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Paseo 12. Barrio del Espíritu Santo
De Biblioteca de Córdoba
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La necesidad nos ha sacado del casco de la población, de la que nos separa el Guadalquivir, y sin dejar de pertenecer a Córdoba nos encontramos en un sitio que podemos decir es un pueblo diferente en su forma y hasta en muchas de sus costumbres. Por variar hemos dejado la sierra, y henos aquí en la campiña, mirando a nuestro frente la torre y cúpula de nuestra sin par Mezquita, la alta columna donde reflejan las doradas alas de nuestro Arcángel Custodio y la multitud de ventanas y tejados de las casas próximas al río, de cuya corriente la libran extensas y fortísimas murallas. ¡Hermosa vista, tantas veces copiada por los pintores y tantas descrita por nuestros poetas y escritores!
El Campo de la Verdad
Estamos en el barrio de la Visitación o del Espíritu Santo, títulos de su parroquia y, sin embargo, todos le decimos Campo de la Verdad, con harta razón, sin duda porque en sus alrededores tuvo lugar uno de los acontecimientos que más honran la historia de esta ciudad, y del cual nos ocuparemos después detenidamente.
Hemos dicho que este barrio parece un pueblo diferente, y tan es así, que los moradores de él hasta en sus costumbres varían bastante de los demás cordobeses. Casi la totalidad de aquellos vecinos se dedican a las faenas del campo, son pocos los industriales, y de aquí el que las mujeres se diferencian en los trajes y tratos de las del interior, un tanto más dadas a los caprichos de la moda, a la que rinden el culto que aminora los recursos distraídos de las verdaderas necesidades.
Antigüedad del Barrio
En tiempo de los romanos y después hasta los árabes hubo población en este sitio. Cuando la conquista se establecieron allí algunas familias, siempre de las más escasas de fortuna; pero castigados por las correrías de los segundos, que casi llegaban a las puertas de Córdoba, fueron abandonando sus hogares y, casi desierto, llegó a convertirse en una porción de solares a que los escritores antiguos dan el título de los Corrales.
Pasados muchos años, tranquilos ya los ánimos, volvió a poblarse, y entonces fundaron una ermita dedicada a la Visitación de Nuestra Señora y al Espíritu Santo, siguiendo todo aquel trayecto formando parte del barrio de la Catedral, de cuyo Sagrario se le administraban los santos sacramentos, servicio que ocasionaba gran trabajo para aquellos curas, por tener que atravesar el puente, donde más de una vez se vieron expuestos, por ser el único paso que tiene el ganado vacuno entre la sierra y la campiña.
En estos inconvenientes se apoyó el obispo de Córdoba don Cristóbal de Rojas y Sandoval para razonar su decreto fecha 21 de julio de 1570, erigiendo en parroquia la antes citada ermita, a la que se llevó el Santísimo con gran solemnidad desde el Sagrario. No siendo posible agregarle rectoría ni beneficio, se mandó asistiese como cura el que lo fuera más moderno del Sagrario de la Catedral, que es como ha llegado hasta estos últimos años, en que se le ha considerado independiente de todo, con su cura y coadjutor propios. Sin embargo, el expresado señor obispo le asignó alguna cantidad para el sostenimiento de la parroquia, y a su ejemplo hizo otro tanto el Cabildo eclesiástico.
Descripción de la parroquia
Las dimensiones y estado de la ermita no eran lo bastante para que la parroquia estuviese con la decencia debida, y desde un principio se pensó en ampliarla. Consiguiose construyéndole tres naves, para lo que debieron emplearse algunos materiales de otros edificios antiguos, toda vez que los capiteles de las columnas que dividen aquéllas tienen diferentes formas, y la mayor parte de ellos son visigóticos. Después se reedificó en 1753.
El altar mayor tiene un retablo dorado, de muy mal gusto. Ocupa el centro una pequeña imagen de Nuestra Señora de los Dolores, a los lados la Virgen y Santa Isabel, y en lo alto el Espíritu Santo. El frente de la nave del lado del evangelio lo ocupa un altar con otra Virgen denominada del Rayo, por decirse tradicionalmente que en él cayó uno sin tocar a la imagen. Fue reedificado o hecho en 1720, según expresa una inscripción que tiene en el frontal. Sigue a esta capilla otro altar dedicado a Santa Teresa, representada en un lienzo, en el que ocupa un extremo la inscripción siguiente: Fijóse en memoría y veneración de que en esta iglesia y sitio, siendo viadora, oyó misa día último de Pascua del Espíritu Santo, año 1575, la gloriosa madre fundadora Santa Teresa de Jesus.
La visita de Santa Teresa de Jesús
Don José Antonio Moreno Marín, en sus Anales eclesiásticos y civiles de la ciudad de Córdoba, manuscrito de que tenemos una copia, dice que el día 22 de mayo de 1575 llegó a esta capital Santa Teresa, acompañada de otras varias religiosas, sus discípulas y algunos religiosos de su orden que iban a la fundación del convento de Sevilla; que siendo Pascua del Espíritu Santo entraron a oír misa en la parroquia de la misma advocación, por la que había gran concurrencia, aumentada en seguida por la curiosidad de ver a las nuevas monjas; que éstas se colocaron en la nave del evangelio, y que en memoria de este suceso labró a su costa aquel altar don Bernardo Blázquez de León, secretario del excelentísimo señor cardenal don Pedro de Salazar. Con este motivo se levantó en Córdoba el deseo de que hubiese en esta ciudad un convento de Carmelitas Descalzas, como explicaremos al tratar del de Santa Ana.
Sigue la descripción del templo
Cerca del altar a que nos hemos referido hay otro con un gran lienzo dedicado a las Ánimas, y casi al final vemos colocada la cruz que sirve en la procesión del Viernes Santo, y que aun cuando aparece muy vistosa es del mal gusto reinante en el siglo XVIII.
Al frente de la nave de la epístola está la capilla del Sagrario, en cuyo altar no hay más que el depósito, y desde ella a la pila bautismal hay otros dos altares dedicados a San José y la Virgen del Rosario. Éste se renovó en 1813 y otra vez en estos últimos años, a expensas de un devoto.
En la actualidad no se sirven en esta iglesia cofradías o hermandades, pero antes las ha tenido y muy numerosas. Vázquez Alfaro cita las del Santísimo, el Rosario y Jesús Nazareno y Nuestra Señora, y en una relación que se formó en 1773 de todas las corporaciones de esta clase que existían en Córdoba, aparecen las de Nuestra Señora del Rayo y la Santa Cruz, habiendo desaparecido todas, sin duda por la escasez de recursos con que contaran para sostenerse.
La sacristía nada de particular ofrece. En ella está el archivo, cuyos libros principiaron en 1570 los de bautismos y matrimonios, y en 1680 los de difuntos.
En esta iglesia solían oír misas todos los que la justicia de Córdoba sacaba de ella para llevarlos a otros puntos, y entre otros la oyeron, en la mañana del día 20 de febrero de 1695, setenta hombres cogidos en una leva y a los cuales llevaban a Gibraltar.
El exterior de la parroquia haría creer a cualquiera serlo de una mala bodega, si no fuese por el campanario, que también es muy raquítico. Cerca del ángulo tiene en el costado una especie de nicho con un cuadro muy malo y restaurado en 1850, que representa a Jesús en el Pretorio. Al lado opuesto está el cementerio, en uso hoy para aquellos vecinos, quienes tienen la ventaja de no pagar derecho de enterramiento y sí sólo el costo de la bovedilla, si algunas familias las quieren hacer a sus difuntos. Construyose en 1804, con motivo de la invasión de la fiebre amarilla, y desde entonces sigue sirviendo. Antes se inhumaban los cadáveres en el alto que forma alrededor de la iglesia.
El barrio y las epidemias
En las grandes epidemias que han afligido a los cordobeses el barrio del Espíritu Santo ha sido de los más castigados, contribuyendo a ello varias circunstancias. Una, su proximidad al río, puesto que casi lo rodea; otra, la falta de pronta asistencia, por no haber en él ni médicos ni boticas; y otra, la peor en muchas ocasiones, que, asustados los del interior, prohibían la entrada de los forasteros, cerrando las puertas, a excepción de dos o tres, entre éstas la del Puente, que cortaban al final con una tapia, dejando un callejón para entrar y salir los pocos a quienes se lo permitían, quedándose muchos en aquel barrio, pues a pesar del cordón sanitario éste no era tan cerrado que evitase por completo el paso.
