo, que no da más culto que el rosario a las oraciones y unas fiestas que dedica a Jesús Crucificado en la iglesia del expresado convento y es la imagen que se venera en el único altar que allí hay. Tiene capellán, al que dan casa como retribución de su cargo.

Fundación del Convento de la Encarnación

El lugar ocupado por el convento de la Encarnación era la casa morada del doctor don Antón Ruiz de Morales, chantre y canónigo de la Catedral y uno de los que instalaron en Córdoba el Tribunal de la Inquisición. Asistiolo hasta su muerte, ocurrida en 1503, su sobrina Juana González de Morales, y después de dar sepultura a su cadáver, a la puerta del antiguo Sagrario, hoy capilla de la Cena, donde se ve la lápida, se procedió a la lectura del testamento, en el cual, además de fundar algunas capellanías y dejar parte de sus bienes a la expresada sobrina, disponía la fundación de un beaterio en las casas de su morada, con las rentas necesarias para el sostenimiento, siendo aquélla la superiora durante su vida y después la que designase el deán y Cabildo, a quienes dejaba el patronato, con el encargo de admitir las mujeres que por su honradez lo mereciesen, y redactar las reglas a que debieran sujetarse.

Fielmente cumpliose esta disposición; mas pareciendo a todos mucho mejor elevarlo a la categoría de convento de la orden del Cister, recurrieron pidiéndolo al papa Julio II, a quien la Juana González ofreció que cedería sus bienes propios a la nueva comunidad si se dignaba concederle aquella gracia. Su Santidad, por su bula de 11 de julio de 1509, comisionó al efecto al prior de San Jerónimo, y poniéndose de acuerdo el Cabildo y en su nombre el deán don Fernando del Pozo y los canónigos don Pedro Ponce de León y don Martín Alonso de Piquín, se llevó a cabo la creación del convento en 3 de abril de 1510, nombrando abadesa a la expresada Juana González, la que en el acto renunció en doña Guiomar de Albornoz, religiosa de las Dueñas, que desde luego se puso al frente de esta comunidad, que en aquel día quedó formada con dieciocho religiosas, todas modelos de virtudes, imitadas por sus sucesoras, de las que las ha habido muy notables, como lo fue la madre Mencía de San José, cuya vida imprimió el doctor Juan de Villarreal en 1552.

Sin duda para dar más lustre a esta santa casa dispuso el Cabildo, en primero de febrero de 1608, que no se admitiesen religiosas como no procediera una información de limpieza de sangre y buena vida y vocación, sometiéndose estos nuevos estatutos a la aprobación del papa, y jurando todos los individuos de aquella corporación el observarlos con la mayor eficacia.

Desde luego procediose a hacer las obras para convertir las casas en convento, aunque la iglesia nos parece de fines del siglo XVII, y dando la casualidad de encontrarse en una de las casas de los señores marqueses de Vega de Armijo un grueso mármol negro con una inscripción romana, lo colocaron en la esquina de la calle, donde se conserva, reservándonos el copiarla para cuando lo hagamos con todas las existentes en esta ciudad.

La iglesia conventual

La iglesia es de una sola nave, regular en dimensiones. El retablo del altar mayor es de madera oscura con adornos dorados, no del mejor gusto, aunque no tan malo como otros. En el centro tiene el manifestador, de donde hace trece o catorce años robaron un hermoso y rico viril de plata; a los lados están las imágenes de San Benito y San Bernardo, y por cima un cuadro con la Anunciación.

Tiene otros cuatro altares dedicados a los antes dichos santos, otro a Jesús Crucificado, donde hay además algunas esculturitas de mérito, y el último a San José y la Virgen, teniendo en medio un Niño Jesús que encontraron en el río, según dice la siguiente inscripción: En 11 de Diciembre de 1701 fue hallado este Niño Jesus en el rio Guadalquivir por unos molineros, y el Sr. D. Juan Antonio de Victoria, Provisor de este Obispado, lo dió al Sr. D. Juan Colchado Villarreal, Comisario del Santo Oficio, quien lo renovó y donó á este convento y se colocó en este altar en 8 de Enero de 1702, siendo Obispo de Córdoba el Eminentísimo Señor Cardenal Solazar, y Abadesa de este convento Doña María de Angulo y Baquedano.

Este convento ha gozado siempre de mucha importancia, y era y aún es conocido por la Encarnación Canóniga. Por eso habrán visto nuestros lectores que todas las religiosas eran calificadas por doña en lugar de sor, y en el culto, para el que los días solemnes usan capas con colas, y en todo revelan una especie de superioridad sobre las demás comunidades.

En la casa número 7 de esta calle se dice vivió el Inquisidor Lucero, de cuya triste celebridad nos ocuparemos al historiar la Inquisición de Córdoba.

La calle de Osio

Pasémonos a la calle de Osio, que va desde la de José Rey a la plazuela de los Abades. Tantos siglos como ha existido el convento de Santa Clara se ha llamado esta calle de la Espalda de Santa Clara, hasta que, pareciendo feo, en 1852 la dedicaron al primer obispo de Córdoba y que llevó aquel nombre. Es de las más tristes, feas y solitarias de esta ciudad, particularmente de noche.

La única particularidad que de esta calle sabemos es que en la casa número 6, hoy morada del fácil poeta don José Jover y Paroldo, habitó el señor don Antonio Ranz y Romanillo desde 1814 a 1820, que estuvo desterrado en Córdoba por haber simpatizado con el intruso José Bonaparte, hasta el punto de achacarle ser uno de los que confeccionaron la Constitución dada desde Bayona, por lo que conservaba en gran estima una caja de oro que aquél le había regalado.

Publicó varias importantes obras, unas originales y otras traducidas del griego y del francés, logrando por su mérito ser admitido en la Academia Española, en la de la Historia, San Fernando y otras, entre ellas la de Córdoba, donde en varias ocasiones leyó diferentes trabajos. Murió en Madrid en 1830.

La calle de los Carniceros y sus afluentes

Al final de la acera derecha de esta calle encontramos la de Carniceros, que concluye en la plazuela de Santa Catalina. Se ha llamado de don Martín Gómez por un caballero de este nombre que moró en una de sus casas, de las Carnicerías, de los Abades y últimamente de Carniceros, por habitar también en algunas de sus casas los vendedores de carne, en unos puestos que hubo en la plazuela de los Abades y frente a la Catedral.

En una casa con torre de antepecho de azulejos, que hace rincón, vivieron desde muchos años ha los [Portichuelos, si bien ya ha pasado a otros poseedores. En su fachada hubo, hasta 1841, un cuadro con la Virgen de las Angustias, cuyo paradero ignoramos.

Hay en esta calle una pequeña plazuela llamada de Concha, apellido del dueño, un tiempo, de una casa que forma rincón, hoy propiedad del señor don Pedro Alcántara Trevilla, y junto a ésta una calleja que le decían de los Rincones de Oro, como en mofa de su suciedad. Cuando a fines del siglo XVIII le colocaron los azulejos fijando los títulos de las calles, vivió en ésta un vecino llamado Pedro Giménez, y con este nombre se quedó y conserva.

Mas allá, cerca de la salida, hay otra calleja sin salida, más corta, que le llaman de los Ahumadas, apellido también de moradores antiguos, y que debiera llamarse de Céspedes, porque en la casa del testero murió el célebre artista y escritor Pablo de Céspedes.

La plaza de los Abades y la Ermita de la Concepción

Volviendo de la calle de Carniceros por el extremo en que entramos salimos a la plazuela de los Abades, título que juzgamos sería la dignidad de algunos eclesiásticos vecinos hacia este sitio. Afluyen a esta plazuela las calles de Osio y Portería de Santa Clara, ya descritas, y las de Alfayatas y Zapatería Vieja.

En lo antiguo llamose plazuela de Santa Clara, por el convento, y en el que, entrando por los lados de la ermita de la Concepción, ha construido un mercado su actual propietario don Mariano Vázquez y Muñoz.

La imagen de la Concepción que durante siglos se ha venerado en aquella ermita es una de las muchas consideradas como aparecidas, si bien mejor se diría encontrada. Dicen algunos autores que estando trabajando en la pared del convento de Santa Clara un albañil llamado Diego de la Rocha encontró un tabique, y pareciéndole ver luz por una rendija tiró de los ladrillos, descubriendo un arco y dentro el cuadro de la Virgen, con dos farolillos que se apagaron al darles el viento. A las muestras de admiración y alegría acudió gente, y bien pronto se divulgó la noticia por toda la ciudad, acudiendo de todas partes a verla y empezando desde luego a atribuirle milagros.

En una de las casas de enfrente vivía un maestro zapatero en extremo pobre, pero muy aficionado a claveles, de los que tenía muchas macetas y jarras, vendiendo las flores para ayudar a mantener su familia. Mas desde aquel momento dedicó aquel producto a costear iglesia a la Virgen, lo que no era posible con tan cortos recursos, pero sí le formó un retablo de yesería, donde era venerada, encendiéndole un farol que pudo costearle.

Y cuenta un aficionado a tradiciones que cuando las fiestas al Santísimo Sacramento, de que hablamos en la Calle de San Fernando , estaba esta imagen olvidada, sin luz, y que al pasar la procesión se encendió de pronto el farol, con tanto aceite, que empezó a caer al suelo, de donde lo recogía la gente, logrando con él muchas curaciones.

En 1682 otro vecino llamado Diego Giménezquiso fundar ermita, logrando la costease el conde de Valdelasgranas. Entonces promoviose un pleito por reclamar la imagen el convento de Santa Clara, diciendo las monjas pertenecerle por haberse encontrado en su pared. Mientras esto se decidía depositaron la Virgen en casa del doctor don Lucas González de León, quien después de ganar el pleito contra la comunidad concluyó la ermita y llevó aquélla solemnemente en procesión desde la Catedral, quedando colocada en su sitio en 9 de abril de 1750, permaneciendo allí hasta que, fundado en su pequeñez, la mandó cerrar al culto el obispo don Juan Alfonso de Alburquerque. Tan reducida era que las puertas tocaban a la mesa altar y la gente oía la misa en la plazuela, dando, en efecto, lugar a algunas irreverencias.

Alfayatas y Zapatería Vieja

Desde la plazuela de los Abades a la Carrera del Puente hay una calle de regular anchura titulada de las Alfayatas, nombre con que eran conocidas las mujeres dedicadas a coser ropa de hombres, o sea las que ahora llamamos sastras, de las que vivían algunas en este sitio. Nada particular ofrece esta calle. Hace pocos años asesinó en ella a su amada un castellano nuevo, celoso o embriagado.

Entre la Carrera del Puente y la plazuela de los Abades está la calle conocida por la Zapatería Vieja. Forma dos ángulos, tiene una corta calleja sin salida ni nombre, y afluye a ella la llamada de Badanillas. Desde poco después de la conquista estableciéronse en este sitio los zapateros, denominados entonces chapineros, por lo que en los padrones antiguos la encontramos titulándose la Chapinería; cambiose luego en Zapatería, y últimamente, habiendo tomado el mismo título una parte de la calle del Liceo, le aumentaron a aquélla la palabra Vieja, con que hoy la conocemos.

El gremio desapareció por completo de aquel sitio y sus pequeñas casas fueron habitadas por gente de malas costumbres, que ya se han ido desterrando de este lugar a causa de las mejoras hechas en algunas de sus casas. Varias de éstas, en su salida a la plazuela de los Abades, fueron derribadas por ruinosas en 1861, siendo alcalde don Carlos Ramírez de Arellano, quien concibió la idea de cortar en línea recta hasta la calle Alfayatas, ampliando la expresada plazuela.

La calle de Badanillas llamose así por la fabricación o venta de badanas, haciéndola diminutivo por haber otra de igual título en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía. Antes se llamó de las Hileras, porque en sus casas se tiraba el hilo para los trabajos de filigrana, tan notables en Córdoba desde tiempo inmemorial.

La carrera del Puente

A fin de pasear por completo la parte izquierda del barrio de la Catedral vamos a describir la Carrera del Puente, que coge desde la Cruz del Rastro hasta la puerta de aquel nombre, constituyendo una sola calle lo que antes llevaba cuatro o seis denominaciones distintas, y que el Ayuntamiento redujo a una cuando colocó los letreros, a fin de buscar mayor claridad, toda vez que la numeración de casas seguía, y economizar el gasto que del otro modo ocasionaría.

Los nombres antiguos eran los siguientes. Entrando por la Cruz del Rastro hasta la esquina del Amparo se llamaba Arquillo de Calceteros; éste era una de las puertas que desde tiempo de los romanos había para entrar en la ciudad alta, que los moros decían la Almedina y desde la conquista se conoce por la Villa. Los cristianos le llamaron a este sitio Puerta del Sol, la Calcetonía y después Arquillo de Calceteros, porque las casas inmediatas se ocuparon por gente de este oficio. En el siglo XVIII fue derribado, y nosotros hemos visto parte de los cimientos en varias ocasiones y últimamente al abrir la zanja en 1870 para la tubería del gas. En todas las descripciones antiguas de procesiones y otros festejos encontramos las de los muchos adornos colocados en el Arquillo de Calceteros.

Al historiar la iglesia de Nuestra Señora de Linares dijimos que éstos formaron hermandad en el hospital de la Lámpara, o sea el Amparo, y que celebraban la fiesta de aquella venerada imagen con una feria que le dio nombre a otra calle y que lo anunciaban con tambores y chirimías ocho días consecutivos. En algunos escritos antiguos le llamaban a este arco Puerta de la Pescadería, y era porque en la plazuela que le sigue se vendió el pescado durante muchos años. A esta plazuela afluyen las calles citadas del Amparo y de Caldereros, y además hay una calleja sin salida que le dicen de Pimentela, femenino del apellido Pimentel, aunque el vulgo, corrompiendo este nombre, la conoce por la calleja Pimentera.

Desde esta plazuela hasta pasar la embocada de la Zapatería Vieja era conocido por las Platerías, a causa de los plateros que allí moraban y los que a su costa colocaron el gran cuadro de San Eloy que está en el Museo Provincial. Tenía una especie de retablo con puertas que abrían en las grandes festividades, poniendo en él muchos y valiosos adornos. En 1841 lo quitaron, conservándolo en casa del presidente del Colegio de plateros, hasta que por último se lo vendieron a la Diputación Provincial, la que lo colocó en dicho Museo después de restaurarlo el entendido director de la Escuela de Bellas Artes don Rafael Romero y Barros. En la esquina de la Zapatería hubo hasta el mismo año un Ecce Homo en lienzo.

El tramo que le sigue, donde están las tres entradas a la plazuela de la Alhóndiga y la calle de Alfayatas, era conocido por los Torrezneros, por la venta de tocino y casas de comidas. Después continuaba lo que llamaban las Herrerías, de las que aún existe una. Aquí hay una calleja sin salida que llamaban la Ollería, en cuya casa frontera vivió el célebre escritor y anticuario cordobés Pedro Díaz de Rivas y fue un tiempo propiedad del tesorero Alcaudete, a quien ya hemos dicho quemó la Inquisición. En este sitio murió de un balazo el brigadier Villalobos cuando, mandando parte de la facción de Gómez en 1836, se dirigía a atacar el fuerte formado por los nacionales, de cuyo hecho de armas nos ocuparemos pronto.

Más allá, al dar vista a la Catedral, es el sitio conocido por el Mármol Gordo y después Mármol Quebrado, nombre que toma también una calle sin salida que vemos a la izquierda y por donde desagua en el río la cloaca o alcantarilla que baja desde más arriba de la plazuela de Santa Ana. En la esquina de la lonja de la Catedral ha habido siempre un mármol muy grueso, de donde tomó aquel nombre la calle, y quebrado por un rayo y sujeto con barras de hierro, tomó el epíteto de Quebrado, variación que habrán observado nuestros lectores, quienes nos dispensarán nos detengamos aquí para contarles unas escenas ocurridas en nuestros días y que parecen concluir providencialmente.

La pendencia de Ravidiego y de Soto

Hacia el año 1830 hubo una gran cuestión entre dos vecinos de esta capital, uno llamado [Cristóbal de Soto y el otro conocido por Ravidiego. Francisco de Luque, amigo de ambos, hizo grandes esfuerzos por avenirlos, consiguiéndolo, al parecer, y siguiendo con ellos todo el día de broma, hasta llegar la noche, que convinieron en continuar reunidos. Mas uno de ellos hizo presente la necesidad de ir a sus casas a dar aviso para no alarmar a las familias. Creyéronlo acertado, sin comprender que iba a armarse de nuevo para saciar la sed de venganza contra el que ya lo había perdonado.

Reuniéronse de nuevo, siguiendo la broma hasta las doce de la noche en que, al pasar por el Mármol Quebrado, el asesino echó un brazo por los hombros de su adversario y de pronto le clavó un cuchillo en el pecho, haciéndole caer en el escalón que forma la bajada de la lonja, echando a correr sin escuchar los denuestos de Francisco de Luque, a quien conocieron unas mujeres que se asomaron y cuyas declaraciones bastaron para que fuese preso y encausado por asesinato, no teniendo otras consecuencias por haber muerto en la cárcel, de pena, sin que fuese posible probar quién era el verdadero delincuente. Éste quedó salvo, dedicándose a traer vinagre de Montilla y venderlo en Córdoba, además de otros portes de vino que hacía con una buena recua de mulos comprados con los productos de su industria, cada día en aumento.

El 30 de septiembre de 1836, en que entraron los facciosos en esta capital, llegó nuestro vinatero a la Puerta del Puente, y logrando que le abrieran entró con sus mulos por la Carrera. Mas sintiendo los tiros de los nacionales que se replegaban al fuerte, aceleró el paso a entrarse por la calle del Mesón del Sol, cuando le alcanzó una bala que lo dejó muerto en el mismo escalón de la lonja donde él tan inicuamente había asesinado al que ya le había dado la mano de amigo.

Desde el Mármol Quebrado -que en tiempo del obispo don Juan Alfonso de Alburquerque fue sustituido con una hermosa columna que había en uno de los patios de su palacio, sobrante de la obra del Triunfo- hasta la plazuela del Puente se ha titulado calle de Ballinas, denominación también de una posada establecida hace siglos por uno de este apellido, la cual quedó casi sin uso desde la apertura de las líneas férreas, y ha venido a convertirse en una casa particular. En este tramo hay también una plazuela que se ha llamado lo mismo y de los Anayas, apellido de unos de sus vecinos.


El Hospital de la Lámpara

A la izquierda de la Carrera del Puente, entre ésta y el río, hay un pequeño barrio ocupado casi en totalidad por castellanos nuevos, vulgo gitanos, cuyas casas son en general pequeñas y malas. Éntrase en él por la calle del Amparo, antes del Hospital. Éste es una pequeña iglesia de forma muy fea, en la que hay sólo tres altares que nada de particular ofrecen. En el mayor está la titular, bonita escultura muy parecida a las de la Aurora en su ermita, la Luz en Santa Marina y Belén en San Miguel, tanto que casi se puede creer sean de una misma mano.

La fundación del hospital de la Lámpara, que así se conocía, se remonta al siglo XIII, o sea pocos años después de la conquista. En el XVI lo encontramos ya dedicado a la curación de mujeres invadidas del venéreo, y en él se servía una cofradía cuyos titulares eran San Cristóbal y Santa María Magdalena. Después formose otra denominada del Rosario y Nuestra Señora del Amparo, quedando ésta sola, que sigue cuidando de la ermita y celebra su fiesta en el mes de agosto. En 1528 reedificaron la iglesia, y después ha sufrido tantas alteraciones que ha perdido completamente su primitiva arquitectura.

