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Paseo 10. Barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos

De Biblioteca de Córdoba

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Tabla de contenidos


Nos encontramos en los barrios unidos o refundidos en uno que lleva la expresada denominación; ésta da a entender que tuvo dos parroquias. Ambas fueron fundadas por Fernando III después de la conquista, la primera en lo que después fue convento de monjas del Espíritu Santo, calle del Liceo, esquina a la del Arco Real, y la segunda en la hoy casa número 5, plazuela de la Compañía, refundidas y trasladadas ambas a la iglesia del colegio de Santa Catalina, de jesuitas, que es la actual parroquia, en 18 de marzo de 1782 por disposición del obispo don Baltasar Yusta Navarro.

Dudosos hemos estado sobre el giro que habíamos de dar a nuestro relato. Pero al fin hemos resuelto ocuparnos de este edificio cuando lleguemos a las Escuelas Pías y hacer la historia de aquéllas hasta traerlas a su actual iglesia y describirla tal como en el día la encontramos. Esto nos parece lo más claro para la mejor inteligencia de nuestros lectores, y además por ser los edificios más antiguos.

Los árabes se apoderan de España

A la invasión de los árabes en España existían en Córdoba varios templos dedicados al culto divino, contándose entre ellos el que tenían los Caballeros de San Jorge, creyéndose por la generalidad de los autores que esta iglesia, conocida también por la de los Cautivos, era la que después de la conquista erigió San Fernando en parroquia del Salvador, si bien alguno que otro disiente y le aplica esta tradición histórica a la del exconvento de Santa Clara. Nos inclinamos a lo primero por su proximidad a la muralla, por su elevada posición y por un torreón que tenía adosado que demostraba gran antigüedad.

Desde la menor noticia que se tuvo de la invasión de los árabes en España parecía que los cristianos temían todos ser víctimas de aquellas implacables hordas. Las oraciones se multiplicaban, los templos estaban llenos día y noche, y todos apelaban a las súplicas y los sollozos; mas todo era en vano. Parecía como que la Providencia tenía decretado que España gimiese durante siglos bajo el yugo de las armas africanas, y aquel decreto había de cumplirse y se cumplió.

Muerto don Rodrigo, último rey godo, en la sangrienta cuanto famosa batalla del Guadalete, dispersos muchos de sus bravos aunque vencidos caudillos, vinieron a guarecerse en Córdoba y, alentando con su presencia a los que había dentro de sus muros, decidieron todos resistir el ataque de la ciudad, no entregándola sino a costa de sus vidas.

Sabido es que Taric dividió sus vencedoras huestes en tres grandes cuerpos de ejército, confiando el primero a Mugueiz el Rumí, a quien tocó venir a apoderarse de Córdoba. Acampó, en efecto, frente a la ciudad, río por medio, enviando a decir a sus moradores que se sometiesen a las condiciones que les imponía; sólo así evitarían el derramamiento de sangre, puesto que serían respetadas sus personas, con solo el pago de los tributos impuestos a otras ciudades. De otro modo serían víctimas de la saña y furor de las huestes vencedoras.

Mil muertes preferían los valientes cordobeses a vivir esclavos de los árabes, y la contestación fue negativa, aprestándose a su defensa. Mugueiz el Rumí sabía que ésta era inútil, tanto por la poca gente de pelea aquí encerrada y lo inseguro de sus murallas como por la confianza que le infundía la serie de victorias que sus armas habían alcanzado.

Aprovechando una noche, en extremo lluviosa y oscura, pasó Mugueiz el río a nado con mil hombres a caballo y otros tantos en las grupas, y sorprendiendo las puertas de la ciudad, mató a sus guardadores y penetró por las calles haciendo una horrible carnicería. Los Caballeros de San Jorge y otros muchos cristianos con sus esposas e hijos se guarecieron en su iglesia, donde, después de una heroica defensa, murieron todos sin poder resistir al ejército árabe, que bien pronto quedó dueño absoluto de la ciudad.

Nada se sabe de la suerte de este templo durante la dominación árabe, pero sí puede afirmarse que no siguió destinado al culto. Tal vez por su proximidad al muro serviría como una de tantas fortalezas, pues, como antes indicamos, la torre era de gran solidez y más bien una parte de un castillo que de un templo. Muy jóvenes aún, la vimos derribar, y por eso hablamos de ella con el suficiente conocimiento.

La parte foral de la capilla mayor de esta iglesia era en su construcción igual a las de Santa Marina y San Lorenzo, y aún tal vez más elevada, pues dejaba que por bajo pasase la calle que se llama del Arco Real, de la que más despacio trataremos. En sus últimos tiempos había sufrido esta iglesia grandes reformas, y sus puertas eran como de mediados del siglo XVIII. El interior había sufrido también las variaciones que todas las demás parroquias, y sólo llamaba la atención el presbiterio, por la gran escalinata que tenía delante.

No contando con gran número de noticias de esta iglesia como parroquia del Salvador, y sí como convento del Espíritu Santo, la dejamos por ahora para cuando en el segundo concepto tengamos que historiarla a nuestros lectores.


Santo Domingo de Silos, protector de Cautivos

Era muy válida entre los cristianos cordobeses la tradición religiosa de que Santo Domingo de Silos había sido el más decidido protector de los cautivos, y que en ocasión de salir Mohamad en busca de nuevas riquezas y esclavos a tierra de cristianos, vio una vez en el puente de Alcolea una extraña claridad que dejaba distinguir a un monje que se dirigía hacia Córdoba. Diole voces, preguntándole a dónde iba, y contestó que era Domingo de Silos, que venía a llevarse los 154 cautivos oprimidos en sus oscuros calabozos. El caudillo moro corrió a detenerlo y castigarlo, mas, con sorpresa, vio desaparecer aquella celestial visión, sin que ninguno pudiera explicarse el modo. Entonces no sólo se volvió a la ciudad, poniendo dobles guardias en sus fortalezas y dobles cadenas a los cautivos, sino que avisó para lo mismo a cuantos en su poder tenían preso algún cristiano.

Si grande fue su sorpresa al recibir el aviso, mayor aún fue su asombro a la mañana siguiente, viendo que, en efecto, desaparecieron los cautivos con sus cadenas y grillos, y que al formar la lista de ellos resultaron ser los 154 que precisó Santo Domingo de Silos.


La Parroquia de Santo Domingo de Silos

Las noticias que de este santo tenía Fernando III coincidían con las de los cristianos cordobeses, y todos decidieron dedicarle una de las catorce parroquias, fundación de aquel monarca al conquistar a Córdoba, tocándole esta suerte a la erigida en la hoy casa número 5, plazuela de la Compañía, con el gusto arquitectónico de aquella época, que después fue perdiendo en las diversas reedificaciones llevadas a cabo hasta su traslación a la actual iglesia.

Este edificio debió construirse sobre los restos de otro romano. Y decimos esto en vista de dos descubrimientos hechos últimamente al convertirlo en casa; el primero es un pozo encontrado dentro de uno de los enterramientos familiares que tenía la parroquia; el otro, un precioso mosaico de menudas piezas de diversos colores, pavimento de alguna lujosa estancia, dividido en cuatro cuadros, que representan las cuatro estaciones del año, con una ancha y bonita cenefa que los rodea; mosaico que aún puede examinarse gracias al celo del actual dueño de aquel edificio, don Antonio de Luque y Lubián, que cuidadosamente lo conserva bajo una bóveda que con este objeto le ha volteado.

El interior de esta iglesia constaba de tres naves de bastante elevación, con dos puertas muy semejantes a las de la Magdalena, San Miguel y otras parroquias. Su torre, que aún se ve sirviendo de mirador a la casa contigua, es de construcción del siglo XVIII o lo más de fines del XVII, tal vez del año 1660 en que reedificó aquel templo el obispo don Francisco Alarcón y Covarrubias, por cuya razón colocaron sus armas sobre la puerta que da al oriente. El retablo del altar mayor, que es el que en la actual parroquia tiene San Bartolomé, se hizo en 1682 a expensas del licenciado don Bernardo de Cabrera, beneficiado de esta parroquia y uno de los hombres más eruditos que ha tenido Córdoba. En la capilla mayor tenían enterramiento los señores Segovias y los marqueses del Villar, habiendo enterrado en ella al que fue asesinado en las callejas que tomaron su nombre, y de cuyo hecho nos ocuparemos más adelante.

La capilla de Nuestra Señora de la Concepción, una de las colaterales, fue fundada por el jurado de aquella collación Juan Pérez en 1397, según escritura de 8 de agosto. Era escribano mayor de la Ciudad, por lo que llamó a todos sus compañeros a formar parte de la cofradía instituida, a la vez, y para patronos, a sus descendientes, siendo éste el principió del ilustre Colegio de Escribanos, el cual tiene de patrono y protector a los duques de Rivas. Las reglas de esta corporación, escritas en pergamino, fueron trasladadas a otro en 27 de marzo de 1570, con algunas reformas que se le habían hecho en 1544, siendo obispo de Córdoba el señor don Leopoldo de Austria. La cofradía celebraba varias fiestas al año, todas solemnes, mas ninguna tanto como la de la Concepción, a que acudían todos los escribanos con su patrono, en cuya forma asistían también a la procesión del Corpus y otras a que eran invitados.

La Universidad de los beneficiados de las parroquias de Córdoba celebraba en esta iglesia varias memorias, tales como la fiesta de Santo Domingo de Silos, fundada por Diego de San Juan, beneficiado del Salvador y primo hermano del gran cardenal Francisco de Toledo; a otra fiesta que el cuarto domingo de Adviento se hacía a la Concepción, fundada por Juan Cordero de Aragón; otra fiesta en el domingo infraoctavo de la Asunción de la Virgen y otra a Todos los Santos, fundación ambas del jurado Diego Rodríguez; otras tres fiestas de la Circuncisión, Concepción y San José, además de cuatro misas rezadas de réquiem, dotadas por Bartolomé López de Gámez y Paje, que murió en 1652 y enterraron en la capilla mayor, donde lo fue después su hijo, el licenciado Bernardo de Cabrera de Paje y Gámez, beneficiado de aquella parroquia y ministro del Santo Oficio, quien costeó el retablo y varias piezas de plata para el servicio de aquella iglesia.

Murió este insigne cordobés a las cuatro y media de la tarde del día 8 de febrero de 1676, habiendo merecido particular predilección de todos sus contemporáneos, especialmente de los escritores Pedro Díaz de Rivas y el canónigo Alderete. Dejó una magnífica Librería y una gran colección de antigüedades, cuyo destino ignoramos. En el lugar que fue sepultado él y sus padres, se leía la siguiente inscripción: Aquí yace Dª Juana de Heredia, mujer de Bartolomé López de Paje y Gámez: murió año 1629. Y por bajo otra en latín, cuya traducción libre es la siguiente: Bernardo Gómez, español y de la Casa de Córdoba, habiendo deseado grandes dones de Dios, y alcanzado muy grandes bienes en verdad, y aun esperando lograrlos mayores que antes, por la bondad y ayuda que hubo debido al muy bienaventurado Santo Domingo; en la mejor manera que le fue posible, ha cuidado de labrar, erigir y consagrar este altar, y el alto signo que lo corona, con sus ornatos, y demás que desde su planta inferior hasta la cima se contempla; pagándolo gustosísimo a su costa, por culto al nombre de tan benemérito y laudable varón, y con el deseo de atestiguar y difundir su propio reconocimiento.


Cofradías, fundaciones y Alhajas

Al reunirse las dos parroquias existían dos cofradías del Santísimo Sacramento. Suprimiose la del Salvador y quedó la de Santo Domingo de Silos, a que se agregó la de San Bartolomé, instituida en un hospital de su advocación que estaba en la hoy casa número 26 de la calle de los Letrados, de que en su lugar nos ocuparemos.

Esta hermandad cumplía doce fiestas, una cada mes, fundación de don Francisco de las Infantas y Aguayo, caballero de la orden de Calatrava y veinticuatro de Córdoba, fecha 9 de diciembre de 1635. Este señor fundó también el hospital de Convalecientes, que en su lugar historiaremos.

Otras fundaciones dignas de mención existían en esta parroquia, siendo las más notables las que fundaron Fernando del Castillo, para vestir pobres en Pascuas de Navidad, casamiento de huérfanas parientes, limosnas a los presos y misas; un depósito de cien fanegas de trigo, hecho por don Luis de las Infantas para repartir pan a los pobres de esta feligresía cuando la escasez lo hiciera necesario, y la obra pía del licenciado Felipe Pareja, para limosnas a los pobres de su linaje.

En la pila de esta iglesia recibieron el sacramento del bautismo dos hombres notables, el cronista de Felipe II Ambrosio de Morales, que nació en la calle que hoy lleva su nombre, y el señor don fray Juan de Almoguera, trinitario calzado, obispo de Arequipa y arzobispo de Lima, donde murió en el día 2 de marzo de 1676.

Entre las alhajas propiedad de esta parroquia llamaba la atención un arca de plata para guardar y custodiar el Sacramento, con peso de 232 onzas, primorosamente labrada, donación de la señora doña Leonor Galindo de Henestrosa, mujer del expresado don Francisco de las Infantas, previniendo que si se prestaba o distraía de su objeto pasase a ser propia de los jesuitas.


El cementerio parroquial

Delante de esta iglesia, formando ángulo hacia la calle del Reloj, estaba el cementerio general de aquellos vecinos, y antes de entrar por la puerta septentrional se veía una losa de mármol cárdeno, en que se leía el siguiente epitafio: Joane Baptista vocor cognomento de Valles anno Domini 1588. Dice la nota de donde lo hemos tomado: "Juan Bautista de Valles está aquí enterrado por ser hoyado de todos; fué hombre humilde, raro exótico y buen poeta, como se lo refirió el Licenciado Pedro Díaz de Rivas al Beneficiado D. Bernardo de Cabrera; fué paradoxo y no supo si fué eclesiástico ó seglar".

Otra nota referente al archivo de esta iglesia ha causado nuestra curiosidad; dice que "existía en él una escritura en pergamino, en que constaba que Juan de Orduña, Receptor de la Reina Dª Juana, de los bienes pertenecientes á la Real Cámara y Fisco, en virtud de poder de dicha señora, que se insertaba, vendió en almoneda pública unas casas, tocante á dicho fisco, que fueron de Pero Fernández, Escribano público, condenado y quemado en vida por el delito de la herejía, á Antón Ramírez de Valenzuela, vecino de Baena, en veintisiete mil maravedises, cuyas casas eran en la collación de Santo Domingo de Silos, en la calleja del Reloj, linde con casas de Alonso de Sanllorente, platero, y otras de la mujer de García Castril, difunto; esta escritura está otorgada en Córdoba á 17 de febrero de 1505, ante Diego de Barrionuevo, Escribano de los Secuestros de la Santa Inquisición". Por este documento y por una nota parecida que hay en el archivo del Ayuntamiento vemos que un escribano que vivió en la calle del Reloj fue quemado; nuestras averiguaciones no han podido aclarar más esta curiosa noticia.


La iglesia de los Jesuitas convertida en Parroquia

Cuando la expulsión de los jesuitas quedó su colegio de Santa Catalina sin ningún objeto, pensándose primero en establecer el hospicio, entonces en proyecto, como ya saben nuestros lectores, y poniéndolo después en venta, la que se realizó con fortuna, por haberlo dedicado su comprador a la creación de las Escuelas Pías, que tanto bien reportaron y aún reportan a la juventud escasa de recursos para adquirirse los primeros conocimientos.

Era entonces obispo de Córdoba don Baltasar Yusta Navarro, quien temía que aquella hermosa iglesia se demoliese o dedicara a otros usos; y no pudiendo evitar esto último, prefirió salvarla a costa de la de Santo Domingo de Silos, inferior en capacidad y mérito artístico. Al efecto, incoó un expediente, y después de muchas recomendaciones, logró su pensamiento, trasladando el Sacramento en la tarde del día 16 de diciembre de 1782, en una solemnísima procesión, a cargo de la Universidad de los beneficiados de las iglesias parroquiales, quienes, para memoria de este acto, extendieron un acta en sus libros de cabildos, en la que se describe aquélla de una manera minuciosa, razón que tenemos para insertarla íntegra, con la idea de dar a conocer mejor este suceso que tanto llamó la atención de los cordobeses. Dice así:


Documento que narra la solemne procesión de la Unión Parroquial

Procesión solemne de traslación del Santísimo Sacramento por el Cabildo de Universidad, en la unión de las dos Parroquias del Salvador y Santo Domingo de Silos, con las Santas Cruces Parroquiales, la Congregación, Cofradías del Santísimo y Religiosos de todos los Conventos.

En la ciudad de Córdoba, día diez y seis de Diciembre de mil setecientos ochenta y dos años, por la tarde ocurrió á este Cabildo de Sres. Prior y Beneficiados de la Universidad la ocupacion de celebrar la funcion solemne procesional, que se dirá, con el modo y circunstancias siguientes:

Es de saber, que por fundamentos, motivos, y razones tratadas en el espacio de trece ó catorce años entre el Supremo Consejo, y los Ilmos. Sres. Obispos de esta ciudad, por Real órden se mandó, que de las dos parroquias del Salvador, y de Santo Domingo de Silos de la misma ciudad, unida la una con la otra quedaran perpetuamente en una sola, bajo la Real proteccion, y la jurisdiccion ordinaria, con título del Salvador y Santo Domingo de Silos, destinando su situacion en la iglesia que fué de los religiosos estrañados de la Compañía de Jesus, dedicada á Santa Catalina, virgen y mártir, formando pared divisoria de cerramiento entre el templo y resto del colegio, en que se constituyó y adornó una muy decente parroquia por la devoción del Ilmo. Prelado el Sr. D. Baltasar de Yusta Navarro, Obispo á la sazón de esta dicha ciudad; cuya operacion concluida perfectamente en el corriente año, y queriendo el piadoso ánimo de S. I. trasladar personalmente el Santísimo Sacramento con la mayor solemnidad, y devota superior asistencia, que fuera dable; señalando para ello este mismo citado dia á las cuatro de la tarde, indispuesto con los efectos de la rigorosa estacion, por no dar mayores dilaciones á este su deseado acto, ni esponer á riesgo su salud, fué de su parecer, y agrado, que comunicó por medio de sus confidentes, que respecto á ser la presente funcion parroquial, á que las restantes de la ciudad, sus Cruces y Ministros debian concurrir, la tomase á su cargo este Cabildo, asistiendo todos sus individuos, como lo tienen de uso y costumbre en semejantes ocasiones: lo que noticiado á nuestro Prior, y pasado por su medio el aviso á este Cabildo, pasó con su gustoso beneplácito á ofrecerse á la obediencia de S. I. para que le mandara cuanto en el asunto pudiera este Cabildo hacer, y en su virtud manifestando particular complacencia, le dió su órden y bendicion, para que pasando recado á todas las parroquias, asistieran con las Santas Cruces en el modo que lo practica dicha Universidad: lo que dispuesto por el referido Prior, y hecho á el medio dia en todas el tañido de campanas acostumbrado en tales concurrencias para la asistencia de las Santas Cruces, estuvieron en efecto todas juntas en la iglesia de Santo Domingo de Silos á dicha hora señalada, como tambien todos los individuos de nuestra comunidad que pudieron asistir.

Como corrió la voz del deseo de S. I. que esta funcion tuviera el mayor lucimiento, el Abad de la Congregacion se lo ofreció á S. I. para asistir con sus individuos en el modo que lo estilan con sus sobrepellices y estolas, en los convites que les hacen. Aceptado por S. I. mandó, que las cofradías parroquiales del Santísimo Sacramento de la ciudad concurrieran con el número de cirios que cada cual pudiese, para que el Clero y seculares concurrentes los llevasen encendidos: tambien pasó S. I. recado á todos los Prelados Regulares, le hiciesen el gusto de destinar seis religiosos de cada convento que asistieran de convite á la procesion; cuya estacion fue dirigida desde la dicha iglesia de Santo Domingo por la calle de los Letrados á el convento de religiosas del Espiritu Santo, calle de las Nieves, la de la Plata, plaza de las Tendillas, calle de Jesus Maria hasta dar vista por la calle del Moro al nuevo colegio de Santa Victoria frente á la nueva parroquia, donde terminó la procesion, que llevó el siguiente órden:

Primeramente iban delante varios cofrades de las hermandades del Santísimo Sacramento con sus estandartes, á quienes seguía el pendon, llevado por el Caballero Conde de Torres-Cabrera, acompañándole toda la nobleza convidada por el Rector y Beneficiados de la referida parroquia, continuando en su seguimiento gran número de sujetos distinguidos, y después los religiosos convidados interpolados de todas las Religiones, todos con cirios de las reconvenidas cofradías inmediatas á dichos Regulares, se seguían todas las Santas Cruces parroquiales, y á ellas toda la Congregacion de clérigos de San Pedro, llevando en el centro de dicha comunidad el estandarte del Santísimo Sacramento que se acostumbra en sus procesiones de la Catedral y demás iglesias, por uno de los sacerdotes con sobrepelliz y estola (siempre que lo hay, como despues se anotará) y despues de dicha congregacion seguía nuestro Cabildo de Universidad, cuyo Sr. Prior (bajo el palio conducido por sacerdotes con sobrepelliz) llevaba en sus manos la custodia del Santísimo Sacramento acompañado de Diácono y Subdiácono, de nuestro Cabildo, revestidos todos tres con ricos ornamentos blancos, de un decente completo terno que S. I. se sirvió regalar á la nueva parroquia, precediendo al palio dos sacerdotes con incensarios, y algo mas adelante la capilla de música de la Catedral, cerrando últimamente la procesion el Corregidor, y Alcaldes mayores con sus Escribanos, y de retaguardia un piquete de tropa.

En cuyos términos salió la procesion de la dicha parroquia entre cuatro y cinco de la tarde, vía recta por la estacion referida, sin otra mansion que la que se hizo en la iglesia del Espíritu Santo, donde la música rompió una cantata: entró la procesión en la nueva parroquia, que se hallaba toda alumbrada hasta las verjas del coro alto, en cuyo altar mayor puesto é inciensado el Sacramento, el Sr. Prior entonó el Te-Deum que prosiguió la música, y acabado cantó el Tantum ergo, y mientras tanto inciensado de nuevo el Santísimo y cantada la oración Deus qui nobis sub Sacramento principió dicha música el Admirable, y mientras la canción, tomando el Sr. Prior la Custodia, echó con ella la bendición á los concurrentes, que aun tenían encendidos los cirios; y vuelto al plan del altar, abriendo el Diácono el Sagrario se colocó en él el Santísimo dejado en su misma Custodia; y cerrado se finalizó esta funcion, á todo lo cual fui presente yo infrascripto Secretario de este Cabildo de Universidad, por quien se me dió órden de escribirlo en este libro de nuestros acuerdos, dando fée de todo ello para que conste en lo subsesivo, firmándolo con el Sr. Prior, como abajo aparecerán nuestras firmas.

NOTA. Ahora es de prevenir, para lo que pueda resultar en adelante, que al mismo tiempo de irse á formar la referida procesion, estando todos nuestros individuos con otros muchos eclesiásticos y seglares (y no sabemos, si por casualidad, también presente el Sr. Don Diego Carrasquilla y Góngora, Canónigo de la Santa Iglesia, Provisor y Vicario general interino con el Notario mayor D. José Vicente Gutiérrez) dentro de la sacristía de la dicha iglesia de Santo Domingo de Silos, entró en ella, ya con su sobrepelliz y estola D. Eulogio González, Abad de la Congregación, preguntando por el sitio que en la procesión habían de llevar sus congregados (como si esto lo ignorara) y respondido que inmediatos delante de la Universidad contiguos á las Santas Cruces (por no asistir allí mas clerecía, que dicha Congregacion, y la Universidad que fuesen formando procesion) dio á entender dicho Abad (cuyo estandarte negro y único que usan en los entierros vá delante de la cruz parroquial) si el estandarte de la cofradía del Santísimo arriba mencionado, se pondría inmediato después de las Santas Cruces, y si seguiría su Congregacion; á lo que conviniendo en ello el Sr. Provisor, se le dijo que el dicho estandarte no era de congregacion, ni su sitio el inmediato á las Santas Cruces, sino en el comedio, ó centro de la Congregacion y Universidad, como en la procesión del Corpus vá, (según costumbre de las iglesias de esta ciudad, pues no consta tal estandarte en los ceremoniales) como arriba se refiere: entendidos todos los presentes con dicho Sr. Provisor y Notario en esta disposición, se prosiguió formando la procesion, y los que llevaban dicho estandarte con sus borlas (de industria ó malicia presuntuosa) se adelantaron, y pusieron contiguos detrás de dichas Santas Cruces (segun supimos despues, pues con el grandísimo concurso de personas en todas las calles, y el mucho trecho que distaba del sitio de nuestra Universidad, no era posible su vista ó descubrimiento) y presumiéndonos que acaso esto sobredicho, lo ordenó dicho Abad con ánimo de tomarlo por testimonio discurriendo adquirir en ello algun derecho y acto de posesion opuesto al parroquial, debajo de cuya cruz deben ir sin insignia suya (que como es notorio en los entierros la lleva delante de dicha cruz parroquial) se acordó por dicha Universidad, que se escribiera aquí con toda especificacion, para que si en adelante resultare testimonio ó pretension que acredite el recelo que ofrece el caso practicado, se rebata, y contradiga enteramente, y no se permitan sus intentos: sobre que puede registrarse nuestro archivo, por si en él concurrieran papeles que hablen sobre este particular, y anotarlo al márgen de esta relacion: que de ser toda verdadera, doy fée y en su virtud lo firmé con dicho Sr. Prior D. Juan Pastor, uno y otro Beneficiados propios de esta nueva parroquia. Juan López Pastor. José de los Cobos y Diaz, Secretario.


Acta de la Unión Parroquial

En el libro primero de bautismos, que se empezó ya reunidas las parroquias, se estampó un acta en que se consignaron todos los pasos que se dieron a este fin y el modo y forma de realizarlo.

Concuerda en un todo con la ya inserta en cuanto a la procesión, y respecto a lo demás nos hace ver la justicia con que se procedió, manteniendo a todos los dependientes de aquéllos en sus puestos hasta irle dando colocación en las vacantes que ocurrían; entonces era cuando se suprimían las plazas dobles.

También se cuidó de respetar las hermandades y cofradías, derechos de enterramientos u otro de cualquier clase que fuere; se reconoció el Patronato Real en la nueva iglesia, conforme a la orden que vino, y se hizo poner el escudo de armas que aún existe sobre la puerta principal; se refundieron en una las dos fábricas y las sacramentales, y se hizo, en fin, todo aquello que tendiese a dejar una sola parroquia con una sola feligresía.

Descripción de la Iglesia

La actual iglesia consta de una hermosa nave con crucero, y en éste cúpula esférica y linterna; la primera forma recuadros, y en ellos conocimos pinturas al fresco, tan deterioradas, que en su última reedificación, 1853, las borraron del todo. En los arranques se ven cuatro grandes estatuas doradas que representan los evangelistas. Es esta obra de órden dórico, fabricada con sujeción a los planos formados por el hermano Matías Alonso, de la Compañía de Jesús, para quien fue edificada, a expensas del deán de la Santa Iglesia Catedral don Juan Fernández de Córdoba, de quien nos hemos de ocupar detenidamente.

El primitivo retablo del altar mayor guardaba armonía con lo demás del templo, ostentándose en él varios cuadros de Pablo de Céspedes y una gran tabla del Divino Morales. Mas en 1723, época del mal gusto en las artes, lo quitaron para colocar el que hoy vemos de hojarasca, construido por don Teodoro Sánchez de Rueda, quien no llegó a dorarlo. Los cuadros fueron colocados en las paredes de la iglesia, y cuando la expulsión de los jesuitas los reclamó la Real Academia de San Fernando, en cuyo edificio, en Madrid, los hemos visto.

Para el nuevo retablo labró el notable artista don Pedro Duque Cornejo cinco esculturas, representando a San José, Santa Bárbara, Santa Catalina, San Joaquín y Santa Ana. En la actualidad están estas dos últimas, el Salvador, Santa Catalina y Santo Domingo de Silos, por haber sido indispensable darle lugar a los dos titulares de la parroquia.


Altares y Capillas

Tiene altares colaterales con retablos dorados de mal gusto, como casi todos los que hay en esta iglesia. En el de la epístola se da culto a una pequeña escultura de San José. En el del evangelio, que es privilegiado, hay una virgencita del Pilar, chapada de plata sobredorada, a la que en otros tiempos han tenido los cordobeses gran devoción.

Se tiene por aparecida, afirmándose que la encontraron sobre un pilar en una viña de la sierra, propia de los frailes de San Pablo, quienes, ayudados por los muchos devotos que se asociaron, le hicieron ermita y formaron cofradía, que radicaba en la parroquia del Salvador. Durante muchos años se veneró en su iglesia, a donde se celebraban romerías numerosas a semejanza de la que todos los años hay a San Álvaro; mas, extinguida la hermandad y amortiguado aquel fervor religioso, la ermita amenazó ruina, y no contándose con medios para su reedificación se trajo a esta parroquia la imagen, que sólo vino antes mientras se le hacía su iglesia o cuando la traían en procesión de rogativa por falta de lluvias u otras circunstancias aflictivas.

Al lado encontramos una esbelta y correcta portada, igual al altar de San Francisco Javier, que enfrente hace juego con ella. Antes era la entrada al claustro del colegio de los Jesuítas; a su expulsión la tabicaron, permaneciendo así hasta que en el primer tercio de este siglo el señor Tejada, rector de esta parroquia, la abrió para hacer la actual capilla del Sagrario.

Éste tiene por retablo el que estuvo de altar mayor del convento de San Martín, y se venera en él a Nuestra Señora de los Dolores, imagen de vestir a que se da bastante culto. Otros dos altares encontramos en este sitio; uno dedicado a las Ánimas y el otro en que los escribanos pusieron el Santo Sepulcro cuando lo mudaron del convento del Carmen, donde anteriormente lo tuvieron. Ahora vemos allí la Purísima perteneciente a los mismos, y a que daban culto en Santo Domingo de Silos. También está allí depositada una preciosa urna, obra de don Rafael Juliá Vilaplana, que sirve en el Santo Entierro.

Entre el crucero y la puerta encontramos el altar de San Bartolomé -cuya escultura fue la titular del hospital que hubo en la calle de Letrados- y el retablo, el mayor de la [parroquia de Santo Domingo de Silos. Otro altar con una Virgen de vestir, a que dan el título de Nuestra Señora del Patrocinio, ha tenido cofradía.

Y por último, la capilla del Bautismo, donde lo recibió el infortunado general don Diego León, primer conde de Belascoain. Hay en este punto un altar con San Juan bautizando a Jesús, copia de otro de gran mérito que desapareció hace tiempo, y por bajo vemos un Ecce Homo, en cobre, trasladado a este lugar en 1841, al derribarse el arco que había debajo de la capilla mayor de la parroquia del Salvador, y del que nos volveremos a ocupar en aquel sitio, por la celebridad que adquirió en una época bastante triste para los liberales de Córdoba.

En el lado de la epístola hay otros tres altares, uno de mármol y madera, igual a la portada del sagrario; en él se venera a San Francisco Javier. Antes debió tener este altar o el de San José otras imágenes, cuando aún conserva la puerta contigua el título de los San Juanes, de donde lo tomó también parte de la calle del Paraíso, y lo tiene todavía una calleja o barrera que en ella existe. Dicho altar de San Francisco Javier tiene otra porción de santos en medios cuerpos con concavidades en el pecho, que sirven de relicarios.

Cerca del púlpito hay otro valioso retablo, de pésimo gusto, formado de diferentes y preciosos mármoles. Venérase en él a Nuestra Señora del Socorro, obra del escultor Mora, y tiene alrededor otras cuatro esculturas, que representan a San Miguel, San Gabriel, San Rafael y el Santo Ángel de la Guarda.

Por último, cerca de la puerta hay otro retablo, propiedad del Colegio de Escribanos, procedente también de Santo Domingo de Silos, en que estaba la Concepción, sustituida en la actualidad con Jesús muerto y la Virgen de los Dolores, variación que ha venido a anular lo dispuesto por el jurado Juan Pérez, fundador de esta hermandad, la que ha debido guardar más respeto a la memoria de quien le dejó los bienes que aún posee.


La sacristía y otras dependencias

La sacristía de esta iglesia guarda armonía con ella en sus dimensiones, siendo una de las mejores de Córdoba. En sus muros se ven varios cuadros con asuntos de la vida de San Ignacio de Loyola y otros santos de la orden. En uno de los testeros, un altar con Santo Domingo de Silos, y en sus lados, correspondiendo con el otro extremo, cuatro repisones en que se ven las imágenes de San Francisco Javier, San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka. El centro lo ocupa una magnífica y colosal mesa de mármol de Cabra, que llama la atención por su longitud y pulimento, y alrededor hay buenas cajoneras para las ropas y demás objetos del culto.

Todo este edificio es muy sólido, demostrando el mucho dinero con que se contaba al levantarlo de cimientos. Entre otras cosas nos ha llamado la atención la escalera de la torre por su esmerada ejecución; es una espiral cuyos escalones entran a formar parte de la columna del centro, igual a otra que hay en la Cárcel para subir a una de sus torres.

En la de esta parroquia tiene la Ciudad su reloj desde 1586, que lo trasladó a este punto desde una torrecilla que estaba a la salida de la calle del Reloj, y donde por su corta elevación servía de juego a los chicos, que continuamente tiraban piedras a las campanas.

Delante de la puerta principal de esta parroquia hay un sitio elevado a su altura, con dos rampas encontradas y antepecho de mármol negro del país. Es posterior a lo demás de aquel edificio, toda vez que en uno de los capitulares que se conservan en el Archivo municipal hemos visto que la Ciudad concedió permiso para hacerlo a fines del siglo XVIII.

Los libros parroquiales del Salvador principian: los de bautismos en 1550, los de matrimonios en 1568 y los de defunciones en 1639, y los de Santo Domingo de Silos en 1552, 1610 y 1635, respectivamente. La primera tenía cuatro beneficios, un préstamo, una prestamera y una rectoría; la segunda, dos beneficios, una rectoría, un préstamo y una prestamera, estos dos últimos cargos de nombramiento del Cabildo eclesiástico. En la actualidad sólo tiene un rector, un coadjutor y los dependientes necesarios.

Descrita la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, como en la actualidad la encontramos, y habiéndonos ocupado del edificio que anteriormente tenía la segunda, seguiremos su historia hasta nuestros días, ya que vamos a seguir nuestra excursión por todo el barrio.