Sin embargo aquellos vecinos han estado siempre prontos tanto a recibir los socorros que han necesitado como a dar los que sus recursos les han permitido. Como prueba de ello anotaremos lo que hicieron en 1650, a imitación de los demás barrios y por sí solos, sin contar con auxilio alguno ajeno, toda vez que en su recinto no existían entonces, ni después, conventos ni vecinos de grandes caudales.
Reunidos al efecto entraron en la ciudad en lucida procesión, llevando a los enfermos del hospital de San Lázaro cuanto pudieron recoger, y aun no contentos con aquel donativo, se reunieron los chicos del barrio, presididos de Nuestra Señora del Rosario, a que acompañaba parte de la Capilla de música de la Catedral, y les llevaron un segundo socorro, compuesto de un cahíz de trigo, 24 espuertas con pan, 5 carneros, 25 gallinas, un jamón, 24 salvillas con pasas, una carga de naranjas, 14 espuertas con limones, 5 ídem con vedriado, 4 ídem con garbanzos, 2 pares de pichones, 12 salvillas con bizcochos, 27 canastillas con huevos, 33 salvillas con hilas y una espuerta con granadas.
El río Guadalquivir
Tanto por todo el lado norte como por el este, confina el Campo de la Verdad con el río Guadalquivir, el cuarto en importancia, el quinto en longitud y el sexto en tributarios de cuantos nacen en España.
Estrabón da a este río diferentes nombres, pero nosotros sólo vemos claro el del Betis, con que lo conocieron los romanos, dando nombre a la Bética o Andalucía, y con el que siguió hasta que los árabes dieron en llamarle Nahrálatdim y Wadilquebir. Ambas palabras significan río grande, habiéndole quedado la segunda, aunque alterada, o sea, el titularlo Guadalquivir.
Nace este río en las sierras de Alcaraz, Segura y Cazorla, y desemboca en el océano inmediato a Sanlúcar de Barrameda, después de haber recorrido ochenta leguas de extensión y haber ocupado con su cauce 1.605 cuadradas, en las provincias de Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz. Concretándonos a la nuestra, entra en ella por entre el este y el noroeste, y sale por entre oeste y sudoeste, atravesándola en una distancia de 22 leguas, en que fertiliza los términos de Villa del Río, Montoro, Pedro Abad, El Carpio, Villafranca, Córdoba, Almodóvar, Posadas, Hornachuelos y Palma del Río, aumentando su corriente con los ríos de las Yeguas, [:cordobapedia:Río Guadalmellato
La navegabilidad del río
Mucho es lo que se ha hablado y escrito sobre la navegación del Guadalquivir, alegando como principal razón el haberlo sido en tiempos de los romanos y de los árabes y después hasta fines del siglo XV, sosteniéndose gran comercio entre Córdoba y Sevilla por medio de balsas o barcos planos, que fue lo que siempre usaron, arrastradas casi todas por la silga, nombre de las cuerdas de que tiraba cierto número de caballerías, y sin duda debía ser de este modo, porque los ingenieros que por orden del Gobierno realizaron los estudios para la navegación aseguran que una de las principales dificultades es la rápida pendiente de este río, que sería preciso contrarrestar por medio de grandes presas, costosísimas en su construcción, y después en conservarlas.
Además, calcúlanse necesarios 1.500 ó 2.000 pies cúbicos de agua como mínimo para la navegación, y el Guadalquivir sólo tendrá 1.700 después de incorporársele el Genil, y antes unos 1.100 a 1.300, cantidad que se va disminuyendo conforme se acerca a Córdoba, y que es considerada insuficiente. En estos estudios, hechos de 1842 a 1844, se calculaban las obras en 15.040.000 reales, y se indicaba que su conservación, unida al gasto de la empresa, superaría tal vez a los derechos que se establecieran.
La navegación en tiempo de los romanos y de los árabes y aun bastante tiempo después de la conquista está justificada en casi todos los historiadores; tal vez, entonces, el mayor caudal de aguas y la falta de otra comunicación más rápida, con que actualmente contamos, haría preferible aquélla en economía de gasto y tiempo. Fernán Pérez de Oliva, uno de los hijos más sabios de Córdoba, leyó ante la Ciudad, en las casas hoy café Suizo, una extensa memoria sobre este asunto, en que expone muchos y curiosísimos datos, como puede verse en la colección de sus obras. En el Archivo municipal, donde tantos y tan interesantes documentos se conservan, hemos visto varios privilegios de los reyes don Sancho, don Fernando el Emplazado y don Alfonso XI mandando a los dueños de corrales y azudas dejasen el paso franco a los barcos, sin peligro para sus conductores.
En 1559 se dieron unas ordenanzas para los barcos, y ya por este tiempo apenas serviría el río cuando Felipe II da una pragmática tratando de hacerle navegable, idea que nunca se abandonó, toda vez que en 27 de abril de 1621 se mandó que todos los dueños de las azudas abrieran en ellas pasos para los barcos, con cuatro varas de ancho y dos de fondo. En 23 de diciembre de 1626 nombró el rey un superintendente especial para los trabajos de navegación y se señalaron los pueblos que habían de contribuir a su costo y los arbitrios de que dispondrían. En 12 de abril de 1629 la Ciudad de Córdoba autorizó a una comisión de veinticuatros y jurados para que tomasen a censo cierta cantidad con destino a los gastos de las obras del río. El expresado superintendente publicó en Sevilla un bando, fecha 30 de junio de 1768, en que obligaba a todos los dueños de terrenos contiguos al río a que rozasen el taraje y demás maleza que había obstruido el camino necesario para la silga de que antes hablamos, operación en que la Ciudad gastó 15.381 reales y 17 maravedises, por lo que correspondió a sus baldíos.
Por último, en nuestros tiempos se hicieron los estudios de que antes hablamos. Sin embargo de todo lo expuesto, creemos que, lejos de pensarse en la navegación del Guadalquivir, deben utilizarse sus aguas en canales de riego, como convendría hacer con casi todos los demás ríos de España, aumentando por este medio el valor de los terrenos que recibieran tan gran beneficio.
Azudas, molinos y vados
En el término de Córdoba cortan también el río varias azudas o represas para los molinos harineros, que la surten casi en totalidad de las harinas necesarias, aun cuando hoy existe una máquina de vapor próxima a la Estación del ferrocarril, y se hace gran consumo de las que vienen de Castilla.
Aquéllos son los siguientes: Albolafia, Escalonias, la Alegría, Casillas, Jesús María o de Enmedio, Salmoral, Pápalo Tierno, San Antonio, San Rafael, Martos y los de Lope García.
También tiene dentro de este término diferentes vados, que toman los nombres de las heredades cercanas, y son los de las Quemadas, del Haza de la Monja, Lope García, del Adalid -de que volveremos a hablar-, Casillas y la Reina. Y por cima del Arenal hay una gran barca, cuyos derechos de pasaje se arriendan, y facilita el paso de la sierra a la campiña hacia el camino de Castro.
El trayecto entre el puente y la azuda de Martos es conocido por el Tablazo de las Damas, porque es el sitio que han elegido siempre las cordobesas para sus baños y sus paseos en las pequeñas barcas que aún sirven para aquéllos, y como medio de comunicación entre Córdoba y el barrio del Espíritu Santo.
Festejos y pesca
Esta parte del Guadalquivir ha sido muchas veces destinada a festejos públicos, efectuándose las regatas, que en otras partes llaman tanto la atención de los forasteros. Se han figurado combates navales, atacando desde los barcos a un castillo formado sobre otros dos unidos y sujetos con un tablado encima; otras veces se ha figurado tomar algunas al abordaje, y otras han pasado muy de prisa para alcanzar algunos objetos colgados en diferentes puntos, dando lugar a que varios mozos tomen un inesperado baño, que a veces ha puesto en peligro sus vidas. Tal sucedió en 1651 en las fiestas que se hicieron para celebrar la colocación del San Rafael que está a la mediación del puente.
Péscanse en el Guadalquivir muchas clases de peces, algunos muy grandes y otros muy buenos, habiendo ocasiones en que se han cogido sollos, aunque esto se ha considerado siempre como una rareza.