El obispo don Miguel Vicente Cebrián dedicó el edificio por segunda vez, en 1749, a recogimiento de mujeres perdidas, y así continuó hasta la primera mitad del presente siglo, que se suprimió este asilo y sus escasas rentas fueron incorporadas al caudal de la Casa de Socorro Hospicio. Su estado ruinoso hizo que el Ayuntamiento lo denunciase en parte y derribasen un salón cuyo terreno es vía pública. El resto, inclusa la iglesia, está llamado también a desaparecer el día en que un Ayuntamiento celoso de mejoras continúe el interrumpido murallón de la Ribera.

Calles paralelas a la carrera del Puente

Terminada la calle del hospital del Amparo hay una pequeña plazuela que se llama de Ferro-Agudo, nombre del dueño de un homo que aún existe allí y que hasta 1841 tuvo en su fachada un cuadro con San Antonio de Padua. En este sitio hay una calleja sin salida en dirección al río denominada del Malfraile, por uno que la Inquisición castigó por su vida escandalosa. Vuelve a ensanchar y toma el título de plazuela del Pozo de Cueto, apellido de uno de sus antiguos vecinos.

En una de estas casas murió en 1816, como ya hemos dicho, el clérigo que dejó sus bienes para hacer nueva la ermita del Santísimo Cristo de las Ánimas en el Campo de la Verdad.

En esta plazuela había una especie de ermita pequeña dedicada a Nuestra Señora de la O, propia del vínculo de los Velascos, quienes al suprimirse aquélla en 1841 la llevaron a la capilla de los Santos Varones de la Catedral, de la que también son patronos. En este lugar se formaba un rosario de mujeres que recorría varias calles, y en los días intermedios se rezaba delante de la expresada imagen. Después de esta plazuela está la calle de la Cara, nombre que tomó de un cuadro que hubo en aquel sitio y representaba el divino rostro.

Entramos por una calleja muy estrecha que dicen de la Imprenta, porque en ella estuvo una de las primeras que se conocieron en Córdoba, y salimos a la plazuela de la Alhóndiga, en la cual estuvo durante siglos la de granos, que ha llegado casi a la mitad del presente, y de la que hace pocos años aún existía el archivo.

En esta plazuela ha existido también hasta hace poco una posada que llamaban de la Cadena, por una que tenía de muestra. De aquí se sale a la Carrera del Puente por tres calles en extremo cortas y que sólo se conocen por las entradas a la Alhóndiga.

La Alcaicería o Mercado de la Seda

En el centro de la manzana rodeada por la Carrera del Puente, calles Alfayatas, Carniceros, Mesón del Sol y plazuela de Abades hemos conocido un extenso solar denominado la Alcaicería, que significa mercado de la seda, tan floreciente en Córdoba durante la dominación árabe y que, aunque ya expirante, ha llegado al presente siglo.

Cuando la conquista desapareció este centro de comercio y en parte de su terreno construyó el Cabildo eclesiástico algunas casas, entre ellas unas conocidas por las del Lavatorio. La epidemia del siglo XIV, una de las mayores que se han conocido, obligó, como después explicaremos, a fundar un hospital donde acoger a los pobres, realizándose la obra en el terreno de dicha casa y la Alcaicería, dándole el título de San Sebastián. Mudáronlo después junto al palacio del Obispo, hoy Casa central de Expósitos, y volvió a quedar el solar abandonado, tanto que los propietarios colindantes empezaron a cercenarle terreno, haciéndole perder por completo toda comunicación con la vía pública, continuando así hasta que, a virtud de la última ley de parcelas, la adquirieron entre varios propietarios, repartiéndoselo para ensanche de sus respectivas casas.

Las calles de los Ángeles y de los Deanes

Hemos terminado toda la izquierda del barrio de la Catedral, y al pasar a la derecha debemos hacerlo tomando el mismo punto de partida, o sea desde la bajada de Santa Ana a la calle de Céspedes. En la plazuela de Benavente encontramos la calle de los Ángeles; ella nos servirá de principio a nuestro paseo.

Ya hemos dicho al hablar del convento del Espíritu Santo haber tenido su principio en la casa número 1 de esta calle. En ella conocimos un arco tapiado, como de haber sido entrada a la iglesia o portería. El título de los Ángeles lo llevaba antes la calleja sin salida que hay frente a dicha casa y que debió comunicarse antiguamente con la que hay al lado de la portería del exconvento de Jesús Crucificado. La calle principal se llamó hasta hace pocos años del Horno del Jabón, por una fábrica que de éste hubo en una de sus casas.

En la número 7 falleció en 22 de mayo de 1863 el canónigo de la Catedral don José Luis de los Heros. Era un excelente músico y profesaba ideas bastante liberales, que en 1823 le proporcionaron muchos y graves disgustos. Su íntima amistad con el duque de Rivas y otros prohombres del liberalismo le alcanzó después la canongía que gozó hasta su muerte. Escribió varios folletos y artículos muy notables, que le abrieron las puertas de varias academias y entre ellas la de Ciencias y Bellas Letras de esta capital.

Al salir de la calle de los Ángeles encontramos al frente la de San Roque, y a la izquierda la de los Deanes. Estos tuvieron su casa en la que forma frente, hoy propiedad de los señores Aguados, y de aquí viene el título de aquella vía, que concluye en el mercado de la Judería y afluye a ella la calle del Romero. A su mediación está la calleja de Quero, de que ya hicimos mérito al visitar la de igual título en la de Céspedes. En una de las casas de la de los Deanes falleció en 15 de octubre de 1815 el ilustrado canónigo de la Catedral don Diego Ugalde, que perteneció a varias academias y dejó inéditos algunos trabajos históricos, de los que salvamos varios, recogiéndolos en un almacén donde los destinaban a envolver especias.

La calle de San Roque y el Colegio del mismo nombre

Seguimos nuestro paseo por la calle de San Roque, que llega hasta la esquina siguiente a la portería del exconvento de Jesús Crucificado, y a poco encontramos a mano izquierda el edificio que le da el nombre y fue primero ermita de aquel santo, después convento de Carmelitas Descalzos, como ya hemos dicho, y últimamente colegio de los Calzados. Por consiguiente, en este edificio es donde estuvo San Juan de Dios (sic) durante su estancia en Córdoba y en el que peligró su vida por la caída de un tabique, según la tradición.

Cuando los carmelitas descalzos dejaron esta casa para irse al convento de San Cayetano, como allí anotamos, coincidió la toma de hábito en el Carmen Calzado del vizcaíno fray Andrés de Ibarra, el cual profesó en 13 de junio de 1612, donando a la comunidad 4.000 ducados en dinero que le pertenecían. Con este dinero determinaron comprar el convento de San Roque con la idea de crear un colegio para su provincia, donde se estudiase Teología, como consta de la autorización dada por el provincial fray Pedro Carranza al padre maestro fray Fernando de Vargas, quien realizó la compra y fundación, otorgando la escritura con el padre maestro fray Pedro de la Madre de Dios, tomando a seguida posesión con beneplácito del obispo señor Mardones. Entonces puso dos frailes al cuidado del edificio mientras venían los demás y se acababan de mudar los descalzos.

El padre Carranza designó los colegiales y nombró los lectores para aquel año, según su orden desde Sevilla fecha 4 de febrero de 1614, y el día 11 quedó incorporado a la provincia como tal colegio, prosiguiendo la elección, presidida por el padre Vargas, en la que quince lectores que se habían reunido eligieron rector al padre maestro fray Pedro de la Madre de Dios, primero que tuvo esta casa. De ella salieron discípulos que la honraron en más de doscientos años que tuvo de existencia hasta la última exclaustración. En la de 1820 a 1823 había sido enajenado por la Hacienda, y por consiguiente en cordobapedia:183611836 fue a poder del comprador, cuyos herederos la poseen.

Su iglesia es de una sola nave de medianas dimensiones, y en ella tuvo sepultura el venerable sacerdote Andrés de las Roelas, a quien se apareció San Rafael. En dos o tres ocasiones se ha intentado buscar sus cenizas para trasladarlas a la iglesia de San Rafael, sin obtener el resultado apetecido, por falta tal vez de datos seguros, si bien el vulgo dice que milagrosamente, por haberse inutilizado los que la operación dirigían.

Al lado de este edificio existe una calleja sin salida llamada también de San Roque, que tuvo comunicación a la calle del Romero. Aquí hay una hermosa casa que fue la principal de los Piedrahitas. Pertenece a Beneficencia por la obra pía del mismo nombre, y después de tenerla algún tiempo arrendada a parturientas la han dedicado a un segundo cuartel de la Guardia Civil. Tiene tres pajas de agua de la llamada de la Fábrica.

El convento de Jesús Crucificado

Casi al final de esta calle encontramos el cuartel de Jesús Crucificado, exconvento del mismo título, de la orden de Santo Domingo de Guzmán. En su principio fue beaterio y después convento de Santa Catalina de Sena, fundado en las Azonaicas en 1497 por doña Beatriz de Sotomayor, de la casa de los señores de El Carpio, que han seguido siendo los patronos y favorecedores de este piadoso asilo. Después se trasladaron a este sitio, año 1588, donde, reuniendo muchas casas a una principal y antigua de aquéllos, hicieron el convento, labrando la iglesia, que aún la cubre el más hermoso artesonado que existe en esta ciudad.

El retablo del altar mayor, por cierto de mal gusto, es el existente en la iglesia de los Padres de Gracia. En su antiguo lugar tenía las esculturas de San Francisco, Santo Domingo, San Álvaro, Santa Catalina de Sena, la Concepción y Jesús Crucificado.

Además tenía otros cinco altares, mereciendo mención el de Santo Domingo Soriano, donde había dos buenos cuadros con Santa Justa y Santa Rufina.

Los patronos de este convento tenían hospedería fuera de la clausura con tribuna a la iglesia. Ésta conserva algunas inscripciones; en la capilla mayor dice a un lado: Se reedificó esta capilla año 1704.Tiene además el escudo de los Cabezas y otros, yen el pavimento se lee en dos lápidas sepulcrales: Sepultura de los criados de D. García de Haro, Obispo de Málaga, fundador de los capellanes de esta capilla. Año 1593.- Sepultura de los capellanes que fundó en esta capilla la buena memoria deD. García de Haro, Obispo de Málaga. Año 1573.

En el patio principal había un brocal árabe en un pozo, que ha sido justamente trasladado al Museo Provincial. Sus columnas son diferentes, como de haber servido en otros edificios, y sus capiteles son: cuatro árabes, dos visigodos, cuatro mozárabes y uno romano. En uno de los claustros vemos un arco mudéjar. Casi en el centro hay una fuente con el pilar antiguo y en él una inscripción explicando que se hizo en 1569, siendo corregidor don Francisco Zapata de Cisneros, quien hizo merced del agua del muy ilustre señor don Diego López de Haro y Maldonado, siendo la priora del convento doña Isabel de Haro.

La comunidad de Jesús Crucificado era de las más consideradas de Córdoba, y en ella ha habido muchas monjas de gran nombre, tal como sor María Galán, que murió en opinión de santa, y otras que sería largo enumerar. La Inquisición las tenía en gran estima y en su iglesia celebró varios autos de fe.

En 1868 el obispo don Juan Alfonso de Alburquerque incluyó este convento en los cuatro que la Junta Revolucionaria acordó suprimir, y por consiguiente la comunidad se incorporó a la de Santa María de Gracia, por ser ambas de la misma orden.

Prosigue la calle de San Roque

La casa número 2 es la principal del mayorazgo fundado por don Juan Ruiz de Quintana, incorporado últimamente a la casa de Villaseca; ésta la vendió a censo a don Miguel Castiñeira, de cuya testamentaría la compraron las señoras Porras, quienes establecieron en ella una especie de beaterio de Reparatrices, imitación de las que hay en Francia. Mas esta institución ha durado poco tiempo por no haberse querido sujetar a la reforma que en sus reglas intentó introducir nuestro actual obispo el padre don fray Ceferino González. En el presente año se ha trasladado a esta casa la Escuela Normal de Maestras, de que hicimos mención en la plazuela de San Juan.

Junto a la portería del convento de Jesús Crucificado existe una calleja sin salida que también lleva aquel nombre, aunque algunos le decían de las Flores por las que había sembradas en la parte más ancha. Ésta es la que dijimos tuvo comunicación con la de la calle de los Ángeles. Las monjas, Dueñas también de las dos o tres casas que hay allí, la cerraron varias veces al público, sin autorización alguna, y en el Archivo municipal hemos visto los acuerdos para abrirla, a pesar de la resistencia que aquéllas oponían.

Toda la calle de San Roque está alcantarillada. En una casa de esta calle mató un tabique al padre fray Francisco de San Antonio Bermúdez y Castillejo, prebendado que fue cuando estuvieron los franceses en Córdoba.

La calle de Almanzor

Como en la esquina de Jesús Crucificado confina este barrio con el de San Juan y Omnium Sanctorum nos vemos en la necesidad de volvernos para continuar nuestro paseo a entrar por la calle del Romero, nombre que lleva hasta llegar al postigo del hospital de Agudos, desde donde continúa llamándose de Almanzor. En su primera parte se ha titulado también de los Barberos; luego tomó aquel nombre, apellido de unos de sus vecinos.

Almanzor proviene de que, según la tradición, estuvo en aquel sitio uno de los palacios o alcázares de aquel famoso caudillo. A la derecha encontramos cuatro callejas sin salida; las tres primeras las decían primera, segunda y tercera calleja de la del Romero; la última se llamó en lo antiguo de los Henestrosas, porque allí tuvieron una de sus casas; ahora le dicen de los Enterradores, por vivir en ella casi siempre los sepultureros del cementerio de la Salud. En la unión de una y otra calle hubo hasta 1841 un cuadro con la Virgen de los Dolores. A la izquierda está la plazuela del hospital del Cardenal (hoy de Agudos) , donde también vemos el exconvento de San Pedro Alcántara, convertido en casa de dementes, y del que vamos a ocuparnos.

El exconvento de San Pedro de Alcántara

Deseoso el doctor don Francisco Antonio de Bañuelos, maestrescuela de la Catedral, de fundar un convento dedicado a San Pedro Alcántara, cedió a los frailes de esta orden la casa en que tenía su morada, quedándose con unas habitaciones mientras vivió, que sólo fueron dos o tres años. Labrose por lo pronto una capilla, y en ella dijo la primera misa el fundador en la mañana del día 6 de julio de 1682. Así continuaron en bastante estrechez mientras reunieron fondos para comprar dos o tres casas contiguas y alcanzar de la Ciudad la cesión del terreno de la plazuela, necesario para la construcción de la actual iglesia.

Encargaron el plano de ella al maestro de obras de la Ciudad Luis de Rojas, y de la ejecución a Baltasar de los Reyes, que la llevó a cabo. Puso la primera piedra el arcediano don Gabriel Duarte, en representación del cardenal Salazar, en 9 de marzo de 1690, habiendo principiado los trabajos en 14 de febrero anterior, concluyéndose en 14 de noviembre de 1696. El 7 de diciembre la bendijo y celebró la primera misa el ya citado cardenal. El costo de la iglesia ascendió a unos 31.000 ducados. Dos años después, en el 1698, se fundó la Orden Tercera, aún existente en dicha iglesia.

Ésta es de una sola nave de medianas dimensiones con crucero y cúpula esférica. El altar mayor tiene un buen retablo de mármol rojo con adornos blancos y negros, de orden corintio y tres cuerpos. Ocupan el primero el tabernáculo y dos bonitos lienzos con San Francisco y Santo Domingo; por cima están las esculturas de San Pedro Alcántara, San Buenaventura y San Antonio, y remata con otro lienzo en que está Jesús Crucificado, la Virgen y San Juan.

Los altares colaterales, posteriores a la venida de los franceses, están dedicados a la Concepción y San José. En el lado de la epístola está la capilla, sagrario, con dos altares; uno de ellos tiene en su camarín una buena imagen de los Dolores, obra de Pedro de Mena, perteneciente al fundador del convento; el otro una Concepción en lienzo y dos esculturas de San Pedro Alcántara y San Juan de Prado. Existen otros cuatro altares en el resto de la iglesia, dedicados a San Francisco, San Pascual, San Antonio de Padua y Santa Rosa de Viterbo, a la que anualmente hacen una solemne fiesta y novena. En las paredes se ven algunos cuadros en lienzo, ninguno digno de mención.

La comunidad de los Alcantarinos fue siempre numerosa y contó con hombres muy virtuosos. Cuando la exclaustración, en 1835, se marchó a la provincia de Jaén, de donde era natural, el padre Jurado, persona muy erudita de grandes conocimientos, particularmente en numismática y genealogía.

Algunos años estuvo este edificio dedicado a casa de vecindad, y por último lo pidió la junta de Beneficencia para ampliar la casa de dementes, a lo cual está dedicado, a excepción de una parte destinada a casa del capellán de la iglesia. La puerta principal de la casa del fundador debió ser el actual postigo, como anotamos al llegar a la calle Portería de San Pedro Alcántara.

El Hospital del Cardenal Salazar

Pasando de un lado a otro de la plazuela nos encontramos el Hospital Provincial de Agudos, fundación del cardenal obispo de Córdoba don Pedro de Salazar, de la orden de la Merced. Este notable prelado concibió el pensamiento de establecer un colegio donde se acogiesen niños pobres, enseñándolos a cantar y a tocar los instrumentos a propósito para dotar la Catedral de una excelente capilla de música. Al efecto compró en este sitio una casa principal, empezando a seguida la obra de cal y ladrillo, cuya solidez revela a primera vista. Mas cuando llevaba la obra bien adelantada, la Ciudad, el Cabildo eclesiástico y el venerable fray Francisco de Posadas (después beatificado) le rogaron encarecidamente que en vez de aquel establecimiento, que podía instalarse en cualquier otro edificio, fundase un hospital general en el que se podían acoger los enfermos agudos, para los cuales eran insuficientes los hospitales que había y los que podían refundirse en éste. Acogió el pensamiento y entonces hizo la fundación, tan útil a Córdoba y aun a muchos pueblos de la provincia. De aquí el resentirse las enfermerías de poca anchura y de otras condiciones, que de haberlo pensado antes no se notarían.

Realizóse pues la fundación en 1701, viviendo el cardenal, pero la admisión de enfermos no comenzó hasta noviembre de 1724, mucho después de la muerte de aquel señor, debiéndose el verlo terminado a su sobrino y obispo también de Córdoba don Pedro Salazar, que aumentó considerablemente sus rentas e hizo muchas e importantes mejoras. Dificultades insuperables hicieron no realizar la agregación de otros establecimientos de igual índole, pero el tiempo se encargó de ello, uniéndole primero el hospital de Convalecientes, fundación de don Francisco de las Infantas, para lo que el Cabildo amplió el edificio con toda la parte existente desde la puerta falsa de la calle de Almanzor. Siguiole la agregación del hospital de San Sebastián, como en su lugar diremos, y ya, entre el año 1842 y 1850, realizáronse las de la Caridad, Antón Cabrera y otros, que con sus rentas vinieron a formarle una próximamente de 13.000 duros anuos. El Cabildo eclesiástico, nombrado patrono en el testamento del fundador, ejerció con celo este cargo, hasta que, a virtud de las nuevas leyes de Beneficiencia, la junta provincial le dio este carácter para las enfermedades agudas, el venéreo y la demencia, y se hizo cargo por completo de su administración y cuidado, sin grande oposición del Cabildo, quien ha concluido por perder completamente el patronato.

En 1853 instaláronse en este asilo las Hermanas de Caridad de San Vicente de Paúl, y desde entonces se introdujeron otras muchas e importantes mejoras, como son la edificación de enfermerías altas sobre las que fueron de convalecientes, la construcción de salas de baños, colocación de altos zócalos de azulejos en las enfermerías y otros departamentos, la compra de camas de hierro y otras muchas, largo de enumerar.