La tertulia patriótica liberal

Proclamada en 1820 la Constitución de 1812 se formaron en varias localidades tertulias patrióticas, a que los liberales acudían a leer los periódicos de su comunión política y a oír los discursos que sobre artículos de aquel código, o sobre otros asuntos históricos, pronunciaban algunos de los socios. Córdoba no resistió mucho tiempo a establecer aquellos entonces modernos centros de reunión, y bien pronto se juntaron varios amigos, estableciendo la Tertulia Patriótica en la casa número 6, calle Ambrosio de Morales, hoy de la propiedad y morada del conocido letrado don Rafael Barroso y Lora, y a la sazón café público, cuyo dueño era conocido por Pepón, quien poco después pagó con su vida su apego a las ideas liberales.

A poco se trasladó la tertulia a los claustros bajos del convento de San Pablo, donde estuvo una corta temporada, pasando a las casas del conde de Gavia, en el barrio de Santiago, al Teatro, y, por último, al local que había sido parroquia en la plazuela de la Compañía, preparándolo al efecto con gradería en las naves laterales, escaños en el centro para los asociados y las señoras, y en el expresbiterio la plataforma en que se colocaba la presidencia, con una tribuna al lado para los oradores. En los muros se leían, escritos con letras grandes, algunos artículos de la Constitución puestos con la doble idea de darlos más a conocer y decorar el salón de la tertulia. Aquí fue donde tuvo más vida, pues duró hasta fin del sistema constitucional a mediados de 1823, en que concluyó de repente.

Los liberales invitaron a formar parte de la sociedad a todas las personas ilustradas, con particularidad a los oradores. Por consiguiente, lo hicieron hasta a las comunidades religiosas, acudiendo unos por simpatías y los más, temerosos de pasar por tibios amigos, si no como desafectos a las nuevas instituciones, dibujándose desde luego dos tendencias dentro del constitucionalismo en que comuneros y masones se hacían guerra más o menos embozada. A los menos decididos o más moderados les decían "los Pasteleros".


Participantes en las reuniones

Entre los primeros socios se contaban el mariscal de campo señor Martínez, gobernador militar que era de esta provincia; el penitenciario don Manuel María de Arjona, que murió a poco de su instalación en Madrid; el intendente don Antonio Alcalá Galiano y su hijo que, como orador, llegó a alcanzar una fama europea; don Mariano Fuentes y Cruz, sujeto en extremo ilustrado; don José Cabezas, víctima de sus ideas liberales cuando la venida de Gómez, que se lo llevó prisionero; don Miguel Cabezas y Barcia; don José Luis de los Heros y Candil, músico notable que llegó a ser canónigo de la Catedral; don Cayetano Lanuza; el padre fray Eulogio Rodríguez, dominico; don Lorenzo Basabrú; don José López Zapata; don Melchor Pardo, administrador de loterías; don Francisco Golmayo, después magistral; don Juan Olivares, beneficiado y después rector de la Magdalena; don Mariano Esquivel, capellán del cementerio de la Salud y últimamente catedrático del Instituto Provincial; don José López Pedrajas, con posterioridad diputado en varias legislaturas; don Antonio Maraver, médico y padre del escritor don Luis; don Cirilo Sánchez, también médico y en sus últimos años bibliotecario provincial; don Francisco del Bastardo Cisneros, que ya hemos dicho murió en la Puerta del Puente; los señores Morales Santisteban, Vasconi, Esparza, Balmaseda, Linares, Naranjo, González, Neuclari, Alvear, Bernabeu, el padre Sousa y otros varios, cuyos nombres o apellidos no hemos encontrado.

Ya hemos dicho que en los asientos del centro asistían varias señoras, entre las que había algunas más constantes, como las hermanas del señor Heros y doña Carmen Veger, esposa de don Cirilo Sánchez, la que por su estatura elevada y voz enfática llamó una noche la atención con motivo de estarse haciendo una suscripción para proveer de ropas a las tropas liberales; pidió la palabra únicamente para decir que se haría cargo de la costura de cierto número de camisas. En esto se apoyaron después los realistas, diciendo que había pronunciado un discurso, haciéndola blanco de sus odios, hasta el punto de dispararle un tiro estando sentada en su ventana, sin que aquéllos lograran más que darle el susto consiguiente.

Principiaban las reuniones dando a conocer algún artículo del periódico El Universal, que el señor Esparza leía con sonora entonación, y después seguían los discursos, durando de media a una hora. Todos principiaban con la invocación de "ciudadanos", y después seguían, bien explicando algún artículo de la Constitución o bien sobre algún asunto histórico o científico, y concluían con vivas a dicha Constitución, la patria, Riego u otro objeto a la sazón en auge. También se empeñaban algunos debates, en que solía mediar el médico don Antonio Maraver, cautivando la atención por sus chistes y jovialidad.

Algunas noches se leyeron también poesías patrióticas que, como muchos de los oradores, alcanzaban nutridos aplausos. Contábanse entre éstos los Alcalá Galiano, padre e hijo, que arrebataban, celebrándose mucho por los inteligentes los discursos del padre Muñoz Capilla y del penitenciario señor Cascallana, que murió siendo obispo de Málaga.

El prebendado don Manuel Jiménez Hoyo expuso en una ocasión la tesis de la Soberanía nacional con bastante doctrina, pero no de concierto con la manera más general de entenderse por entonces. Los que más llevaban el peso de la discusión fueron el señor Meléndez, canónigo de San Hipólito, los Alcalá Galiano, Heros, Esquivel, Bernabeu, Golmayo, Olivares, Maraver y el padre Eulogio Rodríguez.

También hicieron uso de la palabra en diferentes ocasiones don José Garrido, magistral de la Catedral, don Mariano García, doctoral de San Hipólito, don Juan de Dios Hidalgo, rector de San Pelagio, don Gabriel Girón, catedrático en el mismo seminario, y los señores Henao, Pozo y Tejada, rectores de San Andrés, San Pedro y el Salvador.

A los que conocemos la localidad y sus moradores nos disuenan algunos de los apellidos citados, tratándose de la Tertulia Patriótica. Pero como antes indicamos fueron invitados muchos y casi todos acudieron, por más que no les fuese grata la idea. De aquí el que los eclesiásticos, como más acostumbrados a hablar en público, compusieran la mayoría de los oradores.


La plazuela y el Triunfo a San Rafael


Entre los dos edificios últimamente historiados existe una plazuela que primero se llamó de Santo Domingo de Silos, distinguiéndose una parte por el Cementerio, y después de la Compañía, a causa de haberse construido el ya citado colegio de Santa Catalina.

En 20 de septiembre de 1868 se inició en este sitio la revolución, que no creemos prudente detallar por lo reciente, y entonces le variaron el nombre por el de plaza del Veinte de Septiembre, consignándolo en un letrero que en 1875 le han quitado, volviendo a tomar el título de la Compañía.

En el centro de esta plazuela se eleva uno de los muchos monumentos erigidos al arcángel y custodio de Córdoba San Rafael, de los cuales existen aún varios en distintos puntos de la población.

Consta de una grada en que se eleva un pedestal cuadrilátero de mármol negro, con recuadros dorados con inscripciones latinas; sobre él se elevan cuatro esbeltas columnas blancas, sosteniendo el cimacio con una nube en que descansa la dorada imagen de San Rafael. Esta escultura es del poco conocido artista Juan Jiménez, y el todo de la obra, que guardan cuatro verjas con columnas en los ángulos, sosteniendo faroles, la ejecutó el cantero Alonso Pérez, costeado todo con las limosnas que reunió el venerable padre Juan de Santiago, de la Compañía de Jesús, y a quien daremos más a conocer al tratar de la misma.

De las inscripciones sólo copiamos la primera, que es la siguiente: D. O. M. / Archangelo. Cordubae in tutelan constituto / Protomedico cujus potenti. medicina / Cordubae. praestat, pastiti, pratabitque / deniceps, incolumis / jurato. Cordubae custodi. Santissimo / principi. Raphaeli / collegium. societatis. Jesu / Cordubae ipsa. adfavente. et. opem. ferente / in. oblivionis. anathema / monumentum. hoc. posuit/ anno MDCCXXXVI.

Cuatro faroles, alimentados de gas, alumbran este sencillo pero bonito monumento, cuyo gasto sufragaban varios devotos, quienes antes daban el aceite por un turno establecido entre ellos mismos. No ha perdido aquellas luces, mas sí mucho del fervor que antes tenían, adornándolo con multitud de flores en sus dos festividades, 7 de mayo y 24 de octubre, y siempre que pasaba alguna procesión por esta plazuela.


La calle del Reloj

En la esquina de las calles del Paraíso y Letrados desapareció en 1841 una especie de retablo con un lienzo que figuraba la colocación del cuerpo de Jesús en el sepulcro, continuamente alumbrado, y con profusión en las Semanas Santas.

En el rincón cercano a la calle del Reloj hubo una torrecilla que le dio nombre, donde la Ciudad tenía colocado el que en 1586 trasladó a la Compañía a causa de que servía de juego a los niños con sus pedradas, tan temibles en aquella época como en la que alcanzamos.

Debajo de esta plaza hay un gran nacimiento de agua que surte las fuentes de las calles de San Fernando y Almonas, la de la plazuela de San Andrés y otras de casas particulares.

Ya conocen nuestros lectores el por qué se llama así la calle del Reloj, título con que la encontramos a fines del siglo XV. Sin embargo, no falta quien afirme que se ha llamado también de las Campanas, por estar a aquel lado las de Santo Domingo de Silos, pero no lo hemos visto consignado en documento digno de crédito, así como sí la encontramos en uno designándola por la calle del Morillo, cuyo motivo desconocemos. Llega esta estrecha vía hasta la calle de Ambrosio de Morales, sin más afluente que la calle de Munda, con la que después enlazaremos.


La calle de Ambrosio de Morales

Hemos salido a una de las calles más concurridas de Córdoba. Llámase de Ambrosio de Morales, y corre desde la confluencia de la Cuesta de Luján y Calle del Arco Real hasta la plazuela de Séneca; pero no toda corresponde al barrio que venimos paseando. Éste confina con el del Sagrario en la esquina de la calle de Pompeyos, desde donde aún le dicen algunos Cuesta de San Benito o calle del Corpus.

De este trayecto no podemos ocuparnos en este lugar. El que nos llama se ha titulado calle del Cabildo, porque en la casa número 5, hoy café Suizo, estuvieron las casas de la Ciudad o Ayuntamiento, como dijimos al ocuparnos de las actuales. Al mudarse le añadieron la palabra Viejo, y por esa razón le hemos dicho calle del Cabildo Viejo hasta 1862, que se la dedicaron al célebre cronista de Felipe II Ambrosio de Morales, que nació en la misma casa de que venimos tratando. Algo más debemos decir de ella.


La fonda Rizzi y sus huéspedes

Durante muchos años estuvo dedicada a café, cuyo dueño, don Juan Bautista Petti, supo adquirirse grandes simpatías, con las que logró aumentar su clientela para reunir con qué comprar este edificio y otro contiguo, elevándolo a fonda, que después hemos conocido con el nombre de Rizzi, apellido del hijo político del primero, en quien recayó, por cierto también persona muy estimable que logró elevar a gran altura el crédito de su establecimiento, el mejor de Córdoba durante muchos años, por lo que se hospedaban en él todos los viajeros notables que llegaban a esta ciudad y que no es fácil enumerar.

Citaremos algunos que la memoria nos permite, como don Salustiano Olózaga, que viniendo preso en dirección a Cádiz se fugó con ayuda de varios de sus correligionarios en ésta; Alejandro Dumas, padre e hijo, a quienes obsequiaron mucho los literatos cordobeses, no pagándoles después con la cortesía que era de esperar, pues criticó a Córdoba al escribir su viaje; don Modesto Lafuente; el duque de Aosta, después rey de España; el embajador de Marruecos Fuad-Effendi; los notables escritores don Aureliano Fernández Guerra y don José Amador de los Ríos; doña Gertrudis Gómez de Avellaneda; don Ángel Saavedra, duque de Rivas; don Nicolás María Rivero; míster Cormenin; don Pedro Madrazo y don Pascual Gayangosi.

En la parte de la Calle de San Fernando tiene esta casa unos ajimeces convertidos en balcones, divididos por columnas, en cuyos pequeños capiteles se ven los castillos y leones de las armas de España.

Muerto el señor Rizzi y su esposa, sus hijos y herederos no continuaron con la fonda, que, puesta a la venta, fue comprada por los señores Puzzini, quienes la han transformado en el lindo café actual, surtido y servido de la manera esmerada que estos laboriosos hermanos lo saben hacer, complaciendo a casi todos los vecinos de Córdoba, que pueden considerarse como sus parroquianos.


El triste fin de Pepón

Ya hemos dicho que la casa número 6, propia de don Rafael Barroso, fue café público en el primer tercio de este siglo, época en que aún no se había desarrollado lujo alguno en esta clase de establecimientos. También dijimos que el dueño era conocido por Pepón, amigo de todos los que en el trienio de 1820 a 1823 profesaban en Córdoba ideas liberales.

Pues bien, los realistas que odiaban a aquéllos de una manera implacable, no tuvieron en consideración que dicho industrial no tomaba gran parte en la política, mirando sólo al fomento de su casa, y al regresar un día, poco después de anochecido, de haber servido una comida en la sierra, lo asesinaron infamemente, cuando tan tranquilo venía por la calle de la Concepción, sin que se aclarasen los verdaderos nombres de los autores de este crimen ni se les impusiese el castigo que merecían.

Casa de las Mariquitas

La casa de pupilos llamada de las Mariquitas, que ocupa la número 1, es otro establecimiento de mucho crédito, y en ella se han hospedado y aún hospedan personas muy notables. No hace mucho tiempo paraba allí un caballero que en más de una ocasión había dado señales de tener perturbada su razón, y así debía ser, porque una mañana se asomó al balcón de su aposento, el último hacia el café, y, subiéndose sobre el hierro, se degolló con una navaja de afeitar, arrojándose a seguida a la calle, donde quedó muerto.

La calle de Ambrosio de Morales está embaldosada toda desde 1861, siendo alcalde don Carlos Ramírez de Arellano, que tantas mejoras realizó en esta capital. Cuando lleguemos al barrio de la Catedral nos volveremos a ocupar de esta calle en la parte que le corresponde.


La Cuesta de Luján


En el lado opuesto está la Cuesta de Luján, una de las cinco comunicaciones existentes entre la Villa y la Ajerquía, o sea, la ciudad alta y baja, que también se dividen en juzgado de la derecha y de la izquierda; ésta es la más moderna de aquéllas. La abrió en 1531 el corregidor don Hernando Pérez de Luján], de quien le ha quedado el nombre, dado por la posteridad, toda vez que él sólo la nombró por la calle Nueva de los Franceses, a causa de haberse establecido en aquel punto algunos extranjeros dedicados a trabajar el cobre, a los cuales el vulgo llamaba por mofa los gabachos, de donde viene el que muchos antiguos le dan este segundo título.

La fecha de la apertura se consigna en una inscripción puesta en la parte alta, en la cual se lee lo siguiente: Esta calle mandaron facer los muy ilustres Señores de Córdoba, siendo Corregidor de ella el muy magnífico Señor D. Hernando Perez de Lujan, Comendador de Aguilarejo, y su Alcalde mayor el muy noble Señor el Sr. Bachiller Luis de Fonseca. Veinticuatro de Abril de 1531 años.

Mirando a esta calle hubo en la parte alta un gran cuadro con la Concepción, que, como otras muchas imágenes, desapareció en 1841.


Calle del Arco Real

Dejando a la izquierda la calle que dicen de los Letrados, antes de las Tiendas, entramos en la del Arco Real, una de las más principales, no sólo del barrio sino de la población. Ésta, desde muy antiguo enlaza con la del Liceo, y tiene varias casas que han ocupado distinguidas familias. Llamábase desde poco después de la conquista calle del Arquillo del Salvador, por el que a su extremo tenía la parroquia de igual advocación. Pero cuando vino a Córdoba Felipe II fueron tantos los adornos que le pusieron y tan lujosos, que dieron en decirle el Arco Real, nombre con que se conoce, pues aun cuando en 1868 se lo variaron por el de Prim, en 1875 se lo han suprimido, cuando se lo debieron conservar, siquiera por no existir ya aquel notable general y hombre de Estado, que se hospedó en una de sus venidas a Córdoba en la casa de la señora condesa viuda de Hornachuelos.

La política no respeta ni las tumbas. Así hace tantos estragos que sólo lamentan los pocos verdaderos amantes de la patria, que por desgracia van quedando reducidos a un número muy corto. Y no se crea por esto que nos pareció bien la primera variación, no; las calles deben conservar sus primitivos nombres, no siendo repugnantes ni repetidos, siquiera por no causar trastornos en la titulación de la propiedad urbana. Mas, hecha aquélla, debió respetarse, como todos han respetado el de Don Diego León, a quien ya hemos citado en este paseo.


La plazuela de los Condes de Hornachuelos

A la mediación de esta calle existe una plazuela, conocida por la de los Condes de Hornachuelos, por haber vivido éstos en ella durante más de un siglo, en que se mudaron de la que ahora ocupan los marqueses de Villaverde, y aún vive en la primera la señora condesa viuda, madre del actual señor duque de igual denominación. Antes se conocía por plazuela de la Casa de la Palma, porque aquélla tiene una desde muy antiguo sobre la muralla divisoria, lo que la hace aparecer con mucha mayor elevación de la grande que tiene, por divisarse desde casi toda la parte baja de la población.

Esta casa es la principal de uno de los mayorazgos que fundaron los Venegas, de quienes ya trataremos, y estaba casi en alberca, con excepción de la parte que mira a San Pablo, cuando los Condes de Hornachuelos se vinieron a ella, quienes la reedificaron, haciendo una de las más hermosas de Córdoba.

Entonces se hicieron varias excavaciones y se encontraron muchos restos de algún edificio romano que estaba en este sitio, comunicándose con el anfiteatro por la escalera que dijimos quedó cubierta cuando las obras de las casas Ayuntamiento. En el patio principal hay quince o veinte primorosos capiteles, de dimensiones comunes, y dos colosales, uno en perfecto estado de conservación, dignos todos de figurar en el Museo Arqueológico de la provincia. Hemos oído hablar de una gran estatua ecuestre y otros objetos enterrados.

En la parte que mira a la hoy calle de Alfaros existe un terrado con antepecho de cantería, y en el centro una escultura representando a San Rafael, con dos faroles a los lados, que se divisan desde muy lejos de la población. Esta imagen estuvo sobre la puerta principal de la hacienda de la Albaida o Castillo Blanco, que tal significa esta palabra, de donde se la trajo al abuelo del actual señor duque, siguiendo sus sucesores la devoción de encenderle las luces que todas las noches lo alumbran.

Otra particularidad debemos anotar en esta casa, y es que del pozo con que se riega el jardín sale por bajo del Ayuntamiento el agua que surte la fuente de la Romana, uno de los caños de la de la plazuela de las Cañas, y el edificio que fue cárcel, hoy sombrerería de los señores Sánchez en la plaza.

La señora condesa tiene varios objetos curiosos y de valor, entre ellos citaremos una Virgen de los Dolores, pintada por don Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca, mayorazgo de Aguilar y abuelo materno del autor de estos paseos. En el rostro de dicha imagen retrató el de su esposa doña María de las Mercedes Pretel. Este cuadro lo regaló el expresado artista de afición al señor Canales, padre de la señora condesa, que estuvo de alcalde mayor en aquella entonces villa, donde el nombre del señor Gutiérrez será eterno, por haber hecho el plano y dirigido la preciosa Plaza Nueva y la esbelta y aislada torre del Reloj.

Un Ecce Homo que hay en el patio de entrada de dicha casa estuvo hasta 1841 en la esquina de la plazuela, mirando a la calle del Liceo.


La casa de los Navarretes

La casa número 19 de la Calle del Arco Real merece también que la historiemos. No hace muchos años le quitaron unas estatuas recostadas que tenía a los lados del balcón o portada principal, sobre la que lucían las armas de los Navarretes, a que había pertenecido. Éstas eran cruz de veros de azul y plata en campo rojo, con orla de ocho aspas de oro en el mismo campo, por haber sido de los conquistadores de Baeza en el día del apóstol San Andrés.

Al pronto radicaron en dicha ciudad, y mucho después pasaron a Córdoba, donde fueron desde luego admitidos por hidalgos notorios de sangre. Estos señores enlazaron con los Valenzuelas, por lo que tenían derecho de enterramiento en San Lorenzo, teniéndolo a la vez en la capilla mayor del convento de Agustinas de Nuestra Señora de las Nieves, hoy Círculo de la Amistad, del cual eran patronos. Uno de ellos, don Diego Navarrete, canónigo de la Catedral, fundó mayorazgo con esta casa y otros bienes, viniendo a recaer en la casa de Villaseca, la que, contando con otras muy principales, dedicó ésta a arrendarla, sacándola el producto posible. Por eso la conocimos de café, que le decían de doña Francisca, nombre de la señora que lo tuvo, y después la vendieron a censo, haciéndole sus nuevos dueños las modificaciones que han tenido por conveniente, dividiéndola en varios departamentos para sacarle más renta, a causa de su situación a propósito.


La casa de los Argotes y sus armas

Al lado opuesto, y cogiendo casi toda la Calle del Arco Real, hay otra magnífica casa, número 4 –hoy café del Recreo, con otros departamentos dedicados a diferentes objetos-, que es la principal de los Argotes.

Los primeros caballeros de este apellido venidos a Córdoba fueron los dos hermanos que dijimos haber acompañado a Fernando III el Santo en la conquista, en la que hicieron prodigios de valor, haciéndose fuertes en una torrecilla a la margen del Guadalquivir, cerca de la parroquia de San Nicolás de la Ajerquía.

Sus timbres de nobleza y la hidalguía, norma de todos sus actos, hicieron que los Argotes se enlazaran con todas las familias más distinguidas de Andalucía, hasta el punto de no haber una con quien no emparentaran, dividiéndose en diferentes ramas, de donde viene el encontrar casas principales de este linaje en los barrios del Salvador, San Juan, San Nicolás de la Villa y otros, con enterramientos en San Pablo, la Catedral y algunas más iglesias.

No faltan tampoco hombres muy notables en las armas, las letras y las virtudes, siendo merecedores de grandes distinciones, como don Martín de Argote y Cárcamo, a quien el rey don Felipe V le hizo gracia en 1711 del marquesado de Cabriñana, que hoy posee el distinguido literato don Ignacio María Argote, de quien tenemos un tomo de correctas y bien sentidas poesías.

También debemos consignar como individuos de este linaje a Argote de Molina, que publicó la obra titulada Nobleza de Andalucía; don Francisco Argote y Cárcamo, de quien la Escuela de Cristo establecida en la iglesia de San Jacinto publicó una carta-vida en 1735, haciendo conocer sus raras y relevantes virtudes; otra publicó la de la Trinidad, ensalzando las cualidades piadosas, morales y de valor de don Juan Jerónimo de San Francisco de Paula Argote y Cárcamo, conde del Menado y coronel del Provincial de Bujalance, nacido en Córdoba en 23 de mayo de 1688.

La historia nos da asimismo a conocer los nombres de Juan Martínez de Argote, célebre trovador del siglo XIII; de Hernán Alfonso de Argote, servidor del rey don Pedro, contra quien se volvió con otros caballeros cordobeses a favor de don Enrique, por lo que el primero hizo demoler sus casas; y otros muchos que sería muy largo mencionar en estos apuntes.

Los Argotes son oriundos de Asturias, donde existe una torre que lleva su apellido. Sus armas son usadas en combinación con las de los Guzmanes, en esta forma: escudo partido, primero gules y una cruz de veros de plata y azur; bordura sinople y ocho aspas de oro, por Argote, y el segundo de azur y dos calderas jaqueladas de oro y gules, bordura compuesta de catorce piezas, siete de plata cargadas de un león de gules, y siete de este color, cargadas de un castillo de oro, por Guzmán. Como se ve, las primeras se asemejan mucho a las de los Navarretes.

Enlaza también esta familia, de manera que los hace unos, con los Góngoras, Armentas, Cárcamos, y otros, de quienes hacemos mención varias veces en el transcurso de nuestros paseos. En estos últimos años, ausente de Córdoba el actual marqués, entró en sus planes vender la casa, donde había reunido una rica y selecta Librería, y la compró don Felicísimo Maraver y Alfaro, quien dedicó parte a café, hizo algunas otras casas y la dejó a su muerte en el estado que hoy la ven nuestros lectores.

La parte foral de esta casa estaba pintada con guirnaldas de flores y escudos con bustos de los Argotes más notables, y en la vuelta de la torre figuraba dos balcones y un caballero y una señora, alargando el primero un billete a la segunda. Esto, que era un sencillo capricho del pintor, dio lugar a que el vulgo inventase ser unos amantes que de diferentes aposentos se daban citas a escondidas de una tercera persona, esposo de aquélla y víctima inocente de sus extravíos, hasta que una vez la sorprendió dando la carta, acercándose por detrás, y que asiéndola por la cintura la arrojó a la calle, donde quedó muerta. Esto, como se ve, es pura invención, pues para eso tenían que vivir ambos delincuentes en la misma casa, y en este caso, de más estaban las citas por el balcón, donde los verían todos los que pasaran por la calle.

El padre del actual marqués, a quien conocimos, fue muy perseguido por sus opiniones liberales, sufriendo hasta el ser preso por los sectarios del absolutismo.


El Arco Real

Ya hemos dicho que el Arco Real estaba en el extremo que de esta calle da a la del Liceo. Era tan bajo que la procesión del Corpus entraba por la iglesia del Salvadory luego del Espíritu Santo, por no caber la custodia por aquel sitio. Cogía en su largo el trayecto que media entre las puertas de las casas números 3 y 5, y servía para que se acogiesen debajo muchos pobres, con el pretexto de demandar limosna a los varios devotos que se paraban a rezar al Ecce Homo ya citado en la capilla del Bautismo de la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos.

Dicha imagen estaba en un nicho cerrado con verja y un repisón de mármol por bajo, continuamente alumbrado, y con ramos de flores, ostentando a los lados las tablillas y otros objetos, recordando los exvotos o milagros presentados por sus agradecidos devotos.


Persecución de los liberales

A la caída del régimen constitucional en 1823 principiaron las persecuciones contra los liberales de la manera más despiadada, ocurriendo lances como el que contamos en la Espartería, muriendo asesinado un infeliz exnacional, el de Pepón y otros que sería largo enumerar. Ocasiones hubo en que agarraron los realistas a algún liberal y le hicieron afeitar en seco el bigote, operación que hacían con gusto algunos barberos adictos a aquellas ideas. Y y si esto sucedía a cada momento, figúrense nuestros lectores qué sería cuando encontraban un motivo en que apoyarse, por insignificante que fuera.

Buscando éste, se puso un vaso inmundo en el sagrario de San Pablo, o se dijo, que sería lo más cierto, que lo habían puesto. Y también se cundió la voz de que el Señor del Arquito Real había empezado a sudar sangre, demandando venganza de las impiedades sufridas durante los tres años anteriores. Esto atrajo un inmenso gentío a este sitio, que obcecado creía semejante patraña, no quedando casa de los liberales que no apedreasen, maltratando a cuantos de ellos encontraban en la calle. La autoridad hizo por aplacar a los ilusos o mal intencionados, disponiendo que el ventajosamente conocido artista don Diego Monroy examinase, con otros, la imagen, dando su parecer acerca de aquel fenómeno, mas afirmando ser aquello que con la humedad del sitio se había liquidado parte del barniz que tenía el cobre, lo tacharon de defensor de los acusados, y tuvo necesidad de quitarse de enmedio para no ser víctima de la ira popular, en pago de la sinceridad de sus palabras.

Al fin logró calmarse el tumulto, y tras los años los odios, que se reprodujeron en sentido contrario a la muerte del rey Fernando VII, aunque no con tanta furia, tal vez porque ya iba cundiendo la tolerancia política, que cada vez más se va generalizando.

La rampa existente entre el café del Recreo y los solares del señor Vidaurreta era una de las entradas o subidas a la iglesia del Espíritu Santo, sólo que en el escalón de mármol que aún conserva había una verja que cerraban, viéndose por ella las muchas plantas allí sembradas. En la esquina había incrustado, y aún se conserva, un lindísimo capitel árabe que llama la atención de cuantas personas entendidas tienen ocasión de verlo.


Fundación y avatares del Convento del Espíritu Santo

Aun cuando la fachada principal del convento del Espíritu Santo daba a la hoy calle del Liceo, ocupando los ya dichos solares, el café de la Iberia, casa esquina a las Azonaicas y la que en esta calle tiene el señor don Ignacio García Lovera, con gran parte de la vía pública, lo hemos nombrado tantas veces que ya nos creemos obligados a darlo a conocer a nuestros lectores, quienes no dudamos harán los comentarios acerca de los hechos que vamos a referir y aun de otros de sus últimos años, libres por ahora de nuestra crítica.

En el año 1521 fundó la señora doña Beatriz de Sotomayor un beaterio en las casas donde hacía su morada -hoy la número 1 de la calle de los Ángeles en el barrio de la Catedral- para nueve mujeres, que habían de abrazar las reglas de la orden de Santo Domingo de Guzmán. Muerta aquélla, sus albaceas cumplieron su última voluntad, con el beneplácito y aprobación del obispo don Alonso Manrique.

Desde un principio empezó esta comunidad a dar señales de travesuras, apurando la paciencia de sus superiores, hasta dar lugar en 1536 a que don fray Juan de Toledo acordase la supresión, agregándolo al convento de Santa María de Gracia, a cuya medida se opusieron enérgicamente, apoyadas en ser contrarias a sus reglas, logrando esquivar su cumplimiento todo el tiempo que duró aquel prelado y aún algunos años más. Pero como no ajustaban su conducta a lo que debieran, para evitar persecuciones contra ellas, don Pablo Laguna reiteró la supresión, y, sin contemplación alguna, cerró el beaterio y llevó las mujeres allí reunidas al ya citado convento de Santa María de Gracia.

Obedecieron por lo pronto esta disposición, aparentando someterse gustosas a ella; mas, reuniendo los fondos que tenían y otros que buscaron, compraron secretamente unas casas que habían sido asilo de emparedadas, junto a la parroquia del Salvador, teniéndolas deshabitadas, esperando una ocasión oportuna de instalarse en ellas. Uno de los medios que emplearon era el estar en continua guerra con sus nuevas compañeras, quienes, conociéndolas y dando repetidas muestras de prudentes, las sufrieron sin dar la menor queja ni motivo para que pudiesen acudir al obispo exponiendo razón alguna fundada.

Así continuaron hasta 1606, por el mes de abril, que estando el obispo en Madrid armaron una tarde un verdadero pronunciamiento, arrojándose sobre la abadesa y la portera, a quienes arrancaron a viva fuerza las llaves, abriendo la puerta y saliendo todas por la calle, con escándalo de la ciudad, que jamás había presenciado hecho igual. Siguieron por el Realejo, San Andrés, calle de San Pablo y Zapatería a entrarse en sus casas, donde se encerraron, o mejor dicho, se hicieron fuertes, sin obedecer las órdenes que recibían de volver a Santa María de Gracia, cuya comunidad pedía a su vez que no las llevaran de nuevo a su convento.

Pasó algún tiempo este asunto sin resolverse, hasta que al fin el Cabildo en sede vacante impetró bula de Paulo V para erigir el nuevo convento del Espíritu Santo, de la orden de Santo Domingo, como ha llegado a nuestros días.

Ya en su nueva casa parecía natural que cesara la guerra; mas no fue así. Carecían las monjas de iglesia y de fondos para edificarla. Entonces, aparentando una humildad que no tenían, pidieron permiso para abrir una ventana a la parroquia del Salvador, cuya gracia les fue otorgada con beneplácito de todos, dándole aún más de lo pedido, puesto que se la concedieron en la nave de la epístola, en la que podían hacer sus ejercicios religiosos, siempre que fueran en horas que no ocupasen el altar los beneficiados y rector de la parroquia.

Conseguido lo solicitado las monjas del Espíritu Santo concibieron el proyecto de quedarse con toda la iglesia, o a lo menos formar coro en las tres naves, siendo extraño que, a pesar de morir unas religiosas, las que nuevamente entraban heredaban sus costumbres e instintos revolucionarios, si tal palabra puede emplearse hablando de un convento.

Mucho hay escrito sobre ciertas cuestiones que durante siglos se promovieron en Córdoba entre la Universidad de los beneficiados de las parroquias y los rectores de las mismas, cuyas atribuciones eran completamente distintas; unos y otros inventaban el modo de buscar nuevos conflictos, armando disgustos sobre quién había de hacer la renovación de sacramentos en los altares mayores, quién había de disponer de las insignias parroquiales y si los unos o los otros podían o no celebrar misas en determinados altares. Cuestiones que acabó con la Universidad de los beneficiados, entrando a formarla los rectores.

En Santiago, San Lorenzo, San Pedro, San Miguel y otras iglesias hubo serios altercados, y en la del Salvador llegaron al mayor grado, porque las monjas del Espíritu Santo alentaban a unos y otros a mayores disgustos y desavenencias. Una Nochebuena convidaron a los beneficiados a que les hiciesen los maitines seguidos a los de la parroquia, a lo cual se opuso el rector, cerrando la iglesia y recogiendo las llaves. Mas ellas no desmayaron por eso, y entrando a los primeros por el convento y agrandando el comulgatorio, los llevaron a la iglesia, donde, oficiada por ellas la misa, se hicieron los maitines conforme lo tuvieron por conveniente.


Las travesuras de las Monjas

Largo, muy largo sería contar cuanto hemos leído sobre estas cuestiones. Vamos a decir cómo las monjas agrandaron el coro que, por cierto, sólo a esta comunidad se le habría ocurrido.

En secreto, como lo hacían todo, labraron las seis verjas, tres para abajo y tres para arriba, del tamaño que les pareció; compraron los materiales que creyeron necesarios y todo lo guardaron, esperando, como siempre, una ocasión oportuna para hacer su voluntad. El rector se encontraba enfermo a la sazón que se anunciaron unas funciones de toros a que los sacristanes de la parroquia lamentaban no poder asistir. Entonces el del convento, con su capellán, los alentaron a ir, ofreciéndoles estar al cuidado y salir a cuanto ocurriese. Aquéllos cayeron en este lazo, y los últimos, con la comunidad, quedaron por aquel día dueños por completo de la iglesia, donde entraron un gran número de operarios que, cortándola por el primer poste o entibo, colocaron las verjas e hicieron, aunque no acabados, los grandes coros que le hemos conocido y que tal vez serían los mayores de todos los conventos de Córdoba.

Extraordinaria fue la sorpresa de los sacristanes cuando regresaron, encontrándose cortada una cuarta parte de la iglesia, no sabiendo cómo decírselo al rector y beneficiados, a quienes tenían precisión de dar parte inmediato de lo ocurrido. Cumpliose al fin este deber; acudieron todos y entablose otro litigio para reducir el convento a sus anteriores límites.

Éste fue uno de los muchos motivos que, aun cuando no se alegaron, contribuyeron a la unión de las dos parroquias, suprimiéndose entonces el campanario que estaba en el torreón en un principio citado, y quedando el de las monjas casi encima de la puerta de la iglesia, delante de la cual había una plazuela con una rampa en el centro y dos altos a los lados, antiguo cementerio de aquella feligresía.