También se ha utilizado este río en muchas ocasiones para el transporte de las maderas de Segura hasta Sevilla, operación que siempre ha llamado mucho la atención, llevando a sus orillas multitud de curiosos, como ha sucedido en el presente año, 1876, que han bajado unas 70.000 traviesas para la empresa del ferrocarril de Málaga.
Las ríadas del Guadalquivir
Unas veces las recias y continuadas lluvias y otras el deshielo en la provincia de Jaén, han hecho que el Guadalquivir aumente sus aguas de tal manera que ha puesto en gravísimos peligros a los vecinos del Campo de la Verdad. De estas crecientes o riadas, como las llaman en Córdoba, citaremos las que encontramos anotadas en algunos manuscritos que hemos podido registrar.
En 1481 anduvieron los barcos por las calles de los Lineros, la Curtiduría, la Fuensanta y Puerta del Puente. En 1544 sucedió lo mismo, y además entró el agua en varias bodegas del Campo de la Verdad, causando considerables pérdidas. En 1554 fue tan grande la creciente que rompió por el murallón de San Julián, dejando aislado el barrio del Espíritu Santo, tanto por la espalda como por la conclusión del puente. Hubo por consiguiente algunos barcos en diferentes puntos de la ciudad. Aquellos vecinos se asustaron tanto que sacaron sus muebles y los pusieron sobre carretas en el alto que forma la parroquia.
En 1604 sucedió lo mismo que en la anterior. En esta ocasión se cogían muchísimos peces, algunos de veinticinco libras de peso.
En 1618 anduvieron también los barcos por la Fuensanta y la calle de Lineros. En 24 de enero de 1626 entró el agua a cubrir la plazuela de las Cinco Calles, donde hubo barcas sacando los muebles de algunas casas.
El año 1684 es, sin duda, uno de los que más hicieron subir el río, y en el que, a no venir la lluvia a intervalos, se hubiera desbordado, inundando gran parte de la población, puesto que se sufrieron catorce avenidas, siete hasta la mitad de los molinos y las otras siete en esta forma: del 19 al 25 de diciembre de 1683 llegó el agua a lo alto de los molinos de en medio; a 28 de dicho mes quitó un cuchíllete o entibo del puente y se llevó varias cruces de un calvario que había al principio del camino de Castro; el 3 y 5 del 84 se llevó las cruces que habían quedado; el 22 del mismo año hundió el arco del puente en que faltaba el cuchíllete y se llevó la mitad de la casa ermita de San Julián, que estaba del lado allá de aquel barrio; en 5 de febrero cubrió el molino de en medio, bajando en el mismo día; al siguiente subió mucho más, y entre la infinidad de objetos que pasaron fue un barco que debió recoger en otro punto; en 10 de febrero se llevó la otra mitad y parte de la ermita de San Julián.
La causa de estas avenidas fue la continuación de las lluvias durante tres meses, que tuvieron a los molinos sin funcionar dieciséis días y a los pobres sin poder trabajar en el campo por mucho más tiempo, siendo tal la necesidad que muchos se cayeron muertos en las calles. Se dispensó guardar la Cuaresma, y muchos se comían las reses que se morían en el campo, porque el ganado pereció en gran número, tanto, que sus dueños lo ponían a la venta y llegó el caso de valer una vaca 30 reales y un buey 50. Había burros hasta a 10 reales y caballos muy buenos a 150, según afirma el popular escritor Martín López, de quien tomamos estos apuntes, quien además cuenta que habiéndose aislado dos veces el Campo de la Verdad, pusieron de corregidor en él a don Fernando Villarroel, con un alguacil, y que el primero asistía a misa en aquella parroquia, donde tenía asiento de preferencia. Dicho escritor compara este año con el de 1677, en que dice valió una gallina 17 reales, el trigo 110 y la cebada a 66, que es como si ahora valiese a cuatro veces esas cifras.
En 21 de enero de 1687 volvió a subir el río, llevándose otra parte de la casa ermita de San Julián, la que desapareció del todo en otra avenida en 19 de febrero siguiente.
En 20 de noviembre de 1691 hubo otra gran creciente como las ya anotadas, con corta diferencia.
En 1692 llegó el agua a la ventana entre alta y baja que tiene la sacristía de la parroquia de San Nicolás. El Sacramento se sacó oportunamente y se llevó a la iglesia de la Caridad, hoy Museo. En esta creciente se perdió por completo la ermita de San Julián.
En 1693 hubo otra creciente muy considerable. En 1697 subió el rio hasta las tierras de labor por el lado de la campiña. En 1698 fue tal la creciente del río que no pudiendo salir el agua del barrio de San Lorenzo, se anegó éste y hubo barcos en la calle de la Rejuela y en San Juan de Dios, como dijimos al visitar estos sitios.
En 1739 creció tanto el río que se llevó el puente que había cerca de la villa de Palma. En 14 de enero de 1751 hubo otra grandísima creciente. En 1785 hubo una de las avenidas más grandes que se han conocido, y que causó muchísimos daños en todas las posesiones cercanas al río. En 26 de diciembre de 1821 llegó el agua a la ventana de la sacristía de San Nicolás, y anduvieron barcos por la Puerta del Puente, calle de Lineros y otros varios puntos.
Después de la del año 21 han tenido lugar otras grandes avenidas, siendo la más notable en 1860, si bien no entró el agua en Córdoba, consistiendo principalmente en que, habiéndose destruido el murallón de San Julián, las aguas se extienden por aquel lado, y además en que la calle de Lineros, la salida de la Puerta del Puente y otros puntos están a más altura que otra veces, por los terraplenes que se han variado. En esta última avenida ocurrió la desgracia de que habiéndose quedado un pastor aislado se subió a un árbol, de donde no fue posible bajarlo, pereciendo cuando las aguas llegaron a aquella altura.
En todas las avenidas algunos vecinos del Campo de la Verdad se ponen en la orilla del río, y con un gancho atado a una cuerda recogen cuanta leña pueden de la mucha que arrastra la corriente, teniendo algunos la mala costumbre de atarse dicha cuerda a la cintura para hacer más fuerza cuando el leño es grande, habiendo ocurrido, más de una vez, el ser arrastrados y sucumbir entre las aguas.
En las reseñas de las crecientes que hemos extractado se hacen muchas descripciones de haber visto pasar multitud de animales muertos y otros objetos; pero son tan parecidas todas y en general tan pesadas, que hemos creído lo más acertado hacer sólo estas ligeras indicaciones.
Víctimas del río
Muchas son las víctimas que cuenta este caudaloso río, puesto que puede calcularse en seis el número anual de los que mueren entre sus aguas, sin retirarnos de las cercanías de Córdoba. Por consiguiente, en el transcurso de los siglos suman una cantidad fabulosa. Entre otros, debemos anotar que el 18 de marzo de 1684, cuando aún estaba el río bastante alto, quince o veinte forasteros se empeñaron en pasar la tarde paseando en un barco por el Tablazo de las Damas, y sin que se averiguase claramente la causa, aquella pequeña nave se volcó y todos cayeron al agua, salvándose únicamente cinco que pudieron recoger en otros barcos y a fuerza de mucho trabajo. En este mismo año una mujer, tal vez demente, arrojó por el puente a una hija suya de doce a catorce años de edad, salvándose milagrosamente en la azuda de los molinos inmediatos. Este caso se ha repetido en uno de estos últimos años con otra niña recién nacida, por lo que su madre fue encausada.
También se han dado casos de suicidios, arrojándose desde el murallón de la Ribera o desde el puente, como lo hizo de éste último, en 7 de diciembre de 1827, un cura y músico de apellido Leiva, natural de Málaga.
Entre el puente y el molino de Albolafia existe aún multitud de material de guerra que los franceses arrojaron desde San Pelagio, donde tuvieron el parque de artillería, cuando apresuradamente abandonaron Córdoba.
En la isleta que forma el río por bajo de los molinos fueron quemados algunos de los infelices que sentenció la Inquisición, recién instalada en Córdoba, a ser víctimas de las llamas.
Dos sitios hay en este río que nuestros antepasados reverenciaban por haber arrojado en ellos a muchos de los cristianos que sufrieron el martirio por defender nuestra sacrosanta religión; aquéllos eran la parte frente al Campo Santo y huerta del Alcázar, y por cima del molino de Martos.