Las leyes desamortizadoras cambiaron sus rentas de fincas en réditos de láminas, y con los atrasos que éstos sufren en sus pagos hace que no lo veamos tan desahogado en sus atenciones como cuando contaba con los fondos propios, pues hubo épocas en que, después de cubiertas todas sus atenciones, tenía en arcas 6.000 ó 7.000 duros. Cuenta este edificio con ocho enfermerías bajas y ocho altas, once patios, un departamento para mujeres dementes, buenas cocinas, lavaderos, despensas, baños, boticas y otras buenas e importantes oficinas, y con una gran dotación de agua de la llamada de la Fábrica. Además tiene una llave en la cañería de la que conduce la de la fuente del Caño Gordo, de la cual sólo se hace uso en tiempos escasos de tan indispensable líquido.

Corre también a su cargo el otro departamento de dementes que ya hemos dicho está en el exconvento de San Pedro Alcántara. Pero ambos son más bien cárceles de locos que hospitales para su curación, por lo que en estos últimos años se llevaron muchos a San Baudilio del Llobregat, sin resultado satisfactorio. Lástima es y grande no haberse realizado el pensamiento de fundar un manicomio en el exconvento de San Jerónimo de Valparaíso, donde se hubiera atendido a la curación de aquellos infelices con más esmero y mejores resultados.

El número ordinario de enfermos era antes de unos 150, aunque hemos conocido más de 400; pero se ha aumentado en estos últimos años con la agregación del Hospital Militar, abonando las estancias causadas por los militares allí acogidos. Antiguamente había una sala separada con destino a los ermitaños, quienes dejaron de ir desde la ampliación de su hospedería contigua a la puerta del Osario. El retrato del fundador se ve en el portal, escalera, galería baja y algunos otros sitios de esta casa.

La ermita de San Bartolomé

Cuando la fundación se le labró una capilla cerca de la ermita de San Bartolomé el Viejo, con dos altares, uno dedicado a un Santo Cristo y el otro a la Concepción, a la que formaron hermandad. También se instituyó una congregación de hermanos y hermanas, hace muchos años extinguida. Pero a poco, en 1707, se le agregó la expresada ermita, establecida poco después de la conquista en la que fue mezquita particular de Almanzor, la que ha sufrido muchas reformas, salvándose, sin embargo, gran parte de sus bellísimos arabescos, si bien embadurnados por multitud de capas de cal en los innumerables enjalbegos que le habían hecho.

El erudito cordobés don Luis María Ramírez de las Casas-Deza dice que la bóveda de esta iglesia es posterior a la conquista, por su parecido a otras de dicha época. Otros escritores difieren tambien, defendiendo ser todo fabricado imperando los árabes, mientras algunos dicen ser mudéjar. Pero debemos estar con los primeros si es cierto, como dicen Sánchez Feria y Bravo, que en 1766 existía sobre el arco de entrada una inscripción que tradujo el embajador de Marruecos Sidi Hamet el Gacel en los siguientes términos: En el nombre de Dios todopoderoso labraron esta mezquita para su adoración y de su profeta Mahomad, el Wacir Muhamad Almanzor y de su muger Fátima, en la Egira (366 año 976). Alabado sea Dios.

Los aliceres que cubren el zócalo son en parte más modernos, pero en ellos se ven pedazos que no dejan duda pertenecer al tiempo de los árabes. Lo mismo sucede con el exterior; semeja un torreón y en él se ven colocados los sillares, dos tendidos y uno de canto, como era costumbre en aquéllos. Delante de la iglesia hay una arcada con una columna en el centro, cuyo capitel visigótico da a entender sirvió en otro sitio. El arco de entrada es de lo más lindo que hay en Córdoba, y es lástima grande que la Comisión de Monumentos, auxiliada por la Diputación Provincial, no trate de restaurar un monumento que indudablemente visitarían cuantos amantes de las bellas artes y de las glorias patrias viniesen a Córdoba, salvándola a la vez de su segura desaparición, pues para nosotros es rarísimo el que aún exista en el deplorable estado en que la vemos.

Callejas de San Bartolomé el Viejo

Como separando el hospital del exconvento de San Pedro Alcántara hay una calleja que comunica a la plazuela de las Bulas. Llámase del [Cardenal Salazar, pero antes le decían, como a otras que empiezan casi a su final, `callejas de San Bartolomé el Viejo, usando este calificativo para distinguirlo de otras iglesias de la misma advocación, menos antiguas.

Forman pues estas callejas, que es una sola, seis ángulos hasta desembocar en la calle de los Judíos. En el primer tramo está la primitiva puerta de la ermita de aquel nombre, hoy capilla del hospital; el enlace del segundo al tercer ángulo está cubierto con una habitación alta de la casa inmediata, y bajo estos arcos hubo hasta 1841 un cuadro en lienzo representando a Nuestra Señora de Linares, muy venerada de los vecinos cercanos.

Cuando la construcción del hospital se incorporó a éste una calleja sin salida llamada de las Moreras, que había al lado derecho de las de San Bartolomé. Es uno de los sitios más feos y solitarios de Córdoba.

La calle de los Judíos y la Sinagoga

Hemos salido a la calle de los Judíos. Ésta principia junto a la puerta de Almodóvar y termina en la plazuela de las Bulas. Debe el nombre a la Sinagoga que tuvieron los judíos y de la que formaba parte la ermita de Santa Quiteria (vulgo San Crispín), que encontramos en esta calle, y de la que nos ocuparemos más extensamente al hablar del barrio llamado la Judería.

Cuando la expulsión de los judíos en 1492 sólo tenían ya una pequeña sinagoga en este sitio, de la que han llegado a nosotros unos cuantos adornos mudéjares alrededor de la tribuna, arrancados por la ignorancia en una reedificación del año 1848 ó 1849. Sin objeto, aquel edificio fue dedicado a ermita con la advocación de Santa Quiteria, y la casa a hospital de los infelices atacados de hidrofobia.

En 1536 se instaló en ella una cofradía con el nombre de la Cruz de Cristo y San Crispín. Reformose en 1588, inscribiéndose en ella todos los individuos del gremio de zapateros, dándole ya el título de San Crispín y San Crispiniano y redactando nuevas reglas, aprobadas por el obispo don Francisco Pacheco.

La iglesia es pequeña, cuadrada y en extremo húmeda. En la sacristía apenas cogen los sacerdotes a revestirse en la función del titular, único culto que se celebra en el año. Tiene dos altares; el primitivo, que está en el lado del evangelio, a donde lo trasladó la nueva hermandad, sostiene unas antiguas esculturas de Santa Quiteria y San Bartolomé; en el mayor se encuentra una Concepción, a los lados San Crispín y San Crispiniano, y por cima un Crucifijo, todas de escaso mérito; lo mismo sucede a un San Pedro y San Pablo pintados al fresco en la pared. Ambos retablos son malos, de madera, pintados en azul con adornos dorados. Por cima de la puerta de la sacristía está un cuadro representando el triunfo o monumento dedicado a San Rafael junto a la Puerta del Puente, y al lado los retratos, de cuerpo entero, de Carlos IV, su mujer y Fernando VII, cuya horrible pintura fue hecha para celebrar la venida de los tres a Córdoba, que lo pusieron en la calle con un macarrónico soneto, dedicación todo del gremio de zapateros, y que después lo colocaron en este sitio para memoria.

Allá va el soneto, para ver si alguno de nuestros lectores lo entiende, a lo que gustosos hemos renunciado: "Si abcides de contino trabajando / los obtaculos fuerteis has vencido, / ya coxiste, ó después de conseguido / le fue triunfo por triunfo remesando. / Palmo á palmo fue ganando / nuevo mundo hasta Ailino conocido / el Cortiera á quien Mágico ha tenido, / y triunfo tal sacrificó á Fernando. / Yo á Rafael Custodio mio amado / este triunfo (mis Reyes) grato erixo / porque el hizo de serlo juramento; / Para que siempre que gobernando / que mil años goce ision vuestro hixo / si es que no os lo consagro os lo presento".

La plazuela de las Bulas

Después de leer este soneto hay que echar a correr, y por eso nos vamos a la plazuela de las Bulas, a donde afluyen las calles de los Judíos, Cardenal Salazar y Pavas. Desde poco después de la conquista llamose este sitio plazuela de los Armentas, por pertenecer a estos señores una de aquellas casas; por vivir en otra muchos años dieron en decirle del Arcediano; por último, en el siglo XVIII establecieron allí la venta de las bulas de la Santa Cruzada, y como entonces era raro el que no la adquiría tomó el título de las Bulas, con el cual se conserva. Nada más de particular ofrece.

La calle de las Pavas y sus afluentes

La calle de las Pavas baja desde la plazuela de las Bulas hasta el Campo Santo de los Mártires o Campillo, y son sus afluentes las de los Manriques y Portería de San Pedro Alcántara. Tiene además tres callejas sin salida. A mano derecha bajando está la de Villaceballos, que es visitada por cuantas personas curiosas tienen noticia de la colección de lápidas romanas y árabes y otras muchas cosas notables que contiene la casa del testero, donde moran los señores de aquel apellido, y fueron reunidas por don Pedro Villaceballos. De las primeras hacen mención el padre Ruano y don Luis Maraver en sus Historias de Córdoba y cuantos escritores modernos se han ocupado de las antigüedades descubiertas en esta ciudad, y de las que en su día haremos un minucioso catálogo. Dicho señor formó también un magnífico y rico monetario, vendido ya por sus descendientes según hemos entendido.

A mano izquierda hay otras dos callejas, denominada una del Escudo, por el que tenía una de sus casas, y la otra del Arco, porque tiene uno a la entrada, no faltando quien crea haber sido una de las puertas del barrio de los judíos, o sea la Judería.

El primer tramo de la calle de las Pavas se ha llamado también de los Marqueses de la Vega de Armijo, porque la casa número 8, hoy oficinas de la Administración militar, era la principal de este título, solariega de los Mecías de la Cerda, oriundos de uno de los conquistadores de Córdoba, contando entre sus individuos hombres muy notables, tanto en las armas como en las letras, debiendo citar entre ellos a don Pedro Mecía de la Cerda, poeta distinguido de quien poseemos un ejemplar de la Relación de las fiestas eclesiásticas y seculares dedicadas a San Rafael en el año 1652.

Uno de estos señores, o sea don Fernando Mecía de la Cerda, obtuvo el marquesado en 1695 por gracia de Carlos IV, habiendo recaído después en los Aguilares, por lo que lo es en la actualidad el notable orador y diputado a Cortes muchas veces por esta capital y su provincia, don Antonio de Aguilar y Correa. Los escudos de esta casa son, por los Mecías, de oro y tres fajas de azur, y por los Aguilares, oro y un águila imperial.

La casa número 9, perteneciente en la actualidad a los marqueses de la Motilla, es la principal de los señores Corral, cuyo escudo es oro y águila sable, acompañada de tres flores de lis azur, una encima de la cabeza y otra a cada lado. El ensanche que hay delante se ha llamado plazuela de Corral. En el interior hay arcos y zócalos de bonitos azulejos. Este apellido se enlazó con los Valdivias y, según unos apuntes que hemos visto, a fines del siglo XVIII o principios del presente se hizo preñada una mula del coche de dichos señores, quienes hicieron que los peritos la reconocieran y certificaran como cosa rara.

En otra casa de esta calle vivió, según los padrones, el escultor Bartolomé Gómez del Río, autor del San Rafael de piedra que hay en el puente y de otras varias obras.

Por último, debemos hacer mención de la casa número 10, donde habita el acreditado perito agrónomo don Juan Conde y Criado, y por consiguiente en la que ha pasado sus primeros años su hijo, el ilustrado escritor diputado a Cortes y catedrático de la Universidad Central don Rafael Conde y Luque. Esta casa es la principal de los Sigler de Espinosa y hoy propiedad de la señora marquesa de Valdeflores. Aunque ha perdido en gran parte su forma antigua, conserva encima del balcón el escudo de armas con dos pavos reales a los lados, de los que el vulgo, convirtiéndolos en hembras, le dio a esta calle el título de las Pavas.

La calle de los Manriques

La calle de los Manriques está entre la de las Pavas y el mercado de la Judería, afluyendo a ella las de la Portería de San Pedro Alcántara y la de la Convalecencia. Toma el título de la casa número 2, solariega de los señores de aquel apellido, y en la que habita en la actualidad el erudito escritor, abogado y canónigo de la Catedral don Rafael de Sierra y Ramírez.

Enfrente hay otro edificio construido por el Cabildo eclesiástico para guardar los granos procedentes de la cobranza de diezmos, por lo que era conocido por la Tercia.

En él está hoy el Monte de Piedad, fundado en el siglo XVIII por el arcediano de Pedroche don José Medina Corella, dejando para su dotación un respetable capital en fincas y metálico. Pero suscitadas varias cuestiones no pudo llegar a establecerse hasta 1864, que se abrió al público en 1 de septiembre, bajo la inspección de una junta compuesta de individuos del Cabildo, en la casa antigua de los señores Mesas, calle de Pedregosa, trasladándose después a este lugar por haberse adquirido el edificio.

En esta calle hay otra casa, número 6, conocida por la del Escudo, por uno que tuvo sobre la puerta, en la que se ve una losa, que levantándola da entrada a un subterráneo que corre por bajo de otras casas, hasta quedar interrumpido por la cloaca de la calle de las Pavas, creyéndose que seguiría para dar paso a punto más distante, puesto que dicen haberse encontrado también en la casa de los Sigler de Espinosa, o sea la de las Pavas.

Ya hemos dicho que entre la calle de los Manriques y la de las Pavas está la de la Portería de San Pedro Alcántara; ésta es la puerta falsa de la casa de dementes. Tiene una preciosa portada de principios del siglo XVI, bastante destruida, lo que es más lamentable perteneciendo a un edificio de la Diputación Provincial, que debiera tenerla más arreglada y no en tan punible abandono.

Se conserva aún el arco dintel ondulado, metido en otro cuadrangular y éste bajo otro latino; sobre esta decoración vemos una ventana con marco guarnecido de panalitos y la flanquean unas agujas pinículas estriadas en espiral; fáltale parte del arco y adornos y el escudo de armas que tendría.

La calle de la Convalecencia y el Hospital de San Francisco de Asís

La calle de la Convalecencia es travesía entre las de los Manriques y Torrijos o Palacio y tiene a su mediación una plazuela con el mismo título; éste lo tomó del edificio que fue hospital de Convalecientes, después colegio del Ángel para niños del coro de la Catedral, y en el día está incorporado a la Casa central de Expósitos.

Como repetidas veces hemos anotado, muchos eran los hospitales existentes en Córdoba, pero casi en totalidad de corto número de camas y de escasísimos recursos. Esto era causa de que en todos ellos diesen de alta a los enfermos en cuanto siquiera podían sostenerse, resultando volver a pocos días o arrastrar una convalecencia larga, por no contar con el alimento necesario a reponerlos y tener que mendigarlo. Semejante falta era lamentada por todos, y al fin movió a compasión a don Francisco de las Infantas y Aguayo, del hábito de Calatrava y veinticuatro de Córdoba, quien por su testamento, fecha 23 de diciembre de 1616, fundó el hospital de San Francisco de Asís para la asistencia de los convalecientes, dejando el patronato del mismo al Cabildo eclesiástico, si bien no se realizó hasta muchos años después, 1664, en que doña Leonor Galindo, su viuda, reiteró la fundación, excitando el celo de aquella respetable corporación, la cual adquirió local y abrió el establecimiento a la asistencia de los convalecientes.

Poco más de un siglo duró el hospital en este edificio, puesto que estando aún viva en el Cabildo eclesiástico la idea del cardenal Salazar de crear un colegio de infantes de coro, a que renunció para fundar el Hospital General, en sede vacante por muerte del obispo señor Barcia, realizó aquel pensamiento, bajo la advocación del Santo Ángel de la Guarda, dotándolo lo suficiente para catorce jóvenes, a quienes se empezó a dar educación cristiana y la enseñanza de canto llano, música e instrumentos adecuados a la Capilla de la Catedral.

No pudieron vivir juntos ambos establecimientos muchos años, y entonces sus patronos compraron el terreno necesario para trasladar, como lo hicieron, el hospital junto al del Cardenal, donde más económicamente se podía cumplir su instituto, algo mejor que se hace en el día, que se contentan, y no todas veces, con retardar el alta del enfermo curado dos o tres días,

El colegio del Santo Ángel de la Guarda sufrió también varias vicisitudes, cerrándose cuando la venida de los franceses. Venciéronse ciertas dificultades, y al fin lo abrieron de nuevo a la enseñanza en 30 de mayo de 1825, y por último lo cerraron definitivamente en 1 de mayo de 1848, quedando reducido el edificio a casa de vecinos, hasta que la Junta provincial de Beneficencia, viendo el incremento que tomaba la Casa de Expósitos, lo arrendó primero y lo compró después para ampliarla.

En la calle de la Convalecencia ha existido desde poco después de la conquista una carnicería, cuyo local era también del Cabildo.

La Judería

Llámase mercado de la Judería un tramo de calle ni muy ancho ni muy largo que empieza en la confluencia de las de los Manriques y Deanes y termina en las de Torrijos o Palacio y Puerta del Perdón. Es insuficiente para mercado, y esto hace que por las mañanas estén los vendedores y el público muy aglomerados, tanto, que ya se han salido a un tramo de la última de expresadas calles.

En 1841 desaparecieron de este sitio dos cuadros que la piedad de los vecinos había colocado; uno representaba a Jesús Nazareno, tamaño natural, y el otro a la Divina Pastora.

Los judíos en Córdoba

Los hebreos o judíos en Córdoba no era una raza introducida después de la invasión de los árabes, como equivocadamente creen algunos; éstos vinieron a España después de la destrucción del templo y ciudad de Jerusalén por el emperador romano Tito Flavio Vespasiano, siendo descendientes de la tribu de Judá y muchos de ellos aventajados discípulos de los sabios profesores de las célebres academias de Pombidita y Mehasiah en la Persia, origen que influyó poderosamente en la creación de otras escuelas en Córdoba, de las que salieron muchos sabios, de los cuales anotaremos algunos más adelante. Dedicados a la enseñanza de las ciencias y al comercio, que en gran escala ejercían, formóse en esta ciudad un gran núcleo de aquella raza, cada vez más importante y por tanto más influyentes entre los cordobeses.

El desembarco de los árabes en Tarifa fueles en extremo simpático, y sin darlo a conocer por temor al castigo que les impusieran los cristianos, permanecieron al parecer indiferentes, viendo cómo el rey don Rodrigo reunía y revistaba aquí sus huestes, ascendentes según algunos escritores a unos 100.000 combatientes. Pero conocedores de los descalabros sufridos por los godos, por la traición de los hijos de Favila, avisaron a los generales árabes de los escasos medios de defensa con que se contaba en Córdoba y favorecieron la conquista de ésta hasta quedar sometida al yugo de los invasores, y tan era así, que no contando aquéllos con el ejército suficiente a seguir sometiendo otras poblaciones, se prestaron ellos, como lo hicieron, a guarnecer esta ciudad mientras los árabes seguían sus triunfantes excursiones.