Aún no se había saciado el genio revoltoso de estas religiosas, al par que demostraban una devoción que encantaba a cuantos las veían. Lindera con el convento había una casa que aquéllas ansiaban para aumento de su edificio, sin lograr el comprarla por no estar en los cálculos de su dueño, vecino de Lucena, el deshacerse de la finca. De resultas de una de las epidemias tan devastadoras en Córdoba, quedóse una vez cerrada por falta de inquilinos, en cuyo estado se mantuvo mucho tiempo. Vino al fin el propietario, y al ir a enseñarla a un arrendatario, se encontró con que la puerta estaba tapiada por dentro. Pidió auxilio a la autoridad; ésta acudió con varios albañiles, mandándoles echar abajo el material allí puesto, operación que se hizo a seguida. Mas al ir a penetrar, se encontraron con la comunidad del convento del Espíritu Santo formada con cruz y ciriales y presidida por la abadesa, que les dijo no pasarían adelante sin quebrantar la clausura. Volviéronse todos, entre ellos el propietario, que tuvo necesidad de entablar un pleito al fin transigido, dándole en permuta otra casa.


Religiosos notables y cofradías

Sin embargo de cuanto hemos dicho de esta comunidad no han faltado en ella algunas religiosas que, apartadas completamente de semejantes luchas, han dado grandes muestras de virtud y santidad, siendo las más notables la venerable señora doña Leonor Venegas, beata de la orden de Santo Domingo; tuvo raras visiones y don de profecía. Murió en 10 de mayo de 1556 en gran opinión de santa, dando ocasión a que uno de sus admiradores escribiese su vida en portugués, sin que hayamos sabido por qué se hizo en ese idioma y dónde se imprimió.

Otra es más moderna. En 25 de noviembre de 1824 murió sor María Josefa de la Encarnación Benítez, siendo tal la fama de santidad adquirida que acudió un inmenso gentío, ansioso de recoger algunas reliquias, según se dice en su vida, que hemos visto impresa y de la que conservamos un ejemplar.

También tenemos noticia de la existencia de cuatro cofradías en esta iglesia. La más antigua era la de Nuestra Señora de las Nieves, formada por los procuradores, quienes costeaban su culto. Tuvo varios disgustos con la comunidad, acabando por trasladarse al colegio de San Roque, donde permaneció hasta fines del siglo XVIII, que llegó a extinguirse.

La de Nuestra Señora del Patrocinio, que se fue con la parroquia a la Compañía, conservándose allí la imagen, como en su lugar anotamos; la de Nuestra Señora del Pilar, pequeña escultura que ocupa uno de los colaterales en la expresada parroquia; y la de Nuestra Señora del Rosario, aneja a la de igual título en San Pablo, fundada con licencia de sus superiores por el reverendo padre fray Benito de la Asunción, de dicho convento dominico, en 27 de abril de 1687.


Calle del Císter

Dejamos para cuando demos la vuelta por la plazuela de las Capuchinas el ocuparnos de la calle del Liceo, y seguimos nuestra excursión por la del Cister, en cuya casa número 12, acreditada imprenta de don Rafael Arroyo y Gámiz, se está imprimiendo esta obra y se ha publicado desde primero de agosto de 1858 el independiente diario La Crónica.

Antes de la fundación del convento del Cister, de quien toma título esta calle, la encontramos con diferentes denominaciones. En los padrones del siglo XVII la señalan con el nombre del Licenciado Pedro Núñez, de quien no tenemos datos. También le han dicho del Rector, por vivir allí el de la parroquia del Salvador; de Pedro Muñiz, que vivió en ella; de la Botica, por una que había en la esquina de la Calle del Arco Real, y según otros en el extremo opuesto o en Capuchinos; y por último se le ha fijado el título del Cister con el que la conocemos y está justificado.

Frente a la de los Dolores Chicos hay una pequeña fuente, trasladada en 1870 desde uno de los patios del convento de las Dueñas, aprovechando el Ayuntamiento la exclaustración de las religiosas, realizada en 1868.

En la casa número 22 de esta calle murió en 16 de agosto de 1856 el notable artista don Diego Monroy y Aguilar, pintor de cámara de Su Majestad, director de la Academia de dibujo del Instituto y conservador del Museo Provincial , que él mismo había formado. Nació en Baena en 1786 y era hijo de don Antonio Monroy. De uno y otro hemos citado varias obras en el transcurso de estos paseos.


Fundación del Convento del Císter

El edificio más notable de esta calle es el ya citado convento del Cister, de la orden de San Benito, dedicado a la Purísima Concepción. Lo fundó el obispo de Málaga don Luis Fernández de Córdoba, que había sido deán en esta Catedral y murió de arzobispo de Sevilla. Ocupaba la silla de Córdoba don Pablo de Laguna, y se le señaló sitio en la villa de Guadalcázar, en el año 1620. Mas no contando allí con el número necesario de religiosas, a pesar de haber traído cinco del de Santa Ana de Málaga, el obispo don Francisco de Alarcón lo trasladó a ésta en 1671, adquiriendo al efecto casa en donde en lo antiguo estaban las Cuadras del Rey, que creemos sería un local en que se albergara algún ganado caballar de propiedad del Patrimonio. Diole reglas y consiguió formar un convento modelo en que siempre ha reinado un orden admirable y han existido señoras de verdadera virtud.

En tiempo del obispo don Marcelino Siuri carecían de una iglesia digna de esta santa casa, y comprendiéndolo así aquel dadivoso prelado, le hizo nueva la actual, en la que se gastó cerca de 30.000 ducados, según asegura el doctor Bravo y hemos visto consignado en el sermón de las honras que a su fallecimiento le dedicó esta comunidad.


La iglesia conventual

Concluida la obra bendijo dicho señor la iglesia, celebrando en ella de pontifical en 11 de noviembre de 1725. Es pequeña y en forma de cruz, con los brazos muy cortos. El retablo del altar mayor es de talla, dorado y del mal gusto que revelan todas las obras de su tiempo; el centro lo ocupa el tabernáculo; a sus lados están las imágenes de San Benito y San Bernardo, y por cima un cuadro grande y de algún mérito con la Concepción.

El presbiterio lo adornan dos buenos cuadros; uno representa la degollación de los Inocentes y el otro una batalla en que se aparece el apóstol Santiago peleando contra los moros. Tiene otros cuatro altares, uno con un gran cuadro recordando uno de los hechos de la vida de San Bernardo.

En este lugar se venera la Santa Espina que se conservó en el convento de San Jerónimo hasta la exclaustración, donada en 1525 por doña María Carrillo, mujer de don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Comares, quien la heredó de Nuño de Guzmán, hermano de su abuela doña María de Guzmán, cuya preciada reliquia le regaló el rey de Francia estando allí de embajador del de Castilla. Está colocada en un relicario de plata sobredorada y se ocupan de ella Ambrosio de Morales y otros autores.

Otro altar tiene un buen cuadro del martirio de San Lorenzo, y los otros dos son los de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de Villaviciosa. Esta imagen se cuenta entre las aparecidas o encontradas milagrosamente que existen en Córdoba.

Refiere la historia que un niño de siete años llamado Bartolomé de Pedroza fue el día 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.

En los postes y pechinas de esta iglesia del Cister se ven varias pinturas que, como casi todas las otras, son obras de don José Ignacio Cobo, de quien hemos citado varias.


Religiosos destacadas

En la Biblioteca provincial hemos visto un ejemplar de la vida de la venerable madre sor Úrsula de San Basilio, religiosa en este convento, escrita por el reverendo padre maestro don Jerónimo de Vilches, monje de San Basilio, e impresa en Córdoba, oficina de don Diego y don Juan Rodríguez. En ella hemos leído que aquella sierva de Dios nació en Pozoblanco a 5 de mayo de 1733, tomó el hábito en 10 de abril de 1752 y murió en 2 de marzo de 1761, cuando aún no había cumplido los veintiocho años de su edad. En aquel grueso volumen se refieren multitud de pruebas de la más acendrada virtud, y al dar cuenta de su fallecimiento se dice el gran sentimiento que causó en Córdoba la pérdida de una religiosa tan ejemplar y tan santa.

También tenemos en nuestro poder un ejemplar de la vida de la venerable madre sor María del Corazón de Jesús, religiosa en este convento del Cister, escrita por don Juan José de Segovia y Aguilar, rector del Sagrario de la Santa Iglesia Catedral e impresa por don Juan Rodríguez de la Torre. En ella se dan a conocer sus raras virtudes, de las que se hace con entusiasmo el mayor elogio. Nació en Córdoba en primero de agosto de 1715, profesó en 13 de noviembre de 1740 y murió en 9 de febrero de 1791. Fueron sus padres los señores don Luis Fernández de Córdoba Ponce de León, capitán general del reino y costa de Granada, y doña Ana de Cea Fernández de Córdoba, quienes acataron la voluntad de su hija única de entrarse en el Cister.


La plaza de las Dueñas

A la mediación de esta calle encontramos una plaza, triangular en su forma, o sea, un corte dado en 1870 al exconvento de las Dueñas para ampliar la estrecha y tortuosa calle llamada la Panadería y que aún va marcando el empedrado que hay delante de las casas, cuya línea de fachada era la que guardaba también la tapia del edificio. En el centro ha quedado un pozo con su bomba, y alrededor han plantado últimamente algunos árboles. Aún no ha recibido nuevo nombre esta plaza; unos le dan el de la expresada calleja y otros el de Nueva de las Dueñas. El nombre de Panadería viene de una que hubo en aquel sitio, en la casa donde existen unos graneros.

A la mediación de esta calle hubo en lo antiguo una plazuela que decían del Señor de Zuheros, a quien correspondía la casa de los marqueses de la Puebla y duques de Almodóvar, que allí linda, y en la que incorporaron dicha plazuela con beneplácito de la Ciudad.

También existió en este lugar una de las muchas mezquitas que los árabes tenían en la ciudad alta; esto se prueba por una escritura que vimos hace tiempo en el archivo del hospital de la Caridad, otorgada en 31 de diciembre de 1487 ante el escribano público Pedro Fernández de Herrera, en la cual se refiere que Induchicato y otros moros mudéjares vendieron la mezquita que había en aquel sitio a Alfón Ruiz Bañuelos. Por muerte de éste o por él mismo se vendió otra vez, comprándola el preceptor Andrés Domínguez, quien estableció en ella sus clases, por lo que aquélla se llamó calle de los Estudios, sobreponiéndole el vulgo el calificativo de Viejos cuando se fundó el colegio de los Jesuitas y se denominó con igual palabra la que hoy decimos calle de Santa Victoria, si bien lo conserva en el tramo estrecho para salir a Santa Ana. Andando el tiempo, los señores de Zuheros adquirieron aquel edificio y lo incorporaron a sus casas, como habían hecho con la plazuela.


La cuesta del Bailío

Terminada la calle del Cister y dejando a la izquierda la de los Dolores Chicos nos encontramos la Cuesta del Bailío, una de las cinco comunicaciones existentes entre la ciudad alta y baja, y una de las dos que había en tiempo de los árabes y de las tres cuando los romanos. En este sitio hubo un arco hasta 1711.

Como es sabido, Fernando III donó casas y solares a los caballeros y demás vasallos que le auxiliaron en su gran empresa, tocándole a don Bartolomé Corbacho todo el terreno que después ocupó la iglesia y convento de Capuchinos, por cuya razón se llamó este sitio el Portillo de Corbacho, que después varió por el del Bailío, por un Fernández de Córdoba que alcanzó esta dignidad y moraba en la casa de la calle de los Dolores Chicos conocida con igual título.

Aquélla tenía la puerta principal en la que forma frente a la cuesta, donde vemos sobre la lonja una preciosa portada de fines del siglo XV o principios del XVI en buen estado de conservación, aunque un tanto mutilada.

En el arco de Corbacho habían colocado un Santo Cristo a que todos aquellos vecinos llegaron a profesar gran devoción. En 1711, como ya hemos dicho, fue preciso derribar aquél por ruinoso, y don Cristóbal Ruiz Cabeza de Vaca, en unión de otros devotos, pidieron permiso a la Ciudad para labrar en aquel sitio una pequeña ermita donde se siguiese venerando dicha imagen; conseguida esta licencia, la edificaron, ocupando el rincón que allí forma la pared a la derecha subiendo. Tenía un patio de entrada con flores y después estaba la capilla, en extremo reducida, donde se fomentó una cofradía a la Virgen, que parece ser la que existe en Santa Marina con el título de Nuestra Señora de la Luz.

La devoción se entibió y aquel edificio se puso tan ruinoso que en 1858 lo hizo derribar el alcalde don Carlos Ramírez de Arellano, quien tenía el pensamiento de tomar un corral contiguo, de Capuchinos, y dejar una línea recta, viéndose desde el pie de la cuesta el Santo Cristo que hay delante del hospital de San Jacinto o los Dolores.

En el centro de esta cuesta hay un gran depósito de los excusados de dicho establecimiento, el cual, filtrándose, ha ensuciado varias veces el agua de la Fuenseca, que nace también hacia este sitio.

En el primer tercio de este siglo bajaba un día cerca de noche por esta cuesta Lucas León, sacristán de la iglesia del convento de San Martín, cuando de pronto le dieron una puñalada tan grande que lo dejó muerto en el acto. Entonces se dijo que lo había asesinado por equivocación un hombre conocido por Torronteras, pero ignoramos el resultado de esta causa. Muchos años después, aun sin mediar el siglo, se suicidó en la casa que forma testero un joven perteneciente a una distinguida familia, el que se cree obró así un tanto perturbada su razón.

En la parta alta de la Cuesta del Bailío se ve una puerta que comunica con el exconvento de Capuchinos, con una Concepción sobre ella. Separado en estos últimos años, se ha establecido en aquel departamento una academia de música bajo la dirección del profesor don Francisco Valenzuela, quien, a pesar del poco apoyo con que cuenta, se propone, y creemos lo conseguirá, sacar algunos buenos cantores o salmistas que vayan sustituyendo a los que hoy desempeñan estas plazas en la Catedral e iglesias parroquiales, sin que esto obste para que se dediquen a otros fines, conforme los cálculos de cada discípulo.


El Hospital de San Jacinto

Entramos en la plazuela de Capuchinos, que más bien debe llamarse calle, por su longitud en desproporción con la latitud. El edificio más notable de este sitio es el hospital de San Jacinto, para pobres incurables, que se asisten en número de unos treinta, con el escaso producto de algunos bienes que tenía este establecimiento, y principalmente con las limosnas que diariamente se recogen por una comunidad de hermanos dedicados a la póstula y a la asistencia de los impedidos.

Otra hay de hermanas, dedicadas a las faenas propias de su sexo, siendo ambas reformadas por el beato Francisco de Posadas, quien les redactó las reglas por que se gobiernan, muy parecidas a las de Jesús Nazareno, un tanto menos rígidas.

Cerca de la calle de la Pierna, esquina a la de los Saravias, había un pequeño hospital, del que cuidaba la hermandad de San Juan y San Simón y San Judas, instituida en la cercana parroquia, si bien el número de enfermos, cuando los tenía, era insignificante.

En 1596 inició el pensamiento de formar la congregación de los hermanos uno llamado Pedro del Castillo, que, viendo la multitud de pobres impedidos que arrastraban una vida miserable, muriendo abandonados en las calles, donde con gran trabajo imploraban la caridad pública, o en algún oscuro y miserable rincón, agobiados por el hambre, emprendió la piadosa y benéfica empresa de fundar este hospital, que desde luego dedicó a San Jacinto.

Mas necesitando un poderoso apoyo en su empresa acudió al licenciado Tomás de Baeza Polanco, provisor por el obispo don Pedro Portocarrero, quien consiguió que este último hiciese a la hermandad de San Juan y San Simón y San Judas cederle su edificio, donde el hermano Pedro se reunió con otros y formaron sus reglas en 1602, recogiendo hasta dieciséis pobres y teniendo también a su cargo los niños expósitos, que en 1642 fueron trasladados a Consolación, donde ya estuvieron anteriormente; de aquí la costumbre de conocerlos por los hijos de San Jacinto.

Así permaneció este utilísimo y piadoso establecimiento, hasta que el beato Francisco de Posadas principió a trabajar para que le dieran mayor impulso, como bien pronto lo realizó.

En 22 de noviembre de 1710 se le compraron al marqués de Almunia don Juan Antonio de Palafox unas casas principales que tenía en este sitio, en la cantidad de 7.000 ducados, vendiéndose para reunirlos el primer hospital y unas casas que tenía en la Morería.

Hecha la adquisición, el obispo don Marcelino Siuri labró la iglesia y enfermería actual, gastando en ellas más de 20.000 ducados, según afirman cuantos han escrito de este piadoso prelado. Él lo acogió también bajo su patronato y el de sus sucesores, quienes le han seguido prestando el más decidido y laudable apoyo, hasta ponerlo en el brillante estado en que lo vemos, a lo que han contribuido poderosamente los capellanes o directores que lo han ido teniendo a su cuidado, secundando con incansable celo las disposiciones de sus superiores.

Cuando la expulsión de los jesuitas, de que pronto nos ocuparemos, se encontraba en aquel colegio el padre Francisco Ruano, insigne escritor cordobés, el que por su ancianidad no fue deportado, y sí traído a este benéfico establecimiento, donde acabó su vida; de sus obras haremos mención oportunamente.

En la enfermería, que tiene la puerta frente a la de la iglesia para que los enfermos presencien el culto que en ella se da, hay una capillita con una vistosa imagen, de vestir, de los Dolores, y por las paredes, así como en las de otros sitios del edificio, muchas pinturas, algunas de bastante mérito, habiendo desaparecido hace ya muchos años otras muy buenas que ocupaban unos recuadros aún existentes en uno de los claustros del piso principal.


La iglesia de los Dolores

La iglesia es de una sola nave de regulares dimensiones, con cúpula. Los altares, que son siete, adolecen en sus adornos o retablos del mal gusto de la época en que fueron construidos. El mayor tiene en el centro un camarín, en que se venera a Nuestra Señora de los Dolores, a que tributa continuo y solemne culto la hermandad de Siervos de María, fundada con autorización del reverendísimo padre fray Juan Francisco María Paggi, general de la congregación de igual título, dada en Roma en 1699.

La imagen está adornada con extraordinario lujo, si bien como escultura es de muy escaso mérito. Es sacada en procesión en la tarde del Domingo de Ramos, aunque con algunas interrupciones, y forma también parte del Santo Entierro los Viernes Santos que se realiza esta solemnidad.

Por bajo del camarín está el tabernáculo, más moderno que lo demás del retablo, y aunque no malo en su forma está pintado con un gusto detestable. A los lados de éste están las imágenes de vestir de San Jacinto y San Felipe Benicio; la cabeza y manos de éste son obra del maestro fray Juan Vázquez, prior del convento de San Pablo, que, como dijimos en su lugar, hizo algunas esculturas.

Por cima de éstos hay dos lienzos bastante buenos representando a San Juan Bautista y San Jerónimo, y en lo alto otro grande y apaisado con un suceso de la vida de San Jacinto.

En la capilla mayor hay otros dos cuadros grandes que figuran la degollación de San Juan Bautista y el momento en que la Virgen regala al beato Domingo Soriano el verdadero retrato de Santo Domingo de Guzmán. En el arco toral hemos visto otros dos lienzos pequeños con San Jerónimo y el martirio de Santa Bárbara.

Los altares del lado del evangelio tienen la Virgen, imagen de vestir a que titulan Nuestra Señora de los Buenos Temporales, San Antonio de Padua y Jesús a la Columna con un Ecce Homo por bajo, y los de la epístola, San José, la Purísima Concepción y el beato Francisco de Posadas, que tanto hizo por la prosperidad de esta casa.

La entrada a este hospital es una pieza cuyos cuatro frentes los ocupan las puertas de la calle, al interior, la iglesia y la enfermería; sobre la segunda está un gran cuadro con el retrato de don Marcelino Siuri, principal bienhechor de aquellos pobres, con una sencilla dedicatoria. Todo lo demás está cubierto de pinturas, como las de San Pedro, San Pablo, el rico avariento y otras, y multitud de milagros o exvotos colocados allí por los agradecidos fieles que han recibido beneficios por la intercesión de la Virgen. Frente a la entrada hay una urna con un Ecce Homo, escultura menor que el natural, al que también se atribuyen muchos y portentosos milagros.


El exconvento de los Capuchinos

Otro edificio digno de llamar nuestra atención es el exconvento de Padres Capuchinos, cuya iglesia permanece abierta al culto, dando nombre a la plazuela que antes se llamó de Almunia y más antiguo de Corbacho.

En 1629 vinieron a Córdoba varios Capuchinos con el comisario general de la orden, trayendo licencia del rey y del nuncio para fundar convento, para lo que impetraron la venia del obispo, quien, de acuerdo con el Cabildo eclesiástico, les señaló como hospicio el pequeño hospital de los Desamparados, donde habían de hospedarse mientras buscaban edificio propio.

Nombrose guardián de la nueva comunidad a fray Félix de Granada, quien compró en mil ducados la casa que poseía el marqués de Almunia don Francisco Centurión y Fernández de Córdoba, entrando a ocuparla los religiosos en 1633.

El día 6 de enero de 1638 se puso la primera piedra para la construcción de la iglesia, a cuya ceremonia concurrió el obispo don fray Domingo Pimentel, y bien pronto la levantaron con las limosnas que iban reuniendo, siendo las mayores las de los Aguayos, que han sido y son los patronos de este templo.

Desde entonces continuó esta comunidad prestando grandes trabajos en el púlpito y confesonario, consiguiendo su piadoso objeto, pues es sabido que los Capuchinos tenían un don especial para predicar, particularmente a las clases menos ilustradas, que los oían como oráculos.

Exclaustrados en 1810, 1821 y 1836, y siendo ésta ya en definitiva, vendió la Hacienda aquel edificio. El nuevo dueño lo derribó, sirviendo parte de los materiales para la construcción de la plaza de toros, y quedó allí un solar, en la actualidad parte huerto y parte casa de vecinos y graneros, habiéndose salvado milagrosamente, convertida en mirador, la torre que ocupa el ángulo de la Almedina o Villa y era conocida por la de Capuchinos.

A este convento pertenecían la Sagrada Familia, cuadro de Ribera anotado al visitar el Museo Provincial , y las vidas de San Francisco, vistas en la Casa de Socorro Hospicio.

La Iglesia de los Capuchinos

La iglesia es de una sola nave formando crucero con cúpula, en cuyos arranques se ven las armas de los Aguayos y otras familias contribuyentes a su edificación. Además tiene cuatro capillas, dos a cada lado, comunicadas, pero que no se pueden considerar como otras naves. En todos los altares se demuestra la mayor pobreza, circunstancia que se notaba en casi todos los templos de esta orden.

El altar mayor tiene sobre el tabernáculo al Santo Ángel de la Guarda, titular; a los lados, los fundadores San Francisco y Santo Domingo de Guzmán; por cima dos lienzos con San José y San Antonio de Padua; más altos, dos santos de la orden, y remata con otro lienzo que representa la Coronación de la Virgen.

En los pilares que sostienen la media naranja se ve el pulpito y tres esculturas, también de santos de la orden. Los altares colaterales están dedicados a los beatos Lorenzo y Corlean. En la nave principal hay otros cuatro con los beatos Félix y Serafín, San Antonio de Padua y San Buenaventura. En las capillas del lado del evangelio se venera a la Divina Pastora y a San Francisco. Delante de la primera están sepultados varios individuos de apellido Venero, y en las de la epístola, en una a un Santo Cristo en lienzo que una señora donó para sustituir el cuadro de la Sagrada Familia, ya citado, y la otra tiene un lienzo de mediano mérito con la Virgen, San Joaquín y Santa Ana.

En la parte que antes dijimos destinada a academia de música están enterradas muchas personas, entre ellas algunas distinguidas. En el atrio existe otra capilla con Jesús, a quien costean luz varios devotos.


Fray Diego de Cádiz en Córdoba

En el año 1786 vino a esta ciudad y se hospedó en el convento de los Padres Capuchinos el venerable padre fray Diego José de Cádiz, precedido de la fama que ya tenía adquirida de ser uno de los predicadores o misioneros más notables, no sólo de Andalucía sino de toda la orden. Esto fue un verdadero acontecimiento en Córdoba, no tardando un momento en acudir los veinticuatros y demás personas de elevada posición a saludar al recién venido, rogándole a la vez con gran empeño dejase oír su autorizada voz a un pueblo que tantas muestras tenía dadas de sus católicos sentimientos.

Estos deseos se cumplieron bien pronto. El padre Cádiz les predicó a los individuos de la Ciudad o Ayuntamiento un sermón de dos horas, a puerta cerrada; también lo hizo ante un extraordinario concurso en el crucero de la Catedral, y por último en la plaza de la Corredera, desde el balcón de la hoy sombrerería de los señores Sánchez, siendo su elocuencia tan poderosa que aquellos días hubo multitud de confesiones generales, y como fruto de ella; muchas restituciones de objetos robados, reuniones de matrimonios desavenidos, casamientos que antes debieran realizarse y otra porción de muestras del efecto que su santa palabra había causado.

Agradecido el Ayuntamiento a tanta deferencia quiso demostrárselo de una manera clara y terminante, acordando nombrarlo su teólogo consultor con voz y voto en sus sesiones y todos los fueros y preeminencias que gozaban sus caballeros veinticuatros, pues tal lo creaba la Ciudad en uso de sus atribuciones y facultades. Aceptado el cargo, debía prestar el juramento prevenido en los estatutos, y al efecto se le citó para la mañana del día 8 de abril del expresado año, yendo por él una comisión que lo acompañara desde el convento hasta las casas capitulares; ceremonia realizada con extraordinaria solemnidad, pues yendo por él los jurados don Bartolomé Vélez y don Manuel Díaz, y los veinticuatros don Lucas de Góngora y Armenta, don Manuel de Medina, don Mariano Martínez de Argote y Cárcamo, marqués de Cabriñana y Villacaños, y don José de Aguilar Narváez, marqués de la Vega de Armijo, seguidos de una lucida escolta, lo llevaron a prestar el juramento antes dicho, acompañándole el padre fray Jerónimo de Cabra, guardián del convento en que se hospedaba.

Terminada la ceremonia y no sabiendo el padre Cádiz cómo demostrar su agradecimiento, entregó como un recuerdo la imagen de Jesús crucificado que tantas veces había tenido en sus manos en aquellos solemnes momentos en que con su poderosa voz había conmovido millones de corazones. La Ciudad entonces la colocó en una urna dorada que ha permanecido muchos años al lado del altar de la sala de sesiones, y en la última reforma trasladaron al archivo, donde casualmente se conserva al escribir esta líneas. La cruz es como de una tercia de largo, y a su pie tiene una esculturita que representa la Concepción, dorada, como es también la imagen de Cristo.


El solemne entierro del Capitán General Don Pedro de Ceballos

La casualidad de ser amigo de los padres Capuchinos el capitán general don Pedro de Ceballos Cortés y Calderón hizo que se hospedase en este convento al pasar por Córdoba en dirección a Madrid a dar cuenta de sus triunfos militares, y que, llegando un tanto indispuesto, se agravase su enfermedad hasta el punto de morir de ella, siendo enterrado delante de la capilla de Villaviciosa en la Catedral, haciendo a su cadáver el entierro más suntuoso que hasta entonces se había efectuado en Córdoba, a que asistió la Universidad de beneficiados, que extendió un acta en sus libros, que para mejor explicación a nuestros lectores insertamos íntegra, y es la siguiente:

Entierro de un Capitán General de los Reales Ejércitos, hecho por el Cabildo con el Sr. Obispo, con nuestra Universidad y Santas Cruces, con la Congregacion y Comunidades.

Habiendo llegado á esta ciudad el dia 14 de octubre de 1778, el Excmo. Sr. D. Pedro de Ceballos Cortés y Calderón, Capitán General de los Reales Ejércitos (y otras prerogativas, y empleos de la mayor graduación) de regreso de su gran espedicion al Brasil, (donde feliz y gloriosamente se apoderó del fuerte, é Isla de Sta. Catalina, de la Colonia del Sacramento, y parte del Rio grande, á cuyo tiempo recibió Real órden de suspenderse) con alguna leve indisposición, aposentado en el convento de los Capuchinos, lentamente se fué empeñando el accidente (que al fin lo capitularon los médicos de escrobuto en todo el cuerpo, y etiquéz en los miembros) é imposibilitado de seguir su ruta á la Córte, donde con grandes deseos lo esperaba nuestro Católico Monarca, familia Real, y Grandeza, cada día se acercaba á la de la eternidad, fluctuando hasta el día veinte y seis de Diciembre del mismo año, en que á las cinco y media de la tarde entregó su espíritu al Criador, causando notables sentimientos, por haber sido uno de los mayores soldados de nuestros tiempos; y con especialidad manifestó mas su amor nuestro Ilmo. Prelado el Sr. D. Baltasar de Yusta Navarro, quien le fué muy asistente en la larga enfermedad, y quedando por su Albacea testamentario; desde luego que espiró, comenzó S. I. á dar disposiciones para el entierro, que quiso fuese en la Catedral; y por tanto á la siguiente mañana del día veinte y siete manifestó al Cabildo, que sería del Real agrado, y suyo, que el entierro fuera el mas suntuoso, admitiéndolo el Cabildo á su asistencia á él, acompañándole el de Universidad de Beneficiados con las Stas. Cruces de todas las parroquias, la Congregación de Sacerdotes de San Pedro, y las Comunidades Religiosas; y en efecto juntándose á cabildo al fin de el coro de la misma mañana, resolvieron hacer por sí mismos el dicho entierro graciosamente (sin embargo de auto capitular antiguo que tenían para escusarse) con las mismas ceremonias y circunstancias que los entierros de sus Prebendados, y aun Obispos, y que desde luego se hiciera la señal, y doblase con las cuatro campanas mayores de su torre, que correspondian; y ejecutada esta órden, ó resolución antes del mediodía, instantáneamente se despachó la de S. I. á todas las parroquias y Ermitas de la ciudad, para que acompañaran con su doble de campanas al de la Catedral, y á los Prelados de las Religiones, para que enviasen el dia siguiente cuantos Religiosos pudieran á decirle misas al difunto en la iglesia de Capuchinos, y en el tercero dia de mañana en comunidad fuesen á cantarle un responso, y asistir al entierro los que gustaran, costeándose por S. I. la cera, y derechos de los que fueran: al propio tiempo propuso S. I. al Sr. Prior de nuestro Cabildo de Universidad, por su Secretario de Cámara el papel de el tenor siguiente: "Muy Señor mió: Con el motivo de haber fallecido esta tarde el Excmo. Sr. D. Pedro de Ceballos, Capitan General de los Reales Ejércitos, y haber dejado por su apoderado y testamentario á S. I. el Obispo mi Señor, me manda decir á V. disponga asista á su entierro (que será el Lunes 28 de los corrientes á la hora, que se dará aviso mañana al mediodía) la Universidad de Beneficiados de las Parroquias de esta ciudad en la forma regular, á cuyo cargo correrá la aplicación de cien misas rezadas de á cuatro reales de limosna, por el alma del dicho Sr. Excmo., y su importe, como el de la referida asistencia, se satisfará á V. en esta Secretaría, pasado el dia de los Santos Reyes, presentando esta con su recibo á continuación. Dios nuestro Señor guarde á V. muchos años. Córdoba 26 de diciembre de 1778. B. L. M. de V. su mas afecto servidor Felipe Escanero. Sr. D. Miguel de Herrera, Pbro. y Prior de la Universidad de Beneficiados de esta ciudad. De la Secretaría de Cámara de S. I." Y en el dia siguiente fué llamado de S. I. á su palacio D. Eulogio Gonzalez, Abad mayor de la Congregacion y dada la misma órden para que la dicha Congregacion asistiera también al citado entierro en la forma acostumbrada.

El Sr. Prior, por nuestro muñidor con esquelas para los señores compañeros, nos participó á nombre de S. I. la referida órden, y dándola para que por la mañana siguiente día 28, desde las nueve acudiésemos todos los de cada parroquia con la Santa Cruz de ella y ministros, á cantar el responso acostumbrado al difunto, en la iglesia del convento de Capuchinos, donde estaba colocado el cadáver, y que finalizado cada cuales dicho responso, los de nuestro Cabildo con nuestras respectivas Santas Cruces, nos fuéramos juntando en la inmediata iglesia del hospital de San Jacinto, donde esperásemos á que llegara el Cabildo con S. I. y nos incorporásemos en el entierro en nuestro notorio sitio. El dicho Cabildo, pues, en el citado dia 28 adelantó media hora su campana, para entrar en el coro, y las referidas parroquias y las comunidades religiosas comenzaron desde las ocho á ir concurriendo, y entrando por su orden cada cual á la iglesia de Capuchinos, donde dándoseles vela de á cuarteron á todos y doble á los semaneros de cada parroquia y también á los Prelados Religiosos, cantando su correspondiente responso, se embebió en estas ceremonias todo el tiempo, que dió lugar para que concluida Nona en la Catedral, saliera el Cabildo con sus dos Cruces (acostumbradas en estos casos y dia del Corpus) y con sus Capellanes, y ministros por la Puerta del Perdon, y subiendo por la calle Pedregosa á las Tendillas, y San Miguel, y de aquí por la casa del Conde de la Torre, llegó á la plazuela de Capuchinos (donde concurrían la Universidad con sus Santas Cruces y sus Parroquias, la Congregación de Sacerdotes; las Comunidades Religiosas; la Nobleza; Eclesiásticos Seculares y Regulares, y otros muchos sugetos distinguidos del acompañamiento, y también el Regimiento de Dragones de Lusitania con su primera plana, que á la sazón se hallaba acuartelado en esta ciudad, é hicieron correspondiente guardia al cadáver, hasta dejarlo en el sepulcro) y mientras dicho Cabildo cantaba su responso se fuè formando el entierro por las calles y modo siguiente:

Dividido todo el dicho Regimiento en tres escuadrones el uno de ellos á pié dió principio, poniéndose delante de los ayudantes de sacristanes, que con sus sobrepellices, llevaba cada cual una hacha de cuatro pábilos de cera blanca; y comenzando á bajar por la cuesta del Bailio á la calle de Carnicerías, seguía á los dichos Ayudantes el estandarte de la Congregación á quien iba contigua la primera Cruz del Cabildo, y despues de ella la Comunidad de los Padres Terceros; á estos la de San Francisco de Paula, y luego la de los Alcantarinos interpolados con los de la comunidad de San Francisco, á la que inmediatamente seguían puestas en dos alas á coros las Santas Cruces parroquiales y sacristanes mayores de ellas, y despues de los cuales iba toda la Congregación de Sacerdotes, tambien en dos alas con sus cirios propios, y detras de su Abad mayor (que iba en el lado y coro de la epístola) se incorporaron tres ó cuatro Capellanes perpetuos con dos Curas del Sagrario, que por el citado coro les presidian, y se les seguian el Presbítero D. Gregorio Roldan, medio Racionero mas moderno por el referido coro, y que iba inmediato á la segunda Cruz del Cabildo; y en el otro coro del Evangelio, ó del Dean (que es el sitio de nuestra Universidad) nos seguíamos detras de los congregados, todos los de nuestro Cabildo como es costumbre, de modo, que el Sr. Prior iba inmediato á D. Ramón de Riera, medio Racionero mas moderno del precitado coro del Dean, y le seguían todos los demas prebendados, canónigos, y dignidades del Cabildo hasta cerrarlo el Sr. Obispo de capa magna morada, y sus dos asistentes el Dean, y el Chantre, siguiéndoles con el Caudatario y otros cuatro ó cinco capellanes y pajes de S. I., é inmediato después de estos llevaban al cadáver del Excmo. difunto (metido en la media caja, amortajado con hábito capuchino, y sobre el pecho y estendido el capitular de su Orden de Santiago, con su sombrero, espadin y bastón, y guarnecida dicha caja de galones de oro fino) llevándolo, decía, el cadáver por las calles de la estacion, los hermanos del hospital de San Jacinto, y solo para sacarlo de los Capuchinos, y entrarlo en la Catedral lo tomaron los primeros oficiales del citado Regimiento de Dragones de Lusitania, y algunos de otros que por casualidad estaban en Córdoba.