Las sequías y estiajes
Aunque no en el número de las crecientes, ha tenido, sin embargo, el Guadalquivir ocasiones en que, a causa de las continuadas sequías, ha disminuido su caudal, hasta el punto de no poder funcionar los molinos. Tal sucedió en 1683, en que durante un año no llovió, escaseando el pan de tal modo que hubiera faltado del todo si el corregidor don Francisco Ronquillo y Briceño, de quien ya nos hemos ocupado, no hubiese sacado 15.537 reales del producto del vino forastero en la Alhóndiga, para hacer unas cuantas atahonas que moliesen todo el trigo necesario.
Se hicieron multitud de rogativas implorando el beneficio de la lluvia, sin conseguirla, dando lugar la sequía a que muriese la mayor parte del ganado que tenían los labradores, quienes consiguieron una provisión consintiéndoles no empanar más que la tercera parte de sus tierras; mas el corregidor Ronquillo hizo saber a los propietarios de los cortijos que ellos habían de empanar las restantes, no siendo preciso llevar a cabo ni una ni otra disposición, porque el otoño se presentó muy bien, animando a los labradores, que al fin lograron una siguiente buena cosecha.
El Puente Romano
Entre Córdoba y el Campo de la Verdad cruza el Guadalquivir el hermoso y fuerte puente de dieciséis arcos, aún existente, y del que se han ocupado tantos escritores, defendiendo unos que es el mismo labrado por los romanos, cuya creencia nos parece la más acertada, y negándolo otros, afirmando que estaba mucho más abajo, donde aún se encuentran restos de construcción.
La importancia que esta ciudad tuvo en aquellas épocas nos hace concebir la idea de que tal vez hubiese más de un puente, y que ésta sea la causa de tan distintas opiniones. Siguiendo la más autorizada, decimos que éste es el puente que edificaron los romanos y reedificó Hixén I. Debajo del quinto arco existe aún una inscripción imposible de descifrar, por tener algunas letras romanas, con otras más modernas, y algunos números arábigos que no es fácil combinar.
Tiene este puente 888 pies de longitud por 23 de latitud. Entre los arcos tiene unos machones en forma de ángulos, muy agudos, que facilitan notablemente el paso de las aguas, cortándoles su impetuosa corriente.
La Torre de la Calahorra
A su extremo sur existe aún un hermoso castillo denominado la Calahorra o Carrahola, que de ambos modos le dicen, y que servía para la defensa de la entrada del puente. Labráronla los árabes y formaba dos torres unidas por un arco; debajo de éste tenía la puerta, donde, para ganarla, ya hemos dicho que San Fernando perdió muchos de sus valientes soldados. En dicha forma permaneció hasta 1369, en que, al pasar por Córdoba Enrique II, mandó reparar y ampliar esta fortaleza. Cerráronle el arco, ampliaron el edificio por la parte posterior, rodeándolo de muros, y fue preciso dar subida al puente, ampliándolo con una línea oblicua en la que formaron el último arco, que es de diferente construcción, viéndose por bajo dos, uno el nuevo y otro el que quedó interceptado contiguo al muro del castillo. Después ha debido tener algunas reparaciones que no vemos consignadas. En nuestros tiempos, 1837, se reparó un tanto, y se hizo un lugar por donde se pudiese extraer agua del rio.
De cárcel a escuela
Este castillo ha servido muchas veces para prisión de los nobles que cometían algunos crímenes. En él estuvieron presos algunos de los moriscos procedentes del reino de Granada.
En 1718 el jefe de escuadra don Baltazar de Guevara trajo de Sicilia 40 soldados prisioneros de las tropas piamontesas, entregándolos en El Puerto de Santa María a don Francisco Manríquez Arana, quien consultó al rey lo que había de hacer con ellos; contestaron que los internase, y los mandó a Córdoba, donde dispusieron acuartelarlos en la Calahorra, si bien no llegaron más que 35, que entregó una escolta de diez caballos al mando del teniente don Antonio Aquatil. Consultado a su vez por el corregidor don Juan de Vera Zúñiga y Fajardo lo que haría con aquellos desgraciados, contestole, de orden del rey, don Miguel Fernández Durán, que los socorriese y viese el modo de conformarlos a que se agregasen al ejército español, incorporándolos, en el caso de que consintieran, al regimiento de Simbourg, a la sazón en las costas de Andalucía. Consiguiose lo que se deseaba y los 35 soldados piamonteses fueron entregados en 23 de noviembre de dicho año al sargento Outoit, del regimiento de Guardias Valonas de infantería.
En 1779 y 1780 trajeron a Córdoba todos los prisioneros ingleses que llegaban a Cádiz y al Puerto, los cuales eran socorridos con ración y pre en la torre de la Calahorra y en la casa del conde del Portillo, calleja de Santa Inés, alquilada para este objeto. De las comunicaciones resultan unos 500 prisioneros, pero en las revistas del comisario, que originales hemos visto, no pasan de 248, lo cual puede consistir en que no se reuniesen todos a un tiempo, pues hay diferentes órdenes de entradas y salidas.
En 1781 se declaró en la cárcel una horrible epidemia de tabardillos, que puso en grave peligro la vida de todos los presos. En vista de esto, y considerando que estando aquélla en la Corredera podía propagarse a los vecinos, se habilitaron la Calahorra y una casa en el Campo de la Verdad, donde eran llevados los enfermos, dando lugar a un gasto de 13.780 reales, 30 maravedises, que se pagaron de los fondos de propios y arbitrios.
Desde 1808 a 1810 se utilizó también este castillo para prisioneros militares. En 1823 estuvieron presos en aquel sitio muchos de los liberales a quienes persiguieron y fatigaron los realistas. En 1835 estuvo acuartelado allí el provincial de Bujalance, y en muchas ocasiones lo han estado las partidas sueltas que pasaban por Córdoba. En 1836, cuando la venida de la facción de Gómez, se guarneció por nacionales; pero por una cuestión entre ellos mismos se retiraron al fuerte de que en otro lugar hablaremos.
Por último, una parte de este fuerte edificio ha sido destinado a la escuela de niñas del barrio del Campo de la Verdad, y lo demás está abandonado, deteriorándose, cuando podía dársele algún destino, como por ejemplo el de Museo Arqueológico de la provincia.
Esta fortaleza tenía varios cañones ocupando las troneras altas, y en prueba de ello diremos que en algunas de las relaciones hechas por testigos presenciales del tumulto de 1652 se dice que los alborotadores del barrio de San Lorenzo se llevaron a él los tiros que había en lo alto de la Calahorra.
El San Rafael del Puente
A la mediación del puente vemos una especie de garita de piedra con la puerta tabicada; antes tenía una verja que dejaba ver el interior ocupado por un altar con los patronos de Córdoba San Acisclo y Santa Victoria, a la que tenían gran devoción. Hasta este sitio salían los frailes de San Francisco a recibir los cadáveres de los que eran ajusticiados en el Campo de la Verdad o entre los molinos.
Enfrente de dicho humilladero vemos la dorada imagen de San Rafael, obra del escultor Bernabé Gómez del Río, que vivió en la calle de los Manriques. Colocose en aquel sitio con gran solemnidad, como ya tenemos dicho, en 29 de septiembre de 1651, después de la epidemia que tantos estragos hizo en esta ciudad. A sus pies y en una hermosa lápida tiene una inscripción latina, redactada por el padre Juan Bautista Caballero, de la Compañía de Jesús, y que traducida al castellano es la siguiente
Al Beatísimo Rafael, grande entre los ángeles, su custodio vigilantísimo: el cual mas há de trescientos años, que en tiempo de Pascual Obispo, y destruyendo la ciudad una peste, predijo que él había de ser médico de tanta calamidad. Y él mismo después, año de mil quinientos y setenta y ocho, reveló al Venerable Presbítero Andrés de las Roelas, las Reliquias de los Santos Mártires y últimamente le declaró, como Dios le había encargado la guarda de Córdoba. Por lo cual para que el debido agradecimiento durase, el Senado y pueblo de Córdoba, atento y piadoso, le levantó esta estátua de piedra, con gran solicitud de D. José de Valdecañas y Herrera y de D. Gonzalo de Cea y de los Rios, Veinticuatros. Siendo Pontífice Inocencio X, Rey de las Españas Felipe IV, Obispo D. Fr. Pedro de Tapia, Corregidor D. Pedro Alfonso de Flores y Montenegro. Año de 1651.