Tan grandes y señalados servicios les hizo tomar por lo pronto mucha importancia durante la dominación arábiga; mas no sabemos si por conveniencia de ellos mismos o porque los árabes quisieran ponerlos un tanto a raya, ello es que en su tiempo se reconcentraron en el barrio de la Judería, que cogía no la plazuela que lleva hoy ese nombre, sino muchas de las calles cercanas hasta la puerta de Almodóvar, donde, cerca aún, se conserva el nombre de los Judíos en una calle en la cual levantaron la sinagoga, soberbio edificio del cual se hacen extensas y fantásticas descripciones. A la izquierda de la expresada puerta, en terreno ocupado por la huerta del Rey, tuvieron su cementerio, y de aquí el llamársele a aquel sitio Fonsario de los Judíos, como al tratar de linderos se dice en algunos títulos antiguos de las casas de la calle de su nombre, toda vez que moraron en Córdoba hasta el reinado de Isabel la Católica.

Hipócritas en su conducta, aparentaron indiferencia y aun complacencia al ver a Fernando III recuperar a Córdoba, salvándola en 1236 del poder mahometano, y por eso continuaron tranquilos y aun ganando importancia por la merecida fama de sabios conquistada por algunos de sus individuos, profesores o discípulos de sus ya famosas academias.

El odio de razas no podía menos de darles funestos resultados, y si bien el rey Fernando III y su hijo el sabio Alfonso le dispensaron protección, los cristianos los vejaban de continuo, y llegaron en sus malos tratos a darles la muerte a muchos de ellos, sin más motivo que la diversidad de creencia. En corroboración de esto citaremos algunas disposiciones encaminadas a rebajarlos y aun a ver si aburridos abandonaban sus hogares, huyendo a otros puntos en busca de la hospitalidad que aquí se les amargaba. Estrecháronles el barrio de la Judería con nuevas edificaciones contiguas y principalmente hacia lo que decían el Malburbuet o Marburguet que estaba enfrente, y cuyo título no sabemos qué significaba, pero que así consta en una donación hecha por San Fernando en 1241. Poco después, en 1249, trasladaron su célebre Academia a Toledo, y Córdoba perdió aquel centro de ilustración que tanto nombre le había dado.

En 13 de mayo de 1250 el papa Inocencio IV expidió una bula encargando al obispo de Córdoba don Gutierre que sin contemplación alguna hiciese demoler la magnífica sinagoga, ya citada, y no permitiese levantar otra con más altura de la indispensable. Entonces desapareció aquel edificio, y por no carecer del lugar necesario para reunirse en sus actos religiosos, edificaron otra reducida a las dimensiones de la aún existente ermita de Santa Quiteria o San Crispín.

Y como si no fuese bastante derribarles la sinagoga se alcanzó un privilegio de Alfonso X, dado en Burgos a 28 de marzo de 1254, imponiéndoles la obligación de contribuir al sostenimiento de la iglesia de Córdoba con un diez por ciento de las cantidades que invirtiesen en la compra de cualquier edificio o heredad, retrotrayendo esta obligación a lo que antes hubiesen adquirido.

Como los cristianos de algún valer estaban, casi en su totalidad, dedicados al ejercicio de las armas o a aspirar a los puestos eclesiásticos y llenar los conventos que se iban fundando, el comercio seguía en manos de los hebreos o judíos, más entendidos en él, logrando por lo mismo más pingües productos. Sufrían cuantos vejámenes e impuestos se les exigían, procurando reintegrarse en las ventas hechas a los mismos que se los cobraban; mas éstos de vez en cuando inventaban una cosa nueva, haciéndoles costear cuanto ellos necesitaban. A esto tal vez obedeció otro privilegio de Alfonso X dado en Sevilla a 17 de diciembre de 1263 mandando que los judíos de Córdoba contribuyesen con cien alfaquíes anuales para el sostenimiento de las atarjeas y cañerías por donde venían las aguas a esta ciudad.

En 1279 expidió otra bula Nicolás III, disponiendo que el obispo no permitiese que en su Obispado y en el de Jaén anduviesen los judíos sin una señal que los distinguiese bien de los demás habitantes, lo que había de cumplir con todo rigor, pidiendo auxilio al brazo seglar, pues así lo deseaban y pedían ambos cleros. Por otro privilegio dado en Almazán por Sancho IV en 17 de abril de 1287 se encargó a los alcalde y alguacil obligasen a todos los judíos que moraban fuera de su barrio pagasen al obispo y Cabildo de la Iglesia de Córdoba los mismos derechos que pagaban los cristianos, sin perjuicio de los impuestos establecidos contra todos los de su raza.

No eran esos solos los males que agobiaban a los hebreos; había otros peores y de mayores consecuencias. Cada vez que el pueblo se veía contrariado en sus deseos, cada vez que sufría alguna epidemia o calamidad cualquiera, echábanle la culpa a los de aquella raza, y hubo ocasiones de entrar la gente en su barrio saqueando sus casas y asesinando a cuantos en ellas encontraban. Tal sucedió cuando el motín origen de la Cruz del Rastro, ya narrado a nuestros lectores, llegando a tal extremo tan feroces acometidas que Isabel la Católica, movida a compasión, dispuso en 16 de septiembre de 1479 cerrar con puertas los arcos que daban entrada al barrio de los judíos, a fin de que éstos se pudiesen encerrar cuando lo creyeran oportuno y durante las noches, y, sin embargo, esta misma reina fue la que en 30 de marzo de 1492 dio el decreto expulsándolos para siempre, siendo extraño que en estos tiempos de libertad no se haya dado otro decreto derogando aquél de una manera terminante.

Las expresadas puertas, según datos fehacientes conservados en el Archivo municipal, costaron 7.000 maravedises. Junto a la puerta que había al principio de la Judería estaba el cauce de un gran arroyo que fue el que dio lugar a la construcción de la cloaca o alcantarilla que pasa por aquel sitio.

En muchos documentos antiguos se encuentra corroborada la existencia de los judíos en el barrio de los mismos, y entre los que hemos registrado anotamos los siguientes, como afirmación de nuestro dicho.

En 1276 moraba en aquel sitio Mossen Dargot, que en 18 de mayo vendió al Cabildo un lagar con casas y bodegas en la sierra, además de otras diez casas tiendas en Marburguet, linderas con don Gimeno el Pescador y con el hospital de Burgos. Esto prueba que hacia este sitio hubo una casa destinada a recoger enfermos, la cual en nuestra opinión debía tener la puerta por la calle de Torrijos, según otros apuntes recogidos por nosotros.

En una bula expedida por Su Santidad en 27 de abril de 1250 para que los judíos de Córdoba pagasen los diezmos a la iglesia de la misma, se hace mención de Mossen Alcaraz, Judá Aljumez y Jucef Acedo.

En un documento de 1255 se nombra al comerciante Barue.

En 15 de noviembre de 1262 don Jague Aben Sancho y doña Paloma, su mujer, vendieron unas casas que tenían en la Judería.

En 11 de diciembre de 1285 Mossen de Alcova, vecino a Santa María, vendió a Gómez Martínez unas casas cerca de Marburguet, y pocos años después una huerta en el mismo sitio al canónigo don Juan Martínez de Tapia.

Don Jain fue hijo de don Mossen y consiguió que el rey don Fernando IV escribiese a Alfonso Fernández y a Fernando Díaz, mandando en 22 de diciembre de 1295 que le restituyesen los bienes que le fueron tomados con los de su padre en tiempo del rey don Alfonso, su abuelo.

Abel Asin vivía en 1300 en la collación de Santa María, su casa lindera con las de Lope Aznar y Sancho Pérez, sobrino de Juan Gil.

Cuando Isabel la Católica expulsó a los judíos exceptuaba a todos los que sinceramente abrazasen la religión católica, y como no todos se decidieron a abandonar para siempre los sitios en que nacieron ni a perder los bienes que en los mismos poseían hubo muchos que aparentemente se hicieron cristianos, observando secretamente sus prácticas religiosas, por lo que no pocos de ellos fueron después a servir de pasto a las hogueras de la Inquisición. Así es que entre los sentenciados por tan odiosos tribunales vemos abundar los naturales de aquellos pueblos donde más judíos existían a la publicación de tan inoportuno decreto. Véanse las descripciones de los autos de fe, algunas impresas, las que corroboran nuestra opinión.


Judíos cordobeses eminentes

Ya indicamos que los judíos fundaron en Córdoba notables academias, de las cuales salieron hombres tan eminentes, dignos de que recordemos con gusto sus nombres en estos apuntes, pues aun cuando tan contrarios en creencias religiosas, debemos no olvidar que fueron hijos de Córdoba y que en ella adquirieron la fama que a través de los siglos se abre paso.

* Jehudah Lebi ben Saul nació en Córdoba hacia el año 1126 de Jesucristo. Salió maestro consumado en toda la ciencia y doctrina; escribió varias poesías religiosas y diferentes obras, entre éstas una en arábigo titulada Sepher ha-Cuzar, en la que habla de la conversión del rey de Cuzar y las disputas que antes tuvo con dos sabios judíos. Este trabajo fue siempre tan estimado por todos los sabios que lo han traducido e impreso en diferentes idiomas.

* Moseh-ben-Mahemon, o Maimónides, según el señor Amador de los Ríos en sus Estudios sobre los judíos de España, apenas hubo un ramo de las ciencias que no conociese, ni un idioma que no cultivase. Nació en 1131 de Jesucristo, dando en sus primeros años tantas pruebas de desaplicación que fue lanzado de la casa paterna, causándole esta determinación tal efecto que volvió sobre sí de tal manera que desarrollando su colosal talento logró admirar a todos sus contemporáneos y reconquistó con creces el amor de sus padres. El número e importancia de sus obras puede verse en la citada obra, en varios diccionarios de escritores y en unos artículos publicados en La Crónica de Córdoba en 1859 por el erudito don Carlos Ramírez de Arellano. Maimónides murió en El Cairo a los 73 años en el de 1204, y su hijo Rebeun Abrahan condujo su cadáver a Tierra Santa, donde fue sepultado cerca de la ciudad de Saphet.

* R. Jonah-ben-Ganach nació en Córdoba en 1121 de Jesucristo. Fue preceptor del célebre Rosis. Escribió muchas e importantes obras, de que hacen mención don Miguel Casiri, don José Amador de los Ríos y otros notables escritores.

* R. Jahacob ben-Macir ben-Thibon, según el señor Rodríguez de Castro, nació en Córdoba en 1213, alcanzó la conquista y después de ésta continuó enseñando y escribiendo. Por último, se trasladó a Sevilla, de donde el señor Amador de los Ríos y otros lo creen natural. Hacen de él grandes elogios en muchas obras, ensalzando las suyas, que han merecido ser traducidas a otros idiomas.

Más nombres pudiéramos citar y aun dar extensos datos de los anotados. Pero como la índole de nuestra obra no lo permite, creemos oportuno dejar a otros autores el ocuparse extensamente, como lo han hecho, dando a conocer curiosísimos pormenores, todos interesantes para la historia de nuestra patria.

Las calles del Mesón del Sol y de la grada redonda

Pasearemos las calles que rodean la Catedral para entrar por la del seminario sin dejar atrás ninguno de los puntos que forman este populoso y extenso barrio.

Descrita ya la parte correspondiente de la Carrera del Puente nos venimos a la del Mesón del Sol, nombre que ostenta desde el siglo XVI, aunque sólo hasta llegar a la plazuela de Santa Catalina, porque de ese tiempo arrancan las memorias de la posada de igual título, un tiempo la principal de Córdoba y en la que se hospedaban todos los personajes más notables que visitaban esta ciudad, importancia que le ha durado hasta el primer tercio del presente siglo, recordando entre otros de los huéspedes al célebre escritor francés vizconde de Chateaubriand y a otros muy distinguidos. Dicha posada ocupa parte del terreno que fue Alcaicería y después hospital de San Sebastián.

La casa morada del señor conde de Cañete de las Torres, título posterior a la revolución de 1868, debió pertenecer a alguno de los mayorazgos de los Laras, toda vez que sobre el dintel de su puerta le hemos conocido siete cabezas de guerreros, hechas de piedra franca. En el interior dicen haberse encontrado una especie de sepulcro con una inscripción alusiva, que no hemos visto.

Antes de llegar a la calle del Mesón del Sol está la de la Grada Redonda, o sea el tramo desde la de la Encarnación a la expresada plazuela de Santa Catalina. Ésta toma el nombre de la puerta de la Catedral así titulada, y aquélla de la grada o lonja que dicho edificio tiene hacia aquel lado. En el último arreglo se le dio a toda la calle el título del Mesón del Sol.

La de la Puerta del Perdón también llevaba dos títulos, éste desde la Judería hasta la esquina de la de Céspedes, tomado de la puerta del mismo nombre en la Catedral, y desde allí a su final, del Caño Gordo, por la fuente así llamada.

Antes de terminar la primera mitad del presente siglo se habló mucho en Córdoba de un suceso ocurrido en una de aquellas casas, del cual, aunque muy curioso, no creemos oportuno hablar todavía, y porque debe aún estar presente en la memoria de muchos cordobeses.

Cerca de la Judería, al lado de la oficina de farmacia del correcto escritor don Rafael Blanco y Criado, hay una calleja, muy corta, que en algunos padrones antiguos titulan del Pastel, sin que se aclare la causa de tal nombre.

Sin duda llamará la atención de nuestros lectores que en estas calles no hacemos referencia a las fuentes ni imágenes adosadas al muro de la Catedral. Esto consiste en que, como hemos de historiarla y describirla, nos reservamos para cuando lo hagamos en su exterior.

Nos queda sólo la calle desde la Judería al Triunfo o final del Palacio Episcopal, nombre que ha llevado aquella vía, como el del Hospital de San Sebastián, hoy Casa central de Expósitos, y el del Corral de los Cárdenas, porque así denominaban al solar en que se hizo aquel establecimiento.

La calle de los Torrijos

Hacia 1838 dedicaron esta calle a la memoria del infortunado general Torrijos, muerto en Málaga por su probado amor a la libertad. En la fachada de Palacio había una lápida puesta en aquel tiempo después de celebrar en la Catedral unas solemnísimas honras por su eterno descanso.

Dos edificios hay en esta calle, a cual más notable, si bien como obra de arte ocupa el primer lugar la fachada de la iglesia de la Casa de Expósitos, no sólo la mejor de Córdoba en su clase sino una de las mejores de España.

Como todas las de principios del siglo XVI, su forma es un arco dintel embebido en otro redondo y sobre éste un conopio. Sus vanos están revestidos de arriba a abajo de cenefas y calados, y sobre elegantes ménsulas y bajo afiligranadas lumbelas se ven varias esculturas de lo mejor de la época. Planquéanla dos esbeltas agujas, y en ellas, como en su conopio, hay ondulantes cordones y hojas de cardo dispuestas con gusto y elegancia. Las estatuas son siete, tres en el tímpano y las otras cuatro en los esbeltos pilares que la sostienen. En todas las labores y en cuanto allí se contempla se adivinan las manos maestras que las trabajaron, infundiendo compasión que diesen tan delicado trabajo en tan deleznable piedra, y que después el punible abandono en que en España se dejan las obras de verdadero mérito haya amenguado éste, siendo de admirar que no haya desaparecido por completo.

Sobre esta elegantísima portada existe un horrible campanario que ha debido desaparecer, trasladándolo a otro sitio donde no surta tan mal efecto.

El Hospital de San Sebastián

En el año 1363 se sufrió en Córdoba una de las epidemias más grandes que se han conocido, y de la cual nos ocupamos en el barrio de la Magdalena. Entre los santos a que se hicieron mayores rogativas fue el mártir San Sebastián, en cuyo honor instituyóse una cofradía, y se le erigió altar en el que actualmente ocupa el Santo Cristo del Punto, donde aún se ve la imagen de aquél.

Carecía esta ciudad de hospitales, y la nueva hermandad acudió al Cabildo en demanda de protección, ayuda y local, a lo que accedió gustoso, reuniéndose en 27 de febrero de dicho año, tomando el acuerdo que copia el señor Bravo en su Catálogo de los Obispos, tomo primero, página 405. Concediósele en él parte del solar de la Alcaicería y las casas llamadas del Lavatorio, propias de aquella corporación, con la precisa condición de que si la cofradía dejaba de existir fuese del Cabildo tanto el hospital como todo lo perteneciente al mismo. Este caso llegó, y todos los capitulares se esmeraron en sostenerlo, haciéndole diversas donaciones, las que con otras posteriores llegaron a nuestros tiempos, formando sobre 30.000 reales de renta anual, sin contarse el ingreso de parte de la ofrenda de los días clásicos, acordada en 22 de agosto de 1505, por haber quedado sin efecto.

Por este tiempo se ocupó el Cabildo de la ampliación de este hospital, y considerándola poco menos de imposible en aquel sitio resolvió en 13 de febrero de 1512 trasladarlo al sitio actual, denominado el Corral de Cárdenas, propio de la mesa capitular, si bien creemos sería parte de él, porque, según datos registrados por nosotros, éste debió ser inmenso, toda vez que dentro había distintas casas y aun palacios de diferentes dueños.

Acordado así, deseando a la vez hacer una buena obra, se empezó ésta con un donativo del chantre don Pedro Ponce de León consistente en 10.000 ladrillos y 600 cahíces de cal, gran estímulo para otros que empezaron haciendo grandes limosnas, logrando entre todos concluir aquel hermoso edificio, donde, a no dudar, se aprovecharon algunas construcciones anteriores. Terminadas las obras, instalose la curación de enfermos en dos regulares salones, del que se conserva uno en su primitivo estado, y el destinado a las cunas o lactancia.

Continuó aquélla durante tres siglos, hasta la fundación del Hospital General de Agudos o del Cardenal, que, trasladando a él los pobres existentes, se dedicó este edificio a convalecientes, porque el de éstos iba a ser, como lo fue, el colegio del Ángel de la Guarda, ya historiado. Terminado el departamento o nuevo hospital de Convalecientes pusiéronse aquí los dementes, y por último, en 1816, se acordó por el Cabildo establecer aquí la Casa de Expósitos, reducida a los estrechos límites de la casa ermita de Consolación, calle de Armas.

Antes de dar a conocer como hemos visto y vemos este edificio, historiaremos este útilísimo establecimiento, digno de ser visitado por cuantas personas curiosas existen o vienen a Córdoba.

El cruel abandono de los niños expósitos

La falta de casas de expósitos en la totalidad de los pueblos de esta diócesis y reino de Córdoba ocasionaba con harta frecuencia el irreligioso e inhumano espectáculo de verse a la orilla de los ríos o en cualquiera otro punto el cadáver de un recién nacido a quien había dado muerte el abandono a que sus despiadados padres los condenaba, generalmente por no descubrir el secreto del nacimiento de tan infelices seres. Algunos, menos feroces, solían depositarlos en los portales de personas acomodadas, que casi en general se condolían de la infeliz criatura, dándola a lactar y cuidando después de ella durante su infancia.

Pero conforme iban los pueblos recibiendo un tenue rayo de la civilización comprendían la crueldad de tal conducta y el daño a la sociedad inferido, privándola de tantos seres que tan útiles podían serle. Era imposible que Córdoba, tan pronta siempre a socorrer las desgracias, permaneciese indiferente, y hacia el año 1500 formose una hermandad compuesta de lo más noble, que tomó a su cargo costear la lactancia de los niños abandonados, que después tomaron el calificativo de expósitos, de ser expuestos en un lugar determinado.

Esta benéfica institución duró poco, y el Cabildo eclesiástico dispuso colocar en una de las galerías o claustros del Patio de los Naranjos unas cunas donde se colocaban aquéllos a esperar que alguien los recogiese, dándose el consolador espectáculo de ver siempre alguien acudir a remediar la falta de una madre desnaturalizada.