Después del cadáver seguia inmediato el segundo destacamento del referido Regimiento, á pié, y detrás de él iba un grande acompañamiento de Canónigos de la Colegiata, Prelados, y Maestros de las Religiones, Eclesiásticos seculares, sugetos de la primera nobleza, y otras muchas personas de distincion, y de principal dolorido el Secretario del Excmo. difunto, con grado de Coronel, y á sus dos lados el Inquisidor D. Cárlos Romanillos, y el Arcediano de Pedroche, Teniente Vicario del Sr. Patiarca Vicario general de la Armada; y últimamente seguía á los dichos el tercer destacamento del citado Regimiento á caballo y espada en mano.

Con este órden prosiguió todo el entierro por la estación y calles mas principales, de calle de Carnicerias, plaza de San Salvador, Librerías, calle de la Féria hasta el Rastro, la Pescadería hasta el Mármol gordo, y desde allí á la Grada redonda, y de esta á la Puerta del Perdon, por la que entraron todos, y al tiempo de introducir por ella al cadáver, hizo salva la tropa, que habia ido delante de todo dicho entierro, y se había formado en dos alas desde dicha Puerta del Perdon hasta la Judería. Nuestra Universidad con las Santas Cruces seguimos hasta llegar junto al púlpito del evangelio del Crucero de dicha Catedral, donde (como lo acostumbramos el dia del Córpus) nos detuvimos con las velas encendidas en mano, hasta haber pasado el Cabildo, S. I. y el cadáver, retirándonos al mismo tiempo, que colocaron al cadáver sobre un túmulo de cuatro ó cinco gradas, y varas de alto, formado de órden del Cabildo en el mismo sitio en que está enterrado el Ilmo. Sr. Obispo D. Martin de Barcia, con mucha y lucida cera. Retirado cada cual de nosotros, y Santas Cruces, sin hacer oficio alguno de difuntos en Catedral ni iglesia particular, en lo que nos imitaron los congregados, y Curas del Sagrario; el Cabildo cantó la vigilia, oficiada por su capilla de música, y después la misa de cuerpo presente que la dijo (como dignidad de dicha Sta. Iglesia) el citado Arcediano de Pedroche, é hizo el oficio de sepultura, la cual se le abrió nueva, y se le formó su bovedilla, en la nave de Ntra. Sra. de Villaviciosa, donde depositaron el cadáver, hasta que corrupto lo trasladen á su patria de Almendralejo hacia la Estremadura, á la iglesia, que por su testamento parece dejó mandado, y en la que se dice haber fundado algunas capellanías.

El entierro fué el mas suntuoso visto en esta ciudad, y con el buen dia, y las calles enjutas, hubo uno de los mayores concursos que se ha visto. El Cabildo no solo asistió (como vá dicho) é hizo todo de gracia, sino que costeó (segun se dijo) de su mesa capitular toda la cera de sus capitulares y ministros, y aun también la del referido túmulo. Nuestro Cabildo de Universidad convocados todos por el Sr. Prior dia siguiente al referido entierro, (que no hubo tiempo para haberlo practicado antecedentemente) y participándonos el papel del Secretario de Cámara de S. I. que arriba va copiado, con lo demás determinado y hecho por el Cabildo de la Catedral, preguntó, que se le respondiera el ánimo de todos, y de cada uno, sobre el percibo de los cincuenta ducados que nuestro Cabildo lleva (además de la cera) en cualquier entierro de cruces, y que en el dicho papel se le prevenía que con recibo a su continuación, se acudiera, así por los dichos derechos, como por la limosna de las cien misas, á la Secretaría de S. I. pasado que fuese el dia de los Santos Reyes.

Oida la propuesta, todos unánimes y conformes con el mismo Sr. Prior, respondieron, que á nombre de nuestro Cabildo, el propio Sr. Prior le digese (ya fuera inmediatamente á S. I., ya á su Secretario) que todos, y cada uno de por sí, deseosos de servir á S. I. en cuanto fuese de su mayor agrado, habíamos apreciado mucho la ocasión presente para en algun modo acreditar nuestra verdadera voluntad en obedecer la de S. I. con el mayor esmero, y sin el menor interés: y que solo sentíamos el no ser también dueños solos de lo correspondiente á los responsos, por llevarse la mayor parte los servidores, y ministros (que componen número mayor) para que los unos, y los otros derechos tuviéramos el gusto de poderlos renunciar (como lo hacíamos con los cincuenta ducados, y aun la cera de mano, así del responso, como de la del entierro) en obsequio de S. I., tan benemérito de todas nuestras atenciones; y en efecto á los tres ó cuatro dias después del referido de los Santos Reyes, pasó dicho Sr. Prior á la citada Secretaría, donde esponiendo su comisión al espresado Secretario, (quien desde luego aseguró, proponerla con toda eficacia á S. I.) y volviendo al siguiente dia, como lo previno, significó al dicho señor Prior el agradecimiento de S. I. á la determinación tan desinteresada de nuestro Cabildo y sus atenciones, que estimaba mucho; pero que no podía condescender á estas urbanidades, permitiendo el que no se hubieran de tomar todos los derechos acostumbrados por nuestra Universidad y por los responsos de parroquias, y limosnas de misas; y así, que no se escusara de tomarlo todo; y que si se negaba á ello, se lo mandaba; por lo que fue preciso obedecer, tomar dichos derechos de Universidad y los de las parroquias y misas, y darse recibo de todo por el Sr. Beneficiado Contador (lo mismo hizo la Congregación). Y para lo que pueda acontecer en lo futuro, se me mandó escribirlo aquí, como que de todo fuí presente, y servidor, y en fé de ello lo firmé. Miguel de Herrera Lopez de Alfaro, Prior. Gabriel Vicente Jurado.

La traslación de los restos del general Ceballos a Almendralejo, indicada en el acta anterior, no llegó a realizarse, y permanecen en la Catedral, donde copiaremos la inscripción de la losa que los cubre.


El Cristo de Capuchinos

A devoción de los padres Capuchinos, ayudados con las limosnas de los marqueses de Hariza y otros devotos, se formó en aquella plazuela la vía crucis repartida por la misma, y se colocó el Santo Cristo que ocupa el centro, la imagen de mármol blanco y la cruz y pedestal del azul del país. A pesar de no ser muy antigua hay cuestiones sobre el autor de esta escultura, atribuyéndosela unos a Gómez de Sandoval y otros al cantero Juan Navarro, que ha muerto en nuestros tiempos y cuya versión nos parece más acertada.

En la pared de lo que fue huerto de Capuchinos se ve una lápida con inscripción en que se dice las indulgencias concedidas a la ya expresada imagen, y marcando el año 1794, en que debió colocarse en aquel lugar.


Episodio del Coronel Carvajal

A principios del presente siglo y durante muchos años se veía todas las noches a las dos un hombre embozado en su capa que llegaba hasta la imagen del Santo Cristo de Capuchinos, permaneciendo en oración algunos minutos, retirándose hacia la Cuesta del Bailío, punto por donde siempre aparecía. Formáronse primero algunos comentarios; mas, sabida la causa y conocido el sujeto, nadie lo molestó, continuando en una devoción que no interrumpió mientras estuvo en Córdoba.

Aquél era don Francisco Carvajal, nacido en esta ciudad y morador en una de las casas de la calle de Santa Victoria. Dedicado al servicio militar y amigo de todos los jóvenes de su tiempo, entre ellos el Vizconde de Miranda, por su afición al toreo, no había broma en que no se encontrara ni noche en que, como los demás, no acometiese alguna arriesgada empresa. Una de ellas, al separarse de sus compañeros, sea que lo estuviesen esperando expresamente o que por casualidad se encontrase en una reyerta de otros alborotadores mancebos, ello es que hacia la calle del Silencio fue acometido de una manera tan brusca que vio en gran peligro su vida. Defendiose como valiente, pero retrocediendo llegó hasta el pie de la cruz del Santo Cristo y amparose en ella, haciendo esto huir a sus perseguidores. En esto comprendió que otro poder mayor que el suyo lo había salvado de la muerte, y ofreció demostrar su agradecimiento a aquella imagen yendo todas las noches a rezarle un Credo a la misma hora en que recibió tan inmenso beneficio.

Don Francisco Carvajal llegó a ser coronel del provincial de Córdoba, y como tal asistió a la batalla de Ocaña, tan funesta para las armas españolas. Tocole formar en primera línea, y a los pocos momentos una bala de cañón le arrancó una pierna con parte del vientre, cayendo casi moribundo. Sus soldados, que en extremo lo querían, formaron una camilla de ramaje y lo condujeron al pueblo más cercano, muriendo el infeliz apenas llegó, siendo uno de los muchos cordobeses que han sacrificado su vida en defensa de la patria.


La casa del Conde de Torres Cabrera

Volviendo a la calle del Silencio o del Conde de la Torre, ya anotada en el barrio de San Miguel –y de la que pertenece una acera hasta la esquina de la de los Dolores Chicos y la casa del señor conde de Torres Cabrera a la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos-, justo es demos las pocas noticias que aún de ella nos restan por decir a nuestros lectores.

Dicha casa es de las más hermosas de Córdoba. Reedificada en estos últimos años, tiene una bonita entrada, un precioso patio principal, muchas y cómodas habitaciones y un lindísimo jardín. También posee el actual señor conde don Ricardo Martel Fernández de Córdoba una buena biblioteca, varias antigüedades romanas y algunos cuadros de indisputable mérito, entre ellos el de Zambrano que estuvo en el altar mayor de los Mártires, en la Ribera, y dos de Palomino.

El título de Torres Cabrera o, mejor dicho, de la Torre de Arias Cabrera, fue concedido por Carlos II en 1668 a favor de don Andrés Fernández de Córdoba, habiendo sido antes vizcondado que en primer lugar poseyó don Baltasar Fernández de Córdoba. Después se le unió, por casamiento, el condado del Menado, concedido por Felipe V a don Juan de Guzmán en 1710.

En las casas de estos señores se hospedaron los serenísimos señores duques de Montpensier la primera vez que vinieron a Córdoba, recibiendo corte y siendo muy obsequiados por el señor conde viudo, don Federico Martel y Bernuy, que en más de una ocasión dio muestras de gran desprendimiento y caballerosidad. Otro de los personajes que vimos una vez hospedados en sus casas fue el señor don Ramón María Narváez, duque de Valencia, quien desde uno de los balcones presenció el desfile de la Milicia Nacional, que en uno de los días de su estancia en Córdoba efectuó una gran parada. En este tiempo tenía aquella casa la puerta principal frente a la calle de los Dolores Chicos.


La casa del Bailío

Desde la calle del Silencio cruza a la del Cister otra que en el día se llama de los Dolores Chicos y a la que afluye la de las Dueñas. Se ha titulado de Juan Díaz de Cabrera, por uno de los ascendientes del señor conde de Torres Cabrera; del hospital de los Desamparados, por estar en aquel sitio; de la Casa del Bailío por igual razón, sucediéndole lo que a otras muchas de Córdoba, que variaban los nombres según los moradores de sus casas o cualquier otro motivo.

El edificio más antiguo y notable es la casa número 10, o sea, la ya citada del Bailío, llamada así por haber morado en ella Pedro Núñez, padre de don Alonso de Aguilar, que murió en África en 1578, con el rey don Sebastián. Tanto el primero de estos tres como otros muchos individuos de la familia de los Fernández de Córdoba, poseedores de aquella casa, han ejercido la dignidad de bailío, una de las preeminencias a que por sus méritos llegaban los caballeros de las órdenes militares, y la palabra Niños, que le anteponen, es de dos hermanos que permanecieron solteros y a quienes el vulgo dio en nombrarlos de ese modo.

Dichas casas, que, divididas en dos y unos graneros, atraviesan toda la manzana, o sea, desde la cuesta de su título hasta la calle del Silencio, tocaron a Domingo Muñoz el Adalid en el repartimiento hecho por el rey Fernando después de la conquista.

Aquí nos sucede como en el barrio de San Nicolás, que creimos que el terreno repartido a Fernán Núñez de Témez comprendía varias casas y solares, y aquí, si no lo vemos tan claro de que fuese a una sola persona, sí creemos lo sería a los de una familia, por lo cerca que están tres o cuatro casas principales: el convento de las Dueñas, que también lo fueron; el de las Capuchinas, de los duques de Sessa, y hasta llegar a las casas que han sido de los marqueses de la Puebla, que han estado siempre en los Fernández de Córdoba.

Las casas del Bailío nada de particular ofrecen en su exterior, pero en el interior son de las más hermosas de Córdoba por sus buenas y anchurosas habitaciones, jardines, escaleras y todo lo que constituye un verdadero palacio. La sala principal tiene pintados al fresco el retrato del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y varios episodios de su gloriosa historia.

El no residir en ésta los marqueses del Salar, sus poseedores, hace que esta casa se dé en arrendamiento, y por esa causa hemos conocido en ella la Administración de Correos y, en la actualidad, las oficinas de Obras Públicas, o sea, de los ingenieros de esta provincia.

A principios del presente siglo habitaba en la casa del Bailío la señora marquesa de Perales, quien de noche recibía a muchos de sus numerosos amigos, contándose entre ellos todos los aficionados a la música, a la literatura y a la declamación, celebrándose por éstos amenísimos conciertos, llegando a tal apogeo que se cantaron algunas óperas completas y se representaron varias obras dramáticas de las más en boga por aquel tiempo.

Cuéntase también un suceso ocurrido después a esta señora, viviendo en la casa del señor marqués de la Vega de Armijo. Encontrábase la señora marquesa de visita con unos amigos cierto día en que se presentó una horrorosa tormenta que despidió varias exhalaciones, viniendo a caer una de ellas sobre la expresada señora, a la sazón sentada en un sofá, salvándose por la casualidad de estar vestida de seda, pero quedando derretida una joya de bastante valor que tenía pendiente del cuello, sin recibir más que el susto consiguiente y quedar todos los presentes un poco trastornados.


El Hospital de los Desamparados

En la esquina a la calle del Silencio vemos un local dedicado a carbonería, y en otras ocasiones a diferentes usos, que por su forma demuestra haber sido iglesia. Como tal la hemos conocido, llamándose hospital de Nuestra Señora de los Desamparados.

Es de una sola nave y en su frente aún se ven algunos adornos de yesería, restos del retablo del altar mayor. Éste tenía camarín, aún existente, y en él se veneraba, con aquel título, una antigua escultura representando la Asunción, la que está depositada en una torre del cercano hospital de San Jacinto, ya descrito por nosotros. Muy cerca había otro altar, bajo un arco, con un Jesús atado a la columna, que ignoramos donde estará. Tal vez habría en esta iglesia otra imagen de los Dolores a que tendrían particular devoción, y al instalarse la Congregación de Siervos de María en el hospital de San Jacinto, para distinguir una iglesia de otra le antepondrían a ésta la palabra Chicos con que se conoce hasta la calle.

El hospital de los Desamparados debió fundarse en el siglo XV, con la idea de recoger huérfanos y viudas, por lo que le dieron aquel título. En el XVI lo vemos ya figurar entre los primeros de Córdoba, y aun heredando algunos bienes, como los que por su testamento otorgado en 16 de marzo de 1558, ante el escribano Francisco Jerez, le dejó doña María de Angulo, perteneciente a una de las familias más nobles de Córdoba, y un censo de 1.400 maravedises que le dejó doña María de Toro por su testamento ante Rodrigo de Castro, en 4 de septiembre de 1560.


El gremio de tejedores de seda

Sabido es y probado el gran incremento que tomó entre los cordobeses la cría de gusanos de seda y la elaboración de toda clase de tejidos. Éstos llegaron a su mayor apogeo; el número de telares se contaba por cientos y llegáronse a hacer terciopelos como los de la magnífica colgadura de la Catedral, prueba de lo mucho que en esta ciudad ha decaído la industria. Ésta llegó a constituir un numeroso gremio con sus maestros, quienes, como todos los demás, tomaron por su amparo y como protectora una de las imágenes de más devoción, siendo Nuestra Señora de los Desamparados la designada por aquéllos, que a la vez se hicieron cargo del hospital, dedicándolo a la curación de sus operarios enfermos y recogimiento de sus huérfanos y viudas, cuya misión vino llenando hasta que la cría y elaboración de la seda se redujo a un corto número de telares, desapareciendo a poco por completo.

Aquel edificio vino siendo una casa de vecinos, y la iglesia, aunque abierta al culto, casi abandonada, hasta que en un arreglo de hospitales lo agregaron al del Cardenal. La iglesia se consideró como ruinosa; formósele expediente para su venta a censo, y adquiriola el señor conde viudo de Torres Cabrera, con ánimo de reedificarla, enajenándola a su vez al comprador de lo demás del edificio, vendido también en virtud de las leyes desamortizadoras.


Una señora caritativa

En unos códices existentes en la biblioteca de la Academia de Ciencias y Bellas Letras y de la Comisión de Monumentos hemos encontrado algunos apuntes referentes al hospital de los Desamparados. Dice que en él se acogían los pobres abandonados que, viéndose próximos a morir, se guarecían en unos corrales que había en lo que hoy llamamos los Tejares y en otros puntos, a quienes la hermandad llevaba a su hospital, siempre que no padeciesen enfermedades contagiosas; que las reglas de aquella asociación fueron aprobadas por el licenciado Fernando Morante, provisor en tiempo del obispo don Leopoldo de Austria, en 31 de enero de 1541, pero que debieron tener otras anteriores, puesto que en 1492 compró, como tal cofradía, una casa contigua para ampliar el establecimiento. Después entró el gremio de tejedores de seda, quienes tenían allí depositadas sus marcas y daban vivienda y aun asistencia a los huérfanos y viudas de sus trabajadores.

El autor de los Casos raros de Córdoba asegura que quien dio gran impulso a este hospital fue la señora doña María Fernández de Córdoba, madre del obispo don Fernando Pacheco. Moraba en unas casas-palacio, hacia la plazuela de las Doblas, y haciendo abrir una puerta a aquel benéfico establecimiento se pasaba a él con sus doncellas, ocupándose en lavar y asistir a los acogidos con un cariño que en todos causaba admiración. Dábales ropas, medicinas y alimentos, y no contenta con eso, hacía lo mismo con muchos pobres de la población, a quienes visitaba de noche, disfrazándose para que no la conociesen, pretextando ser una señora forastera que, noticiosa de su desgracia, iba a socorrerla.

Esta caritativa conducta le adquirió el amor de sus paisanos, quienes al saber su muerte la lloraron como cuando se pierde una buena y amorosa madre. En el expresado libro se da noticia de otra multitud de muestras de la caridad inagotable de esta señora, cuya memoria duró muchos años entre los cordobeses.


El erudito Don Luis María Ramírez de las Casas-Deza

En la casa número 12 de la calle de los Dolores Chicos falleció en 5 de mayo de 1874 el muy erudito escritor cordobés don Luis María Ramírez y de las Casas-Deza, tan desgraciado como amante de las letras y decidido defensor de cuanto pudiera engrandecer a Córdoba, donde nació en 26 de junio de 1802. Y decimos desgraciado porque muy pocos son los que trabajan tanto como nuestro amigo, sin alcanzar el fruto de sus afanes, que iban a estrellarse en la indiferencia de sus paisanos y en la poca protección que en provincia se presta a los que se dedican a la confección de obras locales, cuando debieran fomentarse; porque si todos los pueblos contaran con su historia escrita, formarían un riquísimo arsenal donde se encontrarían multitud de curiosas e interesantes noticias para llegar a formar una general de España que más se acercase a la verdad de los hechos.

El señor don Francisco de Borja Pavón, conocido escritor cordobés y secretario de la Academia de Ciencias y Bellas Letras, publicó a la muerte del señor Ramírez una necrología en que, con la corrección y galanura que resaltan en todos sus trabajos, nos da a conocer paso a paso la vida laboriosa de nuestro paisano y lamenta, como nosotros, que tanto lo persiguiese la desgracia.

Estudió Latín con el aventajado profesor don José Mariano Moreno, de quien nos ocuparemos en este mismo barrio. Cursó Filosofía en el seminario de San Pelagio, dando en ambas partes gran prueba de su aprovechamiento y capacidad para el cultivo de las ciencias y las letras, como siguió demostrándolo el tiempo que empleó en Sevilla y Madrid en acabar su carrera de Medicina. Conseguido esto, estuvo de titular en Villafranca, El Carpio, Bujalance y Pozoblanco, regresando por último a Córdoba, a donde lo llamaba su amor patrio, y a las letras, que aquí podía cultivar en unión de muchos de sus amigos y compañeros, dedicándose con tal afán, particularmente al estudio de la historia, que sus trabajos le abrieron las puertas de casi todas las academias científicas y literarias de España, inclusas la Española y la de la Historia, así como la de los Arcades de Roma, la Academia Científica de los Pirineos, la de Anticuarios de Copenhague y la Agrícola de París.

En la de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta capital y en la Comisión de Monumentos dio muy buenos trabajos, y en una cátedra del Instituto tuvo numerosos y aventajados discípulos. Además de muchos artículos en el Semanario Pintoresco, El Trono y la Nobleza, en el Diccionario Geográfico de Madoz y en varias revistas médicas, publicó una Colección de Autos de Fé en Córdoba, otra colección de Poesías escogidas de Góngora, El Indicador Cordobés, de que se han hecho varias Ediciones, Descripción de la Catedral, una traducción de La sífilis, de Jerónimo Fracastor, y la Corografía de la Provincia de Córdoba, publicándose a la muerte del autor.

Además, entre sus manuscritos no publicados se cuentan los Anales de Córdoba, que le compró el Ayuntamiento, conservándolos en su archivo, y una colección de Biografías de hijos de la provincia de Córdoba, que fue adquirido para la Biblioteca Nacional, valiéndole un honroso premio al señor Ramírez. Ha dejado también inéditas una Galería Regia de Portugal y unas Memorias autobiográficas que por ahora no es prudente publicar. Los lectores que deseen más noticias de este notable cordobés pueden ver la necrología ya citada, escrita por el señor Pavón.


Desgracia ocurrida en la casa número 8

Otra casa de humilde apariencia, señalada con el número 8, nos hace recordar una desgracia ocurrida en 1856. Vivía sola en esta casa una pobre anciana, protegida del señor marqués de la Vega de Armijo. Un día fue a buscarla una conocida suya, y notando que no le abrían el portón por más que llamaba, sospechó que algo extraño sucedía, y llamando a otras personas, quienes forzando la puerta lograron entrar, encontrando primero a una joven con la vista desencajada, perteneciente a una honrada familia, pero que a causa de una penosa enfermedad tenía un tanto trastornada la razón. Preguntáronle sin obtener respuesta, y pasando más adentro se encontraron con la dueña de la casa que había sido estrangulada por aquélla, que no titubeó en declararse autora del crimen, sin intención de robar cosa alguna.

Incoada la causa y convencido el juzgado del indicado idiotismo de la agresora, la condenó a una casa de reclusión, donde creemos habrá muerto a consecuencia de sus padecimientos, así como sucumbió también su pobre y honrada madre pensando en el crimen cometido por su hija.


La calle de las Dueñas y los Venegas

A la mediación de la calle de los Dolores Chicos encontramos otra que se llama de las Dueñas y comunica con la plazuela del mismo nombre, la cual enlaza con la calle o plaza de la Panadería y la calle de Fitero. Dos puertas casi juntas nos dan a conocer uno de los edificios mayores que ha tenido Córdoba. Éste era el convento de Santa María de las Dueñas, religiosas Benitas y Bernardas, hoy convertido en cuartel de la Guardia Civil de la provincia.

En este lugar estuvieron las primeras casas principales que tuvieron en Córdoba los caballeros Venegas, una de las primeras familias de la nobleza. Convirtiolas en convento en 1370 don Egas Venegas, primer señor del estado de Luque, por lo que los condes del mismo título han conservado el patronato hasta la supresión de aquel piadoso asilo.

Fue don Egas capitán del rey don Pedro en la frontera de Aragón, a cuyo servicio perteneció fiel hasta que los desaciertos de tan cruel monarca hizo que los nobles de Córdoba se decidieran por don Enrique, quien le concedió merced del antedicho estado.

La fundación del convento la hizo en unión de su esposa doña Beatriz de Tolosan, que algunos escritores creen hija de los vizcondes de Narbona. Después de muerta ésta, en 1376 donó al monasterio unas hazas de tierra con sus casas y una aceña.


El Convento de las Dueñas

Hemos dicho que el convento de las Dueñas era uno de los edificios más grandes de Córdoba y aún puede comprobarse esta opinión considerando la parte existente, el terreno convertido en plazuela y el huerto que hay al final de la calle del Cister, al que se pasaba por un arco subterráneo de una a otra manzana; por eso el mirador estaba sobre la Cuesta del Bailío y tenía unas ventanas que daban vista a la calle de Juan Rufo. Debajo de este departamento nace el agua que surte la Fuenseca, como ya en dos ocasiones hemos anotado.

La iglesia, aún existente, cerrada al culto, es de una sola nave, de buena forma y de construcción moderna. El retablo del altar mayor, de orden corintio, era también nuevo y creemos fue donado a la iglesia de Linares, donde no sabemos se haya utilizado convenientemente. Tenía en el centro el tabernáculo, a sus lados dos buenos lienzos con San Benito y San Bernardo, ante las columnas y sobre pedestales, dos esculturas de San Acisclo y Santa Victoria, y en el segundo cuerpo la Asunción de la Virgen y Santa Columba y Santa Escolástica.

Además había otros dos altares que no recordamos. Delante del coro estaba enterrado el venerable padre don Juan de San Francisco, capellán de los ermitaños del Desierto de Belén, en cuyo punto volveremos a ocuparnos de él. Sin embargo, creemos oportuno copiar su epitafio, que es el siguiente: Aquí yace el Venerable Padre D. Juan de San Francisco, natural del lugar de Capilla, Arzobispado de Toledo, hermano y Capellán que fue de los Hermanos Ermitaños, donde permaneció veintidós años y siete meses en la austeridad eremítica: Varon esclarecido en humildad, paciencia, y resignación y penitencia. Murió el día 26 de Mayo de 1739, á los setenta y siete años, un mes y ocho dias de su edad. Requiescant in pace. Después de la exclaustración de las monjas han sido exhumados los restos de este venerable, a expensas del señor duque de Hornachuelos, y puestos en la iglesia de la Albaida, recordando la gran protección que sus antepasados le dispensaron en vida.

En este convento se veneraba un Santo Cristo que le donó el obispo señor Reinoso, quien a su vez lo había recibido como un recuerdo de su protector el papa Pío V. Creemos lo llevarían las monjas al convento de la Encarnación.

La comunidad de las Dueñas llegó a reunir un respetable caudal, mermado en sus últimos años, con cuyos productos daba gran culto en su iglesia y emprendía grandes obras, contándose entre ellas la construcción de la cloaca de la calle del Cister, a unir con la del Liceo, con el objeto de dar salida a las aguas inmundas. Así consta en los libros capitulares de la Ciudad, donde en 6 de marzo de 1479 se encuentra el consentimiento para las obras.


Tradiciones del Convento

Muchas son las tradiciones llegadas a nosotros referentes a este convento, de las que debemos anotar algunas que indudablemente excitarán la curiosidad de nuestros lectores.

Llegó la Semana Santa de uno de los años a fines del siglo XVII. Solemne en extremo era el culto en esta iglesia, y esta circunstancia llevaba mucha gente a la misma y muy particularmente de la nobleza, a la cual pertenecían muchas de aquellas religiosas. Terminaron las tinieblas del miércoles. Muchos caballeros se paraban en el atrio o galería aún existente entre el patio y la iglesia, dejando pasar a las damas, que sólo en estos días se veían, contándose entre aquéllos don Juan Francisco Díaz de Morales, de quien ya nos ocupamos en la calle de los Muñices.

En esto salió una señora con el velo echado al rostro y, fuese por distracción u otra causa, dejó caer uno de los guantes, que se apresuró a recoger otro caballero de los varios que allí había. Mas en vez de entregarlo a su dueña, como era natural, lo guardó, dando lugar a que ella se lo reclamase. Negose a entregarlo, trabándose entre ambos una acalorada disputa, hasta que, no pudiendo la dama recobrarlo, se volvió a don Juan, y con acento de súplica le rogó interpusiera su influencia para la devolución de un objeto cuya falta podía comprometerla con su familia. No titubeó un momento el caballero en rogar primero y exigir después al otro accediese a los ruegos de una señora, que sólo por esta circunstancia debiera ser atendida.

De uno y otro modo la negativa siguió a la demanda, y Díaz de Morales, que tantas pruebas tenía dadas de valor, lo retó a un desafío que su contrario aceptó, y echando mano a las espadas, lo dejó muerto a sus pies, quitándole a seguida el guante que sin hacerse esperar entregó a su dueña.


El pozo de los Diablos

En uno de los patios de este convento aún existe un pozo con el brocal roto y conocido por el de los Diablos. En la vida de San Álvaro se explica el origen de este nombre, refiriendo un milagro que, al contar, dejamos al buen juicio de nuestros lectores.

Acababa el santo cordobés de fundar su convento de Scala Coeli, tantas veces reedificado hasta llegar a nosotros, cuando una noche, estando en oración, oyó en el campo una extraña algazara que, llamando vivamente su atención, le hizo salir a la puerta, deseoso de poder ser útil a sus semejantes si por casualidad aquel ruido era síntoma de alguna desgracia. Una rojiza luz iluminaba el espacio y multitud de diablos brincaban por el monte en dirección a Córdoba. Entonces Álvaro llamó a uno de ellos, al parecer jefe, quien le aseguró que venían al convento de las Dueñas a ver si recogían el alma de una religiosa próxima a expirar, cuyas culpas le cerrarían las puertas del cielo.

Gran pena tuvo nuestro santo con la noticia. Mas, disimulándola, le rogó que a su vuelta le diese conocimiento del resultado de su misión. Ofreciolo así, siguiendo su marcha hacia la ciudad, y San Álvaro entró en su iglesia, arrodillándose ante el altar, anegado su rostro en llanto, pidiendo con aquella fe que lo elevó a la santidad la salvación de la religiosa próxima a morir en pecado y ser condenada al fuego eterno.

Llegó la madrugada y el mismo ruido de antes le hizo correr al campo, ansioso de saber el resultado que tanto le interesaba. El diablo jefe cumplió su promesa, y presentándosele dijo: "¡Ah, señor!, mal hice en fiarme de vuestra caridad, porque con sus oraciones y las de las religiosas del convento han sido perdonadas las culpas a la monja, que ha expirado, salvándose su alma. Grande será vuestra alegría, mas no tanto como nuestro coraje, que hemos saciado rompiendo el brocal del pozo que hay en el patio donde estuvimos esperando". Concluidas estas palabras desaparecieron, y San Álvaro se entró en su iglesia a dar gracias a Dios por sus bondades, y nosotros hacemos punto en este milagro.


El seductor Don Luis Fernández de Córdoba

En el convento de las Dueñas han existido religiosas de grandes virtudes, honra de su comunidad; mas a la vez no han faltado otras acreedoras a severísimos castigos. El autor de los Casos raros de Córdoba nos refiere uno bastante escandaloso y que, en el afán de dar noticias a nuestros lectores, comprenderemos en estos apuntes.

Reinando Felipe II había en esta ciudad un don Luis Fernández de Córdoba, en extremo rico y casado con una de las más nobles señoras, mas tan dado a ciertas liviandades que nadie podía apartarlo de ellas. Residía a la sazón de novicia en las Dueñas una hermosa y distinguida joven en quien aquél fijó su pensamiento, con su intento logrado en otras, y que en ésta se hacía de mayor interés por los inconvenientes que para ello era indispensable vencer. Principió a visitarla, ofreciéndole su protección, siendo tantas las dádivas y obsequios que logró vencer su resistencia y seducir a ocho monjas y el sacristán, con lo que la novicia podía pasarse a la sacristía por un cajón colocado allí para sacar los ternos y otros objetos para la iglesia.

Descubierto esto, si bien no claramente, por las otras religiosas, se achicó aquel paso, y entonces idearon unir unas sábanas, con las que dejaban caer a aquélla a una casa cercana al huerto, subiéndola cuando don Luis se retiraba o era hora de asistir a alguna de las obligaciones del convento. Así estuvieron seis u ocho años, que la novicia logró retardar su profesión, confiada en que por medio de un crimen enviudaría don Luis, quedando libre para casarse con ella.

Mas semejante conducta no pudo seguir, porque, encontrándose la joven encinta, tuvo que abandonar el convento, yéndose a casa de sus padres, quienes se enteraron de su liviana conducta. Ésta se hizo a la vez pública, porque la abadesa, desconfiando de la rectitud de la justicia en Córdoba, se fue al rey en queja y éste mandó un juez que se enterara y siguiese un proceso para el castigo del que había abusado de aquel asilo religioso, de la novicia y de las ocho monjas complicadas en el delito. Mas el dinero hizo infructuosos los esfuerzos de aquel funcionario, que no logró ni una declaración siquiera favorable a su intento, quedando todo oficialmente desmentido.

A poco, sin embargo, vino un suceso a hacer que la gente creyese que la Providencia había suplido la falta de castigo en la tierra. Por aquellos tiempos era costumbre encerrar los viernes el ganado vacuno que había de sacrificarse en el matadero durante ocho días, y esta operación se celebraba sacando las reses más bravas al Campo de la Merced, donde las lidiaban los jóvenes de la nobleza. Acudió una tarde don Luis, situándose en el portal de una casa, en que de pronto entró una porción de gente huyendo de uno de los toros y, arrollándolo, lo dejaron caer de espaldas, quedando muerto en el acto.