Los verdaderos amantes de las glorias cordobesas, desgraciadamente hoy pocos, no pueden menos de mirar hasta con cariño, si es posible, esa gran obra que ha visto pasar los siglos y ha sentido en sus arcos la planta de tantos y tantos hombres ilustres como han nacido en Córdoba o han venido a visitarla. Por él han transitado nuestros santos, nuestros poetas y nuestros guerreros; los califas, los reyes, Fernando el Santo, Alfonso el Sabio, Sancho el Bravo, Alfonso XI, don Pedro el Cruel y su hermano don Enrique, Isabel I y Fernando V, Carlos I, V de Alemania, los Felipes II y IV, y otros varios, y multitud de hombres notables en las ciencias, las artes, las armas y las virtudes, que han desaparecido con el transcurso de los años, mientras esa inmensa mole de piedra, combatida por las aguas y la ancianidad, espera conocer nuevas generaciones que aún admiren y elogien su grandeza.
Obras de reparación en el puente
Desde la conquista de Córdoba hasta el presente año, en que se está reparando este puente bajo la dirección del ingeniero don Rafael Navarro, se han hecho en él muchas e importantes obras que han logrado sostenerlo útil para el gran servicio que ha venido prestando. Así es que mirándolo por cualquiera de los dos lados se ve que la mayor parte de los arcos han perdido su primitiva forma, y aún hay uno que en su mayor parte es de ladrillo. Se le han hecho nuevos diferentes arcos en tiempo de don Pedro el Cruel, de los Reyes Católicos, en el siglo XVII y en el XVIII, en que le compusieron también los trozos de murallas que lo entiban a la salida del mismo.
En 1702 se hicieron los dos últimos arcos bajo la dirección de Tomás Ortega y Francisco Agustín; en 1703 se solaron varios arcos, entre ellos el real, vulgarmente hondo, siendo corregidor don Francisco Antonio Salcedo y Aguirre, que cuidó mucho de esta obra; otro arco se reedificó en 1705, y por último, en 1780, el ingeniero don Bernardo Otero le hizo nuevos los pretiles o antepechos.
La desbandada de toros
Antes de la instalación de los cementerios en despoblado y cuando se edificó la ermita del Santísimo Cristo de las Ánimas, de que muy pronto hablaremos, se hizo costumbre ir a ella en las tardes de los días primeros de noviembre, vísperas del de los Difuntos, encontrándose entre la concurrencia todos los carruajes de Córdoba.
Ya hemos dicho que el puente es el único paso que tiene el ganado vacuno de la sierra a la campiña, y este mal dio lugar, a fines del siglo XVIII, a que una torada se encontrase con toda aquella bulla, de la que se asustaron los toros, desbandándose y ocasionando un verdadero conflicto, pues aun cuando al fin no ocurrieron desgracias personales, los sustos fueron muchos, habiendo persona que regresó a su casa sin sombrero y estropeada. Al mismo tiempo dio la casualidad de llegar en una silla de posta el conde de Floridablanca, que venía del reconocimiento del puente Zuazo, y viendo aquel conflicto se marchó derecho al Ayuntamiento, donde reprendió severamente al corregidor por su descuido en no precaver lances de aquella clase, y aún hay anciano que dice que poco después fue trasladado de esta ciudad.
La proeza de Don Pedro Clavijo
El autor de los Casos raros de Córdoba refiere que en tiempo del emperador Carlos V vino a esta ciudad de regreso de la guerra un caballero llamado don Pedro Clavijo, el cual trajo un hermoso caballo, mezcla alemán y español, el cual sacó la mala maña de dar multitud de coces en cuanto sentía alguna cosa en las ancas.
Por aquel tiempo una de las avenidas del Guadalquivir se llevó uno de los arcos del puente. Diose la orden para su reconstrucción y al efecto hicieron una empalizada en extremo angosta, que no llegaba al otro lado ni cabía por ella sino un hombre para alargar las mezclas. Llegó el día primero de Pascua de Pentecostés o venida del Espíritu Santo, en que se hacía una gran fiesta en su iglesia de la misma advocación, y por la tarde acudían los cordobeses de paseo al Campo de la Verdad, según costumbre de aquellos tiempos; entre ellos fue don Pedro Clavijo montando su hermoso caballo y, creyendo salir al otro lado, se entró por la empalizada, llegando a un punto donde era imposible seguir ni volverse.
Entonces todos los concurrentes se fijaron en don Pedro, dándole voces unos para que no entrara, otros para que acudiesen los barcos a salvarlos en caso de caer, y otros para que se arrojase sobre uno de aquéllos, dejando el caballo que se matase solo. Pero, herido el caballero en su amor propio, determinó, a muerte o a vida, hacer una cosa que jamás se había visto: hizo al caballo levantarse de manos, rodeolo de pronto y con tal ímpetu, que lo obligó a sentar las manos donde antes tenía los pies, saliéndose de la empalizada por el mismo punto de entrada, al compás de los aplausos que la admirada multitud le prodigaba.
El murallón y la Ermita de San Julián
Detrás del barrio del Espíritu Santo está el ya citado murallón de San Julián, que servía para defenderlo de las crecientes del río. En este sitio hubo en lo antiguo varios molinos harineros y batanes para los paños, los que desaparecieron por completo, consistiendo principalmente en que, construida la azuda de Martos, quedó la corriente más mansa, a consecuencia de haber perdido el declive que antes tenía.
Durante este siglo quedó abandonado dicho murallón y el agua ha socavado el terreno, llevándose gran parte de él, tanto que de un huerto bastante extenso, llamado de Segovia, sólo ha quedado la casaque, como otras cercanas, acabarán por arruinarse si antes no se pone remedio, en el que nadie piensa.
Llamábase murallón de San Julián por estar cerca de él la ermita dedicada al mismo santo y que ya hemos dicho se llevaron las continuadas crecientes del Guadalquivir. Aquel pequeño santuario fue fundado por don Martín de Angulo y Contreras, dotándolo con varias capellanías. Distaba del río unos doscientos pasos y era como de unas cinco varas en cuadro. Créese que el señor Angulo la hizo nueva sobre los cimientos de otra más antigua levantada para reverenciar aquel sitio, donde debió estar el monasterio de San Cristóbal, fundado dominando aún los romanos, siendo, pues, uno de los primeros templos que los cristianos erigieron en Córdoba.
Las crecientes del río han descubierto también en este lugar multitud de restos humanos, hacinados los unos sobre los otros, opinando Feria y otros autores dignos de atención que aquí tuvieron los romanos el cementerio para la plebe, en el que daban sepultura también a los forasteros y a los ajusticiados, y que como tales se enterraron algunos de los mártires, cuyas reliquias se extrajeron después por sus mismos amigos y compañeros, que a escondidas los sacaban para llevarlos a las pocas iglesias con que a la sazón contaban.
La ermita de las Ánimas
A poco de pasar el puente encontramos una ermita de regulares dimensiones, construida toda de cal y ladrillo, dedicada al Santísimo Cristo de la Misericordia o de las Ánimas, que es a la que dijimos acudía mucha gente a rezar en las tardes vísperas de los días de Difuntos. Otra de igual advocación hemos visto citada en tiempos más antiguos, situada cerca del machón o entibo de la azuda de Martos, pero sin detalle alguno.
La presente fue fundada en 1760 por un clérigo de menores llamado don Salvador Salido y Millán, que vivía en una casa que hace rincón en la plazuela del Pozo de Cueto, barrio del Sagrario de la Catedral. A su muerte, en 1816, dejó una magnífica colección de cuadros, esculturas y antigüedades, que se vendieron, y el encargo a sus albaceas de hacer nueva de cal y ladrillo la ermita que, más pequeña, había fundado en terreno cedido por el Ayuntamiento, encargo cumplido fielmente por aquéllos.
El interior es bonito, cubierto con bóveda y cúpula. Tiene un solo altar de mármol negro y sobre él una gran urna de talla y en ella un Crucifijo con las Ánimas al pie, y por bajo el sagrario para cuando había jubileo. En los lados de la iglesia hay cuatro nichos con diferentes esculturas, rodeados de multitud de tablillas de milagros o exvotos dedicados por los que han alcanzado beneficios de tan venerada imagen, entre ellos el de que nos ocupamos en la parroquia de San Pedro al hablar de la muerte del venerable sacerdote don Francisco de Sales Ramírez, uno de los mártires de la independencia española.