En aquellos tiempos no se conocía la hoy llamada policía urbana, y como aún sucede en muchas poblaciones, los cerdos y otros muchos animales comían a su placer por la vía pública, sin necesitar el beneplácito de las autoridades. Unos de aquéllos entráronse un día en el Patio de los Naranjos, y encontrando en las cunas dos niños recién nacidos, cebáronse en ellos, horrorizando a cuantas personas lo supieron.

La primera casa de los niños expósitos

Entre éstas lo fue el deán don Juan Fernández de Córdoba, tan libertino en su juventud como piadoso después. Este señor -que según el autor de los Casos raros, perdió la cuenta de los hijos que tuvo- dedicó una casa de su propiedad, conocida por la del Agua, frente a la Catedral, y estableció la Casa de Expósitos, costeando cuanto se necesitaba para su sostenimiento. Visitábalos diariamente con tal esmero y cariño, asegura el referido autor, que los chicos corrían a su encuentro en cuanto lo veían, ensuciándole sus ricos manteos en demanda de los regalos que les llevaba, haciendo la distribución con gran cariño; y reuniéndolos después a enseñarles la doctrina se pasaba las horas, creyendo mejorar así la suerte de aquellos desgraciados.

Muerto el deán empezaron a carecer de lo más preciso, pero condolido de ellos el obispo don Francisco Pacheco los mudó al hospital, hoy ermita de Consolación, de donde viene el título de la calleja del Tornillo. Esto sucedió en 1586. En 1599 los trasladaron al hospital de San Jacinto, cerca de San Juan, de donde procede el conocerlos por los niños de San Jacinto, con que aún son designados por el vulgo. Convencidos de la estrechez en que estaban con los pobres incurables los llevaron otra vez en 1642 a la expresada ermita de Consolación, y por último, deseoso el Cabildo de tenerlos más cerca para la inspección de la Casa Cuna, los trajeron en 1816 al hospital de San Sebastián, donde permanecen.

De Hospital a casa central de Expósitos

En 1842 se hizo cargo de esta casa la Junta local de Beneficencia, permaneciendo así sin más que sus escasas rentas, procedentes de donaciones, hasta 1850, que a virtud de la ley de 1849 se le declaró provincial y en este concepto, central de todas las de los distritos judiciales, de donde vienen los niños destetados si no se ha presentado nadie a prohijarlos. En ella permanecen las hembras hasta su colocación, y los varones se trasladan al hospicio cuando cumplen los seis años. Con esta organización el número de expósitos y huérfanos que sostiene la provincia llega a veces a 2.000, ocasionando un gasto considerable.

En esta casa central están hechas cargo del cuidado y enseñanza las Hermanas de Caridad de San Vicente de Paúl, y, gracias a su reconocido celo, se encuentra en el más brillante estado, a pesar de su extensión, puesto que, como antes indicamos, se le agregó el edificio excolegio del Ángel de la Guarda.

Desde 1850 en adelante se han hecho en la Casa central de Expósitos grandes e importantísimas obras que lo han mejorado notablemente. Entre otras fue el levantar de nueva planta la crujía intermedia entre la iglesia y el Palacio Episcopal, dándole a la vez una distribución en armonía con las galerías entre ella y el patio. Antes había una especie de sótanos y encima la enfermería, a la altura en que aún está el salón de lactancia, teniendo ambos ventanas a la iglesia para que los enfermos oyesen misa. A este fin obedecía la rara colocación del altar mayor.

La Capilla del Hospital

El presbiterio estaba a unas tres o cuatro varas de altura sobre el piso de la iglesia, y debajo formaba una capilla o más bien cueva con un altar dedicado al titular San Sebastián; por cima había un antepecho, entrándose por la sacristía. El retablo tenía tres cuadros representando el Descendimiento, San Acisclo y Santa Victoria. En otro altar estaba el cuadro de la Asunción que hoy vemos al final de la iglesia y es una de las mejores obras de Peñalosa, no sabiendo por qué en el Indicador cordobés dijo el señor Ramírez y Casas-Deza que era de Rómulo Cincinato.

En la reforma realizada hacia 1860 desapareció el presbiterio y la capilla que tenía debajo. Se formó uno nuevo con la gradería de mármol negro de la iglesia de la Caridad y se colocó el retablo existente, que era el mayor de la de San Bartolomé de las Bubas, del barrio de la Magdalena.

El célebre escritor cordobés Ambrosio de Morales falleció en este hospital de San Sebastián, a donde se había retirado y pasó los últimos años de su vida.

El palacio Episcopal

Mas allá de la Casa central de Expósitos se encuentra el Palacio Episcopal, uno de los edificios más notables de Córdoba, si bien su exterior o fachada principal es de malísimo gusto arquitectónico. Ésta tiene 261 pies de longitud por la calle de Torrijos y 547 en el lado frente al seminario de San Pelagio, que aunque sencillo es más arreglado y prueba el buen gusto del arquitecto don Ventura Rodríguez, autor del plano. Todo es de gran solidez, midiendo el muro foral 9 pies de espesor.

Lo que se llama el Palacio viejo y está hoy casi en alberca, fue labrado como a la mitad del siglo XV por el obispo don Sancho de Rojas. De este edificio, cuyo exterior debió ser muy lindo, se conservan dos ventanas en el rincón del Campo Santo, contiguo a la calle de las Pavas. El descuido en que hace siglos las tienen hace que se vaya destruyendo unos de los mejores fragmentos, aún existentes, de la arquitectura de aquella época tan gloriosa para las artes.

Don Leopoldo de Austria construyó el Palacio nuevo, ampliando el antiguo, y dicen algunos escritores que por un arco, también hacia la calle de las Pavas, se pasaba a sus entrevistas con una señora de quien tuvo algunos hijos, entre ellos don Maximiliano de Austria, uno de los más notables que ha tenido Córdoba. La elevada alcurnia de aquel prelado hizo que todos respetasen los devaneos y libertades de su juventud, pues es, sin duda, el obispo de menos edad que se ha sentado en la silla cordobesa.

Don Cristóbal de Rojas y Sandoval costeó el cuerpo de la calle, y no sabemos cuál de los ya nombrados hizo construir unos arcos enlazando el Palacio con la Catedral para que se pasase en los días lluviosos sin recibir el agua. En lo alto había una Virgen de piedra que titulaban de los Arquillos, que hasta hace pocos años hemos visto en una ventana de la nave que está detrás del crucero y aún existe en una atarazana.

Don fray Diego de Mardones continuó la obra en el siglo XVII, y por último, en el XVIII, amplió el jardín, tomando terreno del Campo Santo, don fray Francisco de Solís en 1714. Pocos años después, en el de 1745, un voraz incendio consumió gran parte de este extenso edificio, y entre otras oficinas la que servía de archivo eclesiástico, donde se perdieron multitud de documentos en extremo curiosos, Reedificose a seguida, poniéndole muchos adornos, entre ellos los de la cúpula y muros de la escalera, revelando el mal gusto de aquella época tan funesta para las artes.

La biblioteca

Cuando la expulsión de los jesuítas no faltó quien rogase al rey que la rica biblioteca de su colegio se destinase para instrucción de la juventud cordobesa. Accedió a ello aquel monarca, y el obispo don Agustín de Ayestarán y Landa se ofreció a costear local donde pudiera establecerse. Al efecto, como antes indicamos, encargó el plano y dirección al arquitecto don Ventura Rodríguez y se construyó la crujía que hay desde la esquina hasta la parte del palacio destinada a cárcel de sacerdotes, estableciéndose la biblioteca, ampliada después por otros prelados como el señor Caballero y Góngora, que hasta dejó algunas de sus obras inéditas, que ya debieran haberse publicado, y el señor Trevilla, que con su incansable celo logró llevar allí las obras encontradas en el archivo de la Inquisición, ejemplares estimadísimos, unos por lo desconocidos y otros por las anotaciones hechas por el Santo Oficio.

Algunos obispos, entre ellos el ilustrado señor Tarancón, la han tenido abierta al público; otros la han descuidado por completo, dejando apolillarse los libros y siendo causa de la pérdida de no pocos. Pero a ninguno se le ha ocurrido pedir que se le nombre bibliotecario del cuerpo general, considerando aquello como unos muebles viejos de su propiedad, de los que podían disponer a su antojo, estando privados los cordobeses de poder entrar en horas marcadas en una biblioteca formada para su instrucción, tanto por el rey como por el señor Ayestarán, que tan gustoso y espléndido contribuyó al pensamiento. Tiene 22 estantes y en ellos había 11.132 volúmenes.

No se aclara si el terreno que ocupa la obra del señor Ayestarán correspondía al gran patio allí existente o si esto era vía pública o plaza. En uno y otro sentido encontramos apuntes. El primer concepto lo indica la línea recta formada desde el cuerpo de la calle hasta la cárcel ya mencionada; el segundo lo da a entender la gran fachada y puerta central que del grupo principal da a aquel patio y las citas que hacen algunos escritores antiguos de la plaza que había delante del palacio, donde estaba también la Casa de Moneda mandada demoler por don Alonso de Aguilar, según los historiadores de este caudillo, una de las figuras más grandes de la historia cordobesa.

El interio del palacio

La planta baja de este gran edificio es en parte lóbrega y está ocupada por oficinas y habitaciones de los dependientes. En cambio la alta es magnífica; tiene hermosísimas habitaciones, siendo muy de notar el salón de los Retratos y el del Apostolado. En el primero están los de todos los obispos que ha tenido la diócesis, acertado pensamiento realizado por don Francisco de Alarcón y Covarrubias, quien encargó este trabajo al notable pintor cordobés Juan de Alfaro, al que ayudó fray Juan del Santísimo, con cuyo pretexto lo sacaron del convento de los Carmelitas de Aguilar, donde lo tenían preso, como lego de la orden.

Ambos artistas se valieron para su trabajo de retratos antiguos, inventando algunos por los pocos datos adquiridos al efecto. En general son buenos, algunos de primer orden, logrando inaugurar la galería en 1 de abril de 1667. Desde entonces todos los obispos han ido colocando sus retratos, contándose hoy hasta el del señor Alburquerque, obra del pintor señor Escosura. El señor Barcia advirtió que no todos eran iguales en dimensiones, y al encargar el suyo a fray Gerónimo Espinosa, lego en el convento de San Pablo, donde lo dimos a conocer a nuestros lectores, le mandó igualar aquéllos, haciéndolo con tal perfección que sólo un ojo muy inteligente conoce en algunos los añadidos.

En el salón de los Apóstoles hay una colección de éstos pintados por el expresado Espinosa, pero además hay otro de mucha mejor mano. También existen los retratos de Carlos III, Carlos IV y sus mujeres, y otros dignos de conservarse.

Al final de estos salones hay una bonita escalera para ir al jardín, y más allá una extensa galería con barandales a éste y un balcón frente al seminario. Hemos oído que está medida y calculados los paseos, que forman una lengua, para que los obispos, en los días de lluvia, paseasen lo que cada cual tuviese por costumbre. El jardín es muy lindo, con bonitas y bien surtidas fuentes. En el primer patio, cerca de la escalelera, está la capilla, de medianas dimensiones y tres altares. Su adorno es en general de muy mal gusto.

Desde que el Alcázar de los Reyes fue entregado a la Inquisición para su establecimiento en Córdoba, todos los reyes que han venido a esta ciudad se han hospedado en el palacio de los Obispos, preparado al efecto, exceptuando a don Alfonso XII, que lo ha hecho en el de los señores condes de Torres Cabrera, y en uno de aquellos salones fue donde los Reyes Católicos pusieron en libertad al Rey Chico de Granada después de caer prisionero cerca de Lucena.

Cronología de los obispos de Córdoba

En este lugar ponemos la siguiente cronología de los obispos de Córdoba desde la reconquista por San Fernando, y como quiera que la índole de nuestra obra no nos permite escribir extensas y minuciosas biografías de aquéllos -trabajo dado con mayor acierto y copia de datos por el doctor don Juan Gómez Bravo y otros escritores que de algunos se han ocupado-, nos concretamos nosotros solamente a citar los nombres por orden cronológico, remitiendo a lo escrito por otros a cualquier lector deseoso de más pormenores.

* I. Don Lope de Fitero, maestro y director de Fernando III, quien, reconquistada Córdoba, lo hizo su obispo, alcanzando sus memorias hasta el 10 de junio de 1245 en que murió. Durante su tiempo se hizo la primera división de diezmos, dignidades, canonicatos y prebendas. Se cumplían por él varios aniversarios.

* II. Don Gutierre Ruiz de Olea gobernó este Obispado desde 1246 a 1250 en que murió. Era natural de Burgos, en cuya Catedral sirvió una canongía. Acompañó a Fernando III en las conquistas de Jaén y Sevilla, consagrando sus Catedrales, dedicándolas a la Asunción de la Virgen. En Córdoba obligó a los judíos a derribar su suntuosa sinagoga, cumpliendo la bula de Inocencio IV, fecha 11 de junio de 1250.

* III. Don Lope Pérez de Retes, nombrado en 1252 y renunció en 1257. No llegó a consagrarse, por discordia con el Cabildo, que había nombrado a otro que tampoco tomó posesión del Obispado.

* IV. Don Fernando de Mesa, natural de Toledo. Capellán de Alfonso el Sabio y abad de Santillana. Fue obispo de Córdoba desde 1257 hasta el día 16 de noviembre de 1274, en que murió. Dispuso que los cargos se diesen por ascenso. En su tiempo se formó la hermandad entre el Cabildo y el convento de San Francisco, como en su lugar expusimos, y se construyó la primera capilla mayor, hoy de la Virgen de Villaviciosa, con la nave que tiene delante. Fundó la capilla de Santiago y un aniversario. Está enterrado en el sepulcro de los Cinco Obispos.

* V. Don Pascual, canónigo de Córdoba y después su obispo desde 1274 hasta 9 de febrero de 1293, día de su muerte. Fundó el hospital de los Ahogados en el lugar ocupado hoy por el paseo del Triunfo. En su tiempo se efectuó la primera aparición de San Rafael en el convento de la Merced, ya referida, y el cerco que puso a esta ciudad el rey don Alfonso por haberse decidido a favor de su hijo.

* VI. Don Gil. Sus memorias alcanzan desde 1294 a 1299. Fue prelado muy virtuoso y procuró la mayor unión entre todos los dependientes de su iglesia, estableciendo ciertas multas a los que se faltasen o injuriasen a otro.

* VII. Don Fernando Gutiérrez de los Ríos. En su elección hubo gran lucha, dividiéndose el Cabildo; su renuncia cortó aquellas desavenencias y fue bien recibido por nombramiento del papa de 20 de junio de 1300, continuando hasta su muerte ocurrida en 1325. En su tiempo trajeron el cuerpo de Fernando IV el Emplazado y la reina doña Constanza fundó seis capellanías para que dijesen misas por el alma de su marido.

* VIII. Don Gutierre Ruiz de Mesa, sobrino de don Fernando de Mesa. Era natural de Córdoba, donde ejerció los cargos de arcediano de los Pedroches y deán hasta 1326, que lo eligieron obispo. Murió en 1336 y en estos diez años hubo grandes trastornos con las correrías de los moros por el reino de Córdoba.

* IX. Don Juan Pérez de Saavedra fue obispo desde 1336 hasta 1346. Siguieron los mismos trastornos, y la tradición cuenta que los moros tomaron a Palma, degollando a todos sus vecinos.

* X. Don Fernando Núñez de Cabrera, desde 1346 a 1350 en que murió, siendo sepultado en la capilla de San Ildefonso. Había servido varias dignidades; dotó varias memorias y fiestas religiosas e instituyó una de las primeras para costear la misa de alba.

* XI. Don Martín Giménez de Argote, primo del antecesor, se encuentra gobernando este Obispado desde 1350 a 1362, y aparece su epitafio en la expresada capilla de San Ildefonso. Instituyó también algunas memorias.

* XII. Don Andrés Pérez Navarro: 1363 a 1372. En este tiempo fue la famosa batalla del Campo de la Verdad, debiéndose a este prelado el principio del doble conocido por cepa. También recibió el cuerpo o restos de Alfonso XI cuando lo trajeron a la Capilla Real, y que después trasladaron a la colegiata de San Hipólito que él había fundado.

* XIII. Don Alonso de Vargas: 1373 a 1378. Antes fue obispo de Cartagena. En su tiempo mataron dentro de la iglesia al arcediano, diciéndose de orden del deán, quien a su vez obedecía al rey don Enrique II, por lo que éste fundó el altar de la Virgen del Pilar en el sitio donde ocurrió el asesinato, si bien negando la intervención en aquel delito, que castigó haciendo morir al deán, pero no se aclara si sería por hacer justicia por haber revelado su nombre.

* XIV. Don Juan Fernández Pantoja: 1379 a 1397. Era cordobés y uno de los obispos más sabios que ha tenido esta Iglesia. Hizo varios y cuantiosos regalos a la Catedral, por lo que se le cumplía un aniversario.

* XV. Don Fernando González Deza: 1398 a 1424. En su tiempo murió en Córdoba el infante don Fadrique, a quien enterraron en la capilla de Villaviciosa. Hizo la hermandad de este Cabildo con el de Jaén y fundó la capilla de San Acacio, en que fue sepultado.

* XVI. Don Gonzalo Venegas: 1425 a 1439. Hizo varias constituciones y aprobó la de los beneficiados de Córdoba. El rey don Juan ganó la batalla de la Higueruela, que se celebró en la Catedral, oficiando este prelado en presencia de dicho monarca. Yace en el sepulcro de los Cinco Obispos.

* XVII. Don Sancho de Rojas: 1440 a 1454. Fue antes obispo de Astorga, presidente de Castilla y embajador en Aragón e Inglaterra. En su tiempo hubo una gran epidemia, huyendo de ella a Baena, donde estuvo muchas temporadas. Desde entonces llevaron los beneficiados las andas de la custodia en el día del Corpus, como ahora lo hacen los curas párrocos.

* XVIII. Don fray Gonzalo de Illescas: 1454 a 1464. Religioso del convento de San Jerónimo de Guadalupe y confesor de don Juan II, por cuya recomendación lo eligieron obispo de Córdoba. Varón de gran saber y virtudes, logró hacerse estimar de todos sus gobernados. Murió en Hornachuelos, estando haciendo la visita, y trasladaron su cadáver al monasterio antes citado.

* XIX. Don Pedro de Córdoba y Solier: 1464 a 1476. Este obispo es el que, como en otro lugar de esta obra hemos dicho, sostuvo las grandes luchas con don Alonso de Aguilar, a quien excomulgó por haberlo echado de la ciudad. Son en extremo curiosos los datos que se encuentran de este tiempo, uno de los de más trastornos y acontecimientos en Córdoba.

* XX. Don fray Alonso de Burgos: 1476 a 1482, en que fue trasladado a Cuenca. Fue religioso en el convento de San Pablo de Burgos. Fundó el colegio de San Gregorio de Valladolid y obtuvo el honroso cargo de confesor de la reina Isabel. Es el primer obispo de Córdoba presentado por el rey y nombrado por el papa. En su tiempo se estableció en esta ciudad la Inquisición, y fue quemado el tesorero Alcaudete, por judaizante. Bautizó en la Catedral a la infanta doña María, que nació en Córdoba. Tuvo preso en su palacio al Rey Chico de Granada. Intervino en los asuntos de Fuente Obejuna cuando mataron a pedradas al comendador Hernán Pérez, de cuyo crimen no se pudo descubrir a los instigadores. También logró que los Reyes Católicos desterrasen a don Alonso de Aguilar, que tanta guerra había hecho a su antecesor.

* XXI. Don Tello de Buendía: 1482 a 1484. Se distinguió por su hermosa presencia, su amabilidad y afición a hacer bien a los pobres. Fundó algunas memorias y yace en el sepulcro de los Cinco Obispos.