La calle del Fitero

El convento de las Dueñas fue uno de los cuatro que se suprimieron en Córdoba cuando la Revolución de 1868, refundiéndose la comunidad en la de la Encarnación. Entonces visitamos aquel edificio y vimos unos restos mudéjares, que se recogieron y llevaron al Museo Arqueológico de la provincia, donde se conservan.

Enfrente de la portería de las Dueñas encontramos la calle de Fitero que, después de formar cuatro ángulos, desemboca en la del Silencio. Se ha llamado del Huerto de las Capuchinas por el del inmediato convento, sucia por las inmundicias que siempre hubo en ella, y por último, en 1862, se la dedicaron al obispo Fitero, uno de los primeros de Córdoba después de la conquista. Es creencia general que el sitio en que se reparten o dividen las aguas del arroyo de esta calle es el más elevado de Córdoba, y aún se asegura, con referencia a una operación hecha por los franceses, que está a la misma altura que la cabeza del San Rafael con que termina la torre de la Catedral.

La casa número 5 de esta calle, reedificada últimamente por su dueño don Juan de Dios Montesinos y Neira -que en 1875 ha fallecido en Sevilla, muy joven aún y cuando era uno de los cordobeses más amantes actualmente de las bellas letras, que cultivaba con fruto-, es la solariega de los Veras, antiguo linaje que en Córdoba ocupaba uno de los primeros lugares en su nobleza. Usaba escudo de veros de plata y sable, bordura de gules y ocho aspas de oro. Hemos conocido la expresada casa casi en alberca y en una de sus naves un teatro de aficionados con el título de Sociedad Dramática de las Dueñas, donde muchos jóvenes daban muestras de sus disposiciones y aplicación, de cuyas resultas algunos se contrataron en diferentes compañías, abrazando como carrera lo que antes era una distracción.


Duendes en la casa del Conde de Cabra

Pasando de largo parte de la calle del Silencio, ya descrita en el barrio de San Miguel, enlazamos nuestro paseo por el del Salvador y Santo Domingo de Silos en la plazuela llamada de las Capuchinas, por el convento de religiosas de esta orden, así como antes se tituló del Conde de Cabra y del Duque de Sessa, que allí tuvieron su palacio y que debieron abandonar cuando dejaron de residir en Córdoba, hasta tal punto que sirvió de cuartel y en él estuvieron encerrados la mayor parte de los moriscos presos en la rebelión del reino de Granada, como dijimos en su lugar.

En aquel tiempo se inventaron varias patrañas y cuentos, entre ellos uno en extremo ridículo pero que algunos defendían como una gran verdad, demostrando en ello el crédito que daban a cuanto se refería a duendes, brujas y otras vulgares creencias de la misma clase. Tal vez, el espíritu de alguno de los antepasados de los condes de Cabra, que aún no habría encarnado -como diría muy formal cualquier moderno defensor del espiritismo-, tomaría a mal ver su casa destinada a cuartel y prisión de los moriscos cuando una noche, estando la guardia cantando, se abrió de pronto la puerta y apareció un soldadito como de media vara de altura que con voz atronadora mandó callar porque interrumpían el sosiego de los señores, quienes les impondrían un severo castigo por su desobediencia.

Multitud de bromas y carcajadas contestaron a la prevención, siguiendo la danza como si nada hubiesen oído. Mas a poco volvió aquella figurilla, repitiendo las palabras de antes y añadiendo que era el último aviso que les daba. El resultado fue el mismo. Y no habría pasado media hora cuando de pronto se apagaron las luces y la lumbre y una lluvia de golpes calentó las espaldas de todos los circunstantes, quienes después de encender resolvieron irse a descansar, temerosos de que se repitiera la broma, para ellos harto pesada.


El convento de las Capuchinas

Los deseos de ser monja capuchina demostrados por una de las hijas del duque de Sessa decidió a éste a fundar un convento de dicha orden, y al efecto, en 1655, con aprobación del obispo don Antonio Valdés, destinó sus casas principales a este piadoso objeto, haciéndole a su costa las obras necesarias, menos la actual iglesia, que edificó en 1725 a expensas del obispo don Marcelino Siuri, invirtiéndose en ella 20.000 ducados del producto de sus rentas.

Este convento ha sufrido varios amagos de supresión en épocas de corta comunidad, mas la cláusula de reversión que le puso el duque de Sessa se puede asegurar que lo ha librado de aquella medida.

En la noche del 4 de octubre de 1869 se declaró un voraz incendio en este convento, acudiendo todas las autoridades, que al momento sacaron a las monjas, llevándolas primero a una casa de la calle del Liceo y después al convento de la Concepción, donde estuvieron dos o tres días, hasta que, a ruegos de ellas, las trasladaron al suyo, donde después se han ido reparando los estragos causados por las llamas. El convento de las Capuchinas está dedicado a San Rafael y su comunidad se ha distinguido siempre por su vida austera y por las muchas religiosas que han dado repetidas pruebas de sus acendradas virtudes.

La iglesia es de una sola nave, de bonita forma, pero adoleciéndose en su adorno del mal gusto que imperaba en la época de su edificación. Sus altares de talla conservan el color de la madera, y en el mayor, además del titular, se ve un Santo Cristo, que ocupa la parte superior. Los otros, que son cuatro, están dedicados a la Virgen de los Dolores, la beata Verónica Juliani, San Judas y San Miguel; éste es un bonito cuadro de Palomino. En el presbiterio hay otros dos lienzos con la Cena y Jesús Nazareno.

También conserva esta comunidad algunas reliquias, y entre éstas unas sandalias que fueron del venerable fray Diego de Cádiz. En el interior del edificio hay unos restos mozárabes.


Calle del Liceo o de las Nieves

Pasada una plazuela que está delante de la iglesia de las Capuchinas, de la cual toma el nombre, llegamos a la calle del Liceo, que principia en el Mármol de Bañuelos, desde cuyo punto a la citada plazuela se ha llamado del Conde de Cabra y pertenece al barrio de San Miguel, y continuando llega hasta la plaza del Salvador. Antes se ha llamado de las Nieves desde el punto indicado hasta la esquina del Arco Real, donde ya dijimos hubo otra plazuela llamada Cementerio del Salvador y después plazuela del Espíritu Santo, por el edificio cuya historia describimos, y desde este punto hasta su terminación se tituló calle de la Puerta del Hierro y después la Zapatería. De todos ellos haremos la historia.

A la calle del Liceo afluyen las del Cister, Arco Real y Azonaicas, y la plazuela de las Capuchinas. Empecemos por lo más antiguo, o sea la parte baja.


La Puerta de Hierro y la Zapatería

Cuando los romanos, tuvo la ciudadela o ciudad alta una puerta en este sitio, en el mismo lugar que hoy vemos un ángulo saliente a poco de su entrada. Llamose del Hierro, bien por ser una verja o por estar forrada de aquel metal, que es lo más probable. Por ella salieron muchos cristianos a sufrir el martirio, como tenemos anotado.

No sabemos qué variación se haría aquí, mas sí que en tiempo de los árabes estuvo cerrado el paso, abriéndolo después de la conquista, dándole su antiguo título, que tradicionalmente se había conservado y que le duró mucho tiempo, como después el de Cuesta del Salvador, hasta que el gremio de zapateros, abandonando su antigua calle en el barrio de la Catedral, empezó a establecerse en ésta, donde aún en gran número se conserva.

Aquí debemos anotar una circunstancia muy notable en nuestra historia contemporánea. El fanatismo de los vecinos de la Zapatería hizo que casi todos pertenecieran a los voluntarios realistas, siendo tan aferrados en sus ideas que no perdonaban medio de zaherir a los liberales. De aquí el que en 1823, cuando el cambio de gobierno, en cuanto uno de éstos pasaba por dicha vía, le daban una horrible grita, insultándolos de palabra y obras y armando un gran repiqueteo con los martillos de su oficio. Esto último se repite aún en algunas ocasiones, pero no con idea política, puesto que ya piensa cada cual según tiene por conveniente y son tolerantes como todos los demás vecinos de Córdoba.

A la mediación de la Zapatería hubo hasta 1841, a la derecha subiendo, un gran cuadro que representaba a Jesús en la calle de la Amargura, obra del notable pintor cordobés Juan Valdés Leal, restaurado por don Diego Monroy, y del cual hay en Córdoba muchas copias. El original lo recogió uno de aquellos vecinos, cuya familia lo conserva, sin que nadie se cuidase por entonces de reclamarlo para el Museo.

Cuando en las calles de Córdoba había multitud de imágenes cuyo origen obedecía principalmente a la falta de alumbrado público, acostumbraba la gente en las noches del Jueves y Viernes Santo a adornar todas aquéllas que recordaban los misterios de dichos días, yendo de unas a otras cantando saetas y rezando diferentes oraciones. Una de las que más devoción inspiraba era el Señor de la Zapatería, como vulgarmente llamaban. Esto lo presenció don Modesto Lafuente cuando visitó esta ciudad, ocupándose de ello en una de las Capilladas de Fray Gerundio, diciendo que ante la expresada efigie estaban cantando varias personas y que una joven, queriéndola echar de fina, cantó la siguiente saeta: "Ya sube al monte Sidón / la hermosísima Marida, / a cumplir la profesida / que le anunció Simedón". Esto dio lugar en Córdoba a muchas bromas, achacándole tanta finura a diferentes personas.

Más abajo del Señor de la Zapatería, donde hay un rincón, estuvo otra imagen de Jesús, a que atribuían un milagro que en breve anotaremos.


El Hospital de la preciosa Sangre de Cristo

Ya cerca de la calle del Cister existe aún una barrera o calleja sin salida con el título de los Afligidos. En este sitio y cogiendo las dos casas que en ella vemos estuvo el hospital denominado de la Preciosa Sangre de Cristo o de la Dulce Sangre, como otros le nombran.

En los ya expresados códices de la Academia de Ciencias y en un manuscrito titulado Córdoba, razón de sus hospitales, que hemos visto en la Biblioteca Colombina de Sevilla, encontramos apuntes sueltos de este hospital, de los que tomamos algunos para nuestros paseos.

Su fundación data del siglo XV, debida al obispo don Fernando Deza, según su sobrino el chantre don Fernando Ruiz Aguayo, que lo reedificó y dejó en su testamento otorgado en 22 de septiembre de 1466 ante Pedro Martínez Berrio y Pedro Fernández de Luque. Dicho señor fundó a su vez la capilla que decían de la Sangre en la Catedral, donde instituyó seis capellanías. Otros afirman que este hospital fue el que fundó doña Beatriz Pacheco, agregándolo después al de Antón Cabrera.

Sea lo uno o lo otro, en 1531 existía allí una cofradía con sus reglas aprobadas, denominándose de la Preciosa Sangre de Cristo, Santa Úrsula, las Once Mil Vírgenes y San Acacio, y asegurándose haber sido formada por una mujer llamada María, cuyo apellido no consta. Mas nosotros creemos que el verdadero fundador fue el chantre Ruiz Aguayo. El día primero de enero costeaban su fiesta en el Salvador y el de Santa Úrsula en su capilla de la Catedral. Con posterioridad se anota que aprobó la cofradía el obispo señor Fresneda en 29 de mayo de 1578.

En el altar de esta iglesia había una gran tabla representando un Santo Cristo y varios judíos renovándole las llagas y la herida del costado, de la cual salía tanta sangre que aquéllos, azorados, recogían en una orza que llena se derramaba, manchando el pavimento. Más allá estaba el martirio de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes. Esta pintura era en conmemoración de un milagro que se dice ocurrido en Berito, pero el vulgo lo había trasladado a Córdoba, añadiendo que fue en este sitio y que la sangre corrió en tanta abundancia que salió a la calle y llegó por el arroyo hasta casi el final de la Zapatería, colocándose en aquel sitio la otra imagen, que recordara a los buenos cristianos tan extraordinario portento.

En otro altarito se veía también una tabla con la Virgen y por bajo un letrero en que se leía: Juan de Sangre linda, nombre que ha llevado también aquella calleja que en un principio se llamó de la Caza. Este letrero dio lugar a muchos comentarios, pues mientras unos aseguraban ser el nombre y apellido del que lo costeó otros decían que era un contrasentido para llamar linda a la sangre que derramó la imagen.

El hospital recibía a algunos pobres y la enfermería estaba en la parte más baja, conservándose una de sus ventanas que hace frente a la entrada por la plaza del Salvador. Otra hermandad instituyose en esta iglesia con el título de Nuestra Señora de los Afligidos, que ya dijimos al hablar de la ermita de la Aurora ser una Dolorosa que allí se venera. Ya en el siglo XVIII estaba casi abandonado este hospital, que acabaron por suprimir y agregar sus bienes a otros establecimientos análogos.


La casa de los Marqueses de la Puebla

Formando frente a la Calle del Arco Real vemos unas magníficas casas, cuya fachada construida en 1764 se adolece del mal gusto de aquella época, si bien revela la grandeza de la familia a que han pertenecido. Ésta es una de las varias principales que han tenido los Fernández de Córdoba. Era de la rama conocida por los señores de Zuheros, hasta que en 28 de marzo de 1664 el rey Felipe IV concedió a su dueño don Luis Giménez de Góngora el vizcondado de la Puebla de los Infantes, convertido en marquesado, poseyéndolo don Francisco Fernández de Córdoba y concediéndole la grandeza honoraria en 1772. Dicho título se unió después al ducado de Almodóvar del Río. Éste fue primero de marqués, concedido también por Felipe IV en 1663 a don Juan Giménez de Góngora, elevándose a duque por Carlos III en 1780, poseyéndolo don Pedro Giménez de Góngora y Luján, a quien se le concedió grandeza de segunda clase.

Por estas concesiones la casa de que nos ocupamos ha sido conocida por la de los marqueses de la Puebla o duques de Almodóvar, poseyéndolos primero del oficio de alférez mayor del Pendón Real, por lo que eran destinados a hacer las juras de los reyes, saliendo de sus casas con el estandarte que se tremolaba junto a los Reales Alcázares, que estaban donde hoy la Cárcel.

Los mayorazgos que representaban aquellos señores recayeron libres en el señor don Joaquín Fernández de Córdoba y Pulido, quien los dejó al morir a una hija única y pequeña que también falleció a poco, heredándola su señora madre doña Elisa Martel Fernández de Córdoba, actual duquesa de Almodóvar del Valle, quien ha vendido la casa a la Diputación Provincial, que proyecta trasladarse a ella con todas sus dependencias.

No hace muchos años, cuando se embaldosó esta calle, desaparecieron dos gruesos mármoles con cadenas que había delante de la puerta principal de las casas de los marqueses de la Puebla. Ése era un privilegio concedido a los señores que hospedaban alguna vez a las personas reales, y este título lo hizo con Carlos IV y su mujer cuando estuvieron en Córdoba.

Otros muchos personajes de distinción han estado en aquellas hermosas casas, entre ellos el gran cardenal de España, como dijimos al ocuparnos de la venida de Felipe II, y últimamente, en 1843, el regente del Reino don Baldomero Espartero, duque de la Victoria, pocos días antes de embarcarse para el extranjero, desenlace de los sucesos políticos de aquel año. Dicho general estuvo en el balcón dirigiendo la palabra al pueblo, que inundó aquella calle durante el tiempo que permaneció entre nosotros.


La solemne ceremonia de Tremolar el Pendón Real

Hemos dicho que el marqués de la Puebla de los Infantes era alférez mayor del Pendón Real, y por tanto nos consideramos en la obligación de explicar a nuestros lectores cuál era este honorífico cargo. Oficio enajenado por la Corona, representaba un capital en contra del Tesoro, y por eso se le asignó renta que cobra la expresada señora duquesa de Almodóvar del Valle, como comprendido en los bienes de su primer esposo. Era además de grandísimo honor, teniendo entre otras prerrogativas la de tremolar el pendón en las juras de los reyes, y como quiera que ésta es una ceremonia realizada tantas veces en Córdoba, diremos el ceremonial de ella, que harto tiene de curioso ya que ha caído en desuso.

En cuanto recibía el corregidor la real orden para que se levantasen pendones convocaba a la Ciudad a sus casas capitulares, y reunida, nombraba una comisión compuesta de cuatro de sus individuos para que dispusiesen la función en los términos de costumbre. Del mismo modo se señalaba el día en que había de verificarse y se designaba una diputación de dos caballeros veinticuatros, quienes pasaban a ver al Cabildo eclesiástico, invitándole a honrar con su presencia la bendición del real pendón, y después iba a convidar al señor obispo para que concurriera a este acto y al de la proclamación. Dicho Cabildo pasaba después a las casas de la Ciudad, representado por dos de sus individuos, y ambas comisiones volvían unidas a palacio a decir al prelado las determinaciones de ambas corporaciones.

Dados estos pasos, que se pueden considerar como los preliminares de aquella solemne ceremonia, se hacía saber al público por medio de un pregón o bando desde el balcón del Ayuntamiento, estando entretanto reunida la Ciudad. Las palabras que se pronunciaban eran las siguientes, que nunca variaban: "Córdoba, Justicia y Regimiento de ella, hace notorio a sus vecinos, que el día (tantos) de este mes a las tres de la tarde, se ha de tremolar el Pendón Real en la torre del Homenaje, en nombre y aclamación de la Majestad del Muy poderoso y Católico Rey Don (el nombre) nuestro Señor que Dios guarde, legítimo sucesor de estos Reinos y los adyacentes; y para que en parte se manifieste el debido júbilo con que se ha de celebrar este acto, manda que en las noches de hoy y en la del día de mañana haya iluminación general en toda la Ciudad, y que así se publique para que llegue a noticia de todos".

El día de la aclamación amanecía decorada la casa del alférez mayor, marqués de la Puebla de los Infantes, ostentando en el balcón el retrato del nuevo monarca, bajo dosel, y al lado el pendón real. A la una del día se juntaban en las casas capitulares el corregidor, los caballeros veinticuatros, toda la nobleza, el cabildo de jurados, los escribanos y oficiales mayores de cabildo, ministros, alguaciles ordinarios y porteros. De allí salían formados, yendo los veinticuatros interpolados con las personas convidadas, dirigiéndose a las casas del alférez mayor. Al llegar a ella salían de la misma cuatro reyes de armas a caballo, colocándose delante de los porteros, y cuando el corregidor daba frente a la puerta se presentaba aquél con otros cuatro caballeros, a quienes decían los padrinos, y el teniente para llevar el estandarte que el primero sacaba en la mano; este último era otro cargo que vemos ejercer uno de los señores Díaz de Morales, el cual se colocaba en el centro, o sea, entre el alférez y el veinticuatro decano.

En este orden y seguido de la música poníase en marcha aquella comitiva, entrando en la Catedral por la Puerta del Perdón hasta el Arco de las Bendiciones, donde era recibida por el Cabildo acompañado de las cruces y todo el clero. Allí se adelantaban el corregidor y alférez mayor, llevando en medio al teniente con el estandarte o pendón, y a poco se pasaban en fila a la izquierda, después de hacer una reverencia a las cruces para dejar que pasase el cabildo y clero. El alcalde mayor pasaba entonces a presidir el Ayuntamiento, y los otros señores seguían hasta el altar delante del señor obispo vestido de pontifical, entonando la música un solemnísimo Te Deum. Por los postigos del coro entraba el Cabildo y detrás el alférez mayor, que ya tomaba el pendón y llegaba al presbiterio, donde se hacía la bendición de aquél.

Concluida dicha ceremonia salían otra vez en la forma en que llegaron, por la Puerta del Perdón, montando a caballo y siguiendo hasta el pie de la torre del Homenaje, que aún conserva este nombre, y es la que tiene la Cárcel en la esquina contraria a la del seminario de San Pelagio. Debajo de ésta se colocaba el teniente con el pendón y dos reyes de armas a los lados, y el alférez mayor con los otros dos entraban en la Inquisición y subían a la torre. Allí uno de éstos sacaba un cordón de seda que echaba, y otro de los que se habían quedado abajo ataba el estandarte por la parte superior y era subido a lo alto. Uno de los expresados reyes de armas lo alargaba al señor alférez mayor, y dirigiéndose al pueblo, gritaba: "Oíd", y el segundo seguía: "Oíd, oídme todos, oídme todos, oídme todos", y tremolando aquella bandera continuaba: "Castilla, Castilla, Castilla por el muy poderoso, esclarecido y Católico Rey Don (el nombre) nuestro Señor que Dios guarde felices años", a lo que todo el concurso contestaba con un viva.

Terminada esta ceremonia, que el obispo presenciaba desde un tablado que hacían detrás de la tapia de su jardín, se formaba otra vez la procesión y, dando la vuelta por la Cruz del Rastro, seguían en la misma forma en que vinieron, hasta colocar el pendón en el balcón de la casa del marqués de la Puebla, donde permanecía todo el día y noche, y la Ciudad se volvía a sus casas en las cuales despedía el convite. Durante este solemne acto había repique general y colgaduras en todas las casas. En algunas ocasiones tremolaron también el estandarte en la Corredera.


El antiguo Convento de las Nieves

El edificio más notable actualmente en la calle del Liceo es el Círculo de la Amistad, uno de los mejores casinos de España. También tiene su historia, y bien interesante por cierto, para los que quieren saber cuanto Córdoba contiene.

Deseando el jurado Juan Ruiz que tuvieran asistencia muchos de los pobres que morían sin ella a causa de ser insuficientes los hospitales que entonces existían, fundó uno en 1461 en el lugar que ocupa este edificio. A poco, en 1505, se instaló un convento de monjas agustinas en el barrio de San Lorenzo, calle que por él aún lleva el título de las Nieves Viejas. No hemos averiguado el nombre del fundador ni por qué se extinguió el hospital del jurado Juan Ruiz. Varios autores dicen que a él se trasladó el convento de Nuestra Señora de las Nieves en el año 1532, y en algunos apuntes encontramos, y ya lo hemos dicho, que los Navarretes costearon la capilla mayor de la iglesia y que por eso eran patronos y tenían enterramiento en ella.

El retablo del altar era obra del arquitecto Melchor Fernández Moreno, según declaración de él mismo en unas informaciones para la canonización de San Álvaro que se conservan en la Biblioteca provincial.

También hemos dicho que en la de este convento se refundió a principios de este siglo la comunidad de la Encarnación Agustina, que casi en su totalidad sucumbió cuando la invasión de la fiebre amarilla.


Creación del Liceo Artístico y Literario

Nada notable se encuentra de esta piadosa casa hasta 1836, que en un arreglo de conventos fue suprimido indebidamente, pues siendo el único que había de San Agustín parecía natural lo conservasen, cuando había otros repetidos de diferentes órdenes.

Destináronlo entonces a casa de vecinos, y a poco, varios jóvenes formaron en su iglesia una sociedad dramática, empezando a dar funciones cuando aún se conservaba el púlpito y otros objetos que se avenían muy mal con las representaciones teatrales. Aquello que al principio parecía un juego de niños fue tomando incremento, asociándose personas de otra edad y circunstancias hasta que se formó el Liceo Artístico y Literario, de que aún tan buenos recuerdos se conservan. Dividiose en tres secciones: dramática, lírica y literaria; la primera puso en escena las mejores obras del repertorio moderno; la segunda, que tuvo de directores a los artistas Moya, Soriano Fuertes y Ramos, dio brillantísimos conciertos y ejecutó por completo la Norma, Lucía, El Barbero de Sevilla y otras óperas y zarzuelas, y la literaria llegó a publicar un semanario denominado El Liceo de Córdoba, donde vieron la luz pública muchos y apreciables trabajos.

Siendo presidente de esta sociedad el señor don Marcial de la Torre se adquirió a censo el edificio, se vendió parte de él para una plaza de abastos y se construyó la actual fachada, bajo la dirección y plano del arquitecto municipal don Manuel García del Álamo, por cierto que no encontrando firmeza para el cimiento se hizo un gran estacado y se sacó con piedra, cal y agua. Concluido éste se puso la primera piedra con mucha solemnidad, colocando, entrando a la izquierda, una caja de plomo con diferentes monedas, un pergamino con el acta y una lista de todos los que a la sazón eran socios.

Poco a poco se fue enfriando aquel entusiasmo, y por último quedó reducida la sociedad a unos cuantos individuos que arrendaban el local a otras sociedades para dar funciones y aun a algunas compañías, y últimamente se estableció allí un café de escasa concurrencia.


Fundación del Círculo de la Amistad y fusión con el Liceo

En 1850, encontrándose en Córdoba de juez de primera instancia del distrito de la derecha el señor don José Miguel Henares, actual magistrado de la Audiencia de Albacete, concibió el pensamiento de formar un casino con el título de Círculo de la Amistad. Formó una sociedad sobre la base de cien individuos a quinientos reales cada uno, y buscando local, arrendaron éste, tomando los enseres que en él existían, y desde entonces principió a vivir aquel floreciente establecimiento. En un principio se concretaron a comprar el mueblaje, hasta que se consiguió la fusión de ambas sociedades, considerando como fundadores a las personas que de la primera tenían satisfecha la cantidad señalada y a los que quisieron completarla.

Desde aquel día el Círculo de la Amistad empezó a tomar incremento, adquiriendo nuevo y lujoso mobiliario, rica y escogida biblioteca y cuanto podía ser útil al recreo, instrucción y comodidad de los socios, los cuales se dividen en dos clases: fundadores -aquéllos que contribuyeron a la formación de aquel centro- y accidentales -los que entrando después sólo tienen derecho a concurrir al edificio y gozar del recreo que el mismo les proporciona-.

El local ha sufrido también grandes mejoras con las obras realizadas bajo la acertada dirección del maestro de la Academia don Juan Rodríguez Sánchez. De él es el plano del hermoso salón construido en terreno del mercado, que también adquirió la sociedad. Éste es el mayor de España y está lujosamente decorado, ostentando en la parte alta vistosos cuadros de asuntos cordobeses, debidos al pincel del reputado artista don José Rodríguez de Losada, sin que los analicemos minuciosamente, por habernos propuesto no ocuparnos de obras cuyos autores aún viven. En este hermoso salón se han efectuado los juegos florales realizados en Córdoba con tanto lucimiento.

Es digna de fijar la atención la balaustrada de los claustros altos del patio principal y el decorado de otro más interior que últimamente se ha construido en lo que era huerta y que presenta una liadísima perspectiva.


Un mercado que no tuvo aceptación

Las casas intermedias entre las calles de las Azonaicas y del Arco Real están en terreno del ya citado convento del Espíritu Santo. Éste fue comprado después de la exclaustración por el laborioso industrial don Joaquín Manté, quien al frente de una sociedad reunida al efecto lo derribaron e hicieron un mercado que por su pequeñez no tuvo aceptación, por más que lo ampliaron con un departamento en terreno de las Nieves, que ya hemos dicho adquirió el Círculo.

En la esquina obrada por don Rafael Vidaurreta, donde tiene su acreditada sombrerería, se encontraron un pozo con una galería que atraviesa la calle hacia la casa de los marqueses de la Puebla, y en el cual no fue posible entrar por estar lleno de agua. También se encontraron muchos restos humanos, de cuando estuvo allí el cementerio de la parroquia del Salvador, y una cabeza de piedra, al parecer romana.

Por esta calle baja una cloaca o alcantarilla, casi obstruida por completo, uniéndosele otras dos que salen de las del Arco Real y Cister.


Dos personajes del Arco Real

De dos hombres notables debemos hacer mención en este sitio. El primero es don José Mariano Moreno y Bejarano. Nació en Córdoba en 4 de julio de 1764 y está bautizado en la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos. Falleció en la misma ciudad en 20 de octubre de 1833. Fue preceptor de idioma latino, a lo que se reducía por lo general entonces la segunda enseñanza, y era en su profesión tan docto como el que más de sus contemporáneos, y de superior gusto y versación en los autores clásicos. A pesar de esto no llegó a tener nunca mucha clientela. Fue uno de sus más aventajados discípulos don Luis Ramírez de las Casas-Deza, y parece haberlo sido también el señor Alguacil, obispo actual de Vitoria.

Fue hijo de don Diego Moreno y de doña Josefa Bejarano, cuyo matrimonio se hizo en la parroquia de San Pedro. Sosteníase aquél con una corta labor, y no le alcanzó su producto para costear al don José la carrera de Jurisprudencia a que se inclinaba; mas éste, que desde luego se distinguió en el estudio del latín, se perfeccionó, a punto de salir aventajado maestro en él, escribiéndolo con notable pureza y gusto. Era bastante erudito en literatura y bibliografía castellana, y señaladamente en la latina, y quedan suyos en este idioma pocos pero excelentes versos, y superiores a los que hizo en la lengua patria. Se le han atribuido algunos que debieron ser de su juventud, en son de sátira, cuando el célebre don Domingo Badía y Leblic, empleado de Hacienda en esta capital, y ya amante de las ciencias, antes de emprender sus grandes viajes, trató de lanzar a los aires un globo aerostático y quedó burlado en su tentativa por no poderlo hacer subir. Este frustrado ensayo hacíase no muchos años después del descubrimiento de Montgolfier.

Fue Moreno de excelente carácter y costumbres, mas de vida retraída, y tan falto de malicia como de ambición. Casado con doña Francisca Uriarte, rara vez salía de casa, y a la suya concurrían frecuentemente los apasionados a las letras a conferir con él, lo que le era muy agradable. Apartado por algún tiempo del ejercicio de la enseñanza, tuvo por necesidad que volver a ella por los años de 1814. No se sabe que tuviese más honores y destinos que el de bibliotecario, durante la dominación francesa, y de individuo y examinador de la Real Academia Latina Matritense.

En tiempo de Moreno y en esta población la costumbre, el atrevimiento, el estímulo para escribir y publicar lo que se escribía eran muy escasos. De lo que hizo para la Sociedad Económica y para la Academia, a cuyas corporaciones le agregó don Manuel Arjona, y como a uno de sus primeros individuos le consideró y apreciaba, quedan algunas memorias. Las que consagró a Lucano y a Pedro de Valencia no son en verdad notables, ni por el fondo ni por las formas literarias ni por la novedad de noticias; y respecto del último siguió a don Nicolás Antonio hasta en el error de darle por patria a Córdoba y no a Zafra, descubrimiento o rectificación de posteriores tiempos.

Merecen, sí, justo aprecio, y ganarían en ser más conocidas, las composiciones métricas latinas que se le deben y no creo se hayan publicado. Una es la égloga titulada Arcadia, en la instalación de la Academia; otra es la que denominó Najades, a la venida de la reina Amalia de Sajonia, y la Elegía en la muerte de la reina y también esposa de Fernando VII doña Isabel de Braganza. En la primera, su complacencia urbana o su gratitud con el gobierno del último invasor fueron para él motivo de desabrimiento y zozobra. No se conservan algunos otros trabajos que hizo sobre el tizón del trigo, y estudios preparatorios para la historia de su ciudad natal. Murió en ella en la fecha mencionada y a los 69 años, y a consecuencia de exacerbársele su padecimiento habitual en las vías urinarias.

El otro cordobés a que nos referíamos es el muy acreditado médico don Antonio de Luna y García, que falleció en 31 de mayo de 1853. Escribió varias memorias e informes en las distintas corporaciones a que perteneció, y tuvo el oportunísimo pensamiento de formar un manicomio en el exconvento de San Jerónimo de Valparaíso, para lo que hizo formar un expediente, que después abandonaron, cuando tan conveniente era la idea, tanto para los infelices dementes como para los intereses de Córdoba, donde se hubieran reunido todos los de Andalucía, alcanzando, sin duda, mejor resultado que el que produce el llevarlos a Cataluña o a otros puntos.


Calle de la Azonaicas

Frente al Círculo de la Amistad encontramos una ancha calle que enlaza con la de los Letrados, conocida por las Azonaicas, nombre que también se da a dos callejas que allí hay, comunicadas por una tercera y que creemos lo estarían con otra, también en aquella vía, conocida por la del Yeso, a causa de haberse elaborado en ella este material, y con las de los Sanjuanes en la calle del Paraíso, y otra en la del Liceo, cerrada al público y que sirve de paso al postigo del Instituto.

Se cree que este título quiere decir calles estrechas, y en ese caso está bien aplicado porque todas las citadas lo son, y además, la que hoy aparece ancha lo fue también, puesto que el convento del Espíritu Santo avanzaba hasta dejarla como de dos varas, y dando la vuelta que en el día dan las casas de la mano derecha, y formando un rincón donde está la cochera de la número 5, que habita el señor don Ignacio García Lovera, en cuyo sitio había una imagen que desapareció al derribar la parte necesaria del expresado convento, importantísima mejora realizada por el señor don Francisco Díaz de Morales y Bernuy, que cuando la exclaustración se hizo cargo de aquel edificio y llevó a cabo el ensanche, con aplauso de toda la ciudad. Por esto y por las demás pruebas que como escritor y hombre político tenía dadas en favor de la patria, el Ayuntamiento acordó dedicarle esta calle, cuya variación de nombre no se ha realizado, sin que sepamos la causa.


El beaterio de Santo Domingo de Guzmán

En la casa número 6, donde en la actualidad tiene sus oficinas la empresa del gas, hemos conocido hasta hace pocos años el beaterio de Santo Domingo de Guzmán, y la última beata, aunque nada tenía que lo demostrase, ha sido la señora doña Vicente Alcalde y Pineda de las Infantas, a cuya muerte se ha promovido un pleito sobre en quién han de recaer aquellos bienes.

A fines del siglo XV doña Leonor Rodríguez de Bañuelos se reunió con otras señoras y fundaron un beaterio en la calle de San Pablo, por bajo de la puerta de la iglesia, donde está el parador del Carmen, sin tener iglesia propia, y sí asistiendo a todas las funciones y culto de la ya citada. En un manuscrito existente en la Biblioteca provincial se habla mucho de estas beatas y se dan los nombres de algunas que se distinguieron.

En él y en otros apuntes hemos visto que después de la muerte de las fundadoras, considerando como sitio demasiado público la calle de San Pablo, trasladaron el beaterio a las callejas de las Azonaicas, como más a propósito para el objeto, donde le labraron oratorio y ha permanecido hasta su extinción, como arriba hemos anotado.


La calle de los Letrados y el Hospital de San Bartolomé

La calle de los Letrados puede considerarse como dos, y así es en efecto. Antiguamente se decía al primer tramo calle de las Tiendas, por las muchas que allí había, y al segundo -o sea, el que desde las Azonaicas va a la plazuela de la Compañía- le decían de los Letrados, por la casualidad de haber morado siempre en ella alguno de esta facultad.

En la primera parte hay otra calle estrecha que enlaza con la del Reloj y se llama de Munda desde 1858, en que le quitaron el nombre de los Santo Antones, que tomó de unas imágenes que en aquel sitio hubo; es la primera que alcanzó la mejora de ser embaldosada en totalidad y no es muy concurrida, tanto por ser una travesía como por tener en sus extremos unas cubetas urinarias que ofenden horriblemente a la vista y al olfato.