El entorno de la Calahorra
En todo el espacio que hay detrás de la Calahorra se estableció el Rastro o mercado de bestias y efectos en el año 1568, por orden del corregidor don Francisco Zapata, del que tantas veces nos hemos ocupado, habiendo ido a menos, hasta que se extinguió, sin que se haya restablecido a pesar de haberlo intentado en varias ocasiones. En este punto había un gran pedestal con una cruz en lo alto, que le decían del Rastro, como la que hasta 1852 hubo al final de la Calle de San Fernando , y mas allá, hacia la parroquia, otra que le decían la de la Pizarra; una y otra desaparecieron, y por último, en 1780 quitaron los pedestales al hacer la carretera, por disposición del ingeniero don Bernardo Otero.
Por el lado opuesto al río, de que no nos hemos ocupado, o sea, por donde arranca el camino antiguo de Montilla y la carretera general, hubo hasta después de la conquista grandes bosques de pinos alerces, de donde se dice fue cortada toda la madera que sirvió para la techumbre de la Mezquita y para la mayor parte de los edificios antiguos de Córdoba; hoy sólo hay tierra calma de muy buena calidad, y no muy lejos está el cortijo de la Torrecilla, en el que sus dueños los señores Torres han reunido multitud de instrumentos de labranza dignos de verse, pues no se encuentran tantos ni tan buenos entre todos los labradores cordobeses.
Antes de llegar a las heredades, en el egido, había unos grandes barrancos que se llenaban de agua y que en el primer tercio de este siglo dieron lugar a que en una noche oscura cayese con su caballo el labrador Barrionuevo, muriendo sin que nadie pudiese socorrerlo.
En la segunda azuda por bajo del puente, en lo que ahora se llama molino de San Rafael, estuvo establecida durante muchos años una fábrica de papel, que vimos funcionar, y la que se suprimió, tanto por su poco producto como porque no pudieron sacarlo con la blancura necesaria, achacándose este defecto a la suciedad de las aguas.
Las calles del Barrio
Hemos dado vuelta al barrio del Espíritu Santo, y tornando a su interior, tiempo es ya de decir cuáles son sus calles, aunque todas muy cortas, exceptuando la de San Julián, que es bastante larga y se llama así porque al final estaba la ermita del mismo título, de la que ya nos ocupamos.
Llámase Bajada del Puente lo que encontramos al bajar, y sigue el Egido, de una acera; Mantillo, apellido; Lustre, derivado de Yuste, apellido de un vecino antiguo; Espaldas del Santo Cristo, por estar detrás de la ermita; Horno, por uno de ladrillos; Santo Cristo, por el de las Animas; Rastro, por el ya citado anteriormente; Martín López, popular escritor del siglo XVII, que a pesar de ser un labrador de escasos recursos dedicaba sus ratos de ocio a escribir, aunque con el lenguaje propio de su escasa instrucción; hizo unos anales de su tiempo y se le achaca el libro de los Casos raros de Córdoba; Jesús, por una imagen que hubo en la misma; plazuela de la Iglesia, lo que está delante de la parroquia; calle del Arrecife, los lados de la carretera; Miraflores, ignoramos el significado; Rinconada, por la figura que forma frente de la parroquia; San Julián, ya anotada; Granada, lo que mira al camino antiguo por donde se salía para aquella ciudad; Acera Pintada, por las fachadas de las casas que ostentaban diferentes colores; Altillo, casi fuera del barrio y un tanto elevado, y por último, el Ventorrillo, por uno que hubo en lo antiguo y cuya casa es conocida por esta palabra.
Algunas curiosidades
En todo este barrio sólo hemos encontrado dos cosas que nos llamen la atención: un pozo redondo de tanta boca que llenan en él con diferentes Carrillos ocho o diez casas de la calle del Lustre y demás que forman una manzana, en cuyo centro está aquél, para que todas las expresadas casas extraigan el agua. Lo otro es una lápida sepulcral árabe que estaba en una de las casas de la Rinconada y cuya traducción, según el señor Gayangosi, es la siguiente: En el nombre de Alláh clemente, misericordioso. Aquí yace Altira, liberta que fue de Alhaquem, á quien Dios haya perdonado. Murió el Jueves á 7 noches andadas de la luna de Chumida, la postrera del año 242, y confesó al morir que no hay mas Dios que Alláh, etc. Lo demás falta en la inscripción.
Poco después de la guerra civil de los Siete Años y encontrándose en esta capital la compañía de Francos, conocida por los Migueletes, uno de éstos mató a un tabernero que tenía su tienda frente a la espalda de la Calahorra, y el consejo de guerra estuvo tan pronto y riguroso que sentenció al agresor a ser fusilado en el mismo lugar del crimen, como se ejecutó ante ese concurso que siempre viene a ver este tristísimo espectáculo, como si fuesen a presenciar algo menos cruel que el privar de la vida a uno de nuestros semejantes.
La escasez de agua
Ya saben nuestros lectores que este barrio está casi rodeado por el río y que sus vecinos han estado más de una vez expuestos a morir envueltos en las aguas que los han dejado en completo aislamiento. Pues bien, uno de los males que más han deplorado ha sido la falta de algunas fuentes, puesto que por aquellos contornos no se conoce más que un nacimiento de propiedad particular del que no pueden utilizarse.
No sabemos si de éste u otro venero el corregidor Zapata, tantas veces citado, hizo en el sitio llamado el Rastro una fuente, que ignoramos cuándo y por qué desapareció. Ello es que después de esta cita no hemos visto nada referente a este asunto, y que los vecinos del Campo de la Verdad venían con sus cántaros por agua al Patio de los Naranjos, hasta que en 1854 el alcalde interino don Antonio García del Cid, utilizando un pilón adosado al Triunfo y surtido con el derrame de su fuente, hizo otra entre la puerta y el Peso de la Harina, dotándola con una paja de agua denominada de la Fábrica, que le cedió la Beneficencia provincial de una casa que aún posee en la calle de San Roque.
Pero esto no era bastante, porque había necesidad de pasar el puente, sufriendo los rigores de las estaciones para esperar allí largas horas hasta poder llenar los cántaros. Por consiguiente, quedó la necesidad por cubrir y las diarias reclamaciones tan apremiantes como lo venían siendo, pues aun cuando las promesas se repetían también, nunca los deseos se veían cumplidos.
Por fin, el Ayuntamiento presidido por don Juan Rodríguez Sánchez, 1874, accedió a las proposiciones de éste, y aumentando con otra paja la dotación de la expresada fuente, se llevó por tubería de plomo por el puente y se hizo una nueva fuente a un lado del arrecife, formando un sencillo pedestal con dos caños que van a llenar otros dos pilones que de aquél arrancan en opuestas direcciones. Mas como el barrio tiene bastante vecindario, no es lo suficiente para surtirlo de agua potable, y debieran adaptarse todos los medios posibles para aumentarla.
En otra población más amante de su embellecimiento el Campo de la Verdad sería un lugar amenísimo, donde muchas personas irían a pasar el día o a pasear por las tardes. Los grandes terrenos de que dispone allí la municipalidad podían estar cubiertos de hermosos bosques que bajaran hasta las orillas del río por uno y otro lado, donde las alamedas no sólo embellecerían aquel sitio sino que darían algun producto, aun cuando no fuese más que para sostenerse y guardarse. Los álamos y mimbreras en profusión hubieran evitado también la desaparición del murallón de San Julián y las grandes pérdidas sufridas por algunos propietarios. Mucho podía hacerse aún, pero no vemos ni remota esperanza de que se realice, y tal vez algún día lloremos nuevas e irreparables pérdidas, cuando las aguas del Guadalquivir invadan toda aquella zona.
De este barrio arranca, como hemos dicho, la carretera general para Sevilla, construida en el reinado de Carlos III.