* XXII. Don Íñigo Manrique: 1486 a 1496. Antes fue obispo de León, presidente de la Chancillería que hubo en Ciudad Real e inquisidor general. En sus días se efectuó la conquista de Granada y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Imprimió el primer breviario y misal de Córdoba, en Venecia, año 1489, e hizo sinodales constituciones. Está sepultado en la capilla de Villaviciosa.

* XXIII. Don Francisco Sánchez de la Fuente: 1496 a 1498. Antes fue obispo de Ávila y desempeñó otros muchos e importantes cargos, entre ellos el de embajador en Francia para la restitución del Rosellón. Fue muy querido de la reina, que sintió mucho su muerte.

* XXIV. Don Juan Rodríguez Fonseca: 1499 a 1505, en que pasó a Valencia. Ejerció antes muchos cargos, entre ellos el de obispo de Badajoz.

* XXV. Don Juan Daza: 1505 a 1510. Ejerció otros cargos importantes y dejó grata memoria por su saber y virtudes.

* XXVI. Don Martín Fernández de Ángulo: 1510 a 1516. Natural de Córdoba, doctor en ambos Derechos por la universidad de París. Desempeñó varios cargos y por último el obispado de Cartagena, desde donde lo trasladaron al de ésta su patria. Hizo grandes donativos y memorias, y principió a costear la custodia. Yace sepultado en la capilla de Villaviciosa.

* XXVII. Don Alonso Manrique: 1516 a 1523, que ascendió a arzobispo de Sevilla. Es sin duda de los obispos más notables que ha tenido Córdoba, si bien en su tiempo principió la obra del crucero de la Catedral, que tanto desdice del edificio, como en su lugar explicaremos.

* XXVIII. Don fray Juan de Toledo: 1523 a 1537, por ser electo arzobispo de Toledo. Pertenecía a la orden de Predicadores, debiendo a su talento y elocuencia los altos cargos que desempeñó. En su tiempo se trajo por primera vez a Córdoba la Virgen de Villaviciosa.

* XXIX. Don Pedro Fernández Manrique, hijo de los marqueses de Aguilar: 1537 a 1540. Fue obispo de Ciudad Rodrigo y Córdoba, y después cardenal, muriendo en Roma.

* XXX. Don Leopoldo de Austria: 1541 a 1557. Era hermano de Felipe I llamado el Hermoso, circunstancia que a los 36 años de edad le dio el Obispado de Córdoba. Su vida es en extremo curiosa, tanto por los amores que sostuvo con una señora de quien tuvo hijos muy notables como por la especie de corte que tenía formada en su palacio. Al mismo tiempo hizo a su costa muchas obras en las iglesias de Córdoba y pueblos del Obispado, en su palacio y en la Catedral. Sentimos que la índole de esta obra nos obligue a suprimir muchos y curiosos datos acerca de este ilustre prelado.

* XXXI. Don Diego Alba y Esquivel: 1558 a 1562. Antes obispo de Astorga y Ávila, asistió al concilio de Trento y murió en Vitoria, su patria, siendo enterrado en la parroquia de San Pedro de la misma.

* XXXII. Don Bartolomé de la Cueva, electo en 1562 y murió sin llegar a tomar posesión. Fue arcediano de los Pedroches, virrey de Nápoles y cardenal, muriendo en Roma y siendo sepultado en la iglesia de Santiago de los Españoles.

* XXXIII. Don Cristóbal de Rojas y Sandoval: 1562 a 1571, en que pasó al arzobispado de Sevilla. Antes fue capellán de Carlos I y obispo de Oviedo y Badajoz. Asistió al concilio de Trento y presidió el de Toledo en 1567. Gobernó bien y continuó las obras del crucero.

* XXXIV. Don fray Bernardo de Fresneda: 1572 a 1577. Murió electo arzobispo de Zaragoza. Pertenecía a la orden de San Francisco. Acompañó a Felipe II en su viaje a Inglaterra. Fue obispo de Cuenca, donde fundó un convento de monjas. En su tiempo fueron descubiertas las reliquias de los Santos Mártires, que se veneran en la parroquia de San Pedro.

* XXXV. Don fray Martín de Córdoba y Mendoza, hijo del conde de Cabra, natural de Córdoba y religioso en su convento de San Pablo, donde se consagró para el obispado de Tortosa, concurriendo otros tres obispos cordobeses y dominicos. Asistió al concilio de Trento. Pasó a la mitra de Plasencia y después a ésta en 1578. Hizo grandes obras en su convento, en San Andrés y otras iglesias, y principió el arreglo de la capilla del Sagrario, hoy de la Catedral. Hacía grandes limosnas a los pobres, visitándolos en persona. Murió con gran sentimiento de todos los cordobeses en 28 de junio de 1581, y lo enterraron en la capilla de Villaviciosa.

* XXXVI. Don Antonio de Pazos y Figueroa: 1582 a 1586. Uno de los obispos más dignos que ha tenido Córdoba. Desempeñó muchos e importantes cargos. Fundó el seminario de San Pelagio, continuó la capilla del Sagrario y vivió siempre muy pobre porque todas sus rentas las gastaba en limosnas y en hacer obras y fundaciones piadosas.

* XXXVII. Don Francisco Pacheco de Córdoba: 1587 a 1590. Fue doctoral y deán en esta Catedral, después obispo de Málaga, donde prestó grandes servicios con motivo de la peste. Éste fue el fundador del colegio de Santa Victoria, si bien no se llevó a cabo hasta el siglo XVII. Fue enterrado en el convento de Santa Isabel de los Ángeles.

* XXXVIII. Don Fernando de la Vega y Fonseca: 1591. Murió en el mismo año, por consiguiente nada notable pudo hacer en este obispado. Antes desempeñó varios puestos muy elevados.

* XXXIX. Don Jerónimo Manrique y Aguayo: 1593. Murió en el mismo. Se consagró en Córdoba, asistiéndole tres obispos, naturales de la misma, para la mitra de Salamanca, siendo después trasladado a ésta. Está sepultado en aquella capital.

* XL. Don Pedro Portocarrero: 1594 a 1597, en que pasó a Cuenca. La primera silla que ocupó fue la de Calahorra.

* XLI. Don Francisco de Reinoso y Baeza: 1597 a 1601. Pasó su juventud en Roma, donde fue camarero de Pío V. Por muerte de éste se vino a Cuenca, donde observó una vida bastante libre y derrochadora. Después cambió por completo y se hizo ejemplarísimo en virtudes. Por último lo nombraron obispo de Córdoba. Concluyó a sus expensas las obras del crucero de la Catedral; hizo cuantiosas limosnas y rogativas con motivo de la peste, y murió de mal de orina. Lo sepultaron en una de las capillas debajo de la sacristía y después lo trasladaron a la capilla mayor, encontrando su cuerpo tan incorrupto que lo tuvieron dos días expuesto al público. Escribió varias obras, entre ellas la doctrina cristiana que ha servido de texto en todas las escuelas hasta el tiempo del señor Alburquerque, que adoptó la de Ripalda.

* XLII. Don Tomás de Borja, hermano de San Francisco de Borja, obispo de Málaga y de Córdoba: 1602. A poco de tomar posesión lo trasladaron al arzobispado de Santiago.

* XLIII. Don Pablo de Laguna: 1603 a 1606. Murió en Madrid y lo trajeron a Córdoba, enterrándolo junto a don Leopoldo de Austria.

* XLIV. Don fray Diego de Mardones: 1606 a 1624. De la orden de Predicadores, confesor de Felipe III. Labró el actual palacio, el altar mayor de la Catedral, con rentas para su conservación. Fundó el convento del Corpus, una obra pía para casar huérfanas y otras muchas memorias. Hospedó en su palacio a Felipe IV y dio otras muchas muestras de su santo celo y de un amor entrañable hacia los pobres. Murió de 96 años y lo sepultaron en la capilla mayor de la Catedral.

* XLV. Don Cristóbal de Lovera:1626 a 1631,en que lo trasladaron a Plasencia, su patria. Antes fue abad de Serma y obispo de Badajoz, Osma y Pamplona. Era de genio áspero, pero muy dado a las obras de caridad. Regaló la lámpara grande que hay en el altar mayor de la Catedral y fundó dos capellanías en el convento de Santa Ana.

* XLVI. Don Jerónimo Ruiz Camargo: 1632 a 1633. Había servido los obispados de Ciudad Rodrigo y Coria. Mostró gran predilección por los hombres estudiosos.

* XLVII. Don Miguel Santos de San Pedro era arzobispo de Granada cuando lo presentaron para el Obispado de Córdoba, 1633, pero murió antes de tomar posesión.

* XLVIII. Don fray Domingo Pimentel, de la orden de Predicadores: 1633 a 1649, que pasó de arzobispo a Sevilla. Antes ocupó la silla de Osma. Desempeñó varias importantes comisiones a Roma con notable acierto. Dotó las rectorías de Córdoba, haciéndolas perpetuas y por oposición. Regaló a la Catedral dos magníficos blandones macizos de plata, y a su ejemplo se reunieron varios canónigos y prebendados y costearon otros cuatro, desapareciendo todos seis cuando la invasión francesa, según hemos oído.

* XLIX. Don fray Pedro de Tapia, de la orden de Santo Domingo. Obispo de Segovia, Sigüenza y Córdoba, desde 1649 hasta 1652, que pasó de arzobispo a Sevilla. En su tiempo ocurrió la peste y el motín de que hemos hecho mención en otros puntos de esta obra.

* L. Don Juan Francisco Pacheco. Fue nombrado obispo en 1653 y a poco pasó con la misma dignidad a Cuenca.

* LI. Don Antonio de Valdés y Herrera: 1654 a 1657. Antes fue obispo de Mondoñedo, Oviedo y Osma. Dio grandes muestras de su amor a los pobres, a quienes hacía muchas limosnas.

* LII. Don Francisco de Alarcón y Covarrubias, inquisidor de Valencia, virrey de Nápoles y obispo de Ciudad Rodrigo, Salamanca, Pamplona y después de Córdoba desde 1658 hasta 1675. Hizo varias obras, entre ellas la de la torre, colocando en lo alto la escultura que representa a San Rafael.

* LIII. Don fray Alonso Medina Salizanes, de la orden de San Francisco, obispo de Oviedo y después de Córdoba desde 1675 hasta 1685. Hizo muchas limosnas y obras piadosas y labró la hermosa capilla de la Concepción, donde está sepultado.

* LIV. Don fray `Pedro de Salazar, mercedario, de cuya orden fue general. Desempeñó la mitra de Salamanca y después pasó a la de Córdoba, que gozó desde 1686 hasta 1706. Llegó a cardenal y se halló en las elecciones de Alejandro VIII e Inocencio VII. Amplió la enseñanza en el seminario de San Pelagio. Edificó la capilla que llaman del Cardenal, donde está su sepulcro, y fundó el Hospital General, donde los pobres enfermos encuentran la más esmerada asistencia. Instituyó a este establecimiento por heredero y nombró de albacea al beato Francisco de Posadas.

* LV. Don fray Juan de Bonilla y Vayas, trinitario, obispo de Almería y después de Córdoba desde 1707 a 1712. En su tiempo se hizo el desatino de embovedar todas las naves de la Catedral. Era en extremo afable y caritativo.

* LVI. Don fray Francisco de Solís, mercedario, obispo de Lérida y después de Córdoba desde 1714 a 1716, cuyos dos años estuvo enfermo.

* LVII. Don Marcelino de Siuri, obispo de Orense y después de Córdoba desde 1717 a 1731. Escribió varias y estimables obras. Labró a sus expensas las iglesias del Cister, la Piedad, San Andrés, San Jacinto y otras, e hizo infinidad de limosnas. Es uno de los obispos más notables que ha tenido esta diócesis.

* LVIII. Don Tomás Rato y Otoneli desempeñó varias dignidades en diferentes Catedrales y por último le dieron este obispado, que desempeñó desde 1731 a 1738. Era muy limosnero y murió en Madrid, siendo sepultado en la iglesia de Montserrat.

* LIX. Don Pedro Salazar y Góngora: 1738 a 1742. Fundó la capilla de San Pedro con seis buenas capellanías; otra para los capellanes de veintena. Dejó por su heredero al hospital que fundó su tío el cardenal, e hizo otras varias mandas y legados. Era escritor y poeta.

* LX. Don Miguel Vicente Cebrián y Agustín, obispo de Coria y después de Córdoba desde 1742 a 1752|1752. En su tiempo ardió el palacio y lo reedificó. También costeó casi toda la sillería del coro de la Catedral e hizo otras muchas e importantes mejoras, así como grandes limosnas a los pobres.

* LXI. Don Francisco Solís Folch de Cardona: 1752 a 1756, en que fue trasladado al arzobispado de Sevilla. Dio grandes pruebas de su buen gobierno, pero son pocos los donativos hechos en su tiempo.

* LXII. Don Martín de Barcia, obispo de Ceuta y después de Córdoba desde 1756 a 1771. Costeó los púlpitos, el triunfo erigido a San Rafael entre la Puerta del Puente y el seminario, e hizo otras muchas e importantes donaciones. Está enterrado delante del pulpito del lado del evangelio.

* LXIII. Don Francisco Garrido, obispo de Mallorca y después de esta diócesis desde 1772 a 1776. Estuvo casi siempre enfermo y, sin embargo, gobernó con gran acierto y se captó las simpatías del clero y del pueblo.

* LXIV. Don Baltasar de Yusta Navarro llegó a Córdoba en 27 de abril de 1777 y murió en 3 de diciembre de 1787, siendo enterrado delante del altar de la Virgen del Pilar. Fue muy virtuoso y amante de los pobres. En su tiempo se reformó, por segunda vez, la magnífica custodia, obra de Enrique Arfe.


El virrey Caballero y Góngora

* LXV. Don Antonio Caballero y Góngora, uno de los hombres más notables que ha producido la provincia de Córdoba. Nació en Priego en 2 de mayo de 1723, de familia noble y distinguida. Siguió su carrera en Granada, con gran lucimiento, ganando grados y puestos por oposición, distinguiéndose siempre entre todos sus compañeros de estudios. Buscando nuevos ascensos en su carrera hizo brillantes actos de oposición a las canongías lectorales en Cádiz y Toledo y después a la de Córdoba, que le fue confiada con aplauso de cuantos presenciaron los actos, pues el señor Caballero, a su saber y locución, unía una gran figura que le hacía mucho más simpático a cuantas personas lo veían o trataban.

En 6 de febrero de 1775 fue promovido a la silla episcopal de Chiapa, y antes de consagrarse lo trasladaron a la de Mérida de Yucatán en nuestros dominios de América, en cuya diócesis se dio mucho a querer y prestó grandes y señalados servicios a la religión y a su patria. En 1779 tomó posesión del arzobispado de Santa Fe de Bogotá (Nueva Granada).

Imposible nos es en estos ligeros apuntes decir lo mucho que hizo en aquel país y las grandes dotes que desplegó, no sólo como prelado, sino como diplomático, como conquistador evangélico y como hombre de gobierno, siendo tantos y tan grandes los servicios prestados por este insigne varón en aquellas lejanas regiones que agradaron en sumo grado al bondadoso Carlos III, quien siguió sus saludables consejos de benignidad y perdón hacia los que se sublevaron contra España, elevando al arzobispo a los puestos de gobernador, virrey, capitán general y presidente de la Audiencia de aquel reino, condecorándolo además con la gran cruz de Carlos III, que poco tiempo antes había instituido.

En 1788 logró se le admitiese la renuncia de algunos de dichos y merecidos cargos, y dos años después fue nombrado obispo de Córdoba, donde ya le conocían y recibieron con grandes y verdaderas muestras de alegría, inspirando esperanzas que fueron realizadas en el tiempo en que gobernó esta diócesis.

Grandes calamidades se sufrieron en Córdoba en aquellos años, y su caridad inagotable logró aminorarlas en alto grado. Sin embargo de las grandes sumas invertidas en socorrer a los pobres de la ciudad y los pueblos, hospitales y comunidades, donó varias alhajas a la Catedral, a la parroquia de Priego y a otras iglesias, sin abandonar su protección a las artes, a las que siempre tuvo una afición decidida, formando un bonito museo y echando los cimientos a una Escuela de Bellas Artes que deseaba prosperase en Córdoba. Para ello trajo y dotó con mil ducados al pintor don Francisco Agustín Grande, que dejó varias obras entre nosotros, al escultor don Joaquín Ávalo y al arquitecto don Ignacio Tomás.

A esto debieron sus adelantos y mayor protección el pintor don Antonio Monroy, padre de don Diego, a quien hemos conocido, los escultores Verdiguier y Sandoval, así como el salir de Priego, su patria, el modesto cantero don José Álvarez Cubero, después uno de los escultores que más han honrado a España y a quien se deben los grupos de Zaragoza y Daoíz y Velarde que se conservan en Madrid.

El señor Caballero y Góngora escribió varias notables pastorales y algunas obras, siendo muy estimable una que inédita se encuentra en la biblioteca episcopal y se titulaba Estado del nuevo reino de Granada. También alentó a la juventud al estudio y ayudó mucho al deán Fernández de Córdoba a la fundación de las Escuelas Pías, que tanto fruto han reportado a Córdoba.

En 1796 hospedó con gran pompa en su palacio a Carlos IV y su familia, dedicándole muchos y valiosos obsequios. Pocos meses después, agravado en sus habituales achaques, adquiridos en tantos años de estudio y trabajos, pasó a mejor vida en 24 de mayo del mismo año, siendo generalmente sentido, y sepultado su cuerpo entre los dos coros.

SIGUE LA CRONOLOGÍA DE LOS OBISPOS

* LXVI. Don Agustín Ayestarán y Landa tomó posesion del Obispado de Córdoba en 27 de agosto de 1796 y murió en 1805. Hizo varios donativos y anticipos para el erario público, grandes limosnas, particularmente en 1804, cuando la invasión de la fiebre amarilla, rivalizando con su caridad el deseo de que la juventud se instruyese, para lo que ordenó y enriqueció la biblioteca, edificando a su costa la nave de su palacio frente al seminario de San Pelagio, donde la estableció, haciéndola abrir en horas determinadas, con una exactitud y constancia en que ninguno de sus sucesores le ha igualado; antes por el contrario, nos vemos casi privados de visitar una biblioteca en que tantas personas se dedicarían con gusto al estudio. Este piadoso prelado concibió el benéfico pensamiento de fundar un hospicio para recogimiento de huérfanos, viudas y ancianos necesitados, y al efecto suprimió el hospital de San Antón, como ya dijimos en el barrio de la Magdalena, lo derribó e iba a sacar de cimientos cuando la muerte acabó su laboriosa existencia, quedando la conclusión de aquella buena obra a su sucesor.

* LXVII. Don Pedro Alcántara de Trevilla nació en Ranero, diócesis de Santander, en 13 de octubre de 1755. Hizo su carrera con gran aprovechamiento, estudiando hasta el doctorado en Jurisprudencia. Fue vicario en Orán, encontrándose en el horrible terremoto de 1790, donde prestó grandes y señalados servicios. Después pasó de canónigo a Toledo, y en 1805 fue preconizado obispo de Córdoba, cargo que ejerció hasta el 16 de diciembre de 1832 en que murió, siendo sepultado en el crucero de la Catedral, donde se lee su epitafio redactado por el sabio cordobés padre Muñoz Capilla, de quien hemos hablado en varios lugares de esta obra.