El segundo tramo de la calle donde nos encontramos se ha dicho de los Letrados hace dos siglos, puesto que en los padrones del XVI la encontramos con el nombre del Hospital de San Bartolomé. Éste estaba en la hoy casa número 8, reedificada hará más de treinta años, hacia el de 1840. Era de pobre apariencia, y sobre la puerta tenía un cuadro que representaba al titular. Cuidaba de él una cofradía, que ya hemos dicho se incorporó a la del Santísimo Sacramento de la parroquia de Santo Domingo de Silos, donde celebraba sus fiestas religiosas.

En 1573 y 1574 lo encontramos citado en varios manuscritos, y en el segundo de dichos años se dice haber construido cinco habitaciones para albergue de familias pobres, por lo que se confirma la creencia de ser una especie de hospicio donde se recogían huérfanas y viudas.


La calle del Paraíso

Hemos vuelto a la plaza de la Compañía, ya descrita. Ahora continuaremos nuestro paseo por la calle del Paraíso, de la que corresponde a este barrio hasta la esquina de la de Diego León, o sea, el tramo que antes se llamó de los San Juanes, título que aún conserva una calleja sin salida que hay en ella. Ya hemos dicho que lo tomó de un altar de la iglesia de los Jesuitas, en la actualidad parroquia. Antes se llamó calle de Don Juan Fernández de Córdoba, no habiendo averiguado cosa que nos lleve a más lejanos tiempos.

Frente a la sacristía de dicha parroquia hubo una plazuela donde ya hemos dicho estuvo la fuente que ahora vemos en el cementerio de San Miguel. Este terreno fue comprado por el señor marqués de las Atalayuelas para ampliación de sus casas número 20; mas cuando había levantado la pared a la altura del primer piso el dueño de la casa número 8, aunque quedó una calleja intermedia que existe con una puerta a la entrada, se opuso a la obra por decir que le quitaba las vistas, entablándose un pleito que ha durado muchos años, terminando cuando, muerto el marqués, nadie ha tenido empeño en continuar aquella reforma.


Don Diego de León

El primer marqués de las Atalayuelas lo fue don Diego de León por gracia de Carlos IV, de 23 de noviembre de 1796. Esta familia es en extremo ilustre, descendiente, según algunos autores, de los reyes de León. Ha dado hombres muy notables, principalmente en el ejercicio de la guerra, aún en nuestros tiempos, distinguiéndose los generales don Diego José de León, hijo de los marqueses de Guardia Real, que tanto se señaló al lado del Espartero en la memorable noche de Luchama y que a poco murió víctima de su valor extraordinario, y don Diego de león, de quien se han ocupado tantos escritores y muy particularmente don Carlos Massa Sanguineti, que publicó su vida, impresa en Madrid en 1843. Otra escribió don Nicomedes Pastor Díaz, que puede verse en sus obras de don Diego León y Navarrete.

Nació en la casa de que nos veniamos ocupando, en 30 de marzo de 1807, siendo sus padres los señores don Diego Antonio de León, marqués de las Atalayuelas, gentilhombre de Su Majestad y brigadier coronel del Provincial de Bujalance, y doña María Teresa Navarrete y Valdivia. Estudió con gran aprovechamiento la primera y segunda enseñanza en Madrid y en el colegio de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba, y por último, inclinado a la carrera militar, su padre solicitó del Gobierno beneficiar una compañía de caballería en favor de su hijo, gracia que le fue concedida en 28 de agosto de 1822, recibiendo el despacho de capitán que le costó unos 160.000 reales. Desde entonces fue don Diego uno de los militares más valientes y pundonorosos que ha tenido el ejército español.

En 1825 contrajo matrimonio en Madrid con la señora doña María del Pilar Juez Sarmiento y Mollinedo, hija de los marqueses de la Roca. Cuando el enlace de Fernando VII con doña María Cristina obtuvo el grado de coronel, y cuando a la muerte de aquel monarca su hermano don Carlos quiso hacer valer sus abolidos derechos a la Corona, nuestro héroe se decidió por la reina Isabel, contando desde entonces multitud de acciones en que siempre elevó su fama a donde su valor y talento militar la remontara.

Largo sería consignar el número de sus victorias. Ya de general y teniendo a su cargo el virreinato de Navarra obtuvo nuevos triunfos, siendo el más notable el de la toma del puente de Belascoain, que le valió el título de conde del mismo, una de las recompensas que con más justicia se han dado en España.

No es nuestro ánimo ni nuestra misión escribir la historia de nuestro valiente paisano. Por eso lo dejamos cuando más lo halagaba la fortuna para volverlo a nombrar en sus últimos y desgraciados días. Pasó la guerra civil. Espartero se elevó por su indisputable mérito al cargo de regente durante la menor edad en que aún se encontraba doña Isabel, y la política, que tantos y tantos desastres ha causado a nuestra patria, empezó esas luchas de que jamás nos veremos libres. Cuantos conocen nuestra historia contemporánea saben la fracasada conspiración de varios generales, que en 1841 intentaron restablecer la regencia de doña María Cristina, y la sangrienta escena que tuvo lugar en el regio Alcázar de Madrid la noche del 7 de octubre.

León tomó parte activa en aquellos acontecimientos, y ya perdida la esperanza se salió solo al campo, donde fue preso por una sección de Húsares de la Princesa, cuyo regimiento tantas veces había guiado a la victoria. A ellos entregose, no pensando jamás que Espartero haría cumplir en su persona la horrible sentencia que dictó el consejo de guerra. ¡Vana quimera! Nuestro valiente y pundonoroso cordobés fue fusilado a las afueras de la Puerta de Toledo en la mañana del 15 de octubre, o sea, a los ocho días de haber fracasado aquel pronunciamiento. Mas ni en ese tristísimo lance perdió nuestro héroe la serenidad demostrada durante su gloriosa carrera militar, pidiendo el favor de mandar el piquete que había de poner fin a su existencia. En un nicho del cementerio de la puerta de Fuencarral se lee: D. Diego León, Conde de Belascoain. Pocos años después el Ayuntamiento de Córdoba, su patria, le dedicó la calle contigua a la casa en que por vez primera abrió sus ojos a la luz del día.


El Casino Industrial, Agrícola y Comercial

No podemos abandonar la casa número 8 de la calle del Paraíso sin ocuparnos del Casino Industrial, Agrícola y Comercial establecido en la misma. Esta sociedad fue formada hacia 1860 en la casa de la Calle del Arco Real que dijimos haber pertenecido a los Navarretes, trasladándose después a la que hoy ocupa, como más a propósito para el objeto. Sin hacer ostentación de gran lujo ha procurado siempre ser útil a esta ciudad, sin desatender por eso el recreo y comodidad de los socios. Ha reunido una escogida biblioteca, que tiene a disposición de la juventud estudiosa, y en dos ocasiones ha instalado un Ateneo, donde jóvenes aprovechados y otros socios de más experiencia y larga carrera han pronunciado lucidísimos discursos, y se han entablado discusiones sobre diferentes puntos o temas científicos.

Sobre todo lo dicho estuvo una Exposición de Agricultura, Artes e Industria, celebrada por esta sociedad en 1868 sin más recursos que los suyos propios, a pesar de los grandes gastos que para ella se le originaron, pues aun cuando pensaba reintegrarse en parte con el producto de los billetes de entrada, la revolución ocurrida a los pocos días le obligó a cerrar aquélla, defraudando sus esperanzas. Todo el edificio estaba completamente lleno de objetos de gran mérito, luciendo todos los tejidos de la provincia, así como sus vinos, aceites, granos, licores, plantas y otra multitud de muestras, contrastando con las obras de platería, pintura, escultura, planos de edificios, ferretería, muebles, muestras de maderas y mármoles, zapatería y todo, en fin, cuanto los cordobeses elaboran. Adjudicáronse medallas de oro, plata y cobre, y diéronse muchas y merecidas menciones honoríficas por jurados compuestos de personas elegidas para cada una de las cuatro secciones en que dividieron este notable certamen, memorable acontecimiento para todos los que amen el verdadero progreso de nuestra provincia.


Curiosidades del entorno

En la calle del Paraíso hay otra casa, señalada con el número 3, de la propiedad del señor don José María Cadenas, donde tuvieron su morada los señores de Fernán-Núñez, después condes y en la actualidad duques. De ella volveremos a ocuparnos cuando contemos la historia de don Rodrigo de Vargas, una de las más curiosas tradiciones cordobesas.

En la esquina de la fonda Suiza concluye el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos. Pero es suya la calle de Don Diego León, nombre que le dieron en memoria del general cuya historia hemos anotado. Antes se llamó del Colegio de la Asunción, nombre del que después fue elevado a Instituto Provincial, y del Horno de Soria, por uno que se derribó para hacer la plazuela que hay delante de aquel establecimiento.

En el lugar donde termina la fachada de la fonda Suiza quitaron en 1841 un cuadro que representaba la Asunción, obra de don Diego Monroy, de donde inferimos que era moderna aquella especie de retablo o que sustituyó a otro, que tal vez el tiempo destruiría.

En la plazuela que da vista al jardín botánico del Instituto estuvo, como hemos dicho, la fuente que vemos hoy en el cementerio de San Miguel, y en la esquina hay una gran basa de mármol blanco con inscripción romana, que en su lugar publicaremos, hallada en 1752 a unas cuatro varas de profundidad al abrir unos cimientos en la casa del señor León, calle del Paraíso.


El Colegio de Nuestra Señora de la Asunción

Digno de visitarse minuciosamente es el antiguo y memorable colegio de Nuestra Señora de la Asunción, hoy Instituto Provincial, el primer establecimiento literario y científico con que cuenta Córdoba y uno de los edificios más notables por su extensión, forma y distribución adecuada a su objeto.

Créese que por consejos del padre Juan de Ávila, de quien en varias ocasiones nos hemos ocupado en estos apuntes, se vino a vivir a esta ciudad el doctor Pedro López de Alba, médico que había sido del emperador Carlos I y de su hijo Felipe II. Careciendo de herederos forzosos y deseando emplear el capital que había reunido en alguna obra meritoria, principió a calcular cuál sería ésta que mejores resultados diera a las clases más necesitadas. Córdoba contaba entonces con muchos y buenos hospitales, aunque no de la importancia de los de hoy, y esto le apartó de la idea de fundar otro nuevo. En la duda, pasó a Montilla, donde a la sazón estaba el padre Ávila, y después de consultarle decidió instituir una obra pía para socorro de los jóvenes pobres que quisieran seguir la carrera eclesiástica, con lo que se aumentaría el número de sacerdotes, o como dice en la fundación, "de operarios espirituales de que carecía Andalucía" por falta de medios, toda vez que aún no se había fundado el colegio de San Pelagio, que algunos años después erigió el obispo.

En este tiempo era pontífice Gregorio XIII, rey de España Felipe II y obispo de Córdoba don Bernardo de Fresneda, de quien en varias ocasiones nos hemos ocupado. Principió a cumplir su idea dando limosnas a estudiantes, y a poco adquirió, en 6 de diciembre de 1569, las casas en que está el Instituto, comprándolas a Alfonso Fernández de Argote y su mujer doña Juana de Angulo, quienes a su vez las compraron en una venta judicial que le hicieron a Luis de Angulo en 3 de octubre de 1567. Pagó parte en dinero y parte en un censo que redimió después, cuando reunió los fondos necesarios.

Ya con local a propósito hizo el colegio con el título de Nuestra Señora de la Asunción, para lo que obtuvo bula pontificia que se conserva, fecha 9 de septiembre de 1574, haciendo la fundación que aceptó el padre Pedro de Bujeda, de la Compañía de Jesús, siendo testigo el padre licenciado Francisco Gómez, rector del colegio de Santa Catalina de Córdoba, quien ayudó mucho con sus consejos, y ambos por encargo y recomendación del padre Ávila. López de Alba hizo al primero rector por toda su vida, confiándole la dirección, mas no la administración de los bienes, entre los que estaban los cortijos de Viafornilla y el Toril y las hazas de Manes, que él se reservó hasta su muerte, ocurrida en noviembre de 1588, ratificando su nombramiento y cesión en su testamento, otorgado ante el escribano Rodrigo de Molina. López fue natural de Madrigal, en Castilla la Vieja, y había seguido sus estudios con gran aprovechamiento en la universidad de Salamanca.

Bujeda gobernó la casa con gran acierto, sacando ventajosísimos discípulos, y se ocupaba en hacer las reglas cuando murió, en 6 de septiembre de 1595, dejando por herederos a los Padres Jesuitas, quienes nombraron patrono al deán don Luis Fernández de Córdoba, después obispo de Málaga y Salamanca, y de rector al licenciado Pedro de Ávila.

En 10 de noviembre de 1596 se vistieron los colegiales con trajes iguales a los que actualmente usan los seminaristas de San Pelagio, solo que las becas eran encarnadas; y así, con las variaciones naturales de patronos y rectores, continuaron hasta el 7 de septiembre de 1725, que se hicieron cargo por completo del colegio los padres del de Santa Catalina, o sean, los jesuitas. En 1708 se sacaron los cimientos de la actual capilla, siendo rector don Gaspar de Pineda Ponce de León, y en 1771 se aumentó el edificio con unas casas que había en la calleja de la calle del Liceo, la cual fue cerrada al tránsito público dicho año, a excitación de don José de León y Soldevilla, dueño de otra casa contigua.

Anterior a esta época contaba con todo lo más principal, que se edificó desde 1605 a 1613, a excepción del jardín botánico y de todo el cuerpo de la fachada, que se ha hecho en estos últimos años, sirviendo de base el plano que hizo el ya tantas veces citado arquitecto don Pedro Fernández Meléndez, reformado por su sucesor el señor Moreno Monroy, digno también de que consignemos aquí su nombre, ya que el destino hizo que, joven aún, perdiésemos al amigo y al hombre laborioso y entendido que tanto contribuía a las mejoras de todos los pueblos de esta provincia.

Los Padres Jesuitas, a pesar de tener su colegio propio, siempre miraron éste con gran predilección e introdujeron en él cuantas mejoras pudieron, hasta que, extinguida la Compañía, pasó el colegio de la Asunción a ser patronato de la Corona, la que delegó sus atribuciones en una junta nombrada al efecto de personas escogidas entre las de más ciencia y afectas a la enseñanza.

Ya a fines del siglo XVIII se adoptaron los buenos estudios, estableciendo en 1798 el de las Ciencias; en 1810 crearon la Academia de Dibujo, aún existente; en 1813 se fundó una cátedra de Latín, y en 1826 sufrió un cambio completo, puesto que fue declarado colegio de Humanidades y se suprimió el estudio de la Teología que tuvo desde su principio, continuando así hasta 1847 en que lo declararon Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, estando sujeto en ésta a lo que las leyes establecen, si bien aumentado con la ya citada clase de dibujo, la de francés y otras.

Digno es en verdad este establecimiento de que la provincia dedique a él sus cuidados y atenciones, y de que cuantos vienen a Córdoba lo visiten, seguros de encontrarlo, si no a la altura que se desea elevar, sí a una superior a la de otros institutos de su clase, y tal vez que cuenten con más recursos para su sostenimiento y mejoras. Nosotros, que en muchas ocasiones y que aún recibimos parte de nuestra educación en este colegio, hemos visto con gusto la importancia que ha tomado en estos últimos años y el afán con que a él han contribuido sus directores y catedráticos hasta los actuales, como lo demuestra el director señor don Victoriano Rivera, quien, además del trabajo que da en favor del establecimiento, no se descuida un punto en sus trabajos particulares, habiendo reunido una colección de lápidas, algunas importantísimas, sobre las que ha escrito varios artículos y una memoria, que con sobrada justicia le ha valido el título de correspondiente de la Academia de la Historia, quien no siempre, al menos en nuestra localidad, ha estado tan acertada como en esta ocasión para hacer esa clase de distinciones. Aconsejamos a nuestros lectores no dejen de visitar este edificio, donde, entre otras oficinas, verán el gabinete de Historia Natural y Física, uno de los más extensos y ricos que hay en España, y que cada día se aumenta con nuevos y utilísimos objetos para la enseñanza.

No han faltado a este colegio también sus momentos de desgracia ni han dejado de combatirlo en diferentes ocasiones, casi desde un principio. Cuando en él se estudiaba Teología el seminario de San Pelagio, algo más moderno, quiso sujetarlo a su jurisdicción, lo que jamás logró. La parroquia de San Miguel pretendió también sujetar la capilla al gobierno de los beneficiados y rectores de la misma, y así, todo el que podía, trabajaba por quitarle importancia, y más aún, cuando vieron que el espíritu moderno iba extendiendo aquí las alas que tanto se trabajaba por cortar.

Una de las cosas con que contaba esta casa era con una buena imprenta, en que se tiraron muchas obras y de la que los franceses se valieron y después los liberales en la época de 1820 a 1823. Por esto los partidarios del absolutismo hicieron que al caer la Constitución la chusma invadiera el colegio,destrozando la imprenta y, con ella, cuanto útil y bueno allí encontraron, escapando milagrosamente el rector, que era el ilustrado señor Noriegas, que sufrió bastantes persecuciones e inhabilitaron por varios años, hasta que al fin recobró la plaza que tan dignamente había desempeñado. También se registran en la historia de este colegio algunos actos de insubordinación por parte de los colegiales, en los que siempre se quedó a salvo el principio de autoridad, imponiendo severos castigos a los colegiales.

Recorriendo los departamentos de este edificio hemos visto en la capilla una buena escultura que representa la Asunción de la Virgen, obra del escultor don Pedro Duque Cornejo, de quien son otras varias de las que hay en la misma, y otra de San Ignacio de Loyola, cuyo autor ignoramos. En otros puntos hay varios cuadros, algunos de mérito, y en la sala rectoral una colección de retratos del venerable Juan de Ávila, el doctor Pedro López de Alba y los de varios hombres ilustres que han estudiado en este colegio, inclusos algunos que viven, como es el del actual señor marqués de la Vega de Armijo, cuya importancia como orador y hombre político todos conocemos; también está el del notabilísimo escritor don Joaquín Francisco Pacheco, y no sabemos por qué no figuran los del valiente y desgraciado general León y otros que sería largo enumerar.


Alumnos destacados del Colegio

Entre los discípulos de otras épocas más antiguas se cuentan los siguientes:

El excelentísimo señor don fray Juan de Almoguera, natural de Córdoba, arzobispo de Lima, virrey y capitán general del Perú. El santo mártir Antonio Pérez Cuéllar y Ayala, natural de Ballesteros. El venerable Mateo de Cardenal, de Cabra, que murió en el colegio en opinión de santo. Don Juan Pérez Cortés, colegial mayor en el del arzobispo, catedrático en la universidad de Salamanca, capellán de las Descalzas Reales. Don Alonso Reinoso, cordobés, deán de Osuna y después magistral en Sevilla. Don Juan Portillo de Mesa, cordobés, magistral de Málaga. El señor Ascargota, obispo de Salamanca y después arzobispo de Granada. El doctor don Juan de Porras, natural de Cabra, obispo de Cuenca y Coria. Don Juan de Rocha Mojica, cordobés, magistral y prior de la colegiata de Baza.

El doctor don Pedro Belloso y Armenta, cordobés, provisor y vicario general de Alcalá la Real y Córdoba. Don Bartolomé Giménez de Castro, natural de Bujalance, magistral en Córdoba y Toledo. Don Juan Gabriel de Cocha, natural de Andújar, obispo de La Paz, en Indias. Don Gaspar Diez, de Málaga, donde fue magistral. Don Miguel de Piédrola, de Andújar, obispo de Cartagena, en Indias. Don José de Morales y Leiva, cordobés, provisor de Ávila, doctoral en Sigüenza y penitenciario en Sevilla. Don Diego de Córdoba, natural de ella, rector de la universidad de Sevilla y dignidad de prior de la Catedral de su patria. El doctor don Bartolomé Camacho Madueño, de Montoro, obispo de Tortosa. Don Juan de Santiago, obispo de San Juan de Puerto Rico y de Guadalajara, en Indias. Don Juan de Gálvez Valenzuela, cordobés, colegial en el mayor de Bolonia y gobernador de Milán.

Renunciamos a citar otros muchos nombres porque sería alargar demasiado estos apuntes.


La calle Juan de Mena

Regresamos a la calle del Paraíso para entrar por la de Juan de Mena, antes del Hilete, nombre que tomó por elaborarse en una de sus casas el hilo o alambre que servía para hacer la filigrana, ramo de la platería que siempre ha sido notable e importante en Córdoba.

En 1862, cuando hubo una verdadera manía en mudar los nombres a las calles, le dedicaron ésta a aquel célebre poeta, nacido en Córdoba en 1412. Estudió en Salamanca y Roma, y vuelto a España llegó a secretario y cronista de don Juan II. Sus obras son muchas y muy apreciables, distinguiéndose un poema titulado El Laberinto. Murió en 1456 y lo sepultaron en la iglesia de San Francisco de Tordelaguna, sin que nadie se haya ocupado de gestionar su traslación a su patria.


La regalada vida del Deán Don Juan Fernández de Córdoba

A fines del siglo XV y mucho tiempo después era la calle del Hilete o Jilete, como generalmente decían, mucho menos frecuentada que en la actualidad. Una de sus aceras la constituía la espalda y postigo de la casa del señor don Juan Fernández de Córdoba, señor de la villa de Rute y deán de esta Santa Iglesia Catedral, persona riquísima, tanto por su casa como por las rentas que aquella dignidad le daba. La otra acera la constituía otra pared de la casa del señor don Luis de las Infantas, y era la hoy número 3 de la calle del Paraíso, entonces más extensas.

Los que han leído lo mucho que existe escrito sobre la vida del deán don Juan de Córdoba saben sus costumbres relajadas y el boato con que siempre pretendió eclipsar a todos los nobles sus paisanos, al par que sus extravíos de otro género le hicieron casi perder la cuenta de los hijos que tuvo y de las jóvenes que pervirtió, acallándolas después con cuantiosos donativos. Sin duda por esto fundó, ya en edad madura, la Casa de Expósitos, dedicándose a cuidarlos con un esmero que rayaba en frenesí.

Los criados y pajes de este señor seguían su ejemplo, alentados con la protección que éste les dispensaba, y se creían excusados de guardar a nadie el respeto y consideración debidos, por alta que fuese su jerarquía.

La casa en que hacía su morada era magnífica, cogiendo casi en totalidad la manzana en que hoy vemos la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos y las Escuelas Pías, teniendo la fachada frente al hoy colegio de Santa Victoria y un postigo a la calle del Hilete o Juan de Mena. Hacia esta parte labró una elevada torre que dominaba casi por completo la casa de don Luis de las Infantas, quien tenía varias hijas de vida muy honesta que no podían sufrir aquel registro ni las bromas que desde dicha torre les dirigían. Hartas ya de estos abusos rogaron a su padre hablase con el deán para que pusiese algún correctivo, y como pariente y amigo no titubeó en hacerlo, siempre con la cortesía y miramientos que entre ambos eran consiguientes.

Diole el deán la razón y ofreció de una manera que no dejaba lugar a dudar reprender a sus dependientes y hacer cerrar los claros que hacia aquel lado daban, oferta que agradeció mucho don Luis, marchándose a su casa en extremo complacido del buen recibimiento que sus quejas obtenían. Mas lejos de realizarse sus esperanzas se defraudaron por completo; si pesadas eran las bromas de los criados, hiciéronse insoportables, pareciendo como que sus justas quejas eran acogidas con burlas y chacota. Ya esto hirió el amor propio de los Infantas, y en vez de reiterar aquéllas concibieron el censurable propósito de vengarse del deán de una manera harto sensible para todos.

Pasado algún tiempo vinieron a Córdoba varios sobrinos del deán con el deseo de visitarlo, y éste, agradecido a su buena voluntad, los recibió en su casa y obsequió con un magnífico banquete que duró hasta la una de la noche, sirviéndose los más exquisitos manjares. Asistieron los músicos más notables de la ciudad y un numeroso convite llenó aquellos magníficos y lujosos salones.

Cuando todos se fueron los criados se recogieron cansados de tanta bulla, sin cuidarse, como casi siempre, de cerrar las puertas, que generalmente estaban abiertas, pues las buenas costumbres de aquellos tiempos y el respeto que a todos infundía el deán autorizaban estos descuidos o ya casi costumbre entre ellos. Don Luis de las Infantas con algunos de sus parientes aprovecharon la ocasión; entráronse sin ser vistos y llegando a la cocina rociaron con alquitrán la chimenea y muebles, pegando fuego y retirándose a sus casas como si nada hubiesen hecho. El fuego tomó incremento; de la cocina propagóse a otros departamentos, y cuando despertaron los primeros el incendio habíase generalizado en el edificio. Salieron a la calle dando gritos, los vecinos se despertaron, las campanas de la parroquia de Santo Domingo de Silos dieron la seña a las de todas las demás, y bien pronto las autoridades y casi todos los cordobeses acudían al lugar del siniestro, uno de los mayores que se han conocido en Córdoba.

La cámara del deán tenía una ventana a la hoy calle de Santa Victoria. El fuego había llegado a la estancia anterior, donde murió quemado el paje que tenía de más confianza, y él, sin poder escapar, daba desesperadas voces de socorro, debiendo la salvación a que los operarios arrancaran la reja, arrojándose él a la calle en ropas menores. El autor de los Casos raros dice que era tanta la plata que había en aquel palacio que salió derretida a los patios, ocasionándose con esto y lo demás consumido por las llamas una pérdida de más de 300.000 ducados. Tanta era la riqueza que tenía y el lujo con que pasaba la vida el deán don Juan Fernández de Córdoba.

Como el fuego empezó por la cocina todos lo achacaban a la chimenea, mas no el expresado don Juan, que fijó su atención en lo ocurrido con don Luis de las Infantas, contra quien nada quería pedir por su carácter de sacerdote, no sucediéndole lo mismo a su sobrino el marqués de Comares, libre de aquel reparo, y el cual dio parte, siguiendo un ruidoso proceso para el que consiguió la venia de un juez pesquisidor, que tomó el asunto con tanto empeño e hizo tantas indagaciones que logró reducir a la mayor estrechez a los Infantas, quienes hubieran muerto de miseria si la señora de don Luis no hubiese logrado salvar unos 6.000 ducados, escondiéndolos debajo de su saya el día del embargo, siendo éste tan riguroso que nada absolutamente le dejaron. Este proceso duró muchos años, hasta que al fin Felipe II, por influjo de algunos nobles, llamó al marqués de Comares y lo hizo desistir de sus gestiones.


El exconvento de Jesús María y su calle

A la salida de la calle de Juan de Mena nos encontramos un sitio donde afluyen además de ésta la de Ángel de Saavedra, la de los Moros, que es del barrio de San Juan, y la de Jesús María, que desemboca en las Tendillas, donde termina la jurisdicción de la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos. Nos ocuparemos de la última, por encontrarse cortada, y después volveremos a redondear nuestro paseo.

Dos edificios notables existen en este sitio. Es el primero el exconvento de Jesús María, de religiosas Mínimas, o sea, de San Francisco de Paula, hoy de la propiedad del señor don Esteban Santaló. Lo fundó en 1538 la señora doña María Carrillo y Hoces, viuda de don Bernardino de Sotomayor, siendo obispo de Córdoba don Pedro Fernández Manríquez, y quedando sujeto a los jefes de su orden. Mas a pesar de las muestras de virtudes que dieron las religiosas ni una pudo llegar a sostenerse con algún desahogo, por lo que en 1735 prestaron obediencia al obispo don Tomás Rato, quien desde entonces empezó a ayudarle con sus limosnas.

Pocas noticias hemos adquirido de este convento, que continuó hasta 1836, en que fue suprimido, incorporándose las religiosas a las comunidades que individualmente quisieron elegir. El edificio, que nada particular ofrece, aparte de un regular artesonado en la iglesia, estuvo dedicado a casa de vecinos y a depósito de cuadros del Museo Provincial, hasta que adquirido por el expresado señor Santaló estableció en él una fábrica de tejidos de hilo. Después ha estado la iglesia dedicada a teatro con la denominación de Moratín, y por último, no mereciendo éste los favores del público, está convertido en taller de carpintería. Otro de coches hay en parte del convento, y lo demás es la casa del propietario.


La casa de los Marqueses de Valdeflores

Dando frente al expresado convento está la casa en que en la actualidad moran los señores marqueses de Valdeflores. Es una de las principales de los Armentas, de cuyo nobilísimo linaje nos ocupamos en la parroquia de la Magdalena. Represéntalo la señora marquesa, en quien concluirá como primer apellido el marquesado de Valdeflores, que no es de los oriundos de Córdoba. Lo otorgó Carlos III en 19 de julio de 1764 al señor don Francisco Velázquez de Velasco y Angulo, y por enlace de hembra ha venido también al señor don Antonio Rubio y Velázquez.

Los Armentas figuran en Córdoba casi desde la conquista, y lo vemos enlazado con los más principales, como lo son los apellidos Bañuelos, Mesa, Carrillo, Hero, Pedroza, Aranda, Estepa, Aguayo, Sousa, Córdoba, y más que con ninguno, con Góngora, que casi siempre encontramos unido y es representado por esta familia, y del que nos ocuparemos más adelante. En el transcurso de estos apuntes hemos dicho el derecho que los señores Armentas tenían de enterramiento en San Andrés, la Magdalena y otros templos.

En la calle de Jesús María, casi al desembocar en las Tendillas, existían en la pared dos lápidas romanas, hoy embadurnadas de cal. Frente a aquéllas y en la fachada del convento hemos conocido también dos imágenes, en lienzo, que fueron quitadas en el año 1841, como otras muchas anotadas en sus lugares respectivos.


La calle Ángel de Saavedra

Continuaremos nuestro paseo hacia Santa Ana, donde se corta el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos. Todo este trayecto se llama ahora calle de Ángel de Saavedra por haberla dedicado el Ayuntamiento al que en nuestro tiempo ha sido el hijo más notable que ha producido Córdoba, y del que hablaremos al llegar a la casa donde nació. La parte más ancha, o sea, la plazuela a que primero salimos, se ha llamado de los Cabreras, apellido ilustre del que nos ocupamos ya en la casa de los marqueses de Villaseca, a quienes ha pertenecido la que aquí vemos, con una fachada que, aunque mutilada, muestra pertenecer al siglo XVI, según su bella arquitectura, que nos recuerda aquellos tiempos tan felices para las artes.

También se ha llamado este sitio plazuela de la Lonja de Benamejí, por una marquesa viuda de este título que vivió en dicha casa, la que tenía delante una lonja o atrio, quitado en el primer tercio de este siglo. En el presente año de 1876 se ha descubierto casualmente que enmedio de la cuestezuela que forma existe un pozo, cuya construcción creemos se remonte a los árabes.

Otra casa, muy linda y extensa, hallamos en este lugar; labrola hacia el año treinta de este siglo el señor don José Conde y Salazar. Por su muerte la compró el señor marqués de Peñaflor don Fernando Pérez de Barradas, y después la permutó por la que tenía en el barrio de Santiago el señor conde de Gavia, quien entonces se mudó a este sitio, y de cuyo título nos ocupamos ya al hablar del apellido Ríos.


El doctor Pedro Mato mató a su mujer

Otra calle encontramos en este sitio, llamada Alta de Santa Ana, que comunica con la Cuesta de Pedro Mato, la más pendiente que existe en todo Córdoba, la cual pertenece ya al barrio de la Catedral. En los padrones antiguos vemos todo este trayecto con el segundo de aquellos nombres, por cierto uno de los más justificados, recuerdo de uno de los más lastimosos sucesos que registra la historia de esta ciudad.

En la última casa de la acera izquierda, que forma rincón y es conocida por la de la Escalerilla, por una que tiene delante para subir desde la calle a una habitación alta, moraba hacia 1575 el doctor Pedro Pera Mato, uno de los médicos que por su ciencia y honradez han gozado de más crédito entre los cordobeses. Algunos autores lo hacen portugués, mientras otros lo creen de Córdoba, donde vivían y tenían bienes sus padres, el licenciado Cristóbal Sandín y doña Beatriz Cano. Terminada su carrera con gran aprovechamiento se acreditó bien pronto en su profesión, logrando alcanzar una posición holgada. Entonces se casó con otra doña Beatriz, cuyo apellido ignoramos, demostrándose ambos esposos un entrañable amor, del que eran fruto dos hermosas niñas.

Así permanecieron muchos años, hasta que uno de los Páez Castillejos que habitaban en su casa solariega de la plazuela de Don Jerónimo Páez fijose en la esposa del doctor, empezando a hacerle señas desde la azotea que aún se ve sobre la hermosa fachada de su morada. La que hasta entonces había demostrado una intachable conducta fijose también en su galanteador, e interviniendo una codiciosa criada, tomaron aquellas ilícitas relaciones una importancia causa de funestísimos desastres.

El carácter irascible de la señora le hizo cometer la imprudencia de maltratar de palabras y obras a la que era dueña de su secreto, y ésta, vengativa en extremo, reveló al doctor Pedro Mato el horroroso engaño de que era víctima, revelación a que dio fuerza la misma esposa desleal, puesto que, apercibiéndose de ello, se puso una toca y corrió a refugiarse en un convento, donde se constituyó en clase de depositada.

Una vez dado el escándalo no se ocupaban en Córdoba de otra cosa por más que en aquellos tiempos se hablaba siempre de los asuntos graves con un misterio que ahora no se conoce. Sin embargo del escándalo, tanto el obispo Fresneda como otros muchos amigos del doctor, apoyados en la negativa de doña Beatriz, empezaron a disuadirlo de aquella idea, suplicándole que por el amor que tenía a las dos niñas perdonase a aquélla la ofensa y la recogiese en su casa, dando palabra de no ofenderla, temerosos como estaban, tanto por el fuerte carácter del médico como por lo mucho en que estimaba su honra. Consiguiéronlo al fin y la señora volvió a la casa conyugal, donde empezó a hacer una vida tan recogida que no salía a misa, puesto que ésta la oía en un oratorio que al efecto le costeó su marido.

Así continuaron varios meses, hasta que un día, ya fuese la criada en venganza de haberla despedido, ya algunos envidiosos del buen nombre y fortuna que como médico tenía Pera Mato, o tal vez cualquiera de esos para quienes la honra ajena es un juguete y que pensaran divertirse con aquella desgraciada familia, una noche colocaron sobre la puerta de la casa una cuerda llena de cuernos, como indicando la paciencia con que el esposo llevaba su deshonra. Cuando por la mañana salió Pera Mato y se encontró con aquel insulto quedó parado sin saber qué determinación tomar. Su primera intención fue vengar el ultraje en doña Beatriz, mas luchando al mismo tiempo con la palabra de no herirla, dada al obispo y demás amigos intermediarios en el asunto, quitó la cuerda y siguió su camino, batallando allá en su mente con la idea de la venganza.