La batalla de los Visos
Antes de llegar al puente que denominan Viejo, por ser anterior al arrecife y que deja paso al río Guadajoz, denominado vulgarmente Bajosillo, hay un sitio que todos conocemos por los Visos, porque desde él se divisa la ciudad, presentando una hermosa vista. Vésela recostada en la falda de Sierra Morena, salpicada de preciosas casetas, y por delante y semejando una ancha cinta de plata se ve correr el Guadalquivir, en el que reflejan de noche las brillantes luces que aún la hacen mucho más poética y hermosa. Este sitio, donde en más de una ocasión ha esperado el Ayuntamiento de Córdoba a los reyes que por ese lado han venido a visitar la antigua corte de los califas, nos hace recordar un hecho consignado en nuestras historia y harto funesto para los cordobeses.
Cuantos tienen conocimiento de la Historia de España saben las diferencias que surgieron entre el rey don Alfonso el Sabio y su hijo el infante don Sancho, después el cuarto, y la parte que la ciudad de Córdoba tomó a favor del segundo, a quien la mayoría del pueblo y la nobleza prestaban su más decidido apoyo. En favor de don Alfonso vino a España Jacob Abenjucef, quien le pidió mil caballeros escogidos para guerrear contra el rey de Granada que prestaba auxilios a don Sancho. Entonces fue designado don Fernando Pérez Ponce, uno de los más notables guerreros de su tiempo, poniendo a sus órdenes 600 combatientes, quienes después de combatir, como se les tenía prevenido, se disgustaron con Abenjucef, determinando separarse de sus huestes y volverse a Sevilla, residencia de don Alfonso el Sabio. A su regreso debían pasar cerca de Córdoba, y como esta ciudad estaba tan decidida a favor de don Sancho, quisieron, en mala hora, aprovechar esta ocasión de darle una prueba del mucho cariño que le profesaban, y al efecto determinaron salir a cortar el paso de don Fernando Pérez Ponce y la poca gente que mandaba.
Los escritores sevillanos ponderan el número de los cordobeses que salieron a este encuentro, haciéndolo subir a 10.000, cifra en extremo exagerada, pues no es posible que en este caso hubiera tenido tan mal éxito la empresa. La gente que salió de esta ciudad era mandada por don Sancho Martínez de Leiva, merino mayor de Castilla; Fernando Arias Messia, alcalde mayor; Fernando Núñez de Témez, alguacil mayor, y Fernando Enríquez Portocarrero. En los Visos, de que estábamos hablando, encontráronse al fin unos y otros, y aun cuando don Fernando Pérez Ponce quiso evitar la batalla, le fue de todo punto imposible, y trabose una de las más sangrientas que han tenido lugar por estos contornos, rivalizando ambas huestes en valor durante el mucho tiempo que unos y otros pelearon desesperadamente. Al fin los de Córdoba tuvieron que ceder por haber muerto su principal jefe Fernando Núñez de Témez, alguacil mayor, a quien sus contrarios cortaron la cabeza, llevándola con el pendón de esta ciudad a Sevilla, como trofeo de su victoria.
Mas no por esto quedaron tan bien parados los de don Fernando, toda vez que sucumbieron en tan sangrienta lucha don Rodrigo Estevan de Toledo, alcalde mayor de Sevilla, y Vasco Martínez Pimentel, merino mayor de Portugal, que había venido a Castilla a servir a don Alfonso con 250 caballos a su costa, y fue de los designados para el auxilio pedido por Abenjucef, encontrándose por lo tanto en esta acción, donde se entusiasmó de tal manera que se entró por el sitio en que había más enemigos, a cuyo esfuerzo sucumbió. Su cadáver fue llevado a Sevilla, sepultándolo en el convento de San Francisco, desde donde lo trasladó a Portugal su hijo Alfonso Vázquez Pimentel, que también se encontró en la batalla de los Visos.
Como hemos indicado, los escritores que han hablado de este hecho de armas, y particularmente don Diego Ortiz de Zúñiga, le dan grandísima importancia a favor de los sevillanos, y si bien no les negamos lo primero, no estamos conformes en cuanto a lo segundo, porque la mayor parte de los que venían con Pérez Ponce no eran de aquella ciudad, entre ellos los 250 portugueses y casi todos los demás pertenecientes a la mesnada del rey. Y hasta estamos inclinados a creer que entre ellos se hallarían muchos de los mismos cordobeses que, ya por el enlace de familias nobles o ya por ser fíeles a don Alfonso, se encontrarían agregados a su corte.
El arrojo de los de esta ciudad tuvo un doble mal éxito, tanto por el de la batalla como por no ser del agrado de don Sancho, quien después, cuando vino a Córdoba, dijo a sus principales amigos: "Qué bien habían merecido recibir aquel desengaño, por salir a pelear contra el pendón de su padre, contra el cual bien sabían que jamás él había peleado".
Don Fernando Pérez Ponce, de quien descendían los Cabreras y otras nobles líneas de Córdoba, era primo del rey don Alfonso y el vasallo y amigo más fiel durante la vida de aquel sabio monarca, de quien después fue testamentario. Sancho IV, lejos de guardarle rencor o antipatía, agradeció sus grandes servicios como prestados a él mismo, conservándole todas sus preeminencias y confiándole además el cargo de ayo de su hijo don Fernando, después el Emplazado, y el de adelantado mayor de la frontera, dándole otras muchas pruebas de su afectuoso cariño y visitándolo repetidas veces en su última enfermedad en Jerez, donde acompañó su cadáver hasta dejarlo sepultado en la iglesia del Salvador de aquella ciudad.
Don Diego Ortiz de Zúñiga, el comendador de Zorita y el padre Ruano aseguran que este ilustre personaje es a quien don Alfonso dedicó los versos cuya primera estrofa es la siguiente: "A tí Fernán Pérez Ponce el leal, / Cormano, y amigo, y firme vasallo, / lo que á mios omes de vista les callo, / entiendo decir, plañendo mi mal: / á ti que quitaste la tierra, é cabdal, / por las mias haciendas en Roma y allende, / mi péndola vuela, escochala dende: / ca grita doliente con fabla mortal".
Muertes ordenadas por un rey cruel
En el transcurso de nuestros paseos nos hemos ocupado detenidamente de la muerte que mandó hacer el rey don Pedro en varios caballeros cordobeses y la indignación que en todos ellos había producido tan infame e injustificado proceder. Ya saben nuestros lectores que en la plaza del Salvador fueron decapitados Pedro de Cabrera y Fernando Alfonso de Gahete, que en una noche hizo matar aquel cruel rey a dieciséis caballeros cordobeses, y por último, las órdenes que dio al maestre don Martín de Córdoba para la muerte de otros amigos y deudos suyos, con la demolición de sus casas, que se llevó a cabo en las de los Mesías, Hoces, Argotes y otros, no cumpliéndose la primera parte de la orden porque el maestre avisó a los sentenciados a morir, lo que le valió una gran persecución, que no logró entibiar su acrisolada lealtad, hasta que murió en Sevilla después de haber defendido en Carmona a las hijas de don Pedro.
En 1367 tornó don Enrique de Francia con poderosas fuerzas, y entrando en Castilla fue proclamado en Burgos como legítimo rey, declarándose a su favor toda la nobleza, y más decidida que toda, la de Córdoba, arrastrando al pueblo que, como ella, había presenciado y no olvidado los infames atropellos de que esta ciudad fuera víctima.
La batalla del Campo de la Verdad
La decidida actitud de los cordobeses provocó, como era de esperar, mucho más las iras de don Pedro, y temerosos de que intentase en ellos nuevos ysangrientos castigos, llamaron en su ayuda al maestre de Santiago, don Gonzalo Mecía, don Juan Alfonso de Guzmán, después primer conde de Niebla, don Álvaro Pérez de Guzmán, alguacil mayor de Sevilla, y don Pedro Ponce de León, que fugitivos se encontraban en Llerena con el maestre cordobés, amante de su patria, a la que no titubeó en socorrer, entrando en ella con 500 caballos dispuestos como todos los vecinos de la ciudad a morir primero que dejar a don Pedro entrar a ejercer nuevas crueldades.
Éste, a su vez, no perdonaba medio, por bajo que fuese, por saciar su coraje, y después de juntar 1.500 caballos y 6.000 infantes pidió más socorros al rey moro de Granada, prometiéndole el dominio de Córdoba, con cuya oferta vino él en persona con 7.000 caballos y 80.000 infantes, de los cuales 12.000 eran ballesteros.