: Mucho pudiéramos escribir del señor Trevilla, por las calamitosas y revueltas épocas por que atravesó, como los estragos de la fiebre amarilla, la invasión de los franceses, los cambios políticos de 1820 al 23 y otros sucesos que le proporcionaron multitud de disgustos, a causa de su carácter conciliador, que ya disgustaba a unos cuando halagaba a otros, y más en unos tiempos en que no era la tolerancia la virtud que adornaba a todos, si bien su carácter afable y caritativo templaba bastante aquellas exageradas asperezas. A pesar de todo no dejó de mirar por los pobres, dándoles cuantiosas limosnas y realizando la fundación del Hospicio, aprovechando la exclaustración, por su corto número, de la comunidad de monjas de la Encarnación Agustina, cuyo edificio obró, acomodándolo a dicho objeto y haciéndole la fachada actual. Éste es hoy Escuela de Veterinaria y cuartel de Caballería, por traslación de aquel benéfico establecimiento al exconvento de la Merced.

Suprimido en su tiempo el Tribunal de la Fe o Inquisición, recogió muchas de las obras de su Librería, con las que aumentó la biblioteca episcopal, que mantuvo abierta al público, pagando encargados que cuidasen de ella y sirviesen a los lectores. Como recuerdo de este prelado existe en el altar mayor de la Catedral un magnífico frontal de plata que costeó y labraron en la acreditada platería de `[Martínez en Madrid. Fue a la vez protector de los artistas, y hospedó en su palacio al rey Fernando VII en su paso para Cádiz y en su regreso a Madrid.

* LXVIII. Don Juan José Bonel y Orbe, natural de Pinos del Valle, provincia de Granada, donde nació en 17 de marzo de 1772. Siguió su carrera en Granada, con tal aprovechamiento que a los 22 años contaba con el título de doctor en Cánones. Ganó por oposición el curato de la parroquia de San Pedro y San Pablo en dicha ciudad, después la doctoral de Málaga, donde ejerció los cargos de provisor y vicario general, y en 1830 lo presentaron para el obispado de Ibiza y después para el de Málaga, para el que se consagró. Mas a poco pasó al de Córdoba, del que tomó posesión en 21 de marzo de 1834. Suprimidos los diezmos y privada por consiguiente la mitra de gran parte de sus pingües rentas, se vio en la necesidad de suprimir también la limosna de pan que sus antepasados establecieron a la puerta de palacio para los pobres de la ciudad, e hizo que éstos, poco reflexivos, le cobrasen odio, hasta el extremo de apedrear el coche cuando salía a paseo. Elegido senador y después patriarca de las Indias, el señor Bonel pasó a la corte, donde estuvo casi todo el tiempo que siguió siendo obispo de Córdoba, hasta que en 1845 fue elevado al arzobispado de Toledo, en cuyo alto cargo y con el capelo acabó su vida.

* LXIX. Don Manuel Joaquín Tarancón y Morón, natural de Covarrubias, provincia de Soria. Nació en 20 de mayo de 1772; murió en Sevilla, a donde fue ascendido de arzobispo, en 25 de agosto de 1862. Siguió su carrera en Valladolid al lado de su tío el obispo don Manuel Joaquín Morón. En 1810 ganó por oposición la doctoral de aquella iglesia y ejerció el cargo de gobernador con notable acierto. En 1834 lo presentaron para el obispado de Zamora, de que no llegó a consagrarse. Por este tiempo fundó unas escuelas públicas y gratuitas en su pueblo natal, dotó la parroquia de alhajas y ornamentos y costeó un cementerio con capilla y fachada, ante la cual se hizo una calzada de 300 pies sobre el arroyo de Covarrubias. En 1853 fue designado para la silla de Córdoba, y desde su llegada comprendió toda la diócesis que tenía uno de los prelados más sabios y dignos de España, como lo demostró admirablemente, contribuyendo con cuanto pudo a la ampliación del seminario de San Pelagio, y en sus trabajos para el mejoramiento de los hospitales y demás establecimientos de beneficencia. Sus deseos eran muy buenos, pero como no contó con los grandes recursos de sus antecesores no pudo demostrar como ellos sus sentimientos piadosos y caritativos. Sin embargo hizo bastantes limosnas y regaló a la Catedral una magnífica alfombra que cubre todo el presbiterio.

* LXX. Don Juan Alfonso Alburquerque nació en Águilas, puerto del Mediterráneo entre Cartagena y Almería, en el día 16 de enero de 1797, hijo de padres nobles y honrados, que desde luego alentaron su inclinación a seguir la carrera eclesiástica. Estudio de interno en el seminario de Orihuela, llegando después hasta el doctorado de una manera lucida y digna del mayor elogio. Sirvió varios curatos en clase de ecónomo, hasta que obtuvo por oposición el de la parroquia de San Juan Bautista de la villa de Elche. Mas no bastando esto a sus justos deseos entró en otras lides hasta alcanzar la magistral de Orihuela, que desempeñó admirablemente al par que otros muchos cargos que se le fueron confiando y en los cuales dio grandes muestras de su piedad, caridad y prudencia. Su modestia le hizo no aceptar el obispado de Guadix, para el que fue nombrado en 1850. En el 54 grandes compromisos le obligaron a admitir el de Ávila, donde empezó a desplegar más y más su caridad y su celo por el decoro de la Iglesia y del clero, y en 1857 se le trasladó a Córdoba, donde hemos tenido el gusto de conocerlo y tratarlo, como todos los habitantes del obispado, testigos de sus virtudes. Ojalá cuantos gobiernen esta diócesis lo imiten en ella para que sean tan sentidos como el señor Alburquerque, al bajar al sepulcro en 15 de marzo de 1874. Su sepultura está delante de la capilla de la Concepción, donde más de una vez hemos leído su epitafio.

* LXXI. Este número hace en la cronología de nuestros obispos el padre fray Ceferino González, que actualmente ocupa la silla de tan dignos antecesores. Casi puede decirse que empieza su pontificado, pero el nombre que la ciencia le ha conquistado ya nos hace esperar mucho bien para los católicos cordobeses.

El Hospital de los Ahogados

A un lado del Palacio Episcopal, entre el seminario de San Pelagio y las oficinas o fielato de la Puerta del Puente, antigua aduana, se eleva un suntuoso monumento dedicado a San Rafael a expensas del ya nombrado obispo don Martín de Barcia. Antes de describirlo en todas sus partes nos parece oportuno dar a conocer cuanto hemos podido averiguar acerca de su historia, con los datos sueltos encontrados y con los muchos que nos suministra el folleto escrito por el presbítero don Gregorio Pérez e impreso en casa de Andrés de Sotos, calle de Bordadores, en Madrid, año 1782.

Al hablar en el barrio de la Magdalena de las muchas epidemias que han afligido a Córdoba, y al hacer la historia del convento de la Merced, hoy Casa de Socorro Hospicio, nos ocupamos ligeramente del contagio del año 1278, de la aparición de San Rafael al venerable Simón de Sousa en el convento de la Merced y del encargo del Arcángel por el obispo don Pascual sobre la colocación de su imagen en la torre de la Santa Iglesia.

Pues bien, aquel fue el motivo para que este prelado -cuyo apellido y demás circunstancias no anotan los autores, si bien le dan gran fama de virtudes y santidad- concibiese y realizase el pensamiento de fundar un hospital para el socorro y asistencia de los pobres contagiados. Dedicolo a la Virgen María en una imagen pintada al fresco que después estuvo sobre la puerta de la iglesia y aún existe en una de las capillas de la Catedral, donde llamaremos la atención de nuestros lectores.

Este fue el primer hospital que tuvo Córdoba después de la reconquista y donde se dio sepultura a su caritativo fundador, que lo dejó dotado, si no con tantos bienes que pudieran bastar a las necesidades de una población tan numerosa. Otra epidemia mayor, la de 1363, evidenció esta verdad, y el Cabildo proyectó entonces, llevándolo a cabo en poco tiempo, el hospital de San Sebastián, en unas casas que llamaban del Lavatorio y en cuyo solar se hizo después el mesón del Sol aún existente, dando nombre a la calle donde está situado.

La poca importancia del primero, ya conocido por el de los Ahogados, porque a él conducían los cadáveres de los infelices víctimas de sus descuidos o imprudencias en las aguas del Guadalquivir, y los embates de éste, iban arruinándolo, en cuyo triste estado encontrábase, según memorias, en el año 1470.

De hospital a Cementerio de pobres

En esta época de grandes trastornos en Córdoba por las cuestiones ya contadas en esta obra entre el obispo Solier y don Alonso de Aguilar, ausente el primero, el Cabildo eclesiástico, viendo abandonado y casi hundido el hospital, dispuso cerrarlo con una tapia y establecer en él el cementerio de los pobres que fallecían en el de San Sebastián, entonces el mejor con que contaban los cordobeses. Conservose, sin embargo, la iglesia con sus imágenes, altares y alhajas, llegando así hasta el primer tercio del siglo XVIII, pues siendo tal vez la parte más fuerte del edificio resistió las avenidas del río y entre ellas la mayor, o sea la de 1481, que derribó casi la totalidad de aquel hospital.

Por este tiempo o pocos años después sacaron de aquel sitio el sepulcro del fundador y colocaron los restos en el muro del coro antiguo de la Santa Iglesia Catedral. Después los trasladaron a la capilla mayor nueva, y permanece bajo el órgano antiguo, con una inscripción que en 1607 hizo poner el obispo don Diego Mardones.

Concluimos el siglo XV y entramos en el XVI con el hospital de los Ahogados o de Nuestra Señora de la Guía, nombre que tomó la imagen referida desde el día de la batalla del Campo de la Verdad, convertido en cementerio de los pobres muertos en el de San Sebastián, si bien conservándose la iglesia como una ermita. En 1515 el obispo don Martín Fernández de Angulo agregó del todo el primero al segundo, inclusas las alhajas y objetos del culto. Entonces fue cuando quedaría la Virgen sobre el muro de fachada, permaneciendo así hasta nuestros días, porque el interior de la iglesia se destinó a graneros de la Fábrica de la Catedral y el resto del solar siguió de cementerio hasta 1593, que se concedió terreno para este objeto dentro del mismo hospital de San Sebastián, quedando aquel sitio convertido en un corral cercado, donde se fundían las campanas y efectuaban otras operaciones de las dependencias del Cabildo y de palacio.

Mas no le bastó esto para que lo fuesen también abandonando, hasta que la Ciudad se incautó del terreno y, pasados muchos años, perdidas las memorias del hospital y de quiénes eran sus propietarios, la vendiese al seminario de San Pelagio para la ampliación del mismo en 1735, que empezaron a abrir cimientos para caballerizas y otras oficinas. Mas viendo la multitud de restos humanos que exhumaban se concretaron a tomar sólo una parte, o sean los miradores que tiene el colegio hacia el río, dejando la restante, o sea lo ocupado actualmente por el paseo del Triunfo.

El triunfo a San Rafael

Llegamos a un tiempo en que se había arraigado en los cordobeses la devoción decidida al arcángel San Rafael. Algunas plazas ostentaban monumentos, a que dieron desde luego el título de triunfos, sobre los cuales reflejaban las doradas esculturas representando a nuestro Custodio, y el Cabildo también, que ya había colocado el cuadro existente en la Catedral frente a la puerta o Arco de las Bendiciones, concibió la idea de erigir un monumento, eligiendo desde luego el mismo sitio en que el obispo don Pascual fundó el hospital, de resulta de la aparición de San Rafael al venerable Simón de Sousa en el convento de la Merced, y para su más pronta y acertada realización nombró en clase de sus diputados a don Juan Antonio del Rosal, arcediano de Castro, y al racionero don Diego Manrique de Aguayo, quienes en 20 de mayo de 1736 escribieron a don Juan de Escalera y Mellado, residente en Roma, para que encargase el diseño a uno de los mejores arquitectos que allí hubiese.

No tardó mucho en recibirse en Córdoba el plano para el nuevo monumento. Figuraba una fuente sobre gradas y peñascos, de entre las cuales había de salir un golpe de agua demostrando el nacimiento del Betis, y en lo alto varias esculturas de mármol negro, representando moros rendidos ante la vista de San Rafael, rodeándolo todo varios escudos y atributos de la protección del Arcángel hacia Córdoba, debiendo venir la estatua de Roma y lo demás labrarse en esta ciudad. Para dicha obra habían de utilizarse el derrame o sobrante de las fuentes del Patio de los Naranjos, bajando después a un pilar o abrevadero junto a la Puerta del Puente.

Considerado este proyecto como poco serio y a propósito para el caso, además de no conceptuarse bastante para ello las aguas sobrantes del patio de la Catedral, hizo que el Cabildo lo desechase, encargando otro a los palermitanos residentes en Roma don Domingo Esgroijs, pintor de cámara, y don Simón Martínez, escultor en servicio del rey de Cerdeña, quienes remitieron nuevo diseño reducido a un zócalo con tres gradas y encima un peñasco de piedra franca abierto en el centro y en este hueco un león con tarjeta en sus garras para la inscripción, varios trofeos militares, en el centro una torre redonda con almenas y sobre ésta una columna con capitel que sostuviera la imagen del Arcángel Custodio de Córdoba. Este edificio se elevaba hasta 29 varas.

El Cabildo prestole su aprobación en 26 de marzo de 1738, mandando que a seguida se sacase el cimiento, abriéndose la zanja de 8 varas de profundidad, otras 8 de anchura y 11 de largo, destinando también para utilizarla una columna de 5,5 varas de alto, de varias encontradas poco antes en el edificio que ocupaba la Inquisición y hoy es cárcel. Por este tiempo ocurrieron las muertes de los diputados elegidos por el Cabildo, que eran los más decididos partidarios de este pensamiento y eso hizo quedase todo en proyecto, sin más trabajos que la apertura para el cimiento.

Varios años pasaron. En el de 1756 vino a Córdoba su obispo don Martín de Barcia, que bien pronto alcanzó generales simpatías, y cuando ya llevaba tiempo de estar entre los cordobeses, y como ellos había cobrado gran devoción a San Rafael, concibió el pensamiento de emprender de nuevo y a sus expensas una obra que todos deseaban. En 23 de febrero de 1765 lo hizo saber al Cabildo y éste acogió la idea con entusiasta agradecimiento y nombró al canónigo don Pedro de Cabrera para que en su nombre diese las gracias al prelado. En 28 de abril del mismo año empezaron los trabajos, profundizando los cimientos hasta llegar paralelos a la madre o cauce del río y sobre una fuerte estacada, porque el agua no permitía otra cosa, y ya no pararon los trabajos hasta llevarla a feliz término, si bien en su conclusión se paralizó otra vez por muerte de aquel señor obispo, como después anotaremos.

En la excavación para el cimiento se encontró la tapa del sepulcro del obispo don Pascual sólo con esta inscripción: Don Pascual, Obispo de Córdoba. Entonces se buscó la urna cineraria que estaba sirviendo de fuente en el convento de San Agustín y se colocó unida en la base del monumento, ya que éste se levantaba en el mismo lugar en que enterraron al obispo que colocó la imagen de San Rafael sobre la torre de la Catedral, grabándole nueva inscripción, que aún permanece y es como sigue:

:Hoc in sarcophago, a suo loco olim avulso, varié hinc inde mutato, et nunc ad pristinum restituía, primo quievit V. serv. Dei D. Paschalis, Cordubensis Episcopus, cujus eximium pro grege sibi crédito zelum sanctissimus cusios Raphael et laudare, et gratum Deo esse dignatus est atiestan. Cum autem mira veluti Providentia, dum hujus operis fundamenta fodiuntur, sepulcri ejus locus inventus esset, ubi ab ipso erectumfuit coemeterium pro in baeti suffocatis sepeliendis, congruum visum fuit, in hoc dicato S. Raphaeli triunphali opere locum dari nomini et aeternae memoriae justi illius, qui primus de Raphaelis custodia certos nos fecit, ut sepulcrum ejus sit gloriosum.

Aquella obra se principió el ya citado día y año con el plano anteriormente aprobado, aunque con algunas ligeras reformas, que lo mejoraron, del director de la misma don Miguel Verdiguier, pensionista que fue en Roma, director estatuario de la Academia de Marsella y académico de mérito de escultura de la de San Fernando, y del que aún existen en Córdoba algunos descendientes.


Descripción del monumento

Este monumento es suntuoso, si bien se revela en él marcadamente el mal gusto de la época en que fue construido. Contiene varios jeroglíficos e inscripciones, y por eso vamos a dar una idea de su significación, para mejor inteligencia de nuestros lectores. Sobre la base se ve un monte como ella de mármol negro, figurando varias breñas, con 40 varas de circunferencia y horadada por el centro; sigúele en la elevación una torre o castillo de jaspe encarnado, de 6 varas y 9 pulgadas de altura y 9 de circunferencia, adornándole las almenas y cercos de puerta y ventanas con jaspe blanco, y sobre este castillo se eleva una gallarda columna de mármol veteado de diversos colores y de 11 varas de altura con basa y capitel, y encima de ésta la estatua del Arcángel Custodio de Córdoba, de mármol blanco, de 3 varas de alto y dorado, llegando la altura total del triunfo a 33 varas castellanas, o sean 27 metros y 72 centímetros.

Tanto en la base como en la montaña hay algunos adornos y atributos, y en la segunda, recostadas tres estatuas de mármol blanco representando a los santos mártires patronos de Córdoba Acisclo y Victoria, y Santa Bárbara, de quien era devoto el señor Barcia. Todas cuatro tienen dentro del pecho varias reliquias con sus auténticos, colocadas por aquel prelado en 23 de abril de 1771, unos dos meses antes de su fallecimiento, y son las siguientes: en el de San Rafael, una partícula de la Santa Cruz, otra del velo de la Virgen María y otra de la capa de San José, otra de los huesos de San Pelagio mártir de Córdoba y de San Roque, encerrado todo en un pequeño relicario de plata, fuertemente sujeto con una pieza de piedra embetunada.

En la misma forma consérvanse en el pecho de Santa Bárbara otras partículas de huesos de esta santa mártir, Santa Águeda y Santa Columba. En el de Santa Victoria hay un pedacito de la cadena de la prisión y otros de los huesos de San León, confesor, San Constancio, mártir, y de Santa María Magdalena de Pazzis, y en la de San Acisclo, parte de los huesos del mismo y de San Vito, San Modesto y San Álvaro, concediendo en aquel acto cuarenta días de indulgencias a los que devotamente visitaren y rezaren a cada una de aquellas imágenes.

Al pie de la montaña, mirando a la calle de Torrijos o de Palacio, se ve un león de piedra blanca figurando salir de su guarida y en representación de las armas de Córdoba, con un escudo en que se lee: D.O.M. / EN / MEDICINA DEI / FUGITE PARTES ADVERSAE. / VICIT / LEO DE TRIBU JUDA.

En el lado hacia el seminario se ve un caballo de tamaño natural, como paciendo las hierbas de la falda de la sierra, simbolizando la fama de que con justicia goza Córdoba en la cría de esta clase de ganado; después vemos una gran palma, símbolo de la protección del Arcángel hacia esta ciudad; por bajo de Santa Bárbara y mirando al río está una pieza de artillería, en señal de la protección que la misma nos dispensa en las tormentas y terremotos.

Encontramos después el sepulcro del obispo don Pascual, ya descrito, ciñéndolo, entre juncos, un gran sollo, como muestra de la pesca en el Guadalquivir y como emblema que han llevado algunas de las monedas acuñadas en Córdoba. De la gruta parece salir un águila que en las garras sostiene el juramento hecho por San Rafael de ser guarda y custodio de esta ciudad, y por último se ven repartidas por la montaña algunas plantas de las más abundantes y productivas de Córdoba, como implorando también la protección de San Rafael para que sus frutos sean más ricos y abundantes.