Creyéndose un tanto tranquilo tornó al fin a su casa, donde al ver a su esposa sintiose acometido de tal ira que, arrojándole a la cara la cuerda que quitó de la puerta, la agarró por los cabellos y sin darle más tiempo que el necesario para encomendar su alma a Dios, la ahorcó con una toalla que encontró en aquella estancia. Seguidamente recogió el dinero y alhajas que halló más pronto y corrió a refugiarse en el colegio de los Jesuítas, de donde lo sacó la justicia, siguiéndole rápidamente su proceso y condenándolo a muerte.

De esta sentencia apeló ante la Chancillería de Granada, dando poder ante Gonzalo de Molina en 1574 a un farmacéutico de Córdoba llamado Luis Abarca para que fuese a dirigir y cuidar de su defensa, siendo el resultado la conmutación de aquella pena por la de presidio en uno de los de África, de la que se cree fuese indultado por influjo del duque de Medina Sidonia, a cuya protección se acogió, puesto que luego figuró en Sevilla con gran fama, casando a una de sus hijas, a quien dio 55.000 ducados de dote, además del que entregó a la otra para entrar religiosa en el convento de Santa Clara de Córdoba.

El doctor Pedro Pera Mato escribió varias obras sobre medicina muy apreciables, imprimiéndose una de ellas en 1576. El suceso referido fue muy ruidoso en esta ciudad, escribiéndose de él varios romances y cantares, de los que ha llegado a nosotros el siguiente: "Pedro Mato / mató a su mujer; / físolo tarde, / mas físolo bien".


La calle Alta de Santa Ana

La calle Alta de Santa Ana se llama así para distinguirla de la de Ángel de Saavedra, que ha llevado el mismo título. En el segundo rincón hubo hasta 1841 una especie de retablo con un Jesús Nazareno de medio cuerpo, en lienzo.

La casa número 3 era la del mayorazgo que disfrutaban los señores Montesinos, y frente a ésta, en la pared del convento de Santa Ana, se ve un arquito saliente con una cruz de madera en cuya peana hemos leído: Aquí se mató un hombre que cayó de esta pared. Rueguen al Señor por él. Año de 1677. Y más abajo dice: Se renovó á devoción de un devoto, por un milagro, en el año de 1800.


Las calles de los Estudios y de Santa Victoria

Volviendo a pasar por la parte de la calle de Ángel de Saavedra correspondiente a este barrio entraremos en otra muy corta y estrecha, titulada de los Estudios, para salir a la de Santa Victoria, una de las más anchas de esta ciudad. No sólo han sido estas dos calles una sola, sino que se extendía a la hoy llamada de Pompeyos. Tal es la variación hecha en este lugar, y que aún debiera ser mayor para constituirlo en uno de los mejores de Córdoba.

El nombre actual lo toma del colegio de niñas de Santa Victoria, edificado en el solar que ocupaba el palacio de los marqueses de Almunia, y antes fue de los de la Guardia, viviendo también en esa u otra de aquellas casas un don Gonzalo Mecías, por lo que la calle ha llevado estos tres nombres hasta la fundación del colegio de los Jesuitas que, como ya hemos dicho, ocupaba casi toda la manzana donde están las Escuelas Pías, y cayendo hacia este lado las clases dio la gente en decir calle de los Estudios, nombre aún conservado en la parte estrecha de la misma.

La de Pompeyos se ha llamado también del Rector, por haber vivido en una de las casas el que lo era de la parroquia de Santo Domingo de Silos, y de la Comadre, por una matrona o partera que también habitó en aquel sitio.


La iglesia y el Colegio de Santa Victoria

El colegio de Santa Victoria es el edificio más notable que tenemos en Córdoba, al menos en su exterior, y embellece uno de los sitios más céntricos de la misma. Lo constituye la iglesia y dos alas convexas, si bien una de ellas no luce como debiera, por tener delante, aun cuando poco elevadas, la casa del rector capellán y otras de la calle de Pompeyos.

A la primera se entra por un hermoso pórtico sostenido por seis colosales columnas de orden compuesto, con cornisamento y triángulo, en cuyo centro se ven las armas del fundador. El interior es una preciosa rotonda cuyo entablamento lo sostienen otras dieciséis columnas de orden corintio, ocupando los claros de éstas la puerta, los coros y cinco altares. El mayor es de madera dorado, de buena arquitectura, ocupando el centro la titular, escultura de mediano mérito. Los otros, cuatro grandes cuadros de mediano mérito, obras de don Francisco Agustín Grande, representando la Visitación de Santa Isabel a la Virgen, San Juan Nepomuceno, San Francisco de Sales fundando la orden de la Visitación, y el martirio de los patronos de Córdoba San Acisclo y Santa Victoria.

Del mismo autor es otro de la aparición de San Rafael al venerable Simón de Sousa, comendador de la Merced, el cual hace juego con otro que está sobre el coro que representa a San Joaquín y Santa Ana con la Virgen, pintado por don Antonio Monroy. El pavimento de esta iglesia es de mármol, y las puertas y demás objetos guardan la debida simetría y están ejecutados con gusto y perfección.

Lo demás del edificio consta de cuatro pisos y casi en su totalidad está formado sobre bóvedas o sótanos de muy buena construcción, siendo tan grande que el número de sus puertas se eleva a setecientos pares. Es capaz de contener cómodamente doscientas colegialas, además de las clases y otras oficinas necesarias a la enseñanza. Entre las muchas piezas que llaman la atención figura una que le dicen de los Secretos, por sus condiciones acústicas, puesto que hablando uno en voz baja en cualquiera de sus ángulos lo oye el que se coloque en el opuesto.

A pesar de esa capacidad, el número de pupilas pensionadas y de pago siempre ha sido corto, y en cuanto a la educación que allí reciben ha sido y es en extremo esmerada.


Fundación del Colegio

Respecto a su fundación hemos leído que el obispo de Córdoba don Francisco Pacheco, muerto en 1590, fundó con sus bienes patrimoniales, que eran cuantiosos, una agregación al mayorazgo de Almunia, con la condición de que al juntarse éste con otro cualquiera se separase la expresada agregación, fundándose con ella un colegio para educar y dotar niñas pobres, constituyendo como patronos al poseedor de aquél y como agregados y administradores al deán, al magistral y al doctoral de la Santa Iglesia Catedral.

En el primer tercio del siglo XVIII, poseyendo ya el mayorazgo el marqués de Ariza, se efectuó la unión citada, y a seguida se pretendió la segregación, que por cierto encontró mucha y tenaz resistencia, a pesar del mandato que para ella se consiguió en el año 1739. Por fin, hacia 1761 se empezaron a sacar los cimientos del nuevo edificio, encargándose de su construcción un arquitecto francés llamado don Baltasar Dreveton o Graveton, el cual estuvo tan desgraciado que cuando estaba acabando la cúpula o media naranja de la iglesia se le desplomó, con grandes perjuicios para los fondos del colegio. Este incidente, ocurrido en 1772, produjo un gran disgusto, que dio por resultado el encargar de las obras al distinguido arquitecto don Ventura Rodríguez, quien corrigió el plan de su antecesor y construyó el bello pórtico de la iglesia, muy semejante a la portada de la capilla del Sagrario y parroquia de San Ildefonso de Jaén, que también son obras de este notable artista, terminándose este edificio en 1788, habiendo importado más de tres millones de reales.

Los bienes del colegio de Santa Victoria eran de mucha importancia; mas habiendo sufrido los efectos de las leyes desamortizadoras han menguado considerablemente y hoy no se puede sostener con el esplendor que en otras épocas.


El corral del tirador y la esgrima

En el rincón que forma la calle de Santa Victoria, al final de la fachada del colegio, existe aún un callejón de regular anchura con una puerta que no hace muchos años le colocaron, y el cual era conocido por el Corral del Tirador. Algunos han creído que en este lugar viviera algún tirador de oro, o que habría un tiro de pistola o de gallina, costumbre antigua entre los cordobeses. Pero a nuestro entender ha sido un maestro de esgrima el que le dio nombre.

Por las muchas tradiciones contadas en estos apuntes habrán visto nuestros lectores que en lo antiguo era costumbre usar espada, corta o larga, según la categoría del sujeto; era, por lo tanto, indispensable aprender a manejarlas, y había maestros que, además de asistir a casa de los discípulos que podían costearlo, tenían escuelas a donde asistían otros, y hasta en las tardes de los días festivos colocaban en cualquier plaza un trofeo con armas y caretas, y por un módico precio daban lecciones o dejaban luchar a los aficionados. Esta costumbre ha llegado a nuestros días, y el autor de esta obra conoció cuando niño a un maestro que se colocaba en la Corredera, reuniendo un gran cerco de gente que iba a ver jugar a la espada, como entonces decían. Esto es a todas luces más verosímil.


Don Juan Fernández de Córdoba, fundador del Colegio de los Jesuitas

Réstanos para terminar el barrio del Salvador y Santo Domingo de Silos ocuparnos del colegio de los Jesuitas, llamado de Santa Catalina, que comprendía toda la manzana en que está la parroquia, con excepción de dos casas. Mas antes de hablar de esta institución religiosa creemos oportuno dar a conocer la historia de su fundador en Córdoba, sin detenernos en narrar todo lo que sobre el mismo hemos encontrado en muchos manuscritos, en varias obras impresas y en los Casos raros, libro que en tantas ocasiones hemos citado.

Don Juan Fernández de Córdoba fue el tercer hijo que tuvo el famoso conde de Cabra, que prendió al Rey Chico de Granada y después se encontró en la conquista de su reino. Dedicado a la carrera eclesiástica y siendo tanta la influencia que en todo ejercía su familia, diéronle muy joven el deanato de Córdoba, cuyas pingües rentas, unidas a las de sus legítimas paterna y materna, lo hicieron dueño de una cuantiosa fortuna, contando entre las segundas el señorío de Rute, que por sí solo bastaba para considerársele poderoso.

A pesar de su estado don Juan no observaba la que el mismo exigía, dejándose llevar de los bríos de su juventud a un extremo que todo el mundo le censuraba. Confiado en su poder y riqueza fue a Madrid a pretender el obispado de Córdoba, y cuando tenía grandes esperanzas de conseguirlo se entró una noche en cierta casa de juego, donde perdió unos 30.000 ducados, cantidad que en aquellos tiempos admiró a muchos, llegando la noticia al emperador Carlos V, quien desde aquel momento se puso en contra suya, manitestando su desagrado y considerando, con razón, aquel vicio una gran falta para el que tenía la obligación de dar ejemplo a sus gobernados, dando entonces la mitra a su tío don Leopoldo de Austria, hermano de Felipe I, por sobrenombre el Hermoso, a quien, resentido el deán, hizo cuanta guerra pudo, no llevándola aún a mayor grado por la regia estirpe a que pertenecía el prelado.

Perdida aquella halagüeña esperanza entregose don Juan a toda clase de escándalos y vicios, particularmente a la deshonestidad, diciendo algunos autores que llegó a perderse la cuenta de las mancebas y de los hijos que de ellas tuvo. Mas era tal su largueza en regalar a todos que no le faltaban defensores ni quien hasta elogiase su censurable conducta. Entre los segundos se contaba don Luis Fernández de Córdoba, para quien fundó un buen mayorazgo; doña Leonor de Córdoba, que casó con un corregidor de esta ciudad; otro conocido por el Rayo, a causa de su extraordinaria belleza, que llegó a ser canónigo de Sigüenza, y otras cuatro hijas que hizo monjas, dándolas muy buenas dotes.

Son muchas las anécdotas que de este personaje se refieren, de las cuales llevamos dos contadas a nuestros lectores: una la del incendio de su casa y otra en el barrio de la Magdalena, cuando se le escapó una de sus mancebas por consejos del venerable Juan de Ávila. Otra un tanto curiosa vemos en los Casos raros.

La fama fundada que don Juan Fernández de Córdoba había adquirido de rumboso le valió gran ascendiente en todas las clases de la sociedad cordobesa, como se probó en varias ocasiones.

Un vecino de esta capital sorprendió a su mujer en adulterio con un joven llamado Juan Maldonado. Probado plenamente el delito cometido por ambos, el tribunal pretendió castigarlo con la pena de muerte. Esto produjo en toda la ciudad gran sensación, llegando todos a interesarse por la vida de aquellos desgraciados, pendientes del perdón del ofendido esposo. Empezaron pues los ruegos y súplicas para obtenerlo, sin lograrlo ni el mismo obispo, a pesar del gran ascendiente que su elevada posición le daba. Aquel terrible fallo iba a cumplirse; el patíbulo estaba levantado y no faltaba quien dijese que se logró que el verdugo se fingiera gravemente enfermo, y que entonces el marido de la víctima se ofreció a ejecutar por sí mismo aquella sentencia.

Los reos salieron de la cárcel y la gente, desesperanzada, acudieron a casa de don Juan Fernández de Córdoba,rogándole hiciese cuanto le fuera posible para evitar la muerte de los reos. Compasivo como era y decidido cuando en cualquier empresa se empeñaba, cabalgó en su mula y llegó a la Corredera cuando ya faltaban cortísimos momentos para descargar el primer golpe. Dio gritos desde lejos, la gente los repitió y la justicia mandó suspender el acto, dándole lugar a que llegase y se dirigiese al marido ultrajado en son de mando más bien que de súplica, exhortándole al perdón, con tal imperio, que el pobre hombre se acobardó y pronunció la palabra que tanto se deseaba.

Don Juan, sin perder tiempo, y a pesar de los abrazos que los reos y el pueblo todo le daban, hizo subir a la mujer a las ancas de su mula y se la llevó a su casa, en tanto que el joven fue restituido a la cárcel. No tardó un cuarto de hora en llamar al esposo ultrajado, y después de darle las gracias por haber accedido a sus deseos, le entregó mil doblones y algunas joyas de valor, con lo que llegó a reunir una regular fortuna. Conseguida la libertad del preso diole también una cuantiosa limosna, mucho menor, y buenos y saludables consejos, que le sirvieron bastante para su conducta en lo sucesivo.


Fundación de la casa de los Expósitos

A pesar de la vida borrascosa de don Juan Fernández de Córdoba, que los años con la reflexión fueron cambiando, siempre tuvo la buena cualidad de ser en extremo compasivo y dadivoso, apresurándose a socorrer cualquier desgracia por insignificante que fuese. La multitud de niños ilegítimos que morían por arrojarlos a cualquier lugar inmundo o detrás de las puertas o en el campo había impulsado al Cabildo eclesiástico a establecer una casa en uno de los galeones del Patio de los Naranjos, donde colocaban aquellos infelices, y el encargado los daba a criar a cualquier nodriza que encontraba.

En aquellos tiempos la policía urbana carecía de toda clase de reglas, y cada cual hacía cuanto a su capricho o interés convenía. Entre otras inconveniencias era una de las peores el abandono en los cerdos, que entraban y salían del campo, yéndose a casa de sus dueños, como aún se ve en muchas poblaciones. Un día varios de estos animales se entraron en la Catedral, y a su placer devoraron tres infelices criaturas que estaban en la cuna de recepción, suceso que produjo gran sentimiento en toda la ciudad, en el Cabildo y, más que en nadie, en el deán, quien desde aquel momento se dedicó decididamente al amparo de los expósitos, colocándolos en una casa que había frente de la Catedral y se conocía por la del Agua, donde a sus expensas los criaban y mantenían después, enseñándolos a leer y escribir, y explicándoles él mismo la doctrina en un rato que todas las noches dedicaba a esta piadosa tarea. A los ocho años los dedicaba a oficio, y cuando ya eran mayores los casaba, dotando a casi todos con casa y bienes en la villa de Rute, cuyo señorío ejercía, llegando a un número fabuloso las familias que creó de esta manera. Cuenta un autor que eran tantos los regalos que constantemente hacía a los niños, aun de cosas que los halagaba en sus pocos años, que al verlo se abrazaban a sus piernas, ensuciando casi siempre sus ricos hábitos,lo que él sufría con gusto, pensando que aquellas obras de caridad lavarían todas las manchas que en su conciencia echaron sus juveniles extravíos.


Establecimiento de la Compañía de Jesús

Por estos tiempos llevó a cabo San Ignacio de Loyola la fundación de la Compañía de Jesús, que desde luego empezó a tomar incremento hasta llegar a adquirir la importancia que tuvo en España y que aún no ha perdido en todo el orbe católico, aunque haya variado en su forma y modo de hacer su propaganda.

No tardaron en llegar a Córdoba algunos individuos de aquéllos. Tomaron casa en la Judería y empezaron a trabajar con gran fruto, entrándose en los hospitales a asistir a los enfermos y hacer otros prosélitos por medio del púlpito y el confesonario. No les faltaron a la vez muchos enemigos, contándose entre éstos el deán don Juan Fernández de Córdoba, que claramente les hacía guerra, logrando con esto el que los jesuitas formaran gran empeño en catequizarlo y convertirlo en uno de sus más ardientes defensores, hasta tal punto, que llegó a chocar con el obispo en una ocasión que habiéndole encargado éste un sermón a un fraile dominico, el deán hizo lo mismo con el padre Francisco Gómez, encontrándose ambos en la sacristía de la Catedral, alegando cada cual su derecho, sin ceder en el suyo. Avisáronle a don Juan, tomó un bastón y marchose al lugar de la cuestión, que decidió llevando al segundo de los predicadores hasta el púlpito, en cuya escalerilla estuvo sentado mientras el sermón, no agriándose más la cuestión porque el obispo, que aún era don Leopoldo de Austria, se contentó con decir: "Esas son cosas del deán, es menester no hacerle caso".

Creación del Colegio de Santa Catalina

Continuó don Juan Fernández de Córdoba dispensando su protección a los jesuitas, a quienes dio casi la totalidad de su casa-palacio para la fundación del colegio con la advocación de Santa Catalina, que él mismo escogió. Mas no fiándose mucho de ellos, hizo en secreto varias mirillas o registros, por los que de día y noche los celaba, sin encontrar, tanto en el rector Gómez como en todos los demás individuos cosa alguna que le desagradase, por lo que acabó por darles todo el edificio con multitud de rentas y alhajas, entre éstas unas sacras de plata sobredorada con todas las letras de oro con esmaltes, apreciadas en aquel tiempo en unos 6.000 ducados.

Éste fue el principio de los jesuitas en Córdoba, quienes labraron la hermosa iglesia, actual parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, bajo la dirección del hermano y arquitecto Alonso, obrando en todo el edificio muchas e importantes mejoras, continuadas después, entre otras, con la magnífica escalera que aún existe, donde, si bien no se encuentra belleza arquitectónica, sí una gran riqueza de mármoles en labores diferentes, que demuestra lo mucho que costaría hacerla. Hacia donde está la iglesia había a principios del siglo XVI un edificio dedicado a Caballerizas Reales, que creemos adquiriría el deán para ampliación de su palacio. La torre se cayó en una tormenta, rompiendo la bóveda y entrando las campanas a la iglesia, de cuyo suceso nos ocuparemos detenidamente cuando visitemos el convento de la Trinidad.


Expulsión y retorno de los Jesuitas

El colegio de Jesuítas continuó en Córdoba hasta el año 1767 en que, a virtud de la pragmática dada a 2 de abril por Carlos III, se dieron las órdenes secretas para que en un mismo día a las doce de la noche se les intimara en toda España la inmediata expatriación, saliendo a seguida custodiados para los puertos donde debían ser embarcados para los Estados Pontificios, donde no los dejaron arribar, tomando la vuelta a Córcega, donde encontraron hospitalidad.

Como nuestro ánimo no es hacer la historia de la Compañía de Jesús, que hallarán nuestros lectores en otras obras mejor escritas que la nuestra, nos concentramos a Córdoba, donde todos entraron en unos carruajes que los llevaron a Cádiz, sin exceptuarse más que un seglar que huyó por los tejados y después se fue a Lucena, su patria, donde estuvo escondido, puesto que se les conminó con una sentencia de muerte si regresaba alguno a España sin licencia del rey, y el padre Francisco Ruano, escritor muy notable que, por estar impedido a causa de sus años y achaques, lo llevaron al hospital de San Jacinto o los Dolores, donde acabó su vida.

En 9 de junio de 1815 Fernando VII restableció la Compañía de Jesús en toda España, restituyéndole sus antiguos edificios y demás bienes. Mas sea que en Córdoba estaba ya destinado a otro objeto o que no halló acogida el pensamiento, ello es que no se restableció el colegio de Santa Catalina, y no hubo que quitarlo en 1836, como se hizo con las demás comunidades religiosas.

Bravo, en su Catálogo de los Obispos de Córdoba, dice que a la fundación del colegio de Santa Catalina vino San Francisco de Borja, poniendo por rector al padre Antonio de Córdoba, hijo de los marqueses de Priego, cuya vida hemos visto impresa. Pero en los Casos raros y en los apuntes del colegio de la Asunción se cita al padre Gómez, como hemos hecho más arriba.

Grande fue el afán con que los jesuitas atendieron siempre a la instrucción de la juventud cordobesa, que constantemente llenaba sus aulas, sacando notabilísimos discípulos, algunos de los cuales honraron la casa donde recibieron sus vastísimos conocimientos o aprendieron el camino de las virtudes, en que dieron tantas y tan relevantes pruebas, de los que después citaremos algunos. Sin descuidar el culto en su iglesia, siempre solemne y majestuoso, como lo demostraron en la celebridad de la canonización de San Ignacio de Loyola y otros santos de su instituto, y principalmente en la de los dos jóvenes San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka en 1727, como se ve en un libro, de que conservamos un ejemplar, titulado Anfiteatro sagrado, escrito por don Pedro Clemente Valdés, quien lo dedicó a don Francisco José de los Ríos Cabrera y Cárdenas, marqués de las Escalonias, impreso en Córdoba por Acisclo Cortés, Diego de Valverde y Juan de Pareja, y puesto entonces a la venta en casa del mercader de libros Juan de Ortega y León.

Esta obrita se divide en tres tratados. El primero, del octavario que se celebró en aquella iglesia, haciendo pomposas descripciones del adorno de ella, predicadores que ensalzaron el mérito de ambos santos, iluminaciones, fuegos artificiales y demás festejos; descripción en extremo curiosa, en que no sólo se ve la suntuosidad de dichos actos sino el estilo ampuloso con que entonces se narraban. El segundo, la representación de un poema o loa, en dos actos, escrita por el poeta cordobés don Francisco Isidoro de Molina y representada por los alumnos del colegio de Santa Catalina; para ello escogiese un salón de 108 pies de longitud, cubierto de tapices y alumbrado con cornucopias, con dos tablados en los extremos cubiertos de terciopelo carmesí; en uno de ellos estaba la orquesta, dirigida por don Agustín de Contreras, maestro de la Capilla de música de la Catedral, y el otro para la representación, teniendo detrás unos cuartos que servían de vestuarios para los que habían de figurar los personajes siguientes: la Religión, el Demonio, Ángel primero, Ángel segundo, Santa Bárbara, San Estanislao de Kostka, San Luis Gonzaga, don Pablo Kostka, don Rodulfo Gonzaga, el duque de Mantua, Madama Flor, Laura, Roberto y Fermín, siendo en extremo elogiados los jóvenes encargados de representarlos.


Certamen poético sobre San Luiz Gonzaga y San Estanislado de Kostka

El tratado tercero refiere un certamen poético o juegos florales llevado a cabo por los jesuitas, auxiliados por los dominicos, a quienes invitaron al efecto, señalando varios asuntos referentes a las vidas de los dos santos, publicándose la convocatoria con gran solemnidad, saliendo por las calles con estandartes alusivos y fijando carteles en los sitios públicos, al son de la música que precedía al jurado que había de juzgar las composiciones, y se componía de los señores don Pedro Salazar y Góngora, deán y canónigo de la Catedral, que después fue obispo; el reverendísimo padre maestro fray Tomás Tenllado, del convento de San Pablo; don Juan Fernández de Córdoba, conde de Torres Cabrera, y don Fernando Mesía de la Cerda, caballero de la orden de Santiago y marqués de la Vega de Armijo; de cuyo jurado sería secretario el padre Pedro del Busto, maestro de Sagrada Escritura en el colegio de Santa Catalina.

El certamen era extensivo a todos los poetas españoles, sin excluir las mujeres, por lo que fue extraordinario el número de composiciones presentadas desde el 13 de octubre que se publicó hasta 5 de febrero de 1728 que se realizó, viéndose el jurado en la necesidad de hacer tres grupos, uno de las desechadas desde luego, otro de las regulares y el tercero de las buenas, entre las que se eligieron las que habían de premiarse.

Llegó el día señalado. Hízose el convite, que fue recibido con gran solemnidad, y en el mismo salón en que se representó la loa, aunque mucho más adornado, verificose el acto, ocupando el centro el obispo con los jueces y dos catedráticos más que ayudaran al secretario en la lectura de las poesías, en una cátedra colocada al efecto. Los poetas premiados estaban enfrente, sentados en un lujoso escaño, y allí, en bandejas de plata, les eran llevados los premios por dos niños vestidos de ángeles; cuando era de un ausente se depositaba en otra mesa delante del jurado. A la conclusión de cada poesía el secretario dirigía al autor una felicitación en verso, muy corta, y en los intermedios tocaban y cantaban los músicos, con lo que también empezó aquel solemne acto.

Los poetas laureados fueron los siguientes:

Asunto primero. Primer premio: un magnífico diamante, a una canción del reverendísimo padre maestro fray Gaspar Luis de Navas, del convento de la Merced de Córdoba; segundo premio: una caja de metal y nácar, a otra canción del doctor don Antonio Palomino Dávila, magistral de la Catedral de Orihuela; tercer premio: un cintillo de oro con una esmeralda, a otra canción de don José Javier Rodríguez, profesor de Teología en la universidad de Salamanca. Además se leyeron, como dignas de ello, otras canciones del reverendísimo padre fray Francisco de Lara, del convento de San Jerónimo de Sevilla; don Agustín Gabriel de Montiano y Luyando; don Manuel Arredondo Carmona, opositor a cátedras en la universidad de Valladolid; el muy reverendo padre José Butrun, de la Compañía de Jesús en Segovia; el muy reverendo padre Carlos de la Requena, de la Compañia de Jesús en Madrid; el padre Joaquín Navarro, de dicha Compañía en Alcalá de Henares; el muy reverendo padre Francisco Chacón, de la misma en Sevilla, y don Francisco José de los Ríos Cabrera y Cárdenas, que la presentó sin opción a premio.

Asunto segundo. Primer premio: un cuadro en cobre con marco de talla dorada, a un romance endecasílabo del señor don Antonio Montiliu, conde de Montealegre; segundo premio: un cintillo de oro con una turquesa, a otro de don Pedro de Torres y Arellano, coronel reformado y regidor perpetuo de Murcia; tercer premio: un ejemplar del Año Virgíneo, en cuatro tomos, a otro de don Julián Ruiz Dávalos de Santamaría, abogado de Madrid. Leyéronse además, como en el primer asunto, otros romances de los poetas siguientes: de la señora doña Luisa María Domonte Ortiz de Zúñiga, natural de Sevilla, a la que como premio extraordinario se le dio un cintillo de siete esmeraldas; don Antonio de Rueda Marín, de la orden de Santiago y vecino de Murcia; don Francisco Antonio de Castro, caballero de Alcántara y gobernador de la Serena; don Domingo Máximo Zacarías Ebee, presidente de la Academia Poética de Sevilla; don José Javier Rodríguez y Pérez, profesor de Teología en la universidad de Salamanca; el reverendísimo padre fray Francisco de Lara, del convento de San Jerónimo de Sevilla; don Luis Fernández de Urrutia, abogado en Cádiz; don Agustín Gabriel de Montiano y Luyando; don Pedro José Collado y Guerrero; el padre Juan Francisco Portillo, de la Compañía de Jesús en Murcia; el muy reverendo padre Francisco Chacón, jesuíta en Sevilla, y don Francisco José de los Ríos, sin opción a premio como en el otro asunto.

Asunto tercero. Primer premio: un breviario lujosamente encuadernado, a un soneto con pies forzados del muy reverendo padre maestro fray Juan de Herrera, carmelita en el colegio de San Roque de esta ciudad; segundo premio: un rosario con cuentas de ágata, a otro soneto del muy reverendo padre fray Fernando Lorenzo, del convento de San Agustín en Córdoba; tercer premio: una sortija con esmeraldas, a otro dos veces acróstico de don José de León y Montilla, vecino y natural de Córdoba. Además se leyeron otras de la señora doña Isabel Clara Barba de Guzmán, vecina de Carmona; el muy reverendo padre maestro fray Gaspar Luis de Navas, del convento de la Merced de Granada; el muy reverendo padre fray Domingo López, del convento de Dominicos de Murcia; el reverendo padre fray Francisco de Lara, exprior de los Jerónimos en Sevilla; don Ignacio Gaspar de la Lastra, abogado en Madrid; el licenciado don Francisco Cano Machuca, también abogado en Madrid; don Bernardo José Dávila y Fuente el Carnero, vecino de Ocaña; don Luis Fernando de Urrutia, abogado en Cádiz; don Gregorio Ortiz y Moncayo; don Jerónimo Porcel, cura propio en la Puebla de Palenciana; don Pedro Romero y Vargas, cura propio en Villaminaya; el muy reverendo padre Francisco Chacón, de la Compañía de Jesús, concluyendo con otro de don Francisco José de los Ríos.

Cuarto asunto. Primer premio: corte de una chupa con cinco varas de borborán persiano, con sus correspondientes forros, a unas quintillas de don Francisco Isidoro de Molina, escribano mayor de rentas de Córdoba; segundo premio: un juego de vasos de plata, para camino, a otras del licenciado don Antonio Vélez Moro, abogado y contador mayor en la casa de Medinaceli, en Madrid; tercer premio: un cintillo de oro con esmeraldas, a don Pedro Romero y Vargas, cura de Villaminaya. Leyéronse otras de don Antonio Montiliu, conde de Montealegre; el padre maestro fray Juan de Herrera, del convento del Carmen; el padre maestro fray Felipe Gobin, del convento de San Agustín de Cádiz; don Francisco Antonio de Castro, de la orden de Alcántara y gobernador de la Serena; don Juan Manuel Fernández, profesor de Teología en la universidad de Salamanca; el ya repetido fray Francisco de Lara; el reverendo padre José Butrón, jesuita; reverendo padre Carlos de la Reguera, maestro de Matemáticas en los Jesuitas de Madrid; el reverendo padre Sebastián Manuel de Acevedo, de la Compañía de Jesús; don Bernardo José Dávila Fuente el Carnero; don José Villarreal, vecino de Cádiz, y don Francisco José de los Ríos.

Quinto asunto. Primer premio: un libro vistosamente encuadernado, con 120 grabados, a unas octavas de don Carlos José Fernández de la Reguera, vecino de Madrid; segundo premio: un relicario de plata a otras de don Agustín Gabriel de Mantiano y Luyando; tercer premio: un cintillo de oro con una amatista, al licenciado don Félix Gimbert de Espinosa, abogado en Córdoba. Además se leyeron otras de la expresada señora doña Isabel Clara Barba de Guzmán, dándole como premio extraordinario un cintillo con tres esmeraldas; doña Luz de Mula, vecina de Murcia, dándole en igual concepto otro cintillo con siete esmeraldas; el reverendo padre maestro fray Gaspar Luis de Navas; fray Francisco de Lara; el doctor don Juan de Lerin Bracamente, catedrático en la universidad de Sevilla, terminando con otras octavas del tantas veces citado señor Ríos, marqués de las Escalonias.

Asunto sexto. Primer premio: un cristal con la Pasión grabada y un marco de plata, a unas liras de don Antonio de Rueda Marín, de la orden de Santiago y vecino de Murcia; segundo premio: una caja de concha con embutidos de plata, a otras de don Gregorio Ortiz y Moncayo, administrador de rentas en Ocaña; tercer premio: una esmeralda, a don José de Rojas y Contreras, de la orden de Calatrava, colegial en el mayor de San Bartolomé, universidad de Salamanca. Además se leyeron otras del ya dicho fray Francisco de Lara, don Juan de Lerin Bracamente, el padre maestro fray Juan de Herrera, el doctor don Juan Ignacio de la Encina, abogado en Madrid, y del señor Ríos, como en los anteriores.

Séptimo asunto. Primer premio: un relicario de plata en forma de corazón y con cadena, a unas redondillas del padre fray Francisco de Lara; segundo premio: un cintillo con un diamante, a don Juan Ignacio de la Encina; tercer premio: un anillo con tres rubíes, a don Alonso de Medina, consiliario de Andalucía en la universidad de Salamanca, y se leyeron otras del licenciado don Francisco Cano Machuca, don Juan Manuel Fernández, el reverendo padre Francisco Chacón, jesuita, y del señor Ríos.

Octavo asunto. Primer premio: un tintero y salvadera de plata, a un romance del doctor don Juan de Lerin y Bracamente; segundo premio: una hermosa venturina, guarnecida de plata, a otro de don Lope de los Ríos y Morales, colegial en el mayor de Cuenca, universidad de Salamanca; tercer premio: un cintillo con una gran esmeralda, a don Ignacio de Salazar, administrador de rentas reales de Jaén. Además fueron leídos otros romances del ya expresado fray Francisco de Lara, fray Juan de Herrera, don Vicente Villanueva Igayarre, profesor de Leyes en la universidad de Salamanca; don Ignacio Gaspar de la Lastra, y terminó con otro del señor Ríos, que debemos considerar como el obligado.

Noveno asunto, señalado principalmente para hacer gracia o reír al auditorio. El primer premio era un corte de una chupa de mué encarnado, que se adjudicó a don Alonso de Rojas y Clavijo, vecino de Cabra; el segundo, un cintillo con rubíes, a don Dionisio de Orozco, corregidor de La Rambla; el tercero, un ejemplar de los tres tomos de las poesías de sor Juana Inés de la Cruz, a don Manuel Ignacio de la Serna, abogado en Valladolid, y además se leyeron otras de fray Francisco de Lara, de una señora cordobesa que guardó el incógnito, y otra del señor Ríos, siempre sin opción a premio.

Terminada la lectura de las poesías leyó el secretario padre maestro Pedro del Busto un romance endecasílabo en loor a los ingenios que habían luchado en la justa literaria, acabando el acto la música, en tanto que la concurrencia se retiraba elogiando a todos, y muy particularmente a dicho padre Busto, que había sido el director de todas aquellas fiestas, cumpliendo en ellas como era de esperar de un hombre en quien se reunía el talento con la cordura, y el mayor acierto en cuantas comisiones se le confiaban, por lo que mereció que algunos de los poetas premiados le dedicasen diferentes poesías en que elogiaban su acierto y le tributaban merecidos parabienes.