Aun cuando todos los cordobeses, sin exclusión de edades ni sexos, contribuyeron, cada cual como pudo, a la defensa de la ciudad, es oportuno anotar quiénes fueron los caballeros que estuvieron a la cabeza de aquellos valientes, y a quienes nombran en el privilegio de franqueza que en premio a su valor concedió a Córdoba don Enrique, en Burgos, a 6 de noviembre de 1367. Éstos fueron don Alonso Fernández de Córdoba, señor de Montemayor; su primo don Gonzalo, señor de Cañete; Diego Fernández de Córdoba, señor de Chillón; Lope Gutiérrez de Córdoba, Martín Alonso, Diego Alfonso de Montemayor, Diego Gutiérrez de los Ríos, Alfonso Téllez de Saavedra, Garci Fernández de Córdoba, Gimeno de Góngora, Garci Méndez de Sotomayor, Garci López, Pedro López, Pedro González de Frías, Bartolomé de Bocanegra, Fernando Armijo de Sousa, Juan Sánchez de Frías, Pedro Alfonso de Rueda, Suero García de Sotomayor, Fernando Pérez de Harana y Juan Gutiérrez de Montoya.
Salió el rey don Pedro de Sevilla, y reuniéndose con el de Granada, llegaron a las cercanías de Córdoba, acampando sus ejércitos en los Visos, desde donde habían de intimar la rendición a los bravos defensores de esta ciudad, mas anticipándose éstos mandaron varios emisarios a conferenciar con don Pedro, haciéndole presente que si prometía entrar solamente con los cristianos que tenía a sus órdenes y respetar las vidas y haciendas de todos los cordobeses, franca tenía la entrada; pero que si no empeñaba su palabra resistirían cuanto su valor y sus fuerzas permitieran. Oída esta proposición prorrumpió don Pedro en desaforados gritos, insultando a los emisarios y diciéndoles que ni un acto de perdón habían de ver cuando, muy pronto, los hubiera vencido. Tal era la confianza que aquel cruel monarca tenía en su ejército, y tal el deseo de castigar horriblemente a los que habían abrazado la causa de su hermano don Enrique.
Apenas habían regresado los emisarios a la ciudad cuando un general árabe llamado Abenfulos, después rey de Marruecos, seguido de parte del ejército de Granada, sitió y ganó el castillo del puente o Calahorra, y pasando adelante hacia las murallas del barrio llamado Alcázar Viejo, les combatió tan reciamente que abrió en ellas seis portillos y puso sus pendones sobre las almenas. Entretanto oíase el plañidero son de todas las campanas, y las iglesias se veían llenas de sacerdotes, mujeres, niños y ancianos que, contristados, rogaban por el triunfo de sus defensores.
Un rasgo heroico de las damas cordobesas, a quienes siguieron gran parte de las demás del pueblo, contribuyó en gran manera al éxito de la defensa. Soltáronse los cabellos, vistieron humildes trajes, y saliendo por las calles suplicaban a todos los hombres que corrieran a morir a manos de los sitiadores antes de verlas entregadas con sus hijos en manos de los enemigos de su religión y su patria. Todos entonces encomendaron su dirección al adelantado mayor de la frontera don Alonso Fernández de Córdoba, de quien algunos por envidia u otras causas hicieron desconfiar, diciendo estar de acuerdo con don Pedro, a quien entregaría la ciudad.
Esta calumnia llegó hasta su madre doña Aldonza López de Haro, y dice la tradición que cuando pasaba armado por la hoy calle de Torrijos o Palacio le salió aquélla al encuentro diciéndole a grandes voces que se murmuraba su intento de entregarlos al rey, y que tuviese entendido que en el linaje de los Haros jamás hubo traidor alguno. Don Alonso se bajó del caballo, y después de besarle la mano con el mayor cariño, contestole: "Señora, al campo vamos y allí se verá la verdad". Otros afirman que doña Aldonza dijo: "Por la leche que mamaste de mis pechos, que no entregues la ciudad", y que habiendo ocurrido esta escena frente al postigo llamado de la Leche, le quedó entonces este nombre; pero el origen es otro, como en su lugar diremos, y por consiguiente carece de fundamento esta creencia.
Don Alonso siguió su marcha, y poniéndose al frente de todos los defensores de Córdoba acudió primero al Alcázar Viejo, de donde, ayudados hasta por las mujeres con picas y palos, arrojaron a los moros de las murallas, quitándoles sus pendones y arrollándolos hasta más allá del puente, quedando muchos tendidos en todo aquel largo trayecto, donde dicen que los piconeros de San Lorenzo con sus hoces y hachas cortaron a muchos las cabezas. Esta acometida fue tan recia que hasta logrose recuperar el castillo de la Calahorra que, como hemos dicho, habían ganado.
Ya en el puente volviose don Alonso a sus valerosos amigos y les dijo que desde allí se volvieran los que no quisieran seguirle, porque no les restaba más remedio que vencer o morir. Todos lo siguieron y él, para quitar toda esperanza, mandó volar dos arcos del puente, quedando incomunicados con la ciudad. Si grande había sido la lucha, mayor aún lo fue desde este momento, pues arremetiendo en el campo contra las huestes de los reyes aliados los llevaron acosados hasta gran distancia, causando en ellos grandísimos estragos.
Don Alonso y los suyos se volvieron a Córdoba, repasando el río hacia el murallón de San Julián por el vado que desde entonces se llama del Adalid. Cuenta la tradición que la noticia de tan horrible derrota llegó al rey moro cuando estaba cenando en una casita donde se hospedaba, y que al oír aquel relato exclamó en extremo conmovido: "¡Amarga cena me han dado!", de donde viene el nombre del cortijo que todos conocemos con este título, a dos kilómetros de distancia de esta ciudad.
Los sitiadores arrollados, pero no convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos, acamparon antes de llegar a los Visos, en tanto que los sitiados remediaron los daños causados en las murallas del Alcázar Viejo, reforzaron la defensa del puente y se entregaron a mil muestras de júbilo por la victoria alcanzada en aquel día. Al siguiente se presentaron los enemigos a vista de la ciudad, a la que no se atrevieron a atacar temerosos de un nuevo descalabro. Algunos días permanecieron amenazando a los cordobeses, hasta que, convencidos de su impotencia, marchose don Pedro a Sevilla, en tanto que el granadino se corrió hacia Jaén, cuya ciudad conquistó, haciendo grandísimos estragos en otras muchas comarcas.
Desde entonces el Campo de la Verdad lleva este título, recordando a Córdoba una de sus mayores glorias. El obispo don Andrés Pérez Navarro, en unión del Cabildo, concedieron a don Alonso Fernández de Córdoba el patronato de la capilla de San Pedro para su entierro y el de sus descendientes, y el pontífice en sus bulas le llamó el Restaurador de la cristiandad en España.
El doble de la cepa
Durante el fragor de la batalla las cuatro campanas mayores de la Catedral estuvieron tocando rogativa, y en el día siguiente y noche doblaron por los que tan gloriosamente murieron en ella. Entonces fue cuando el obispo Navarro ofreció que aquellas campanas, y particularmente la segunda, denominada hoy de la Cepa, doblaría también a todos los descendientes de los que con tanta decisión y acierto habían dirigido el triunfo de las armas cordobesas, oferta que el Cabildo eclesiástico confirmó en noviembre del mismo año, 1368, si bien los expresados descendientes habían de serlo por línea recta o de varón. Pero en 29 de diciembre de 1504 lo reformó, concediéndolo también para los descendientes por hembra.
El doble de cepa continúa recordando a los cordobeses la memorable batalla del Campo de la Verdad, y para obtenerlo se necesita que tres individuos con derecho reconocido lo pidan al señor deán de la Santa Iglesia Catedral, prestando juramento de que les consta ser el finado de los descendientes de aquellos valerosos hijos de Córdoba. Algunas familias, deseosas de que el expresado privilegio tenga más lucimiento, al par de obtener el permiso para el doble de cepa, hacen una exposición al señor provisor pidiendo que las demás iglesias acompañen con sus campanas a las de la Catedral; pero otros se contentan sólo con lo primero, cuyos derechos son de poca importancia.
Con el recuerdo de la batalla del Campo de la Verdad concluimos nuestro paseo por aquel barrio, restándonos sólo el de la Catedral. Mas, deseosos de que nuestros lectores conozcan la historia de algunos otros sitios dignos de mencionarse y que están repartidos por el término de Córdoba, haremos su historia.
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