Dijimos antes que se destinó para esta obra una de las columnas halladas al labrar las nuevas cárceles de la Inquisición. Pero pareciendo luego corta y delgada se resolvió sacar otra de alguna de las muchas canteras que existen en la sierra, y que no se explotan como debieran para utilizarlas en toda clase de edificios. Registrada aquélla escrupulosamente por personas entendidas, hallaron al fin una nueva cantera en el cerro de Valdegrajos, frente al de las Ermitas, de un mármol en que caprichosamente juguetean los colores rojo, morado, blanco, azul, ceniciento y negro. Labrose en aquel lugar, luchándose con grandes dificultades para traerla a la población, a causa de su enorme peso y de la fragosidad del terreno, en el que fue preciso ir formando un carril hasta lograr el transporte. Ya al pie de la obra dudose sobre el modo de elevarla; mas hubo en ello tal acierto que en menos de una hora se logró verla en lo alto, subiéndose del mismo modo la escultura de San Rafael, aun cuando no de tanto peso, sí más delicada.

No concluida la obra, pues quedaban por colocar algunos adornos e inscripciones, murió el obispo don Martín de Barcia, en 22 de junio de 1771, suspendiéndose con este motivo los trabajos, a pesar de haber fondos bastantes del expolio de dicho señor. Su sucesor don Francisco Garrido de la Vega parecía animado del mismo deseo, pero el poco tiempo que vivió entre los cordobeses impidió la conclusión del monumento, que no pudo lograrse hasta el pontificado de don Baltasar de Yusta Navarro. Éste pudo interesar a don Manuel Ventura Figueroa, colector general de expolios y vacantes, y en 29 de junio de 1779 libró 6.000 pesos del del señor Barcia, con los que se completó el pensamiento.

Las inscripciones del Triunfo

Cercan este monumento diez pedestales con verjas intermedias, y sobre ellos faroles que de noche lo alumbran. En sus frentes se leen diez inscripciones latinas explicando el objeto de la obra y los atributos en ella colocados, y las cuales son como sigue:

La primera alude al castillo y león, que representan las armas de Córdoba, y dice así: Corduba, patritia olim et regia cognominata, in leonis fortitudine, ac inexpugnabili castello tesseram ducens, postassyriorum regni eversionem custodia Raphaelis munita, acceptum a D. O. M. piissimum donum hoc publico, mirabili, et augusto monumento, in aeternum gratitudinis suae erga Deum pignus, ejus antistitis impensa mirifice erecto futuris generationibus devote commendat.

La segunda alude a la palma, como señal de victoria, por haber sido Córdoba capital de la Bética en tiempo de los romanos y luego corte de los árabes. Es como sigue: Post tot tantasque victorias super omnes Baeticae civitates Corduba Metropolis eminet, fereque omnium nationum Hispaniam dominantium primaria Sedes ac curia. Palmam ergo jure meritoque obtinenti in Raphaelis custodia, tamquam suae gloriae fontali origine, dignatasEpiscopalis cordubensis ex toto opitulans, opus hoc magnitudine et majestate alteri impar, grato animo in posterum admirandum reliquit.

La tercera alude a la roca sobre la que descansa el castillo y después la columna con el ángel, que demuestra la firmeza en la fe demostrada siempre por los cordobeses. Es la siguiente: Numquam a catholica fide Corduba discessit, et in Petri Petra firmiter fúndata, Romanae Ecclesiae semper adhaesit: arii labe gotorum regibus contaminatis numquam paruit: sarracenorum tyrannica potestate opresa, fidem servavit in crepidine satis robusta firmitatem exprimens. Antistes cordubensis suis magnificentissimis expensis Raphaeli custodi suo hanc memoriam dicavit.

La cuarta alude al caballo, cuyo significado ya hemos dicho, y explica su inscripción: Super epistylium praeeminentis hujus scapi marmoream Raphaelis custodis cordubensis statuam in Baetis ripa, a quo provinciae nomen et fama, equorum nobilitate, frumenti, olei, vini, olerumque fecunditate satis notae equo, frugibus, et arboribus lapideis ad radices ejus excultis significatae, dignitas Episcopalis cordubensis suis magnificentissimis sumtibus elevaricuravit, ut Corduba antiquissimum provinciae caput de tanto custode gloriam et honoremposteritati commendet.

La quinta se refiere al milagro obrado por San Rafael con Tobías, y la casualidad a haberse colocado su imagen sobre la margen del río donde estuvo el hospital de los Ahogados. Es como sigue: In Baetis ripa lapidea Raphaelis imago mirifice erecta et exaltala est a D. D. Martino de Barcia, Episcopo cordubensi, in tanti custodis obsequium in loco ubi antiquitus coemeterium pro in Baeti suffacatis sepeliendis exstitit. Mira sane Providentia, ut qui Tobiam a devoratione piscis ad ripam Tigris liberavit, cordubenses ab instantibus et devorantibus malis liberet.

La sexta alude al águila con quien se compara al señor Barcia, que costeó el monumento y extendió la devoción a San Rafael. Es ésta: Episcopus cordubensis sicut aquila provocans ad volandum pullos suos, expandit alas suae devotionis, et ad custodis Raphaelis cultum cordubenses provocat: custodiam enim a gentibus, in similitudinem aquilae de longe venientibus, Cordubae mutuatam mirifice exaltare vult, et futuris generationibus memoriam reliquit.

La séptima alude al escudo de armas del señor Barcia que se ve sobre la puerta del castillo. Es como sigue: Ut in die ultionis Domini misericordiam a Deo Corduba consequatur per manus sui piissimi custodis Raphaelis, antistes cordubensis tamquam bonus Pastor, homo sine querela properans deprecari pro populo, proferens servitutis suae scutum, orationem, et per incensum deprecationem allegans resistit irae, et finem imponit necessitati, ostendens, quoniam suus est famulus.

La octava es dedicada a las imágenes de Santa Bárbara, San Acisclo y Santa Victoria: Super muros tuos, o Corduba, Episcopus cordubensis constituit custodem tuum Raphaelem, qui tota die ac nocte non tacet: et venient etiam in auxilium tibi speculatores murorum tuorum, Ascisclus scilicet et Victoria in protectionem tuam constituti, simulque Barbara, quam magna devotione Pastor tuus fuit prosecutus. Audi ergo voces eorum, et erit tibi secura protectio.

La novena alude a la protección del Arcángel Custodio de Córdoba: Levat Corduba oculos suos in montem, id est, in Raphaelem, unde venit auxilium ei: custodit enim eam in introitum suum et exitum suum ex hoc nunc, et usque in saeculum, et spiritus nequam ei non nocebit. Levat inquam oculossuos in montem, quem piissima devotio antistitiscordubensis contra saeculorum oblivionem erexit.

Y la décima, sobre el juramento de San Rafael y su encargo de dar culto a las reliquias de los santos Mártires: Archangelo Raphaeli coelesti medico, viantium fideli comiti, divinae misericordiae piissimo ministro, qui cordubensem custodiam sibi a Deo traditam juramento attestatus est, sanctorum cordubensium cultum et erga forum ossa piam devotionem commendavit. In tanti protectoris obsequium praefatus Episcopus cordubensis hanc marmoream statuam in ostio civitatis et in conspectu omnium populorum munificentiori manu elevari iussit.

En el patio o paseo que rodea el monumento hay otras tres inscripciones, dos de ellas en castellano y la otra en latín, que comprenden la historia de toda esta obra y las indulgencias concedidas a los que rezaren ante las imágenes allí colocadas. Insertámoslas a continuación para conocimiento de nuestros lectores:

:Gobernando la Iglesia Universal la Santi dad de Nuestro M. S. P. Clemente XIVy reynandoen España la Magestad del Señor Don Carlos III elilmo. Señor Don Martín de Barcia, Obispo de Cór doba, á propias expensas por su ardiente devociony la de su Ilustrísimo Cabildo principió la erecionde este Triunfo en 29 de abril de 1765, elevando sucolumna, y sobre ella la imágen de nuestro SantoCustodio Rafael en el de 1771, después de benditala estátua, y colocadas en su pecho las reliquiasdel Santísimo Leño de la Cruz., con partículas del velo de María Santísima, de la capa de su benditoEsposo Señor San Josef, y huesos de los Santos Pe lagio mártir, y Roque confesor, concediendo en su veneración 40 días de indulgencia á los que con ella rezaren una Ave María, rogando al Señor porel bien de su Iglesia y sana conservación de este pueblo.

La segunda explica su conclusión de este modo:

:Siendo Pontífice Romano Nuestro M. S. P. Pió VI y en el reynado de Nuestro Augusto Soberano Don Carlos III se concluyó este Triunfo en 31 de diciembre de 1781, baxo la dirección y ardiente zelo del Ilustrísimo Señor Don Baltasar de Yusta Navarro, Obispo de Córdoba, á expensas del caudal, que del espolio del Ilustrísimo Señor Barcia asignó la piedad del Excelentísimo Señor Don Manuel Ventura Figueroa, Caballero Gran Cruz, de la Real distinguida Orden de S. M. de su Consejo y Cámara, Gobernador del Supremo de Castilla, Comisario General de la Santa Cruzada, y Colector General en los Reynos de España: colocando las santas estátuas, y en el pecho de la de Santa Bárbara partículas de su cráneo, y de las Santas Agueda y Columba: en el de San Acisclo huesos de su cuerpo, de San Alvaro y otros; y en el de Santa Victoria parte de la cadena de su prision, y huesos de otros Santos: concediendo su Ilustrísima 40 días de indulgencia á los que devotamente rezaren una Ave María ante cada una de estas efigies, pidiendo a Dios por el bien de su Iglesia y eterno descanso de los fieles sepultados en este cementerio.

Finalmente, en el frente meridional del muro que da al río se halla colocada otra inscripción, que comprende la historia de toda esta obra, y dice así:

:D. O. M. / Divoque Raphaeli Archangelo, coelestis aulae Principi, /pio, ciementi, misericordi, / hujus cordubensis civitatis beneficentissimo Custodi, / in obsequii et gratitudinis signum / hoc mirum opus /maiestate, gravitate et pulchritudine omnibus impar / Ill. D. D. Martinus de Barcia, Cordubensis Episcopus. / D. O. S. / Quod licet expensis suis fieri curarit, morte tamen praeventus / perficere non potuit. /Illud autem post decem annorum curriculum / devotione, zelo ac pietate motus / Illustr. D. D. Balthasar de Yusta Navarro, ejusdem Sedis antistes, / erexit, direxit, ac perfecit, / regio nomine constituente / Excmo. D. D. Emmanuele Bonaventura Figueroa, / Supremi Regii castellae Senatus Gubernatore amplissimo, / in divi Petri suprema cathedra sedente / Ssmo. D. Nostro Pio Papa Sexto, /unica, viva ac vera catholicae fidei regula, / in Hispanias fauste ac dulcissime regnante / D. Nostro Carolo III pio, felici, augusto. / Anno Domini MDCCLXXXI.

El seminario de San Pelagio

Formando esquina al expresado paseo del Triunfo y ocupando toda la acera de la calle de Amador de los Ríos, hasta cerca de la Cárcel, se ve el seminario de San Pelagio, uno de los edificios y establecimientos de instrucción pública más importantes de esta capital. Éste fue fundado en 1583 por el obispo don Antonio Mauricio de Pazos y Figueroa, reducido en un principio a una casa pequeña donde sólo podía albergarse un corto número de colegiales, sin cátedras donde recibir su instrucción, por lo que durante muchos años asistían a las clases de los Padres Jesuítas en el barrio de Santo Domingo de Silos, como en su lugar explicamos.

En 1600 principió a ampliarlo el obispo don Francisco Reinoso, mejora continuada por su sucesor don fray Diego de Mardones. En 1740 se hizo una segunda ampliación, construyéndose parte de su fachada, y en 1776 hicieron la crujía más interior y la actual capilla.

Ésta es bastante bonita, atendiendo a la época de su edificación. Consta de una nave bien ancha y dos muy estrechas, con crucero y tribuna en toda ella excepto el sitio ocupado por el altar mayor, el cual es de estuco y de buena forma; dícese estar formado sobre el mismo lugar en que sufrió el martirio San Pelagio. Tiene además otros dos altares, dedicados a San Eulogio y San Acisclo y Santa Victoria, mártires de Córdoba.

En nuestros días ha tenido otras dos ampliaciones; una en 1853, incorporándole la casa que dijimos haber sido parte del antiguo hospital de los Ahogados, después graneros de la fábrica y casa particular, y otra en 1864, tomando terreno de la vía pública cedido por el Ayuntamiento y adquiriendo un huerto propiedad un tiempo de la Inquisición y el cual tiene vistas al río sobre la muralla de la ciudad.

El cardenal obispo de Córdoba don fray Pedro de Salazar, comprendiendo lo incómodo que era a los colegiales el ir todos los días a recibir su instrucción de los Padres Jesuítas, imposibilitando el desarrollo de aquélla y el buen orden del seminario, determinó fundar cátedras dentro del mismo edificio, y al efecto estableció cuatro, una de Filosofía y tres de Teología, aunque mezquinamente retribuidas. Don Juan José Bonel y Orbe fundó en 1836 otra de Cánones, y en 1846 se instaló la de Latinidad, desde cuya época se han ido ampliando hasta completar los estudios de la carrera eclesiástica, habiendo servido éstos para otras en las ocasiones que las leyes lo han permitido.

El prelado actual don fray Ceferino González ha fundado un colegio anexo, con la advocación de San José, donde se admiten algunos jóvenes cuyos padres carecen de los medios para costearles la carrera.

Vicisitudes del edificio

Los grandes y graves acontecimientos políticos por que ha atravesado nuestra patria en el presente siglo han turbado a veces la marcha de este establecimiento, destinándose el edificio a objetos completamente distintos, como sucedió cuando la dominación francesa, que sirvió de parque de artillería. En 1836 comprendió parte del fuerte en que los liberales pretendieron defenderse de la facción de Gómez, y en otras ocasiones ha servido también para alojamiento de tropas.

La casa intermedia entre el seminario y el triunfo, incorporada en 1853, salía a formar línea con la verja principal de aquel paseo, uniéndose al Palacio Episcopal por cima de un hermoso arco llamado de la Guía, título de la imagen que ya dijimos estuvo sobre la puerta del hospital de los Ahogados, y hemos conocido trasladar a una de las capillas de la Santa Iglesia Catedral.

En la madrugada del día 23 de agosto de 1863 todas las campanas de la ciudad dieron la señal de fuego, y en efecto, había ocurrido uno y de grandísimas proporciones en el seminario de San Pelagio. Como sucede en tales casos acudieron las autoridades y todos sus dependientes, empleando cuantos medios juzgaron los arquitectos para sofocar el incendio, apoderado ya de toda la casa agregada al seminario y en la cual se logró localizarlo. Sobre este siniestro se hicieron muchos comentarios, pero lo casi probado fue que principió en la carbonera donde se había encerrado en aquellos días una gran partida de aquel combustible, entre el que había alguna parte mal apagada, notándose el fuego cuando ya contaba con gran fuerza.

Ya con este motivo se decidió el derribo del arco de la Guía e igualose la fachada, obra que por cierto no ha terminado por la escasez de fondos y no aumentar más los suplementos, hechos principalmente por el rector y canónigo don José de Cobos y Junguito, que tanto ha engrandecido aquel establecimiento con su constante trabajo, hasta que la muerte nos ha privado no ha mucho de la amistad con que nos honraba.

Seminaristas notables por su talento y virtudes

Si la índole de nuestra publicación lo permitiera pudiéramos hablar mucho acerca de este notable establecimiento. Pero sujetos a extractar todo lo posible, concluiremos consignando los nombres de algunos hombres ilustres por su talento o por sus virtudes que aquí estudiaron y que merecen ser librados del olvido.

Ilustrísimo señor don Juan de Leiva Cordobés, natural de Castro del Río, hijo de este colegio. Después del Imperial de San Miguel de Granada, primero colegial y presidente de Instituto en el de Santiago, con licencia del arzobispo de aquella ciudad y a petición del reverendo padre maestro Francisco de Rivera, rector del colegio de San Pablo, hijo de don Diego Rivera, fundador del mismo. Dirigió la fundación del colegio de San Pedro y San Pablo en su patria y trabajó las constituciones en los años de 1653 a petición de don Gaspar de Alvarado y Calderón, natural de la misma villa y oidor en Granada. Obtuvo beca en el Real de Santa Catalina de la misma ciudad, de donde salió para canónigo del Sacromonte. Hizo después oposición a la capellanía doctoral de la Real Capilla de la misma ciudad, la que obtuvo, y fue capellán mayor de ella. Después provisor y gobernador del arzobispado de Sevilla, provisor del de Granada y obispo de Almería, para cuya iglesia fue presentado por el rey don Felipe V en 18 de abril de 1701, siendo la primera que hizo aquel monarca en estos reinos. Fue uno de los sujetos de mayor literatura que se conocieron en aquellos tiempos. Dio a luz un libro en folio cuyo título es Chronologia Universalis. Escribió un doctísimo defensorio de las obras de la venerable madre María de Jesús de Agreda, cuyo título es Declaratio adversus processum factum a Sacra facúltate Theologica Parimsium, in qualificatione libri de Mystica civitate Dei Matris María de Agreda, impreso en Alcalá de Henares año de 1697. Escribió también la concordia entre la versión latina vulgata y griega de los 72 intérpretes sobre el capítulo 5 y 11 del Génesis, en el que se halla eruditamente la solución y enodación de las contradicciones que se hallan en los textos de dichos capítulos. Murió electo obispo de Málaga.

El ilustrísimo señor doctor don Pedro Palomo, natural de Torrecampo, colegial mayor de Sigüenza y después del de Cuenca en Salamanca, catedrático de Escritura en la célebre universidad de esta ciudad y rector de ella. Visitador general del partido de Madrid. Murió electo obispo de Orense.

El ilustrísimo señor don Juan Palomo, hermano del anterior, arcediano de Málaga. Murió electo obispo de Cádiz. No perteneció a otro colegio más que éste.

El ilustrísimo señor doctor don Pedro de Rivas. Nació en Montilla en 10 de abril de 1592. Fue colegial mayor en Valladolid, canónigo magistral de la Santa Iglesia de Málaga y arcediano de Vélez. Murió electo obispo de Ciudad Rodrigo.

El ilustrísimo señor doctor don Benito Madueño y Ramos, natural de Montero, donde nació por los años 1654. Se consideró como el mayor teólogo que en su tiempo salió de este seminario. Ganó por oposición en Toledo el curato de San Nicolás, que es el principal de dicha ciudad. Fue creado canónigo de aquella Santa Primada Iglesia por el señor cardenal Portocarrero, su arzobispo. Después presentado para obispo de Sión por la majestad de Carlos II, se consagró en Madrid. Fue muy estimado de la reina madre, a quien tenía orden de visitar diariamente. Se llevó la primera estimación del duque de Medinaceli, que por aquel tiempo gobernaba España, qien le brindó con el obispado de Badajoz, que no admitió, y pareciéndole al duque sería por juzgarlo escaso premio a mérito tanto, le rogó admitiese, y que a su cuidado quedaba hacer presentes al rey sus altos méritos. Pero el doctísimo príncipe respondió que su ánimo era morir en su cabildo de Toledo. Mereció que el duque le regalase el cuerpo entero de san Félix, mártir, que en hombros de cuatro religiosos Capuchinos fue desde Madrid hasta el palacio de su ilustrísima en Toledo. Colocolo en su oratorio, y poco antes de morir lo regaló a su cabildo, incluyéndolo en una urna de cristal de roca, y está dentro de otra de plata de martillo, labrada de buril muy exquisito, dotando.....

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