Creación de las Escuelas Pías

Cuando la expulsión de los jesuitas quedó el edificio del colegio considerado como del rey, y ya sabemos cómo y cuándo se instalaron en su iglesia las parroquias unidas del Salvador y Santo Domingo de Silos. Lo demás se pensó destinar a varios objetos, entre ellos a hospicio o casa de misericordia, pensamiento que por entonces no se llevó a cabo. Por último, el deán doctor don Francisco Javier Fernández de Córdoba concibió el laudable pensamiento de fundar unas escuelas gratuitas para los muchos pobres que no podían recibir la primera enseñanza, y a este efecto pidió y obtuvo por decreto de 3 de agosto de 1787 el excolegio de Santa Catalina, en cuya reedificación y arreglo gastó más de 300.000 reales, dotándolo con varias casas que hizo en la parte sobrante, y con el lagar del Rosal y otros bienes, mandando que si alguna vez el Gobierno quería apoderarse de ellos pasasen al hospital del Cardenal, lo que no se efectuó, porque sujetos ambos establecimientos a las leyes desamortizadoras, no lográbase el fin que aquél se propusiera. Además, nombraba por patronos de las Escuelas Pías, que así las llamó, al deán, magistral y doctoral de la Santa Iglesia, quienes siguen en pacífica posesión de su encargo.

Las nuevas escuelas se abrieron a la enseñanza el día 18 de agosto de 1791, y tres años después se establecieron otras para niñas, aunque en el mismo edificio, con entrada por la calle de Juan de Mena. Y por último, y como hijuela de éstas, se estableció otra en el Pozanco de San Agustín, labrando la casa en que aún existen. Cuidan de ellas un director y seis maestros, entre los que los ha tenido de mucha instrucción, debiendo mencionarse don Rafael González Navarro, a quien tuvimos el gusto de conocer y apreciar por su amor al estudio y los varios folletos sobre enseñanza que dejó escritos, muchos de ellos que vieron la luz pública.


De cómo Don Diego Fernández de Córdoba venga una burla

Vamos a referir a nuestros lectores algunas anécdotas llegadas a nosotros y en que intervinieron los padres de la Compañia de Jesús.

A fines del siglo XVI, época en que ya hemos dicho ser costumbre de los caballeros cordobeses fiar a sus espadas la resolución de todas sus cuestiones, vivía en esta ciudad don Diego Fernández de Córdoba, señor de la Campana, gran amigo de otros dos caballeros llamados don Pedro de Heredia y don Alonso de Velasco, quienes la tomaron con el primero, llamándole con insistencia el señor del Badajo, aludiendo a los que tienen las campanas. Tomolo al principio a broma, después empezó a resentirse, y por último, viendo la terquedad de aquéllos, les dijo formalmente que lo tomaba como un agravio y que no se lo toleraba, separándose los tres un tanto amostazados.

Heredia y Velasco, que gozaban fama de valientes por las muchas reyertas que habían tenido con otros jóvenes, continuaron aún más tenaces en pronunciar el apodo siempre que se hablaba de don Diego, quien, enterado, decidió tomar venganza de la reiterada ofensa. Al intento, llamó al más osado de todos sus dependientes y, encerrados ambos, le preguntó si podía contar con él para un lance de honor en que se encontraba. El fiel criado contestole afirmativamente, y una noche salieron armados en busca de sus enemigos, hallándolos, al fin, cerca de Santa Ana, no tardando un momento en trabarse una sangrienta refriega entre los cuatro.

En esto, el padre Martín de Roa, de la Compañía de Jesús, habiendo abierto la puerta del colegio para que salieran dos compañeros suyos, y al ruido de las espadas, se quedó quieto sin cerrar, hasta que los dos jesuitas volvieron corriendo, temerosos de ser acuchillados si no los conocían con tanta oscuridad. Los cuatro adversarios entraron luchando por la hoy calle de Juan de Mena, llevando siempre ventaja don Diego de Córdoba y su criado, quienes, viendo que se prolongaba la lucha, arremetieron fuertemente a sus contrarios, pasando el primero a don Pedro Heredia por un mollero y el segundo a don Alonso de Velasco por el pecho.

Ambos cayeron al suelo, dándose por vencidos y pidiendo socorro. Entonces los vencedores llamaron al colegio de los Jesuitas, y saliendo el padre Martín de Roa le rogaron viniese a auxiliar a aquellos infelices, marchándose ellos en busca de un lugar donde esconderse y que bien pronto encontraron en uno de los conventos de frailes, donde nadie supo de ellos en buen tiempo.

Los padres jesuitas recogieron a los heridos, administrándoles los Santos Sacramentos y los asistieron con gran esmero y cuido, sucumbiendo don Alonso de Velasco a las doce del siguiente día, y estando don Pedro de Heredia un mes en cama con gran peligro de perder también la vida.

Siguieron el correspondiente proceso. Mas como los tres caballeros pertenecían a las familias más nobles y acaudaladas de la ciudad –circunstancia que en aquella época influía mucho en la resolución de todos los asuntos-, todos los caballeros, sus parientes, trabajaron por avenir a las familias, resultando que don Diego y su criado sólo fuesen sentenciados a dos años de destierro, sirviendo de mucho para este resultado la terquedad con que los pacientes habían injuriado a don Diego de Córdoba.


El amor imposible de Don Luis de Góngora

Otra anécdota vamos a contar a nuestros lectores, por cierto mucho más interesante, por referirse a don Luis de Góngora y Argote, uno de los hombres más notables que ha producido esta ciudad, y que con su ingenio llegó a adquirir una fama europea.

Muy joven aún, y como segundo de una de las familias cordobesas, ordenaron a don Luis de Góngora para el goce de las capellanías de su casa, dedicándolo a la carrera de la Iglesia, a la que, a pesar de su conformidad, no parecía muy inclinado, y más en su ardor juvenil, cuando su poética imaginación empezó a dar a luz aquellos bellísimos romances y canciones en que aún no se revela la ampulosa confusión de ideas e imágenes que formaron aquel estilo que aún llamamos gongorino.

En aquella edad enamorose ciegamente de doña Ana de Aragón, una de las más hermosas y nobles doncellas de Córdoba, la que, si bien no le desagradaba el buen porte y gran talento de don Luis, jamás asintió a sus deseos, prefiriendo los amantes ofrecimientos de don Rodrigo de Vargas, uno de los hombres más bizarros al par que más valientes que ha tenido Córdoba, y de cuya desastrosa muerte nos ocuparemos.

Llevado a cabo este enlace parecía natural que Góngora desistiese de su amorosa empresa; si bien disimulaba cuanto podía, a pesar de los consejos de su primo don Pedro de Angulo, calavera consumado y amigo insaciable de camorras, por las que nada perdonaba aun cuando le acarreasen los más arriesgados compromisos, y el cual gozaba gran ascendiente en la voluntad de su primo.

El joven poeta no perdía ocasión de reiterar a doña Ana sus amorosos desvelos, sin desperdiciar un día en que su esposo estaba ausente, hasta yéndose de noche a cantar cabe su reja los cadenciosos versos en que tanta pasión revela. Mas nada era bastante; todos sus dardos rechazaban en aquel corazón de bronce, y la desesperación le hacía prorrumpir a veces en las más punzantes sátiras. El mismo resultado alcanzaba con las Dueñas y criadas servidoras de la señora, y tal vez alguna de ellas le inspiraría los siguientes versos, que al escribir estos renglones recordamos: "Nunca yo entrara á servir / porque no entrara á aprender / á escuchar para saber, / y á saber para decir. / No ha menester, si es discreto, / para llamarme mi amo / mas campanilla ó reclamo / que hablar con otro en secreto; / pues partiré como un potro / á introducirme importuno, / entre la boca del uno / y entre la oreja del otro. / Este correr tan sin freno, / siguiendo mi desvarío, / no es para provecho mió, / sino para daño ageno; / pues con propiedad no poca / imito á la comadreja, / que se empreña por la oreja / para parir por la boca. / Y del arte que embaraza, / doblon al que ha de gastallo, / que sale luego á trocallo / en menudos á la plaza; / tal yo, inclinado y sujeto / á lo que el cielo le plugo, / pregonero y aun verdugo / hago cuartos un secreto. / Esta inclinacion cruel, / condición es natural / del criado mas leal / y de la dueña mas fiel. / No penseis que hablo de vicio; / que será el dia final / un criado de metal / la trompeta del juicio".

Una de las noches en que Góngora rondó la casa de doña Ana entonando una de sus más cadenciosas y sentidas trovas se abrió al fin una de las ventanas, y acercándose a la tupida celosía, creyendo encontrar al menos una esperanza, se encontró con la dueña de sus pensamientos, que le mostró su inquebrantable resolución de ser fiel a su esposo, y que por lo tanto jamás volviera a turbar su tranquilo sueño, dando pábulo a que los mal intencionados pudieran poner en duda la honra que tanto estimaba. Cerraron a seguida la ventana sin dejarle hablar, y trémulo de amor e ira partió don Luis hacia su casa, plazuela de la Trinidad, esquina a la calle de las Campanas, sin saber lo que se hacía ni qué determinación tomar.

Cuando nuestro desgraciado capellán estaba colocando la llave en la cerradura de la puerta sintió un golpe en el hombro; volvió la cara y encontróse con su primo don Pedro de Angulo, que lo había venido siguiendo, y con un cúmulo de preguntas logró la narración de lo ocurrido y su propósito de no volver ni aun a pisar la calle donde habitaba don Rodrigo de Vargas.

-No comprendo, dijo Angulo, cómo un hombre de tu talento y tu fibra renuncia a una empresa, más interesante cuanto más difícil se presenta.

-No es ya difícil, sino imposible, contestó don Luis.

-Vamos a dentro, repuso el primo; busca una de nuestras más añejas botellas y verás cómo nos inspira lo que hemos de hacer para salir airosos de tu empeño.

Entráronse ambos y todo quedó en silencio, concertándose un plan tan descabellado y diabólico como podía salir de la cabeza de don Pedro de Angulo.

A los pocos días llegó el Jueves Santo. Nuestra magnífica Catedral, cuyas bóvedas aparecen casi siempre desiertas, estaban aquella noche llenas por un inmenso gentío que había acudido al Miserere y a rezar ante su magnífico monumento. Delante de éste veíase un joven arrodillado, fija la vista en un breviario que tenía en sus manos, y al parecer devotamente orando. Éste era don Luis de Góngora; tranquilo parecía cuando de pronto, sintiendo el ruido de una saya de seda, clavó los ojos en una dama que pasaba cerca de su sitio. Levantóse en seguida y, sin esperar relevo, se marchó con pasos precipitados. En una de las capillas mudó su traje, y saliendo al Patio de los Naranjos, donde lo aguardaba don Pedro de Angulo, juntos se fueron por el postigo aún llamado de la Leche.

Cuando doña Ana de Aragón acabó de rezar salió del templo seguida de su dueña, dirigiéndose por la Judería, sin reparar en dos embozados que allí había, hasta que a poco notó que la seguían. Aceleró entonces el paso, y en la calle de los Deanes se arrojaron a ella, y tomándola uno en brazos y el otro tapándole la boca, echaron a correr cuanto tan buena carga les permitía. Mas como no contaron con la dueña, ésta empezó a dar gritos, que unidos a los que confusamente exhalaba su señora, acudió gente, escandalizada por tanto ruido en una noche destinada a la oración y al cilicio. Los dos jóvenes anduvieron cuanto les fue posible, pero viéndose casi en poder de sus perseguidores y queriendo no ser conocidos, soltaron a la señora y huyeron por la calle de Jesús Crucificado sin que los pudiesen alcanzar.

El escándalo se había dado, y tras él vinieron nuevos y naturales disgustos. La justicia tomó parte en el asunto y hasta la Inquisición pretendió encausar a don Luis por su carácter de ordenado, aun cuando no era sacerdote. Por otro lado, doña Ana de Aragón no pudo ocultar lo ocurrido a su esposo don Rodrigo de Vargas, mucho más cuando su inocencia así lo exigía. No tardó éste en escribir a don Luis un billete en que lo retaba a un desafío en unión de don Pedro de Angulo, principal autor de toda aquella escandalosa escena, citándolos al amanecer del sábado junto a la torre de la Malmuerta.

Ante todo era don Luis caballero; no se quedaba en zaga su primo don Pedro de Angulo, y aun cuando sus conciencias les recordaban la ligereza con que obraron, no dudaron un momento en acudir a la cita. Amaneció el sábado y bien pronto se vieron junto a la torre cuatro caballeros embozados y con sus correspondientes armas. Eran los tres que conocen nuestros lectores y don Pedro de Hoces, amigo y primo de don Rodrigo de Vargas, que hacía suya la ofensa que se le había inferido y uníase con él para vengarla.

Saludáronse cortésmente los cuatro competidores, emprendiendo su marcha hasta el arroyo de las Piedras, donde, en el sitio más oculto, empezaron a batirse con el mayor ahínco. Todos dieron muestras de gran valor, mas la suerte se decidió hacia los más ofendidos. Don Pedro de Hoces le dio a Angulo una terrible estocada que lo pasó por el pecho, en tanto que don Rodrigo de Vargas asestó una cuchillada en la cabeza a su contrario, a cuyos golpes ambos cayeron en tierra. Sin perder tiempo los vencedores los recomendaron a unos hombres, de los muchos que como braceros salían a sus trabajos en la sierra, y ellos se vinieron a Córdoba, refugiándose en el colegio de los Jesuitas, donde nadie los vio entrar.

Como eran dos caballeros de tanto nombre entre los cordobeses fueron conocidos por los trabajadores, quienes no sólo trajeron a los heridos sino que dieron cuenta a la justicia de lo ocurrido y los nombres de Hoces y Vargas. No se hizo esperar la formación del proceso ni la busca de los delincuentes, registrando todos los conventos de la ciudad, penetrando hasta en los enterramientos familiares. Llegaron, por último, al colegio de Santa Catalina, en el que hicieron lo mismo; mas los jesuitas los llevaban dando la vuelta detrás de la justicia, y cuando ésta salió de la bóveda en que yacía el fundador don Juan Fernández de Córdoba, les hicieron entrar en ella, colocándole la losa y dejándolos dentro con unas velas encendidas.

Allí estuvieron más de un mes, leyendo vidas de santos y otros libros devotos, aunque no lo eran mucho, en tanto que los heridos se curaban, gracias al cuidado de un médico que le decían el doctor Calderón, al que don Pedro de Angulo le ofreció quinientas coronas de oro y el mejor de sus caballos si salvaba la vida de su hijo, oferta que le cumplió a su tiempo. Ya sanos, empezaron también las conferencias de las familias, logrando arreglar el asunto y quedar todos amigos. Don Luis de Góngora recibió entonces las últimas órdenes y a poco se marchó a Madrid, donde brilló entre los primeros ingenios de su tiempo.


Don Andrés de Buenrostro, amante y estafador

Resueltos a narrar todos aquellos sucesos en que intervinieron los jesuitas anotaremos uno de los más comentados de su época.

Don Andrés de Buenrostro, perteneciente a una de las familias más principales, dio desde muy niño seguras muestras de un gran talento, que todos reconocían. Pusiéronlo sus padres a estudiar en el colegio de Santa Catalina, en cuyas clases hizo grandes adelantos, causando con ellos la admiración de sus maestros y condiscípulos. En la edad a propósito se empeñaron los jesuítas en que siguiese la carrera eclesiástica, sin encontrar resistencia, y sí antes por el contrario la vocación necesaria para ella.

Ya en edad en que podía recibir las órdenes se presentó un día al rector a manifestarle su resolución de abandonar el colegio, por no considerarse a propósito para el sacerdocio. Tan repentina mudanza hizo un efecto terrible entre los padres jesuitas, quienes formaron gran empeño en disuadirle de tal idea, mas viendo ser todo inútil le dejaron ir a su casa, en la que causó igual sorpresa. Conformose, al fin, su padre, y lo dedicó a cuidar de unas haciendas que tenía en La Guijarrosa, hoy La Victoria (sic), y a cobrar algunas rentas y censos en la ciudad.

Esto último le dio entrada en casa de don Andrés de la Cerda y con ella la ocasión de enamorarse de su hija doña María, con quien una noche sorprendieron en amorosa entrevista en la que, franco y leal, dio palabra de casamiento, trocando dos anillos que llevaban puestos como señal de mutuo compromiso para la celebración del matrimonio. Al regresar a su casa don Andrés contó a su padre lo ocurrido, recibiendo las más agrias reconvenciones, y por último el mandato de salir inmediatamente para La Guijarrosa, a lo que obedeció sumiso.

Doña María de la Cerda creyose burlada por su amante. Mandole algunos recados sin contestación alguna, y creyendo su honor en peligro acudió al obispo Pazos, quien hizo comparecer a don Andrés para oír su contestación. Mas, corroborando éste lo dicho por aquélla, los mandó casar, a pesar de la negativa del padre, que abandonó a su hijo sin volverlo a ver, no obstante las amonestaciones y ruegos de todos sus amigos y parientes.

Casado con una señora muy noble, pero sin bienes de fortuna, y pasados los primeros días de mutuas satisfacciones, empezaron a sentir la falta de recursos, y las mayores privaciones llegaron a poner a don Andrés de Buenrostro en el caso de tener que trabajar para atender al sustento suyo y de su esposa. Buscó una ocupación honrosa, sin encontrar más que una plaza de caballerizo en la casa de un título, donde cumplió con gran honradez; mas su corto sueldo no le alcanzaba a cubrir sus necesidades.

Saliose de la casa y marchó a Sevilla, diciendo iba en busca de otro destino, no siendo ésta su intención, sino el negociar una carta-orden del duque de Arcos, importante 2.000 ducados, que había falsificado, sin que ni su mujer se enterase.

Al pronto quedó airoso en su empresa y don Andrés tornó a Córdoba, empezando a gastar aquel dinero como si nunca se le hubiese de acabar. Entretanto, la casa de comercio le dijo al duque la deuda que tenía a su favor, y él, a pesar de no haber firmado, temeroso de que creyesen negaba la cantidad expresada, la abonó, encargando que si alguna vez iban con libranzas suyas no las abonasen. Así quedó este asunto. Mas viendo don Andrés, pasado un año, que la prueba le había salido a medida de sus deseos, arriesgóse segunda vez, yendo a Sevilla con otra carta-orden, aunque de menor cantidad, presentándola con la misma serenidad que la primera vez. Pero el comerciante con sus dependientes lo detuvieron, dando parte a la justicia de lo que ocurría.

Para mayor desventura de don Andrés, acababa de llegar a Sevilla el asistente Valladares Sarmientos, escogido por Felipe II para este elevado e importante puesto. Rígido en la administración de justicia y deseoso de mostrar a los sevillanos el amor que a ella tenía y la inflexibilidad de su carácter, tomó gran interés en el castigo de este crimen, probado con facilidad, y sentenció a muerte a don Andrés de Buenrostro, sin que hubiese medio que le hiciera detener la sentencia. El infeliz acudió a sus parientes de Córdoba, quienes, avergonzados de la clase de delito por que se le ahorcaba, no sólo no acudieron a favorecerlo sino que impidieron hasta con amenazas que doña María de la Cerda fuese a Sevilla a dar el último adiós a su esposo, que murió con grandes muestras de arrepentimiento en la plaza de San Francisco de aquella ciudad.

La muerte de don Andrés de Buenrostro fue en extremo sentida por los cordobeses, que recordaban su talento y extremada belleza, a la edad de veintiocho años, cuando tan útil podía ser para sí y su familia. Y como en aquella época tanto imperaba el fanatismo religioso todos achacaron su desgraciada suerte a un castigo del cielo por haber salido del colegio de Santa Catalina, defraudando las esperanzas que en él habían concebido los jesuítas.

Otros muchos casos análogos pudiéramos anotar en estos apuntes, aunque de menos importancia, pues como sucedía en casi toda España, era rara la familia que no consultaba con los jesuítas todos los asuntos de alguna importancia, o que no los sometieran a su decisión o arreglo.


El padre Martín de Roa

Lo mismo hacemos con los hombres notables que estuvieron en este colegio, concretándonos únicamente a los que siguen, siendo el más notable de todos el padre Martín de Roa, gloria de Córdoba, su patria, por lo que no podemos menos de insertar íntegros los apuntes que nos ha suministrado nuestro amigo el señor don Francisco de Borja Pavón, que en más de una ocasión nos ha ayudado con sus consejos y noticias. Dice así:

El padre Martín de Roa nació en Córdoba en 1563, de noble familia. Se educó en las aulas de la Compañía de Jesús, y el trato con unos maestros tan sabios y edificantes le inspiró afición a este instituto, por lo que movido de la vocación más verdadera concibió un ardiente deseo de abrazarlo. Apenas tenía quince años cuando propuso su intento al padre Pedro Bernal, provincial de Andalucía, el cual lo admitió con muy buena voluntad y lo envió al noviciado de Montilla, donde el padre Francisco Vázquez, rector de aquella casa, lo recibió como una bella flor encerrada en su capullo, pero que con el tiempo había de desplegar la hermosura y fragancia de su ingenio y sus virtudes, con general admiración.

En aquel taller de santidad y sabiduría se perfeccionó en las letras humanas y aprendió las divinas con su acostumbrada aplicación y demostrando que su grande ingenio no era menos apto para las disciplinas severas que para las amenas. La orden premió su mérito con la profesión del cuarto voto, que hizo en el colegio de Córdoba, en manos del padre Cristóbal Méndez en 23 de julio de 1594. Y aunque este grado era una prueba de la capacidad del padre Roa para regentar las cátedras de Filosofía y Teología, no obstante, considerando la utilidad que resultaría a la juventud de tener un maestro tan sabio y de tan irreprensibles costumbres, lo dedicaron en Córdoba por espacio de dieciséis años continuos a la enseñanza de la Retórica, de que fue excelente profesor, lo que hizo con general aplauso y sacando aventajados discípulos. Fue después en el mismo colegio de Córdoba catedrático de Escritura, y en tan delicioso estudio para un alma piadosa y contemplativa se ocupaba el padre Roa cuando, atendiendo la orden a sus relevantes prendas de bondad, prudencia y afable trato, lo nombró en 1603 rector del colegio de Jerez de la Frontera, y después de los de Écija, San Hermenegildo de Sevilla, Málaga y Córdoba. En todos estos gobiernos logró los más sazonados frutos de su sabia dirección y de su prudencia.

Desde su primer rectorado de Jerez hasta su muerte asistió a once congregaciones provinciales, en que se portó siempre con la mayor imparcialidad y observó la más justificada conducta. En seis fue elegido primer secretario por su profundo conocimiento de la lengua latina y la elegancia de su estilo, y en la decimoséptima, de 1611, fue nombrado procurador para ir a Roma. Allí brilló grandemente su sabiduría y adquirió nuevo caudal de erudición, examinando los insignes monumentos que encierra aquella antigua capital del mundo.

Fue vicepropósito de la casa profesa de Sevilla, y viceprovincial asimismo de Andalucía, según afirma la Biblioteca de escritores de la Compañía de Jesús, y obtuvo otros muchos cargos en su vida, que desempeñó cumplidamente, trazando una larga senda sembrada de flores, de virtudes, de sabiduría y de heroicas acciones.

Con motivo de haber tomado posesión del obispado de Córdoba el ilustrísimo señor don Francisco Reinoso y Baeza en 1597, fue elegido para arengar a este prelado, y a este fin compuso una oración gratulatoria muy docta y adornada con todas las galas de la elocuencia.

En 1627, en la cuarta junta de superintendentes, fue nombrado por único del colegio en Nuestra Señora de la Asunción de aquella ciudad, que estaba a cargo de los padres de la Compañía, lo que logró el primero el padre Roa y después muy pocos. En 1628 celebró magníficamente la beatificación de los tres mártires del Japón, y a este triunfo de su devoción unió el de su paciencia y fortaleza, pues con estas virtudes consiguió victorias de una injusta persecución que padeció el colegio por aquel tiempo.

Por su don para gobernar y por sus eruditas obras mereció general aprecio y las alabanzas de los sabios, y el nombre del padre Roa se oía con veneración en todo el orbe literario. A su devota pluma deben mucho las nobles ciudades de Jerez, Málaga y Écija, cuyas antiguas glorias sacó a luz y las ilustró historiando la vida de sus santos. Pero acaso le debe más su patria porque probó con eficaces razones y grande erudición su principado en Andalucía durante la dominación romana, la antigüedad y autoridad de los mártires y del breviario cordobés, y reuniendo selectísimas noticias escribió las actas de sus santos, obra que acaso es la corona de sus sabios y elocuentes escritos.

Las muy notables obras con que tejió la tela de su larga vida le merecieron una dichosa muerte en el colegio de Montilla en 5 de abril de 1637, a los 74 años de edad. Así que se divulgó en la ciudad su fallecimiento concurrió en confuso tropel el pueblo y la nobleza a venerarle en los términos que a la fe humana lo permite la religión, besándole los pies, las manos y los vestidos y procurando conseguir por reliquia alguna parte de su ropa o alhaja que le hubiese pertenecido.

Al alto concepto de las virtudes del padre Roa que tales demostraciones indicaban correspondió la pompa funeral de su entierro. Contra la común observancia de la Compañía de Jesús se llevó descubierto el cadáver por la calle, desde la portería del colegio hasta la puerta de la iglesia, y se le puso en la mano una palma elevada que publicaba la victoria que había conseguido el difunto, por conservar como conservó siempre intacta y sin mancilla la joya de la virginidad. Honraron el funeral con su asistencia las religiones de San Agustín y San Francisco, y aumentó el lucimiento del acto la de los excelentísimos marqueses de Priego, señores del Estado de Aguilar, que asistieron a las exequias con toda su familia.

El padre maestro fray Fernando de Torquemada, trinitario calzado que conoció al padre Roa, dice que era "tan docto como santo, cuya virtud fué bien conocida do quiera que estuvo, para cuya prueba pudiera traer los dichos de los Sres. Obispos y personas graves de esta tierra, y cosas singulares que le pasaron, así en la oración como fuera de ella, que tienen escritas en su religion y yo he visto algunas en el manuscrito del Lic. Salvador Jarava".

Fue muy apreciado este docto jesuita de todos los hombres sabios de su tiempo, que le tributaron muchos elogios, entre los cuales se cuenta el maestro Gil González Devila, el doctor Bernardo José Alderete, el licenciado Luis Muñoz, el licenciado Rodrigo Caro y don Tomás Tamayo de Vargas.

El padre Martín de Roa no sólo poseyó con perfección las lenguas latina, griega y hebrea sino que tiene también la gloria de ser reputado por uno de los más eminentes hablistas castellanos, y así dice don Nicolás Antonio en el artículo que le consagra en su biblioteca: "vulgaris maximé linguae puritotis at que elegantiae nómine in paucis qui hoc regnum tenent numerandus".

Las obras son las siguientes:

  • De accentu et recta in latinis hebraeis graecis et barbaris pronunciatione. Cordubae 1859. Sub nomine Ludov. Petri Francesii.
  • Singularium locurum ac rerun libri V in quibus cum ex sacris tum ex humanis literis multa ex gentium, hebraeorum que moribus explicantur. Córdoba 1600, en cuarto; Lugduni, 1604, en octavo.
  • De die natali sacro et profano. A esta obra añadió: Singularium. locor. liber VI.
  • Singularium scripturae volumen Lugduni, 1634.
  • Oratio panegirica ad dominum Franciscum de Reinoso Episcopum Cordubensem.
  • In Abacuc prophetam et in psalmum secundum comentarium.
  • Officia sanctorum eclesiae Cordubensis a sede appostolica approbata.
  • De Cordubae in Hispania Betica principiatu liber unus ad P. P. Q. C. Item de antiquitate et auctoritate sanctorum martyr. Cordubensium ac de breviario Cordubensi liber alter ad eclesiae Cordubensis senatum. Lugduni, 1617.

Dejó escritos para la prensa los dos opúsculos que siguen: Supplementum breviarii hispalensis, e Hymni et poemata.

  • Vida y maravillosas virtudes de Doña Sancha Carrillo. Sevilla, 1615, en cuarto.
  • Vida de Doña Ana Ponce de León, Condesa de Feria, monja en Santa Clara de Mantilla. Sevilla, 1615; Córdoba, 1604.
  • Flos sanctorum, fiestas y Santos naturales de la ciudad de Córdoba, algunos de Toledo, Granada, Jeréz, Ecija, Guadix y otras ciudades y lugares de Andalucía, Castilla y Portugal. Sevilla, 1615, en cuarto mayor.
  • Santos Honorios, Eutiquio, Estéban, patronos de Jeréz de la Frontera; nombre, sitio, antigüedad de la ciudad, valor de sus ciudadanos. Sevilla, 1617.
  • Ecija y sus Santos, antigüedad eclesiástica y seglar. 1629,cuarto.
  • De las antigüedades y excelencias de Córdoba,1627, en cuarto.
  • Antiguo principado de Córdova en la España Ulterior o andaluz. Traducido del latino, y acrecentado en otras calidades eclesiásticas y seglares por su autor. Córdoba, 1636, en cuarto.
  • De la antigüedad, uso y veneración de los Santos, imágenes y reliquias, 1613.
  • Del estado de las almas en el Purgatorio. Sevilla, 1619 y 1620. Barcelona, 1621. Se tradujo al latín, francés e italiano.
  • Del estado de los bienaventurados en el cielo, de los niños en el limbo, de los condenados en el infierno, y de este mundo después del día del juicio universal. Sevilla, 1624. Barcelona, 1631.
  • Oficios y beneficios del Ángel de nuestra Guarda. Córdoba, 1622.
  • Antiguo monasterio de San Cristóbal de la ciudad de Córdoba, ilustrado.
  • Discurso sobre la antigua Ilipa.
  • Vida de Santa Francisca Romana, traducido del italiano, 1615.
  • La instrucción y regla del bienaventurado San Leandro, Arzobispo de Sevilla, de su hermana Santa Florentina. Sevilla, 1629.
  • Historia de la Compañía de Jesus de la provincia de Andalucía. Manuscrito de que se encontraba parte en el colegio de Granada y parte en el de Córdoba.
  • Se le atribuye al padre Martín de Roa la vida del hermano Francisco Moscoso, de la Compañía de Jesús, natural de Badajoz.

Se le atribuyen asimismo:

  • Los procedimientos de la ciudad de Córdoba y fidelidad guardada al Emperador Cárlos V, Rey de España, en el tiempo de las Comunidades. Salió con el nombre de don Andrés de Morales, veinticuatro de Córdoba.
  • Málaga; su fundación, su antigüedad eclesiástica y seglar, sus Santos Ciriaco y Paula, mártires. San Luis, Obispo, sus patronos. 1622, en cuarto.


El padre Juan de Santiago

Otro jesuíta muy notable fue el padre Juan de Santiago, a quien se deben casi todos los monumentos o triunfos dedicados a San Rafael existentes en diversos sitios de esta ciudad. Nació en Écija, en el día 15 de agosto de 1689, dándose a conocer desde sus primeros años por su amor al estudio y por la práctica de las más raras virtudes, tanto, que llegó a ser conocido por el "Niño de la razón". Ya en edad competente entró a estudiar en el colegio de Jesuítas de Sevilla, donde estuvo hasta ordenarse, y por último, vino al de Córdoba, donde por espacio de más de cuarenta años fue un modelo de santidad, en cuyo concepto lo tuvieron y amaron los cordobeses. En su vida, que corre impresa y hemos leído en la Biblioteca provincial, no sólo se hacen grandes elogios de sus virtudes, don para el púlpito y santidad, sino que hasta se le atribuyen muchos y notables milagros. Entre ellos se cuenta que un día de mucha lluvia estaba una ciega probando cómo podría pasar el arroyo de la calle del Paraíso para entrar en la iglesia, y que viéndola el padre Santiago le alargó la mano diciéndola: "Pase, hermana, y mire bien dónde pone los pies para no mojarse", a lo que contestó aquella infeliz: "Ya lo veo, ya lo veo; esto es un milagro del Padre, pues he recobrado la vista".

El padre Juan de Santiago llegó a ser el amparo de todos los cordobeses; a todos acudía con sus consejos y sus limosnas, que siempre tenía en abundancia, por la confianza que en él hacían cuantos podían socorrer a sus semejantes.

En 25 de diciembre de 1762 falleció aquel virtuosísimo sacerdote. La noticia cundió por toda la ciudad, y cuál sería el cariño que se le profesaba y la admiración de sus virtudes que fue inmenso el gentío que acudió, y hasta el Ayuntamiento reclamó la conservación en su archivo, donde la hemos visto, de una de las tres llaves con que se cerró el ataúd, formado doble, o sea de plomo y madera; podrida ésta quedó el primero, y por cierto, que en una de las reformas hechas en el presbiterio la encontraron unos albañiles, haciéndolas pedazos, creyendo que era un hallazgo para ellos de lucro, lográndose a tiempo evitar que la acabaran de romper.

Conservamos un folleto con la descripción de las solemnísimas honras que se celebraron al año de la muerte del venerable padre maestro Juan de Santiago, seguida del sermón que en las mismas pronunció el escritor licenciado don José López de Baena, prebendado de la Santa Iglesia Catedral. Según aquél, delante del altar mayor se elevaba un magnífico catafalco de tres cuerpos cubiertos de paños negros con adornos blancos, en que se veían algunos trofeos alusivos y algunas composiciones poéticas, que como otras repartidas en cartelones por toda la iglesia eran obras de los escritores cordobeses a la memoria de la persona a quien iban dedicados aquellos sufragios. Multitud de luces, que estuvieron encendidas hasta la tarde que se consumieron y toda la capilla de la Catedral dieron mayor realce a estas exequias, a que asistieron el Cabildo eclesiástico, el Ayuntamiento, la nobleza y un numeroso pueblo, que con el mayor recogimiento oyó misa, celebrada por el obispo señor Barcia, y el sermón antes citado.


El padre Ruano y otros jesuitas notables

No menos digno de mención es el padre Francisco Ruano, cordobés, autor de la Historia de la patria, de la que no llegó a imprimirse más que el primer tomo, teniendo, gracias al celo del señor Pavón, una copia de los otros dos en la Biblioteca provincial. Dio a luz también la Historia de la Casa de Cabrera en Córdoba, en que nos da multitud de noticias genealógicas e históricas, y otras obras no menos estimables. Ya hemos dicho que este escritor murió en el hospital de San Jacinto, por estar impedido cuando la expulsión de los jesuítas.

  • El padre Diego Martínez, cordobés, doctísimo en las Sagradas Escrituras y en todas las lenguas orientales, maestro de los padres Alcázar y Pineda, de gran fama, y autor de dos tomos grandes de comentarios.
  • El padre Fernando Pérez, cordobés, discípulo del maestro Juan de Ávila y fundador de la universidad de Évora.

Otros varios jesuítas notables pudiéramos citar como hijos de Córdoba o de su colegio de Santa Catalina, pero cuyos nombres omitimos por no hacer demasiado largos estos apuntes, y más aún, cuando ya es tiempo de que dejemos descansar a nuestros lectores para emprender el undécimo de nuestros paseos, o sea, el del barrio de San Juan y Todos los Santos, en que, no dudo, seguirán honrándome en esta obra.




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